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Dante era un chico terco, Era completamente culpa de su madre, de eso estaba seguro, Pero sería estúpido culparse a sí mismos de no poder superar su enamoramiento por Ari, después de todo, ese hermoso chico no ayudaba. Sin embargo, a veces pensaba que la terquedad hacía de las suyas con sus emociones, se aferraba, tenía una vana esperanza que esos ojos grandes cafés lo mirasen con anhelo, que lo amaran y lo desearan tanto como él lo había hecho por tantos meses.
Pero eso jamás fue un impedimento para que sin querer (o tal vez no) se pusiera a soñar despierto, con un Ari el cual pudiera besar, unos labios que guardaban todos sus deseos, chocolatosos rizos que guardaban entre si todos los secretos del universo, pero eso sería una mentira parcial, Ari, Aristóteles en su completa plenitud era la llave a todos los secretos del universo.
Cuando más y más se adentraba en la profundidad de sus sueños lucidos, repletos de Ari, lo despierta su propia mente, se autocastiga con el recuerdo del mismo chico de sus suspiros, Ari lo había dejado muy claro "Yo no beso chicos".
No puedes obligar a alguien a amar a otra persona, Dios sabe lo mucho que se intentó quitar el amor por Ari en Chicago, besaba con una triste esperanza de algo cambiara mágicamente, que se abriera del cielo un milagro del dios de sus padres dentro del y que apareciera el amor por las chicas, pero cada beso parecía una traición hacia sí mismo, se estaba traicionando y él era el que sostenía el cuchillo.
Ari decía que el luchaba con sus demonios, el mismo luchaba con los suyos.
