Chapter Text
Y nunca volveré a casa.
¿Para qué?
Es–
Es repetitivo. Empezar una historia así, digo.
Pero viéndolo en retrospectiva y repitiendo el comienzo, creo que es lo más acertado.
Esa noche me seguía doliendo el golpe. Me senté en la cama y pensé tengo que salir de acá. Y creerás que estaba en mi casa o algo por el estilo, pero no, porque ya me había ido de ahí hacía unas horas.
Me había ido y en donde había caído era, en parte, peor. El típico mejor mala conocido, que bueno por conocer, excepto que era obvio que no eran buenos.
Creo que esa fue la mayor prueba para mí misma, para saber si de verdad quería irme o no, porque en el momento en que logré alejarme, me encontré con un obstáculo.
Una pared inquebrantable, de casi dos metros y más de noventa kilos. La mayor diferencia con mi casa es que allá sentía furia e impotencia. Acá, sentía terror de lo que podría pasarme, de lo que podrían hacerme.
Estaba en peligro y creo que, por primera vez en mi vida, lo noté de inmediato.
Entonces, sonreí.
—No, estoy de paso —dije.
Esa persona, de mirada punzante y manos inquietas y ansiosas sonrió también. Casi le escuché pensar estamos de paso, vamos para el mismo lado. No, por supuesto que no.
Me levanté de la mesa y él se levantó de inmediato también.
—Me voy a dormir, gracias por la compañía —dije, manteniendo la cordialidad, tratando de no demostrar la desconfianza que latía en mis oídos.
—Yo también, te acompaño.
—No es necesario.
—Insisto.
Por supuesto que iba a insistir.
No dije más y caminé veloz, creyendo que capaz podría perderle de vista en el camino, pero claro que no. Me acompañó y casi tuve que cerrarle la puerta en la cara. Observé por el cerrojo si seguía ahí y sí, estaba. Di un par de vueltas por la habitación, bostecé con fuerza y me acerqué a cerrar la puerta con llave, como quién no quiere la cosa. Miré de nuevo y seguía ahí. Apagué las luces. Me quedé junto a la puerta, tratando de oír si al fin se esfumaba.
En efecto lo hizo, algunos minutos después, no sin antes probar si de verdad había cerrado la puerta. Cuando le oí irse, me fijé por la ventana y lo vi meterse en una habitación a dos puertas de mí. Tomé mis cosas en silencio, las pocas que había bajado del auto, y las llaves. Hice un bulto con las almohadas en la cama, por las dudas, y salí en silencio.
Corrí lo más disimulada que pude hasta el auto, subí y arranqué. Mientras salía del estacionamiento, vi por el retrovisor cómo esa persona salía de mi habitación. No tengo idea de cómo había entrado y no me interesaba descubrirlo.
Manejé toda la noche hasta una estación de servicio. Me quedé sentada al volante, puertas con seguro y motor apagado. Me puse a llorar.
Pero no volví.
No es justo que sea tan difícil encontrar paz. ¿Por qué tengo que elegir entre este lugar de mierda o este otro lugar de mierda? ¿Por qué no puedo tener un lugar decente?
No solo es injusto, es de hijo de puta. Quién sea que haya decidido que estas mierdas tienen que ser así, es la esencia misma de la mierda.
No puedo depender de la gente, como, esperar a que me ayuden. Tengo que hacerlo sola. La ayuda no es mala, no soy estúpida, pero la ayuda no siempre viene desinteresada. El chiste es saber diferenciarlo.
Cómo se diferencia, te preguntarás.
Ni puta idea.
