Work Text:
Fitzgerald lo llamó a su oficina.
«Para ayer», le dijo por teléfono. Así de rápido quería verlo llegar, pues al parecer ese mismo día conocería a su nuevo compañero. Era algo más o menos común en esa línea de trabajo. Múltiples razones había para tener un nuevo compañero de vez en cuando, sin embargo, aún se sentía nervioso; las primeras impresiones no se le daban en absoluto. Lo que no sabía, era que en realidad no era la mayor habilidad de ninguno de los dos.
John Steinbeck se dirigía rumbo a la oficina del jefe, pero se lo encontró en el pasillo con su habitual sonrisa burlona, su despreocupación y suficiencia de siempre. Aunque no parecía tener tanta prisa como había hecho notar en su llamada, rápidamente le indicó que el nuevo recluta estaba en la estancia frente a su oficina.
—Anda a conocerlo tú mismo —le invitó Fitzgerald abriéndole ligeramente la puerta de la habitación.
Por la pequeña abertura, Steinbeck alcanzó a ver a un enorme bulto que contrastaba con el resto de la estancia.
De espaldas, con sus pesados y oscuros ropajes se parecía al gran espantapájaros que había construido con su hermano el año anterior, ese que vistieron con la lona vieja y rota que alguna vez usaron para tapar el tractor. Y cual espantapájaros, el tipo miraba atentamente en una sola dirección: hacia la larga y profunda fuente que daba la bienvenida a la casa de Fitzgerald, la cual podía verse desde la ventana de la habitación.
—¿Es en serio? —para el muchacho Steinbeck, aquella parecía la facha de algún típico mercenario peligroso y con muy, muy mala fama. Y no es que él no hubiera cometido ya algunas cuantas cosas que su hermanita consideraría fechorías, pero eso era un asunto distinto: toda la atmósfera del nuevo gritaba “aléjate”.
—¡Hablo totalmente en serio mi viejo amigo ! ¿Querías un compañero? ¡Pues ahí lo tienes! Es algo tímido, así que preferiría que se conocieran ustedes mismos, para darle confianza ahora que trabajaran juntos —eso sonaba prácticamente como una burla—. Ahora, si me permites…
Fitzgerald abanicó con su mano al aire, como si estuviera espantando algún insecto. Aunque John sabía que en realidad estaba ordenándole que dejara de pulular a su alrededor cuanto antes.
Al buen entendedor, pocas palabras. Así que a la par que Fitzgerald se encerraba de nuevo en su oficina, John se acercó con cautela hasta donde se encontraba el nuevo.
—¡Hey! ¿Qué tal? —preguntó Steinbeck, intentando no sonar nervioso, al ensimismado sujeto que miraba por la ventana… con la cara pegada al vidrio.
Solo pensar en un tipo grandote y aterrador como él haciendo algo como eso era ridículo, pero verlo lo golpeaba de una manera extrañamente distinta. Era como ver a sus hermanos emocionados la primera vez que fueron en tren o recordarse a sí mismo su primer viaje en autobús a la ciudad; con la diferencia de que este sujeto no parecía emocionado y que sus largos brazos caídos sobre sus costados denotaban más bien aburrimiento y flojera. Era un poco curioso. Pero no curioso de interesante , sino curioso de raro .
El recién llegado tenía un cabello negro y bastante largo, al grado de que si no le ponía tanta atención, bien podría confundirlo con alguno de los pulpos que solía ver en las pescaderías del mercado de abastos cada que iba con su padre a comprar semillas y cosas para la casa y el campo.
Era como un enorme pulo negro pegado a la ventana. Y no quería sonar paranoico, pero se le recordaba tanto a eso, que podría jurar que olía un poco a agua de mar y algas.
Ya que a su saludo no obtuvo respuesta, solo continuó:
—Bueno, como sea. Mi nombre es John Steinbeck y desde hoy seremos compañeros —una vez más, no obtuvo una sola reacción, así que prosiguió. —Quiero que sepas que todos los que pertenecemos a Guild somos grandes usuarios de habilidades, así que supongo que tú también debes serlo. Aunque no te asombres si descubres que los demás estamos a un nivel superior.
Esto último lo soltó con la única intención de molestarlo un poco y que así al menos le reclamara, pero no funcionó.
—De cualquier forma, mejorarás con el tiempo. Todos lo hemos hecho.
Steinbeck comenzaba a desesperarse. Ahora comprendía por qué su madre se molestaba tanto si no la miraba mientras le estaba hablando.
—Y que tampoco te asombre que Fitzgerald no nos ponga tanta atención o si es un maldito a veces. Creo que aun así podemos considerarnos afortunados.
Solo una vez más
—Y la paga es buena además y los trabajos no son tan difíciles, aunque sí que podemos…
John explotó.
— ¡¿No escuchas que te estoy hablando a ti o qué?! ¡Maldita sea! ¿¡Qué eres?! ¡¿Eres imbécil?! ¡¿Idiota?! ¡¿Retrasado?! ¡Al menos mírame cuando te estoy hablando!
Mientras le gritaba y hasta insultaba a sus generaciones futuras, Steinbeck jaló a aquel estúpido sujeto por el hombro para asegurarse de que esta vez le pusiera atención. Pero en lugar de ello, cuando el hombre cayó al suelo con un golpe sordo, Steinbeck comprobó que el tipo no era un idiota, sino que había dos posibilidades más:
Primero: que este se hubiera quedado dormido con su esquelética y pálida cara pegada al vidrio.
Segundo: quizá se había muerto. Con cuidado, John comenzó a darle golpecitos en la cara a aquel tipo, pero no respondía. Vino a su mente cuando unos años atrás un vecino suyo murió de manera repentina. Su familia se dio cuenta cuando pensaron que ya había pasado demasiado tiempo recargado en su cerca admirando a su rebaño de ovejas y no había ido a la cocina a preguntar si ya era hora de cenar.
Lo que menos quería John eran problemas. ¿Y sí pensaban que había matado a su compañero el primer día? Sí, era una especie de mercenario ahora, pero también tenía honor.
Internamente desesperado, optó por tirarle a la cara el agua de la jarra que descansaba sobre la mesa, como último recurso y sólo entonces, los ojos de aquel largo cadáver se abrieron de golpe. Oscuros, profundos, vacíos; parecían ver hasta el interior del alma del joven Steinbeck.
—¿Ya es el día? —preguntó con una voz profunda y siniestra.
—¿El día? —le preguntó John, sin entender.
—¿Comida?
—Yo no tengo comida.
—No, ¿tú eres mi comida? —cuestionó el tipo de nuevo.
Steinbeck no entendía nada, pero al menos el sujeto estaba vivo. Hablaba arrastrando las palabras y todo lo que decía parecía inconexo, así que John salió caminando lo más rápido que pudo, incómodo y dejó ahí tirado al nuevo, recordando con pesar que era su nuevo compañero.
De principio, el sujeto sólo parecía poder mantener una conversación medianamente normal con Fitzgerald o cuando este estaba presente. Aunque con el pasar del tiempo, también se fue acostumbrando al rubio más joven.
En una ocasión, el recuerdo de aquella tarde volvió a ocupar la mente de Steinbeck, quien no pudo evitar preguntarle qué había pasado en aquella ocasión.
—En serio me diste un susto. ¿En qué rayos pensabas? —ni lo conocía, pero aquellos fueron los segundos más tensos que había vivido.
Lovecraft (al menos así fue como Fitzgerald acabó por presentarlo) se tomó unos momentos para articular su respuesta:
—No pensaba en nada. Miraba por la ventana y me quedé dormido.
De alguna manera, Steinbeck ya no se sentía tan sorprendido.
Para entonces, ya sabía que a pesar de su apariencia humana, el poder de su compañero era algo que desafiaba toda la lógica del ya de por sí extraño mundo en el que vivían. Por lo mismo, a veces podía ser un idiota fuera de este mundo.
De más está decirlo, que de él, a veces Lovecraft pensaba lo mismo.
