Chapter Text
1 de octubre, 1588; Playa de Streedagh, Condado de Sligo, Irlanda.
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Podía notar cómo el costado del caballo se agitaba a un ritmo anormal. El animal había salido de la villa por la mañana, al galope, y había llegado a la playa con pasos torpes y algunos vaivenes tan violentos que le habían hecho temer que fuese a desplomarse.
Y no era algo que se pudiese permitir.
Ante la vista de los galeones destrozados; sus mástiles partidos y sus cascarones deshechos en tablas que invadían el mar y gran parte de la playa, además de los cadáveres, él inspiró hondo y tiró de las riendas para detener al animal. El cielo permanecía despejado, sin una simple nube que pudiese desvelar cuál había sido la causa de que aquellos tres barcos y sus marineros acabasen de aquella manera, una que incluso él llegaba a dudar.
La vista, a cualquier otro, le resultaría espantosa e invitaría a huir.
Sin embargo, él deslizó su pierna izquierda hacia el costado derecho y dio un pequeño salto para bajarse del lomo del caballo. Sus rodillas se doblaron ligeramente ante el impacto con el suelo, y no pudo evitar que su respiración se entrecortase por unos segundos.
Agradeció que los soldados de trajes rojos como el suyo estuviesen más ocupados clavando sus espadas en aquellos supuestos cadáveres, dándole el tiempo necesario para acomodar su capa y limpiarse el sudor de la frente antes de empezar un paso firme hacia uno de ellos.
El hombre en cuestión, de rasgos demasiado inocentes para su gusto, parecía tener problemas para voltear el cuerpo desnudo, con cabello castaño lacio, a sus pies. Con ambas manos alrededor de su muñeca, rodillas flexionadas y rostro hinchado y rojo, el muchacho derrochaba demasiado patetismo. Y, en vez de ayudarle, él permaneció en silencio, a muy poca distancia de la escena, con su ceño fruncido.
Hasta que ya no pudo más.
—¿Por qué no le clavas la espada directamente? —Su voz alzó el rostro del muchacho con cierta violencia. En cuanto sus miradas se cruzaron, él pudo detectar de inmediato el temor tras sus ojos, que casi se salían de sus cuencas.
Y eso solo le hizo alzar la barbilla y apretar sus dientes.
Observó entonces cómo, en su nerviosismo, el muchacho soltaba la mano del náufrago y ambos caían al suelo, siendo el primero el único capaz de manifestar dolor al respecto. Su casco fue lanzado al aire con bastante fuerza, y, al caer al suelo, emitió un golpeteo seco antes de quedarse tan quieto como un muerto. Algo que, por desgracia, no le contagió a su dueño, tal y como comprobó cuando devolvió sus ojos hacia el joven.
—P-Pensaba q-q-que l-l-lo q-q-queríais v-v-vivo. —Sus palabras iban en consonancia con el temblor de su cuerpo—. E-Eso e-e-era l-lo q-q-que…
Él dio un paso hacia delante mientras extraía la espada de su cinto. Una vez coló su pie entre la arena y el costado del cadáver, solo necesitó levantar un poco su bota para voltearlo y dejar al descubierto su rostro ensangrentado.
Más que suficiente.
Chasqueó la lengua y volvió a enfundar el filo antes de devolver sus ojos al muchacho. Por lo menos había conseguido ponerse en pie.
—Él no es —masculló entre dientes. ¿Qué se había creído, que el primer cuerpo que encontrase sería el suyo? Y, al parecer, ni siquiera se había quedado bien con la descripción que les había enviado. Señaló su rostro con la mano—. Y está muerto, así que lo único que has hecho ha sido perder el tiempo. ¡Y eso es algo que…!
—¡Lord Kirkland!
Él apretó sus dientes y sus puños antes de girarse sobre sus talones hacia el hombre que lo había llamado. Frunció su ceño y lo miró de pies a cabeza. El hervor de su sangre terminó por disiparse cuando detectó, en sus manos, una espada con ciertos detalles dorados en el mango.
Parpadeó antes de arquear la ceja, sin permitir a su cuerpo relajarse.
—¿Dónde… Dónde has encontrado eso?
El hombre necesitó volver a mirar el arma antes de despegar sus labios.
—En…
Un chillido en lo que solo podía ser irlandés lo interrumpió. Esta vez, Inglaterra no tuvo siquiera que girarse para encontrar la fuente; la muchacha que había proferido el grito, de ojos claros y cabello rubio pálido, se encontraba a poca distancia del hombre con la espada y forcejeaba con dos soldados que la agarraban cada uno de un brazo.
—Ella… intentó ayudar a escapar al local al que le quitamos la espada —le explicó el hombre mientras le ofrecía el arma. Inglaterra extendió con lentitud su brazo hacia ella y envolvió el mango con sus dedos antes de enderezar la espada ante él. Su rostro algo magullado se reflejó en el metal, aunque sus ojos prefirieron enfocarse antes en el contorno del filo—. El muy salvaje se había quedado en la zona durante varios días, saqueando los cadáveres.
Tras segundos de silencio, dirigió la punta hacia la arena, y miró al hombre con el ceño fruncido.
—¿Varios días? —Inglaterra observó fijamente cómo el soldado asentía con la cabeza—. Pero sabéis dónde está aquel al que le quitó la espada, ¿no?
El hombre hizo un gesto con la cabeza hacia la muchacha, que, al cruzar su mirada con la suya, terminó por entrecerrar sus ojos y apretar sus dientes.
—¡Mi hermano y yo no vamos a deciros nada! —exclamó, con su voz rasgada y acompañada por un par de sacudidas tan inútiles como las anteriores—. ¡Me da igual lo que hagáis conmigo, sucios sasanas, no vais a conseguir nada de mí!
Continuó en irlandés, chillando unas palabras que a Inglaterra le pareció haberlas escuchado antes de labios de su hermana. Bufó al suponer que no les estaba deseando el Cielo, y aprovechó para aproximarse mientras ella seguía despotricando y dando patadas al aire.
Ambos soldados la mantuvieron bajo control, hasta el punto de que uno de ellos agarró el cabello rizado de la joven y tiró de él, dirigiendo la mirada de esta hacia Inglaterra.
Aquella imagen de la muchacha, con aquel ceño fruncido, mandíbula apretada, y ojos que lograban enmascarar el dolor al desearlo ardiendo en las mismísimas llamas del Infierno, le recordaba demasiado a la de su hermana.
Ella no estaba ahí, se obligó a recordarse.
FitzWilliam le había asegurado su presencia en Dublín.
Aun así, necesitó apretar su puño en torno a la empuñadura de la espada, que cada vez se le hacía más difícil de sostener.
—¿Qué sabes del cuerpo al que pertenecía esta espada? —La alzó y sacudió ante sus ojos. Sin embargo, la muchacha seguía empeñada en intentar fulminarlo con la mirada, a pesar de que hubiese resultado imposible. Inglaterra resopló y siseó—: ¿Sabes qué? Podrías ahorrarte bastantes problemas si tan solo te dignases a contestar. A ti y a tu hermano.
La muchacha arrugó su nariz antes de escupirle en la cara. Inglaterra apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir un inmenso ardor en su ojo derecho y taparlo con su palma, apretando los dientes para retener el alarido que residía en su garganta.
La espada se le resbaló de las manos. No emitió apenas ruido al caer.
Permaneció encogido durante unos cuantos minutos, parpadeando y escuchando el forcejeo.
Cuando el dolor quedó mitigado y pudo despegar la palma de su ojo, inspiró hondo e intentó recuperar la compostura.
Sin embargo, tuvo que apretar sus puños para controlarse cuando volvió a mirarla. Aquella insolente, por la forma en la que lo miraba; con la misma rabia que antes —aunque con una marca roja en forma de mano sobre su mejilla—, no parecía haberse dado cuenta de las consecuencias de sus acciones.
Ni de quién era él.
Ni que una ofensa hacia él suponía una hacia su Reina. Y ella… ella no querría que aquello quedase impune.
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22 de septiembre, 1588; Playa de Streedagh, Condado de Sligo, Irlanda.
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Durante todo el camino hasta allí, al Sol le había dado tiempo a recorrer todo el cielo hasta guarecerse más allá de la colina. Y el cuervo no había hecho más que seguirlo.
Ella se restregó los ojos con los nudillos, para después hacerlos descender desde la oscuridad del cielo hasta la yegua que montaba. Esta, de pelaje blanco con ciertas motas castañas, no parecía ni siquiera ser consciente de todo lo que habían recorrido en la jornada. De hecho, por la manera en la que sacudía su cabeza y arrastraba su pezuña por el pasto podía intuir que estaba dispuesta a seguir al mismo ritmo.
Sin embargo, ya no hacía falta.
Ya habían llegado.
O al menos eso era lo que le indicaban los gritos algo lejanos provenientes del otro lado del montón de tierra.
Apuntaló el costado de la yegua, aprovechando su desconcierto para conducirla hasta detrás de un punto de la colina que formaba un muro prácticamente recto. La pegó tanto a este que Aoife se sacudió e intentó escaparse, pero ella consiguió detenerla con un tirón a las riendas antes de saltar del lomo de la yegua y aterrizar con cierta gracilidad.
Su marcha inmediata en dirección a los gritos fue interrumpida por un resoplido de Aoife, que llamó su atención lo suficiente como para hacerla devolver sus ojos hacia ella. Tal como debería haber sospechado, la yegua ya se había separado de la pared y avanzaba en su dirección a un paso lento y con la cabeza gacha.
Ella puso sus ojos en blanco antes de desandar sus pasos, sujetar las riendas y tirar de ellas mientras la rebasaba por el costado. Aoife clavó sus pezuñas delanteras en el suelo y forcejeó contra la cuerda, sin moverse más allá de lo que los mínimos senderos en el límite entre la arena, las piedras y el pasto indicaban.
Chasqueó su lengua.
—Aoife, por favor, solo es un momento —masculló, sin dejar de hacer fuerza ni por un instante—. Quédate aquí, y no te muevas.
La yegua la miró con uno de sus ojos marrones, hinchó sus orificios nasales y sacudió su cabeza, sin parecer afectada por la presión de la cuerda. Ella resopló, soltó las riendas, observando cómo la yegua se estabilizaba, y se giró sobre sus talones para continuar con su camino. Tras apenas tres pasos, no pudo evitar el impulso de rotar su cuello de vuelta hacia la yegua con los ojos entrecerrados.
Parpadeó al ver que había vuelto al mismo lugar en el que primero la había situado.
Arqueó la ceja, pero se convenció de sacudir su cabeza prácticamente de inmediato.
No tenía tiempo para eso. Suspiró y devolvió su vista hacia el frente: hacia la playa en la que podía ver, a través del aún delgado manto de la noche, los movimientos frenéticos de varias figuras. Algunas berreaban en una lengua extranjera que más o menos podía reconocer; otras en inglés, o incluso en su propio idioma.
Por puro instinto, envolvió la correa de su zurrón con sus manos y la ajustó en su hombro. Intentó ignorar que, en los últimos segundos, su corazón había pasado de latir de una manera ligeramente más rápida a estar a punto de salirse de su pecho, y aceleró su paso. Podía cargarle algo de culpa al intenso olor a agua salada —mezclada con múltiples matices cuya fuente prefería ni siquiera imaginar—, que le hacía torcer la nariz ante el simple pensamiento de acercarse y recibirlo con más intensidad, pero era consciente de la verdadera causa de su estado.
Cerró sus puños e inhaló con fuerza antes de proceder a pasar al lado de los primeros cadáveres. No podía permitirse aquellas emociones cuando sabía muy bien a qué venía. Cuando era muy consciente de lo que se encontraría a esas alturas. Echó mano a la capucha de su capa, y, a pesar de que había quedado empapada por la lluvia que la había acompañado en su camino, no encontró demasiado problema a la hora de recogerse el cabello bajo ella.
Aceleró entonces su ritmo, cruzando por fin el límite entre la hierba y la arena, aunque se desvió de inmediato al observar, a una distancia ciertamente prudente, cómo la figura del extranjero de antes se sacudía en el suelo mientras otras se abalanzaban sobre él.
Los gritos en ese otro idioma, desde luego, no le permitían tener dudas de lo que ocurría.
El sonido de los cascos de un caballo y los jadeos a su espalda le hicieron detenerse y voltear su cabeza en la dirección de la que provenían. La figura de un caballo, prácticamente indistinguible de la noche, junto a la de su jinete se detuvo ante ella sin dar señales de haberse percatado de su presencia. Ante la falta de cualquier gesto hacia ella, contuvo la respiración y dirigió sus ojos hacia la costa. Se pasó la lengua por sus labios secos.
—Mi señora —Las palabras musitadas por el jinete echaron por tierra sus ideas a la misma vez que le daban una pista sobre la identidad de este.
Y ya, cuando el muchacho se aproximó a ella hasta una distancia prudente, no hubo dudas; podría reconocer al dueño de aquel cabello oscuro revuelto en cualquier parte, incluso si no era capaz de ver sus ojos verdes. Y ya ni hablar de la sonrisa de descaro en su rostro, que le daban más de una pista sobre sus intenciones.
Ella frunció el ceño y puso sus brazos en jarras.
—Fionn MacDougal —le advirtió en un brusco susurro. La sonrisa del hijo menor ni siquiera tartamudeó tras descender del lomo del caballo. En cuanto lo tuvo frente a ella, le puso las manos sobre los hombros, aprovechando para sacudirlos ligeramente—. Te dije que no me hacía falta tu ayuda, y mucho menos si para ello has tenido que llevarte el caballo de tu padre.
La sonrisa de Fionn se agrandó mientras soltaba una ligera carcajada.
—Señora Irlanda, aprecio vuestra preocupación —dijo, para después envolver sus dedos alrededor de una de sus muñecas e intentar apartar su mano. Eso solo hizo que Irlanda presionase con más fuerza. Él resopló, sin que su mueca flaquease—. Y ni siquiera se va a dar cuenta de que me lo he llevado. Además, ¿podéis culparme? Si hay una posibilidad de ayudaros a encontrarlo, quiero hacerlo. —Giró por un momento su rostro hacia la playa—. ¿Está aquí?
Irlanda despegó sus manos de sus hombros e inspiró hondo.
Tras morderse el labio inferior, se aseguró de tener la capucha puesta antes de retomar su camino a través de la arena. Fionn no volvió a requerir su atención. A pesar de que las peleas de los náufragos con locales y no tan locales ocurrían prácticamente a su lado, ninguno de los actores parecía darse cuenta de su presencia.
Aquello le permitió llegar hasta casi la orilla con cierta tranquilidad, si podía definir así a ese estado en el que su corazón permanecía inquieto observando los rostros de cada uno de los cadáveres —y no tan cadáveres, puesto que en algunos podía detectar cierto movimiento—, mientras caminaba.
Hubo uno de ellos que sujetó el extremo de su capa y le hizo detenerse.
Ella inspiró hondo antes de tirar de la tela para librarse de él. Se le pasó un momento por la cabeza que podía ser él, que la había reconocido y estaba llamando su atención para que la ayudase. Sin embargo, un simple vistazo a su rostro le dio la respuesta: los ojos de aquel hombre eran avellana, muy diferentes a los suyos.
El extranjero comenzó a hablar en su idioma, y, a pesar de que Irlanda no podía comprender todas las palabras que salían de sus labios, sus gestos le daban las pistas suficientes como para saber lo que le estaba pidiendo.
Apartó su rostro de él y continuó tirando de su capa con cada vez más fuerza.
Al final, gracias a la creciente debilidad del otro, consiguió zafarse del agarre del hombre. Este emitió un gemido gutural e intentó volver a sujetar su capa. Sin embargo, Irlanda no perdió la oportunidad de alejarse de él antes de que las cosas pudiesen llegar a más. Lo único que podía hacer por todos aquellos moribundos que rondaban por sus playas era rezar para que su sufrimiento terminase pronto.
Porque hasta que él no estuviese a salvo, no podía permitirse ninguna distracción.
El hedor a sal terminó por obligarla a pinzarse la nariz cuando llegó al punto en el que la mar engullía la arena.
Allí, una serie de cadáveres eran mecidos por las olas a un ritmo que, en otros tiempos, podría haberle inducido un estado de calma. Irlanda se aproximó a dos en cuestión, cuyos estómagos habían quedado atravesados por un fragmento considerable del mástil de uno de los galeones, y torció el gesto antes de apoyar sus rodillas en la arena.
Al hombre de arriba, que permanecía bocabajo, le habían dejado desnudo a excepción de su cinto. Y, si este alguna vez había albergado alguna espada, sus gentes ya se la habían llevado hacía tiempo junto a la funda.
El hombre de abajo tenía… tenía el cabello castaño rizado, con suficiente longitud para que sus puntas se curvasen alrededor de sus mejillas. No le hacía falta siquiera tocarlo para suponer que lo que alguna vez había sido esponjoso había quedado arruinado por la sal.
Sus labios se movían ligeramente, aunque de ellos no salían más que murmullos incomprensibles.
Sus ojos verde oliva se movían erráticos tras sus párpados entrecerrados, y a ella le pareció que varias veces se detuvieron en su rostro, pero no por el suficiente tiempo como para cerciorarse.
A él solo le habían arrebatado las mangas de sus brazos y las botas, dejando a la vista todos los profundos arañazos que le habían quedado de horas atrás, o incluso por intentar defenderse. Probablemente sus gentes no se habían esforzado para quitarle el resto de las ropas porque habían quedado arruinadas por la sangre de ambos.
Irlanda suspiró mientras sus nudillos acariciaban su mejilla con cierta inconsciencia.
—¿En qué te has metido esta vez? —musitó.
Él abrió su boca, pero solo consiguió emitir una serie de toses ahogadas. En medio de su intento de expectorar, y debido a su incapacidad de incorporarse, sus brazos y piernas se retorcían sin ningún control a la vez que dos hilillos de sangre comenzaban a discurrir por sus comisuras.
Aquella escena la obligó a morderse el labio inferior y alzar sus ojos de él.
Los llevó al cuerpo desnudo, y después al mástil roto que sobresalía de su costado. Su mirada rondó entre los dos hombres y la madera mientras se planteaba cuál sería la mejor opción. Tuvo la tentación de rodear su cuello con sus manos; darse a sí misma y a él una cierta tranquilidad para poder sacarlo de allí.
En cuanto sus dedos tocaron la piel de su cuello y notaron el calor febril y el ligero movimiento de su nuez, se obligó a sí misma a apartarlos. No podía hacerlo. No a él.
La frustración se apoderó de ella, haciéndole presionar aún más sus dientes contra su labio.
Se agachó sobre el cuerpo del hombre y rodeó su brazo con sus manos, dándole tirones secos para apartarlo de encima de él, hasta el punto de volver a necesitar incorporarse. Intentó no pensar en las muecas de dolor que podría estar esbozando, aunque no pudiese escapar de los ruidos ni de las sacudidas que captaba por el rabillo del ojo, y mucho menos en la manera en la que el torso del cadáver se estaba desgarrando por la fuerza que ejercía.
Parecía que el fallecido se había llevado la peor parte, puesto que, justo cuando consiguió quitárselo de encima, pudo ver cómo aquella fracción del mástil se doblaba sobre la arena y la sangre del extremo comenzaba a impregnar su superficie.
Los movimientos en sus extremidades comenzaron a ralentizarse poco a poco hasta desaparecer por completo, coincidiendo con el momento en el que su nuca impactó contra un montículo.
Irlanda soltó la mano fría y rígida del cadáver y suspiró.
Se manoseó los bordes de la capa, dudando si aquella sería una buena opción. Sin embargo, a pesar de que su sangre no tardaría en secarse, no podía llevárselo en ese estado, por lo que terminó por quitársela de encima y arrodillarse ante él.
(Esa vez, sus rodillas fueron recibidas por un líquido caliente y denso, y, pese al violento escalofrío que recorrió su columna, ella logró mantenerse más o menos estática).
Tras recuperar la calma, le quitó todo aquello que pudiese estorbarle: desabrochó su cinto, cuyo lazo que alguna vez había sostenido su estimada espada había sido desgarrado —Irlanda barrió sus alrededores con sus ojos, aunque pronto dejó de dedicarle esfuerzo al encontrarlo inútil—, y las correas de su pechera, de la que solo había quedado intacta la parte superior.
Puso una de sus manos en su nuca ya helada para poder levantarlo y pasarle el manto por debajo. Ella arrugó la nariz al apreciar cómo la tela verde comenzaba a teñirse de un rojo oscuro, pero sacudió su cabeza e inspiró hondo.
Después de todo, FitzGerald probablemente agradecería que un regalo así fuese empleado en una causa por la que él había dado tanto.
Una vez que a ambos lados del costado hubo la misma superficie de pañuelo, ella lo extendió y utilizó las esquinas para formar un nudo lo suficientemente firme sobre su abdomen.
La cantidad de sangre fue tal que Irlanda se vio obligada también a emplear su capa.
Se estremeció ligeramente ante la ligera brisa que había mecido su flequillo, pero de inmediato se abrazó y frotó con los brazos, y se convenció de que no le importaba. Aquellos últimos años, siglos incluso, habían sido fríos; no había manera de que aquella simple brisa pudiese ser un obstáculo para sus objetivos.
Irlanda utilizó la capucha de la capa, a la que no había llegado la sangre, para cubrirle el cabello y parte de la cara. Su tez había empalidecido en el poco tiempo que llevaba… así, hasta el punto de que podía notar las venas azules en sus mejillas y párpados, que se apresuró a bajar con sus dedos en cuanto se percató de que sus pupilas sin brillo estaban al descubierto.
Se puso en pie y tomó el extremo del manto antes de empezar a arrastrarlo por la arena. Total, ya había quedado arruinado, ¿por qué iba a tener algún tipo de cuidado con él?
Por supuesto, esto no fue suficiente. Irlanda no tuvo otra opción que levantarlo y abrazarlo por el torso, a pesar de que a través del aquella gruesa manta con sus brazos podía notar el destrozo de la zona, y llevarlo con el máximo cuidado posible hasta donde debía estar Aoife.
Al notar un toque en su hombro, se sobresaltó y tuvo que presionar sus brazos sobre su torso para evitar que el cuerpo se le cayese.
—¿Mi señora?
Irlanda chasqueó la lengua. Ella lo mataba.
Giró su cuello para contemplar al muchacho con una multitud de paños sobre sus hombros, una pequeña bolsa en cuya superficie sobresalían la forma de las monedas, y aquella sonrisa a pesar del panorama.
—¿Por qué sigues aquí, Fionn? —gruñó.
Él ignoró el tono de sus palabras y la rebasó para ponerse frente al cuerpo.
—¿Es él? ¿Es España? —Su tono apenas contenía rastro de fanfarronería, y sus pupilas poseían un brillo de curiosidad que no había visto en años. Irlanda permitió que fuese su ceja alzada la que le diese una respuesta—. ¿Necesitáis ayuda para cargarlo?
Irlanda torció el gesto y dirigió sus ojos hacia España. Aunque toda la sangre en torno a su herida debía haberse secado, aquella impregnada en el manto se había ya pegado a la tela blanca de las mangas de su camisón, y probablemente, por los escalofríos que recorrían su abdomen, debía haber traspasado también el cuerpo de la tela.
Suspiró y devolvió su atención hacia Fionn.
—Por favor —masculló. Fionn se dirigió de inmediato hacia las piernas de España, puso sus manos sobre sus muslos y lo levantó. Irlanda aprovechó entonces para reacomodar sus brazos desde su torso hasta justo debajo de sus hombros, a la vez que un ligero escalofrío la invadía ante la ausencia del poco calor que ese cuerpo había sido capaz de proporcionarle. Al avanzar de espaldas, ella tuvo un mejor vistazo de las correas que Fionn tenía colgadas junto a los paños, y algunos de los colgantes, probablemente de oro, o incluso plata, que tenía al cuello—. Creo que, con semejante botín, deberías irte ya.
Fionn la miró y soltó el inicio de una carcajada, para después quedarse en silencio.
Irlanda puso los ojos en blanco, pero terminó por no dedicarle más fuerza al saber que sería en vano. Le dedicó entonces una mirada fugaz a España, o al menos a su rostro. La ausencia de arrugas en su expresión le provocaba más inquietud que calma.
Y más cuando su cuerpo desprendía una cantidad tal de olores que era incapaz de determinar cada uno de ellos. El hedor a agua marina estaba ahí, por supuesto, combinándose con muchas otras fragancias y resultando cada vez más insoportable.
El bajarle aún más la capucha sobre el rostro no mejoró la situación.
—¿Creéis que a él le importaría si…? —La voz de Fionn le hizo devolver su atención hacia él. Por fin la sonrisa había desaparecido, siendo reemplazada por una ceja alzada mientras observaba el cuerpo con cierto cuidado.
Irlanda aguantó sus ganas de resoplar.
—Haz lo que quieras, Fionn, pero hazlo y vete cuanto antes.
Sus palabras no parecieron hacer nada por despejar sus dudas, pero… ¿qué quería? ¿Que le mintiese? En todos sus encuentros anteriores no había sido capaz de convencerle de que dejase sus armas atrás por el recelo de que desapareciesen; no creía que ahora fuese demasiado diferente.
Aoife, afortunadamente, no se había movido del sitio. Es más, la yegua procuró facilitarles la tarea y se aproximó a ellos, con resoplidos y relinchos y el sonido de sus cascos contra la arena hasta quedar a su altura. Irlanda también agradeció que se mantuviese tranquila mientras subían a España a su lomo.
Al principio, lo colocaron bocabajo de forma similar a un saco, con sus brazos envueltos alrededor de la herida para intentar frenar las consecuencias del viaje.
Sin embargo, ya cuando Fionn se hubo disculpado y retirado de vuelta a la playa —ni siquiera tuvo ganas de reprenderlo por ello—, Irlanda decidió girarlo y hacer parecer que fuese él el jinete. Por supuesto, el cuerpo lánguido de España se inclinó de inmediato hacia delante, pero ella fue capaz de mantenerlo lo suficientemente estable como para poder subirse al lomo del animal y abrazar su cintura para estabilizarlo contra ella.
En cuanto Aoife dio un simple paso, la nuca de España cayó sobre su hombro con la dureza de una piedra.
Ella cerró sus ojos e inspiró hondo antes de separar una de sus manos del torso de España para poder sostener las riendas.
Le echó un pequeño vistazo al caballo en el que había venido Fionn. En aquellos momentos, se encontraba jugando con su pezuña con las piedrecillas entre la hierba, como si fuese consciente de que su dueño iba a tardar bastante en volver.
Dios no quisiese que estuviese esperando por más tiempo.
Irlanda chasqueó la lengua, y apuntaló el costado de la yegua para que retomase su rimo.
Desafortunadamente, no podía quedarse a hacerle compañía.
En aquel primer tramo, ella captó un ligero olor a quemado y barrió sus alrededores con el fin de encontrar la fuente. El cielo estaba tan falto de nubes que fue perfectamente capaz de distinguir aquella columna de humo que se elevaba y llegaba a deslucir alguna de las estrellas de aquel cielo despejado. Y, en la lejanía, detectó tintes anaranjados que no le indicaron más que el lugar por el que no debía ir.
Golpeó ligeramente el costado de Aoife para empezar un suave trote, que hizo que la cabeza de España comenzase a rebotar contra su hombro.
Ella se dijo en un principio que no le importaba, tampoco el olor que le llegaba, la sensación grimosa de sus rizos contra aquel rincón de piel descubierta de su cuello, o incluso el constante castañeo de su mandíbula, aunque al final se dejó abstraer tanto por ellos que comenzó a golpear inconscientemente el lomo de Aoife con el talón para llegar cuanto antes al pueblo más cercano.
Tanto que apenas se dio cuenta del alboroto que hacían los múltiples cascos de caballo hasta que estuvo a punto de chocarse con aquel aluvión de jinetes que galopaban en dirección a la playa. Iban jaleando, gritando en una mezcla entre su propio idioma y el inglés, y, a pesar de que el barullo no le permitió entenderlo todo, supuso que estaban animando a otros a unirse a su causa; pregonando lo que podrían encontrarse si los seguían.
La yegua se volteó a una distancia prudencial de ellos, e Irlanda necesitó girar su cuello para intentar contar a todos los que conformaban el grupo. Ninguno parecía haberse dado cuenta de su presencia, y, a decir verdad, prefería que fuese así.
Eran… demasiados. Tanto que ni siquiera todos llegaban a entrar en su rango de visión; la fila de jinetes parecía nunca acabarse. Y la nube de polvo que iban levantando a su paso, además de la oscuridad, no le ponía las cosas más fáciles.
Cuando devolvió su vista hacia el frente —y recolocó a España para que su cabello no se le metiese en la boca, que ya era lo que le faltaba—, se dio cuenta de que Aoife, en un movimiento de sensatez, se estaba encaminando hacia las montañas, cuyos picos empezaban a destacar en la distancia.
Se planteó tirar de las riendas para hacerle dar la vuelta y dirigirla de nuevo hacia el pueblo de Grange, pero, debido al interés que parecía haber despertado en sus gentes aquel evento, al final terminó por suspirar y desistir de sus intenciones.
Una vez guarecidas por los árboles, ella chistó y logró que la yegua redujese el ritmo.
El cuerpo de España se encorvó hacia delante, e Irlanda lo atrajo de inmediato hacia sí con el brazo que rodeaba su cintura. Sin embargo, no hizo ni un simple amago por enderezarlo. Por más que hubiese algo en lo más profundo de ella que le estuviese pidiendo a gritos hacerlo.
Por unos cuantos minutos, el crepitar de las hojas caídas aplastadas por los cascos de la yegua fue lo único que llegó a sus oídos.
Avanzaban prácticamente a oscuras, con la luz de la luna como lo único que le brindaba color, aunque con un ligero filtro plateado, a las hojas amarillentas de los altos árboles en torno a los que caminaba.
Ella no se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que detectó un pequeño halo anaranjado que iba creciendo en su dirección y se obligó a inspirar hondo. Sus sospechas fueron parcialmente confirmadas cuando empezó a escuchar las voces con más claridad. Hizo una mueca al percatarse de que encima hablaban en inglés.
Se vio obligada a reclinar el cuerpo de España de nuevo sobre ella antes de presionar el costado de la yegua con su talón izquierdo. El animal resopló, pero se desvió de la trayectoria lo suficiente como para evitar cruzar sus caminos con los soldados invasores sin toparse con ellos.
Su acción conllevó una salida temprana del bosque, algo más lejos de lo que le hubiese gustado de las montañas. Irlanda soltó un bufido y, tras recostar a España bocabajo sobre el cuello de Aoife y soltarle de la cintura, se bajó del lomo de la yegua.
Ella le cruzó los brazos bajo el pecho y le enganchó la capa en los pies para intentar que la mayor parte de su cuerpo quedase cubierto. Le quitó las riendas de la boca a Aoife y, a pesar de que estas no eran lo suficientemente largas para dar más de una vuelta y hacer un nudo en condiciones, por lo menos consiguió tenerlo asegurado.
Aunque debían aminorar el paso y avanzar con cuidado.
Chasqueó su lengua a la vez que reanudaba la marcha, quedando aliviada instantes después al escuchar las hojas crujir a una mínima distancia de ella. Aun así, se vio obligada a girarse en determinadas ocasiones para asegurarse de que las capas de ropa que tenía encima se mantuviesen en su sitio —y ya ni hablar del cuerpo—, cosa que, por suerte, fue así en la mayoría de ocasiones.
Irlanda se dejó guiar por sus propios pies en la profunda oscuridad de la noche.
En ciertos momentos del camino, Aoife había querido tomar la delantera y adoptar un trote más movido que, sin duda, les hubiese hecho llegar antes a alguna villa cercana. Sin embargo, Irlanda, tras volver a sus sentidos, se había visto obligada a chasquear su lengua para hacerla volver tras ella.
Si ese método no funcionaba, no tendría más remedio que tirar de su crin.
Por supuesto, la primera vez, ella se revolvió y protestó, haciendo que el nudo de las riendas se deshiciese y estas se soltasen. De hecho, si Irlanda no le hubiese dado aquel toque en la cinchera, estaba segura de que España se hubiese caído al suelo.
La señaló con el dedo a modo de reprimenda, gesto que el animal aceptó con un bufido desafiante y una sacudida de cabeza. Irlanda tuvo que inspirar hondo y apretar los puños, para después agacharse, recoger las riendas y volver a asegurar el cuerpo de España con ellas.
Maldito el momento en el que no había llevado consigo una cuerda y había tenido que prescindir de las riendas.
Las siguientes protestas, por suerte, no fueron tan violentas ni bruscas, y mucho menos llegaron al extremo de volver a soltar el nudo.
Cuando llegaron al piedemonte, los rayos del Sol se asomaban con timidez desde las cimas de las montañas.
Irlanda frunció sus labios y su ceño, se detuvo y dirigió sus ojos hacia Aoife, que parecía mucho más interesada en el pasto que en ella. Apenas pasaron segundos antes de que suspirase y devolviese su atención hacia el frente; hacia el sendero no marcado que debían seguir hasta un lugar seguro…
… En el que podía ver una figura humana que, en el tiempo que se quedó mirándola, le parecía cada vez menos distante.
Ella retrocedió hacia el lomo de Aoife, escondió aquellos mechones castaños —aún grimosos al tacto—, bajo la tela de la capucha y le hizo un gesto para que la siguiese. Con unos cuantos pasos mientras el sol reclamaba su espacio en el cielo, la figura se fue transformando en varias; en distinguibles, hasta el punto de poder definir cada uno de sus rostros.
Aunque había varios jóvenes, algunos sobre corceles, lo que más destacaban eran las arrugas en los rostros de los más experimentados, que avanzaban más rápido que los demás. Probablemente se acababan de enterar del botín que les esperaba en la playa, incluso después de una jornada. O dos.
Pero daba igual, ¿cierto? No creía que todavía hubiesen sido capaces de llevarse todo.
Ella le echó vistazos ocasionales al hombre que claramente lideraba ese grupo, con un gran número de mechones blanquecinos asomándose entre aquellos que aún resistían castaños, además de ojos fijos en el frente y pasos firmes y decididos hacia dicha dirección.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, su mirada se desvió hacia el largo sendero que aún les quedaba por recorrer; un sendero tras el cual deseaba encontrar un lugar lo suficientemente seguro para… proceder. Sintió el morro de Aoife golpear su espalda con suavidad repetidas veces, aunque prefirió ignorarla e interpretar el gesto como una señal de que estaban cerca.
Sus dedos se cerraron sobre la correa de su zurrón con una fuerza mayor de la necesaria.
—Mi señora, ¿acaso sois vos?
Ella inspiró hondo y se vio obligada a detenerse. No le había sorprendido. Por supuesto. Por supuesto que la reconocerían a la luz del alba, con su cabello sin nada que lo tapase y sus ropas manchadas de sangre. Pero, ¿qué otra opción había tenido?
Giró su cuello hacia el grupo, que se había detenido a poca distancia de ella. Todos y cada uno de ellos tenían sus ojos fijos en el espacio que ocupaban ella y su caballo, la mayoría con un brillo de curiosidad; otros con sospecha. De todas formas, el líder no había encontrado cosa mejor que hacer que acariciar el cuello de Aoife en dirección a las telas que cubrían su lomo, aunque, al llegar a ellas, no hacía ningún amago por apartarlas.
Suspiró y dirigió sus ojos hacia ella.
—¿Buscáis refugio? —El hombre se separó de Aoife, que de inmediato hizo un amago para volver a aproximarse. Ella le chistó para que se estuviese quieta, sin quitarle la vista de encima al anciano, mientras que este se limitaba a mesarse la barba blanquecina—. Temo que será bastante complicado para vos encontrarlo, dada la gran afluencia de soldados ingleses por las villas cercanas.
Irlanda torció el gesto.
—¿Sabéis si hay alguna por la que no merodeen?
—Las que están bajo la protección de los amigos del Rey español —respondió el hombre. Irlanda arrugó la nariz; jornadas les faltaban para llegar hasta sus terrenos más cercanos—. Y, como soy consciente de la situación, me gustaría que os acercaseis a mi hogar, y que mi familia pudiese ofreceros… recursos para vuestro viaje.
El hombre la miró de pies a cabeza para sacudir su cabeza justo después.
Irlanda arqueó la ceja.
—¿Acaso por vuestro hogar no hay ingleses? Porque no puedo siquiera cruzarme con ellos, ni de refilón. Sería… bastante inconveniente —Señaló hacia las mantas—. Y más para vuestra familia.
La expresión de confianza del hombre apenas flaqueó.
—No os preocupéis, mi señora. Mi hijo mayor y mi esposa saben de sobra lo que hay que hacer para evitarlos. —La atención del hombre se vio desviada hacia un joven que se aproximó a él, murmuró unas cuantas palabras que ella no alcanzó a escuchar, y no se retiró hasta que el anciano hubo asentido con la cabeza. Tras unos segundos pensativo, él volvió a fijar sus ojos en ella—. Por favor, aceptad mi ayuda. Mi mujer os proporcionará…
Ella hizo un gesto con su mano para que callase.
—Intentaré aproximarme a vuestro hogar, pero si veo señales de los ingleses…
El hombre asintió con la cabeza.
—Lo entiendo perfectamente. De todas formas, si se llega a dar el caso, mi hijo se asegurará de distraerlos.
Irlanda inspiró hondo. Hizo el amago de cubrirse los hombros con el manto, aunque sus manos no encontraron más que la tela de su camisón. El anciano no dio señas de haberse percatado y se despidió de ella con un gesto de la cabeza. Tras una serie de pasos en dirección contraria, gran parte del grupo ya había comenzado a seguirlo.
Hubo un muchacho de cabello rubio y ojos claros que se quedó detrás, con su cabeza ladeada, aunque, al mirar a sus alrededores y encontrarlos vacíos, le dio la espalda y se apresuró a alcanzar al grupo.
Irlanda chasqueó su lengua, y la yegua no tardó en retomar el paso junto a ella.
