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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-01-15
Completed:
2023-01-30
Words:
4,742
Chapters:
2/2
Comments:
48
Kudos:
308
Bookmarks:
20
Hits:
1,938

me gustas mucho

Summary:

cuti entra a la carnicería del barrio sin esperar acabar yéndose con una milanesa fileteada en forma de corazón, pero ¿quién lo haría?

Notes:

leí un tweet que planteaba esta situación y me causó gracia así que hice esto (?) felicidades lisandro por el clásico de manchester (said angrily)

Chapter Text

Lisandro tenía que admitir que ser apodado el carnicero en el barrio daba cierto nivel de prestigio. Si hacía fuerza creía que hasta podía escuchar truenos y ver relámpagos furiosos cada vez que las viejas lo nombraban en sus conversaciones casuales, o cada vez que algún cliente demasiado confianzudo se acordaba de que le debía plata. Podía visualizarlos sintiendo el escalofrío que les generaba el choque de sus cuchillos sacándose filo, listos para rebanar carne humana si no pagaban su deuda. Todo esto mientras Lisandro se hacía más alto de lo que realmente era y su voz bajaba una octava en una risa demoníaca que, por supuesto, no tenía. De haberse dedicado al fútbol, de algún modo, sabía que le hubiera gustado ser defensor y mantener el alias: el carnicero Lisandro Martínez, máximo predicador de la frase "pasa el jugador o pasa la pelota", ahora, brillando en Europa. Se le hacía agua la boca de tan solo pensarlo mientras vagueaba en el local vacío. La realidad era que el ventilador que colgaba del techo hacía un ruido modesto y en la televisión estaba puesto un especial en MTV por el cumpleaños de Arjona. Saliendo de sus propios pensamientos, resopló. Esa era la música que le gustaba al dueño; él se tiraba más por Bersuit, Los Piojos, el Pity Álvarez... ¡el glorioso Pity! Qué feliz lo había hecho durante toda su vida Viejas Locas, pensó.

De repente, la cortina transparente en el umbral se movió y a la carnicería entró un cliente. Lisandro se puso de pie de inmediato y se aclaró la garganta, fingiendo estar arreglando la balanza. Si su jefe lo viera diría que es un chanta, pero él en realidad pensaba más allá: si lograba dejar una buena impresión de entrada, sabía que el cliente iba a volver. Era lo que tenía haber estudiado un año y medio de marketing en la UBA antes de agarrarle el gusto a la plata fácil.

—Buen día, ¿qué necesita?

—Buen día —Lisandro escuchó decir al hombre pero decidió seguir con su falso trabajo por un poco más —, ¿tené' nalga?

Ante su acento marcado, Lisandro optó por levantar la cabeza, y oh.

Oh.

El muchacho que estaba de espaldas al sol se veía, en esa posición, más morocho de lo que realmente era, con tatuajes saliendo de su musculosa de Belgrano y llegando a lugares que la ropa tapaba. Lisandro no pudo evita reparar en cuán alto era —a pesar de haber aceptado ya hacía tiempo que simplemente él era más bajo que el resto de hombres— y en su nariz grande, sus labios gruesos con leves indicios de sequedad a los costados y su porte serio. En una mano llevaba una bolsa con tomate y lechuga y, gracias al esfuerzo, sus venas se marcaban sobre los números romanos tallados en tinta.

Era el hombre más bello que había visto en su vida. Ni siquiera fachero. Bello. Con todo lo que implica la palabra. Además, mientras Lisandro quedaba como un estúpido por no responderle nada, sus pestañas le bailaron en un momento de parpadeo excesivo, y Lisandro consideró realmente arrodillarse en el sucio suelo de la carnicería y pedirle la mano. Sin embargo, se limitó a pellizcarse detrás del mostrador y decir:

—Tengo nalga, amigo. ¿Cuánto querés? —cambió su forma de dirigirse porque a pesar del porte avallasante el muchacho no parecía tener más años que él: quizá veintitrés, veinticuatro. El cliente le respondió y continuó: —¿Para milanesa?

—Ah, sí —exclamó él, como si se hubiera olvidado de pedírselo. Luego se llevó una mano al cuello, desviando la mirada —. ¿No me le podé' sacar un poco la grasa? Mi hermano es medio maricón con eso, viste.

Lisandro, totalmente embobado con la imagen y la tonada que estaba escuchando, clavó sin querer el cuchillo muy cerca de su dedo. No sería la primera vez. Tenía varios vendajes en la mano, algunos ya más viejos que otros, pero eso el morocho no lo sabía, así que se acercó rápidamente al mostrador.

—¿Estás bien? ¿Te cortaste o algo?

Lisandro casi se quiebra en llanto de la emoción cuando su mano derecha fue tomada e inspeccionada por las enormes manos calludas del otro. Se la sacó antes de que pudiera notar el repentino temblor en ellas. —T-todo bien. Ahí te saco la grasa, maestro.

Con una sonrisa que dejaba a la intemperie su dentadura imperfecta, el desconocido le agradeció y volvió a tomar distancia. A la carnicería la llenó un silencio que ni Arjona podía tapar. Lisandro pronto se dio cuenta de que no tenían mucho tiempo y comenzó a sacarle charla.

—¿De qué parte de Córdoba sos?

—Fa, ¿cómo sabé' que soy de Córdoba? —dijo.

Lisandro soltó una risa que rondó entre la ternura y la burla. —La tonada. Y... —con su cuchillo señaló su musculosa celeste, dándole una connotación obvia. El muchacho rió nervioso. Probablemente se sentía tonto.

Lisandro ya había terminado de sacarle la grasa a la milanesa en cuestión de segundos. Ya no sabía qué hacer para alargar más el momento. Sentía que se iba a tener que arrancar los ojos después de que el chico se fuera porque jamás iba a volver a ver algo remotamente parecido en su vida.

Para su suerte, esta vez se oyó a la otra voz diciendo: —¿Y vo'? Porteño no sos ni en pedo.

—Gualeguay. Pero igual yo casi que ya no tengo tonada —respondió —. Me porteñizaron.

—Te patinan algunas "y" —comentó con gracia, comenzando a jugar con la bolsa de la lechuga y el tomate.

Lisandro no supo hacer otra cosa que sonreír, mientras el desconocido se quedaba sin habla de repente. Cuando el carnicero volvió a mirarlo se encontró con un par de ojos ya puestos en él desde antes. Comenzaba a considerar seriamente apuñalarse allí mismo.

—Bueno... —el cordobés empezó y de la nada bajó la mirada al delantal manchado en frente de él —Paulo. Nos vemos.

Lisandro estaba por responder nos vemos hasta que la información finalmente llegó a su cerebro. Se miró la prenda y chasqueó la lengua mientras arrancaba la etiqueta con el nombre de su compañero. —Me confundí de delantal. Lisandro me llamo.

—Ah —se rió —. Ya me parecía. Pega más con tu cara.

No tenía idea de qué tipo de cumplido era aquel, pero sabía que no tenía nada que ver con aquellos que escuchaba en las calles que lo rodeaban y que lo hacían sentirse ebrio de poder. Este cumplido lo hacía querer patalear en la cama como una quinceañera. Tanto que volvieron a pasar instantes sin respuesta y el muchacho se rascó la nuca, esta vez señalando el mostrador.

—¿Me das...? —sugirió, y Lisandro se dio cuenta de que todavía tenía su pedido en la balanza. Se lo entregó y lo vio sonreír amablemente de nuevo —Gracias.

Sus manos volvieron a colisionar y, aunque el desconocido las terminó retirando primero, Lisandro había elegido quedarse a vivir por siempre en ese limbo, tanto que fue espectador de otra sonrisa más —como si el chico tuviera una reserva inagotable y no le molestara regalarle unas cuantas— y de su mano despidiéndose de él mientras desaparecía tras la cortina. Sólo entonces cuando empezó a sonar Historia de Taxi en MTV fue que se dio cuenta de que se había ido. Su jefe apareció poco tiempo después.

—Dejame adivinar, no le pediste el Instagram ni le preguntaste cómo se llama.

Lisandro giró a ver a Lautaro y, en vez de poner los ojos en blanco, como cada vez que su primo lo molestaba, abrió grande la boca. Luego se tomó de la cabeza con ambas manos y pensó: no. No puede ser. ¡No le pregunté ni cómo se llama! Mientras Lautaro se burlaba de su mortificación. Aquel chiquito siempre había sido tan despistado que no le sorprendería si el morocho jetón regresaba a la media hora porque le había dado algo que en realidad no pidió. O quién sabe, quizá era demasiado bueno como para hacer el reclamo.

 

 

Cuti cerró la puerta tras de sí y le pegó el grito a su hermano para que bajara a ayudarlo a cocinar. Sus padres se habían ido por el fin de semana y lo habían dejado a cargo del Gabrielito que tenía más horas sentado frente a la computadora que prácticamente horas de vida, pero aún así, le había prometido hacerle unas milanesas y las promesas siempre se cumplían.

—Ey —el Cuti aprovechó sus reflejos de ninja para tomar a Gabrielito del brazo antes de que pudiera poner un dedo sobre la ensalada —. Lavate las manos primero. Andá a saber qué cosas tocás ahí en tu cueva.

—¡Fa! —se quejó pero, de igual manera, le hizo caso. Hasta cierto punto era inevitable: Cristian era buenísimo y lo más parecido a un oso de peluche para abrazar en invierno que había, pero tenía ese aura demandante que le era suficiente para no tener que repetir algo dos veces. Digamos que a veces le salía solo, como ahora, y otras era un poco más consciente, como más temprano en la carnicería.

Por algún motivo, pensar en Lisandro lo puso de buen humor mientras abría la bolsa de la nalga y sacaba una fuente del horno. El muchacho que era más bajito que él y tenía los dedos flacos pero huesudos lo había hecho sentir especial, como si fuese una especie de celebridad ni bien puso un pie en el local. Además de que tenía su encanto, con los reflejos claros en el pelo y el piercing de la ceja que era hipnotizante de ver. Gabrielito lo interrogó con la mirada y el Cuti dijo: —¿Qué?

Gabrielito se cruzó de brazos y entrecerró los ojos. —¿Por qué tardabas tanto?

—¿Qué te importa? —Cristian quiso pegarle con el tupper del pan rallado en la cabeza pero su hermano fue más veloz y lo esquivó.

—¿Tenés novia o novio? Mirá que a mí no me molesta pero tiene que hablar conmigo primero. Ya no confío en tus parejas. La última me robó la tapa del Resident Evil.

El Cuti hizo un chasquido y tiró la mano hacia atrás, como diciendo que se dejara de joder. Sin embargo, en ningún momento negó ni afirmó nada, así que Gabrielito se puso a hacer la ensalada con un semblante victorioso. El Cuti comenzó a sacar las milanesas de la bolsa y ante la última frunció profundamente el ceño.

—¿Qué...? —comenzó a decir. Se detuvo cuando tomó el pedazo de carne en sus manos y terminó de encontrarle forma —No te la pue' creer.

Allí, expuesta bajo el foco de luz amarillento de la cocina, yacía la milanesa fileteada en forma de corazón. El Cuti siempre había sido de encontrarle formas raras a las milanesas y a las nubes pero esta era demasiado evidente como para tratarse de la memoria muscular: era redonda en el arco y terminaba en una perfecta curva que sólo un carnicero que manejaba el cuchillo mejor que un futbolista la pelota podía hacer, y en un abrir y cerrar de ojos. De un momento a otro, rió por lo ridículo de la situación pero Gabrielito podía jurar que veía corazoncitos saltar de sus ojos. Él sabía incluso antes que el Cuti que la risa era de reciprocación.

—¿Es el carnicero? —comentó gracioso. Cristian lo miró cómplice —Listo. Milanesas gratis para siempre.

Cuti soltó la carcajada y negó con la cabeza mientras empanaba la nalga. No sabía bajo qué excusa, pero iba a ir a ver a Lisandro de vuelta sí o sí, como diese lugar.