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Emotionally Constipated

Summary:

El revolucionario bufó, “Que huevos los tuyos para venir a coger cuando eres alcalde.”

“No he venido a follar, Quackity.”

“Uy, y yo vine a bailar con mis primos,” Luzu arqueó una ceja cuestionándolo, “Es sarcasmo, no soy norteño.”

ó

Quackity y Luzu por fin consiguen comunicarse pero están completamente borrachos.
Un final alternativo al borrado de memorias.

Chapter 1: Capítulo 1

Notes:

Advertencia:
Insinuación e ideación de problemas graves de salud mental.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Los chismes decían que Quackity se la pasaba haciendo estupideces en Karmaland. Cabe destacar que ese tipo de rumores eran difundidos por rencorosos que solo trataban de socavarlo al hablar mal de él. La realidad es que Quackity solo ocasionalmente cometía estupideces; como la semana pasada en donde quiso poner una mina fuera del ayuntamiento y terminó explotándole en la cara al olvidar donde la enterró, o ayer cuando se le olvidó quitarle el aluminio a sus tacos y su microondas explotó.

Hay una notoria y extraña conexión en como todo a su alrededor explota y muere, pero eso no lo considera como una falta de inteligencia.

No, a lo que llamó estupidez – su más grande estupidez – fue al entregarse a la ciudad por completo. Al principio Quackity no se había dado cuenta, pero lentamente Karmaland le comenzó a coquetear con sus callejuelas siempre destruidas, el olor a pobreza, y las invasiones, tarareándole canciones en cada lucha llena de sangre en la que terminaba perdiendo cada vez más la cabeza.

La ciudad y las personas que la habitaban lo convirtieron en un cascaron del hombre que era antes, sosteniendo patéticamente un trozo de metal, en un necio que a lo único que se aferraba era ver a otro hombre morir y no le importaba perder la vida en el intento.

“¿Y las viejas?” Interrumpió torpemente Cochi al llegar a la biblioteca, despertando a Quackity del monologo dramático que creó en su cabeza.

Habían llegado al club-no-tan-secreto Karmamitas con la promesa de que Quackity les pagaría las bebidas. Era una especie de recompensa a sus primos por haberle ayudado todo este tiempo, y un tipo de premio para él mismo al no encontrar solución a los aspectos negativos de su vida.

“Hey, calmado, mi Cochi.” Contestó el revolucionario en voz baja, apuntando en silencio con su dedo índice a las escaleras subterráneas.

Quackity no diría que se están escondiendo per se, pero sin lugar a dudas quería mantener un perfil bajo. Seguían en una tregua con el afán de construir el cohete, pero eso no significaba que no les harían la vida imposible si algún secuaz se los encontraba.

O peor, si mismísimo alcalde los encontraba.

Sin embargo, Quackity prefirió dejar las pesadillas para después. No era tiempo para pensar en aquel pendejo cuando un manantial de sexo y alcohol se producía frente a él.

Tomaron asiento en un sillón con la vista perfecta; dos strippers bailando en barra, arrastrándose por los tubos y mostrando sus mejores atributos. La mujer de la derecha era bastante atractiva, pero el castaño de ojos rojos de la izquierda no lo había dejado de mirar desde que entró al edificio.

Es indiscutible que hay un tipo de parentesco con un cierto alguien, pero eso no le intimida a Quackity. Tampoco le importa cuando el hombre es apuesto y está dispuesto a tener una conversación, arqueando una ceja ante la expectación, seguramente pensando que le invitaran a beber.

Tiene que decir algo rápido para no quedar como idiota.

“Ni bañándome se me va a quitar todo lo sucio que te quiero hacer.”

Buen trabajo, Casanova.

El hombre, para sorpresa de absolutamente nadie, se bajó al instante de la plataforma, mirándolo como si fuera a matarlo si lo tocaba, bufando molesto al irse a otra parte del club.

Okay, tal vez Quackity estaba un poco desconectado de la realidad. Había pasado tanto tiempo solo pensando en Luzu – no de esa manera – que había olvidado como interactuar con otro ser vivo que no fueran sus primos o Rubius. Lo peor es que ni si quiera puede culpar su error en la bebida porque su lengua no ha tocado ni una gota de alcohol.

Tampoco el hecho de que Beni y Cochi se estén cagando de risa, manos en sus estómagos y ojos casi lagrimeando, ayuda en algo. 

Wey, ya cállate, ¿Qué no ves que el primo esta triste?” Dijo entre risas Beni, dando un codazo ligero a su hermano en un intento fallido de silenciar las burlas.

Rodó los ojos, “Solo esta triste porque su wey lo dejó, al rato se le quita.”

“Que no estoy triste, chingada madre.” Espetó Quackity, y aunque las carcajadas ya iban disminuyendo, eso solo les hizo volver a reír más fuerte.

No obstante, para su suerte escuchó las risas de una linda mujer que sostenía el menú de bebidas entre sus manos, intentado contener la carcajada pero fallando al igual que sus familiares. Es una mesera, y cuando notó que estaba siendo observada, le dedicó una sonrisa tímida, acercándosele y tomando asiento al lado suyo.

“¿Te ofrezco algo de beber?” Preguntó, y Quackity no tiene idea si está filtrando el sonido de las risas o el par de idiotas se han entretenido con otra cosa que no fuera su sufrimiento.

Al final terminó pidiendo más de la cuenta; varias botellas de tequila y de whiskey, e incluso la señorita fue tan amable de llevarles copas que lo hacían sentir demasiado elegante para alguien que quería emborracharse al punto de destrozarse el hígado.

A pesar de haber ordenado, la mujer volvió a sentarse a un lado suyo, mirándolo nerviosa y mordiéndose el labio.

“¿No estás trabajando?” Inquirió Quackity de la manera más suave posible. No quiere asustarla como aquel stripper, y si le da una oportunidad, está más que dispuesto en enseñarle que no es un patán urgido y pueden divertirse juntos.

“Creí que podría tomarme un descanso, y tú y tus amigos parecían buena compañía,” Jugueteó con su cabello, sus pestañas revoloteando en un intento de parecer más linda, “Eso… no te molesta, ¿verdad?”

Quackity está consciente que la mujer tal vez fue atraída por el olor al dinero y la facilidad en la que lo gastó en las bebidas, pero eso no lo prohíbe de disfrutar de la atención. La soledad últimamente lo ha estado matando a tal grado que ha empezado a hablar consigo mismo en voz alta. Siempre lo ha hecho, pero ahora es más frecuente.

Recuperando su confianza poco a poco, preguntó, “¿Cómo te llamas preciosa?”

“Kimberley.”

El nombre es agradable a sus oídos, y el revolucionario se encontró con la grata sorpresa que no tenía que hacer mucho esfuerzo ante la mujer. Parecía disfrutar de su habladuría y chistes como si fueran dulces adictivos, riéndose por cualquier pequeño comentario y llenando el ego de Quackity mientras este bebía el resto de la primera botella.

Pero todo tiene que llegar a su fin, y las sonrisas y miradas fogosas de la mujer pararon por completo, ignorando lo que tenía que decir para ensimismarse con algo detrás de él. Curioso, volteó a ver a la figura misteriosa quien robó no solo la mirada de Kimberley, sino de varios otros del club.

El rostro de Quackity se retorció en molestia, como si hubiera chupado un limón.

Aunque, bueno, hubiera sido mejor saborear lo agrio del limón antes que encontrarse con el hijo de puta más exasperante posible que lo traicionó y ahora invadía sus pensamientos sin permiso al dignarse en aparecer delante suyo, mejor conocido como Luzu.

Lo peor es, Quackity no pudo apartar la mirada.

No tenía sentido que alguien como él eligiera el Karmamitas para una noche de entretenimiento y el porqué de su verdadera estadía pasajera le carcomía la mente.

El alcalde estaba solo, sus secuaces que le seguían como cual cachorros no se podían observar en ningún lado. Su uniforme también había sido cambiado así como el estúpido palo de cráneos que Quackity llegó a odiar por ser balanceado frente a su cara por tanto tiempo. Lo único característico en Luzu fue su usual ceño fruncido estampado en su rostro mientras portaba su inconfundible sudadera negra.

Era su atuendo casual.

¿Estaba intentado entrar de encubierto?

No, eso era muy estúpido incluso para los estándares del alcalde. Seguramente había venido a beber y relajarse en compañía de bonitas mujeres como todos los demás. Era una idea peculiar, en especial porque era Luzu. El alcalde fraudulento; el hombre que pensaba que levantarse al amanecer era algo perfectamente normal, el mojigato que se estremecía si era correspondido en sus insinuaciones.

¿Cómo alguien como él–

“Primo, ya está pedo, ¿verdad?” No había un tono burlesco en la voz de Cochi, y aun así Quackity se sintió apenado al desviar la mirada.

“¿Qué encontró?” Susurró Beni, metiéndose en la conversación e inclinándose sobre su hermano.

“Creo que le gusto un vato de por allá.” Susurró de vuelta.

Carraspeando, se forzó a mirar a sus primos, “No, creí que alguien de la resistencia nos estaba vigilando.” Quackity hizo lo posible para no estremecerse ante la patética mentira, “¿Qué necesitan?”

Resultó ser que la segunda interrupción a su monologo fue debido a la falta de variedad de bebidas. Es una idiotez, pero sirvió para despejar su cabeza. No había razón para importarle por qué Luzu estaba ahí cuando de todas formas se encontrarían en un par de días para construir el cohete y el alcalde moriría.

Arrojando todas sus Karmacoins de oro hacia la mesa, dejó que sus familiares compraran cuanta bebida como comida necesitaran. Sus primos se alegraron, y Quackity sintió que era hora de reanudar su conversación con la mesera.

Sino fuera porque ya no estaba.

Era una decepción, particularmente porque Luzu se había sentado a unas mesas frente a él y tanto hombres como mujeres se arremolinaban a su lado, un claro contraste con su situación actual.

Observando con algo más de atención, la gente lucia emocionada pero a la vez insegura al no saber cómo acercársele, y en una parte de su mente Quackity siente que es comprensible. Incluso sin uniforme, los cráneos y las amenazas, Luzu se mostraba distante y brusco, lo que una vez brilló con un encanto natural como el sol se había apagado por completo.

No que Luzu fuera feo. Nunca lo admitiría en voz alta, pero Quackity podía notar que el otro hombre era atractivo si no considerabas su personalidad. Después de todo, el alcalde era lo suficiente alto, y su estúpido cabello esponjoso le quedaba más o menos. También tenía una mandíbula decente y sus ojos rojos apáticos podían considerarse como sexys si te gustaban los hombres que se ven muertos por dentro.

En general, es normal que tenga una horda dedica de personas que se quiera meter en sus pantalones.

Quackity tomó otro sorbo a su copa, obligándose a mirar a su primo para no quedar como otro pendejo obsesionado con él, “Oye Beni, ¿Tú dirías que hay mínimo entre cinco a diez mil personas viviendo en Karmaland?”

“Yo que sé,” Contestó mientras vaciaba el líquido de una botella en su propio vaso, molesto en tener que lidiar con preguntas de borrachos, “A lo mejor.”

“Supongamos que sí,” Ignoró su bufido fastidioso, “Entonces, si hay tantas personas, ¿No crees que es raro que te encuentres repetidas veces con el mismo cabrón?”

“Claro, eso ya es grave.” El tono de su seriedad hizo tragar saliva a Quackity, “Si se encuentran más de tres veces ya es el destino que los quiere unir.”

“No digas mamadas, Beni.” Intervino Cochi.

“Es en serio, ¿Qué nunca has visto las películas de Eugenio Derbez?”

Un sonido resonante hizo voltear a ambos; Quackity había bebido directamente de la botella de tequila, el vidrio haciendo ruido al chocar con brusquedad contra la mesa cuando el recipiente vacío fue dejado. 

“No se desanime, primo.”

“También pudo ser un amarre.”

Un amarre…

De verdad debía de estar muy borracho si el comentario flotó por tanto tiempo dentro de su cabeza como si hiciera sentido.

Quackity miró al alcalde de nuevo, considerando ir allá para enfrentarlo y preguntar que carajos estaba haciendo ahí. La mesa no estaba muy lejos de la suya y una de las radiantes strippers que intentaba hacerle conversación le estaba hartando al ser tan obvia con sus intenciones.

Sin embargo, sintiendo dos pares de ojos mirándole fijamente, se giró para encontrarse de nuevo con sus primos, esta vez sus caras reflejando comprensión, cayendo en cuenta quien era el hombre a la distancia. Si un color rojo se propagó en las mejillas de Quackity, culparía a la bebida.

“Ese es el alcalde, ¿No?”

“¿En– en serio?” Fingió ignorancia, engañándose a sí mismo cuando no ha dejado de mirarlo toda la noche.

“Si, creo que lo es.”

“Se ve un poco distinto…” Beni bajó con lentitud su copa, sus ojos entrecerrándose para ayudarle a ver, “Mierda, se ve bien bueno de emo.”

“Cómo me gustaría ser piñata para que me diera con su palo.”

Quackity frunció el ceño, volteando hacia Cochi con una mirada reprensiva, “¿Desde cuándo a ti te interesan los hombres?”

“No sea homofóbico, primo.”

“No lo– olvídalo.” Rechinó sus dientes con frustración, “Solo no lo toquen.”

Cuando las palabras salieron de su boca se maldijo a sí mismo.

Uy, salió celosito el primo.” Se burló Cochi, dándole un codazo a su hermano entre risas.

“Saben que es peligroso acercársele. No quiero que les pase nada otra vez.”

Quackity nunca ha catalogado a Luzu como peligroso, mucho menos aterrador. Jamás le tuvo miedo y si lo hubiera tenido sería por su espantosa obsesión por la pedorreta o la forma en la que se seguían encontrando una y otra vez por arte de magia. No obstante, había secuestrado a su familia y eso significaba que era mejor que los otros dos guardaran su distancia.

Algo en el ambiente cambió involuntariamente, seriedad intensificándose en el aire, “¿Qué quieres hacer? ¿Sacamos las pistolas?”

“¿Qué? No, no.”

Técnicamente seguían en tregua, y tal vez es el alcohol ardiendo en su garganta y esparciéndose en sus extremidades, pero pensó en que no era apto para matarle en su estado actual.

Todo se sentía tibio y tambaleante, volviéndolo introspectivo, aunque esa era una palabra muy fuerte para alguien que teorizaba sobre amarres y lo único que quería hacer era ir  y encarar a Luzu. Quackity no está acostumbrado a estar en un lugar confinado por tanto tiempo o quedarse quieto a la espera, incluso cuando su cerebro está muriendo al borde del agotamiento, tiene el impulso de levantarse.

“¿A dónde vas?”

El pensar de Quackity se estaba volviendo demasiado complejo para un hombre tan simple como él.

“A saludar.”

 


 

Para ser honestos, fue su culpa por dejarse llevar.

Desde las olimpiadas, Luzu se dio cuenta que se estaba esforzando demasiado por personas a quienes les importaba muy poco. Estaba cansado, exhausto tanto mental como físicamente por la gente a su alrededor y su trabajo, del esfuerzo profuso que tenía que hacer para que las personas lo respetaran en lugar de tirarlo como un muñeco de trapo que había existido por demasiado tiempo.

Era aplastante el sentimiento de torpeza y culpa al no poder cumplir su promesa de iluminar el mundo; no pudo mantener a su lado a las personas que amaba, no pudo ganar el respeto suficiente y no pudo convertirse en alguien digno de gobernar Karmaland.

A este punto hasta la comida había perdido sentido, solo le quedó encerrarse durante días en su oficina y proponerse a llenar reporte tras reporte hasta que sus brazos se sintieron pesados y murió – metafóricamente – en su escritorio, desplomándose con sus extremidades estiradas.

“¿Señor?”

Era un secuaz, pero Luzu no tuvo el ánimo necesario para contestar, solo zumbó cansado.

“Cre–Creímos que le interesaría ver esto.”

Luzu corrigió su compostura con flojera, obligándose a sentarse con la espalda erguida, mirando a su secuaz quien le tendía un volante. Tenía colores brillantes y unas letras enormes que decían Karmamitas y solo pudo pensar en que necesitaban un nuevo diseñador gráfico.

“Conozco el lugar, yo lo mande a construir.” En ese momento y con la mirada del secuaz, Luzu recordó que al estar en la soledad de su oficina se había despojado de su corbata y chaleco, desabotonando algunos botones de su camisa, “Mis ojos están aquí.”

“Por supuesto.” Carraspeó incómodo contra su puño, desviando la mirada, “Sabemos que lo construyó, señor, pero creímos que tal vez le haría bien visitar el lugar un rato.”

Eso le provocó una risa. Sus trabajadores seguramente estaban preocupados al no verlo salir del ayuntamiento.

“¿Tan mal me veo?”

“Se ve como un prostituto saliendo del trabajo y huele a doritos,” Después de una pausa, “Señor.” Finalizó como si la formalidad fuera a hacer sentir mejor al alcalde.

Luzu soltó un quejido al caer de nuevo en el escritorio, pensando en que se veía igual de patético que como se sentía. La verdad es que beber y arrepentirse no sonaba como una mala idea, pero era algo que prefería hacer solo.

Ganando confianza en sí mismo cuando su secuaz se retiró, se dispuso a ir a su hogar. No quería hacer el ridículo en un club al verse como vagabundo, y aunque la idea de música ruidosa le desagradaba, el lugar era perfecto para ahogar sus penas.

Después de una ducha rápida y un cambio de ropa, por las siguientes horas deambuló las calles hasta entrar a los pasillos del Karmamitas. El lugar había sido remodelado desde la última vez que lo visitó, y pudo darse cuenta que estaba más lleno de lo habitual. Al parecer todos habían venido a desestresarse después del ataque alienígena de la última vez.

Sentándose en un lugar al azar, Luzu fue atendido rápidamente por un mesero, ofreciéndole un menú de bebidas. No tuvo que pensarlo mucho y pidió lo más fuerte que tenían. Las bebidas llegaron y cuando sintió el alcohol arder en su garganta, tuvo la suposición que el ir al Karmamitas fue una buena idea.

O eso pensó hasta que varias mujeres y hombres se sentaron al lado suyo.

Por lo regular, Luzu se consideraba como alguien amistoso, alguien introvertido pero que le encantaba escuchar a los demás. A veces incluso aceptando conversar con completos extraños. 

Pero esa no era una de esas veces.

“Hola, guapo.” Habló la mujer sentada a su derecha, y Luzu no puede evitar morir un poco por dentro al ver el interés efusivo que tenía la mujer en hacer la conversación, “No te he visto por aquí antes, ¿Eres nuevo?”

“No, no lo soy.” Frunció el ceño, porque era realmente insensato pensar que alguien no lo reconocería como el alcalde sin su traje.

A la mujer no pareció molestarle su amargura, y siguió parloteando más, hablando de cosas de las que Luzu no entendía ni le importaban pero que hacían sentido cuando el alcohol llegaba con pesadez a su boca y estómago. Joder, incluso el que hablara tanto empezaba a ser agradable, recordándole a alguien.

“Creo que tienes un admirador.” Comentó repentinamente.

Cuando Luzu levantó la mirada esperaba todo menos encontrarse con Quackity, quien en cambió se volteó por un momento para luego decidirse que sí quería matarlo con la mirada. Era tanta determinación en sus ojos que Luzu se sintió más mareado que molesto.

Suspiró sin saber qué coño hacer. Dio un sorbo a su vaso, terminando con los últimos restos de la segunda botella. Necesitaría el coraje líquido al ver como la silueta del revolucionario se acercaba cada vez más y más hasta llegar a tres pasos de estamparse en su cara.

“Te ves de la vega.”

Luzu parpadeó con lentitud.

Estaba jodido.

 


 

“No quiero escuchar eso viniendo de ti.” Contestó al mismo tiempo que le pedía a la mujer con la que estaba charlando si podía traerle más de beber. La cara de esta se contorsionó en una decepción que el alcalde no pareció percibir, y Quackity no pudo evitar preguntarse cómo carajos alguien tan denso y lento como él resultó ser tan solicitado entre el público femenil y varonil por igual.

“¿Qué haces aquí?” Siseó, ignorando el comentario para ocupar el lugar recientemente vacío, estirando sus piernas y colocando un brazo detrás del respaldo del sillón de Luzu, restándole importancia a las caras de sorpresa o de amargura que se dirigieron a él.

“Lo mismo que tú, supongo.”

El revolucionario bufó, “Que huevos los tuyos para venir a coger cuando eres alcalde.”

“No he venido a follar, Quackity.”

“Uy, y yo vine a bailar con mis primos,” Luzu arqueó una ceja cuestionándolo, “Es sarcasmo, no soy norteño.”

La verdad es que esto estaba siendo mucho más incómodo de lo que inicialmente esperó. Mientras que el alcalde seguía respondiendo sus comentarios pasivo-agresivos, no se encontraba esa tensión tan característica de los dos cada que coincidían con el otro. Era como si al alcalde no le importara su presencia y no estuviera mintiendo sobre sus razones de ir al Karmamitas.

No solo eso, sino que ahora que Quackity tenía una vista perfecta a su propia mesa, la situación se tornaba cada vez peor con Cochi y Beni bebiendo botella tras botella, derrochando el dinero de Quackity en strippers. Claro, no debía de esperar mucho de una estúpida idea que tomó cuando su raciocinio estaba casi desaparecido en su totalidad, pero nunca creyó que fueran a acabar con todos sus ahorros.

Malas decisiones de borrachos, supuso Quackity.

“¿Tienes dinero?” Escupió antes de pensarlo, parte de él acostumbrado a preguntar a Luzu por cosas y regalos, y otra parte de él intentando hacer conversación para divertirse.

El alcalde rio, separándose de su bebida, “Ostia, ¿A que ha venido eso?”

“Pusimos en paro nuestra guerra, es obvio que lo quiero para los materiales del cohete.”

Otra risa, esta vez burlona, “Solo quieres gastarlo en alcohol y putas con tus primos.”

Normalmente contestaría entre ‘Qué te valga verga’ y ‘¿Sí y qué?’ pero hoy se siente generoso y las palabras de Luzu se le deslizaron como agua. Hay un reconocible y familiar enojo en el fondo de su voz que le hace a Quackity querer seguir con la conversación.

“Eres el alcalde, seguramente tienes algo de sobra para un buen miembro de la sociedad como yo.”

Cuando Luzu gira su cabeza y sus miradas encuentran, el hombre tiene el descaro de parecer confundido y molesto al hablar.

“Que miembro de la sociedad ni que nada, no soy cajero automático.” Las facciones de Quackity se arrugaron ligeramente en un pequeño puchero por la negación de su petición, “Largate ya, que estas haciendo que mi bebida sepa peor.” Ni si quiera molestándose en hacer contacto visual, se volteó de nuevo, agarrando otra cerveza, abriéndola y tomando al instante de ella.

“¿Tú crees que estoy aquí porque quiero? Ya es mucho que tus putos secuaces me vigilen y ahora me estas stalkeando. Quiero que te vayas tú.”

Al parecer Luzu estaba de muy buen humor, porque el hombre no puede parar de reir con aquello. “Yo no me voy a ir de aquí. Si quieres puedes ir a juguetear como zorra a otra parte, no te haré daño a ti o a tu familia.”

Aunque por lo regular se denominaría el mismo con toda clase de insultos para bromear, no puede soportar la osadía del alcalde en llamarle de esa forma, tampoco puede pasar por alto la promesa falsa de no hacer daño a su familia cuando ya lo ha hecho antes.

Quackity se levantó, alzando su voz sin importarle el bullicio de sus alrededores, “Eres un hijo de puta. Eso dijiste y secuestraste a mis primos.”

Es cómico como eso es lo que hace que Luzu se despierte de su deseo de permanecer ebrio hasta caer y se levante de la misma forma que el revolucionario, sus cejas frunciéndose y sus ojos amenazándolo.

“Porque tú secuestraste a mis hijos primero.”

Para enfatizar sus palabras, Luzu lo empujó, demostrando quien era en verdad el mocoso petulante entre los dos. No es suficiente como para infligirle daño, pero lo es para enojarlo. Y para no quedarse atrás, Quackity respondió física y verbalmente, “No me eches la pinche culpa de lo que tú provocaste.”

Con un fuerte empujón al idiota, el encuentro va cuesta abajo rápidamente, la discusión poco a poco volviéndose más estúpida como era común entre ellos. Las botellas y muebles – incluso personas si estas no tenían suerte – se convirtieron en daños colaterales en su afán de batirse en combate hasta que uno cayera en el suelo. Ambos están en un estado tan alto de ebriedad que sus movimientos cognitivos los hacen recibir todos los golpes que el otro lanzaba.

“¡Te voy a matar!” Quackity gritó, fingiendo que la sonrisa que apareció en su rostro era porque por fin cumpliría la amenaza, y no porque esta era una buena forma de descargar su ira y había cierto encanto en como ambos eran una pareja incomparable cuando se trataba de pelear.

Notes:

Tenía muchísimas ganas de hablar sobre la relación de Q y L en el arco de la alcaldía y quería algo en el que los dos terminaran “comunicándose” (lo cual tardara un poco en aparecer porque he divido el primer cap en como 4), pero como creí que la única forma de hacerlo dentro de personaje sería en un estado no propio de ellos, decidí emborracharlos XD

También quería intentar algo que fuera más “romántico” en vez de aventura-acción como lo es mi otro longfic, así que sus opiniones y críticas ayudarian mucho para saber si voy por mal o buen camino :]