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- Los Vikingos se bañan en Sábado
Thorfinn era aún un chiquillo inmaduro e inexperto en muchos ámbitos de su vida, aunque nadie podría culparlo por desconocer gran parte de ello. Lo más parecido a una figura paterna y de autoridad que tenía era de hecho el hombre que más odiaba y del que había jurado vengarse a toda costa. Lo más parecido a una familia que tenía cerca era un montón de mercenarios despiadados y sanguinarios que jamás se habían preocupado realmente por él. Durante la mayor parte de su vida todo se reducía a sangre, hollín y espadas, absolutamente nadie podría culparlo por no tener el más mínimo decoro y etiqueta…
—¡¿Qué demonios te pasa?! —gruñó malhumorado, sacando de su cara la ropa que acababa de ser lanzada en su contra. Fácilmente podría haberla esquivado y dejar que la fina tela se estropeara en el agua, pero quisiera admitirlo o no, su mente estaba algo confusa por lo que sus ojos veían —Casi me dejas sordo con ese grito de niña.
—¿Q-qué haces aquí, Thorfinn? —la voz titubeante e indignada del muchacho le hizo arquear una ceja, incrédulo.
—Es Sábado —respondió encogiéndose de brazos como si fuese lo más obvio del planeta, juzgando la inteligencia del chico parado frente a él —Es día de baño. ¿Acaso no lo sabes? ¿Y te haces llamar vikingo?
—No me refiero a eso… —Canute aclaró la garganta aún abrazado a sí mismo como si aquello pudiera ocultar su desnudez en medio del agua —Me refiero a por qué estás precisamente aquí . —el rubio ceniza miró a su alrededor: una pequeña desembocadura del río, oculta entre la frondosa vegetación y apartada del brazo principal. Sin duda, un buen lugar para pasar desapercibido y disfrutar de un tranquilo baño lejos de miradas curiosas y fisgonas. Nada más que privacidad era lo que pedía el príncipe de Dinamarca, por el amor de Odín. ¿Era tanto pedir? —¿Por qué no estás con el resto? —volvió a preguntar. A la distancia, río abajo se podían escuchar las voces y risas estridentes de la banda de Askeladd solapadas por el sonido del agua al correr. Thorfinn arrugó más el entrecejo y frunció los labios, algo hastiado por tanto drama.
—¿Qué tiene? Hasta donde yo sé, los dos somos hombres. Aunque francamente cada vez tengo más dudas al respecto… —paseó sus ojos por la esbelta figura del príncipe sin un ápice de vergüenza, algo decepcionado de ver que esa piel blanca acababa en su cintura donde el agua cubría. Esta acción sólo avergonzó más a Canute, quien con sus mejillas rojas se arrodilló sumergiéndose hasta cubrir su nariz. Sólo sus claros ojos de cielo y la punta enrojecida de sus orejas se asomaron.
Thorfinn rodó los ojos y suspiró.
—De verdad que pareces una chica, princesa .
Esta palabra parecía tener cierto efecto en Canute cuando venía de parte de Thorfinn, más aún si le sonreía de esa forma extraña. Canute odiaba esa sonrisa, hacía que su corazón latiera rápido y el idiota de Thorfinn parecía ser consciente de ello.
Canute levantó la cabeza y tosió un par de veces cubriéndose la boca con la mano empuñada.
—Sólo quiero tener un baño tranquilo y a solas….
—Puede que en el palacio pueda permitirse esos lujos, su Majestad . Pero aquí en medio de territorio enemigo, me temo que no. El viejo calvo dijo que no te quitara el ojo de encima, y es eso lo que estoy haciendo —explicó con algo de ironía. Thorfinn solía ponerse juguetón sin darse cuenta cuando se trataba de Canute. Tal vez porque tenían la misma edad y eran los más jóvenes en esa tropa de hombres, Y aunque Thorfinn no estaba interesado en hacer amigos, inconscientemente Canute la atraía.
Le gustaba ver su rostro de finas facciones, su cabello largo y claro. Su piel pálida y tersa. Sin querer admitirlo, de alguna forma había disfrutado ver esa silueta curvilínea y delgada en el agua antes de ser descubierto casi a propósito. ¿Pero era realmente así como se miraba a un chico? ¿No era esto culpa de aquel engañoso y bonito rostro?
Canute pareció resignarse ante aquel argumento y suspiró pesado.
—Está bien. Sólo no vuelvas a espiarme sin avisar… —alegó mientras se peinaba el cabello sin notar lo que Thorfinn hacía hasta que alzó ́la vista y lo vio lanzando su ropa a la orilla adentrándose en el río. El cabello de Canute al igual que su expresión, se crispó —¿Qué haces…?
—Te creía más inteligente, princesa. —Thorfinn respondió mirándole con extrañeza —También tengo derecho a bañarme ¿sabes? —inquirió, sacándose la última prenda hasta quedar completamente desnudo en el agua. Su cuerpo repleto de cicatrices rápidamente llamó la atención de Canute, quien pareció olvidar la vergüenza inicial para quedar absorto en la piel tostada de Thorfinn. Era más bajo que él, y aun así su contextura era mucho más fuerte. Su piel tatuada de viejas heridas…
¿Cuánto había tenido que sufrir Thorfinn en su corta vida?
Antes de darse cuenta su mano se había extendido hacia Thorfinn, tocando apenas con la punta de sus dedos una cicatriz en su brazo izquierdo, generando que Thorfinn se crispara como una fierecilla tomada por sorpresa.
—¿Qué demo…?
—¿Dolió? —la rudeza de Thorfinn fue aplacada por la suavidad de Canute. ¿En qué momento se había acercado tanto a él? ¿O es que había dejado que invadiera su espacio personal a propósito? ¿Por qué no le molestaba su cercanía? Era como si su mente y su cuerpo estuvieran en un desacuerdo constante. Por un lado, su mente se negaba a abrirse y mostrar fragilidad frente a alguien, pero su cuerpo parecía estar deseando más contacto con esa piel tersa…
Oh.
¿Eran estas las hormonas revueltas de un adolescente?
—¿Por qué preguntas? Es obvio, ¿no? —refunfuñó intimidando a Canute por un segundo, Sintiéndose algo culpable por ello, agregó —Es algo a lo que te acostumbras, pero jamás deja de doler… —su mirada se perdió por un segundo en el parpadeo brillante del agua, como si ello pudiera distraerlo un poco de aquel cuerpo frente a él —Incluso para alguien que ha vivido en la guerra toda su vida…
—Sería preocupante que no lo sintieras…
—¿De qué hablas? —Thorfinn volvió a mirar a Canute, topándose con el chico mirándole fijamente también, peinando un mechón de largo cabello tras su oreja de manera casi sugerente.
—Eso quiere decir que sigues siendo humano —concluyó Canute y esa reflexión pareció calar hondo en el pecho de Thorfinn. Aun así, en aquella época el corazón de Thorfinn seguía cerrado y sellado por el odio, así que no podía entenderlo del todo. En un intento burdo por disipar esa incómoda sensación en su pecho, se burló:
—Eres bastante sentimental, princesa. Tengo que confesar que venir hasta aquí y comprobar que no eras una chica fue una franca decepción…
Thorfinn estaba jugando. Sólo quería desviar el tema. Incluso esperaba una bofetada o un golpe por su actitud, pero lo que hizo Canute sin duda lo desconcertó, al momento de inclinarse cerca de él y mirarle cara a cara con una expresión que Thorfinn jamás había visto antes en él.
—¿Qué hubieras hecho si lo fuera?
—¿Eh? —Thorfinn sintió su cara hormiguear, tal vez por el cálido aliento de Canute acariciando sus mejillas.
—He visto cómo me miras, Thorfinn. Sigues siendo un chico después de todo… —los ojos de Canute se afilaron felinamente. Su boca estaba tan cerca que Thorfinn se sintió mareado, jamás se había enfrentado a algo como ello. A esa mínima distancia, sólo podía pensar en ese bello rostro seduciéndole, lo cual era jugar sucio sin duda.
—Espera, no…
—Sentir es de humanos, Thorfinn. No deberías avergonzarte por ello…
—Yo no…
—¿Entonces por qué estás rojo?
Antes de darse cuenta, Thorfinn había sido acorralado en aquel juego. Sus cuerpos desnudos estaban tan cerca que se rozaban, los dedos de Canute seguían en su piel generando pequeños choques eléctricos al tacto y esos labios estaban a solo un bocado de distancia, tentándole.
¿Qué era esto? ¿La verdadera personalidad del príncipe?
—I-idiota, no creas que soy un rarito…—Thorfinn apartó la vista, logrando a duras penas romper aquel hechizo. Hizo un puchero, claramente avergonzado y entonces Canute mostró los dientes en una divertida sonrisa.
—Ja. Era broma. —el príncipe río, cerrando los ojos en una amistosa mueca. Aquello dejó sin aire al otro.
—Tú, maldito… —Thorfinn volteó hacia él, indignado.
—No eres el único que puede burlarse, Thorfinn. Tómalo como una pequeña venganza por llamarme princesa —le molestó, peinando su cabello y alejándose un par de pasos. Lo suficiente para tener un espacio prudente entre ambos.
—Déjame en paz, estúpido —bufó el rubio, algo ¿decepcionado?
El puchero amurrado en su rostro mientras miraba hacia otro lado hicieron que Canute se diera cuenta de pronto y se paralizara.
—¿Thorfinn, no me digas que tú realmente…? —la voz del príncipe se deshizo en el aire y Thorfinn se preparó para gritarle alguna idiotez, pero en cuanto alzó la vista quedó igual de helado.
Frente a él, el príncipe Canute le miraba con los ojos muy abiertos y el rostro rojo como una rosa contagiándole la vergüenza a él también.
—¡Imbécil, quién querría besarte!
Aunque Thorfinn se defendió exclamando aquello, ni siquiera él mismo estaba seguro de ello.
Esto sólo hizo que Canute soltara una carcajada de golpe.
—Para ser tan pequeño, eres bastante osado —esta tomadura de pelo provocó que Thorfinn le mirase asesinamente, logrando que Canute parara.
Era suficiente, a menos que estuviera dispuesto a recibir alguna puñalada. Su instinto se lo dijo.
—Ya estoy harto. Debí dejarte solo. Allá tú si te come un oso o un lobo… —refunfuñó el rubio más bajo, dándole la espalda y comenzando a caminar en dirección a la orilla.
—Thorfinn, espera…
—...
—¡Thorfinn!
—¡¿Qué?! —para cuando Thorfinn se giró en busca de pelea, Canute ya había sorteado la distancia entre ellos presurosamente haciendo que su largo cabello danzara en el aire al momento de besarle.
Fue apenas un roce entre sus labios, pero bastó para congelar a Thorfinn. Sus ojos bien abiertos fueron testigos de las largas y rubias pestañas de Canute, y también del suave y cálido tacto de su boca.
Thorfinn sin duda jamás había experimentado algo así en su vida. Era aún un chiquillo inmaduro e inexperto en muchos ámbitos de su vida y gracias al príncipe Canute acababa de aprender algo nuevo.
Pues ese era su primer beso.
Cuando volvieron al campamento juntos, Askeladd fue probablemente el único que lo notó. Algo había cambiado entre ellos dos, el tímido y cómplice silencio al caminar a la par los delató. Este descubrimiento le sorprendió un segundo, y mientras se peinaba el bigote soltó una pequeña risa, llamando la atención de su inseparable mano derecha.
—¿Uhm, qué pasa? —preguntó Bjorn.
—No es nada. Es sólo que me sorprende cuánto ha crecido Thorfinn.
—¿Uh? Yo lo veo igual de enano.
Askeladd río de buena gana. Aquello sin duda se había escapado de sus planes.
