Work Text:
Ya saliendo del recinto de la universidad, Baji se extrañó al ver varios puestos de estudiantes vendiendo flores amarillas. Se preguntó cuál era la ocasión, pero tampoco hizo mucho caso a ello.
Por lo menos, no hasta que escuchó unas chicas con las que compartía un par de clases hablar sobre ello.
—Qué romántico, —una de ellas suspiraba. —¿Crees que tu novio te dará este año?
La otra se sonrojaba. —Pensaba en comprarle yo algunas, también… Ya vamos en serio, ¿sabes?
Baji se acercó, curiosidad en sus pasos. —Oye, —les llamó la atención. —¿Qué se supone que es todo esto?
Las dos lo miraron y se les escaparon un par de risas. —¿No lo sabes, Baji-kun? Si le regalas flores amarillas a tu pareja el 21 de marzo, significa que quieres estar con ella a largo plazo.
—Es bonito, ¿no crees? Ya desearía tener a alguien que me regalase a mí este tipo de cosas.
Baji se quedó pensando, mirando los ramos de flores, todas preciosas y bien cuidadas. Y, sin quererlo, pensó en Chifuyu.
En su novio, bonito como era, recibiendo las flores que él había comprado, las mejillas sonrojadas y esa sonrisa preciosa que le encantaba tanto. Que le dejaba anonadado, embobado; que de adolescente le sacaba de sus casillas, porque no entendía un corazón acelerado y las ganas que tenía de besarlo.
—¿Cuánto cuestan? —Preguntó, en un acto impulsivo que le iba a costar todos los yenes en su cartera.
Las dos compañeras lo miraron, pícaras. —¿Vas a comprarle a tu chica? Qué lindo.
Era algo vergonzoso, verse a sí mismo como alguien romántico, pero por Chifuyu, Baji haría lo que fuese. Comprar flores, o ponerse a hornear chocolates para San Valentín. Actos tan atípicos de él, pero que le gustaban al menor y lo hacían sentirse querido.
Baji negó con la cabeza, acercándose al puesto. —A mi chico.
Y cómo le recorrían las mariposas el estómago cuando lo decía en voz alta. Mi chico.
Las dos chicas se encontraron sorprendidas ante la admisión, pero no hicieron ningún comentario en contra, tampoco.
—Es algo inesperado, —una de ellas mencionó. —Pero espero que os vaya bien a los dos, y que le gusten las flores.
Sonriendo, de esa manera tonta en la que le hacía vergüenza que le vieran a sus quince años, les agradeció el sentimiento. —Yo también lo espero.
—Tiene mucha suerte de tenerte, Baji-kun.
Baji bufó por lo bajo, medio burlón. —Qué va, —negó. —El suertudo soy yo.
Compró las flores, amarillas y bonitas, todo un ramo entero.
Ya quiero verte, Chifuyu.
Ese día, su novio no salía de la tienda de mascotas en la que trabajaba hasta la hora de cerrar. Normalmente, Baji se dirigiría al apartamento que compartían con Kazutora y, como no estaba de turno, estudiaría lo que quedaba de tarde.
Pero quiero verle.
Y Baji, después de todo, nunca había sido alguien paciente. Dirigiéndose hacia su trabajo, ligó las flores a su moto, con cuidado, no queriendo que se cayeran en el camino y se echase a perder el detalle para Chifuyu.
Llegando a su destino, se sintió algo estúpido con las flores en la mano. De seguro Kazutora se reiría, el muy cabrón, siempre buscando formas de sacarlo de quicio.
Al entrar en la tienda, solo estaba Kazutora haciendo el vago en la caja registradora.
—¡Tora! ¿Sabes dónde se encuentra Chifuyu? —Preguntó sin siquiera dedicarle un saludo decente.
Kazutora lo miró sorprendido, para que luego su mirada cayera en el ramo y su cara adquiriese un porte divertido. —¿Le compraste flores?
Baji se sonrojó y se encogió de hombros. —Es 21 de marzo. —Fue todo lo que dio como explicación, sus ojos recorriendo la tienda entera, esperando divisar al dueño de su corazón (por más cursi que eso sonase).
Su mejor amigo se rio en su cara. —Está en la trastienda, manejando algunos documentos.
No había ni acabado la frase que Baji ya se dirigía allí.
—¡Buena suerte, Romeo!
—Cierra la boca, idiota. —Le respondió al pasar por su lado, usando toda su fuerza de voluntad para no golpearlo.
Y tras la puerta, allí estaba. El pelo ennegrecido desde que se lo había teñido y las cejas fruncidas ante los papeles que, cada mes, lo traían de cabeza, mordisqueando levemente un bolígrafo.
—Fuyu, —le llamó, su nombre saliendo suavemente de sus labios, dulce como el azúcar.
Chifuyu levantó la cabeza nada más escuchar su voz, sorprendido. —¿Baji-san? ¿Qué haces aquí?
Baji sonrió, ladeado. —¿Qué pasa, no te alegras de verme?
Los dos caminaban hacia el otro, imanes en órbita, inevitable desde el momento en que se tuvieron en la mira.
—Ya sabes que sí, —le respondió su novio, sonriéndole de esa forma que traía loco a Baji, que le arrancaba suspiros día sí y día también. —Solo me has sorprendido, es todo.
En cuanto sintió los brazos de Chifuyu envolviendo su cuello, Baji no dudó en abrazarlo de vuelta, sus manos envolviendo esa cintura delgada que nunca dejaría de fascinarle. Juntando sus frentes, lo miró con todo el amor del mundo, con toda la devoción que le profesaba.
—Me enteré de algo cuando estaba saliendo de la universidad, —le susurró bajito, sin romper el ambiente íntimo que se había formado con el abrazo.
—¿A sí? —Le siguió la corriente su novio, una mueca divertida naciendo en sus labios.
Separándose un poco, le mostró las flores que había comprado.
—Feliz 21 de marzo, mi amor.
Chifuyu tenía el rostro repleto de sorpresa, y en cuanto registró lo que tenía en frente, sus ojos preciosos relucieron con admiración y desbordaron de cariño.
—Baji-san… —Murmuró mientras tomaba el ramo en sus manos, embelesado.
Baji solo podía deleitarse con el sonrojo que se había apoderado de las mejillas del contrario, su corazón bombeando con fuerza, queriendo grabar la imagen en su mente.
Chifuyu sosteniendo flores (que él mismo había comprado) se veía precioso. Reluciente, encantador, y, por encima de todo, feliz.
La sonrisa que fue creciendo en su cara no se podía comparar a nada más que al sol. Brillante y cálida; Baji, cómo si de un gato se tratara, no quería más que refugiarse en ella por el resto de sus días.
—¿Sabes lo que significa, verdad?
Baji casi bufó ante la pregunta. —Me lo dijeron un par de compañeras de clase. Había muchos puestos vendiendo las malditas flores amarillas, y dijeron que era romántico, y pensé, ya sabes, a Chifuyu le gustan estas cosas, ¿no? —Explicó torpemente, notando sus orejas empezando a arder.
Chifuyu dejó el ramo en la mesa, y lo arrastró a un beso tierno y lento, de esos que transmitían una estima que sobrepasaba las palabras, que dejaba toda su alma rogando a los pies del menor.
—Te amo. —Se le escapó de la boca en cuanto rompieron el beso.
A Chifuyu le salieron las risitas tontas ante la admisión. No era la primera vez que se lo decían, pero no podía evitar la felicidad que lo invadía cada vez que escuchaba esas palabras de parte de su amado.
—La verdad es, —paró por un segundo, alejándose de Baji, sacando algo de debajo de la mesa, —que yo también te había comprado flores amarillas en el día de hoy.
Baji miró el ramo que Chifuyu había comprado, algo diferente al suyo, pero no tanto. Cogiéndolo, maravillado, Baji lo acercó a su pecho.
—Yo también te amo, Baji-san. No sabes cuánto.
Hay veces en las que la felicidad te embriaga. En las que sientes tu corazón explotar, en las que pierdes el sentido. Es abrumador, querer a alguien tanto.
Baji no lo cambiaría por nada.
—Quiero pasar contigo el resto de mi vida. —Baji confesó, las palabras tropezando para salir de su garganta.
El grito ahogado de Chifuyu lo hizo apretarlo contra sí con toda su fuerza.
—¡Baji-san…!
Baji sonrió, desvivido por aquel ser de luz que un día decidió hacerse un rincón en su vida y no irse nunca. —No miento. Quédate a mi lado para siempre, Chifuyu.
Egoísta como no lo es con nadie más. No te separes nunca de mí. No te atrevas. Locamente enamorado, perdido por el chico que se enfrascó en quererlo y nunca ha dejado de hacerlo.
Mira cómo me has dejado.
—No dudes de eso, —Chifuyu afirmó, enterrando sus manos en esas hebras oscuras como la noche. —Yo te seguiré hasta el fin del mundo si hace falta, Baji-san. Por siempre y hasta después de la muerte.
Hundiéndose en su cuello, Baji dejó un beso encima de su pulso, leve y devoto. Queriendo fundirse en la piel de su chico, de su Chifuyu, y no separarse ni aun cuando la muerte aceche.
—Pronto, —declaró, aferrándose al cuerpo del otro, la idea formándose en su mente. —Cuando me gradúe, voy a pedirte que te cases conmigo. Hasta ese momento, por favor, —rogó, una súplica innecesaria, pero que le rompió la voz. —Espérame, y quédate.
Las manos de Chifuyu temblaban, y Baji se quedó sin aliento cuando le sintió cabecear. Diciendo que sí, con ímpetu, con ojos llorosos.
—Lo acabas de decidir, ¿verdad? —respondió, casi incrédulo, pero conociendo demasiado a Baji cómo para estarlo.
—Sí. —afirmó con una risa trémula.
—Tonto, —dicho con tanta mansedumbre, un insulto nunca sonó más dulce. —Claro que te esperaré. Pero asegúrate de pedírmelo, ¿de acuerdo? Ya es una promesa.
Baji miró las flores amarillas en la mesa de reojo, y levantó la cabeza para besar a Chifuyu en los labios una vez más.
Quiero pasar contigo el resto de mi vida. Que nuestro tiempo juntos no se acabe nunca. Que seas tú con quién me despierto en las mañanas, y con quién me voy a dormir por las noches.
—Tenlo por sentado.
