Actions

Work Header

I never meant to do those things to you

Summary:

—Luces afectado, gatinho.

—No me llames así.

—Pido una disculpa, entonces. No pensé que esta situación fuera tan agraviante para ti.

—¿Dónde está? ¿Dónde lo tienen?

Ó

Cellbit despierta esperando ver a Roier a su lado, pero, en su lugar, hay un libro firmado por la federación.

Chapter 1: La Federación

Chapter Text

La habitación blanca se abría paso ante ambos brasileños que corrían velozmente evadiendo y acabando con cada trabajador de la federación que tuviera la desdicha de cruzarse en su camino.

Tal vez era demasiada la sorpresa de ver al castaño merodear por los pasillos de la organización como si los conociera igual que la palma de su mano, o simplemente los cucuruchos sin rostro no tenían voluntad propia para defenderse, pero estaba siendo extrañamente fácil infiltrarse a las instalaciones de la Federación. Había sido sencillo encontrar su escondite, solo tuvo que seguir a algunos constructores.

Todo estaba siendo demasiado fácil, pero no había tiempo para detenerse a analizarlo, no mientras Roier estuviera en peligro.

Los ojos de Cellbit estaban desbordantes de enojo, sus iris más oscuras que nunca y su mirada con un filo que cortaba la cabeza de cualquiera que apareciera en su visión. Ha sido así todo el día, desde que descubrió que Roier fue secuestrado por la federación.

Algo se había aporedado de él esa mañana cuando un libro firmado apareció a su lado en la cama en lugar de su esposo. Era terror, impaciente, furia, era una combinación de varias emociones que creaban en su pecho un resultado caótico. Pero por ahora, el tiempo jugaba en su contra, así que cualquier mierda que se esté desarrollando dentro de él tendría que esperar hasta que tuviera a Roier de vuelta y a salvo.

Así fue que llamó al primer vecino que viera para ir por su esposo, sin un plan en concreto pero completamente dispuesto a conseguir su objetivo.

No volvería de ese lugar sin él.

Forever lo detuvo en su andar y le indicó que lo siguiera, argumentando que había visto algo dentro de una oficina cercana, Cellbit sin dudarlo ni un segundo obedeció. El rubio abrió una de las tantas puertas blancas del pasillo y se adentró en ella con Cellbit detrás de él.

—¿Esa no es la sudadera de Roier?

El castaño observó en la dirección que su amigo y, efectivamente, sobre una silla descansaba dicha prenda de su esposo. Corrió a tomarla entre sus manos para poder examinarla. No tenía nada raro, nada fuera de lo común, simplemente estaba ahí abandonada, como si nada. Lo único atípico, como tal, era que estuviera en una habitación del cuartel subterráneo de la Federación.

Después de asegurarse de que no hubiera ninguna anomalía con la prenda, fijó su vista en los detalles de la habitación. Nuevamente, nada raro. Era una oficina cualquiera, un cubículo sin más. A las paredes las adornaban estanterías repletas de libros y en el centro de todo había una sencilla mesa blanca con sillas del mismo color. Cellbit giró a ver a Forever, quien estaba igual de confundido que él.

—Estuvo aquí—fue lo único que dijo. Era, en realidad, la única información que tenía. Todo lo demás estaba oculto bajo algo que Cellbit no podía percibir, pero se hallaba en esa habitación.

Forever se encargó de revisar las estanterías, en busca de un pasadizo secreto, quizá, algo que les diera más que pistas vagas.

El sonido de la puerta abriéndose fue lo que los hizo salir de su concentración.

—Buenos días.

Era esa voz robótica otra vez, apareciendo en el momento menos adecuado al igual que siempre. Cellbit se abalanzó sobre el oso y lo tomó del cuello, amenazando con enterrar la espada que tenía en su otra mano.

—¡¿Dónde tienen a Roier?!—le gritó, exasperado, con la paciencia al límite. El oso ni siquiera se inmutó, sus ojos eran igual de inexpresivos que las otras veces, mirando a un punto de la habitación.

—Buenos días—repitió el animal, girando su cabeza para encarar a Cellbit.

Por más terrorífico que le resultara, Cellbit no podía permitirse bajar la guardia. No se trataba de él, se trataba de Roier. Roier estaba en peligro, su esposo, estaba en algún lugar en medio de las garras de la federación, la misma que lo secuestró a él y a Felps. No iba a dejarse llevar por su miedo, ni por los recuerdos que le traía el oso.

—Voy a preguntar una vez más, oso de mierda—escupió el castaño, afianzando su agarre en la empuñadura de la espada—¿Dónde está Roier?

Cucurucho no respondió. Prefirió mirarlo por varios segundos y después devolver su visión a ese punto fijo de la habitación.

—Por favor, sígame.

Era molesto que lo único que esa grabadora pudiera decir fueran órdenes. Giró su vista en busca de Forever, pero este no se hallaba en ningún lugar de la habitación.

Filho da puta.

Soltó al de traje y recorrió con sus ojos cada centímetro de la habitación. Era la misma de antes, pero Forever ya no estaba. La ansiedad recorrió todo su sistema, y reprimió las ganas que tenía de gritar mil maldiciones en dirección al animal. También se guardó las ganas de salir corriendo de ese sitio a buscar ayuda. Era su culpa, no lo pensó bien, era su culpa y por eso Forever había desaparecido, era su culpa por ser tan egoísta y no haber ideado un buen plan que los mantuviera a salvo mientras trataba de recuperar a Roier.

Tomó su cabello entre sus manos y lo jaló con ansiedad, mientras miles de escenarios horribles se presentaba en su cabeza.

—Por favor, sígame.

Cellbit regresó al plano real bajo la insistente orden de Cucurucho. También cayó en él el escenario como un balde de agua fría.

—Por favor, sígame.

Estaba solo, en las oficinas de la federación, con Cucurucho. Otra vez. Y ahora no solo necesitaba desesperadamente buscar a Roier, sino también a Forever. La organización lo tenía entre sus garras. Sabía que todo había estado siendo demasiado fácil.

Pero necesitaba tranquilizarse. Tener la cabeza completamente fría.

Se quedó callado, pensando.

¿Cómo iba a salir de esta?

—Por favor, sígame.

—¡Bien, bien!—accedió. Tendría que idear un plan en el camino.

Cucurucho abrió la puerta por la que había entrado, y esperó a que Cellbit pasara por ella. Este lo hizo, no muy contento. Salió nuevamente al pasillo y sintió que estaba comenzando de cero. Su espada seguía en su mano, pero se sentía desarmado. Los pasillos blancos de ese lugar le traían recuerdos, y que el animal lo estuviera siguiendo nuevamente como aquella vez lo estaba matando poco a poco. Se detuvo en su caminar.

—¿A dónde vamos?

Cucurucho lo observó. No dijo nada, solo siguió de largo.

—Por favor, sígame.

Cellbit estaba comenzando a cansarse de ser ordenado, pero aunque su cabeza trabajaba a toda velocidad, todos los planes que ideaba resultaban en fracaso. Primero, creyó conveniente escabullirse dentro de otra habitación para escapar del guía, pero lo más probable era que todas esas puertas guiaran a oficinas idénticas a la primera que vio y, aunque tuviera la suerte de hallar una diferente, seguro estaría repleta de agentes; después, supuso que correr en dirección opuesta para buscar refuerzos sería una idea funcional, pero se dio cuenta que estaba demasiado lejos de la entrada y que era seguro que más trabajadores de la federación lo estarían esperando ahí. No creía posible que la Federación lo dejara ir por segunda vez.

Realmente estaba acorralado y su única opción era seguir hasta que Cucurucho lo llevara a donde quiera que estuviera planeando.

Pasaron una increíble cantidad de puertas que parecían siempre ser las mismas, creando una ilusión de que solo caminaban en círculos. Todo referente a la Federación se sentía como caminar en círculos, Cellbit ya lo sabía. Cuando fue secuestrado se sentía en una situación similar.

¿Roier también se habría sentido así?

No pudo evitar preguntarse.

¿Cómo no se dio cuenta que a su lado faltaba el calor de Roier? ¿Cómo pudieron irrumpir en plena madrugada en la seguridad de su hogar? ¿Cómo podría perdonarse no haber protegido a su esposo?

Haber faltado de esa forma a sus votos era una puñalada en su corazón.

Mientras yo esté aquí, tú nunca estarás solo.

Le había prometido.

Protegerlo y nunca dejarlo solo, fueron las promesas que juró jamás romper. Pero ahora estaba en la situación que más temía, y todo estaba fuera de su control.

La iluminación del sitio se fue haciendo más oscura, haciendo que Cellbit tuviera que dejar de hundirse en sus pensamientos para concentrarse en distinguir la figura del oso entre la oscuridad. Caminaron un par de minutos antes de toparse con una gigantesca puerta de color rojo iluminada por una única luz que salía de su interior. Cellbit ya tenía un mal presentimiento desde ese momento.

—Por favor, espere.

Cucurucho tocó la puerta una vez y una voz le concedió el paso desde adentro. Cucurucho entró seguido de Cellbit a lo que este último identificó como otra oficina.

Tal vez Cellbit estaba comenzando a alucinar, pero juraría que esa voz era muy similar a la de…

—Hola, Cellbit—saludó Quackity, sentado en medio de una enorme mesa de madera oscura.

El isleño observó incrédulo la imagen de su compañero en medio de esa habitación, con un traje negro y una corbata roja que le darían por si solos un aspecto formal, de no ser por el beanie azul que llevaba en la cabeza.

—¿Quackity…?

Cellbit estaba confundido.

¿Qué hace Quackity, el miembro desaparecido, en una oficina de la federación y con un traje tan formal?

—Ya te habías tardado, eh—el pelinegro rió—, pensé que nunca vendrías. Pero claro, ¿Cómo dejarías aquí a tu guapito?

Cellbit se quedó helado. Ese apodo saliendo de los labios de Quackity en esta situación era suficiente prueba de que se había metido a la boca del lobo. Pero no tenía sentido, no tenía sentido que Quackity trabajara con la Federación. Él siempre se mostró ajeno al tema y hace ya tiempo que La Orden había descartado esa teoría. Era imposible que alguien como Quackity tuviera los requisitos necesarios para ser parte de algo como esto.

Quackity, siempre tan efusivo, ingenuo, tan… alguien que evitaba tanto como pudiera el compromiso, alguien que se negaba rotundamente a participar en las misiones, alguien que era solo un espectador ocasional de sus sesiones de teorías, que no parecía realmente interesado en algo más que pasarla bien…

Pero ese Quackity también había sido el que le comentó sobre crear La Orden, o algo similar a ella, sin que Cellbit lo hubiera comentado antes. Había sido el mismo que amenazó con matar a todos los hijos de los isleños cuando su hija murió, el mismo que durante su boda se las arregló para evadir la seguridad y poner explosivos justo debate de sus narices.

En los ojos del castaño había mil y un preguntas, en su rostro desencajado se notaba que necesitaba un empujoncito para poner todas las piezas en su lugar.

—Luces afectado, gatinho.

—No me llames así.

Los ojos de Quackity brillaron ante el tono de enojo que guardaban las palabras del brasileño.

—Pido una disculpa, entonces. No pensé que esta situación fuera tan agraviante para ti.

—¿Dónde está?—preguntó, con las palabras casi atorandose en sus dientes—¿Dónde lo tienen?

Quackity miró a Cucurucho, que se había quedado en una esquina inamovible.

—Ve.

El animal no tardó ni un segundo en obedecer aquella orden. Cellbit miró como se abría una puerta secreta detrás de una librería y este se adentraba en ella.

—Suponía que tu interés principal sería verlo, pero, me temo que tendrás que esperar un poco para que lo halles en condiciones.

—¿A qué te refieres, Quackity?

El híbrido llevó su mano al beanie que adornaba su cabeza y se lo quitó, dejándolo en la mesa.

Había algo raro en este Quackity, Cellbit lo sabía. Y no era solamente el escenario ni su falta de nerviosismo al dirigirse hacia Cucurucho lo que lo hizo darse cuenta. Desde un principio, este Quackity parecía prestar un aura más oscura, hacía que todo el ambiente se pusiera tenso, y en sus ojos no brillaban las mismas emociones que solían hacerlo antes. Además, en ninguna parte de su ropa estaba el lazo de Tilín, accesorio que, Cellbit sabía, su Quackity jamás se quitaría.

—No creo que quieras ver a tu esposo desarreglado, ¿No?—una sonrisa pintó sus labios, pero solo causaba náuseas en el castaño—La Federación estuvo muy atenta a su boda, ¿Lo sabían?

Cellbit se negaba rotundamente a dejar de ver a Quackity a los ojos, aunque lo ponía nervioso.

—Cucurucho estaba especialmente interesado en ver a Roier en su traje de novio—comentó, tomando una copa de vino que estaba en una estantería cercana—. No permitió que nadie interfiera en el evento. Le concedimos su deseo de que ustedes tuvieran una boda feliz, como un acto de agradecimiento por su obediencia como miembro honorario de La Federación.

En Cellbit creció un sentimiento de rencor. El tono condescendiente en las palabras de Quackity era algo nuevo que no disfrutaba.

—No vine a charlar contigo, Quackity.

—No te preocupes por eso, Cellbit, ya que decidiste infiltrarte en las instalaciones de la Federación, lo último que haremos será charlar.