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A mi hermosa y amada Zelda

Summary:

Francis nunca, en todos sus años de casados, le había fallado a Zelda al entregarle un presente y no quería que este fuera la excepción.

Notes:

Inktober 2019
Día 1: Anillo

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

A mi hermosa y amada Zelda:

He vuelto a dónde comencé, a la nada.

Y una vez más, eres lo único que me da una razón para seguir existiendo. 

¿Sabes qué, querida? Olvida eso último. No puedo decir que no tengo nada cuando te tengo a ti, que eres mi todo. 

Mientras escribo, aún falta un tiempo para nuestro aniversario de bodas, pero confío en que ahora que lees esta carta debe ser la fecha exacta. O cuando menos faltarán unos días. O quizá habrán pasado unos pocos. 

Un año más… Hemos hecho que todos se tragaran sus palabras, ¿no crees?

Tú más que nadie sabes que no hay día en el que no estés en mi mente y en estas últimas semanas has sido el único pensamiento recurrente en mi cabeza. Pienso en tus suaves abrazos, tus dulces besos y también recuerdo tu cálida risa. Aún si esta se ha tornado huidiza desde hace un tiempo.

Sé que he estado fuera más de lo acordado, pero por favor, espera por mí una vez más; espérame como lo has sabido hacer todas y cada una las veces. 

Como lo hiciste al principio.

¿Lo recuerdas? 

Ambos éramos mucho más jóvenes, aunque tú sigues siendo igual de hermosa que en aquel entonces. Me enamoré de ti apenas levanté la mirada y mis ojos se cruzaron con la luz de los tuyos, aunque fue la tercera o cuarta vez que coincidimos, la primera en la que me dirigiste la palabra. La preciosa y bella hija del adinerado juez del condado hablándole a un simple soldado que tras su uniforme escondía su inmensa carencia de todo: de bienes, de origen, de hogar. Ha pasado más de una década y si te soy sincero, aunque aún no logro dilucidar qué fue lo que te hizo acercarte a mí en aquella ocasión, estoy profundamente agradecido por ello, porque fue ese día, en ese instante, tal y como te lo hice saber al momento, que decidí que quería pasar el resto de mis días a tu lado. 

Ese mismo día te pedí que te casaras conmigo. Con el corazón en la mano, desbordante de amor, con la cabeza llena de sueños y los bolsillos vacíos, sin pensarlo tomé la cinta de mi zapato y la até con cuidado en tu delicado dedo, a falta de anillo, cuando me dijiste que sí. La até bajo la promesa de que pondría todo mi esfuerzo, mi amor y mi fe para poder un día regalarte un brillante futuro lleno de todo lo bueno que tu sola existencia merecía; todo lo bueno que aún mereces. Aunque en aquel entonces mis posesiones se reducían a aquel par de zapatos. 

Lo que soy ahora, lo he sido gracias a ti y lo que no también.

Nuestro viaje nunca ha sido necesariamente fácil, ni siquiera en el punto de partida y aunque nos hemos perdido en algunas ocasiones, siempre hemos encontrado la salida. Y lo hemos hecho juntos.

Me llena de vergüenza, coraje e impotencia admitirlo, pero una vez más, me encuentro andando sin rumbo. Sin ti calmando mis ansias, sin nada en el bolsillo que me lleve de vuelta a casa. Ahora que escribo en el sucio y maltratado reverso de este arrugado panfleto, la única pertenencia con valor que llevo a cuestas es mi existencia, pero admito que más de una vez, bajo este cielo oscuro e inmenso, en medio del hambre y el insomnio, he llegado a cuestionar su verdadero valor. No es mi intención incordiarte, mi amada, solo espero que comprendas que por el momento la situación no es la más próspera.

Nuestro aniversario se acerca y como cada año, quisiera colmarte de amor, atenciones y joyas. Quisiera tratarte como la verdadera reina que eres, sin embargo, por esta ocasión, me arrodillo ante ti y nuevamente coloco en tu dedo la agujeta de mi triste, pero decidido corazón, ofrendando en ella a tu figura toda mi devoción a sabiendas de que mereces mucho más; estando consciente de que he faltado a mi juramento pero renovándolo en la promesa de que tu recuerdo me cubrirá del frío y tu luz me guiará para salir adelante. 

No estoy seguro de cuánto me tomará regresar, tampoco de cuánto tardaré en escribir nuevamente, pero volveré. 

Volveré siendo un hombre mucho mejor que el que salió de casa.

Volveré a nuestro hogar, a nuestra familia, volveré a ti.

Por siempre tuyo:

Scottie.

 


 

Con sumo cuidado, Francis hizo unos cuantos dobleces a aquel sucio panfleto cuyo reverso contenía sus sentimientos y lo guardó en su bolsillo izquierdo, como si fuera su bien material más preciado en el mundo, solo superado por lo que ocultaba del bolsillo contrario.

Francis nunca, en todos sus años de casados, le había fallado a Zelda al entregarle un presente y no quería que este fuera la excepción, pero la inseguridad lo asaltaba.

«¿Será suficiente?», se preguntaba. Con ayuda de la señorita Alcott, había vuelto a su aspecto reluciente de antaño (aunque su traje era barato y su corbata improvisada), pero eso no quitaba el hecho de que ahora era infinitamente pobre. Otra vez. Trataba de tranquilizarse pensando su propuesta de matrimonio original. Le había pedido matrimonio con una agujeta de zapato y ella dijo que sí; había sido suficiente, aunque los pensamientos intrusivos continuaban: «¿No es esto bastante ridículo ahora?»

No podía negar que le aterraba la idea de que Zelda rechazara su presente. Le avergonzaba terriblemente el solo pensar en enviarle eso, a pesar de que ahí estaban vertidos su más profundo amor y admiración hacia la mujer que alegró su vida y de que le había dado forma al pequeño presente con el más puro y sincero esfuerzo. Francis, ahora conocedor del frío pero amplio mundo de los negocios, temía que sus sentimientos fueran, pues, “poca cosa”.

—Le gustará Señor, no tenga ni la menor duda —le aseguró la pequeña señorita Alcott cuando lo vio dudar frente al buzón de correos.

Tenso, Fitzgerald arrugaba el sobre donde había metido la carta y el regalo para Zelda.

Al notar que su jefe no soltaba el pequeño paquete, la muchacha de anteojos puso su mano sobre su hombro exhortándolo a que dejara caer el sobre.

Días atrás, mientras rondaban por los basureros tratando de encontrar algo que pudieran vender, Francis tomó especial interés en un pequeño carrete de alambre delgado que encontró en una vieja caja de herramientas y se lo echó a la bolsa, junto con unas pequeñas pinzas. Durante horas y horas, cada una de las siguientes noches, el antiguo empresario se sentaba bajo toda luz que encontraba a jugar con el alambre y las pinzas en los parques donde solían acampar. 

Louisa hacía como que no se daba cuenta, tratando de no incomodarlo. Era el tipo de hombre capaz de aparecer en la puerta de un pequeño negocio y gritar con toda pompa que era el nuevo dueño; pero incluso él, cuando se trataba de sus sentimientos, en una situación tan delicada como en la que se encontraban, necesitaba un tiempo consigo mismo para lidiar con ello. Además, aún ante su precaria situación, lo notaba animado y no quería ponerle un freno a eso.

Entonces un día apareció orgulloso ante la chica presumiendo su opus magnum : un pequeño anillo de alambre con un cristal de fantasía azul claro engarzado. No era para nada lujoso, pero la delicadeza de algunos detalles del aro lo hacía pasar por una pieza medianamente elegante. La presentación de la joya iba ligada a su anécdota:

Hace tiempo, mientras vagaba buscando algo de comer, a una señora de buen vestir pero no necesariamente rica, uno de sus collares se enganchó a la puerta al bajar de su auto y se rompió. La mayoría de las cuentas terminaron en la alcantarilla, pero logré rescatar esta. La mujer creyó que la atacaba, y me costó unos cuantos golpes —recordó el hombre rubio con una carcajada—, pero valió la pena. La llevo conmigo desde entonces porque me recuerda a Zelda, mi esposa. Sus ojos son así de claros, ¿sabes? Pero creo que ella debería tenerla ahora, ¿crees que será suficiente? No tengo nada más para darle.

Su expresión estaba llena de nostalgia. Alcott jamás pensó que Francis Fitzgerald pudiera tener pensamientos así de hermosos. Así de conmovedores. Era la viva imagen de cómo el amor puede hacerte una persona totalmente diferente. Louisa asintió.

—Créame, será más que suficiente —afirmó. 

En un momento de valor, el hombre soltó el sobre con sus sentimientos listos para ser transportados hasta el otro lado del mundo. Escuchó el murmullo del papel encontrándose con otras cartas al fondo del buzón. Aunque se arrepintiera, ya no había vuelta atrás, pues no tenía ni un centavo qué gastar para volarlo a pedazos. Eso sí, orgulloso o no, sus comentarios quejosos no se hicieron esperar.

—Hubiera preferido comprarle algo de Tiffany al menos. Aunque Mikimoto también habría funcionado, podríamos haber ido hasta Ginza —se lamentó el magnate que aún dominaba en el sistema de Francis. 

—Tonterías, ningún Tiffany podría valer tanto como lo que usted ha hecho por ella —argumentó la muchacha, aunque no se refería solo al anillo. No se lo diría, pero también lo había escuchado murmurando, noche tras noche, tratando de encontrar las palabras correctas para plasmar en su carta secreta. 

Fitzgerald era un tanto imposible, pero también increíble. No por nada, estaba segura Alcott, lo que sea que estuviera en esa carta, cualquier promesa que profesara o cualquier sentimiento que en ella declarara, no solo era real, sino que valía totalmente la pena.

Notes:

-Re-editado de mi original publicado en la plataforma naranja en 2019. Aunque apenas hubo pequeños cambios y correcciones.

-Publicado aquí porque uno nunca sabe.

--Llorando porque ojalá Francis y Zelda pudieran tener una vida familiar 1000% feliz en todos los sentidos. Y porque me falta Guild en el manga.

---Alcott la mejor <3

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