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Las pocas ocasiones en que la lluvia llegaba al vecindario se podían contar con los dedos de una sola mano. O por lo menos eso fue lo que Wally le aseguró a Barnaby el primer día de lluvia que arruinó su tarde de picnic la primera semana que el gran perro se mudó al vecindario y estableció lazos afectivos con la marioneta de cabellos azules.
Aquella afirmación no tan acertada dibujó una mueca de tristeza en el rostro de Barnaby, quien con un aire melancólico observó por la ventana de su hogar cómo la lluvia se deslizaba por el cristal y comenzaba a formar pequeñas lagunas en los agujeros de su jardín hechos por Wally y él en busca de una de sus pelotas.
─ Qué mala suerte ─ murmuró con pesar, dando por hecho que todo el esfuerzo de ambos fue en vano. No era la perdida de una de sus pelotas lo que lo entristecía, sino la promesa que no podría cumplir a Wally cuando le dijo que esa tarde le mostraría su acto especial de malabares.
Resignado a llamar a Wally para darle la mala noticia y prepararse para un día encerrado en su hogar, el gran perro se alejó de la ventana y fue en dirección a la sala de estar, donde su pipa le dio la bienvenida junto al teléfono de tonos azulados y orejas perrunas. Tomó el auricular para llamar, pero toda posible acción se vio interrumpida cuando un par de golpeteos se hicieron escuchar contra su puerta.
Ninguno de los vecinos solía pasar tiempo al aire libre cuando llovía y tampoco logró ver a nadie andando a prisa en dirección a su hogar en busca de resguardase de la lluvia. Abandonó el auricular en su lugar y se encaminó a la puerta, la cual abrió al momento en que una segunda ronda de golpeteos daba inicio.
El puño cerrado de Wally dio un par de golpecitos contra la barriga de Barnaby, quien no pudo evitar soltar una risotada ante tal acción y la imagen de Wally frente a él, cubierto por un impermeable de color rojo bajo el que increíblemente logró ocultar su abultado cabello azul.
─ Ja ja ja ja ─ rio Wally pausada y alegremente, con pequeños tonos rojizos tiñéndole las mejillas mientras miraba hacia arriba para poder ver el rostro del gran perro. ─ Hola, Barnaby ─ saludó, sólo para acto seguido abrirse paso entre la corpulenta figura de Barnaby y el marco de la puerta.
─ Hola, Wally ─ saludó Barnaby, haciéndose a un lado para permitir que la pequeña marioneta se adentrara a la sala y observando que tras cada paso iba dejando un par de huellas de lodo con un pequeño corazón al centro. ─ ¡Oh oh, amiguito! ¡Espera! ─ espetó, deteniendo los pasos de Wally a punto de pisar su alfombra.
Wally lo miró confundido, inclinando la cabeza hacia un lado. Barnaby tuvo que hacer uso de toda su seriedad para no volver a reír ante la confusión en el rostro de su vecino.
─ Será mejor deshacernos de esas por ahora ─ indicó, señalando el pequeño par de botas azules con tonos rojos y amarillos.
Sin decir palabra alguna, Wally volvió sobre sus pasos y se quitó las botas, dejándolas abandonadas junto a la entrada, al igual que su impermeable. Con sólo un par de calcetas azules cubriendo sus pies, Wally emprendió su camino hasta la sala, donde se recostó boca abajo en la alfombra y frente al viejo televisor de Barnaby.
─ ¿Por qué no estás en casa? ─ preguntó el gran perro, sentándose en el sofá tapizado de coloridos parches que hacían juego con su ropa. Una sonrisa cargada de afecto se dibujó en su rostro al ver los pies de Wally agitándose hacia adelante y atrás.
─ No me gusta estar en casa cuando llueve. A Home no le gusta la lluvia ─ respondió de forma automática, dibujando una interminable espiral con su dedo sobre la afelpada alfombra. Se detuvo al considerar terminada su obra y fijó su atención en su amigo. ─ ¿Cuándo podré ver uno de tus trucos, Barnaby?
El pesar se instaló nuevamente en Barnaby, quien se pasó una de las grandes manos por la nuca. Realmente deseaba dar un gran show frente a Wally, pero sin muchas de sus cosas era prácticamente imposible. Y, dicho sea de paso, tenía que aceptar que ya no era el mismo cachorro que hacía acrobacias sobre una pelota enorme. Fue entonces que, recordando el contenido de la gran maleta con la que llegó al vecindario, una idea surcó su cabeza.
─ Ahora mismo no tengo muchas de las cosas que se necesitan, pequeño. ¿Pero qué tal si te muestro una vieja película del circo? ─ sugirió, poniéndose de pie y buscando con la mirada la gran maleta y el control remoto del viejo televisor.
─ Eso suena bien ─ respondió Wally, cambiando rápidamente su interés y atención a las múltiples líneas que aparecieron en el televisor una vez que Barnaby lo encendió y metió en el reproductor una cinta VHS con una etiqueta blanca al frente que rezaba “Circo Arcoíris”.
En el televisor, intercalado inicialmente por líneas estáticas, apareció un primer plano de la gran carpa de colores que se alzaba sobre un pastizal. De su interior emergían todo tipo de personajes coloridos que captaron por completo la atención de Wally, quien usó sus manos contra sus mejillas y sus codos sobre el piso como apoyo.
Barnaby, satisfecho por conseguir algo de entretenimiento para su amigo y rememorando viejos tiempos, se sentó nuevamente en el sofá y encendió su pipa; dándole un par de caladas para después formar una gran nube de humo sobre él. Las risas y los aplausos emergieron del televisor e inundaron la sala.
─ Ahora viene lo bueno, chico. Mira eso ─ indicó como algún tipo de presentación para sí mismo en la pantalla.
Detrás de una de las cortinas del circo emergió un joven Barnaby equilibrándose sobre una enorme pelota de colores, haciendo malabares con un par más que volaban en el aire. Verse a sí mismo tan ágil y experto lo hizo sonreír, más aún cuando Wally pareció estar completamente maravillado por su destreza.
El tiempo pasó pronto entre risas, y antes de darse cuenta o poder hacer algo al respecto Wally terminó recostado sobre el regazo de Barnaby, quien más que nunca se proponía volver a ser capaz de realizar tantos trucos y acrobacias. Durante la reproducción del siguiente acto y disfrutando de la amena y apacible compañía de Wally, el gran perro se permitió acariciar uno de los costados del azulado cabello de la pequeña marioneta, quien giró el rostro para mirar a Barnaby en completo silencio.
─ ¿Ocurre algo, amiguito? ─ preguntó Barnaby, pausando sus muestras de afecto a favor de saber si algo estaba provocando algún tipo de molestia o inconformidad en la pequeña marioneta.
─ Tu estómago hace ruido ─ respondió Wally, haciendo sentir al gran perro completamente avergonzado, pero también consciente de que no había probado bocado alguno desde muy temprano.
La expresión plana de Wally le recordó a Barnaby que su vecino seguramente jamás sentía la necesidad de alimentarse. En el tiempo que tenían conociéndose, Wally nunca había probado alimento alguno, dando paso libre a la conclusión de su nula necesidad de comida. Fue por ello por lo que, sin preocuparse por no tener comida suficiente para ambos, Barnaby se removió en el asiento y se puso de pie, dejando a Wally recostado en donde él estaba sentado.
─ Eso, pequeño, es el monstruo en mi estómago que exige comida ─ aclaró, dejando a Wally con una expresión de asombro que se quedó impresa en su mente y de camino a la cocina en busca de la última rebanada de pay de manzana que guardó la noche anterior.
Para cuando regresó nuevamente a la sala, Wally había vuelto a la alfombra, agitando nuevamente sus pies adelante y atrás. En la pantalla uno de sus compañeros de circo caminaba con sumo cuidado sobre una cuerda a varios metros del suelo. Para cuando volvió a sentarse en el sofá y se disponía a dar la primer mordida a su pay, una fuerte corriente de aire se filtró al interior de la sala y lo hizo estremecerse por completo. Wally no se quedó atrás y por un instante se encogió contra la alfombra en busca de calor.
─ Yo me encargo ─ aseguró Barnaby, abandonando su plato en la mesita del café junto al sofá y yendo en dirección a la ventana, que se abrió de par en par ante la fuerte ventisca. Cerró todo con sumo recelo y frotándose las manos para calentarse un poco regresó sobre sus pasos. Grande fue su sorpresa cuando se encontró con Wally de espaldas al televisor y de frente a la mesita de café, donde su pay a medio comer le dio la bienvenida. ─ Cómo…─ empezó a decir, pensando en que era imposible que la pequeña marioneta casi se terminase su comida en un instante y sin apenas haberse movido o hecho ruido alguno.
─ Wally, ¿tienes algo que decir? ─ preguntó, llevándose las manos a los costados como muestra de su falso enfado. Era imposible enojarse con la pequeña marioneta, más cuando por fin descubrió que sí comía. La idea de planear un picnic con él en los próximos días lo hizo sonreír y sentirse impaciente por compartir con él todo tipo de postres y comidas que también esperaba que se convirtieran en sus favoritas.
Wally negó con la cabeza a modo de respuesta. Barnaby retomó su lugar en el sofá, con Wally aún atento a sus movimientos y con la mirada fija en el plato que el gran perro tomó. Barnaby alzó una ceja de forma interrogativa ante la persistente mirada de Wally en el pay, suponiendo que para la pequeña marioneta seguía siendo motivo de pena pedirle algo.
─ ¿Quieres un poco más, amiguito? ─ preguntó, ganándose un pronunciado asentimiento por parte de Wally, a quien acercó el plato para que tomase el postre y comiera un poco más de él.
Grande fue su sorpresa cuando, quedándose completamente quieto y con la mirada fija en la comida, Wally parpadeó y de su plato desapareció la mitad completa de su pay.
─ ¡Woah! ¡¿Qué?! ─ exclamó Barnaby, abriendo los ojos completamente en busca del trozo faltante en su plato, luego a Wally y sus pupilas dilatándose momentáneamente hasta retomar su tamaño natural. ─ ¿Q-Qué fue eso? ─ preguntó, frotándose los ojos como si hubiese presenciado un truco de magia. Miró bajo el plato y en el suelo, pero no había nada.
─ Eres muy chistoso, Barnaby. Ja ja ja ja ─ rio Wally, girándose de frente al televisor, completamente atento al nuevo acto que se mostraba en pantalla.
El gran perro frunció el ceño, aun desconcertado por lo que acababa de ver. De encontrarse en compañía de alguno de los otros vecinos, le preguntaría si había visto lo mismo que él. Si la pequeña marioneta no se movió un solo centímetro de su lugar y tampoco abrió la boca, cómo es que casi toda su comida había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.
Fijando la atención en los pies balanceantes de Wally, Barnaby se preguntó si es que su pequeño amigo tenía una habilidad más que la de ser un increíble pintor. Aunque ser algún tipo de ventrílocuo resultaba ser mucho más fascinante.
Queriendo probar dicha teoría, Barnaby se sentó en el piso para estar al alcance de Wally.
─ Hey, pequeñín. Creo que después de todo el monstruo no tenía hambre. ¿Quieres comer el resto del pay? ─ preguntó, a lo que Wally asintió y se acercó hasta él, sentándose a su lado con las piernas extendidas al igual que el gran perro. Barnaby depositó el plato sobre el regazo de la pequeña marioneta y lo observó con atención, sólo para nuevamente quedarse perplejo cuando el resto del postre desapareció tras un par de parpadeos.
─ Gracias, Barnaby ─ murmuró Wally, abandonando el plato vacío junto a él. Estiró ambos brazos como si fuera un felino y se recostó sobre una de las grandes y suaves piernas de Barnaby que funcionaban como una almohada perfecta para él.
Sin saber cómo sentirse y teniendo más dudas que respuestas, Barnaby siguió cada movimiento de la pequeña marioneta y prestó una de sus grandes manos cuando Wally tiró de ella para cubrirse y acurrucarse contra él.
─ Oye, amiguito. ¿A dónde ha ido la comida? ─ preguntó, a lo que Wally rio de nuevo; esta vez más ampliamente.
─ Barnaby tontito. Me la he comido ─ respondió, presionando con sus dedos los coloridos y suaves botones en los dedos del gran perro. ─ Tú tienes un monstruo en tu estómago que pide comida y yo como con los ojos, ja ja ja ja.
Barnaby no pudo evitar soltar una pequeña risa ante la conjetura de Wally al creer que el “monstruo” en su estómago era real.
Lejos de sentirse extrañado o confundido por la confesión de la pequeña marioneta, Barnaby se encontró sintiéndose aún más fascinado con su vecino, pues no cabía duda de que cada día a su lado estaba lleno de sorpresas y descubrimientos que sólo hacían que su afecto por él se incrementase.
