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But Mom,I´m a cheerleader!

Summary:

Marcos y Agustín son diferentes y eso está mal. Sus familias los envían a un campamento de terapia de conversión para "curarse" pero no hacen más que confirmar las dudas de Marcos respecto a sí mismo, así como impulsar a Agustín a no querer cambiar.

Margus week.
Día uno. Amor a primera vista.

Notes:

Holis! sé que pasaron tres días de este prompt pero estuve ocupada y no llegué a terminar a tiempo. Me basé en la peli del título un poco, no haciendo tan trágico todo,que podría haberlo sido,porque me encanta este concepto de que se conozcan y marcos esté en denial de que es gay pero agus es muy seguro de sí mismo y lo ayuda a aceptarse.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Amor a primera vista

Chapter Text

Marcos sentía las lágrimas empapar sus mejillas. Veía el cartel enorme y sabía que ya no había marcha atrás. Que tenía que bajarse y entrar al que sería su hogar los próximos días. Pero no pudo evitar rogar por inercia, como siempre hacía y pedir perdón. No quería pasar los próximos diez días en ese lugar.

 

—Mami, por favor-se aferró al brazo de ella-por favor, perdoname, les voy a hacer caso. Por favor, era una broma, no era en serio. Yo no soy así.

 

Su madre miraba al frente y daba pitadas largas a su cigarrillo. Los lentes ocultaban sus ojos, pero él sabía que ninguna expresión habría allí, ningún sentimiento, no ahora que su medicación había aumentado. Ahora era de nuevo un ser inexpresivo, que poco decía, que poco afecto le daba, que se la pasaba mirando a la nada. Eran los años noventa y parecía una actriz decadente de Hollywood en los cincuenta.

 

Marcos no sabía si prefería esta versión a la anterior.

 

—No insistas, hijo. Tu padre lo dejó claro. Van a ser unos días solamente.

 

Seguía sin mirarlo.

 

Ella misma se ofreció a recorrer la carretera esas largas horas a pesar de que habrían podido comprar dos tickets de avión. Necesitaba ese viaje para liberar su mente. Su exterior distante y ausente no reflejaba el cúmulo de emociones en su interior. Y a pesar de que a su marido no le gustaba la idea de que maneje estando medicada, la aprovechó para sacársela de encima. Su sola presencia lo molestaba y ahora la odiaba aún más por haber engendrado a uno de sus hijos torcido, cosa que le hizo saber de manera nada cordial.

 

Marcos abrazó a su madre tan fuerte que casi la deja sin aire. Rodeó su cuello con sus brazos como cadena que no querían soltarse y enterró su rostro en su hombro, ocultando su llanto lastimoso.

 

La sorpresa haciendo que algunas cenizas caigan sobre la campera de él y que ella jadeara sorprendida. Solo puso su mano en su brazo sin encontrar palabra alguna.

 

Sus dedos temblaban y ya no podría fingir delante de su hijo ser fuerte.

 

Llevaban meses sin abrazarse, sin ningún contacto físico. Ya no era como cuando Marcos era niño y su madre era cariñosa.

 

Ya no lo hacían desde que ella empeoró y la situación actual los mantenía alejados. Pero Marcos ama a su madre a pesar que no es la mejor. Es la que le tocó y sabe que en el fondo lo ama a pesar de lo que pudiera decirle o hacer, o de lo que no y trata de ser comprensivo porque él también perdió a alguien y trata de llevarlo lo mejor que puede.

 

—Hijo, y-yo...— él se separó para mirarla expectante— Ya deben estar todos ahí. No te retrases más.

 

Él asintió. Creyó que le diría algo más, palabras reconfortantes, un perdón, un "te amo", un momento conmovedor de madre a hijo. Tuvo que aceptar que ellos no eran así.

 

La miró una última vez. Recogió su equipaje del asiento trasero. Pronunció un "te quiero, ma" y salió del auto, cerrando la puerta.

 

La fachada del lugar, que era inmenso con cabañas a lo lejos que divisaba y extensa vegetación, era como el de cualquier campamento más. Hasta parecía el antiguo campamento de niños exploradores al que fue un año de niño en Salta, hasta que vio en una película de jiu jitsu el arte marcial y eligió esa disciplina como deporte, lo que su padre celebró porque le parecía más varonil, menos de maricones que sentarse en el pasto a cantar canciones y usar shorts.

 

El lugar donde se encontraba no era muy distinto por lo que se veía. La conexión en su mente lo hizo reír y se limpió las lágrimas secas al darse cuenta que otros adultos y chicos de su edad lo podrían ver. El estacionamiento estaba repleto.

 

No quería que se burlen de él por lo que empezó a caminar una vez su madre aceleró y se fue, para evitar quedarse ahí en el medio solo, siendo observado.

 

Pero nadie lo miraba. No juzgándolo. Si había una razón por la que Marcos llamaba la atención era su atractivo físico y por eso se hizo notar. No por ningún motivo negativo.

 

Todos estaban igual de aterrados que él, aunque algunos fingieran mejor. Todos estaban ahí porque quienes eran no era suficiente. Y peor aún, estaba mal su forma de sentirse, de ser. Tanto que sus familias no los querían cerca, no hasta que cambiaran ese particular defecto al menos, el que debían mantener oculto, por el cual eran señalados. Que no podían controlar y estaba allí latente, en contra de su voluntad.

 

En el interior debía entregar la documentación requerida que sus padres rellenaron. Hizo una fila en la que chicos y chicas de su edad esperaban. Solos o con quienes parecían familia. Algunos solitarios y otros ya socializando.

 

Un amable hombre lo atendió rápidamente y le entregó un carnet con su nombre e instrucciones de a quién seguir, dónde dormiría, su itinerario y algunas reglas básicas a seguir.

 

Era el último que quedaba de su grupo por unirse al parecer así que siguió a un hombre y una mujer que trataban de controlar a un grupo de unos doce adolescentes hormonales.

 

—Chicos, orden por favor —pidió la mujer—Mientras más rápido nos organicemos más rápido vamos a terminar con esto para ir a las habitaciones a que se acomoden.

 

—Diez, once, doce, trece—Señalaba el hombre con una lapicera a todos—Falta uno. Agustín... Guardis.

 

—Soy yo, perdón—escuchó Marcos gritar a unos metros detrás suyo—Mi abuelo maneja a dos kilómetros por hora y salimos re tarde de la Plata.

 

Junto a Marcos se encontraba el chico más lindo que hubiera visto nunca. Ni en su imaginación podría haber concedido una imagen tan bella como el tal "Agustín”, como se asumió y decía el carnet en su pecho.

 

Su cabello era rizado y oscuro, aunque de tonalidad algo clara donde caía el rayo del sol. Marcos quería pasar sus dedos por cada bucle alborotado que adornaba su frente donde arruguitas se formaban y sus cejas espesas eran una línea exhausta bajo las que dos pares de pestañas abundantes enmarcaban dos circunferencias del color de cuerpos de agua cristalina como los que vio en ese viaje a Brasil en donde creyó haber encontrado el paraíso y la felicidad alguna vez.

 

Pero quizá estén acá, con este chico que respira agitado por haber corrido unos pocos metros, que apoya las palmas de las manos en sus rodillas y tiene el cuerpo encorvado hacia adelante.

 

Que carga una mochila casi más grande que él, que, al ser bajito, mucho más que Marcos que se yergue en más de un metro ochenta de altura, lo hace parecer diminuto en comparación y esto causa una ternura enorme en el más alto.

 

Y, por si fuera poco, sus holgadas prendas, una camisa de leñador azul cuyas mangas están dobladas casi por el codo, remera negra lisa, jeans azules con roturas en las rodillas y zapatillas negras converse gastadas lo hacen aún más minúsculo y está tan desaliñado y cansado que pareciera que se levantó hace unos minutos y salió a dar un paseo por la selva.

 

Marcos ve sus rosados labios moverse, contraerse, estirarse, ve al interior de su boca, la forma de sus dientes. Escucha la voz y memoriza su timbre, su color, el volumen con el que habla. La ligera ronquez. Pero nada puede entender. Está encandilado y nada tiene sentido para él más que mirar a Agustín. Estudiar a detalle la leve curvatura de su nariz, el arito que reluce en su oreja izquierda, la cadenita que está alrededor de su cuello de la que pende un anillo plateado, todo es atrayente, todo es único en él.

 

El más bajo lo mira y se calla. Marcos cree que esos ojos intensos van a convertirlo en piedra. Que lo hechizarán y hará lo que le ordenen sin queja alguna porque cree ese es su destino. Quiere apartar la vista, pero no puede. Es una competencia, una conversación silenciosa.

 

Agustín desvía la mirada a su costado y observa al chico a pocos metros suyo al sentir sus ojos sobre él. Y qué ojos posee. Un precioso jade acendrado, sin defectos con un brillo especial que capta todos los matices del arcoíris, que le recuerdan al verde pasto mojado por el rocío de las mañanas cuando la lluvia paraba al fin, a los altos y frondosos árboles de miles de hojas que escalaba de niño en su antigua casa. Ve el temor de un ciervo herido, el dolor punzante que trata de ocultar en ellos. No le teme a él sino a algo más.

 

Nota los lunares esparcidos por su rostro, ese debajo de su ojo, el que tiene en su mandíbula, los que están en su cuello. Su nariz es pequeña y celestial. Sus labios finos y sedosos. Sus cejas delgadas le otorgan seriedad. Su cabello es castaño, corto y brillante.

 

Es alto. Mucho más que él y tiene fuertes y largas piernas con vellos blanquecinos que sus cortos shorts azules le dejan ver. Sus fuertes brazos se ocultan bajo su polo de rugby de rayas verde oscuro y blanco. Su contextura física es delgada, pero tiene músculos que deben provenir del deporte. Todo él tiene un aspecto algo intimidante. No pareciera pertenecer allí.

 

Es exacta la clase de chico por el que Agustín caería rendido. Un ideal imposible. Mucho mejor que cualquier otro que le había roto el corazón, que ya sentía era de él.
Presiente que todo su aspecto de chico malo es una fachada.

 

Lo comprueba cuando le sonríe y cree que se va a derretir. Nadie que poseyera una pizca de maldad podría sonreír así, como si fuera a despertar al sol, a opacar a la luna con su belleza.

 

No puede evitar devolverle la sonrisa y sonrojarse.

 

Salen de su trance cuando escuchan sus nombres ser gritados por los guías. Se dirigen una última mirada tímida y siguen al resto del grupo que va adelantado.

 

—Bueno, vamos a dejarlos para que se acomoden. Pueden dejar sus pertenencias en sus mesitas de luz y armarios. En una hora aproximadamente los venimos a buscar para almorzar y seguir con las actividades planeadas para el día de hoy que compartirán con las chicas—dijo Pedro, el guía hombre—Por favor compórtense y no se metan en problemas o notificaremos a sus padres y habrá consecuencias.

Salió de la cabaña.

 

Marcos se sentó abrumado en su cama, la que más lejos estaba de las demás, en una punta. Pasó sus manos por su rostro y trató de hacer respiraciones para calmarse.

 

Los otros chicos ya habían empezado a desempacar para esos diez días. Cada uno estaba en su mundo.

 

Agustín quien tomó la cama junto a la suya se sentó a su lado. Marcos al sentir el peso del colchón lo miró. Tenía los labios apretados y un osito de peluche de un león en sus manos.

 

—Me llamo Agustín, Guardis— le estiró la mano y Marcos se la estrechó. Era pequeña y suave—Vos sos Marcos me pareció escuchar, ¿no?

 

—Sí, Ginocchio—contestó mirando al suelo.

 

—Mirá, te voy a ser honesto—Agustín se inclinó hacia él y habló en voz baja— yo tampoco quiero estar acá. Bueno, es obvio supongo, nadie debe querer. Pero es así. Hay que aguantar estos días calladitos la boca y listo. Nacho me dijo que estuvo dos o tres veces en este campamento y no es tan malo—señalo a un rubio que ordenaba su ropa—No nos van a tirar baldazos de agua fría o a querer castrar ni nada. Es hablar de cómo nos sentimos decir “Estaba equivocado” o arrepentido o lo que sea, llorar un poco, decir que vas a cambiar y listo. A él le funcionó—Marcos frunció el ceño—Bueno, sí, está acá ahora, pero eso es cosa suya. Hay que saber actuar.

 

Marcos suspiró. Todo lo que el chico decía lo confundía. Él no debía estar ahí. Había un error.

 

—Yo no …soy así—murmuró. Agustín lo miró en silencio—No es que tenga nada en contra de… si lo sos está bien, pero yo no lo soy. Mis papás se confundieron. Entendieron todo mal—trató de explicarse no dando sentido a las palabras.

 

—No pasa nada. No tenés por qué decirme nada. Recién nos conocemos y debe ser difícil aceptarlo. Yo lo viví diferente pero igual entiendo que es una carga enorme, que la gente te juzga, que no es algo que se acepta y ya—dijo Agustín tratando de ser comprensivo.

 

—Es que yo no tengo que aceptar nada—rio incómodo Marcos—No me gustan los chicos. No soy como ustedes.

 

—Entonces despreocupate, no tienen nada que curarte y seguro cuando salgas todo se aclare—Agustín le dio unas palmadas en el hombro para reconfortarlo y Marcos le sonrió más tranquilo.

 

—Sí, supongo…

 

Agustín no creía realmente lo que dijo. No le creía a él. Podía reconocer la negación cuando la veía, sabía leer a las personas. Pero no insistiría con un tema tan complejo. No iba a hacer que un chico al que apenas conocía, que parecía el típico chico popular al que todos aman de familia conservadora que exuda masculinidad se confiese ante él. Debía nacerle solo, y por más odiara ver a alguien ocultándose, doliendo por hacer felices a los demás, por no estorbar, no insultar, cumplir con lo esperado, lo dejaría ser, pues cada quien tiene sus tiempos.

Lo que sí sabe es que quiere ser su amigo.

 

Hubo un almuerzo en el que logra conocer a las siete mujeres y cinco hombres con quienes aún no había hablado, además de no despegarse de Agustín quien presentía sería con quien mejor se llevaría.

Una chica llamada Constanza se sentó junto a ellos y ambos la adoraron inmediatamente. Era bella y extrovertida. De estatura baja y rubia con tiernos ojos azules. Algo chinchuda y peleona (a Agustín le apostó adivinar su edad a cambio de la última milanesa en la mesa y cuando perdió le dio un mordisco para no dársela, y a Marcos le discutió con que ciertas palabras tenían origen correntino y no salteño), pero muy divertida y amigable.

 

Con Lucila también se llevaron muy bien, a pesar de que la rubia era algo intimidante por sus piercings y mechones azules. Era muy amable y al ser la mayor (tenía dieciséis, unos meses más que Agustín y un año más que Marcos y Cotí), tenía infinidad de consejos para darle y parecía tener una anécdota para todo.

 

Una vez pasó un rato del almuerzo fueron a una sala amplia donde en una ronda se sentaron a hacer terapia grupal con un terapeuta que rondaba los sesenta años y parecía de mal humor siempre.

 

—Y se enteraron—dijo Constanza Todo por un beso nomás, me mandaron de Corrientes hasta acá. Si hubiera sido con un chico lo celebrarían, pero no, Dios nos libre y guarde de que Constanza se enamore de una compañera de catequesis—rodó los ojos—Se supone que Dios creó a los humanos a su semejanza, que para él todos son perfectos y que lo que importa es el amor, la fidelidad, no si es hombre o mujer, pe-

 

—Bueno, gracias Constanza—la interrumpió el terapeuta que luego de media hora de intervenciones de la chica había aprendido a no darle rienda suelta a su filosa lengua—Marcos, ¿te gustaría continuar? —Marcos lo miró y el nerviosismo hizo que el labio le temblara. Por unos segundos no pudo hablar—¿Por qué estás acá? —insistió el hombre para que hablase.

 

—Ehm…—miró alrededor, los rostros de los demás eran serios y le prestaban total atención, agachó la mirada y se encogió de hombros—No sé la verdad—admitió— creo que mis papás malinterpretaron una conversación que tuve con mi hermana y … pensaron que le dije que … que me gustan los chicos, que… no es así—tragó saliva y carraspeó—También estuve mal por algunas cosas y dicen que estoy distinto, creen que les ocultaba eso, pero no. No tiene nada que ver. Yo no soy gay. No que sea algo malo, pero no lo soy.
Una risa se escuchó. Marcos miró a Nacho confundido quién se tapaba la boca. Agustín lo fulminaba con la mirada sin entender el chiste.

 

—Perdón, perdón…es que nadie viene acá por equivocación. Si tus viejos pensaron que tenían que mandarte a terapia de conversión para sacarte lo trolo será que lo sos, solo que por ahí no te diste cuenta todavía—algunos rieron, Marcos no entendía por qué lo atacaba, solo habían cruzado unas pocas palabras— Por ahí no te chapaste a un chico, ni le dijiste a nadie, y sos lo más hetero del mundo para la sociedad, digo, por cómo te vestís no parecés gay, y lo disimulás bastante bien, pero quienes te conocen siempre se van a dar cuenta, y acá entre nosotras mi gaydar gritó trolo en cuanto te vi. Todos nos dimos cuenta. Vendría siendo hora de que lo asumas.

 

Marcos se quería esconder bajo una mesa, se sentía en el medio de un terremoto. Todos menos Coti, Lucila y Agus reían y él no comprendía por qué lo hacían. Nada le parecía gracioso de lo que dijo, si de algo le dieron ganas fue de llorar, no de reír.

 

—Marcos… ¿querés decir algo? —lo llamó el hombre mayor.

 

Pero él estaba enfrascado en su propia mente, repensando su manera de vestir, de actuar, ¿qué era gaydar? , ¿Realmente todos pensaban que era gay?
Como corriendo a su auxilio Agustín colocó una mano sobre su pierna, sus dedos rozando su piel, y le dedicó una pequeña sonrisa comprensiva, para darle ánimos, y sorpresivamente funcionó porque Marcos sintió mariposas en su estómago.

 

Agustín levantó la mano. El hombre suspiró y asintió, dándole el pie para que hablase.

 

Piensa en contestar a Nacho. Hacerle tragar sus palabras por tratar de obligar a Marcos a “salir del clóset”, por ridiculizarlo por ser el único en la sala que puso una excusa y negó su realidad, por decirle que todos lo habían notado, por causarle una crisis existencial al pobre salteño de ojos jade.

 

Realmente tiene demasiadas frases en la punta de su lengua que podrían hacer que los ojos del rubio lagrimeen, puede hacerlo sentir mal también si quiere, rebajarse a su nivel, jugar su juego.

 

Pero decide no hacerlo. Nota cómo Marcos parpadea decenas de veces por segundo, cómo su mente está en blanco y no sabe qué decir, cómo salirse de ahí, cómo hacer para que le crean. Decide tenerle misericordia y desviar la atención a otra parte. La idea era contar cómo era que habían llegado ahí, cada uno había tenido su momento de hablar y ahora él iba a respetar la consigna por más que prefería correr unos kilómetros en la lluvia en una helada mañana a explicar por qué era “torcido” y su familia no podía aceptarlo.

 

—Yo la verdad no es que alguna vez me haya ocultado. Siempre fui muy seguro de mí mismo y no me importaba lo que la gente diga. Pero... —bajó la mirada y unió sus dedos que ya temblaban— mis abuelos son chapados a la antigua y no pueden aceptar que a su nieto le gusten los chicos y tenga… manerismos, como le dicen…les gustaría que yo fuera más “normal”, que la gente no me mire por ser raro y actuar distinto, o que lleve una chica a casa algún día y me case, tenga hijos, todo el combo de hombre hétero promedio —sus ojos se cristalizaron y se limpió con sus manos—yo los quiero y por eso acepté venir. Soy lo único que les queda, son grandes ya, y son mi única familia. —su voz se quebró —se gastaron plata que no tienen para mandarme acá, porque piensan que me ayudan así, cambiándome. No saben lo mal que me hacen. Son las únicas personas de quienes podría importarme su opinión y a veces me gustaría ser como todos, pero no sé cómo… y sé que mentirme me haría infeliz… más aún…

 

Marcos quiso correr a abrazar a Agustín que estaba sentado a su lado. Quería lanzarse encima del chico y envolverlo en sus brazos para decirle que todo estaría bien, que no debía cambiar nada, que con lo poco que conocía de él ya podía asegurar que es una persona maravillosa, que todo lo que siente es válido.

 

Quiere limpiar las lágrimas que caen por sus ojos y besar sus mejillas rosadas. Tomar sus manos y acariciarlas, darle apoyo moral, estar ahí.
Quiere protegerlo de todo mal, no tener que ver sus bellos ojos color cielo sufrir.

 

Pero no hace nada. No hace nada de lo que quisiera. Es demasiado consciente de que hay otras personas. Por más que también sean… diferentes no puede juntar el valor para darle un abrazo al de rulos, para tratar de decir algo y defenderlo, cuidarlo, como hizo Agustín cuando a pesar de que no tenía que, de que podría haber dejado que intentara defenderse, que llorase y negara todo, que se rían de él, dejó que el foco recayera en sí mismo.
Él no se siente tan valiente. Admira a Agustín por serlo.

 

Cuando por fin termina la tortura de un par de horas más en que el hombre recalcó los valores del matrimonio y amor entre el hombre y la mujer y los reprendió con términos ofensivos por ser “desviados, impuros y pecadores”, diciéndoles cómo irían al infierno, traerían la desgracia a sus familias si seguían eligiendo esa vida y los sometió a juegos en los que debían identificar qué estaba bien y qué mal de unas tarjetas con dibujos, como “abrazar a tu amigo de tu mismo género”, estaba bien en ocasiones sociales, como festejos, saludos, en entierros, siempre si era un abrazo corto dando unas palmadas en la espalda del otro hombre con la parte baja del cuerpo separada o con femineidad en las mujeres. Tomarse de la mano estaba bien en las mujeres, pero para los hombres era una actitud reprimible pues no era varonil.

 

Pensar mucho en el aspecto físico de personas de tu mismo género, querer abrazarlas, besarlas, y tener pensamientos sexuales era la peor clase de delito que debían “borrar de su sistema” pues era prueba de que estaban “sucios”,” dañados,” enfermos” y debían mejorar antes de reincorporarse en la sociedad para no infectar al resto.

 

Marcos se preocupó con lo último. Más aún porque estaba sentado junto a Agustín que le hacía caras cuando el hombre se daba vuelta que le daban mucha ternura por lo ridículas o susurraba cosas que lo hacían reír. Y cuando era él quien le robaba una carcajada a Agustín que tiraba la cabeza atrás y hacía sonar en toda la sala estrepitosamente su risa no podía evitar que su corazón saltase como si estuviera practicando para las olimpiadas de salto en soga.

 

Luego de cenar volvieron a la habitación. Estaban exhaustos y ambos querían irse a dormir, pero también querían aprovechar este tiempo que tenían juntos. Ya se sentían amigos de toda la vida.

 

Al apagarse las luces, luego de estar seguro que todos dormían por los ronquidos sonoros, Agustín se destapó, paró y fue a sentarse cruzado de piernas en la punta de la cama de Marcos, quien estaba despierto y se reincorporó sentándose con las rodillas plegadas al verlo con la poca luz de un velador prendido de otro de los chicos. El platense le ofreció un pequeño chocolate en silencio, mostrando el envoltorio y agitándolo tentadoramente y Marcos por supuesto lo aceptó y le agradeció. Ambos comieron sus chocolates en silencio.

 

—¿Qué te pareció el primer día? No tan mal, ¿no? — preguntó el más bajo.

—Sí, no estuvo tan mal. Hasta me divertí un poco—dijo Marcos sonriendo.

—Sí, estuvo bueno— Agustín le correspondió la sonrisa—No las charlas esas del infierno, pero lo demás … qué suerte que estás vos, boludo. No lo soporto a Nacho ni a los otros que lo siguen como monitos y se ríen de todas las pelotudeces que dice, ¿viste cómo se burlaban de las chicas que son lesbianas? Como si fuera muy diferente a ser hombre gay— bufó— Lu y Coti son re copadas, pero si tendría que estar acá solo con estos pibes sería una tortura. Por suerte hay alguien que piensa como yo, aunque no en todo obvio, pero siento que tenemos mucho en común, no sé…—se sonrojó y agachó la mirada.

—Yo también, Agus. Me gusta mucho pasar tiempo con vos, digamos—dijo Marcos.

 

Sonrió ampliamente haciendo que las mejillas de Agustín se sonrojaran y su respiración se acelerara. Las arruguitas en los ojos de mar eran lo más lindo que vio en su vida y se sintió inundado por sentimientos que jamás había experimentado antes. Le habían gustado chicos, pero no así, no de esta manera tan vergonzosa en la que sentía que cada expresión de su rostro lo delataría, no tan rápido, no tan profundamente como ahora.

 

Si Marcos era realmente hétero como decía estaba jodido porque no tenía chance alguna con él.

 

Si lo era, que presentía era el caso, pero lo negaría rotundamente hasta que el peso de la mentira le sea demasiado, también estaba jodido porque sufriría por su amor.

 

De todas maneras, Agustín no sabe si alguien como Marcos podría llegar a enamorarse de él, o si quiera pensar que era lindo.

 

Marcos es la clase de chico del que todos se enamoran, a quien todos quieren.

 

Es perfecto, y él lo siente imposible, galaxias a distancia. En otra estratósfera.

 

Lo mejor sería olvidarse de este enamoramiento y no dejar que fluya más, pero le es inevitable.

 

Acepta que Marcos le va a romper el corazón y el gustoso va a dejarlo porque quiere aprovechar cada segundo de estos pocos días junto a él.

 

Y que sea lo que tenga que ser.