Work Text:
La tercera vez que sucedió, realmente no se registró en la cabeza de Spreen hasta que ya estaba ocurriendo. Y la única razón por la que no lo registra es porque está demasiado ocupado molestándose por ello. Le hace preguntarse por qué se preocupa en crear un equipo con sus amigos si estos jamás lo escuchan. No es el tipo de pregunta que alguien quiere – o debería – hacerse en medio de un torneo a muerte, pero con la repentina desaparición del hombre de cuatro caras, a Spreen no le quedaba mucho por hacer más que quejarse mientras caminaba a través de la tenue oscuridad de los árboles.
No puede culparlo del todo; a raíz de la muerte del resto del equipo, Shadoune se había convertido en alguien más brusco, en una especie de cazador devoto que buscaba atrapar a su presa en la más mínima detección. Era esta la misma adrenalina que lo distrajo de todo el resto del mundo para correr como un maníaco detrás del pequeño ruido que logró escuchar. Claro, no sin antes lanzarle una sonrisa y unas amables palabras sobre cómo volvería pronto.
Sin embargo, Spreen no es de los que se andan con rodeos. Lo hubiera acompañado en su casería sino fuera porque a veces su parte humana – la parte más estúpida de su genética – tomaba control involuntariamente de él y de todos sus sentidos, reduciéndolos a los de un hombre común.
Es una mierda que tan vergonzosamente fácil fue perderle de vista. Algunos pensaban que el asesinar solo consistía en golpear y acuchillar algo hasta que dejara de moverse, pero la realidad del trabajo es que consistía en cumplir ciertos requisitos físicos necesarios para ejecutar un plan con eficacia irreprochable. Cosa que si no puedes cumplir, terminas quedando como imbécil.
Es humillante, casi rozando a degradante, pero más allá de la indignación que le traía su propia naturaleza, Spreen notó que con el paso de los minutos ningún mensaje de la muerte de Shadoune u otro concursante había sido anunciado. Su amigo seguía vivo y entreteniéndose en otra cosa que demoraba su llegada, y aunque era irritante no saber del porqué de su desaparición, se dirigió a aquellas ruinas subterráneas que se encontraron la última vez.
Era la opción más sencilla para volver a agruparse. Los números en su reloj eran indicativos del poco tiempo que faltaba para la reunión que prometieron a sus otros dos aliados, una buena casualidad que ahora le ahorraba las molestias de recorrer el perímetro entero en búsqueda del francés.
Llegando un poco temprano al edificio, Spreen tomó el terreno superior, escondiéndose en una esquina fuera de la vista de los dos grandes huecos que actuaban como accesos al lugar. No le daría la mejor vista, pero sería ventajoso si una pelea se desencadenaba con una pobre alma que merodeaba la zona.
Los minutos siguieron avanzando con lentitud al esperar. Intentó distraerse con la reparación de su armadura o la organización de su inventario, pero era desesperante la aburrición mundana. Dicho esto, no era como si su mente no estuviera ocupada con el remanente recuerdo en bucle de la reciente muerte de Quackity.
Últimamente cuando estaba solo sentía una picazón, algo electrizante y frívolo que hacía retorcer las yemas de los dedos de Spreen en el mango de su espada. Aunque no era una ocurrencia común, conoce bien este sentimiento. Se ha sometido a este tipo de mortificación una o dos veces en el pasado y ha dejado un peso sobre sus hombros lo suficiente exasperante como para convertirse en un problema recurrente.
El que sus amigos murieran a manos ajenas significaba no ser suficiente, que sus fuerzas por sí solas no eran suficiente. La muerte de Missa fue un desmantelamiento completo y total de lo que Spreen se creía capaz; le hace mirar en cada instancia y solo puede ver la falta de presencia o resistencia en momentos previos de las muertes de sus seres queridos.
Duele.
No físicamente, emocionalmente. Está empantanado con los pensamientos de ahora y los arrepentimientos de esta mañana, atrapado entre todo. Todavía puede sentir la rabia que vino después, grabándose en su mente como una marca incandescente.
No que realmente importara de cualquier manera, necesitaba moverse. Estuvo a punto de reconsiderar irse cuando sus oídos captaron un ruido que venía de su derecha. Fue un ruido pequeño que poco a poco se fue intensificando hasta llegar a reconocerlo como pisadas cuidadosas que se acercaban por la primera planta, justo debajo de él. Spreen empuñó su arma para un posible choque de espadas, solo para casi soltarla en el segundo en el que escuchó su supuesto enemigo cantar.
Podría reconocer esa voz odiosa en donde sea, ojos cerrados o no. Esa voz que podría llegar con facilidad a las notas necesarias de la canción pero que prefería agudizar y hacer temblar su garganta para volverla una canción burlesca, divirtiéndose en su ensoñación pero exasperando a cualquiera que le escuchase.
“¿Todo bien, capo?” Saltó de imprevisto, quedando cara a cara con el otro. Lo cual en retrospectiva no fue la mejor opción considerando que el grito estridente de Roier fue tan agudo como para estremecer sus sensibles orejas felpudas.
“¡¿Qué te pasa, pendejo?! ¡Avisa que estás aquí!”
Antes de responder, Spreen sonrió divertido con como su amigo había saltado y ahora respiraba ajetreadamente contra la pared, apretando su sudadera con una mano para tratar de calmarse. Siempre podía confiar en sus expresiones exageradas para agregar un poco de humor a su vida.
“Pero si te avise que estaba acá, hasta te pregunté si estabas bien.”
Roier parpadeó, su expresión cambiando a una de dolor y su voz volviéndose chillona en un instante, semejándose a un lloriqueo exagerado. “No estoy bien, Spreen.” De nuevo estaba demasiado cercas. Sus manos corriendo a los hombros del aludido para zarandearlo de un lado para el otro en pánico, “Se me perdió. Se me perdió Robleis. No lo encuentro por ningún lado.”
Con un pequeño empujón Roier retrocedió, produciendo un sonido de indignación con su nariz y borrando los restos de teatralidad con la nueva pregunta, “No, hermano, ¿Cómo es eso de que se te perdió? Pensé que iban juntos.”
“Pues me dio lag y luego solo… desapareció.” Spreen no es ajeno al vocabulario de Roier. Con el tiempo que han pasado juntos ha comprendido que palabras como trabar o laggear eran equivalentes a esos vacíos mentales en los que a veces otra de sus personalidades tomaba posesión de su cuerpo, o bien, cada que se desmayaba. No es una sorpresa que Robleis no haya estado enterado de esto y hubiera avanzado sin darse cuenta. “¿Y Shadoune? ¿Dónde está Shadoune?”
Spreen no pasó por alto la forma rápida en la que cambió el tema, y en afán de no entrar en detalles sobre la vida del otro, prosiguió, “El francés hijo de puta salió corriendo y ni siquiera me esperó.” Bufó, moviéndose en línea recta de derecha a izquierda, manteniéndose cercas para no subir su voz, “Y los comunicadores de mierda no sirven desde hace días, no puedo mandarle mis coordenadas.”
Soltando una risa ante los insultos, Roier se recargó en la pared, cruzándose de brazos mientras miraba a Spreen saltar sobre unos barriles, “¿Entonces qué hacemos? ¿Los esperamos?”
“Podría ser.”
“¿O quieres ir a ver que encontramos afuera?”
“No, creo que es mejor esperarlos.” Detuvo su caminar, zumbando pensativo mientras analizaba las probabilidades de que sus respectivos compañeros volvieran al punto de reunión. “Si no llegan, vos podés hacer equipo conmigo y cazar el resto de participantes.”
“Ay,” Gimió ficticiamente como contestación, aunque más que un gemido parecía un gato agonizando, “¿Tú y yo nada más, Spreen? ¿Cómo– Cómo en una cita?”
“O podés quedarte a esperarlos mientras yo me voy–”
“No, no, no– Estaba bromeando. Siéntate.” Sin más, Roier tomó asiento en el suelo, sonriendo nervioso al esperar una reacción que no fuera el desprecio habitual del otro, “Dale, wacho. Séntate.” Palmeó el concreto al lado suyo y contrario a sus expectaciones, Spreen obedeció, conservando un espacio muy amistoso entre los dos de al menos un metro.
“No te hagás el piola, Roier.”
“¿Qué? No dije nada malo.”
Con un resoplido, Spreen se dio por vencido con el penoso acento argentino, priorizando su inventario todavía desordenado. Si bien poco a poco mejoraba y se aproximaba a una modulación similar al real, por el momento sonaba atroz. Quizás si no fueran a morir ese mismo día, Roier hubiera sido capaz de dominarlo. El hombre era una esponja de imitaciones y chistes vocales, era lo suficiente descarado pero carismático para seguir practicándolo y ocasionando risillas por doquier.
Spreen no era la excepción. Por más molestias que le generaba estar a su lado, era agradable permanecer en compañía con alguien como él. Sin duda alguna, era una amistad que extrañaría–
¿Desde cuándo carajos Roier estaba tan cercas?
Cerrando su mochila, se giró en búsqueda de una explicación del porque podía sentir el calor corporal del otro rozándole. Sin embargo, su amigo solo silbaba con la vista clavada a la pared, indiferente a la irritación inicial del hibrido.
Pensando que la broma no se repetiría, Spreen inútilmente se arrastró unos centímetros fuera de su alcance, la distancia no durando mucho cuando Roier volvió a adentrarse a su espacio personal sin siquiera otorgarle un vistazo.
La acción se repitió un par de veces, casi siendo perseguido hasta recorrer la pared por completo. “Capo–” Una risa frustrada se escapó de sus labios, impidiéndole seguir hablando.
“¿Qué? ¿Qué pasa?”
“¿Qué mierda hacés acá? Hacéte para allá, pelotudo.”
“Es un país libre, yo puedo moverme donde yo quiera.”
Spreen lo empujó, era un jugueteo, apenas moviéndolo, “A ver, hacéte para atrás o te rompo el orto.” Advirtió, y a pesar de en un principio reír, Roier retrocedió.
“Ya, perdón. No tienes que ser tan agresivo, amor y paz.”
Tal vez en verdad no debía de ser tan agresivo. Después de todo, esta era una de las pocas amistades que le quedaban, aún si sería una corta al final del día.
“No me dejás concentrarme.” Murmuró sintiéndose apenado por su comportamiento poco amigable.
“Porque no sé qué andas haciendo muévele y muévele a la pinche mochila, solo quiero ver.”
“Organizó mi inventario.” Enfatizó mostrando una manzana encantada que guardaba en su mochila. No tenía intención de usarla contra las reglas, pero era bonita para presumir.
“¡¿Y esa cosa?! ¿Son ilegales, no?”
“Sí,” Escondió la fruta de nuevo, prohibiéndose reír a la par de la carcajada espontanea de Roier, “Pero la intentaron usar contra mí mientras peleábamos, así que me la quedé.”
“Que culero, Spreen,” Otra carcajada, esta vez más baja, casi con remordimiento, “Los mataste, ¿Verdad?” La pregunta ni siquiera necesitaba una respuesta, “No mames, podíamos haberlos tenido de aliados– Tener un equipo.”
“¿Vos creés que me iba a arriesgar a que esos hijos de puta nos traicionaran cuando se estaban pasando las reglas por el orto?”
“Pues me aceptaste a mí y a Robleis, eso es arriesgarse.”
“No rompieron las reglas.”
“Pero me querías romper la madre antes.” Hay pequeños momentos como este en los que Spreen no dice nada, no mueve ni un solo músculo. No obstante, Roier ha llegado a reconocer ese estado cómo aquel en el que una broma más podría provocar el estallido de una persecución sanguinaria. Spreen nunca ha dado el golpe final, pero Roier no quiere arriesgarse a la probabilidad de que hoy sea el día y simplemente agregó, “Hablando de romper madres, tengo unas pinches ganas enormes de pelear.”
“Pero si vos nunca querés pelear, ¿Qué decís?”
Quizás el término correcto era matar.
Roier nunca quería matar. O al menos aparentaba no querer hacerlo – a Spreen no le importaba particularmente que fuera – y a pesar de toda su actitud cruda y combativa, era bastante discutible que fuera a mancharse las manos de sangre por la adrenalina de un duelo cualquiera.
“Ya me harte de no tener nada que hacer aquí y que todos se estén escondiendo, estoy listo para los vergazos.”
“Ah, ¿En serio?”
“Sí, ya me vale verga con quien sea. Quiero PvP, uno versus uno ya.”
“¿Con quién sea?”
El arqueó de una ceja incrédula le generó una sonrisa ladina, “Con cualquier pendejo que me encuentre.”
“¿Querés pelear contra mí entonces?”
“No–” Una risa burbujeante brotó de él con el súbito nerviosismo. Roier negó con la cabeza y sintió que estaba cavando su propia tumba, “No, contra ti no.”
“¿Por qué no? Vos decís que estás preparado para pevepear con quien sea. Pelea conmigo.”
“Yo…” Alargó la silaba, tratando de hacer tiempo para una excusa, “Yo dije que con cualquier pendejo. Tú no eres ningún pendejo, Spreen. Es más, hasta diría que eres muy inteligente.”
“¿Que no te dan los huevos?”
No puede comprenderse ni a sí mismo.
Sus personalidades han chocado más de una ocasión por la misma causa. No tiene forma de evitarlo; la sencillez y lo escandaloso de Roier le inclina a aprovecharse de él, queriéndolo asustar a pesar de saber que es imposible y a lo mucho terminara con los dos corriendo como niños pequeños en cirulos.
“También, pero es porque no te quiero hacer daño.”
“¿Porque sos cagón?”
“Porque no te quiero pegar.” Una pausa, un segundo en el que parecía hablar en serio hasta que abrió la boca otra vez, “Acaso de que sea en la cama y eso te guste.”
Spreen ignoró el último comentario. “Pero si vos me has pegado antes.”
“Sí, pero ahora sería en serio para matarnos.”
“¿Y no era eso lo que buscabas?”
“No, contigo no. Eres mi amigo.”
Suena casi dulce con esas facciones suavizadas y ojos amables suplicando por volver a una conversación más amena.
Lamentablemente, Spreen se estaba emocionando con la idea, sacando por un segundo la manzana dorada que brillaba en las ruinas poco iluminadas, “¿Aun si te doy algo a cambio?”
Roier pareció pensárselo por un buen tiempo, solo para después fruncir el ceño, “Tú solo estas buscando meterme la riata, ¿Verdad? Quieres romperme el culo– y que rico, pero me gustaría pelear con alguien con quien sí tenga oportunidad.”
Exhaló una pequeña risa, “Estás exagerando, boludo–”
“Qué exagerado ni que nada, eres un pinche monstruo,” Desconcertado e insultado por la acusación, sus labios permanecieron entreabiertos en señal de sorpresa, indeciso en qué responder. “Mataste a medio server tú solito.”
En su mayor parte, Spreen estaba orgulloso de su reputación retorcida. En su equipo era conocido como un sanguinario y un desubicado. A falta de mejores palabras, era conocido como un hijo de puta y estaba contento con ello. Sin embargo, y por alguna razón incomprensible, la forma en la que Roier habló de él como un ser despiadado le enfadó.
“Amigo, pero si yo siempre los he dejado con vida. Rara vez maté a alguien los días anteriores.”
“Dile eso al Mariana.”
La muerte de Mariana fue difícilmente su culpa, pero Spreen pudo reconocer el mismo dolor en sus ojos que sintió con el fallecimiento de los integrantes de su equipo, aun si estaba debajo de capas y capas de humor. Por un breve instante pudo recordarlos a todos juntos de nuevo, claro como el día, por lo que se detuvo; dejó de pensar en memorias intranscendentes para contestar.
“A ese yo no lo maté.”
Refunfuñando, Roier se inclinó sobre Spreen, examinando cualquier mueca que delatara su crimen. Al hibrido no le quedó más que enderezarse, incómodo con como su espalda presionaba contra los ladrillos de la pared y el solo sentarse al lado de Roier le estaba ocasionando lástima.
“¿Ah, no?”
“Dejá de hacerte el pelotudo y pelea conmigo.”
“¡Ya te dije que no!”
“¿Sos cagón?”
“¿Y si mejor nos besamos?” Por supuesto, pensó Roier, olvidando que tenía un as todavía bajo la manga. De acuerdo a sus previos encuentros, el otro hombre solía vacilar con la simple presencia de un flirteo banal. “Yo te doy tu pelea pero primero me das un beso.”
“Qué.”
“¿O qué? ¿Sos cagón?”
Spreen quería matarlo ahí mismo.
Los dedos callosos se retorcieron alrededor de su espada, irritado. Su pulgar se clavó en los grabados de metal del mango. Nunca tuvo la intención de quedarse sentado ahí tanto tiempo y definitivamente no tanto como para ese tipo de bromitas, pero había algo que lo ataba al suelo, sin importar cuánto se tratara de decirse lo contrario.
El calor se deslizó por sus mejillas y sintió la necesidad de agachar la cabeza, cosa que fue ignorada rotundamente. En vez de eso, levantó su cabeza en un intento de aparentar molestia. “Vos tenés que ser un completo pendejo desubicado para pensar que te voy a besar, hijo de puta.”
“Está bien.” Se encogió de hombros, “Sin beso no hay PvP.” Spreen respondió con un bufido, notando el intento mal ocultado por resistir una risa, “Te acepto incluso uno chiquito, de piquito.” Un segundo, un silencio, “Acaso de que te pongas así todo cachondo y quieras meterme la lengua–”
“Aun si aceptara,” Spreen casi gritó, levantando la voz al tratar de aplastar la absoluta desvergüenza de Roier antes de que su cerebro hiciera la conexión con sus nervios y aumentara el rubor en su rostro, “Nada me garantiza que vayas a mantener tu parte del trato.”
“A ver, yo creo que no tengo razón para faltar a mi palabra. Y si lo hago me puedes matar.”
“Pero si te dejás matar no tiene caso.”
“No me voy a dejar, te lo prometo.” Su voz derramaba honestidad pura, confianza. Si bien era confianza de que el otro no aceptaría el reto, al final era confianza y eso era lo que importaba. Roier nunca estaría dispuesto a jugarse la vida de una forma tan estúpida si hubiera una posibilidad de que el otro aceptara.
La frente de Spreen se arrugó mientras miraba con curiosidad, y con un resoplido de perplejidad en su garganta y una expresión casi neutra en sus labios, comentó, “Bueno, confió en vos.”
“¿C–Cómo?”
“Qué ya está, amigo, dale.”
Roier se echó para atrás, sorprendiéndose de sí mismo. Estaba dudando de una manera que nunca hubiera hecho antes. Antes, habría esquivado la responsabilidad con una broma, o incluso se hubiera acercado e imperiosamente lo habría besado en un esfuerzo por catalogarlo como un simple juego. Sin embargo, ahora se le facilitaba ver los impulsos en conflicto en las líneas tensas del cuerpo de Spreen, la incertidumbre, la duda, y lo peor, ni siquiera sabía lo que Spreen quería que hiciera. Aun si de verdad su amigo estaba esperando un beso, era incapaz de imaginar que algo bueno vendría de todo esto, pero tampoco estaba dispuesto a retirar sus palabras.
Saliendo de su estupor, Roier lo sostuvo de los hombros, acercándose más al mirarlo pasar por un confuso lío de sentimientos mezclados con insoportable desasosiego y algo muy parecido a pánico. No obstante, decidió inclinarse de todas formas, respirando el mismo aire y sus manos viajando con lentitud a sus mejillas, desconociendo si su propia inestabilidad se debía a estar a punto de besarse con el asesino de casi un servidor entero o porque dicho asesino era Spreen.
Inconsciente de lo que sucedía dentro de la cabeza del otro hombre, el estrés se acumuló en el pecho de Spreen, sus emociones incrementando la adrenalina que estaba experimentado aun si estas no tenían un nombre y le dificultaba identificarlas. Sus sentidos estallaron en el momento antes de que Roier presionara sus labios contra los suyos y su puño conectó con la cara del otro, arrepintiéndose el segundo que lo vio caer.
“¡Ouch!” Gimoteó Roier en el suelo, sobando la herida en un movimiento circular cuando tuvo la oportunidad de recostarse lo suficiente para fulminarlo con la mirada, “¡¿Pendejo, qué mierda te pasa?!”
“Perdón, capo.” Rio, sintiéndose inusualmente nervioso, “No fue intencional, te juro que fue un reflejo.”
“Me volteaste toda la jeta.” Suspiró, soltando otro quejido y finalmente sentándose. Respiró hondo y luego siseó como un globo desinflándose, provocando que un líquido rojizo muy conocido empezara a derramarse de su nariz. “¿Estoy–? ¡¿Me rompiste la puta nariz, cabrón?!”
Sin ningún permiso, Spreen colocó una mano en la barbilla de Roier para mantenerlo quieto, haciéndolo voltear a los dos lados mientras su mano libre toqueteaba el lugar afectado.
Tragó saliva al no estar seguro, “No creo que este rota.”
Con un vendaje intentó limpiar la sangre que goteaba de la nariz de Roier. Era un sentimiento extrañamente íntimo y del que ninguno estaba muy acostumbrado a pesar de no ser la primera vez que le tendía una mano para curar sus heridas. Quizás era la soledad, o quizás la cercanía y las miradas compartidas.
“Mierda–” Brincó con el dolor.
Hubo un cambio sutil en los hombros de Spreen, como si estuviera tratando demasiado de no mover un músculo, de no mostrar lo que sea que estaba sintiendo, y todo lo que hace es hacerlo más visible. Se sentía culpable.
Trató de girarse para irse, pero en una fracción de segundo, Roier lo agarró de la muñeca y lo detuvo.
“Ey, Spreen, no te vayas, conchudo.”
“Voy a por más vendajes.”
“Así está bien.”
“Pero te hice pija la cara, hermano.”
“¿Y qué tiene? No me dejes solo.”
Apretó la mandíbula y rechinó sus dientes, obligándose a plantar la única pregunta que importaba en ese momento, “¿Querés en serio que me quede?”
“Obvio.” Dijo Roier como si Spreen hubiera sido el estúpido por preguntar.
Antes de que el hibrido pudiera reaccionar, tiró de él hacia abajo, volviéndolo a sentar a un lado suyo. Roier necesitaría mucho más que un poco de dolor para ser asustado. Este tipo de situaciones eran su pan de cada día, Spreen no podría alejarlo aun si lo intentara.
“No creo que estos cabrones vayan a venir.” Continuó Roier, afortunadamente sin profundizar la implicación de lo que estuvieron a punto de hacer, “Vamos a estar como pendejos aquí sin movernos y el muro nos va a matar.”
“Estamos cercas del spawn, tardaría bastante.” Descansó sus brazos cautelosamente en sus costados, sintiendo como si su cuerpo no perteneciera a ningún lugar, “¿Te sentís mejor?”
“No, todavía me duele.”
“¿Necesitas algo?”
“No, acaso de que quieras…”La palabra se alargó con un tono curioso, solo para después aclararse la garganta y evitar contacto visual, “No, nada.”
“¿Qué?”
“Nada, no dije nada.”
“Dale, decime que necesitas.”
“¿Por qué? ¿Vas a hacer lo que quiera?” Spreen asintió, y Roier rio ante la evidente dubitación, “¿A poco si te pido que saltes de un puente lo vas a hacer?”
“Eso es un waterdrop, boludo. Re-fácil.” Sonrió, sus labios volviendo a una expresión sería al ver que le otro todavía permanecía callado, “Decime que necesitas, ‘pa.”
“Iba a decirte que podríamos…” Spreen se preguntó cuál sería la venganza. Porque tarde o temprano, con él y Roier, siempre había una venganza. O una rápida tormenta de golpes y cortes hasta que la irritación se disipara, o una persecución prolongada que terminaba con uno de los dos en el suelo y canciones curiosamente románticas. “Véanlo en el siguiente capítulo de ‘Las aventuras de Roier y Spreen’ próximamente en canal cinco–”
Spreen golpeó la pared justo a centímetros de la cara del otro para no gritar. Miró a Roier, esperando que el contacto visual lo estuviera matando tanto como a él y que no volviera a usar esa voz ridícula de presentador televisivo, “Decímelo ahora, la concha de tu madre.”
“Es que, me quedé pensando que tenemos muy poco tiempo.” Escupió velozmente, las palabras tropezando sobre otras en una extraña forma de justificar su laguna mental, “Solo habrá un ganador en todo el torneo, está será la última vez que nos veamos.”
“¿Y?”
Ouch.
Roier esperaba algo un tanto más sensible, pero esta también era la oportunidad perfecta para cambiar el rumbo de la conversación y no revelar su petición libidinosa.
“Pues que es muy triste como nos tenemos que matar entre todos nosotros.”
“¿Triste? Es re-épico, amigo. Es una pelea a muerte para ver quién es el mejor.” Pensándolo mejor, agregó con disgusto, “Aunque el único tryhard que queda es Shadoune.”
“¿No quieres ir contra Shadoune?”
“No, sería demasiado fácil. Lo hago pija a ese chabón.”
No pudo contener la carcajada ante tal respuesta, Spreen siempre era tan confiado, “¿Pero y si te tropiezas y te caes y ya no puedes levantarte y te ataca?”
“Aun así le gano yo.”
“¿Y si se te rompe la espada y la armadura y ya no tienes con qué defenderte?”
Frunció el ceño, molesto por obligarlo a imaginarse perdiendo, “Pues nada, muero y ya’sta.”
“O,” Interrumpió Roier, “O podríamos no matar a nadie, hacer una tregua, y ver qué sucede si el temporizador llega a cero con más de una persona.”
“¿Primero me retas por un beso de mierda a un PvP a muerte y luego me decís que no hay que matar a nadie?” Escupió con ira ficticia, ganándose unas risitas, “Ni en pedo me arriesgo a que no me den el deseo.”
“Ah, es porque quieres revivir a tu equipo, ¿Verdad?”
Spreen asintió, “Quizás a vos también si dejás de romperme las bolas tanto.”
Por alguna razón, Roier sintió que una parte de él quería consolar a Spreen. Debajo de la sonrisa ladina, presentía que el hombre se encontraba más afectado por la muerte de su equipo de lo que dejaba ver, rígido y con sus ojos desvaídos. Lo cual era una idiotez, porque historia trágica o no, el cabrón seguía siendo un asesino brutal que no necesitaba de su lástima. En cambio, solo se enderezó, “¿Y a Mariana también?”
Rodó los ojos, “A Mariana también.”
“Grande, Spreen.” Lo animó con unos aplausos.
“Igual no sé si llegue a la final, voy a tratar pero no prometo nada. Ollie ya debe tener su equipo armado.”
“Yo creo que podríamos hacerlo cambiar de opinión y que se nos una.”
“Nah, vos lo dijiste, me ven como un monstruo. Van a querer matarme a la primera oportunidad.”
La expresión de Roier se suavizó con sutileza y justo en ese momento, Spreen decidió que definitivamente era un idiota por empezar a notar ese tipo de cosas con regularidad.
“A ver, si es cierto que eres muy… intimidante, y fuerte, y a veces das un poquito de miedo cuando nos persigues gritando y nos atacas,” Lo escuchó bufar, “Pero eres re-lindo también, cómo cuando me curas o me cantas.” Se escapó una risa incrédula de los labios de Spreen, la frase atrapándolo con la guardia baja y estremeciéndolo con disgusto ante la cursilería. “¿De qué te ríes, eh? ¿Te estás riendo de mí?” Se inclinó sobre su amigo, importándole poco el espacio personal, “Sí, te me haces lindo, ¿Qué vas a hacer al respecto?”
Spreen retrocedió, más las risas no pararon, “Seguís sangrando, capo.”
“¡Verga!” Roier regresó a su lugar, limpiando las manchas de sangre con la manga de su sudadera y contestándose así mismo, “Chupo.”
“No te regalés, Roier.”
Lo atrapó mirándolo y sonrió, “¿Que no me regale?” Repitió, “Es que me la pones muy difícil, papi.”
“No, pará– Por esto es que no te adoptamos en el equipo.” No tenía idea de donde había venido la confesión, pero Spreen agradeció a su cerebro por improvisar un cambio de conversación.
“¿Me iban a adoptar?”
Asintió, fingiendo que el entusiasmo de Roier no le afectaba, “Teníamos planeado adoptarte en el equipo después de Missa.”
“¿Y por qué no lo hicieron? Me hubieras avisado, culero. Me la pasé el resto de días solos sin Mariana.”
“Porque luego la termino sufriendo yo.” Admitió, y Roier sintió su corazón dar un vuelco y romperse ante la honestidad. No es la primera vez en el día – o a lo largo de todo este torneo insufrible – que se ha abierto de esta manera, pero era la primera vez que se dejaba voluntariamente mirar afligido, cansado de aparentar frialdad frente a las múltiples muertes de seres queridos, cansado de aparentar que no quiere repetir el ciclo.
Sin más, presionó sus labios contra su mejilla por un segundo antes de retractarse.
Spreen quedó inmóvil como estatua, apenas respirando, y por un momento Roier entró en pánico, temeroso de lo que yacía bajo esa conmoción y lamentándose de haber ocasionado tal reacción. Después de un rato, Spreen parpadeó y se relajó.
“¿Qué mierda fue eso?”
“Estoy delirando. Pensé que eras Mariana.”
Spreen resopló, “No, no lo hiciste.”
“No, pero podemos fingir que estaba delirando por la falta de sangre si quieres.”
Se encogió de hombros, su mirada estancada en unos barriles delante de ellos mientras murmuraba, “Bueno, igual no importa. Te lo debía por haberte golpeado.”
Manteniéndose inusualmente callado, Roier se revolvió el cabello en un pequeño acto de timidez pocas veces visto, alterando su habla en un acento quejumbroso cuando volteó a su dirección, “Ni que fuera pinche Coppel para que me andes debiendo, cabrón.”
“Eh, eh, ¿Por qué te enojas? Era parte del trato, si yo te pegaba vos podías…”
“Ah,” Se cruzó de brazos, altanero, “Entonces si yo te pego me tienes que besar de ahuevo.”
Se inclinó, acido en su tono, “¿Y si mejor me chupás la verga?”
“Claro, pon hora y día.”
Quizás es que su IQ bajaba con cada segundo que pasaba al lado de Roier, pero Spreen soltó una pequeña risa ante la insinuación, confortable cuando el otro se acercó y seguía sonriendo burlonamente.
“No, no era– Eso, eso no lo decía en ese sentido.”
Hizo una mueca al intentar mantener el tartamudeo al mínimo, pero no era fácil tratar de dar sentido a una conversación que se había tornado en propuestas indecorosas sobre pitos. Con extrema inquietud, trató de arrugar sus cejas y aflojar sus hombros en un esfuerzo por parecer lo más desinteresado posible.
“Estás rojo.” Roier comentó con total naturalidad, sus ojos aun encontrándose con los de Spreen.
“No, no lo estoy.” Mintió, lo cual técnicamente no contaba si la persona a la que le mentía ni se lo creía. Ese era su razonamiento de todos modos.
“Tampoco te tienes que enojar, no te pongas nerviosa.” Roier interrumpió con una mirada perpleja en su rostro cuando se dio cuenta que Spreen todavía lo miraba fascinado. “¿Qué?” Se secó inútilmente su limpia nariz con la manga de su sudadera, “¿Estoy sangrando otra vez?”
Spreen tragó un nudo, su garganta apretándose dolorosamente mientras luchaba contra su indecisión, manteniendo a raya su mente sobre los sucesos que acababan de ocurrir, las miradas intercambiadas, el calor del otro, las risas.
Parpadeando un par de veces, se ajustó a lo que era su nueva extraña realidad, luego, sin otra palabra, plantó un pequeño beso en la mejilla del otro.
Roier rio entre dientes, instantáneamente tocando con suavidad el pequeño punto de contacto previo, “Uh– Wacho–”
“Eso es para que me dejés reventarte la cara de nuevo.” Soltó de una, asustado de que sus acciones se malinterpretaran. Porque, claro, había una explicación. Para su suerte, el otro parecía más irritado por la amenaza que preocupado por su razonamiento.
“¡Ey, eso no cuenta! Además me agarraste desprevenido.”
“Vos hiciste lo mismo conmigo.”
“Pero yo no lo hice para que me golpearas.”
“¿Y cómo sabés que yo lo hice para golpearte?”
“Porque me acabas de decir que era por eso, pendejo.”
“No, no es cierto.”
“¿Entonces por qué lo hiciste?”
La verdad, no hubo una razón. Quería hacerlo sentir mejor porque son amigos, y quería besarlo porque– Porque se estaba acabando el tiempo, y a veces la gente hace cosas raras cuando está a horas de morir. Como besar a sus amigos, por ejemplo. Sucede. Estaba seguro de haber escuchado a Quackity hablar de ello antes.
“Yo que sé.”
“¿No sabes?”
“No.”
Arrastrándose directamente al espacio personal de Spreen, Roier levantó su mano derecha con lentitud, esperando que el hombre le exigiera que retrocediera. Cuando ninguna advertencia llegó, su mano cayó en su hombro, y para su sorpresa, no fue atravesado con una enorme espada de diamante ni golpeado de nuevo.
“Yo creo que si sabes.”
“Posta, me estás rompiendo las pelotas.”
“¿Y no quieres que te rompa otra cosa, mi amor?”
Su voz murió y Spreen sintió una risita casi histérica clavarse en su garganta. Mordió su labio inferior para impedir soltarla, pero burbujeó y salió como un resoplido indigno.
“Sonó re-gay eso, amigo.”
“¿A poco sí?”
Spreen lo miró, ojos suplicantes a pesar de la expresión indiferentemente neutral en su rostro. Estaba abrumado, y sin embargo, exigente. Un cosquilleo caliente y progresivo que retenía a Roier finalmente cedió al ver la visible conmoción en el otro, su resolución durante dos segundos.
Ahogó un suspiro por su propia debilidad por el hibrido, acercándose antes de pasar un brazo alrededor de su cintura, y sin pensárselo mucho, Roier se encontró con los dedos de su otra mano acariciando suavemente a través de los rizos, rozando sus orejas de oso pero no atreviéndose a tocarlas.
Inclinándose, sus labios chocaron con suavidad con los otros. Todo esto se seguía sintiendo dolorosamente nuevo para Spreen, pero devolvió el beso. Después de todo, tenía el presentimiento de estar al borde de un descubrimiento. Estaba seguro que todo se había detenido en el mundo porque estaba escuchando cada sonido de las ruinas desvaneciéndose lentamente hasta lo inaudible, uno por uno, hasta que no pudo oír nada más que un zumbido en sus propios oídos.
La sensación no era desagradable pero sí distractora; decían que los labios eran la parte más sensible del cuerpo, ganando hasta a la susceptibilidad de los dedos, y Spreen nunca tuvo una razón para creerlo hasta que Roier ladeó su cabeza para lamer la comisura de sus labios y todo su cuerpo se estremeció, curvándose hacia el otro.
Justo cuando el cerebro de Spreen había comenzado a catalogar y procesar las sensaciones diferentes que seguían recorriendo su sistema, había sido devuelto a la realidad. Roier retrocedió gentil y amable a pesar de hacer una mueca estúpida como si se le hubiera ocurrido un chiste nuevo y estuviera resistiéndose a decirlo.
“Si querías que te besara podías habérmelo dicho desde el principio, bebe.” A pesar de su entonación clara y humorística, Roier sintió que no debería ser tan descarado. “Dime por favor que esto no significa que me vas a verguear.” Chilló en una voz aguda que se desinfló, pero fue ignorado.
“Vaya beso de mierda para ser el primero.”
“Ese– ¡¿Fui tu primer beso?!”
Con su confianza de vuelta y las pocas ganas de dar respuestas privadas, Spreen se abalanzó sobre Roier. La negación de sus propios sentimientos comenzando a desvanecerse cuanto más se sumergía en los labios del otro.
No que el segundo beso fuera perfecto.
Spreen no estaba mintiendo cuando mencionó ser el primero; besaba como alguien que sabía todo sobre besar en teoría pero que nunca lo había aplicado antes. Era torpe al respecto, sus movimientos demasiado rígidos, descoordinados, y era tan poco característico en él que Roier no pudo evitar soltar una risa nasal de lo incómodo que era.
“Va a ser el primero y el ultimo, pedazo de mierda.” Insultó sin aliento.
“¡¿Por qué?! ¡¿Ahora qué hice?!”
“Dejá de reírte, hijo de puta.” Spreen debería de haber perdido la confianza tras las carcajadas, pero estas no sonaban como una burla, se seguía sintiendo amistoso a pesar de todo.
“No me rio de ti.” Suspiró, esbozando todavía una sonrisa, “Es que– Dios, es que hasta tryhardeas los besos,” Sus manos acunaron con suavidad su rostro, “Llévala calmada, así.”
Roier lo besó. Lo besó con lentos deslizamientos de labios, paciente, gentil, sin prisas. Presionó su cuerpo para acercarlo mientras que una de sus manos viajó hasta su cabello de nuevo, sin tirar, solo entretejiendo sus dedos y atreviéndose ahora a tocar las pequeñas orejas afelpadas.
Fue fuego, electricidad, como una estrella moribunda a punto de explotar. Spreen sintió por primera vez una llama ardiendo debajo del revestimiento de la piel, y con el nuevo aprendizaje – a pesar de ser dócil – se volvió asertivo con sus labios y manos, viajando para sostener las prendas delante de él y profundizar el tacto.
“¿Ya ves? Así se hace.”
“Cerrá el orto.”
Spreen inició el beso un poco más agresivo, una mano encontrando hogar en el cabello de Roier a la vez que trataba de imitar sus movimientos lo mejor que pudo con la poca experiencia que tenía. Al principio no estaba seguro de estar haciéndolo bien hasta que, sin previo aviso, Roier se separó con un gemido ahogado.
Todo esto con Roier, fuera lo que fuese, se sentía bien. Tenía el potencial adecuado para volverse mucho más que solo ‘sentirse bien’. Es un espectáculo de mierda tan adictivo que ahora no puede comprender por qué no lo hizo antes. No entendía cómo se las arregló para no hacerlo hasta ahora, tampoco quería parar.
“Spreen–”
Mordió el labio inferior del castaño, sus dientes hundiéndose en la ridícula suavidad y produciendo un gruñido bajo en la parte posterior de la garganta de Roier hasta que sus brazos lo empujaron y obligaron a alejarse.
“Ya, ya estuvo bueno. Ya.”
“¿Qué? ¿Qué pasa?” El idiota de Spreen tenía el descaro de sonar inocente.
“Sabes lo que hiciste, deja de hacerte pendejo,” Sus dedos toquetearon sus propios labios, sosteniendo la parte maltratada por el mordisco en un lloriqueo exagerado, “Pinche avorazado.”
Spreen rodó los ojos pero le otorgó el espacio que tanto deseaba, levantándose sin más y recargándose contra la pared para mirar a sus alrededores a pesar de las quejas constantes de Roier que no paraban. Todavía no tenía intenciones de irse aún con el temporizador anunciando el poco tiempo que restaba.
“Tómalo como un recuerdo de despedida.”
“¿Cómo?”
“Ché, ¿No esperaras que nos volvamos a ver, o sí?” El error fue voltear a ver hacia abajo, hacia Roier, ver como una expresión melancólica relampagueó en su rostro antes de ocultarse con un bufido, “¿No estabas hablando sobre cómo íbamos a morir? Nos quedan treinta minutos.”
La idea de morir en este absurdo torneo es algo que Spreen no se permitiría aceptar. Si lo hiciera, sería como reconocer que las muertes de aquellos que fueron sus compañeros fueron en vano. No obstante, la presencia de la oscuridad perpetua le seguía constantemente, una voz baja en el fondo de su mente desde el principio, aún si se disipaba con ligereza debido a las distracciones cariñosas de Roier. No podía imaginarse a ninguno de los dos saliendo con vida de ahí.
“Pero no eches la sal, Spreen.” Roier se levantó, dando unos pasos para estirar sus extremidades. Luego, se giró hacia el susodicho, “Al menos podrías decir que vamos a llegar juntos a la final o algo así.”
“Si llegamos a la final vas a tener que aceptarme el PvP entonces.” Le avisó alegre, pensando en que recibiría una expresión exagerada o un chiste negándose. En vez de eso, lo que recibió fueron un par de manos cálidas en sus mejillas y ojos que le miraban con seriedad.
“¿Y me vas a matar así nada más?”
“Claro que sí, pelotudo, ¿Qué te creés que voy a tener compasión solo porque sos mi amigo?” Exhaló una risa suave en voz baja, apoyándose infinitesimalmente en el toque áspero. “Igual vos también tendrías que hacer lo mismo.”
El momento golpeó a Roier, con Spreen entre sus manos, cuán delicados eran los humanos. No importaba si el hombre frente a él era una mezcla hibrida con oso, incluso con huesos que podían volver a encajar en su lugar y piel desgarrada que sanaba, la vida seguía siendo corta para los dos, escandalosamente frágil.
Tal vez en aquel momento en el que perdió una vida gracias a la estúpida trampa de Rubius, Roier podría haberse engañado a sí mismo pensando que morir allí habría sido bondadoso, pero claro, él quería vivir en ese entonces, y todavía desea vivir ahora – más o menos – pero si terminaba siendo una pelea a muerte contra Spreen, no era una cuestión de querer vivir o morir, sino de si una vida sin él y sus amigos cercanos valía la pena vivir en lo absoluto. A través de todo, de miedos y ansiedades, a través del entumecimiento y las dudas, las despedidas y los saludos, incluso cuando las extrañas voces en su cabeza se apoderaban de su cuerpo–
Descubrió que aun así le daría todo a Spreen. Su vida, si valía algo, su muerte si no lo valía.
“No, yo prefiero dejarme morir. Mátame si quieres.”
Spreen perdió la voz.
Esperó a que Roier digiera algo, que hiciera una broma completamente inapropiada e inoportuna para romper el silencio, pero el hombre se quedó allí, con sus manos acariciándole y haciendo que sus sentidos zumben pero no griten con el contacto.
No hace sentido. Roier no hacía ningún puto sentido.
Spreen había conocido cobardes, asesinos y megalómanos, conocía hombres que se creían dioses y a hombres que se creían capaces de asesinar a dichos dioses. Pero Roier no era ninguna de esas cosas, pudo reconocer el tipo de estúpido que era; enamorado, torpe, de alguna manera jugueteando entre cruzar la línea divisora de ser un pervertido y un caballero, haciendo cabriolas con dulces palabras en sus labios y cariño incondicional en los ojos.
Spreen era incapaz de matarlo.
Gracias al estruendo de pasos apresurados acercándose por cada una de las entradas de las ruinas sus pensamientos se esfumaron. Ambos se separaron, girándose mientras desfundaban sus espadas para defenderse.
“¡Spreen!”
“¡¿Roier?!”
Las voces que se sobrepusieron fueron identificadas con facilidad, habían convivido con ellos por semanas enteras, hubiera sido lamentable de lo contrario. Bajando sus armas al instante; Shadoune saludó desde la lejanía mientras Robleis se acercó emocionado de reencontrarse con Roier, dándole la bienvenida con una imitación de cierto personaje amarillo que ambos adoraban.
“¿Qué estaban haciendo aquí solos?” Interrumpió Shaudone, un tono burlesco y coqueto que a Spreen no le gustó para nada.
“Estábamos teniendo sexo, toquen a la siguiente, por favor– Chingas a tu madre.” Roier se llevó una mano al brazo arremetido, sobando mientras veía a su agresor correr detrás de Shadoune con una risa baja y exigiéndole explicaciones del porqué de su desaparición. Si no lo conociera tan bien, diría que Spreen estaba más preocupado que enojado. No que eso no fuera una probabilidad tomando en cuenta como había reaccionado a la muerte de Quackity.
“¿Roier?”
“¿Hm?” Fue todo lo que logró entonar.
“Te decía que no he explorado por el norte, que si querés explorar por allá.”
“Sí, sí. Solo–” Mordió sus labios, inseguro si debía atreverse a buscar al dueño de sus recientes incertidumbres. Todavía tenía cosas que decirle. “Dame un minuto.”
Robleis lo miró y luego miró con curiosidad a Spreen, y debió encontrar algo específicamente gracioso para preguntarle con una risita, “¿Te espero afuera?”
“No, no.” Contestó restándole importancia. Con un gruñido agotador, “Sí, por favor.”
Su amigo no necesitó más explicaciones, corrió a la salida pese a haber buscado horas por él. Y Dios, Roier extrañaba el rayo de luz que era el otro, siempre tan paciente y soportando sus despistes, casi le hacía querer perdonarle por no percatarse de su desaparición.
No que Roier tuviera tiempo para perdonar al Robleis de su imaginación.
“Chau.” Se despidió, y girándose sobre sus talones, Spreen tomó dirección hacia la salida, solo deteniéndose firmemente cuando una mano agarró su brazo.
“Spreen–”
“¡Spreen!” Gritó Shadoune desde la distancia, su desesperación resbalándose en su voz al encontrarse a metros fuera del gran hueco subterráneo.
Logró conseguir la atención del aludido, haciéndolo voltear antes de devolverse a Roier, descubriendo ojos claros que buscaban incómodamente algo, y quizás hay un campo magnético porque por alguna puta razón, Spreen no pudo apartar la mirada.
“¿Qué pasa?”
“Me gustas.” Eso no era lo que iba a decir, Roier se prohibió escupir, maldiciéndose por decir las cosas más inoportunas en los lugares y tiempos más inadecuados. De todas las cosas que tenía por confesar, había logrado admitir lo único que le daría una mueca de disgusto como consecuencia. Balanceando el peso de una pierna sobre la otra, se obligó a agregar con humor, “Así que cuidadito con que me llegue un mensaje de tu muerte, pon atención a tus alrededores, ya no te pierdas.”
Discrepando con lo que creía que sucedería, la confesión presionó con fuerza significativamente contra los nervios de la cabeza de Spreen. No tenía sentido lo que estaba diciendo Roier. ¿Qué mierda te sucede? Trató de exigir, pero las palabras hacían que fuera difícil de tragar y debía de haber algo en su expresión que hizo sonreír a Roier, aun si no parecía ser de felicidad.
No te vayas.
A pesar de la súplica silenciosa de Roier, Spreen se distanció, su brazo deslizándose del agarre, su corazón latiendo con remordimiento.
Murmuró algo en voz baja y Roier solo pudo ladear su cabeza con curiosidad. No lo había escuchado para nada, “¿Cómo?”
“Qué ya sabía que te gustaba, chupa pijas de mierda.”
“Claro, yo soy el chupa pijas cuando eras tú el que no se quería separarse de mi puta boca–”
“Eh, eh, pará, que los pibes no tienen por qué enterarse.”
Ocasionándole gracia el ver como volteaba hacia los lados asegurándose que nadie los escuchara, rio, “Bueno, ya, a la chingada, ya me voy.”
“Roier–”
Spreen se arrepintió de haber llamado su atención tan pronto como la consiguió; cualquier palabra que hubiera querido usar salió volando de su cabeza. Perdió la noción de quién estaba mirando a quién. De cualquier manera, le impedía pensar con claridad, así que miró a otra parte hasta que recordó de qué se suponía que debían estar hablando.
“¿Dime?” Sonrió, forzando una risa poco creíble para ambos.
“Cuídate, ‘pa, que todavía me debes ese PvP.”
Roier se movió como si fuera a plantar un beso de despedida en Spreen, o tal vez eso era una simple ilusión que anhelaba el hibrido. En realidad, se detuvo para agarrar su hombro, otorgándole un rápido apretón amistoso. Podría haber sido un consuelo; una despedida real, pero no pudo encontrar su voz.
En vez de eso, trató de ablandar su mandíbula lo suficiente como para responder, fallando y logrando asentir a medias. “Nos vemos, capo.” Bromeó cuando su voz volvió a funcionar antes de darle la espalda y dirigirse con su acompañante correspondiente.
En cambio, Spreen no dijo nada. Había una sensación particular ajena a él, arañando su estómago y exigiendo algo, sobrecargándolo con innumerables momentos, historias y situaciones que se acumulaban en su memoria, desgarrando su atención en todos los sentidos.
Quería parar, pero no pudo evitarlo. No es la primera vez que sus dedos están tan cercas de rozar ese algo solo para dejarlo ir o ser incapaz de llegar. Le hace preguntarse si es una clase de tortura por parte de los Dioses, pero a minutos de su muerto esto ya no importaba.
Por fin se ha dado cuenta de lo que estaba pidiendo su cuerpo, pero sabía con certeza que no habría otro encuentro con el extravagante hombre que se disponía a cantar con esa voz caricaturesca que desaparecía poco a poco con la distancia.
Por otra parte, Roier no tenía razón para que existiera dentro de sí esa aflicción que lo hundía dentro de su pecho al saber cómo Spreen abandonó el edificio que compartieron con indiferencia, eso era patético incluso para él. El ir por caminos separados era como se suponía que debía ser desde un principio, siguiendo al oponente imbatible, bordeando el filo de cada batalla, siguiendo el corte de cada espada, y marchando hacia la muerte que se escondía en el olor de la pólvora.
