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Pablo Aimar se encontraba desesperado, ya estaba cansado de la vida que le había tocado vivir. De las malas decisiones que tomó a lo largo de su vida, de ser una persona autodestructiva.
De no tener a alguien que lo amara.
Esa era su mayor preocupación hasta la fecha y es que, una vez cumplidos los treinta años, comenzó a desear tener una familia convencional. Esa era una idea que nunca, en lo que llevaba vivo, había cruzado por su cabeza.
Esto se debía a que era una persona que sólo se centraba en una cosa: el fútbol.
El fútbol era algo que sacaba su mejor faceta, desde jóven que se encontró interesado en él, y su padre no dudó en apostar toda su fe en su primogénito. La pasión que sentía por ese deporte era única, se filtraba a través de todo su sistema haciéndolo sentir bien consigo mismo. Le encantaba pisar la cancha, y sentir cosquillas en cada parte de su cuerpo, deseando salir a correr detrás de la pelota y pasarla entre sus compañeros de equipo.
Ahora, que ya se había retirado como jugador, y se dedicaba a ser entrenador de una liga pequeña en el pueblo donde vivía, veía tantas familias felices que lo llenaban de una soledad y amargura de la cual no podía escapar. Deseaba tener eso, tener a alguien con quien compartir gustos, risas, momentos. Alguien con quien pudiera ser él mismo, que pudiera hablar con él hasta la madrugada y que no se aburriera bajo su compañía.
Pero ahora ya era mayor, desperdició gran parte de su vida amorosa por centrarse en su gran pasión. No se arrepentía, simplemente deseaba no haber ignorado el amor que otros profesaban por él. En esa época le resultaba aburrido, algo secundario, sin sentido. Pero ahora no, necesitaba a alguien. Cualquiera.
Sonaba desesperado sí, pero no podía hacer otra cosa más que pensar en eso.
Por eso, cuando leyó en un post de señoras en Facebook que esconderse bajo la mesa en año nuevo lo iba a ayudar a encontrar pareja el año entrante, no dudó en hacerlo. Después de todo vivía solo, no tenía nadie con quien compartir el fin de ese año, su familia vivía lejos y todos sus conocidos tenían sus parejas ya formadas, cosa que él no.
Siempre lo tacharon de amargado, lo percibían como la persona que iba a vivir sola con más gatos que amigos, y no estaban tan lejos de la realidad.
Su gata se recostó sobre sus piernas, sacándolo de su ensoñación. Suspiró y estiró el brazo, tanteando el borde de la mesa, desde debajo de esta, hasta que dio con su celular.
23:59
Tomó un trago de la copa de vino blanco que posaba entre sus dedos.
A lo lejos se escucharon fuegos artificiales estallar contra el cielo, y acarició a su gata para que no se alterara.
—Feliz año, Zuli.
Su gata ronroneó en respuesta, sacándole una sonrisa. Miró a través de su ventana, viendo las luces que iluminaban el cielo, y pensó en la ridiculez que estaba llevando a cabo.
De su garganta salió una risa amarga.
—Feliz año para mi. —susurró al aire.
No recordaba cómo había llegado a la cama, ni en qué momento cayó rendido ante el sueño. Pero si recordaba las sonrisas que le dedicaba otra persona en sus sueños, haciendo latir fuertemente su corazón y haciéndolo despertar en mitad de la noche por la intensidad de esa emoción.
Se tocó la cara y sintió sus cachetes calientes.
Suspiró.
—Que manera de fantasear, Aimar. —se reprochó a sí mismo, volviendo a tirarse en la cama y tratando de conciliar el sueño.
Finalmente, volvió a dormirse con su gata en el pecho, y soltando leves sonrisas entre sueños.
