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Naruto siempre finge estar dormida cuando Sasuke llega, porque sabe que así lleva menos tiempo que la otra se meta a la cama también. Sasuke sabe que finge, pero solo la primera vez vaciló en seguir el juego. Es más fácil, y ambas lo saben. Al amanecer solo queda el perfume de Sasuke en la almohada y Naruto rueda para enterrar su nariz en ella.
Una vez Sasuke la sorprende angustiada en el baño. Se ha quemado el cabello y ahora está todo achicharrado. Aunque Naruto no se considera una persona vanidosa, puede confesar que su cabello es uno de sus puntos débiles. Ahora le gusta llevarlo largo, para parecerse más a Kushina, y su tono rubio le recuerda a Minato. Pero Sasuke la ve llorando porque ya no se parece al de su madre y lo quemado no tiene el brillo que el de su padre.
Sasuke la sienta en el suelo, frente a un espejo que colocó recargado en la pata de una silla. Ella toma lugar en la cama, con cada pierna a un lado de los hombros de Naruto.
—Lo tengo que cortar.
Naruto asiente, pero las lágrimas se le siguen escurriendo.
—No te dejaré fea—le asegura, mientras cepilla los mechones—. No más de lo que ya estás.
—Cállate.
Se lo corta por encima del hombro. Le saca volumen para que no se le esponje y le reacomoda el flequillo, para que este acorde al nuevo largo. Naruto echa la cabeza hacia delante y vuelve a llorar, se tapa los ojos con los dedos y le agradece entre hipidos.
Sasuke le besa la nuca y le dice que se ve bonita, porque lo hace. Incluso si Naruto de un día para otro se quedara pelona, seguiría siendo bonita. Naruto se destapa la cara y a través del espejo la mira a los ojos. “¿De verdad?” le pregunta en una vocecita que deja demasiado espacio en el cuarto. “No me gusta repetirme” le contesta, pero una de sus manos le acaricia la mejilla y Naruto se inclina hacia ella.
—Tienes que quedarte esta noche—le dice contra su muñeca, Sasuke siente el vaho de su aliento humedecerle ahí—, necesito que me consueles, no podré dormir.
—Bebé—se burla. Naruto la besa donde le nace el pulso.
Hace casi dos meses que no se ven y de pronto Sasuke se la encuentra sentada a las faldas de una cascada, mojándose la ropa del agua que salpica contra las rocas. El pelo le ha vuelto a crecer, aunque aún no le llega a la cintura. Lo lleva recogido en una sola coleta y el fleco le enmarca el rostro.
—Ey—la saluda, con el conejo que cazó para cenar en su mano. Naruto levanta la cara y le sonríe y ahí Sasuke nota que las vendas en su brazo también se están mojando—. Ven a cenar.
Naruto despelleja al conejo y Sasuke prende la fogata. No le pregunta cómo la ha encontrado, ni tampoco qué hace ahí; eventualmente Naruto se lo dirá si lo necesita saber. Lo que sí quiere preguntarle es por qué. Por qué rechazó ser la sucesora de Kakashi, por qué decidió darle la espalda al sueño que tuvo toda su vida, por qué ahora. Pero no lo hace, y se traga el conejo junto con sus inquietudes, y al dormir le pasa su brazo por el costado y pega la espalda de Naruto a su pecho.
Se queda con ella un mes entero. Al amanecer del trigésimo segundo día Sasuke la descubre sentada mirando hacia los árboles.
—Me tengo que ir—le dice como explicación. Se gira a mirarle, la besa y se va.
Sasuke la observa hasta que desaparece entre los árboles; Naruto no voltea a verle ni una vez.
—Podría morir por ti—le confesó una vez, meses después de que Naruto decidiera que le recompusieran el brazo y que Sasuke lo rechazara.
—¿Podrías vivir por mí? —le preguntó de vuelta Naruto, sentada en la cama de su nuevo departamento, rodeada de puro vacío, y Sasuke.
—No aquí—le respondió después de un rato, pero Naruto ya estaba dormida.
La siguiente vez Naruto se queda tres meses con ella, antes de regresar a Konoha. Es aún más difícil decirle adiós que la vez anterior. Casi cinco semanas después Sasuke visita la Aldea para su reporte y como siempre, se cuela en el departamento de Naruto para dormir a su lado. Esta vez, sin embargo, espera al sol y a Naruto al despertar.
—Ven conmigo—le dice, porque no puede seguir siendo cobarde, porque Naruto jamás le dijo las razones por las que rechazó el puesto, pero Sasuke las conoce, las sabe en cada sonrisa que le ha dado, en cada discusión y cada beso. Quédatequédatequédate le susurra con sus ojos, se lo inscribe en la piel con su mano.
Naruto le acaricia la mejilla y la nariz, como si estuviera marcando su perfil con las yemas de sus dedos.
—¿Cuánto tiempo?
Sus dedos se detienen sobre los labios de Sasuke, así que habla con su tacto presionándolos suavemente.
—El que quieras.
—¿Y cuando tenga que regresar? —mira hacia atrás, hacia la ventana donde se distinguen algunas casas y las copas de los árboles. El monte con las caras talladas detrás de los relieves.
—Dame tiempo—susurra.
Naruto regresa a verla y Sasuke sabe que Naruto moriría por ella, viviría por ella y le daría tiempo, montones de tiempo. Iría a vivir con Sasuke a la nada, a cazar la comida y ser dos manchas desapercibidas, sin nombres, sin pasado. Solo ellas. También sabe que no hay nadie en este miserable mundo a quien ame de la manera que Sasuke la ama.
—Viviré—le promete sobre un beso mientras Naruto le clava las uñas en la espalda y llora contra su cuello—. Regresaré.
—Más te vale.
Naruto ya no finge estar dormida cuando Sasuke llega. Al amanecer despiertan ambas revueltas en las sábanas y el perfume impregnado en las paredes. Naruto rueda hasta Sasuke y ella le deja. Le ama y se lo dice en los besos y cuando le peina el cabello, largo ya como el de Kushina.
Naruto la ama también, y Sasuke lo recuerda cada que mira al monte y no ve su cara tallada en piedra.
