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La papada de Leo ocupa toda la pantalla del celular del Kun.
—Che, gordo, vos sabés que yo te amo y todo el coso, pero dame un mejor ángulo, solo eso te pido.
En la pantalla, la cara de Leo entra en foco con el ceño fruncido.
—Andá a cagar, si sabés que ando haciendo cosas —le responde y mueve su celular por enésima vez desde que el Kun lo llamó—. Y soy re malo para estas cosas. ¿Por qué no me hiciste llamada común?
El Kun hace un puchero que Leo no ve, porque, justamente como dijo, está ocupado y haciendo cosas.
—Porque te extrañaba y te quería ver, boludón.
La risa de Leo se escucha clarita. — Sos exagerado, eh. Si nos vamos a ver más tarde.
Y es verdad; Leo está preparando el bolso para tomarse un avión a Estambul esa misma noche, justo a tiempo para ver la final de la Champions League el sábado. El Kun estaba recién llegado al país turco, habiendo viajado con el equipo de ESPN, por lo que no habían podido viajar juntos como les hubiera gustado.
—Y bueno —dice el Kun encogiéndose de hombros y balanceando su celular contra el termo con agua caliente—. El que es campeón del mundo hace lo que quiere.
Esa frase se ha vuelto su muletilla más habitual, y nunca falla para sacarle una sonrisa a Leo.
—Sos de terror. ¿Qué van a hacer hoy?
—Ahora estoy esperando a que me pasen a buscar del hotel y vamos a ir a cubrir al City; hoy hacen entrenamiento abierto así que vamos a andar rompiendo las bolas por ahí. Seguro que voy a estar ahí toda la tarde.
—Mm—. La cámara muestra la ceja izquierda de Leo y el Kun siente una puntada en el pecho por la ternura que le causa—. Lo vas a ver al Juli entonces.
—Así es —dice Kun, y se reclina en su asiento—. Y va a andar el grandote por ahí, también. Sabés que lo tengo medio entre ceja y ceja…
—Kun…
—¡No es por lo de los goles! —se apresura a aclarar—. Pero siento que hay algo ahí, entre el yeti y la arañita. ¿No viste esos videos que te pase por TikTok? El Juli es re tímido hasta que de repente le ponés a un noruego de dos metros al lado y de repente…
El ceño fruncido de Leo hace una aparición fugaz. —Me imagino que no estás pensando hacer nada raro hoy en el entrenamiento.
—Jamás —dice el Kun, lo que, en su vocabulario (del cual Leo es experto) significa pero claro que sí —. Solo pensaba ir, tantear el terreno. Ver qué onda. Cuáles son las intenciones del muchacho este con nuestra arañita.
Hay un minuto de silencio hasta que Leo hace un sonido de afirmación. —Y, la verdad que sí, hay que ver que no sea cualquier cosa. Juli está solo ahí en Manchester, hay que ver que tenga una buena junta.
El Kun sonríe. El instinto de papá pichón siempre le termina ganando a Leo.
—Por eso… Yo voy a ir, hacer un par de preguntas sutiles, viste como soy yo. Nada muy raro, todo tranqui… Vamos a ver qué nos tiene para contar el grandote.
Con la bendición de Leo, que sigue armando su valija y puteando cuando no encuentra sus ojotas de la selección, el Kun comienza a formar un plan.
+
—¡Araña!
Julián sonríe al ver a Sergio caminando hacia él con los brazos abiertos por el pasillo de los vestuarios.
—¡Hola, Kun!
—¿Cómo anda mi jugador favorito? —le dice el mayor envolviéndolo en un abrazo—. ¡Mirá lo grande que estás! Te tienen hecho un toro, pá.
Julián se ríe. —Justo un toro no, Kun, por favor, que mañana es la final.
—Uh, cierto —dice el Kun mordiéndose la lengua y abrazándolo por los hombros mientras caminan—. Anulo mufa. ¿Qué onda, qué me contás? ¿Cómo va todo?
—Todo bien, un poco nervioso—. Juli se muerde los labios—. Ya quiero que sea mañana.
—Me imagino, yo estaría hecho una bola de nervios —le responde el Kun con una sonrisa—. Pero vos tranqui, que va a salir todo bien.
Siguen caminando hasta que el verde del césped se deja ver, y un par de jugadores del City se acercan a saludarlo, pero el Kun está concentrado en uno en especial.
—¿No me lo presentarás al Androide? —le dice a Julián una vez que se encuentran en la cancha. La mayoría está haciendo la entrada en calor, y otros la están haciendo a medias, pegándose pelotazos cuando pueden y corriéndose entre ellos con sus botellitas de agua—. Después vamos a hacer un par de entrevistas pero es mejor si lo conozco de antemano, para romper el hielo, viste.
Julián asiente, y busca al jugador con la mirada. No es muy difícil de encontrar: Haaland mide casi dos metros y tiene el pelo Pantene más impresionante que el Kun ha visto en su vida, por lo que toma nota de la manera en la que Juli se queda mirándolo un poquito de más antes de acercarse a hablarle.
Interesante.
Julián y Erling cruzan miradas, y el argentino está a punto de llamarlo con un gesto cuando, por distraído y por dedicarle una sonrisa enorme al cordobés, Haaland se choca con una de las conservadoras dispuestas sobre el césped y cae al suelo como una bolsa de papas.
—¡Erli! —exclama Julián, acercándose rápidamente al delantero—. Are you okay? ¿Te lastimaste?
Mientras tanto, Erling está echado en el piso, tapándose el rostro con sus manos para evitar reírse a carcajadas como lo hacen sus compañeros a su alrededor. Julián se agacha a su lado con preocupación y le levanta levemente la camiseta para palparlo, girándolo para ver que no se haya hecho daño en la espalda.
—I’m fine, Jules —le dice el noruego despacito.
Julián niega con la cabeza. —Dos metros al pedo tenés. You have to be careful! You need to be okay for tomorrow.
La mano de Erling se posa sobre la de Julián, dándole un pequeño apretón, y sus miradas se encuentran.
—Perdoname —le dice con un acento marcado—. Pero estoy bien, really.
Y el Kun les rompe el tierno momento acercándose con una botella de agua que se robó de una de las conservadoras.
—¿Tas bien, pá? —le dice a Haaland, extendiéndole una mano para que se levante del suelo y pasándole la botellita—. Alto palo te pegaste. Menos mal que no es nada, ¿no?
Erling se levanta con su ayuda, mirándolo con una mezcla de confusión, curiosidad y algo de admiración en sus ojos celestes.
—No habla muy bien español todavía —aclara Juli con rapidez, acomodándole la camiseta a su amigo—. Estamos practicando. Le cuesta el argentino.
—Ah —dice el Kun. Eso significa que tiene que sacar a relucir su inglés magistral. Le muestra el pulgar arriba a Haaland y le dice: —You okay, my friend?
—I’m okay, I’m okay —le responde el noruego con una sonrisa amable—. Es un placer conocerte, Sergio.
El Kun sonríe. —Kun, decime, y el gusto es mío, crack. Esa palabra es importante: crack—. Lo señala a Juli—. He is a crack.
El cordobés se ríe y niega. —No, bueno, vos sos el crack, Kun.
—Sí, eso también —dice y Erling se ríe—. Bueno, Yeti, contame, what you think about Julián? He is very good player, no?
Erling se acomoda el pelo para atrás y mira con una sonrisa (que si el Kun tuviera que definir, sería completamente embobada) a Julián, quien de repente está muy concentrado tomando agua de su botellita con calcos de Spiderman.
—Es muy buen jugador —dice Erling en su español tosco, pronunciando bien la erre—. He should start more. En el once. Jugamos muy bien juntos.
Y con una mano enorme despeina el jopito de Julián, haciéndolo ahogarse con el agua y refunfuñar.
—Es un gran amigo —continúa el noruego, y su mirada se suaviza, y la de Julián también, y el ambiente cambia de repente—. I met him when I first came to the club… Juli me ayudó mucho.
La mano de Erling se apoya en la nuca de Julián, sus dedos buscando enredarse en el pelo corto del cordobés. El Kun carraspea, sobrecogido de repente.
—Eso es importante —dice pensativo—. Is important. To have a friend.
Los tres asienten, el momento flotando entre ellos por un segundo más, hasta que aparece Ruben para llamar a los chicos a patear al arco, y el Kun se despide de ellos, prometiendo buscarlos más tarde para alguna que otra entrevista esporádica cuando tengan una pausa en el entrenamiento.
Sus manos arden por su celular.
+
—¿Y entonces?
Leo está acomodando sus cosas en su cuarto de hotel —ese que reserva pero nunca termina usando— mientras el Kun lo mira desde la inmensa cama. Es una imagen de la que nunca se va a cansar: el rosarino sacando sus prendas de su valija, acomodándolas prolijamente en los estantes del ropero mientras la luz amarilla y tenue de las lámparas iluminan su andar descalzo sobre la alfombra del cuarto de turno.
—¿Entonces qué, Pulguita?
—¿Cómo salió la investigación? No me contaste nada al final.
Es cierto: luego del entrenamiento y las entrevistas, el Kun se fue directo al hotel a descansar y esperar la llegada de Leo.
El mayor siempre se reía de él por lo pegote que podía llegar a ser, pero Sergio realmente lo extrañaba cuando no estaban juntos. Parte de él piensa que es afecto residual de todos los años en los que el fútbol y la vida los llevaron por caminos distintos, con nulas o escasas posibilidades de poder estar juntos como querían, encontrándose en los entretiempos de sus agitadas carreras.
Pero, como tenía que ser, la vida logró ponerlos en el lugar correcto. El Kun, radicado en Miami por comodidad de su trabajo, y Leo al borde del traspaso a uno de los clubes locales, para disfrutar de la vida un poco más tranquilo luego de haber conseguido el título que más anhelaba. Lo habían hablado mucho, antes, un poco entre lágrimas por los planes fallidos y lo que nunca volvería a ser, pero ambos lo tenían bien en claro: a donde sea y como sea, pero juntos al fin.
Ya no habrá despedidas amargas e inciertas, solo el buenas noches antes de apagar la luz del velador (porque sino Leo lo va a echar, Sergio lo tiene muy en claro), y no habrá que contar los días para volverse a ver, más que abrir los ojos para recibir un buenos días adormilado para siempre.
Pero el Kun todavía no lo asimila muy bien, y la costumbre de aprovechar cada segundo que puede con Leo sigue siendo parte de su rutina, por lo que se pierde un poquito de la conversación para mirarlo un ratito más.
Hasta que Leo le tira un almohadón y tiene que volver a la realidad.
—Dale, boludo, contame —le dice con una sonrisa y se tira a su lado en la cama—. ¿Hablaste con ellos?
—Sí, sí —responde, apoyando su codo sobre el colchón y girándose—. Charlamos un ratito. Es enorme el guacho, te intimida un poco.
Le hace un pequeño recuento de sus interacciones, exagerando un poquito cuando llega al momento en que Erling se cae y Juli va a su rescate, pero manteniéndose fiel a la historia, en fin. Leo lo escucha atentamente como siempre, riéndose y girando los ojos con sus ocurrencias.
—¿Los dejamos ser entonces? —dice Leo pensativo—. ¿O tengo que intervenir?
Sergio quiere reírse y decirle que no abuse de sus atribuciones como capitán y papá de la selección, pero la misma sensación que se apoderó de él esa tarde vuelve a instalarse en su pecho.
—¿Qué? —le pregunta Leo despacito, con la mirada suave que guarda solo para él, y el corazón del Kun da un vuelco.
—Nada… —dice, recostándose de espaldas—. No sé. Me hicieron acordar a nosotros.
Leo se acuesta a su lado, chocando sus hombros suavemente.
—¿A nosotros?
El Kun lo mira. —Sí, excepto que uno es noruego y el otro cordobés, pero sí, a nosotros… cuando éramos pendejos y boludos. ¿Te acordás? Cuando te andaba atrás todo el día y hacía boludeces a ver si me mirabas.
Leo rueda los ojos. —Si te miraba todo el día, dale. Yo quería que vos me mires a mí.
—Ponele —le retruca el Kun divertido—. Bueno, en fin, por lo que pude detectar ellos andan en la misma…
Leo hace un sonido de curiosidad. —Entonces no necesitarían de nuestros servicios de intervención, ¿no? Los podemos dejar que se den cuenta solitos.
—Exacto. No como Enzo y el Dibu que dieron tantas vueltas que hasta Scaloni se tuvo que meter.
Leo se ríe ante el recuerdo. Que tortura había sido estar alrededor del arquero enamorado como si tuviera quince años, lamentándose por los rincones de que Enzo no le daba bola mientras el menor se la pasaba cargoseando a los mayores de que les hicieran gancho.
—Bueno, entonces me quedo más tranquilo. Espero que no lo hayas cargado mucho al Juli, pobre, no va a querer volver más a la selección de la vergüenza.
—Nah, me re rescaté —dice el Kun—. Por esta vez nomás.
Leo niega con la cabeza, y extiende una de sus manos para acariciar el pelo corto del Kun. Se quedan así un ratito, en un momento ajeno al tiempo, simplemente disfrutando de estar juntos. Intentando hacerse a la idea de que así va a ser a partir de ahora.
De repente, el celular de ambos comienza a vibrar alocadamente con notificaciones.
—¿Qué pasó?
El Kun llega al suyo primero.
—Es el grupo de la selección… —dice con una mueca de confusión, deslizando su dedo por la pantalla—. Están hablando de… ¿guiso de fideos? No sé, hay como 80 mensajes discutiendo.
—Ah, están re al pedo —dice Leo, y asiente con una sonrisa cuando el Kun tira su celular a un lado para volver a la cama—. Pero me hiciste acordar, tengo un hambre tremendo.
—¿A dónde te llevo, bombón? —le dice el Kun con una sonrisa compradora—. ¿Qué tenés ganas de comer?
Leo se para y agarra un buzo que Sergio había dejado tirado sobre una silla apenas había entrado. Mientras se lo pone, le dice:
—No sé, sorprendeme.
La sonrisa del Kun se ensancha aún más cuando lo toma de la mano, y se dirigen a la puerta de la habitación.
—Vamos entonces, mi rey —le dice pícaro, dándole un beso rápido en el cachete.
Y Leo lo mira con una sonrisa con hoyuelos y arruguitas en los ojos, porque aunque pasen los años el chamuyo fácil del Kun lo sigue agarrando desprevenido.
—Vamos.
