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Todo acerca de su existencia había empezado a parecer falso, absurdo. Se miraba al espejo, de pies a cabeza, desnudo bajo la luz tenue y fría del velador y se sentía inacabado, inconcluso.
Le gustaba pellizcarse, a veces, solo para abrir los ojos y comprender que seguía allí, vivo. Las marcas en sus muslos daban fe de ello. Cada vez tenía que pellizcarse más fuerte, y aun así era insuficiente.
Las gotas de agua caían de su cabello hacia la alfombra sucia bajo sus pies, empezando a formar la silueta de un círculo a su alrededor. En la escuela primaria, le gustaba dibujar círculos en clase y competir consigo mismo por hacer la figura más perfecta a mano alzada. Recuerda nunca lograr un círculo perfecto, solamente óvalos de distintos tamaños, o líneas curvas que se abrían antes de juntarse con su otra punta. Hoy se preguntaba por qué pretendían que él fuera perfecto si ni siquiera podía dibujar un círculo que lo fuese.
Su teléfono sonó desde su cama y se apresuró a silenciarlo. Le molestaba en demasía el sonido, últimamente. El nombre de su hermana Valentina aparecía en la pantalla. Suspiró antes de contestar.
—Dios mío, Marcos —sonaba falta de aire y desesperada, y Marcos se sintió pésimo por no sentirse mal por ella. Creía que era porque ya se sentía pésimo por él mismo.
—Estoy bien, no te preocupes —suspiró pesadamente al escuchar la sarta de palabras que soltaba su hermana—. No te estoy escuchando, y no tengo ganas de escucharte tampoco. No quiero escuchar a nadie.
El sonido cesó desde el otro lado de la línea, escuchándose únicamente el ruido de conexión. Lo relajó, y se preguntó por qué el sistema de comunicación de los humanos era tan ruidoso. Sonrió pensando en humanos comunicándose por ruido blanco.
—¿Me estás escuchando? Estamos preocupados. No sé qué tenés en esa cabeza tuya, pero queremos saber dónde estás. Papá está preocupado, y mamá ni te cuento. Los dejaste solos, Marcos. Dejaste a mamá sola, sabiendo cómo es. Estabas tan bien, por Dios. Julieta no paró de llamarte y ahora no para de llamarme a mí. Te ama, y ustedes estaban bien. Estábamos bien, estábamos todos bien. ¿Marcos? Respondeme, por favor.
Ya no la estaba escuchando. Tenía en la mano la lapicera del hotel e intentaba dibujar círculos en el mapa que le dieron en el aeropuerto. Cada uno era más horrible que el anterior, y solo pudo sonreír ante la falta de precisión. Seguía escuchando a su hermana, pero le era difícil descifrar las palabras y parecía que hablaba un idioma completamente desconocido para él. En realidad, hablaban lenguas distintas desde que tiene uso de memoria.
Comenzó a llorar, una vez más. Había llorado en Ezeiza y lloró en la séptima u octava hora en el avión. Se sentía bien, como cuando vomitaba para hacer cesar el dolor de estómago. El líquido salado borroneaba la tinta en el mapa ya arruinado, y una pequeña gotita formó la circunferencia perfecta al caer sobre parque Retiro, Madrid.
~
A Agustín le costaba adaptarse al clima frío y seco del invierno español. Abrochó su abrigo y caminó rápido hacia la Facultad de Filología, en donde debía dictar su siguiente clase. Había asumido otra suplencia, esta vez por tres meses y de una asignatura optativa: Movimientos Migratorios y Pluralidad Religiosa en los Espacios Atlánticos. Podía sentir los ojos de sus alumnos cerrarse mientras hablaba. Pero, así, el tiempo se le escapaba de las manos. Le gustaba eso, de todas formas; no podía pensar en nada. Se sentía insensibilizado, pero era mejor que estar constantemente triste. Su psiquiatra había aumentado la dosis de ansiolíticos hace unas semanas, y era casi como estar anestesiado. Se sentía mejor, no bien, pero mejor.
Caminando, y sorteando los pequeños charcos que había dejado la reciente lluvia, intentaba rememorar la sensación de plenitud que no sentía hacia años. No era capaz de describirla en palabras, que era lo que más le molestaba. Todos sus escritos se habían vuelto tristes y pesimistas, y sentía una parte de sí mismo marchitarse y desfallecer cada vez que terminaba un poema y, al releerlo, resultaba ser palabrería deprimente sin sentido.
Su clase transcurrió sin novedad y terminó a las cinco de la tarde, con el sol ya comenzando a caer. Odiaba que el sol desapareciera tan temprano. Odiaba el clima frío, lo deprimía. Con el paso del tiempo, comenzó a odiar todo lo que tuviera que ver con la ciudad. Odiaba sus calles angostas, odiaba el acento madrileño y, más que nada, odiaba a la gente.
En realidad, creía odiar todo aspecto de su vida, tengan o no que ver con la ciudad en la que vivía. Odiaba La Plata antes de irse, y odiaría Sudáfrica si fuese a vivir allí. Odiaba su cuerpo, su voz. A veces odiaba su forma de moverse y tenía que frenar en seco. Odiaba odiarse, en verdad, y gastaba tiempo, energía, y dinero en pastillas y psiquiatras que le arruinaban la vida más de lo que ya la arruinaba él mismo. Pero sobrevivía, y no quería morir.
Le gustaba enseñar y estudiar, así que se adaptó rápidamente al ambiente académico. Lo aburría, de a momentos, pero no había nada que no lo hiciese. Y sobrevivía escribiendo y leyendo, y reescribiendo y releyendo hasta que le dolían los dedos y la cabeza le explotaba.
Hablaba con su mamá por teléfono, pero sus conversaciones siempre se desviaban hacia la persuasión en hacerlo volver, y volver era lo que único que no estaba dispuesto a hacer para hacerla feliz.
Había comenzado a llover y no traía paraguas. Corrió con las manos sobre la cabeza hacia la biblioteca antes de limpiarse los zapatos e ingresar. La bibliotecaria, una mujer menopáusica recientemente divorciada, lo recibió con el saludo más amigable que una persona de esas características puede darle a alguien igual de triste que ella. Recorrió a paso seguro la longitud del edificio hasta llegar a las escaleras con dirección al subsuelo. Los libros más viejos se encontraban allí y, más importante, nunca había nadie. Buscaba algo de Delmira Agustini, y caminó a paso rápido por las secciones de física y matemática para llegar a la de literatura. Le gustaba la oscuridad del subsuelo. Sentía olor a humedad y parecía que los libros habían sido abandonados. Cada tanto, como hoy, buscaba tomos que nadie leería solo para darles un uso.
Al encontrar lo que estaba buscando, sonrío satisfecho y balanceó el libro en sus manos, sintiendo el peso y disfrutando de la sensación de obtener algo nuevo. Caminó despacio por los pasillos vacíos cuando divisó un libro ancho debajo de uno de los estantes. Suspiró y, con un poco de fatiga, se agachó para poder acomodarlo en su respectivo lugar. Lo desempolvó con sus manos y le dio la vuelta para leer el título: “La División de la Circunferencia en partes iguales: Disertaciones Matemáticas sobre la Cuadratura del Círculo”.
~
Su separación se sentía lejana. O, bueno, era lejana. Habían pasado casi seis años desde su último encuentro y eventual discusión. La última de muchas a través de su relación, si así se podía llamar al insólito vínculo que compartían.
—Yo nunca te exigí nada —Agustín sonaba exhausto. Marcos había llegado a su departamento un martes a la una y media de la mañana para hablar. El aire era tenso y, extrañamente, incómodo para ambas partes. No se habían sentido así nunca, el uno con el otro.
—Pero ellos sí —La voz de Marcos se había vuelto más baja de lo normal. Si la habitación no estuviera en pleno silencio sería imposible de escuchar—. Ellos sí.
La última frase la exhaló en un suspiro teatralmente ruidoso, y Agustín se mordió el labio y guardó silencio por unos segundos antes de volver a hablar. Sentía que estaba actuando, de alguna manera. Se imaginó en una obra, o en una película hollywoodense. Lo estaban dejando, y lo supo en el momento en el que Marcos puso un pie en el piso de madera gastado de su departamento en capital.
Se sentía estúpido ante el pensamiento de “me están dejando”, no por el hecho en sí —que era ridículo y humillante—, sino porque la frase indicaba que había una relación romántica que abandonar en un principio y, él sabía, lo suyo no podía calificar como tal.
—¿Querés volver con ella? —Sabía que ese no era el punto de la conversación, pero intentaba alejarse a sí mismo de la situación tanto como le fuese posible. Se sentía flotar en el agua; las sensaciones aún no lo abordaban, pero sabía que se ahogaría en ellas en algún momento.
—Extraño mi vida de antes —susurró el menor.
No era la respuesta que Agustín esperaba. La forma en la que Marcos parecía tranquilo y hasta satisfecho por estar sacándose un peso de encima lo sacaba de quicio.
—¿Antes de mí? —La habitación se mantuvo en silencio así que insistió con la voz quebrada—: ¿Antes de conocerme?
Marcos levantó la cabeza que estaba siendo sostenida por sus manos para mirarlo con los ojos entrecerrados, aguantándose las lágrimas que se acumulaban cerca del lagrimal. Negó suavemente con la cabeza antes de pararse, tomar sus cosas, y dirigirse hacia la puerta. Agustín lo miraba desde su asiento cuando el más alto decidió volver a hablar. Sabía, porque lo conocía, que Marcos pensaba en hacer esto lo más rápido posible con el fin de hacerlo menos doloroso. No lo estaba logrando.
—No quiero hacer todo esto más difícil, de verdad. Creo que… por ahí te encariñaste demasiado y…
—¿Y vos no? —El tono de voz del mayor sonó más hostil de lo que él hubiera querido, por lo que tomó aire intentando tranquilizarse antes de volver a hablar— Pensé que… por ahí, íbamos a intentarlo. Un tiempito más.
Sonaba patético y él lo sabía, lo que hacía todo mucho peor. Imaginó como se vería todo esto desde una posición externa y quiso reír.
—No… no puedo, no sé qué decirte Agu’.
—No me digas así —Tomó aire— ¡No me digas así, no me digas así!
—Calmate —El tono en el que habló Marcos le hizo creer que no quería tranquilizarlo, simplemente le molestaría que los vecinos lo escucharan—. Nos podemos seguir viendo, cada tanto.
El mayor lo observaba sentado en una de los sillones bajitos del comedor, ahora limpiándose las lágrimas que le corrían por la mandíbula. Intentaba tranquilizarse.
—Claro… —habló despacio viendo al contrario sonreír— Para coger cuando quieras descomprimir de la vida perfecta, de tu novia que no te calienta, y de los pelotudos de tus amigos que están muy ocupados vendiendo bitcoin para darse cuenta que tenés depresión. Qué plato.
Suspiró al tiempo que al menor se le borraba la sonrisa del rostro. Ahora el más alto lucía molesto y Agustín quiso desaparecerlo de su departamento en ese mismo instante.
—Yo te quiero Agus, pero no podés…—habló en un tono casi de advertencia, que hizo a Agustín impacientarse más por eliminarlo de su vista.
—Estoy muy, muy cansado Marcos. No sabés cuánto. Y estoy harto de dar y no recibir nada de nada —Se limpió las últimas lágrimas que ahora humedecían su cuello antes de levantarse y dirigirse a la habitación—. Andate a Salta y hace tu vida. Es mejor así.
Marcos no volvió a verlo después de esa noche. Cuando, efectivamente, volvió a Salta y su vida prefabricada empezó a pesarle en los hombros y en el pecho, intentó retomar la comunicación para volver a verse, pero el mayor había desaparecido. No respondió ningún mensaje, ninguna llamada. La idea de no poder volver a verlo lo hacía retorcer del dolor pero, durante unos largos meses, intentó convencerse de que la situación era pasajera y, como había pasado antes —a sabiendas que la vida separados era inconcebible—, Agustín le hablaría, lo perdonaría, y retomarían la única realidad que les era posible disfrutar.
Ese momento nunca llegó, dado que hoy Marcos estaba buscándolo en otro continente. Habían pasado cinco años y nueve meses. Conforme las semanas pasaban, se ahogó en las desgracias que él mismo había provocado. Porque esa era siempre su conclusión final: el culpable de su propia infelicidad era él mismo. Era un hecho al que ya se había acostumbrado, una sensación conocida, casi amistosa.
La lluvia se intensificó en el centro de Madrid y no parecía querer parar. El sol había desaparecido por completo y la luna llena iluminaba las callecitas tristes, adoptando la miseria de quien las observaba. Marcos, sentado en la silla oxidada e inestable que el balcón de su habitación le proveía, se imaginaba qué tipo de meteoros caían sobre la luna para formar cráteres en forma de círculos casi perfectos. Le gustaría poder trazar esas figuras con sus dedos, e imaginarse que había sido él, y no materia espacial, quien los había dibujado. Pero se imaginaba muchas cosas últimamente.
Se durmió llorando. No recordaba la última noche en la que no lo había hecho, incluso cuando compartía departamento y cama con Julieta. Sentía pena por ellos, a veces, y sabía que ella sentía lo mismo. Aún no entiende, y cree no poder entenderlo nunca, por qué ella lo soportó todo este tiempo, por qué lo sigue queriendo sabiendo que él quiere a alguien más.
Ya dormido, una última lágrima cayó con gracia sobre el brazo en el que apoyaba su cabeza, formando por tensión superficial un círculo gordito de agua salada.
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Desde el año 2009 la nieve se había abstraído de caer en Madrid; pero hoy, despacio, como si no quisiera, había empezado a llenar los espacios verdes y las calles de la ciudad que, de por sí, era triste y opaca.
Agustín no veía nieve desde el 2009, también, cuando visitó a Blas en Bahía Blanca y el frío se intensificó con su llegada, eventualmente materializándose en copos cristalinos. Hoy, de nuevo, podía experimentar la sensación de apretujar nieve blanca y decepcionarse por lo poco blanda que realmente era.
Se levantó temprano, cuando el sol todavía no salía de su escondite, y prendió una de las hornallas de la cocina, para luego acomodar encima de ella su confiable maceta de barro, que le ayudaba a calentar el ambiente. Las cuentas de luz se volvieron extremadamente caras, y vivir en el centro de Madrid se podía volver económicamente tedioso.
Su gato, Salva, se levantó de su cama —que resultaba ser también la cama de Agustín— para estirarse con un largo bostezo. Agustín le sonrío desde la cocina para luego servirle alimento, y Salva se refregó en las piernas de su amo antes de empezar a comer.
Lo adoptó la primera vez que su mudó, instalándose en Alemania por unos meses. Encontró a Salva en un contenedor de basura, cerca del depósito en el que trabajó durante su estadía. Le dio las sobras de su almuerzo —que el gato probablemente agradecería si hablaran un idioma en común—, y se fue. Esa fue su única interacción durante semanas: Salva esperando ansioso en el contenedor, y Agustín guardando parte de su comida para él. Pasado el debido tiempo, el gato salió de su escondite y se dejó acariciar. Y ahora estaban en otro país: Agustín tomando chocolatada en su taza azul, Salva comiendo en su plato azul, ambos calentándose con una maceta sobre la hornalla.
Estas habían sido sus mañanas desde que se mudaron a España, hace aproximadamente 5 años. Nada había cambiado, los dos disfrutando lo cotidiano y cómodo de la rutina.
Afuera, la nieve había empezado a caer con fiereza, pintando de un blanco pulcro las callecitas del barrio en el que vivía. El viento soplaba con intensidad y, al acercarse a la ventana, notó que a las pocas personas que deambulaban por la calle les costaba caminar frente al mal clima.
Decidió ir temprano al campus principal, para poder pasar un poco de tiempo en la biblioteca y, de paso, devolver el libro que ya había ojeado y leído por arriba. Las salas de la biblioteca contaban con calefacción central y probablemente estaría mejor allí que en su propia casa.
Su objetivo era tomar el colectivo de las seis en punto. Se despidió de Salva, apagó la hornalla, y cerró la puerta detrás de él, prometiéndole al gato traerle una sorpresa cuando volviera. Hace meses quería comprarle una casita con rascador. Cuando salió a la calle, casi pudo sentir sus pies despegándose del suelo por las fuertes ráfagas de viento que sacudían los árboles, haciéndolos doblarse y, tal vez, temer por su bienestar. Cerró los ojos y se dio la vuelta para cerrar la gran puerta del edificio detrás de él. El clima solo podía acoplarse al espíritu de los días, y sabía que iba a ser una mañana intensa.
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El frío le calaba los huesos. Podía escuchar bocinazos lejanos y el ruido de sus dientes chocando entre ellos a un ritmo rápido y constante. Si se viera en un espejo, encontraría que su nariz estaba roja, sus labios violetas, y su piel seca por el viento helado. Las pestañas le pesaban y sabía que podría encontrar escarcha posando sobre ellas. Estaba, tal vez literalmente, muriendo de frío y, aun así, no encontraba el coraje para dar un solo paso.
Lo veía. Después de cinco años, lo veía. Y, de alguna manera, no podía creer que fuera real, que estuviese allí, a unos pocos metros, tiritando de frío al igual que lo estaba haciendo él, sintiendo lo mismo que estaba sintiendo él.
Marcos creía conocerlo. Le gustaba pensar así cuando aún estaba en Salta, cuando compartía cama con Julieta, cuando sentía el tiempo apretarle los pulmones y la mentira tirarlo hacia atrás. Le gustaba pensar que aún lo conocía, que lo reconocería entre una multitud incluso cuando los años habían pasado. A veces, se encontraba evadiendo el cambio porque quería que a Agustín le pasara lo mismo; que él también lo reconociera entre tanta gente porque aún conservaba el mismo corte de pelo, y usaba la misma ropa, y tenía la misma cara, y las mismas manos, y el mismo cuerpo. Quería que lo reconociera, que viera en él lo mismo que había visto la primera vez que lo vio, o la segunda, o lo que sea que haya visto para amarlo tanto, porque él no lo veía.
No sabría reconocer por qué no se estaba moviendo ahora. Tal vez se había congelado de verdad, pero no podría decirlo con certeza. Estaba parado, inmóvil detrás de un auto estacionado, a unos metros de la puerta principal del edificio de Agustín. El más bajo había estado intentando cerrar la misma por los últimos cinco minutos —probablemente por la lluvia de la noche anterior y la humedad del momento, la madera se había ensanchado—. Saliendo mínimamente de su pequeño transe, Marcos tomó aire antes de comenzar a caminar. No sentía nada, pero sí veía el vapor salir de su boca y escuchaba las gotas de agua caer sobre una lata de cerveza abandonada en el suelo. Le costaba respirar, así que solo lo hacía por la boca y contaba los segundos que le faltaban para exhalar.
Agustín logró juntar la puerta, y ahora buscaba la llave de la misma dentro de su mochila. Refunfuñaba por lo bajo y maldecía mientras sacaba carpetas y cuadernos. Cuando por fin la encontró, sus manos ya casi congeladas cedieron antes de que pudiera introducirla en el picaporte y la llave cayó en la mezcla de nieve, barro, y hojas bajo sus pies. Marcos sabía que sus manos se volvían frías fácilmente, y el más bajo coleccionaba varios pares de guantes de lana. Él mismo le había regalado un par cuando estaban juntos: eran azules y tenían copos de nieve blancos en las palmas. No entendía por qué no estaba usando guantes ahora. Cuando observó que Agustín amagaba a agacharse perezosamente a recoger la llave, apuró el paso hasta encontrarse a su lado y la levantó él mismo en un movimiento rápido.
No lo pensó demasiado, dado que ahora se encontraba con la llave en mano parado frente a la persona que había estado anhelando por años, sin saber bien qué decir. Las veces que había imaginado un reencuentro, que eran incontables, no había imaginado nada de esto, y se sentía un tanto perdido, desorientado, pero más que nada se sentía tonto por no saber qué decir habiendo tenido años para pensarlo. Cuando quiso abrir la boca, una ventisca fría e intensa golpeó su rostro y lo obligó a hacer una mueca y cerrar los ojos. Odiaba el frío, y a esta altura ya no sentía ningún dedo, de ninguna extremidad. Se imaginó perdiendo los dedos en muerte celular por congelamiento. Hizo otra mueca. Cuando abrió los ojos, Agustín lo miraba con una mezcla de pasmo e incredulidad que le era ignoto. Abrió la boca para hablar pero, al parecer, no emitió sonido porque lo único que salió de ella fue vapor. Empezó a respirar de forma más pesada.
—Hola.
Agustín habló primero, aún mirándolo con esa expresión que al más alto no le gustaba, que lo hacía sentir un desconocido.
—Hola —respondió, en un tono más bajo que el que habían usado con él.
—¿Qué haces acá? —preguntó Agustín.
—Vine a verte.
Le costó reconocer su voz. Hablaba muy poco últimamente, y cuando lo hacía era para mentir. No quería mentir hoy, no a él.
Abrió la boca para decir algo más, pero los ojos del más bajo se movieron a la llave que estaba sosteniendo, y se dio cuenta que probablemente ya quería irse. Quiso disculparse y escapar inmediatamente, pero el mayor habló antes que él lo hiciera.
—Te estás congelando, tenés los labios violetas —La voz de Agustín tomó otro color esta vez, y la mirada que a Marcos no le gustaba estaba apagándose.
—Sí —contestó rápido. Seguidamente pensó que su respuesta fue muy corta y tendría que agregar algo más—. Tengo frío.
La pequeñísima sonrisa que Agustín le regaló hizo valer la humillación de no saber hablar.
—Entremos, ayudame a abrir —Agustín habló rápido, tomando la llave de la mano del más alto y ahora empujando fuerte la puerta que, con la ayuda de Marcos, se abrió rápidamente.
Agustín negó con la cabeza mientras entraban al edificio. El cambio de temperatura hizo suspirar a ambos.
Subieron los dos pisos en silencio, Marcos levemente tiritando y Agustín haciendo fricción entre sus propias manos, mirando sus pies moverse. Marcos lo miraba a él.
~
—Voy a prender la hornalla. Calienta súper rápido, no te preocupes.
Agustín entro rápido a su propio departamento, apurándose en poner la maceta en su lugar y prender el fuego. Se arrepentía de no comprar una maceta más pequeña para la otra hornalla. Quería que Marcos supiera que vivía bien, que no le faltaba nada. Que él ya no le hacía falta.
Cuando se giró, encontró al más alto dando vueltas por el lugar y mirando las fotos encima de las diferentes repisas. Éstas consistían casi en su totalidad de fotografías de pequeño, con su familia. Hace poco había impreso fotos de Salva, también. Se lo iba a comentar cuando el gato apareció desde la habitación desperezándose. Bostezó antes de mirar al desconocido con extrañeza.
—Él es Salva, lo tengo de cuando vivía en Alemania —lo dijo como algo tan natural que olvidó que Marcos probablemente ni siquiera sabía que había pasado por Alemania. Aclaro rápido—: Viví ahí unos meses, y después me vine acá.
Se dio la vuelta para tomar el hervidor y llenarlo de agua. Iba a preparar té. Marcos aún no emitía palabra.
Antes de sacar las tazas y la pequeña latita de té en hebras, su teléfono sonó, indicando que recibió un correo. Lo abrió rápido y suspiró al leer el mensaje.
“Debido a las malas condiciones climáticas a las que se enfrenta la ciudad en el día de hoy, 29 de enero, las sedes y facultades situadas en el centro de Madrid no dictarán clases presenciales, y se encontrarán cerradas.”
Marcos se sentó en el sillón de dos plazas, frente a una pequeña mesa ratona y contiguo al ventanal del balcón. Al mirar a través del vidrio podía observar las copas de los árboles cubiertas en una capa blanca que, por la lejanía, parecía suave y cómoda. Sonrió al ver una construcción antigua con un ojo de buey como ventana superior, irradiando desde adentro una luz cálida, casi anaranjada. Por la abertura circular se veían sombras moverse incesantemente.
Agustín dejó dos tazas y una tetera de cerámica en la mesita ratona, sentándose también en el sillón, siendo ese el único lugar en donde podía sentarse. Vivía solo, después de todo.
Salva estaba enloquecido con el menor, y se acostó sobre la mesa solo para mirarlo bien. Hacía mucho no veía a alguien que no fuera su dueño. Además, le gustaban los mimos, y Marcos no dudaba en darle muchos de esos.
—¿Cómo supiste que estaba acá? —La pregunta de Agustín tomó por sorpresa al contrario, que tartamudeó un poco antes de contestar.
—Le pregunté a Cami, que me juró y rejuró que no sabía. Le pregunte a Coti pero parece que me odia, así que hable con Alexis que habló con Maxi, que obvio habla con Juli que habló con tu mamá y…
—Bueno, sí. Entiendo.
Se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Agustín sirvió el té humeante de la tetera frente a él. Aunque silencioso, el ambiente no se sentía tenso, sino más bien estático, paralizado. Ambos tomaron un sorbo de sus respectivas tazas.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó el más bajo, calentando sus manos con el recipiente de té que estaba sosteniendo.
—Ayer.
Agustín asintió. Se daba cuenta que, desde que lo vio sosteniendo su llave en la puerta de entrada al edificio, no lo había observado bien. Le daba algo de pudor mirarlo, incluso cuando ni siquiera tenía que sostenerle la mirada. Despacio, giró levemente su cabeza para obtener una buena vista del menor, que por el momento estaba observando el aguanieve caer por el ventanal. No había cambiado demasiado. No había cambiado nada, en realidad. Usaba el mismo corte de pelo y, estaba seguro, lo había visto usar ese mismo suéter años atrás, cuando aún vivía en Argentina. Los años no le pesaban en sus rasgos, como —en su opinión— sí le pesaban a él. Siempre había considerado que Marcos era perfecto, y lo seguía siendo. Ese tipo de cosas no cambian.
Apartó su mirada a los edificios que se observaban por la ventana cuando el más alto giró su cabeza para mirarlo. Le dedicó una sonrisa tan pequeña y fugaz que Agustín creyó haberla imaginado.
—Te escribí algunas cartas —habló Marcos, con esa voz suavecita que Agustín ya se había acostumbrado a no escuchar.
—No me llegó ninguna carta.
—No las mandé.
—Ah.
Agustín mordió fuerte. No quería llorar, pero sentía su mandíbula tensarse y sus ojos arder. Tomó otro sorbo de té.
—Te amo.
Agustín escuchó al más alto como si se encontrara lejos, fuera de la casa, moviéndose con las sombras de esa ventana circular que se veía por el ventanal del departamento. Lo miró con nada más que sorpresa y algo de terror producto del pasmo. Marcos abrió grande los ojos y tartamudeó un poco, abriendo y cerrando la boca sin decir nada.
—No, perdón. No llores Agus —Agustín no se había dado cuenta que había dejado caer las lágrimas que venían juntándose en sus ojos hace unos minutos—. Me apuré mucho, perdón. Hablemos un poco más y te lo vuelvo a decir más tarde.
Agustín rió sinceramente ante la inhabilidad del menor de mantener una conversación normal con él. Marcos se dio cuenta rápidamente de la causa de su gracia y le dedicó una sonrisa grande, mostrando los dientes.
—Perdón —susurró el más alto aún sonriendo y mirando sus propias manos sostener la taza de té.
—Basta de pedir perdón.
—Perdón —chistó bajo y dejó su taza en la mesa, nervioso—. Perdón.
Agustín se limpió las lágrimas solitarias que caían por sus mejillas con la manga de su buzo. La mínima conversación que había tenido con el contrario ya lo tenía agotado.
Afuera parecía que la nevada se acrecentaba y, a pesar de ser pleno día, las nubes que tapaban el sol volvían todo muy oscuro. Por alguna de las ventanas del departamento, el viento chirriaba cada vez más fuerte.
—De verdad, perdón. Por todo —El menor volvió a hablar, esta vez mirándolo fijo—. Si querés, es lo único que voy a tener para decirte.
—Yo te perdoné hace mucho, Marcos, vos lo sabés. Me conocés, y yo te conozco a vos. No hablemos de perdón, por favor —habló rápido, desordenando sus rulos ya crecidos con una de sus manos—. Y qué pena sería que después de seis años solamente tengas eso para decirme.
Agustín apoyó su codo en el respaldo del sillón y su cabeza en la mano, para poder mirar al contrario mientras tomaba té. Le dedicó una sonrisa chiquita, sin mostrar los dientes y achinando un poco los ojos. Quería transmitirle confianza, que sepa que decía la verdad, porque lo hacía. Marcos no era autor de ninguna de sus desgracias. Desde un principio, su vínculo había estado coartado por la inviabilidad del mismo y por la inestabilidad que a ambos los rodeaba. Había sido fácil para Agustín poder apuntar a alguien con el dedo por causarle infelicidad, pero esa etapa estaba superada.
Marcos lo miró unos segundos, y Agustín esperó sonriente a que dijera algo. Salva, aburrido y falto de atención, se levantó estirándose y se dirigió con pereza hasta la cocina, en donde estaba su platito de agua. Agustín, viendo que el contrario aún no emitía palabra, quiso volver a hablar para llenar el silencio pero, antes de que pudiera hacerlo, Marcos se abalanzó sobre él, rodeándolo con sus brazos y apoyando la cabeza en el pecho del más bajo. Agustín tuvo que sostener fuerte su taza de té para evitar derramarlo.
Recordó cómo se sintió las primeras veces que se abrazaron a solas, y las primeras veces que se tocaron a solas. Cómo el tacto parecía ser un idioma madre para ellos y se sentía natural, como si ese fuese el estado en el que debían estar siempre; unidos en algo singular. Único.
Era esperable que no se sintiera tan distinto esta vez. A las sensaciones de comodidad y bienestar general que venía de estar juntos, tocándose, se sumaron los años que ambos habían esperado para hacerlo, y el anhelo que arrastraban. Agustín escuchaba los sollozos que Marcos trataba de ahogar en su pecho, y se dio cuenta que ahora él también estaba llorando. Hace mucho que no lo hacía, de hecho, y había olvidado la sensación incómoda de las lágrimas corriéndole por la mandíbula y el cuello. Estiró su brazo para dejar la taza en el piso, dado que no alcanzaba la mesa, y abrazó al contrario con toda la fuerza que tenía. Se encorvó un poco, bajando la cabeza hasta poder sentir la suavidad del pelo largo de Marcos en toda su cara, y se dio cuenta que seguía usando el mismo shampoo. Seguía oliendo a manzana. El olor tan conocido lo hizo cerrar los ojos y llorar más fuerte.
Se mantuvieron en esa posición por un par de minutos, hasta que Agustín sintió que el llanto de Marcos se acrecentaba y empezaba a temblar. Se acomodó, subiendo las piernas al sillón y sentándose de rodillas. Comenzó a acariciar la espalda del contrario con una de sus manos, abriendo completamente la palma y cerrándola en un puño cuando quería intensificar el abrazo.
—Ya está, no pasa nada —susurró el más bajo, la voz acallada por el pelo del contrario—. Tranquilo Mar.
Escuchó al más alto sorberse la nariz, pero no se movió de su lugar, al contrario, lo abrazó con más fuerza.
—Auch —Agustín fingió que el agarre le dolía, riéndose bajito—. No me voy a ir a ningún lado.
—Te extrañé siempre, todos los días —habló, por fin, Marcos—. Todavía te extraño y estás acá.
Agustín sonrió y bajó la cabeza para volver a oler la manzana artificial que tanto le gustaba. Cerró los ojos antes de acercarse un poco más y dejar un pequeñísimo beso en la cabeza del contrario. Marcos dejó escapar un suspiro inesperado y, por la forma en la que se sorbía la nariz, el más bajo adivinó que estaba llorando de nuevo. Agustín decidió plantarle otro besito, esta vez más cerca de la frente, y, en respuesta, Marcos comenzó a frotar su mejilla en el pecho de más bajo, buscando algo que se asemeje a una caricia. Agustín quiso ponerse a llorar otra vez. Lo quería tanto, y no podía creer haberse privado de esto por tanto tiempo.
—Mi bebé… —El apodo se le escapó, pero no se corrigió. Se sintió bien, de hecho, volver a llamarlo así—. Ya está, estás acá.
—Te amo —susurró el más alto, subiendo un poco la cabeza hasta el hombro del contrario para que pudiera escucharlo bien—. Ya hablamos bastante, te lo puedo decir ahora.
Agustín se separó ligeramente para poder mirarlo a los ojos. Todavía los tenía rojos e hinchados por haber estado llorando y, por estar a contraluz, se veían oscuros. Marcos estaba mucho más bronceado que él, dado que en el hemisferio de dónde venía aún era verano. Así de cerca, se le notaban las pequitas que le salían por estar mucho tiempo al sol, y las pestañas casi rubias se veían más largas de lo normal. No recordaba la última vez que habían estado así de cerca.
Pensaba en Marcos todos los días de su vida y, a veces, se preguntaba si se había acostumbrado tanto al dolor de estar solo que se había encariñado con la herida. Le gustaba sentirse lastimado porque lo consideraba su lugar, su espacio. Hace seis años, su lugar y su espacio habían sido Marcos.
Levantó una de sus manos para poder acariciarle el pelo, que seguía sintiéndose igual de suave al tacto como lo recordaba. Le dejó, una vez más, un beso en la parte alta de la cabeza y otro en la mejilla, dejando los labios allí por más tiempo del necesario y separándose muy ligeramente, respirando cerca de su cara. El más alto se inclinó hacia él por inercia, y apoyó la cabeza en su hombro, plantándole un beso pequeño en el cuello. Agustín cerró los ojos y separó levemente los labios, ahora hundiendo su mano en la cabellera del contrario.
Más que nada, la posición en la que se encontraban era extremadamente cómoda: no quería moverse ni siquiera un centímetro, e imaginó que Marcos se sentiría igual. Pero se sorprendió cuando el menor comenzó a subir lento por su cuello, los labios apenas tocando la propia piel y dejando, cada tanto, pequeños besos cuyos sonidos eran opacados por el ruido del viento que se levantaba afuera. Agustín sentía su cuello y mandíbula fríos en ciertas partes por el rastro de lágrimas, o saliva, que el otro había dejado. Cuando llegó a las cercanías de la boca, se separó ligeramente. Aún sentían las respiraciones ajenas en sus respectivos rostros.
—Te quiero dar un beso —habló, bajo pero claro, Marcos. Ahora, con los ojos semiabiertos, Agustín veía sus pupilas dilatadas—. ¿Puedo?
Al más bajo se le cruzó por la cabeza hacerle una broma y decirle que no, solamente para asustarlo por unos pocos segundos. Pero, viendo que el otro había llorado tres veces en los últimos diez minutos, decidió que no era el momento.
—Podés —contestó Agustín, intentando reproducir el tono de voz que habían usado con él.
Ambos sonrieron chiquito, mirándose con algo semejante a la timidez, antes de unir sus labios por primera vez en mucho, mucho tiempo.
El momento se sintió santificado, de alguna manera. Dedicado un Dios en el que Agustín no creía, un Dios que no existía, pero al que rendía culto. Porque besar a Marcos se sentía como venerar a alguien.
Pensó en Delmira decir tener entre sus manos la cabeza de Dios.
Se movían en un compás lento y errático, intentando acostumbrarse a lo que solían ser. Agustín se mantuvo en la posición en la que estaba, con una mano sujetando la cabeza del contrario y la otra tirando suavemente de su pulóver de hilo. Marcos, más revoltoso, recorría la espalda del más bajo con sus dedos, apretando y tirando de su buzo cuando el otro mordía su labio inferior. Pensó en cómo se sentiría que lo mordiera hasta que sangrara, y suspiró.
Parecía que el tiempo se había ralentizado cuando Marcos decidió estirar sutilmente el extremo de la remera del más bajo, extendiendo la mano hasta poder tocar la piel caliente debajo de todo el abrigo. Agustín se revolvió ante el contacto y tiró fuerte de su cabello, haciendo que los labios se separaran por un segundo antes de volver a juntarse. El más alto ahora recorría su piel desnuda, con las yemas de los dedos apenas tocándolo, todavía algo cohibido. Se sentía en un mundo distinto, en otro universo, uno en el cual sentirse bien no le estuviera vedado. Tomó confianza e introdujo su otra mano debajo de la ropa del contrario, pudiendo ahora tomarlo por la cintura.
Le hubiera gustado poder levantarlo, hacerlo sentar en su regazo, pero un ruido fuerte y tormentoso los hizo separarse abruptamente. Marcos no se movió demasiado, y prefirió quedarse quieto mirando cómo la boca del más bajo estaba roja e hinchada, el color ya reinstalado en sus mejillas. Agustín buscó rápidamente el origen del estruendo y se levantó segundos después para dirigirse a la habitación. La ventana que había estado chirriando y filtrando viento todo este tiempo se había abierto de par en par, las manijas dejando pequeñas marcas en la pared que había sido golpeada. Suspiró y la volvió a cerrar con algo de esfuerzo, el viento helado golpeándole la cara caliente y trabajando en su contra. Cuando volvió al living, tenía pequeñísimos copos de nieve sobre sus rulos más superficiales, que se derritieron rápidamente ante el ambiente caluroso que habitaba el departamento.
Se volvió a sentar en el sillón, dejándose caer cansado y echando la cabeza hacia atrás. No había dormido bien la noche anterior y parecía que la fatiga le llegaba de golpe. Sintió la mirada de Marcos sobre él así que cerró los ojos, y nos los volvió a abrir hasta que el más alto habló, unos minutos después.
—Vi Alprazolam en uno de los cajones —habló despacio, mirándolo fijo—. No estaba revisando, estaba medio abierto.
Su rápida corrección hizo sonreír al mayor, que lo miraba con ternura y los ojos brillantes por el sueño.
—Me ayuda —respondió con la voz débil—. Me estoy cayendo del sueño, Mar. Y no tengo que trabajar hoy.
Marcos le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Ah claro —habló rápido y miro a sus costados, buscando la campera que había traído con él—. Ya me voy, perdón. Es que el tiempo se me pasó re rápido y…
—¿Sos boludo? —Agustín lo interrumpió y largó una carcajada que inundó rápidamente el espacio pequeño del departamento. Se levantó con pesadez y, sin decir nada, caminó hacia la habitación. Cuando abrió la puerta, Marcos se levantó despacio para poder verlo, y observó cómo se sacaba el pantalón y el buzo para acostarse bajo el acolchado de una cama de una plaza, tal vez una plaza y media.
Salva maulló desde la silla de la cocina en la que estaba acostado, bajando rápidamente para estirarse y caminar a paso lento hasta donde se encontraba Marcos. Ambos se miraron fijo.
—Dale, vení —La voz de Agustín se escuchó por debajo de las frazadas, y Marcos adivinó que ya estaba con los ojos cerrados y, probablemente, a segundos de dormirse.
Volvió a mirar a Salva, que le devolvía la mirada ahora con algo de desconfianza. Se apuntó a él mismo y al gato, preguntándose a quién le estaba hablando el más bajo. Salva bostezó y le dedicó una última mirada antes de caminar a paso lento hacia la cama y acostarse a los pies de Agustín.
Marcos se quedó allí parado, sin saber muy bien qué hacer y con el gato ahora mirándolo desde su posición privilegiada. Agustín levantó un poco la cabeza desde el escondite que constituían las mantas y almohadas de su cama, y lo miró con un ojo cerrado.
—¿Y?
—Ah, yo. Sí.
Una sonrisa se le dibujó en el rostro mientras se desvestía, manteniéndose allí cuando se acostó y Agustín lo abrazó y le pasó su pierna por encima, como solían hacer siempre. El más bajo apoyó la cabeza en su hombro, exhausto, y comenzó a hacer figuras con su dedo índice sobre el torso del contrario. Marcos sonreía cada vez que Agustín dibujaba un círculo. Los hacía perfectos; los sentía. No se les escapaba una línea, ni se desviaba medio milímetro.
Iba a hablarle, pero cuando miró a su costado Agustín ya respiraba pesadamente. Salva se levantó y, muy suavemente, comenzó a caminar hacia la cabecera de la cama. Se acostó en el hueco que había entre sus dos cuerpos, arriba del brazo de Agustín y pegado a la cara de Marcos. El menor sonrió, pensando que esperar a que su dueño se durmiera para poder acostarse en la almohada era algo que el gato probablemente hacía todos los días.
Sonrió ampliamente antes de cerrar los ojos, él también ya cansado. Movió su mano derecha hacia la pierna del contrario, y comenzó a dibujar círculos: pequeños en un principio, y algo más grandes después. Eran perfectos, y sintió que tomaban vida y se movían por sus cuerpos. No le sorprendía, ya no, que formas y otro tipo de objetos inanimados existieran solo por Agustín.
