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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Characters:
Language:
Español
Series:
Part 3 of Trilogía Hogwarts
Stats:
Published:
2023-02-06
Words:
3,047
Chapters:
1/1
Kudos:
10
Bookmarks:
2
Hits:
117

VOLAR POR FIN

Summary:

Torre de Astronomía, a las once, le ha dicho el Gryffindor por excelencia hace apenas unas horas, ve calentando motores, Malfoy, porque tal vez me apetezca volar esta noche. ¡Joder si va a volar! Y no será una escoba lo que Potter tendrá entre sus piernas, precisamente. ¿O sí?

Notes:

Hoy he entrado en la página después de siglos de no hacerlo. Con deciros que he tenido que hacer memoria como una loca sobre cuál sería la contraseña que tenía... ¡Pero la he encontrado al fin! Y al revisar qué historias tenía publicadas aquí, me he dado cuenta de que faltaba la última parte de esta trilogía y he pensado que estaría bien completarla. Aunque la escribí en 2018 y estamos en 2023... Lo cierto es que después de volver a tener mi propia página web dejé de publicar aquí. Y tampoco es que tenga mucho tiempo para dedicarme a ello. Pero he visto que tengo comentarios que nunca llegué a responder y prometo hacerlo. Aunque sean de cinco años atrás. Quien los reciba pensará que a buenas horas, por lo cual pido disculpas. Pero, como dice el refrán, "más vale tarde que nunca".

Espero que os guste la conclusión, aunque cortita, a la que llega Draco sobre sus ansias de volar con Harry.

Work Text:

Draco enfrenta de forma estoica y arrogante las miradas del alumnado de Hogwarts. Sabe que tendrá que hacerlo durante toda lo que le queda de tarde. De semana. Quizás incluso de mes. Especialmente las que reciba de su propia Casa. Nada más llegar a su mesa, tras las dos palabritas que acaba de tener con Potter delante de todo el Gran Comedor, Blaise y Pansy han estado a punto de descojonarse frente a él. Evidentemente, no lo han hecho. Porque la mirada “como lo intentes hasta tus nietos van a lamentar llevar tu apellido” cae sobre ellos, feroz e implacable. Pero Crabbe y Goyle le dedican sonrisas emocionadas y admiradas. Y él, magnánimo, les devuelve casi media.

Después, camina por los pasillos con la cabeza bien alta, sintiéndose más cómodo de lo que pensaba. Arropado por las decenas de corbatas que, como la suya, tienen un dueño distinto al que las luce. No deja pasar ni uno solo de los grandes ventanales de los pasillos exteriores para admirar su reflejo. Definitivamente, el dorado y rojo le quedan bien. Claro que, ¿qué es lo que no le queda a él, encarnación de la perfección y el donaire donde los haya? Draco es consciente, además, de la sonrisa suficiente que adornaba sus labios. La que no ha podido evitar esbozar ni en clase de Transformaciones, cuando McGonagall le ha asesinado con la mirada. Y él le ha dedicado una sonrisa todavía más amplia y brillante. Porque esta noche va a mojar. ¡SÍ, señora! ¡Chúpate esa vieja chocha! Porque será tu niño bonito, Harry-Culo Perfecto-Potter el afortunado que recibirá tal honor. Torre de Astronomía. A las once, le ha dicho el Gryffindor por excelencia hace apenas unas horas, ve calentando motores, Malfoy, porque tal vez me apetezca volar esta noche. ¡Joder si va a volar! Y no será una escoba lo que tendrá entre sus piernas, precisamente.

Antes de cenar, Draco baja a su habitación en las mazmorras para dejar sus libros y cuadernos, lavarse un poco y asegurarse de que su aspecto es tan impecable y deseable como el de un Malfoy debe ser. En el fondo está un poco nervioso. Incluso un poco más de lo que él mismo está dispuesto a reconocer. Tiene catorce años, las hormonas desatadas y demasiadas poluciones nocturnas de las que solamente son conscientes las sábanas de su cama. E incómodas erecciones que surgen de forma espontánea en los lugares y momentos más inesperados. No puede controlarlas. Pero desaparecen tan  rápido como han venido si las ignora. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, se ha dado cuenta de que Potter suele andar cerca cuando su pene decide ponerse duro sin aviso. Y ahora es su erección la que le ignora a él, por más que se empeñe en desentenderse de ella. Así que, de un tiempo a esta parte también, ha tenido que rendirse y buscar en cada momento el baño que le pille más cerca para aliviarse y poder continuar con sus clases con algo de dignidad y la mente despejada. Sabe que no es el único al que sus partes nobles le están dando guerra. Que los de su curso andan todos con el mismo problema. Pero, por el bien de sus compañeros, Draco espera que ningún otro pene, aparte del suyo, se atreva a respingar cuando el culo de Potter haga acto de presencia.

Sube al Gran Comedor con Crabbe y Goyle y, como siempre, se sitúa en el lado de la mesa que le permitirá ver bien al objeto de su deseo mientras cena. Durante un segundo, un microsegundo de hecho, ha temido que el Gryffindor se haya quitado su corbata. Que sólo se la haya dejado poner como una broma, una burla hacia él. Pero no. La lleva. Y le queda jodidamente bien. Potter ha nacido para lucir los colores de Slytherin. El verde ya lo lleva en los ojos. El plata se lo dará él con los suyos cuando Potter le lleve dentro, muy dentro. Draco sonríe sólo de pensarlo. Y vuelve a sonreír cuando, casi al final de la cena, Potter le envía un guiño, como recordándole la cita que tienen en apenas un par de horas. Y es entonces cuando a Draco le entra el pánico. Se levanta de la mesa un poco mareado, con el pescado revolviéndose en su estómago, pugnando por encontrar el camino al exterior. De pronto, Draco se siente como lo que realmente es: una adolescente inseguro, emocionalmente inestable y en pleno proceso de autoafirmación. Potter se lo va a comer con patatas.

A pesar de todo, los pasos de Draco son firmes cuando deja el Gran Comedor, consciente de la mirada del Potter sobre él. Y siguen siéndolo cuando baja los inacabables escalones que le llevan a las mazmorras y a la seguridad de su habitación. Cuando cierra la puerta a sus espaldas, se derrumba. Las piernas le tiemblan y de pronto siente unas incontrolables ganas de ir al baño. Después de veinte minutos sentado en el trono, se auto convence de que no han sido los nervios los que han desbaratado su sistema digestivo. Simplemente la cena le ha caído mal. Le puede suceder a cualquiera. Pero es verdadera mala suerte que le pase precisamente esta noche. Decide ducharse y lo hace escrupulosamente, aplicando cantidades industriales del caro y exclusivo gel que su madre le envía en las partes adecuadas de su cuerpo. Cuando termina, después de secarse, se contempla en el espejo de cuerpo entero del baño. De frente, de lado, y como puede, de atrás. Satisfecho, se sonríe a sí mismo con petulancia. Potter no podrá creer en su suerte cuando descubra lo verdaderamente afortunado que es.

Se viste con premura, como si en lugar de una cita en la Torre de Astronomía, le hubieran invitado al Gnomo Loco, una nueva y alucinante discoteca de la que ha oído hablar, a la que desgraciadamente no podrá acceder hasta cumplir los dieciséis. O consiga hacer con su varita un hechizo de falsa edad. Blaise y él han estado practicando intensamente, pero el maldito hechizo todavía se les resiste. ¡En fin! ¿Para qué quiere ir a una discoteca si esta noche va a bailar en el culo de Potter? Y eso le recuerda algo… Draco abre su baúl, protegido con  todos los hechizos de protección que a sus catorce años conoce, y rebusca entre ropa, zapatos, juegos, golosinas, libros… y entre éstos, hasta encontrar el que busca. Lo que todo mago debe saber para que su primera vez sea un éxito. Draco pasa con rapidez las hojas, porque la parte heterosexual no le interesa lo más mínimo. Piensa que ni por asomo Potter puede tener un libro semejante. Y de nuevo su auto confianza está de vuelta.  Y mientras repasa rápidamente la teoría, fijándose  muy bien en las fotos mágicas que muestran la parte práctica, está más que convencido de que a Potter no le quedará más remedio que caer rendido a sus pies (o ante su polla) cuando vea su seguridad y la maestría con la que sabe manejarse en estas lides. ¡Pobre Potter! No sabe que estaba perdido desde el mismo momento en que le ha puesto su corbata. Draco es un experto en convertir sus inseguridades en efectivas dosis de autoestima. Cierra el libro y vuelve a guardarlo. Se echa un último vistazo en el espejo y con gran resolución abandona la habitación para acudir a su cita en la Torre de Astronomía.

 

 

Cuando empuja la puerta son las once y siete. Draco llega elegantemente tarde. Pero no tanto como para tentar demasiado su suerte, por si Potter desconoce esta clase de esnobismo social. Efectivamente, ya le está esperando. Un cosquilleo nervioso recorre a Draco de arriba abajo. Potter viste una camiseta roja (cosa que está dispuesto a pasar por alto), gracias a Merlín de su talla, y esos viejos vaqueros que respingan su culete de esa forma tan deliciosa que hace que Draco babee.

—Creía que no venías —le reprocha el Gryffindor.

Pero Draco sonríe con petulancia, sobrado. Y está a punto de explicarle lo afortunado que es de que sí lo haya hecho, cuando la pregunta de Potter le deja a medio camino de todo. De explicación y de petulancia.

 —¿Dónde está tu escoba, Malfoy?

Draco parpadea confuso. ¿Escoba? ¿Para qué diablos necesita su escoba? Es entonces cuando se da cuenta de que Potter tiene la suya en la mano.

 —Te dije que tenía ganas de volar —le recrimina el moreno—. Si no te apetecía sólo tenías que decírmelo.

¡Por supuesto que Draco quiere volar! Pero ni se le ha ocurrido que el “tal vez me apetezca volar esta noche” de Potter pudiera ser tan literal. De hecho, él siempre se ha visto volando con Potter. Pero de otra forma.

—Necesita aprestarse después del último partido —improvisa—. Y no me gusta coger las del escobero común. Están tan… usadas —acaba con una perfecta  mueca de asco.

Potter le mira, entrecerrando un poco los ojos, como si sospechara de su mentira. O pensara que es un idiota. Pero finalmente lo único que queda en su mirada es decepción.

—Podemos volar los dos en la tuya, si quieres —se apresura a añadir.

Porque hoy Draco vuela sí o sí. Aunque sea en una escoba. El Gryffindor parece considerarlo durante unos segundos. Eternos. Ansiosos. Después se encoge de hombros y dice:

—¿Por qué no? Es una buena escoba —afirma orgulloso—. Podrá con los dos.

Recuperando su entusiasmo Potter coloca la escoba entre sus piernas y le mira. Esperando. Draco camina con paso mesurado hasta él y después pasa una pierna indolentemente por encima de la escoba, como si le estuviera haciéndole un favor.

—Agárrate —dice Potter, mientras da una fuerte patada en el suelo.

Prácticamente sin tiempo de pensar de dónde, Draco se ve volando por encima de las almenas de la Torre de Astronomía hacia el cielo estrellado de junio. Se aferra a la cintura de Potter, mientras su cabeza asoma por encima del hombro del Gryffindor recibiendo en pleno rostro el aire fresco de la noche de Escocia. No hablan. Potter parece totalmente concentrado en conducir la escoba hacia el lago. Y Draco lo está en tratar de olvidar que su entrepierna está pegada al culo de Potter. Demasiado pegada. Su pene empieza a ponerse contento sin previo aviso y Draco piensa que si Potter llega a notarlo estará bien jodido. Intenta separarse un poco, pero es difícil porque no tiene ningún punto de apoyo lo suficientemente firme. Sus piernas cuelgan a ambos lados del palo de la escoba porque es Potter quien tiene los pies apoyados en los reposapiés, dado que es él quien la conduce. Y mientras lo hace, el Gryffindor  menea su culo como le da la gana; ahora inclina su cuerpo, culo incluido, hacia delante para ganar velocidad; ahora se tuerce un poco a la derecha para virar hacia la otra orilla del lago; vuelve a inclinarse y a echar el culo hacia atrás… Puto Merlín, estoy bien jodido. Con cada movimiento de Potter, Draco ahoga un jadeo. Y piensa que esta vez no hay ninguna socorrida túnica para esconder desenlaces incómodos. Como acabe corriéndose en los pantalones lo más seguro es que se tire de cabeza al lago, para que le devore el calamar gigante y devore al mismo tiempo su vergüenza.

Potter desciende en picada hacia una orilla del lago bastante alejada de los terrenos del castillo. Draco no recuerda haber llegado nunca tan lejos. Es como una cala pequeña, rodeada de árboles. Cuando bajan de la escoba, Draco estira su jersey hacia abajo todo lo que puede. Potter no le presta atención, ocupado en encender una pequeña hoguera con la madera que está cuidadosamente apilada en el centro de la cala, como si hubiera sido preparada previamente. Cuando el fuego ilumina a su alrededor, Draco se da cuenta de que hay también dos mantas extendidas en el suelo y una cesta. ¡Vaya con Potter! Y parecía tonto…

El Gryffindor se arrodilla junto a la cesta y la abre. Después empieza a enumerar:

—Tenemos cerveza de mantequilla, chocolate, un trozo de tarta de calabaza, otro de tarta de manzana, nueces, almendras, gominolas de varios sabores y regaliz.

Después, al parecer satisfecho con su pequeña disertación, le sonríe a Draco.

—¿Qué te apetece? —pregunta a continuación.

Que me alivies el dolor de huevos, piensa Draco. Sin embargo, sonríe de vuelta y dice:

—Una cerveza, gracias.

Potter saca dos cervezas de la cesta y las abre con un hechizo. El eco de sendos “plop” reverbera en el silencio de la noche. Le tiende una a Draco, quien finalmente camina hacia la otra manta y se sienta. Seguramente Potter espera que le agradezca el detalle de este improvisado picnic.

—No te hacía tan detallista —dice después de dar un trago a su cerveza, que está bien fresquita.

El Griffyndor le sonríe ahora con cierta timidez, dándole vueltas a su botella entre las manos.

—No pensarías que íbamos a volar solamente, ¿verdad?

Draco también sonríe, pero lo hace con cierta arrogancia. Si es que lo sabía…

—Entonces… ¿esto es una cita? —pregunta haciéndose el despistado.

—¿Tú quieres que lo sea?

Potter le mira con sus brillantes ojos verdes llenos de ansiedad, esperando su respuesta. Draco toma otro sorbo de cerveza antes de decir:

—Yo no salgo a volar con cualquiera, Potter…

—Tampoco yo me pongo la corbata de cualquiera, Malfoy… —rebate inmediatamente el Gryffindor.

—Pues bien que pensabas ponerte la de ese Ravenclaw si yo no llego a evitarlo…

—Pues bien que te tomaste tu tiempo hasta que te decidiste…

Potter parece que se está mosqueando un poco y Draco decide plegar velas con el fin de salvar su noche de vuelo.

—Y el verde te sienta tan bien, Potter, que me arrepiento de no haberlo hecho antes…

Y se lo dice acercándose a él hasta que sus narices prácticamente se tocan, mirándole seductoramente a los ojos —o lo que él cree que es una mirada seductora después de haber observado muy atentamente a las parejitas de cursos superiores en su sala común. ¡Y pensar que hubo un tiempo en que creyó que enamorarse de alguien le ponía a uno cara de idiota! Pero no, estaba confundido. Es llana y simplemente el rostro de la seducción.

Potter bizquea un poco y se echa hacia atrás. A Draco se le va el alma del cuerpo durante un momento, pero casi inmediatamente Potter sonríe y la recupera.

—¿Quieres un poco de tarta? —pregunta el Gryffindor.

Después del intempestivo desalojo de sus tripas, Draco no está muy seguro de cómo le va a sentar el dulce. Pero es goloso por naturaleza así que…

—De calabaza, por favor.

Diligentemente, Potter saca la tarta de la cesta y corta dos generosas porciones. Empiezan a comer en silencio, mientras Draco se estruja el cerebro para reconducir la conversación hasta el punto que a él le interesa.

—Este lugar es muy íntimo —dice—, ¿has traído a muchos ligues aquí?

Potter se le queda mirando con cara de tonto.

—¡Por supuesto que no! —responde después, ofendido, y con un delicioso sonrojo apoderándose de sus mejillas.

—Entonces, ¿lo has buscado solamente para mí? —pregunta Draco, en un tono que pretendería ser seductor si no fuera por el gallo que le ha salido. Es lo que tiene estar cambiando la voz.

Potter enrojece un poco más mientras afirma con la cabeza y Draco se siente pletórico. ¡Un sitio solamente para ellos dos! Con todo lo que eso implica: tranquilidad, privacidad, intimidad… Le sonríe a Potter con todo lo que tiene: labios, ojos, gesto, con el cuerpo entero. Potter le mira con curiosidad, tal vez porque es la primera vez que Draco se desprende de su superficial personalidad y muestra un poco de él, del adolescente que se esconde bajo capas y capas de férrea educación Malfoy.

—Estás tan guapo cuando sonríes… —musita.

Y el corazón de Draco vuela, libre, ansioso, hoy el mundo es suyo. Así que, sin pensárselo dos veces, realmente sin pensar en modo alguno, se inclina hacia Potter y le besa. Y es un beso como él cree que debe ser, apretando mucho los labios contra los de su compañero, tratando al mismo tiempo de sacar un poquito la lengua, aunque no sepa muy bien qué hacer con ella.

Pasado el primer momento de sorpresa, Harry abre la boca, no sin cierta dificultad porque Draco le está aplastando los labios y utiliza su propia lengua para explorar la contraria. Durante unos momentos hay dientes, saliva y una gentil torpeza que enternecería al más versado. Draco piensa que todo es demasiado húmedo para su gusto y Harry que si Draco dejara de mover la lengua de forma tan frenética, tal vez el beso sería mejor. Cuando se separan no pueden evitar apartar la mirada el uno del otro, demasiado avergonzados.

Cuando por fin Harry encuentra el valor para mirar a su compañero, le parece que Draco está tan decepcionado que teme que no quiera volver a besarle jamás.

—El próximo será mejor —intenta animarle, tal vez para animarse a sí mismo, más que otra cosa—. Solamente tenemos que practicar un poco más…

Draco asiente y, por fin, enfrenta la mirada de su compañero. Potter parece tan apenado… Y, entonces, Draco comprende dos cosas. La primera, que si Potter no ha huido todavía después de ese nefasto intercambio de saliva con sabor a tarta de calabaza, cabe esperar que no lo haga en un futuro próximo. O que eso del tan renombrado valor Gryffindor existe de verdad. La segunda, y tan importante como la primera, es que todo aprendizaje requiere su tiempo. Tal vez ese ansioso vuelo que tanto desea emprender necesite de ciertos pasos previos. Como cuando aprendió a volar en una escoba. ¡Arriba! les había ordenado decir Madame Hooch al inicio de la clase. Y la escoba había acudido a su mano. Así que el ánimo de Draco se viene inmediatamente arriba también y, poniendo una mano en la cálida nuca de Potter, le empuja hacia él con una expresión determinada en su rostro.

—Por mí que no quede.

Porque si aprender a volar, a volar bien, requiere su tiempo, Potter y él tienen todo el tiempo del mundo para aprender a alzar el vuelo juntos.

 

FIN

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