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Nagi quería volver a casa. Ni siquiera había querido venir, había estado planeando fingir que estaba enfermo para pasarse la noche jugando Valorant, pero sus amigos ya lo conocían de sobra y se habían presentado en la puerta del cuarto que compartía con Barou después de comer. Se habían acomodado en su cama y escritorio y una vez llegadas las nueve lo habían obligado a vestirse y salir a la fiesta de fin de exámenes.
La fiesta la había organizado Otoya en uno de los edificios del campus y era para celebrar el fin de la época de exámenes y la clasificación para los nacionales del torneo universitario de fútbol. Nagi aún se preguntaba cómo había conseguido convencer al decanato para que les dejasen un edificio a decenas de veinteañeros donde emborracharse como si no hubiera un mañana. Al menos había sofás en una de las salas y Nagi no había tardado en hacerse un hueco en uno de ellos y sacar el móvil para pasarse la noche jugando a PUBG.
La fiesta había empezado ya hacía varias horas y Nagi estaba seguro de que no quedaba nadie ebrio excepto por él mismo. Entre su tolerancia al alcohol y lo poco que le gustaba beberlo, se había mantenido en su esquina con la cerveza que le había traído Chigiri intacta, calentándose en el suelo a su lado. Estaba esperando a que alguno de sus amigos le propusiera recogerse ya, pero eran ya las tres de la mañana, los había perdido a todos de vista y no parecía que fuesen a acabar en ningún momento cercano.
Bueno, a todos en sí no los había perdido de vista. Isagi se había desmayado en algún punto a su lado en el sofá y Nagi no sabía si era por la cantidad de alcohol que se había metido o el cansancio de apenas dormir por dos semanas. Probablemente una mezcla de los dos. Entre partidas Nagi se había preguntado si seguía vivo, pero un ronquido que apenas se escuchaba por encima de la música que llegaba de la sala de al lado le dio la respuesta.
Su móvil le avisó de que apenas le quedaba batería y no le quedó más remedio que guardarlo frunciendo los labios. En su opinión, esa era la señal de que ya había tenido suficiente fiesta para lo que quedaba de año y se levantó a regañadientes para ir a buscar a Reo para volver a casa. Los dos habían quedado que Ba-ya los iría a recoger con el coche cuando Reo la llamase y así regresar a casa sin tener que preocuparse porque alguien en la fiesta no bebiese para poder conducir después. Nagi podría haberse ofrecido a conducir, pero no se había sacado el carné por la pereza y bueno, tenía a Reo de chófer personal, que siempre estaba dispuesto a llevarlo a donde quisiese con solo un mensaje del albino.
Así se había aventurado entre las salas en busca de su mejor amigo. Esquivando gente borracha y aguantando la incomodidad del sudor que le empezaba a bajar por el cuerpo por el calor que hacía. La sala donde estaba el DJ estaba a rebosar y encontrar a nadie allí dentro era un dolor de cabeza ya de por sí, la estridente música y luces no ayudaban en absoluto. Así que se había marchado a buscar en las otras salas primero, rezando para que su mejor amigo estuviese en una más tranquila.
Y para su suerte, así fue el caso. Reo estaba con el grupo de los capitalistas, como los llamaba Chigiri, que estaba formado por los chicos de familias adineradas del club de fútbol y algún que otro estudiante de administración de empresas o económicas. Estaban rodeando una mesa de pingpong y discutiendo acaloradamente sobre temas que a Nagi no le podían importar menos. Algunos incluso discutían pese a estar diciendo lo mismo y no era sorprendente teniendo en cuenta la cantidad de botellas de alcohol vacías en la mesa.
—¡Una apuesta no tiene sentido si no das al menos medio millón!— gritó de repente una voz poniendo dicha cantidad encima de la mesa, haciendo que el resto estallase en vítores y empezase a hacer lo mismo.
—Reo— llamó Nagi acercándose, mirando fijamente cómo el dinero encima de la mesa empezaba a superar los cinco millones de yenes y los presentes seguían añadiendo más a la pila—. ¿Qué estáis haciendo?
Reo, el que había empezado la locura de soltar tanto dinero en una fiesta universitaria, se giró de golpe. El alcohol le hizo perder el equilibrio y casi lo mandó de cabeza al suelo si no fuese porque Nagi lo agarró del brazo.
Nagi al principio no sabía qué bebido estaba su mejor amigo, pues eso de andar lanzando dinero y gritando cosas capitalistas era el pan de cada día, pero el ataque de risa que le dio al casi caerse y el cómo empezaba a colgarse de Nagi como cada vez que marcaba un gol en los partidos le hizo darse cuenta de que Reo estaba en el quinto cielo.
—Nagi…— llamó alargando la i y frotando su cabeza contra su hombro como si fuese un gato.
—¿Nos podemos ir?— preguntó, apretando y cerrando los puños sin saber qué hacer con sus manos. Reo le había pasado los brazos por la cintura y estaba apoyando todo su peso en él. Estaban tan cerca que Nagi podía oler la mezcla de alcohol, colonia y sudor en su cuerpo y apreciar el sonrojo en sus mejillas.
Normalmente la cercanía a Nagi no le importaba, acostumbrado a que el otro lo lleve a caballito o le salte encima después de cada gol; pero alguien en su clase había hecho un comentario de que su relación con Reo no parecía platónica y eso le había hecho pensar y darle muchas vueltas al asunto.
Nagi le había dado muchas vueltas en esas dos semanas y aún no sabía qué hacer con la conclusión a la que había llegado.
Reo levantó la cabeza de golpe, casi golpeando a Nagi en la barbilla y volvió a mirar hacia la mesa de pingpong con interés, habiendo recordado de golpe su existencia. Se tambaleó de vuelta y gritó algo, arrojando más dinero al centro.
—¡Voy a ganar yo la apuesta, ya veréis!— proclamó y volvió a junto de Nagi a colgarse de su brazo—. ¡En tres meses ese dinero será mío!
—¡Eso estará por ver!— gritó otro de vuelta y Nagi reconoció que era Otoya, el que había organizado la fiesta.
—¡Aquí en tres meses!— sentenció otro, de nombre Karasu—. ¡El cobarde que no aparezca pierde su dinero!
Los quince o dieciséis chicos gritaron mostrando su acuerdo y Nagi dudaba de que todos recordasen esa noche a la mañana siguiente, viendo el estado de embriaguez de más de uno. Pero su mente se quedó dando vueltas a una frase en concreto mientras intentaba salir del edificio arrastrando a Reo, que había entrecerrado los ojos y era ya casi peso muerto.
¿Van a hacer otra fiesta de estas en tres meses?
El día siguiente había sido tranquilo. Todos sus amigos tenían resaca y Nagi se la pudo pasar jugando juegos todo el día sin recibir interrupciones de nadie. Hasta Barou se la había pasado en cama de mal humor, queriendo gritar por el desorden en el lado del cuarto de Nagi, pero no pudiendo por el dolor de cabeza que arrastraba.
Pero pronto se acabó el paraíso. El domingo Nagi se levantó pensando hacer exactamente lo mismo que el día anterior, pero todo se fue al garete cuando Barou le quitó los cascos de mala gana y apuntó hacia la puerta.
—Tu novio— gruñó y Nagi no se dignó en corregirle, prefiriendo gastar su energía en ver qué quería Reo de repente.
—Necesito tu ayuda— dijo el de pelo morado nada más verle y Nagi vio en sus ojos la avaricia y confianza que le salía cuando tenía un plan y sabía que iba a ganar mucho dinero con él—. Te explico mientras te invito a un café.
Reo le agarró la mano para tirar de él, pero Nagi hizo fuerza para no moverse. Aún estaba en pijama y no le apetecía nada salir de casa cuando al día siguiente se retomaban las clases.
—¿No podemos hablarlo aquí?— se quejó.
—Es algo personal, prefería hablarlo a solas— contestó poniéndose algo de puntillas para ver por encima del hombro de Nagi hacia Barou, que estaba en su escritorio viendo algo en su ordenador.
—Pero, Reo…— volvió su voz más suave, cogiendo ese deje de queja y tono se querer mimos que solo le salía con su mejor amigo y funcionaba siempre que quería algo del otro chico. Reo no sabía cómo decirle que no cuando se ponía así o se le echaba encima y Nagi lo adoraba porque le encantaba que el otro lo consintiera.
A Reo se le suavizó la mirada y Nagi sabía que era cuestión de tiempo que cediera, un par de frases más y lo tendría en el bote. Al albino le encantaba ver cómo el otro se derretía por él. Una pena que Barou lo odiase a muerte.
—¡Me voy yo!— gritó el de pelo negro cerrando su portátil de golpe y cogiendo sus cosas a toda prisa—. ¡Ni se os ocurra tener sexo!— amenazó desapareciendo por el pasillo.
—Me sirve— se encogió de hombros Reo y entró al cuarto como perico por su casa, sentándose en la silla del escritorio de Nagi mientras este último se tiraba en cama bocarriba.
—¿Qué necesitas?
—Es una larga historia— sonrió avergonzado—, y cien por cien culpa del alcohol.
—¿Tiene que ver con la apuesta de la fiesta?— cogió su móvil y lo encendió, empezando una partida de PUBG mientras escuchaba al otro hablar.
—¿Cómo sabes que hicimos una apuesta?
Nagi lo miró de reojo.
—Estaba presente.
Reo se sonrojó y esa reacción sorprendió a Nagi a la par que lo llenó de curiosidad.
—Entonces ya sabes lo del juego.
—¿Juego?— repitió confundido y Reo levantó una ceja, bajándose el rubor.
—¿No sabes lo del juego? ¿Cuándo llegaste a la conversación?
—Al final— contestó encogiéndose de hombros—. Cuando empezaste a arrojar dinero a la mesa.
—¡No sabes nada entonces!— exclamó riendo y Nagi notó un deje de alivio en su voz—. Karasu propuso un juego y el que gane se lleva todo el dinero. ¡Y obviamente no pienso perder! ¡Voy a demostrarles el poder de Mikage Reo!
Nagi asintió distraídamente y empezó a desconectar un poco. Reo ya estaba de nuevo con sus discursos motivacionales capitalistas y Nagi a veces se preguntaba a cuánta gente había timado a lo largo de sus veintidós años de vida.
—¡Nagi, tú eres la clave para ganar ese dinero! ¡Luego lo repartimos 50/50!
Eso sí le llamó la atención al albino. Había visto cuánto dinero había en esa mesa y sería una adición perfecta a su cuenta de ahorros para jubilarse a los treinta. Si no requería mucho trabajo, los beneficios valían la pena.
—¿Qué tengo que hacer?
—Ser mi novio.
A Nagi se le cayó el móvil entre las manos. ¿Ser su qué?
—El juego es muy simple— empezó a explicar Reo, pero Nagi seguía intentando procesar lo que acababa de decir antes—. Cada jugador tiene que proponerle al otro un reto que debe cumplir en tres meses, la cuestión es que el resto de los jugadores no pueden averiguar cuál es el reto. Pasados los tres meses, el que haya conseguido hacer el reto y mejor haya engañado a los demás jugadores, se lleva todo el dinero. ¡Es muy simple!
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo siendo tu…?— no era capaz de decir la palabra en alto.
—Otoya me retó a hacerle creer a todos que estoy en una relación amorosa— contestó—. El problema es que varios participantes, incluido Otoya, somos del mismo grupo de amigos y saben que nunca he estado en una relación seria y que llevo ya más de un año sin liarme con nadie. Ahí es donde entras tú— sonrió orgulloso.
—Yo— repitió Nagi.
—Tengo un plan, ¡un plan infalible!— se puso de pie de la emoción—. ¡Todo el mundo en el campus cree que o nos gustamos, o estamos saliendo en secreto o salimos juntos en el pasado! ¡Solo necesito tres pasos!
—¿Tres?— parpadeó.
—Uno, engañar a Barou. Dos, engañar a Chigiri. Tres, ¡llevarnos el dinero!— Nagi creía que esos eran muy pocos pasos. ¿Y qué tenían que ver sus amigos con esto?—. Va, Nagi. Tú no tienes que hacer nada, solo seguirme el ritmo a veces. ¡Por lo demás solo tienes que actuar como siempre!
Nagi se paró a pensarlo seriamente. Confiaba en Reo. Si este le decía que no debía hacer nada salvo alguna que otra cosa de vez en cuando para ganar un pastizal en tres meses, entonces sabía que eso era cierto. Lo único que le hacía dudar era lo de fingir que eran pareja. No estaba seguro de que fuese a hacer un buen trabajo, pero algo en su interior le gritaba que tomase la oportunidad.
—Confía en mí, ¿sí?
Nagi siempre confiaba en Reo.
—OK.
Paso 1
En las dos primeras semanas no pasó mucho. Nagi no sabía lo que estaba esperando, pero la normalidad con la que Reo interactuaba con él lo descolocaba. ¿No iban a actuar como pareja? Pero le acabó quitando importancia, Reo sabía lo que hacía.
Los dos seguían quedando para comer los lunes y miércoles, iban juntos a los entrenamientos del equipo de fútbol, Nagi pasaba las tardes de los jueves y viernes en casa de Reo y este último pasaba los sábados y domingos en el cuarto del albino. Si esto era lo que implicaba ser pareja de alguien, pues a Nagi no le molestaba en lo absoluto.
Pasadas un par de semanas, Reo empezó a pedirle a Nagi que saliesen más. Llevándolo a comprar material escolar, invitándolo a cafés o yendo a visitar el acuario o el museo para hacer un trabajo. Al principio Nagi empezó a temer que Reo le hiciese salir todos los días, pero apenas eran un par de veces por semana. Lo extraño era que esas salidas siempre coincidían con momentos en los que sus amigos le decían de quedar y Nagi no tenía más remedio que rechazarlos.
Pero todo cambió de repente al mes.
Reo apareció en la puerta de su cuarto un miércoles por la tarde noche. El entrenamiento de fútbol había acabado horas antes, ya estaba atardeciendo y Nagi estaba solo esperando a que Barou volviese del gimnasio. La aparición de Reo era algo que no había pasado antes.
El chico de pelo morado se autoinvitó al cuarto y se sentó en la cama de Nagi, haciéndole un gesto para que se uniese a él.
—¿Pasó algo?
—¿Quieres ver una peli?— preguntó Reo, acomodándose contra la pared y acercando el portátil de Nagi para ponerlo en su regazo.
El albino sabía que la repentina presencia del otro no podía significar nada bueno, pero tampoco quiso darle importancia, prefiriendo acurrucarse a su lado y poner su cabeza en su hombro.
La película era una comedia romántica que a Nagi no le podía importar menos. En algún punto había sentido cómo se le cerraban los ojos y había sacado su móvil para ponerse a jugar a PUBG y mantenerse despierto.
En la habitación solo se escuchaban los sonidos del portátil y el móvil de Nagi y, aunque el albino adoraba escuchar a Reo hablar sin parar durante horas, esos momentos de silencio donde solo disfrutaban de la compañía del otro también le encantaban.
—Nagi— llamó Reo suavemente.
El susodicho hizo un sonido para que supiese que le estaba escuchando sin dejar de jugar, pero para confusión del albino, el de pelo morado no había dicho nada más.
Cuando acabó la partida levantó la mirada, queriendo ver por qué su mejor amigo le había llamado minutos antes. Reo miraba fijamente el portátil, pero su mente claramente no estaba en la película. Su ceño estaba ligeramente fruncido y Nagi sabía que eso significaba que estaba pensando en algo muy seriamente. Lo que descolocó al albino fue el ligero sonrojo en sus mejillas y timidez en sus ojos.
—¿Reo?
El chico cogió aire y antes de que Nagi pudiese preguntar qué le estaba preocupando de tal manera, agarró al albino de las mejillas y juntó sus labios.
Nagi se había quedado en blanco, con los ojos abiertos de par en par y su cerebro incapaz de procesar la situación. Reo había cerrado los ojos, su sonrojo cada vez más evidente, y Nagi no sabía cómo reaccionar. Era la primera vez que besaba a alguien y veía a Reo así.
Apenas se había hecho a la idea de corresponder el gesto, cerrando los ojos y poniendo sus manos en la cintura ajena, cuando la puerta del cuarto se abrió de golpe, rebotando contra la pared y sobresaltando a ambos.
—¡¿Cuántas veces te he dicho que no tengas sexo aquí, Nagi Seishiro?!— gritó Barou desde la entrada y entonces Nagi recordó lo que había dicho Reo hacía un mes: Uno, engañar a Barou.
—No estábamos haciendo nada— se defendió y si tenía que venderle a Barou que estaban saliendo, lo iba a vender bien. Acercó a Reo más por la cintura y le dio un beso debajo de la oreja, disfrutando de cómo se estremeció el otro—. Todavía.
Lo siguiente fue un borrón. Para cuando Nagi se quiso dar cuenta, Barou le había cerrado la puerta en la cara y lo había dejado tirado en el pasillo con lo puesto. Reo a su lado parecía que no sabía si reír o llorar.
—Bueno, eso fue más fácil de lo que pensaba— comentó.
—Reo, no tengo donde dormir— se quejó y el otro sonrió sin remedio.
—Vamos a mi apartamento— dijo y giró la cabeza—. Ah, y buen trabajo antes— murmuró y a Nagi no se le escapó lo rojas que estaban sus orejas.
Paso dos
Barou estuvo enfadado durante dos días y al tercero por fin dejó a Nagi volver a la habitación. Nada había cambiado en el comportamiento de Barou y Nagi se preguntaba por qué Reo decía que engañarle a él primero era un paso crucial en el plan.
Al mes y medio Nagi recibió un mensaje de Reo. Acababa de salir de clases dispuesto a esconderse por alguna esquina a jugar videojuegos mientras hacía tiempo hasta la práctica de fútbol cuando se le iluminó la pantalla.
El paso dos ya casi está hecho. Solo queda tu parte, ponía y Nagi parpadeó confundido. ¿Qué parte? El paso dos era engañar a Chigiri, ¿no? Pero Reo nunca le había explicado el plan, ¿qué se supone que tenía que hacer?
Más tarde en el entrenamiento de fútbol, Nagi no podía evitar sentirse incómodo al notar la mirada de Chigiri encima de él. El pelirrojo no había parado de mirarlo fijamente y fruncía levemente el ceño cada vez que Nagi se acercaba a Reo.
—¿Qué pasó con Chigiri?— le preguntó el albino a su mejor amigo.
—Le tuve que decir una pequeña mentira para venderle la historia de que estamos saliendo— explicó con una expresión tímida, aunque no había nada de timidez en su voz—. Tú solo déjate llevar cuando te pregunte al respecto.
—¿Qué mentira?
Reo sonrió levemente y no contestó, yéndose a practicar a otra parte con Kunigami.
—Nagi.
De repente Chigiri estaba detrás de él y Nagi se giró para mirarle, algo sorprendido por la repentina aparición.
—¿Podemos hablar luego?
—Ya he quedado con Reo— contestó ,y no era mentira, habían hablado de ir al cine juntos esa tarde noche.
—Es importante.
Nagi iba a volver a negarse, pero había una emoción indistinguible en los ojos de Chigiri que lo descolocó y le hizo dudar.
—Vale, pero que sea rápido.
Así los dos se habían quedado en el vestuario tras acabar el entrenamiento. Los demás jugadores se fueron marchando según iban terminando mientras Nagi estaba sentado en uno de los banquillos jugando PUBG con sus cosas recogidas a sus pies. En un momento, Reo se había acercado para marcharse juntos, pero Nagi se negó y miró hacia Chigiri, que se cuidaba el cabello con más lentitud de la que era habitual. Reo había captado el mensaje al vuelo y le revolvió el pelo cariñosamente. Suerte, le había susurrado después de besarle la frente para después salir del vestuario.
—¿De qué quieres hablar?— preguntó Nagi en cuanto el último jugador salió por la puerta. No quería alargar aquello más de lo necesario.
—Reo y tú— Chigiri lo miró fijamente, como intentando leerle el pensamiento—. ¿Qué hay entre vosotros?
—Estamos saliendo— contestó.
—¿Desde cuándo?— el pelirrojo había fruncido el ceño ligeramente y Nagi recordó los detalles que le había contado Reo el día que lo convenció para fingir ser pareja.
—Desde hace seis meses.
Chigiri no dijo nada, analizándolo con la mirada, buscando en su cara algún rastro de estar mintiendo, pero Nagi estaba tranquilo. Su cara no era expresiva y sabía que nadie distinguía la diferencia entre él mintiendo y diciendo la verdad, a no ser que fuese alguien como Reo, que lo conocía extremadamente bien.
—¿Reo sabe que estáis saliendo?— acabó suspirando cuando se dio cuenta de que no era capaz de discernir nada en la cara del albino.
Eso sorprendió a Nagi.
—Sí, lo sabe.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Entonces me puedes explicar por qué Reo cree que lo estás usando solo para tener sexo?
Nagi sintió que le explotaba una neurona y se le debió notar porque Chigiri continuó explicando.
—Ayer le fui a preguntar qué está pasando entre vosotros porque Barou no mentiría sobre veros comiéndoos la boca en tu cama y sé que si hubieseis empezado a salir oficialmente me lo hubiese dicho— se llevó una mano a la cabeza, recordando la escena del día anterior—. Al principio estuvo echando balones fuera, pero acabó confesando entre lágrimas que sois amigos con derecho a roce desde hace seis meses, que no sientes nada romántico por él y que no me dijo nada porque le daba vergüenza y sabía que yo no estaría de acuerdo con su decisión de acostarse contigo.
Nagi aplaudió a Reo mentalmente. No se podía ni imaginar la tremenda actuación que tuvo que montar para que Chigiri, una de las personas más escépticas que conocía, le creyese a la primera.
—Reo lleva enamorado de ti desde hace años y está claro que tú sientes lo mismo. ¿Podéis hablarlo y solucionar este malentendido antes de que os hagáis daño?— acabó pidiendo.
El albino asintió, pero su mente estaba en otro lado. ¿Reo llevaba años enamorado de él? Tenía que preguntarle.
A los tres meses de empezar la apuesta, todos los participantes y personas que se enteraron de la historia y querían ver el resultado se habían reunido en el apartamento de Yukimiya. Al parecer la facultad se negó a prestarles otro edificio, alegando el mal estado en el que habían dejado el anterior tras la fiesta, y Nagi seguía sin entender por qué les habían dejado el edificio en un primer lugar.
El apartamento de Yukimiya era de los más grandes de los presentes, posiblemente el más grande solo por detrás del de Reo, y las veinte personas involucradas podía entrar perfectamente en el salón.
Reo había arrastrado a Nagi a la reunión pese a que el albino quería quedarse en cama jugando videojuegos aprovechando que era sábado. Reo le había prometido pasar todo el domingo acurrucados en su apartamento y Nagi no había podido rechazar esa oferta.
—¿No podéis estar cinco segundos sin estar pegados?— se había quejado Karasu nada más entrar en la sala, poniendo cara de asco al ver a Reo sentado en las piernas de Nagi mientras este último abrazaba su cintura y dormitaba con la cabeza apoyada en el hombro de Reo.
—No— había contestado el de pelo morado acariciándole el pelo a Nagi cariñosamente.
—Ya podéis darme las gracias— dijo Chigiri desde otro sillón cercano—. De no ser por mí aún estaríais en esa relación ambigua.
Reo le sacó la lengua y Karasu miró al pelirrojo confundido.
—¿Y tú qué haces aquí? No participaste en la apuesta.
—No, pero tengo curiosidad por saber quién gana— se encogió de hombros.
Cuando llegaron todos al apartamento, Otoya cogió el rol de presentador y comenzó a llamar a los participantes uno a uno. Preguntándole a los demás si sabían cuál era su reto y celebrando cuando se confirmaba que no habían conseguido hacerlo sin que nadie se diese cuenta.
—No entiendo cómo descubristeis a mi glamuroso yo— lloró falsamente Aryu cuando todos presentes adivinaron su reto.
—Era demasiado obvio— contestó Yukimiya sonriendo—. De repente empezaste a vestir como si fueras del siglo pasado y dejaste de decir palabras relacionado con glamur.
—Mi reto era imposible, no debería valer— se quejó mientras Karasu, quien le había propuesto el reto, reía ampliamente.
—No haber aceptado.
—Bueno, ¡siguiente!— Otoya cortó la conversación, pasando al siguiente individuo en el círculo que habían formado. Su sonrisa se congeló al ver que se trataba de Reo—. ¿Cuál creéis que es el reto que tuvo que completar nuestro querido camaleón?
—¡Yo lo sé!— gritó alguien—. ¡Aprender a tocar el violín! ¡Hace tres meses empezó a ir a clases!
—¡No!— rebatió otro—. ¡Es ver todas las películas de la saga de Star Wars! ¡Nunca había hablado de ellas hasta hace tres meses!
—Yo creo que es cambiar las botas de fútbol que usa habitualmente por otras— dijo Yukimiya.
—¡Estoy de acuerdo!— saltó Karasu—. ¡Yo también noté que lleva justo tres meses sin vestir las botas blancas que llevaba siempre antes!
—Corroboro lo que han dicho— asintió Chigiri de brazos cruzados.
Los demás empezaron a discutir sobre el reto de Reo, cada uno con una idea diferente, y Nagi sintió que se le ponían los pelos de punta al ver cómo Reo había engañado a todos los presentes. Había hecho tantas cosas fuera de lo habitual que ninguno era capaz de ver lo más obvio que había cambiado en esos tres meses.
—¿Quién le propuso el reto a Reo?— preguntó uno desesperado.
—¡Otoya!— se le echaron encima—. ¡Alguno de nosotros tuvo que acertar, ¿verdad?!
Otoya miraba la escena sin saber si reír o llorar. Sabía ya desde hacía dos semanas que Reo había ganado. Todo el mundo se había tragado que Nagi y Reo estaban saliendo sin cuestionárselo y Otoya admiraba la historia que se había montado el de pelo morado para vender que eran pareja. Los dos habían estado semanas inseparables, besándose en todas partes y siempre estando uno encima del otro. Ya nadie dudaba que estaban enamorados y saliendo y a Otoya por momentos también se le olvidaba que estaban actuando y todo era parte de la apuesta.
—No— acabó contestando ante la mirada de horror y confusión de los presentes—. Nadie acertó.
—¿Pero cumplió su reto?— preguntó Karasu confundido.
—Sí. De manera espectacular— empezó a reír al ver las caras que se les habían quedado—. ¿Quieres confesar?
Reo había mirado todo en silencio y con una sonrisa, sabiendo que había ganado. Se giró a mirar a Nagi, que seguía con los ojos cerrados fingiendo dormir, pero Reo sabía que estaba atento a la conversación, queriendo saber si al final el dinero era de ellos o no.
—¿Te gustaría hacer los honores?— sonrió de lado el de pelo morado y Nagi abrió un ojo desganado.
Los ojos de Reo brillaban con confianza y orgullo y a Nagi le encantaba ver a Reo así. Levantó la cabeza y miró a los presentes aburrido, parándose un momento a analizar las caras de confusión.
—Reo y yo no estamos saliendo de verdad.
Se hizo el silencio en la sala y todos miraron horrorizados a la pareja que seguía acurrucada en el sillón.
—Espera— Chigiri fue el primero en hablar—. ¿Cómo?
—Mi reto era haceros creer que estaba en una relación seria desde hace tiempo— explicó Reo—. Nagi era la opción más viable.
—¿Me estás diciendo que el llanto y vergüenza del día que me confesaste que eráis amigos con derecho a roce fue falso?— Chigiri no se lo podía creer.
—Reo se mandó muy buenas actuaciones— rio Otoya—. Se merece un Óscar a mejor actor y guion original.
—¡Me pasé dos horas consolándote!— Chigiri estaba indignado.
—Engañarte a ti era el paso más difícil del plan— comentó Reo—. Sabías de la apuesta y que si estuviésemos saliendo serías el primero en saberlo. Tuve que sacar la artillería pesada para convencerte.
—No me lo puedo creer— el pelirrojo se llevó una mano a la frente, sintiendo venir un dolor de cabeza.
—¡Nagi!— Karasu lo llamó enfadado—. ¡¿Tú sabías de esto?!
—Reo me prometió la mitad del dinero— se encogió de hombros.
—Dios— Yukimiya suspiró—. No hay manera de superar esto. Y yo que estaba orgulloso de haber conseguido mi reto sin que nadie se enterase.
—El tuyo era llevar ropa interior de distinto color cada día, ¿no?— acertó Reo y el de gafas lo miró horrorizado.
—¿Cómo…?
—Está claro que no se puede jugar contra Reo cuando hay dinero de por medio— concluyó Otoya tirándole a la pareja la bolsa llena de billetes de la apuesta.
Reo empezó a contar el dinero distraídamente mientras los demás se seguían quejando.
—¿Entonces eso significa que no sois novios?— preguntó Chigiri.
—Nope— sonrió Reo.
Nagi levantó la cabeza rápidamente al oír eso y miró a Reo fijamente, que le sonrió de vuelta. Los dos habían hablado hacía unas semanas y confesado sus sentimientos por el otro, lo que hacía fingir que eran novios mucho más fácil. ¿Todo se iba a acabar ahora que tenían el dinero? Nagi no quería eso.
—Reo, ¿quieres ser mi novio de verdad?
—Ya pensaba que no ibas a preguntar— rio el de pelo morado y le agarró la cara, dándole besos en la frente, nariz y mejillas—. Sí— contestó contra sus labios antes de besarle en la boca.
Chigiri los miró con asco y los demás prefirieron centrarse en otra cosa, no queriendo recordar cómo los habían machacado en la apuesta.
—Ahora sí somos novios— sonrió Reo orgulloso mirando a Chigiri.
Algún día. Algún día Chigiri los iba a matar por la montaña rusa de emociones que le hacían sufrir.
