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Rojos eran sus labios

Summary:

Su historia es un cuento de hadas, donde al final vivieron felices por siempre.

Día 4: Cuento de hadas / MPREG de la Lucemond Week 2023

Notes:

Sí, junté las dos temáticas porque la fantasía lo permite.
Y además, terminé con una locura en el segundo capítulo de esta historia que abre la puerta a un mar inmenso de posibilidades.

Chapter 1: Su piel tan blanca como la nieve

Chapter Text

Y vivieron felices para siempre.

 

Los niños no debieron pedir un cuento de hadas o tal vez, debieron pedirlo a una persona más prudente. Sin embargo, esa noche no estaban con sus padres y la persona que los arropó para dormir, no tenía mucho cuidado sobre el tipo de historias propias para la edad de los niños.

Se acomodó entre las dos camas y comenzó de una forma muy tradicional.

 

Había una vez una bellísima reina que tenía hijos no tan bellos, pero pasables. Esto la complacía, puesto que ella disfrutaba ser la más hermosa de todas, mucho más bella que su mejor amiga, quien, con los años y su primer embarazo, subió tanto de peso que quedó con una carita regordeta que, aunque adorable, no se comparaba con su espléndida fisonomía.

 

-No deberías criticar el peso de los demás y considerar eso como algo feo.

La niña que escucha el cuento se molesta con esas palabras, pero el narrador le pide silencio, porque así iba la historia, no era su culpa por supuesto.

 

La bellísima reina veía como su mejor amiga después de cada embarazo iba engrosando su cintura y sus caderas, mientras que ella conservaba su figura. Eso la complacía y como ella es la villana del cuento puede juzgar a los otros por su apariencia.

Pero no debió estar tan tranquila, puesto que, aunque su amiga tenía hijitos de rizos color café que eran adorables, cuando llegó la adolescencia del segundo, este floreció.

La reina preguntaba a su espejo mágico cada noche, escuchando siempre la misma respuesta, que ella era la más bella, que nadie se le podía comparar.

Hasta que la respuesta fue diferente.

-De entre todo el reino tú solías ser la más hermosa, hasta que la belleza de un joven en su plenitud ha venido a opacarte.

La reina explotó, aventó sus cosas contra las paredes y profirió gritos furibundos.

-Te exijo que me digas su nombre, espejo o te romperé en tantos pedazos que nadie podría volver a unirlos.

El espejo se estremeció como un espejo puede hacerlo, su superficie se volvió turbia por un momento hasta dejar ver en ella la imagen del joven Lucerys, segundo hijo de la mejor amiga de la reina. Tenía una piel tan blanca como la nieve y unos labios tan rojos como la sangre, además de unos lindos rizos oscuros y una preciosa luz reflejada en sus ojos.

La reina estaba furiosa.

 

-Él no irá al bosque con cualquiera.

La reina había visto sus planes desmoronarse por la falta de confianza que tenía Lucerys. Se había negado a salir al bosque custodiado por uno de los hombres de la reina. Por ello, su segundo hijo, quién alguna vez fue bastante cercano a Lucerys, la aconsejaba.

-Pero irá conmigo, te lo puedo asegurar.

La reina le dio una caja pequeña de madera roja, le dijo que ahí quería ver el corazón el joven, que se lo trajera como prueba de su muerte.

 

El segundo hijo de la reina era Aemond. De niños solía jugar con Lucerys hasta que fue enviado lejos para estudiar con los monjes. Era un segundo hijo, no tenía que ser un príncipe encantador. Tenía lógica que estudiara, que aprendiera a leer y a hacer cuentas, que se encargara del dinero y de mantener los impuestos bien recolectados.

Cuando regresó, era un hombre alto, de cabello largo y plateado, con una cicatriz en el rostro que partía en dos su párpado y con una piedra azul en lugar de ojo. El parche que cubría ese defecto le causaba mucha curiosidad a Lucerys.

-Si vienes conmigo te contaré lo que pasó con mi ojo.

Le dijo y Lucerys casi saltó del balcón de su habitación. Aunque el bosque estaba muy prohibido, era un lugar oscuro y peligroso y sólo los cazadores se internaban en él. Sin embargo, no dudó en seguirlo, como si fuera una polilla atraída por la luz.

 

-Fue una mujer. Una sucia bastarda de rizos color café y una piel tan blanca como la nieve. Sus labios eran rojos como la sangre y sus ojos tan verdes. La hice mía, tenía tanto deseo por su cuerpo que no me pude controlar. Entre en ella, la hice gemir, me corrí en sus entrañas.

Lucerys jamás había escuchado a nadie hablar así, sus mejillas se tiñeron de rojo y tuvo que apretar las piernas para ocultar lo que la voz de Aemond diciendo aquello le provocaba.

-Pellizqué sus pezones, apreté sus pechos, besé sus labios inferiores hasta penetrarla con mi lengua.

Aemond no tenía por qué incluir esos detalles, lo hacía porque notaba la forma en Lucerys lo miraba y como se retorcía sobre el tronco en el que se había sentado. La luz de la fogata iluminaba ese rostro abochornado.

-La bastarda era hermosa, unas tetas enormes que se salían del escote de su vestido, tentadora como nadie. Pero también era ambiciosa y quiso embrujarme, cuando no pudo, se lanzó con un puñal contra mi cara.

Lucerys abrió los ojos impresionado, aquella mujer descrita le había sacado un ojo a Aemond, pero él no parecía afectado.

-No me importa, fue una buena cogida.

 

Ya era de noche, la luna alta iluminando el pequeño campamento. Lucerys dormido junto al fuego y Aemond sosteniendo una daga sobre su pecho. Mira los labios del joven, tan rojos, su piel tan blanca era un contraste intenso, se veía etéreo, irreal.

Lo besa, no puedo contenerse. Es como la chica que tanto disfrutó antes de que se cobrara con su ojo, pero mejor, porque el joven no puede embrujarlo, ni hacerle creer que tiene a su hijo en su vientre.

Se unen esa noche entre gemidos, Lucerys abriendo las piernas para recibirlo y Aemond entrando en su carne sin restricción, llenándolo de su semilla una y otra vez.

 

Cuando el segundo hijo de la reina regresa con la caja de madera roja entre sus manos y la entrega a su madre, esta sonríe complacida.

 

 

 

Lucerys, muerto de miedo, se acerca al único lugar posible, una sucia cabaña en el bosque. Está lloviendo, está helado hasta los huesos y lleva casi todo un día escapando.

-Vete, huye lo más lejos que puedas. Si yo no cumplo lo que ella quiere y tú regresas, buscará alguien que pueda matarte de alguna forma.

Las palabras de Aemond lo dejaron frío. La reina lo quería muerto y nadie podría protegerlo. Así que tenía que huir, ir tan profundo en el bosque que la magia de su espejo no pudiera verlo. Y ahí, en donde nadie más ha ido a explorar, encontró una cabaña.

Estaba ruinosa, polvosa, con trastes sucios en la cocina y siete camas en malas condiciones. Pero Lucerys estaba demasiado cansado como para prestar atención a los detalles. Se quedó dormido en una cama, la más ancha, y esperaba que al despertar todo fuera un mal sueño.

 

 

Lo encontró un hombre muy alto y fornido, piel blanca, ojos azules. Aun así, pese a su agradable fisonomía, asustó de manera horrible a Lucerys. Tal vez creyeron que lo iban a tranquilizar si se mostraban todos, pero esto sólo fue de mal en peor. Había otro hombre, tenía una expresión taimada que logró estremecer a Lucerys, luego dos hombres barbados que se veían exactamente igual. Después, un hombre alto y de piel muy morena, curtido por el sol, a su lado, un hombre alto de expresión muy seria y al final, un hombre con unos ojos tan penetrantes como serenos.

Verlos a todos juntos sólo logró que Lucerys se pusiera a llorar y repitiera el nombre de Aemond una y otra vez.

 

-Es familiar de Aemond, el segundo hijo de la reina.

Cregan, el primer hombre que vio Lucerys, hablaba con los otros integrantes de su grupo. Vivían en esa casa, lejos de toda la magia, buscando gemas preciosas en la última mina de esmeraldas que existía. Había toda una operación sucediendo allí, bajo las narices de la reina, pero al estar en lo profundo del bosque, ella estaba ciega a todo aquello.

Las esmeraldas significaban dinero y eso alimentaba a los ejércitos que se alzarían en su contra.

- ¿Pagarán rescate por él?

Había hablado Dalton, quien, en honor a su origen pirata, pensaba de inmediato en entregarlo a cambio de algo. Pero Cregan negó con la cabeza, eso no era lo más inteligente.

-No, es hijo de Rhaenyra, la legítima reina.

Contienen el aliento un momento.

-Es Lucerys Velaryon.

Dijo uno de los dos gemelos.

-Es el que fue descrito como un niño de blanca piel como la nieve.

Todos asienten bastante de acuerdo con las palabras del otro gemelo.

-Entonces deberíamos ponerlo a salvo, sacarlo de aquí, propongo que lo llevemos a mis tierras.

Había hablado Qyle, pero Cregan volvió a negar con la cabeza. Aunque las tierras de arena dorada podrían ser una buena opción, el riesgo era demasiado.

-No, sería también un error. Cuando salga del bosque la magia de ella podría saber dónde está.

Todos permanecieron en silencio, pensativos.

-Está más seguro aquí, donde ella no puede ver.

Titus no cambiaba la seriedad de su rostro ni al hablar, lo que lograba que sus palabras fueran aceptadas como finales.

-Pondremos nuestras espadas a su servicio hasta que tengamos los ejércitos listos.

Medrick, el último hombre puso final a la conversación, todos estaban de acuerdo con ello, por supuesto.

 

 

Los cambios en Lucerys no fueron perceptibles hasta varias semanas después. En el castillo de la reina, Lucerys no era un invitado, por lo tanto, debía realizar trabajos en la cocina que a la reina le parecían degradantes. Sin embargo, él siempre aprendió de todas las situaciones que vivió, hasta de las más bajas que no correspondía a su alta cuna.

Limpiar y mantener ordenada la cabaña donde siete hombres llegaban a dormir no era una tarea fácil, pero se propuso lograrla.

No podía regresar, porque, aunque la reina no pudiera matarlo abiertamente, lograría hacerlo. Antes no le daba importancia, lo tenía ahí, cerca de ella, como una amenaza constante contra la que antes fuera su mejor amiga, Rhaenrya, la legítima reina. Ella no hacía nada por retomar su reino porque temía por la vida de su hijo.

Pero ahora, que el espejo le dijo que Lucerys era mucho más bello que la reina, ahora no le importaba nada más, lo quería muerto. Aunque al mismo tiempo no quería que esto fuera del conocimiento de todos o Rhaenyra y sus aliados caerían sobre de ella.

Aemond lo había salvado, pero no antes de dejarle algo como prueba de la noche junto al fuego, donde lo invadió con algo más que su lengua.

 

Vomitaba.

No comía.

Había bajado de peso.

Su abdomen crecía.

-Es su sangre, tiene vieja magia en ella.

Medrick les dijo cuando notó los signos tempranos de un embarazo.

-Pero será peligroso, necesita a maestres expertos cuando sea momento de que nazca.

Uno de los gemelos dijo y todos asintieron.

-Por ahora no tiene idea de lo que pasa, hablaré con él en la mañana y planearemos el irnos de aquí y ponerlo a salvo en tierras lejas, como las de Qyle.

De nuevo todos asintieron ante las palabras de Cregan, sabiendo que las tierras más alejadas e incomunicadas serían las más adecuadas.

 

 

 

La reina preguntó a su espejo una vez más, no descansaba, era ya una obsesión. Aemond escuchó como el espejo no respondía a la primera, cosa que hacía enfurecer a la reina.

-¡¡Responde!!

El espejo le mostró la imagen de Lucerys, la magia de su sangre se había vuelto tan fuerte que le era posible encontrarlo. Aemond sintió que se le iba el alma a los pies y sabía que la historia que había sostenido por meses, que había matado a Lucerys, estaba ahora rota por completo.

-El joven Lucerys es ahora más bello aún, su vientre crece y la vida en él se ha multiplicado.

Aemond no tuvo tiempo de pensar en las palabras del espejo, escapó nada más saber que Lucerys estaba embarazado.

 

 

-En la noche partiremos a las tierras de Qyle.

Cregan le había informado justo antes de partir a la mina. Ellos habían trabajado con más ahínco, puesto que abandonarían esa fuente de dinero, para ponerlo a salvo.

-Son las tierras más bellas de todas, el sol las baña volviendo la arena tan dorada.

Lucerys podía entender la ilusión del hombre de volver a ver su hogar, eso lo hizo extrañar las oscuras torres del castillo de la reina, donde había crecido, donde había convivido con Aemond cuando eran niño, donde lo había vuelto a conocer cuando regresó como adulto.

Al chico ya le estorbaba la panza para moverse, tenía un vientre enorme que no lo dejaba agacharse, cada día podía hacer un poco menos y aunque los hombres le decían que no se preocupara, que él no estaba a su servicio, a él no le gustaba sentirse un inútil.

Por ello estaba desfallecido en una silla cuando una viejecita tocó la puerta.

No confíes en nadie había dicho Cregan, pero él no podía dudar de una mujer tan anciana que sólo quería vender manzanas. Aún así era raro, ¿de dónde venía? No había gente en el bosque, nadie se aventuraba en él porque era muy fácil perderse y por lo mismo, era peligroso.

Pero ahí estaba ella, una mujer anciana, encorvada, dedos nudosos. Le ofrecía una manzana.

Lucerys la tomó y le dio una moneda a cambio, cuando la mordió, sintió que la cabeza le daba vueltas y de repente no había nada más, todo era tan negro.

 

 

-Príncipe Aemond, por favor, al finalizar la batalla, tengo algo que mostrarle.

Cregan era un rey por derecho, su reino había sido aplastado una generación antes, pero no por ello habían dejado de luchar. Aemond asintió, cuando todo terminara tenía cosas que hacer.

Encontrar a Lucerys era la más importante.

Los ejércitos de siete reinos, grandes o pequeños, se acercaron al oscuro palacio de la reina. Ella, sería derrotada ese día, incapaz de sostener el asedio, abandonada por sus hijos y por todos los demás. Ni toda la magia pudo detenerlos ese día.

 

Cregan y los otros llevaron al príncipe Aemond a dónde estaba el cuerpo de Lucerys, príncipe del reino, hijo de la legítima reina. Su abultado vientre era obvio y nada más mirarlo, Aemond derramó lágrimas de tristeza y rabia.

Estaba recostado entre flores en el claro más bonito de ese bosque, la luz parecía converger en su rostro. Aemond se arrodilló a su lado y acaricio su mejilla con cuidado, luego unió sus labios en un casto beso.

Después de eso, Lucerys comenzó a toser y escupió el pedazo de manzana que había mordido aquel día, saliendo de ese sueño sobrenatural.

 

Rhaenyra fue coronada finalmente y unos días después, Lucerys daba a luz un par de gemelos producto de su unión con Aemond.

Se casaron unos meses después y vivieron felices por siempre.