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La semántica del anhelo

Summary:

Añoro el dosel de hojas en tu pelo. Juego de sombras sobre tu oscuro pelaje. La luz entrelazaba los árboles hasta rozarte las pestañas y me volvía esclavo tu risa alegre.

Guardián del bosque cargabas olor a madreselva, la tarde que resignado besaste mi pena. Cuando nos despedimos entre las flores que aclamaron mi regreso. No existe en nuestra historia partida sin arrepentimiento.

Plaga mis madrugadas la memoria difusa de tu gentil silueta, faro en el horizonte que me guiaba a casa. Eres ahora un espectro de terciopelo perfumado en lavanda. El fantasma de tu roce acalla mis ansias.

De haberse tu cola enredado en mi tobillo. De haber tus manos agarrado las mías. Habría desdeñado el mundo ajeno a Gandharva. Una palabra tuya me ataría a casa.

.

A veces Tighnari se olvida de que Cyno tomó cursos electivos en Haravatat.

El matra tiene una forma muy particular de recordárselo.

Chapter 1: Duermevela en el desierto

Notes:

Las notas de Cyno no siguen ninguna métrica. No pueden ser considerados poesía. Son solamente mensajes acaramelados.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

<<Me encuentro escribiendo esta carta al resguardo de una caverna, esperando a que amaine una tormenta de arena.

Por favor, desfrunce el ceño. Vi venir la tormenta y conseguí encontrar refugio a tiempo, no tengo ni una sola herida por la que debas preocuparte. Aunque si eso hiciera que no pudiera descansar en Gandharva siempre puedo fingir un par de costillas rotas, lo suficientemente doloras como para no poder abandonar tu cama.

En relación al prófugo al que he estado dando caza, te alegrará saber que lo capturé hace apenas unas horas. La razón por la que había logrado esquivarme durante más de cinco días era que había dotado a su vehículo de un motor alimentado a base de electrocristales. A pesar de su velocidad, la inexperiencia al navegar el océano de dunas resultó fatal. De no haber llegado a tiempo, tanto él como su invento se habrían precipitado al vacío. Se podría decir que sus acciones lo llevaron al filo del abismo.

El criminal está conmigo, pero lo he castigado de cara a la pared. No quisiera que fuera esparciendo la palabra de que el Gran Juez se ocupa el tiempo escribiendo cartas. Me temo que el afecto en los ojos me delata, sería demasiado fácil notar que esta misiva no tiene un fin profesional.

Le habría pedido jugar un par de rondas a Invocación de los Sabios, desgraciadamente se quemó las manos al agarrarse a su máquina en un intento de no caerse por el acantilado. Se las he curado con el ungüento que me diste. A mi juicio no son serias, pero lo han tenido gimoteando durante una hora.

El ungüento era agradable al tacto y tenía un olor refrescante. He aplicado una pequeña cantidad en mi nuca y me ha dejado helado lo frio que me ha dejado el cuello. Tu ingenio con los remedios tiene mis alabanzas, de nuevo.

Enviaré esta carta una vez llegue al Caravasar Ribat, espero que cuando la recibas, yo ya esté de camino a tu puerta.

Dale mis mejores deseos a Collei. Si tengo suerte coincidiré con Dori y podré comprar un par de libros nuevos para ella. Por lo que me contaste en tu última carta, Collei tiene un hambre de conocimiento que la hace devorar los libros nada más llegan a sus manos.

Cuídate. Nos vemos pronto.>>

Tighnari se acerca la hoja a la nariz y es entonces que se da cuenta, que el olor extraño que había notado al abrir el sobre es el de la cura para las quemaduras. Es principalmente una mezcla de menta y flor de neblina con base de aloe vera. Huele a invierno y pasta de dientes. Cyno tuvo que doblar el papel con restos de la crema aún en las manos para que haya perdurado a pesar del viaje.

Durante un segundo, solo un segundo, se permite pensar en la esencia de Cyno entrelazada con la del ungüento. Se imagina acurrucándose contra la curva de su cuello, captando los restos de invierno en su piel de desierto. Quizás si le mordiera con fuerza, allí donde las vértebras se elevan en el inicio de la espalda, sería capaz de saborear los vestigios de menta que cubrieron su nuca.

Acaba llevándose una mano a la cabeza. Cyno no ha estado fuera tanto tiempo, no es ni por asomo el periodo de espera más largo que ha tenido. Pero cuando le dijo que tenía que perseguir a un alumno que había traspasado la frontera sin los permisos necesarios, Tighnari lo había considerado trabajo de un día, tres a lo sumo. Por supuesto, ninguno de los dos se había esperado que el estudiante se hubiera saltado la burocracia para probar cacharros mecánicos que corren como caracales patilludos en esteroides.

Debería estar acostumbrado, pero es inevitable echarlo de menos.

Hace ya tiempo, cuando Tighnari era todavía un estudiante intentando que el Gran Juez rompiera su norma de no salir con miembros del alumnado, Cyno le explicó que algunas lenguas del desierto escribían “amor” de la misma forma que escribían “anhelo”. Desde entonces, Tighnari se ha estado preguntando si algún antepasado suyo, de aquellos con el pelaje cobrizo y vida placida bajo un dios enamorado, se pasó las noches escribiendo con los dedos esas palabras en la espalda de su amante. Él sin duda cubriría la piel de Cyno con ellas, de ser capaz de recordarlas. Esas runas con tan complejas, que Cyno sea capaz de leerlas es otro atestado más a su inteligencia. 

Amor, anhelo. En días como estos, no está muy seguro de que haya diferencia entre ellos.

Deja escapar una pequeña risa, tratando de sacudirse el añoro de encima.

Puede que Cyno no le saque mucho provecho a los cursos electivos que tomó en Haravatat, sobre todo a la hora de inventar chistes, pero al menos siempre tiene pequeños datos curiosos que contarle a Tighnari y que vuelven su mundo, poco a poco, en algo complejo y maravilloso.

Al doblar el papel sus ojos se desvían a la otra página que venía en el sobre. Es normal que Cyno le escriba cartas de más de una hoja, pero no se imagina que le tiene que contar tras despedirse.

Sin darle muchas vueltas. Coge el papel, lo frota con esporas de flexihongo electro y después aplica su propio dendro.

Las palabras se forman como trazos de acuarela, rojas y vivas contra la superficie azulada.

<<El viento entre las dunas susurra tu nombre. Dulce suspiro del desierto, trae olor a menta y el recuerdo de tus besos. Tú, que cual llama juguetona ataviaste de luz mi piel nuestra última noche; eres la única estrella en la duermevela de mis sueños.

Yaciendo en el manto dorado de esta tierra agónica, ocupan mi mente tus ojos de selva. Te imagino sobre un tapiz de seda, abierto y suave. Manos de alabastro resiguiendo el valle de tus caderas mientras deliras con verme.

Sé que se han desvanecido los rubís que mordí en tu garganta. Tus marcas de amor en mi pecho son nada más que una sombra. Las toco y no duelen y eso me destroza.

Si solo pudiera hundirme en el hechizo de tu boca. Conjuras con ella maldiciones a mi juicio. Te ruego que me atrapes en la cárcel de tus dedos. Gentil centinela castígame por abandonarte.>>

Oh, que equivocado estaba Tighnari.

Cyno le saca mucho provecho a sus estudios de lingüística.

<<La tormenta está durando más de lo que preveía>> se lee en el dorso de la hoja <<Si no amaina pronto, me temo que tendré que continuar entreteniendo mi espera con los recuerdos de tu regalo de despedida.>>

A falta de algo más escrito, Tighnari supone que el tiempo mejoró antes de que Cyno decidiera volver a ponerse artístico.

No está muy seguro de si eso es algo bueno.

Que poco profesional por su parte, piensa, sus mejillas encendidas como dos bien maduros frutos harra, se lo haré leer en voz alta cuando llegue a casa.

Tighnari tiene que agarrarse la cola para que deje de moverse.

 


 

Tighnari tendría que haberlo sabido, en el mismo instante que descubrió que todos los trabajos que Cyno había presentado en sus clases de lingüística eran análisis de poesía, que el Gran Juez es un romántico empedernido.

Al fin y al cabo, en el fondo, Cyno es un idealista torturado por el cinismo. Alguien que ha visto de lo que es capaz la avaricia humana, la morbosidad científica, ese deseo enfermizo por tentar a los bordes de la existencia, jugando a ser dios entre tubos de ensayo. Destruyendo vidas y creando monstruos. Y, a pesar de eso, sigue yendo a su trabajo con la idea, casi inocente, de proteger a aquellos frutos que aún no se han podrido, aunque cuelguen de un árbol envenenado.

Quizás ese ímpetu fue lo que lo atrajo en un primer momento. El hecho de que su labor lo llevara a atestiguar atrocidades y aún fuera capaz de darse la vuelta y contar un chiste, sonriendo con ese gesto tieso que empezó a relajarse en cuanto Tighnari respondió sus bromas con besos en vez gruñidos.

Cualquier otro habría pensado que había algo retorcido dentro de Cyno, cierta perversión, cierto sadismo. Algo roto en ese cuerpo torturado, en su niñez, por experimentos parecidos a los que se pasa el día persiguiendo. Nadie sobrevive a cosas así y queda cuerdo.

En parte es cierto. Cyno tiene cicatrices invisibles que Tighnari no puede reseguir con los dedos, da igual las noches que se pase acunándolo contra su pecho, sintiendo las lágrimas humedecerle el cuello. Susurrando galimatías y arañándole la espalda con uñas demasiado duras para ser humanas, mirándolo a la cara sin reconocerlo, pero agarrándose a él con la desesperación de un niño pequeño.

Sabe que Cyno nunca estará bien del todo.

Eso no le va a impedir seguir queriéndolo.

¿Cómo no hacerlo? Si el Gran Juez decidió que quería aprender sobre la bondad del mundo. Que en las madrugadas insomnes, con las pesadillas arañándole los párpados, el pequeño y recién rescatado Cyno se refugiaba en versos de prados floridos y estrellas titilantes y jóvenes embelesados y risas y tardes estivales y eternos veranos y belleza y dulzura y esperanza y todo lo que alguien de su edad debería haber sentido en carne propia, en lugar de solo conocerlo a través de palabras.

Y ahora, con una nueva carta de Cyno en las manos, Tighnari se siente el zorro más afortunado en el bosque.

Le gusta pensar que él ha ayudado un poco a Cyno a experimentar las emociones que se perdió de niño.

<<He hecho a la luna aprenderse tu nombre. Tantas veces te he mencionado que lo ha maldecido. Me burlo de ella y su pose arrogante, al creerse más bella que por quien suspiro.

Podría robarle a la reina su velo, despojarla de su brillo de plata y no sería reina, ni sería luna. No sería nada.

Tú, flor silvestre, danzas con los pétalos desnudos. Te arropas con gotas de rocío y duermes lejos de mis brazos.

No se ha tejido tela con la que quiera cubrirte. Eres más rey de este mundo cuando el sol baña tus hombros.

Si las estrellas te envolviesen con un pañuelo dorado, la locura me ordenaría arrancártelo con los dientes.

Me ofrezco como túnica para esconderte del frío, úsame hasta que aborrezcas este pelo marchito. Jamás conoceré mayor gloría que decorar tu cintura con mis manos.

Hagamos llorar a la luna al contemplarte desguarnecido. Mi pequeño zorro, ni su velo plateado merece rodear tu cuello. >>

—Hay formas más fáciles de pedirme que lleve menos ropa—murmura y se pregunta, ausentemente, si Cyno no se ha vuelto demasiado confiado. Lo recuerda mucho más decoroso, durante sus días en la Academia.

Bueno, si la noche siguiente Tighnari lo recibe cubierto de flores y con la piel húmeda por acabar de bañarse, eso es un secreto que se queda entre las cuatro paredes de su cuarto.

(Tighnari lo quiere así, justo así. Sin vergüenza, sin arrepentimientos, sin desconfianzas. Que le desvele sus miedos igual que le muestra sus heridas. Que sea empalagoso y cursi y poético y lascivo y un completo esclavo de ese corazón de niño perdido que solo quiere mejorar un poco el mundo. Que quiere a Tighnari con el amor revoltoso y noble que los eruditos encuentran ridículo.)

 


 

<<Esta mañana uno de mis hombres fue picado por un escorpión. Cuando lo descubrí otros cuatro matras estaban ya con los pantalones por las rodillas, dispuestos a aliviarle el veneno con orina. No me enorgullece decir que lo absurdo de la situación me paralizó. Aunque conseguí recuperarme y evitar lo que habría sido una experiencia traumática para mi subordinado. Es joven y no creo que su mente esté preparada para afrontar un momento de total humillación como ese, seguro capaz de marcar su consciencia para siempre.

Sinceramente, me decepcionó el proceso de racionamiento de mi equipo. Entre ellos había un graduado en Amurta del que esperaba más intelecto. Su currículo lo presentaba como un experto en fauna y flora del desierto. Supongo que sigues siendo el único en quien puedo depositar mi confianza.

He pensado que para evitar futuros escenarios parecidos sería conveniente crear un manual de vida salvaje. El que escribimos sobre la vegetación ha sido de gran ayuda. Mis subordinados lo utilizaron para identificar y recolectar las plantas necesarias para el antídoto de veneno de escorpión.

Espero que esto les sirva para comprender que, en el desierto, la curiosidad no es lo único que pica.>>

Y justo cuando Tighnari pensaba que esta carta se libraría de su sentido del humor. El imaginarse lo que Cyno le estaba describiendo ya lo tenía mordiéndose los labios para evitar la risa, no necesitaba añadir más.

Qué se le va a hacer, Cyno no sería él sin sus juegos de palabras.

—Disculpa ¿Maestro Tighnari?

—¿Mm? ¿Pasa algo Collei?

Cuando Tighnari deja el papel sobre la mesa, descubre que Collei lo observa con cierta vergüenza.

—No entiendo muy bien lo que me ha escrito Cyno—Sus ojos se entrecierran, examinando su propia carta—. Creo que es un cuento.

Tighnari se pregunta si Cyno ha sido capaz de contarle la historia de la picadura. No sería malo que Collei aprendiera sobre las consecuencias y remedios del veneno, pero no quiere que en su mente aparezca una imagen tan grotesca. Tighnari no cree que existan libros de terapia que lidien con esa clase de traumas.

—Quizás es solo otro de sus chistes, déjame ver.

Collei le entrega el papel, señalando la primera línea.

—Aquí—dice—. Creo… ¿Creo que pone ha-zaña?

—Buena pronunciación—Ella desvía la mirada, tímida todavía, aunque pronto hará un año del inicio de su nueva vida—. Y sí, aquí pone hazaña. Bien hecho Collei.

—¿Qué significa?

—Un gran logro.

Collei adquiere una mirada de entendimiento. Tighnari puede imaginársela repitiendo la palabra en su cabeza, una y otra y otra vez. Decidida a no olvidarla. Él adora su diligencia.

—Entonces ¿Me ha escrito un cuento?

—Puede ser—Hay un brillo de interés en sus ojos que le otorga cierto aire infantil. A Tighnari le gusta verla así; una simple niña pidiendo historias antes de dormir—, Cyno conoce muchas leyendas.

Collei inspecciona la carta con renovado entusiasmo, él se la entrega y ella la toma con más seguridad de que lo habría hecho hace unos meses. Tighnari piensa si así se sintieron sus padres al verle dar sus primeros pasos. Que algo tan pequeño cause tanto orgullo… Está seguro que se han escrito incontables tesis sobre ello.

—¿Por qué no lo lees en voz alta?—Collei lo mira con la expresión rígida, tragando saliva—Me gustaría saber qué tipo de historia es.

Toma, quizás, dos minutos, pero acaba bajando la vista a la hoja, un poco arrugada por sus manos nerviosas.

—Vale, pero no creo que pueda hacerlo bien.

—No hay forma de hacerlo mal.

La comisura de su labio se tilda hacia arriba en un gesto amargo, casi sarcástico, que dura apenas un parpadeo. Pero Tighnari lo ve y sabe que Collei cree que está mintiendo.

Es mejor no presionar.

—Los pu-e-blos del desi-erto cantan, que para que una flor flore-ezca, has de contar-le grandes hazañas. Le-y-endas de…

Su voz se apaga, su ceño se frunce. Tighnari puede ver la frustración arrugándole la tez y siente el impulso de consolarla, de colocar una mano en su hombro que la haga entender que no hay vergüenza en aprender, en intentar hacerlo bien, pero Collei necesita más tiempo. Recuperarse más, lo suficiente para rozar piel ajena sin ponerse a temblar.

—¿Por qué paras? Ibas muy bien.

De nuevo, la sonrisa torcida, la expresión agria.

La Collei de hace unos meses se habría rehusado a leer más, la de ahora solo se encoge en actitud defensiva antes de continuar.

—Leyendas de gue-rras con dolor ganadas. De cora-zones que san-gran. Que de-ses ¿Peran?

—Desesperan.

—¿Qué significa?

—Que sufren.

—Oh, claro, viene de desesperación—Collei vuelve a pasar saliva—. Así que he puesto tu nombre a una semilla ¿Eh? No entiendo—Se acerca el papel a la cara, concentrada—. Puede que sí sea un chiste.

—Vamos a darle el beneficio de la duda—dice, masajeándose la frente con una mano e indicándole seguir con la otra.

Collei resopla, obviamente más relajada, y Tighnari besaría a Cyno en la boca de tenerlo delante.

—Así que he puesto tu nombre a una semilla, plantá-andola entre mi-serias perdidas.

Tighnari prefiere no comentar el hecho de que Collei sabe lo que significa “miseria”.

—Collei, no hay mayor tri-u-unfo en esta tierra, que el que esconde tu sombra.

A su frase la sigue un silencio pesado, estridente, que hace parecer la respiración de Collei un vendaval. Tighnari la observa inspirar y expirar. Decenas de emociones enfrentándose en sus facciones, frenéticas y quietas a la vez.

—Tu historia revi-virá la primavera.

Collei baja un poco los brazos y Tighnari entiende que ha terminado. Que Cyno, con su corazón de idealista, le ha querido regalar un poco de esa fuerza que a él lo salvo cuando la voz de Hermanubis se oía más que la suya.

—¿De verdad le ha puesto mi nombre a una flor?—pregunta, apretando la carta.

—Cyno no mentiría sobre algo como esto.

Esta vez, cuando Collei sonríe, es un gesto torpe, pero dolorosamente sincero.

Hace falta un niño roto para entender a otro.

 

Horas más tarde, después de que Tighnari y Collei hayan estado especulando con entusiasmo sobre el tipo de flor al que Cyno podría referirse (y de una improvisada clase sobre flora desértica), Tighnari encuentra un momento para continuar leyendo su carta.

<<Una vez superado este inconveniente, pero con un miembro menos, nos dirigimos al interior de las ruinas. Fue lamentable comprobar que los Sabios habían encontrado necesario enviar un equipo completo para registrar lo que es nada más que un rayón en los murales. No niego que perturbar los templos de esta forma sea un acto de vandalismo que debe ser castigado con todo el peso de ley. Pero preferiría que no me hubieran requerido a mí personalmente para la tarea; ahora mismo podríamos estar jugando a Invocación de los Sabios. Collei ha mejorado bastante las últimas semanas ¿Sabes si ha estado practicando a mis espaldas? O quizás ¿Has sido tú el que ha jugado con ella? Me duele pensar que me he perdido vuestras batallas.

Lo siento mucho. Pretendía mandarte una carta alegre, pero este caso me aflige de una forma imperdonable para el título que precede mi nombre. Por favor, permíteme un desahogo al escribirte mi pesadumbre.

Lo que el estudiante ha grabado en la pared del mausoleo es el nombre de su hermana. Ella padece Eleazar. En estado avanzado. Apenas es capaz de mover las manos. O eso gritó el estudiante mientras lo deteníamos.

Al interrogarlo, confesó que quería que el nombre de su hermana pasase a la historia. Que generaciones futuras se acercasen a la tumba y leyesen el nombre de una pequeña enferma incapaz de crecer y hacerse conocer por cuenta propia. No quería que fuera un número más en la interminable lista de fallecidos en el Bismarstan, una estadística sobre la que teorizar.

Al final acabó gritando que, de haberse unido a Amurta en lugar de a Vahumana, podría haber desarrollado una cura para aliviar el tormento de la enfermedad ¿Habría sido cruel por mi parte el decirle que si ni siquiera el excelente y galardonado prodigio del darshan, Tighnari el Gran Guarda Forestal, ha sido capaz de hacerlo, el no tenía ninguna oportunidad de conseguirlo, incluso si se hubiera dejado el alma en el intento? ¿Crees que lo hubiera consolado? ¿O simplemente agravado su infierno?

Me fue imposible no simpatizar con él y eso es imperdonable. Contadas son las ocasiones en las que encuentro las justificaciones de los acusados razonables, pero esta vez me quedé aterrorizado.

Creo que me vi a mi mismo en esos ojos coléricos.

Si algún día Collei llegara a estar confinada a una cama durante semanas. Si las escamas negras volvieran irreconocible su figura bajo las sábanas. Si me dijeras, con voz entrecortada, que se le desgarra la piel cada vez que respira. Creo que yo también me abandonaría a la locura.

Esto no me hubiera pasado antes de conocerte. De conoceros.

Sentí pena por él, por su hermana. Por Collei. Por ti.

Esa pequeña morirá sin leer su nombre escrito entre las flores azules de los murales ¿Y para qué? Los historiadores apenas le dedicarán una nota a pie de página en sus investigaciones. “El acto indecoroso de un hombre desesperado en un momento de total demencia” ¿Es esa forma honorable de recordarla? Su hermano pasará el resto de sus días preso. Dudo mucho que ella quisiera eso.

Si solo pudieras estar conmigo en este momento. Siempre me has reprendido mi apatía al juzgar los casos, pero me sobrepasa la angustia si trato de racionalizar sus actos. De verlos como víctimas en lugar de delincuentes. Tú tendrías las palabras correctas para librarme de estas contradicciones.

Sueño con meterte en mi bolsillo y llevarte a los confines de lo imaginable. Que me susurres al oído soluciones a problemas vitales. Que egoísta por mi parte. Deseo poseerte. O quizás solo estoy perdido y anhelo que me encuentres.

Sé que no se compara a la inmortalidad de tener su nombre presente entre historias de civilizaciones perdidas a las inclementes arenas, pero he comprado un par de semillas a las que he nombrado Collei. Las he plantado al borde de un oasis siguiendo todas las indicaciones que escribiste en el manual. Si el clima y nuestra Arconte nos son benevolentes, podríamos verlas florecer en el aniversario de la llegada de Collei a Gandharva.

Por favor, deséale dulces sueños de mi parte ahora que aún puede refugiarse en ellos. Y ojalá que, si esta noche te aprietas las sábanas alrededor del cuerpo, puedas imaginar que la tela soy yo, que ya he vuelto.>>

Tighnari dobla la carta, la mete en el sobre y la guarda junto a las demás. Después prepara la cena y cuando Collei llega y se encuentra con su comida favorita, tiene la amabilidad de no señalar que ha hecho más de la cuenta.

Ambos comen como siempre: Collei preguntando con un hilo de voz insegura que va ganando fuerza a medida que su plato se vacía, mientras Tighnari le responde con paciencia.

Entonces limpian la mesa y Collei rompe un vaso cuando sus dedos son incapaces de continuar agarrándolo. Tighnari recoge los trozos del suelo siendo incapaz de hacer lo mismo con Collei, que lo observa con la mirada vacía de alguien que se flagela internamente.

Al acompañarla a su cabaña más tarde Tighnari le extiende la mano y ella abre los ojos, su respiración contenida. Hasta que, poco a poco, como una flor desplegando sus pétalos, Collei deja su mano sobre la suya. Él, muy despacio, pasa el pulgar por la punta de sus dedos y Collei da un salto.

—Cyno me ha pedido que te desee dulces sueños.

—Ah—dice, su mano un poco más pesada sobre su palma—. Dile que muchas gracias.

—Volverá pronto, podrás decírselo tú misma.

El chapoteo de los micóqueros en el riachuelo llega a su oído. Tighnari los conoce: son una madre y su hijo, viviendo plácidamente al resguardo de los arboles de la aldea. Una pequeña y feliz familia, en paz, tranquila. 

Cuando Collei lo examina como lo hace ahora, con un recelo instintivo que le afila la mirada, Tighnari piensa en ellos y siente envidia. Pero Collei cierra los ojos, inspira-expira y los abre.

Tighnari se ve reflejado en ellos. Son del color de las rosas de Sumeru y guardan una esperanza que germina cada día, aunque ella no termina de creérsela. 

—Buenas noches, maestro Tighnari.

—Buenas noches Collei.

En un acto de valentía, Collei le aprieta la mano antes correr al interior de su cabaña.

Tighnari vuelve en silencio a su propia choza. Allí realiza su rutina de ejercicios, revisa el horario del día siguiente, se acicala la cola y se mete en la cama.

Y llora.

Y llora y llora y aprieta las sábanas y piensa que es la cabeza de Cyno que ha vuelto a dormirse con la oreja pegada a su pecho y llora aún más y más fuerte.

Piensa en esa niña enferma sin nombre ni cara y piensa en Collei y piensa en Cyno y en un funeral con un ataúd demasiado pequeño, demasiado ligero.

Piensa en su investigación, que no avanza. Piensa otra vez en Collei, que no mejora. Piensa en esas flores recién plantadas que podrían acabar decorando una tumba y llora y llora y llora.

Y hace un año no la conocía, pero Tighnari la quiere, la adora. Cyno la quiere también, más que él.

Una parte suya se moriría con ella y Tighnari no está seguro de poder repararlo si Cyno se rompe de esa manera.

 


 

<<Añoro el dosel de hojas en tu pelo. Juego de sombras sobre tu oscuro pelaje. La luz entrelazaba los árboles hasta rozarte las pestañas y me volvía esclavo tu risa alegre.

Guardián del bosque cargabas olor a madreselva, la tarde que resignado besaste mi pena. Cuando nos despedimos entre las flores que aclamaron mi regreso. No existe en nuestra historia partida sin arrepentimiento.

Plaga mis madrugadas la memoria difusa de tu gentil silueta, faro en el horizonte que me guiaba a casa. Eres ahora un espectro de terciopelo perfumado en lavanda. El fantasma de tu roce acalla mis ansias.

De haberse tu cola enredado en mi tobillo. De haber tus manos agarrado las mías. Habría desdeñado el mundo ajeno a Gandharva. Una palabra tuya me ataría a casa.>>

—No entiendo cómo puedes escribir cosas como esta.

—¿Te molesta?

—Claro que no.

Cyno sonríe y Tighnari le muerde la mejilla. La risa que escucha le sacude las vértebras hasta derretírselas.

—Pero es cruel—resopla, resiguiéndole la mandíbula con los dientes. Cyno le aprieta la cadera con ambas manos, acercándolo—. Decir que te quedarías si lo pidiera, sabiendo que nunca lo haría. Le resta credibilidad al resto de la carta.

—Mi intención no era ser cruel.

—Eso lo hace aún peor.

—Te escribiré cosas más dulces, la próxima vez.

Cyno lo alza con facilidad, cubriendo su clavícula con besos que le erizan la cola y lo hacen agarrarse a sus hombros. Tighnari siente los músculos moverse bajo su palma cuando Cyno lo presiona contra la cama, clavando las garras en su espalda. En vez de quejarse, Cyno lo besa.

Sabe todavía al tahchín de la cena y Tighnari le corresponde con hambre. Entierra los dedos en su pelo blanco, sintiéndolo relajarse contra su boca y Tighnari nota el inicio de esa estática familiar que le recorre los nervios hasta que hay chispas bajo sus pestañas y cosquilleos en su palma.

Es justo cuando baja una mano a su cuello que Cyno se separa, con respiración pesada. Tighnari gruñe, tratando de acercarlo. En lugar de complacerlo Cyno le besa la frente. Él le golpea las piernas con la cola, riendose.

—¿Guardas todas mis cartas bajo la almohada o esta es especial?

Y porque Cyno es Cyno, su voz no es traviesa, ni maliciosa. En su tono no hay el menor atisbo de burla. La pregunta es completamente sincera y eso lo descoloca. Al mirarlo a los ojos solamente ve curiosidad, una inocente, genuina. La misma que mostró al descubrir el papel mientras se acomodaba entre las sabanas. 

—Es la última que me enviaste antes de desaparecer durante tres semanas—responde y las palabras le saben amargas—. Así que sí, es especial.

Casi se arrepiente de ser honesto cuando le aparta la mirada, pero Tighnari nunca ha sido alguien que se guarde las verdades. Además, Cyno no le perdonaría una mentira.

—Lo siento.

Tighnari se acurruca bajo su cuello. La piel aún le huele a desierto.

—Lo sé.

Cyno se apoya sobre él y Tighnari lo recibe con brazos abiertos. El matra es sólido, pesado, real. Le recorre la columna con manos avaras que tocan todo lo que no pudo tocar cuando Cyno apareció frente a su puerta esta mañana, porque Collei estaba presente y pasar tiempo con ella era más importante que acallar sus ansías. Su piel está seca y hay heridas nuevas cuyas historias desea aprender, aunque le duelan. Al acariciarle el costado Cyno tiembla y lo abraza por la cintura, pero Tighnari no puede deleitarse en el gesto. El contorno de las costillas es prominente bajo sus dedos, apenas cubiertas por piel morena.

—No has estado comiendo bien.

—Tuve que hacer sacrificios para que las provisiones de una semana durasen tres.

Tighnari está muy tentado a sermonearlo. A explicarle las mil y una razones por las que detener su búsqueda para cazar un buitre o dos es mejor que someterse a la inanición. Que la desnutrición lleva a la deshidratación, que lleva a la somnolencia, que lleva al desmayo y antes de saberlo Cyno estaría siendo víctima de los animales que se negó a volver su cena, solo porque tenia prisa.

No lo hace.

El cuerpo de Cyno sobre el suyo, cubriéndolo, envolviendo, recordándole que ha vuelto, le impide enfadarse. Mañana será otra historia y Tighnari le echará la bronca hasta que le piten los oídos, pero no hoy.

—Un día de estos te vas a caer muerto en el desierto—dice, resiguiéndole el largo de las costillas. Hay leves bultos allí donde el hueso ha cubierto las fracturas y Tighnari recuerda haber atendido la mayoría de ellas.

Cyno no se toma su advertencia en serio, marcando una línea de besos de su mandíbula a su oreja que le hacen imposible fruncir el ceño. Y el matra se queda ahí, con los labios rozando el pelaje oscuro, un toque fantasma, como de ensueño. Tighnari baja la oreja por instinto y Cyno le besa el dorso.

Le acaba levantando la oreja, perfilándola con el pulgar en caricias largas, lentas, que le hacen ronronear. Su cola se mueve entre sus piernas, golpeando levemente el colchón y Tighnari aún no puede creerse que Cyno vaya a quedarse dos semanas. Que puedan permitirse tomar las cosas con calma.

—No aceptaré otra muerte que la dada por tu mano—El susurro es ronco y le congela el cuerpo—. Mi vida empieza y acaba contigo, Tighnari. 

Que los Siete lo perdonen, pero Tighnari va a recitar todos sus nombres esta noche. Lo que le va a hacer a Cyno es digno de que lo vean los Arcontes.

Notes:

Escribir es, al final, darle vida a tus indulgencias. Ojalá que no haya distorsionado sus personalidades demasiado. Sobre todo al hacer a Tighnari llorar, pero siempre he creído que verlo ponerse emocional por no poder curar el eleazar de Collei muestra bien la frustración de un genio que finalmente se ha encontrado con algo que ni su intelecto es capaz de solucionar.

Por cierto. Intentar escribir como creo que lo haría Cyno me ha exprimido el cerebro. Tendría que haber metido más chistes, pero no doy para tanto. Me disculparía por las cartas cursis, pero si habéis entrado a leer esto es porque sabíais donde os estabais metiendo. Así que espero haber cumplido vuestras expectativas.

Quise escribir la parte de Collei en mi propia interpretación de como se lee con dificultad. Espero que no resultara molesto. La forma escrita de la carta está al final de estas notas.
.
Los pueblos del desierto cantan, que para que una flor florezca, has de contarle grandes hazañas. Leyendas de guerras con dolor ganadas. De corazones que sangran. Que desesperan.
Así que he puesto tu nombre a una semilla, plantándola entre miserias perdidas.
Collei, no hay mayor triunfo en esta tierra, que el que esconde tu sombra.
Tu historia revivirá la primavera.