Chapter Text
—Sebastian —lo llamaste, al ver su silueta remarcada por la luz cálida de las antorchas de la bóveda secreta—. Está apunto de comenzar el último banquete, será mejor que nos apuremos.
—Lo sé —el slytherin hizo una larga pausa, observando la lúgubre imagen del tríptico en la pared de piedra —. Pero tenía que hablar contigo antes de que el año terminase.
Te acercaste sin decir nada más, escuchando el sonido metálico de las rejas cerrándose, esperando a que él dijera lo que tenía en mente. Esa temerosa espera silenciosa, en la que no sabias que iba a decir, luego de todo por lo que habían pasado, de jurar que no volverían a hablar de ello salvo que fuese necesario.
—Realmente aprecio nuestra amistad —Su voz sonaba baja, adolorida, como la ultima vez allí. Sus ojos avellana, encendidos por el reflejo de las llamas, se clavaron en ti. Deseabas con toda la fuerza del mundo arrancarle esa expresión acongojada de su rostro. Pero Ominis tenía razón, está era la consecuencia de sus actos, y era algo por lo que Sebastian tenía que pasar.
—Yo también, Seb —respondiste, apoyando una mano en su hombro —. Estoy para ti.
—Lo sé, por eso estás aquí —su respiración se había vuelto agitada, como si los pensamientos dentro suyo lo estuvieran atormentando más de lo que pensaba admitir —. Pero no entiendo por qué.
—¿A qué te refieres?
—De Ominis comprendo que me haya apoyado. Somos amigos con Anne desde primer año. Pero tú… no tenías por qué hacer todo esto.
Bajaste la mirada, con nerviosismo. Sebastian parecía sentirse igual, porque no paraba de frotarse la mano con el pulgar. Tu cara comenzó a encenderse, el calor en tus mejillas aumentaba progresivamente, dudando si ser honesta o no. No era de esta manera como querías que se diesen las cosas. Pero nada se había dado como esperabas en todo el maldito año.
—Pensé que ya lo sabías —respondiste con suavidad, escondiendo la ansiedad en tu voz ante su respuesta. Tu vista seguía enfocada en sus manos, llenas de pecas.
—Tal vez, pero prefiero escucharte a ti decirme las razones.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin más de tu rostro. No podías aguantarlas más. Este no era momento de mostrarse débil, te dijiste para tus adentros. Menos delante de él. Sebastian te tomó de los hombros, con el ceño fruncido de preocupación, como si no quisiese que te desparramaras en el suelo de un momento a otro.
—¿E-estas bien?
Por supuesto que no. Lodgok y el profesor Fig muertos. Ominis todavía dubitativo con respecto a hablar con el director Black de todo lo que pasó con Solomon. Había muchísimas razones para contestarle que estabas terriblemente mal. Tiraste de él y lo rodeaste en un abrazo, hundiendo tu cara en su hombro. El olor a cedro y menta de tu cabello envolvió a Sebastian. Se preguntó si siempre habías tenido ese aroma tan fresco y simplemente no lo había notado porque se mezclaba en sus paseos con el olor del bosque.
—No sé si esto sea egoísta, ni si es lo correcto. Pero lo hice por ti, porque no puedo imaginarte en Azkaban…
Sentiste como sus brazos te apretaban aún más.
—Me gustaste desde aquel duelo. Había algo en ti que no podía ignorar.
Sebastian murmuró tu nombre, perplejo. Sentiste que su cuerpo se estremeció, ahora era él quien lloraba en silencio. Ninguno de los dos quería romper el abrazo para ocultar su vulnerabilidad.
—Estoy muy segura de que mereces una segunda oportunidad, Seb —agregaste, con la voz quebrada— No porque me gustes, sino porque no eres un asesino. Fue un erro-
—Lo soy —te interrumpió, cortante —. Lo hecho hecho está. No va a cambiar, aunque haría lo que fuera por eso… Lo siento.
Se quedaron así unos segundos más, hasta que el Slytherin decidió alejarse.
—Lo siento —repitió, mirando al suelo. Sabía que iba a lamentar lo que seguiría a continuación—. No puedo corresponder tus sentimientos.
Tragaste saliva. Entonces, así era como terminarían las cosas.
—¿Podemos conservar nuestra amistad? –preguntó.
Todo lo que habían hecho hasta ahora, las cosas que te había dicho... Al final, después de todo, no eran almas gemelas como Sallow sugirió durante tu primer día en la sala común. Suplicaste que todo lo demás que siguió a eso durante el año no hubiese sido un intento desesperado por tu ayuda, ni ningún otro tipo de manipulación. Fingiste una sonrisa, que se veía lamentable, intentando ocultar todos esos pensamientos horribles en tu cabeza.
—Por supuesto que podemos seguir siendo amigos, Seb.
El tren de la plataforma 9 y 3/4 anunciaba su partida con un el agudo sonido del silbato. Mientras observabas el tumulto de padres afuera, agitando sus manos, te preguntaste como se sentiría aquella situación si tuviera a algún familiar parado allí, sabiendo que no lo verías por lo menos hasta las próximas vacaciones. Probablemente, pensaste, sería la misma que te mantuvo deprimida durante todo el verano, sin poder ver en ningún momento a los amigos que habías hecho durante tu primer año en Hogwarts. Por suerte, recibías cartas que te hacían olvidar por un rato la tristeza. Poppy y Natty solían mandarte una lechuza con frecuencia. Ominis, en cambio, era un contacto casi diario desde finales de sexto año. Incluso algunas veces, Sebastian solía comentar entre párrafos, ya que solía escribirlas por él.
Un ejemplo que te hacía destornillar de la risa cuando lo releías de vez en cuando:
“[...]Ominis se despide, los elfos domésticos le prepararon un baño caliente. No te imaginas la cantidad que hay aquí, podría jurar que superan a los elfos de Hogwarts en número. Hay uno para cada tipo de tarea. Ominis tiene uno personal que le limpia hasta el trasero. Ya te imaginaras como se toma lo que te digo. Como es usual: terrible.
P.D. de Ominis: No le creas al idiota (¿cómo se atreve a llamarme así?) de Sebastian”
Luego de los acontecimientos de quinto año, Ominis, con muy mala predisposición, debió regresar durante los recesos con su (si podía llamarsele de esa forma) familia. Lo único positivo que podía sacar de esto era que Sebastian lo acompañaría, ya que Anne aún quería mantener a su mellizo lo más lejos posible.
Mientras tanto, tú permanecías en el mundo muggle. El director Black no permitía que los estudiantes pasaran el verano en el castillo, salvo excepciones como Natty, quién tenía a su madre como profesora. Por lo que no tenías más remedio que seguir en el orfanato donde el profesor Fig te había encontrado. Durante las noches te costaba dormir. Cerrabas los ojos, y dabas vueltas en la litera, con el miedo de que al despertar, al otro día, desapareciese todo lo que había sucedido los últimos dos años, como si hubiese sido nada más que un sueño. Sin embargo, despertar por la mañana con esas cartas sobre tu mesita de noche te recordaba que cada día que pasaba era uno menos para volver a Hogwarts. Tu verdadero hogar.
La estación de tren estaba ya muy lejos y el paisaje de la ciudad se había reemplazado por uno de bosques vastos y ríos sinuosos. El vagón se mecía acompañado del ruido sordo de los railes, un sonido que no te causaba más que una embriagadora emoción por lo que vendría. Las voces de los alumnos que seguían correteando en el corredor, las risas y las puertas de los compartimientos abriéndose y cerrándose una y otra vez, mientras recorría los pasillos no hacían más que aumentar esa sensación cosquilleante en todo tu cuerpo. Mientras avanzabas, buscabas con la mirada entre las ventanillas algún indicio de tus dos mejores amigos, hasta que tus oídos interceptaron unas voces quejumbrosas conocidas.
—No probaré ni una gota—le advirtió Cressida a su compañero Gryffindor.
—Te puedo asegurar que está en perfectas condiciones—insistió el pelirrojo, acercándole un pequeño frasco a la cara—. Ya lo probé en mí.
—Lo sabemos, Weasley, te vimos eructar mariposas—dijo Prewett, exhalando del hartazgo.
—Es sólo un efecto secundario que dura un par de horas. Nada de que preocuparse.
Cressida exclamó al verte, haciendo que los demás se diesen por aludidos. Agitaste la mano a modo de saludo, sin abrir el compartimiento. Preferías seguir caminando por los vagones hasta encontrar a tus serpientes, pero Garreth abrió la puerta, dejándote sin opción de huída.
—A quién tenemos aquí—exclamó el pelirrojo apoyandose en el marco—, mi Slytherin favorita.
Miraste el líquido verde y espeso que borboteaba en el frasco que sostenía, haciendo un esfuerzo por no poner cara de asco.
—Te veo ansiosa por probar mi nueva creación.
—Gracias por el ofrecimiento, Garreth, pero esta vez creo que paso.
Rendido, el pelirrojo guardo el recipiente en el bolsillo de su túnica. Prewett dejó escapar un suspiro, agradeciéndole a Merlín que no iba a terminar nadie vomitando ningún maldito insecto otra vez.
Notaste a Garreth diferente, quizá un poco más alto, la voz más grave, pero seguía tan despeinado y de aspecto alborotado como siempre. Estabas aliviada de que el gryffindor se hubiera tomado bien su ruptura el año anterior y todavía pudiesen ser buenos amigos. Desde que se conocieron había un espíritu para meterse en problemas en Garreth que te había hecho fijarte en él como amigo y el cuál luego te había hecho a acceder a salir con él durante el otoño de sexto año. Todo el mundo te decía sobre lo lindos que se veían los dos juntos, lo bien que te trataba él, salvo Sebastian, que prefería fingir que no sabía nada del tema. Pero, por más buenos momentos que hubiesen pasado Weasley y tú, y quizá al principio te podías engañar a ti misma para creer que te gustaba, en el fondo sabías que no sentías ninguna atracción romántica por él. Antes de que el curso terminara, la mejor decisión para ambos era terminar como amigos. Lo único que lamentabas era no recibir tantas cartas de él como antes.
—No puedo creer que este será nuestro último año —dijiste haciendo una mueca y cruzando los brazos ante la idea.
—Y uno agitado sin dudas. Mi tía le ha dicho a mi padre que no tuvo descanso en todo el verano —comentó el pelirrojo, pensativo —. Me pregunto qué están preparando.
—Weasley, debe ser una broma —se metió Prewett a la conversación —. Tu familia trabaja en el Ministerio y en Hogwarts y no tienes ni idea de lo que pasa.
Cressida dejó escapar un grito de emoción.
—¿Es lo que creo que significa?
—¿De qué hablan? —los interrumpiste, incrédula.
—Cada cinco años, se realiza el Torneo de los Tres Magos—explicó Cressida, temblando de la emoción—Ya pasaron cinco años del Torneo de los tres Magos en Beauxbatons. Mi hermano mayor fue elegido para viajar a Francia la última vez.
—Este año es el turno de Hogwarts —dijo Leander con aire orgulloso—. Es mi momento.
Garreth soltó una carcajada ante esas últimas palabras.
—¿Qué es tan gracioso, idiota? —masculló ofendido en un pobre intento de intimidación, sin poder detener la risa de su compañero.
Decidiste quedarte con ellos lo que quedó del viaje. Una vez que llegaron a la estación, el viaje en carruaje llevados por thestrals por tierra fue rápido.
—Esto siempre me recuerda a los dragones —le confesaste a Garreth, rememorando el horrible suceso a principios de quinto año junto al profesor Fig, que comenzó toda tu aventura. Cuando pensabas en el profesor Fig, ya no dolía tanto como antes, pero de todas formas, la calidez en el apretón de mano de Garreth te reconfortó.
El castillo se lucía imponente en su grandeza alejado todavía unos kilómetros. A medida que se acercaban, podían divisar las farolas titilantes de las barcas de los chicos de primer año. Garreth te señaló con curiosidad una dirección más lejos, el enorme barco, similar a un barco pirata, a orillas del lago negro.
—Eso es nuevo —observó asombrado, asomando la cabeza por el carruaje.
Lo único que querías era llegar al Gran Comedor. Los pies te temblaban de la emoción, no te podías quedar quieta en tu lugar, sin importar que esté fuese tu tercer año allí, nunca perdías esa sensación apabullante de novedad que te calaba los huesos. Siempre lograba sorprenderte. Los murmullos y cuchicheos de tus compañeros eran igual de bochornosos. Desde que habían visto el barco, la voz sobre el Torneo corrió como un rayo por las orejas de todos. Entre la multitud que ingresaba y se distribuía en las cuatro largas mesas, divisaste una varita levantaba y unas túnicas verdes. Te despediste de los Gryffindor, que apuntaban hacia la mesa en la dirección opuesta, y avanzaste esquivando la marea de gente que se te cruzaba hasta llegar a ellos.
—Por fin, aquí estás —dijo Sallow, buscando lugar libre en la mesa de los Slytherin.
—Sebastian no paraba de preguntar por ti —se burló Ominis.
—Lo dices como si hubiera sido el único.
Te reíste al notar que apretaba los labios y desviaba la vista avergonzado. Se sentaron cerca de Imelda, que alzaba la voz en su conversación con un estudiante más chico, para que todos oyeran que había tenido una entrevista durante el verano con el capitán del equipo Puddlemere United. El alboroto inicial de voces en todo el salón fue disminuyendo a medida que todos encontraban un lugar en sus mesas. El director Black se levantó de su asiento y se mantuvo en el podio hasta que los murmullos terminaron de cesar. Los discursos del director Black para el alumnado e incluso para la mayoría de profesores, a decir verdad, eran un incordio. No había año en el que no prohibiese alguna actividad injustamente. Gracias a que la profesora Konawa mandó esa carta al ministerio, con la cual te había amenazado mientras fingías ser el director gracias a la poción multijugos, el año anterior se celebró el Torneo de Quidditch. Nadie podía entender como ese tipo había llegado a tal puesto, más que por la importancia de su apellido.
No prestaste mucha atención a su discurso, porque estabas ocupada mirando los rostros de los alumnos en las mesas. Muchos de ellos habían pedido tu ayuda, otros se habían vuelto grandes amigos. Poppy te sonrió cuando cruzaron miradas, Natty no te había notado desde la mesa de Gryffindor pero su expresión de indignación ante las tonterías que estaría diciendo Nigellius Black te causó gracia. Ese sería su ultimo Banquete de Bienvenida. Y agradeciste por, por lo menos, poder conocerlos a todos ellos, aunque hubiese sido en una instancia tan tardía del cursado.
Cuando la profesora Weasley terminó la Selección de Casas de los de primer año, el director Black volvió a tomar la palabra.
—Muchas gracias, profesora Weasley. Me temo que ahora debo dar una… complicada noticia —al oír aquellos los rostros del alumnado se giraban de un lado a otro con miradas intrigadas —. No me complace para nada el evento que nos acompañará este año y que, como muchos sabrán, es tradición que cada cinco años, celebrarlo, si podría decirse de esa manera.
Desde las enormes puertas abiertas de par en par del Gran Salón, el celador Moon recorrió todo el camino hasta el podio empujando un pesado volumen cilíndrico cubierto con una lona dorada hasta quedar frente al podio del director. Los murmullos de excitación y jubilo comenzaron a oirse en el salón, pero el director continuó su queja.
—Me he visto obligado por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos —el desdén en su voz hizo regocijarse en su asiento a la profesora Okawa —, ser el responsable junto a los directores de la Academia Beauxtabons y el Instituto Durmstrang, de iniciar el Torneo de los Tres Magos, número trescientos treinta y dos, con sede en nuestro Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Las mesas explotaron en gritos y vítores de la emoción, mientras Black gritaba pidiendo orden, sin mucho éxito. Sebastian se levantó de su asiento apoyando las manos en la mesa, con una sonrisa atraída por la ambición.
—¿Saben lo que eso significa? Tenemos que ganar este torneo —Los ojos avellana de Sebastian buscaron complicidad con los tuyos —. El premio son mil galeones.
—Un poco de dinero y diversión no me vendrían mal —concordaste.
Ominis, el único de los tres que tenía un gramo de sensatez, frunció el ceño, negando con la cabeza.
—Están dementes.
La profesora Weasley se levantó de su mesa e hizo un rápido movimiento de varita, apagando el ruido y empujando mediante una fuerza invisible el trasero de todos a su lugar.
—Gracias nuevamente, profesora Weasley —en un intentó por disimular su falta de autoridad, Black se aclaró la garganta, aumentando el tono grave de su voz —. Como decía, el Torneo se celebrará en Hogwarts, por lo que el Quidditch quedará suspendido durante este año nuevamente —. Imelda dejó escapar un quejido de frustración, al igual que algunos alumnos miembros del equipo de Slytherin —. Y por supuesto, el Colegio, será el sitio de acogida de nuestros, eh… deseados invitados. Como sede del Torneo, espero que se comporten, y le den una apropiada bienvenida a la Academia Mágica Beauxbatons y a su director Pharelle Lappulacée.
Todas las cabezas giraron en torno a las puertas, para encontrarse con una fila de veinte chicos y chicas, vistiendo unos delicados uniformes celestes de seda aparentemente carísima. Pasaron, con cierto aire solemne, entre las mesas de Ravenclaw y Gryffindor, y se detuvieron frente a la lona dorada. Su director, un hombre de rasgos finos y delgado, de cabello rojizo, se acercó a Nigellius y le estrechó la mano.
—Por último, démosle la bienvenida a los alumnos del Instituto Durmstrang, junto a su directora, Erva Ivanova.
Los sonidos de unas duras botas contra la piedra hicieron eco. Las filas de alumnos de Durmstrang, con abrigos de pieles, y semblante rígido, cruzaban el Gran Comedor pasando por la mesa de las serpientes. Su marcha te recordó a la milicia muggle, fría y autoritaria. Detuviste la mirada en un chico de cejas pobladas y cabello lacio hasta los hombros que estaba a lo ultima de la fila. Algo en tu pecho, como un cosquilleo que se esparcía hasta tus brazos y piernas te mantuvo alerta. Sus ojos azules, inmutables, se fijaron en ti y la conexión entre ambos parecía irrompible. No podías desviar la vista, algo se sentía diferente y no podías entender la razón. Al pasar frente a ti, asintió con la cabeza, terminando el contacto visual.
—Lazar Peev te saluda Ominis —murmuró Sebastian, acercándose a la oreja de su amigo.
Ominis levantó levemente su mano a modo de saludo, antes de que el búlgaro siguiese su camino hasta el podio. Los miraste sorprendida.
—¿Lo conocen?
—Lazar es amigo de mis hermanos mayores —te explicó el heredero de los Gaunt con un dejo de desdén en la voz —. Ahora entiendo por qué estuvo en casa durante el verano.
—¿No sintieron nada raro al acercarse?—preguntaste entre susurros, mirándote el dorso de las manos. Podías notar un temblequeo apenas perceptible.
—Si te refieres al asco que me da Durmstrang, entonces sí —masculló, cruzándose de brazos.
Sebastian te miró con extrañeza por tu terrible expresión en el rostro. Incluso te notaba más pálida.
—¿Está todo bien? —preguntó en voz baja, acercándose lo más que podía con Ominis en el medio.
Antes de que pudieras responder, el profesor Black tomó la palabra.
—A partir de ahora, el Torneo de los Tres Magos dará comienzo.
El señor Moon tiró de la lona dorada dejando descubierto el Cáliz de fuego. Sus llamas azules se encendieron, oscureciendo el Gran Comedor y alumbrando a todos los presentes con un aura fría y lúgubre.
—Quién ponga su nombre en el Cáliz, será juzgado para participar en el Torneo —explicó mirando con desagrado el artilugio—. Durante el transcurso de la semana, el Cáliz recibirá sus nombres. Al final de la misma, serán anunciados los tres alumnos más aptos para participar en las pruebas. Recuerden que sólo uno de ellos, recibirá el premio y la gloria eterna.
La profesora Weasley, que se mantuvo durante toda la ceremonia junto al director, se acercó al podio.
—Los directores de los colegios y profesores de Hogwarts creemos pertinente sugerir a los alumnos más jóvenes, quienes todavía no cuentan con las herramientas suficientes, se abstengan de participar si no quieren arriesgarse a una muerte terrible.
Los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons se distribuyeron entre las mesas, y se dio comienzo al Banquete de Bienvenida. Apenas comiste la porción de pollo y puré de calabaza, esa extraña sensación que te había calado hasta los huesos te había dejado con un mal sabor de boca. Te había hecho recordar a Ranrok.
Lazar Peev hablaba con Imelda, que lo miraba con ojitos de cachorro, pestañeando y tocándose el cabello más de lo normal. El búlgaro no volvió a dirigir su atención hacia ti durante el resto del banquete. Quizá, sólo quizá, había sido una confusión y sólo había querido saludar a Ominis. Las sensaciones extrañas podrían haber sido los nervios. Te convenciste de que debía ser eso.
