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El príncipe no le temía a la noche; no tenía nada de raro, era un hecho simple: la luz del día se va y la vida permanecía oculta en la penumbra.
El príncipe, hijo del Mobei Jun, recordaba cómo había aprendido esto... Fue la última vez que vio a su madre. Él era muy pequeño, tenía unos cuatro años, habían velado a su madre durante cinco días y solo la luz de las piedras lumbre le ayudaron a visualizar la silueta de la difunta. El pequeño príncipe, Mo Bai, no entendía a cabalidad lo que pasaba... pero su madre estaba allí, durmiendo...
Ella era una mujer ¿Serena? Como una persona indiferente del mundo. Ella decía una palabra imperiosa y clara, no hablaba de más, sonreía fugazmente, su mirada cerrada al mundo y solo abría los ojos para decir cosas inteligentes.
¿Que sí el pequeño príncipe recordaba muestras de cariño?
Para el mundo demoníaco, el orgullo es lo más cercano al cariño familiar; la vez que el joven príncipe mordió la cara de un guerrero cercano a la familia fue cuando su madre se sintió orgullosa.
Bueno, la última noche de vela de la señora del norte, las piedras lumbre perdieron su luz turquesa. El Mobei Jun viudo y su hijo se quedaron de pie en esa sepulcral noche... El padre caminó hacia la salida del salón, el hijo le siguió y, de pronto, preguntó por la madre.
La voz de su padre reverberó en esa caverna para decir que su madre seguía allí y para comprobarlo llevó al niño, caminando a oscuras, hacia la plancha de piedra.
Mo Bai tocó la mano de su madre, no estaba fría ¡Qué raro! Tenía la temperatura de una criatura del bosque helado que muere y queda tendida en la taiga para que le dé el sol...
Sí, su madre seguía allí, pero era como si de alguna manera no lo estuviera...
Todo esto lo recordó el príncipe, ahora dos años mayor. No, claro que no le temía a la oscuridad... pero estaba aterrado.
Seguramente mamá no se enorgullecería de esto.
Estaba aterrado en este mundo donde el sol no reflejaba en la nieve blanca, ni las piedras lumbre palpitaban con suavidad en las paredes de las cuevas.
En esta prisión de agua, un pequeño demonio sollozaba.
Mamá no estaría orgullosa de ese rostro redondo empapado de lágrimas.
Le asustaron los gritos, las palabras soeces, el hecho de que esos monstruos lo persiguieran hasta capturarlo.
Aquella mano descongelada era un mejor lugar que este, el pequeño Mo Bai anhelaba estar allá.
A su alrededor: agua, pero no agua normal, según le dijeron. Tras los muros, los murmullos de esa gente espantosa.
Mo Bai se limpió la cara pero hipó una vez más. Invocó otra vez a la madre, pero ella se había quedado dormida en la oscuridad hace dos años... Sin embargo, la voz vino a su infantil mente:
—...eres el príncipe del territorio norte, no debes temerle a nada...
Ella dijo eso una vez hace tiempo, le pellizcó la nariz, dijo buenas noches y se fue de la habitación ¿Por qué exactamente fue? Mo Bai no lo recordaba pero de alguna manera calmó su temblor.
Después las paredes temblaron y los murmullos se volvieron gritos así que Mo Bai quiso huir pero ¡No había más que agua! la luz golpeó sus ojitos antes de que reconociera el hielo aquamarina de su padre, quien al fin había venido por él.
