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Alarde del deudor

Summary:

Se había resignado a Rin. Se había resignado a su inmensurable apariencia tan contrario a su desesperante comportamiento, se había resignado a su vida, se había resignado a él.

Notes:

Estaba probando un estilo diferente de escritura, pero creo que acabe haciendo lo mismo de siempre. Disfruten, y si no entienden algo, pueden preguntarlo!!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Un hombre mediocre y emotivo, amante del arte y la belleza, pero no de la suya. Ese era Isagi, un pintor de carácter apacible y una vida manchada de sensibilidad, que se dejaba llevar hacia donde el destino lo arrastrara.

Llevaba una existencia decente, sin nada destacable a mencionar; pero en aquella mediocridad había algo hermoso y admirable, bello y destacable; era lo perfecto en lo imperfecto; lo soberbio en lo austero. Era su esposo Rin, con una mirada fría de porcelana era lo más perfecto de su vida.

Rin resultaba hipnótico para Isagi.
Le encantaba su impecable porte, como a todos los que alguna vez lo habían visto.
Le fascinaba su oscuro cabello que, al caer sobre su perfilado rostro atraía miradas perdidas.
Le maravillaban sus ojos, tan soberbios y profundos, eran maravillas que lo volvían débil.
Le encantaban cada uno de sus modestos movimientos, donde se reflejaba esa gracia innata que cautivaba a cualquier simple pasante. Le encantaba, le fascinaba, lo dominaba, lo adoraba.
Lo consideraba sublime, lo consideraba arte.
Pero también lo odiaba.

Aún recordaba el día que lo conoció, había seguido el mismo patrón que cada día, levantarse y vestirse con las mismas ropas descuidadas de siempre, comer algo, y salir a dar una vuelta para buscar inspiración; el día era gris, y el viento frío le desordenaba el cabello. Caminaba por los barrios altos, donde las mujeres pasaban con ostentosos vestidos acompañadas de sus criadas; y luego caminaba por los callejones más escondidos y olvidados, donde los niños descalzos buscaban comida en la basura, y las mujeres lucían andrajosos vestidos, y abundaban los mendigos, algunos de comida, otros de dinero, y otros quizás de amor.

Le gustaba el sentimiento de miseria que se respiraba en esos lugares, le gustaba porque sentía que pertenecía ahí.
Mientras caminaba observaba cada detalle, y entre tantos indigentes, ahí estaba Rin. Tan brillante incluso en ese callejón lleno de mugre y basura, donde se acumulaban los olvidados del mundo. Tenía el cuerpo débil y delgado, y contrario a eso, su mirada era recelosa y fuerte. Su rostro estaba magullado, pero sus rasgos tan delicados opacaban todo. En ese basurero de indigentes y prostitutas, Rin destacaba sobre todos ellos.

Sin importar sucio y enredado de su pelo, sin importar que ese fuera su estado más deplorable; Isagi apreció un encanto único en la desgracia de Rin. Le extendió la mano y, a cambio de una vida mediocre, le pidió que se casara con él.

Rin no hizo preguntas, y tampoco opuso resistencia; no era consciente del cambio, ni de su belleza y aceptó la mano que se le ofrecía. Cuando Isagi sintió su tacto, entendió que estaba arruinado, que Rin era su ruina, y entendió que él era la ruina de Rin.

Desde aquel momento habían iniciado una convivencia sencilla de pintor y musa. Rin era silencioso y tranquilo, se quedaba sentada observando la ventana por horas como un muñeco. Pocas veces hablaba, lo que le daba un aire misterioso. Solía mantener la misma expresión estoica en su rostro para todo, incluso cuando el pintor le pedía que se quedara quieto, y Rin sólo obedecía mientras era pintado de mil formas distintas, con trazos de admiración y pinceladas de obsesión.

Isagi no pedía nada más, no quería cambiar nada, estaba satisfecho. Rin alimentaba su inspiración, era exquisito ante sus ojos, lo complacía su sola presencia, le complacía la forma en cómo modelaba. Por eso, quizás, fue que no vio el cambio. No percibió cómo ni cuándo la situación se volvió tan frustrante.
No recuerda cuándo fue que empezó a huir de él.

Los meses de convivencia iban transcurriendo y Rin cambiaba con ellos. Las palabras que decía se reducían a ser sarcásticas y vulgares. Iba perdiendo la modesta sensualidad de sus movimientos, y en su lugar solo quedaban actos impulsivos y toscos; era muy desagradable. Odiaba el tacto ajeno, exaltándose y levantando la voz, dejando atrás su encanto natural. Su personalidad se volvía desastrosa y negativa, pero Isagi estaba tan irremediablemente atraído por su apariencia que no podía importarle menos si Rin despreciaba su amabilidad, o lo empujaba si tocaba su mano por casualidad.
Todo estaba bien, porque a Isagi no podía importarle menos Rin, Isagi solo amaba la belleza de Rin.

Pero eso no evitaba la frustración de Isagi, era asfixiante lo tenso que se ponía el ambiente cuando Rin hacía berrinches de la nada; rechazaba sus esfuerzos, y humillaba su arte. Era torturante ver como aquello que antes lo inspiraba ahora lo hundía en la desesperación. Le quitaba el sueño ver como aquel pedazo de fantasía se volvía su pesadilla.

Y aunque Isagi adoraba observar a Rin cuando estaba distraído, evitaba hacerlo; ya que si él se daba cuenta se enojaba y hacía muecas que lo hacían ver como alguien tan repugnante.

Entablar una conversación se volvió detestable cuando Rin solo soltaba insultos que le quitaban su gracia. La pintoresca presencia que tenía desaparecía cuando torcía los labios y fruncía el ceño. Se enojaba con facilidad si las cosas no se hacían como quería, dejando atrás la imagen de belleza inigualable.

Rin se volvió problemático y muy difícil de tratar; era desafiante en el mal sentido. El pintor se preguntaba si realmente una mirada de Rin valía que arrastrará su orgullo cada que podía, se preguntaba si valía la pena ser despreciado por aquel ser que no soportaba nada de lo que hacía.

Era conflictivo y aunque odiaba su mirada que lo despreciaba y sus palabras que lo juzgaban, no podía odiar su sombra silenciosa y taciturna; no podía odiarlo por completo.

El carácter de Rin era agobiante y tormentoso, y sin darse cuenta Isagi prefería pasar las noches tirado en bares, soñando despierto en la belleza apagada de aquel hombre.

Evitaba volver a casa cuando sabía que Rin estaba despierto, cuando dormía se veía tan silencioso y enigmático que volvía a desearlo. Evitaba dirigirle la palabra cuando se cruzaban, o huía de casa tirando la puerta cuando Rin despertaba. Isagi se movía al antojo de Rin, estaba donde él quería que estuviera, en la ruina.

Pasar las madrugadas tirado en algún callejón, se sentía más relajante que volver a casa y recibir miradas frías y palabras tajantes. Y aunque se sintiera ofuscado, no era capaz de enfrentarlo, al verlo solo recordaba el hermoso silencio que tenía cuando lo recogió, no era capaz de quejarse, después de todo el mismo le había ofrecido su mano aquel día en el callejón.

Fingía huir fumando tabaco y bebiendo alcohol barato, pero cuando todo eso se acababa, sentía el irremediable deseo de regresar. Necesitaba verlo, necesitaba su gracia y su belleza.
Era dependiente de la hermosa forma en que lo miraba, pero era enemigo de las vulgares palabras que soltaba.

El conflicto interno de Isagi encontraba calma, cuando veía la gracia de sus ojos cerrados; y entonces todo estaba bien para él; todo estaba bien, hasta que entornaba los ojos y lo miraba de forma desdeñosa. Entonces volvía a huir, otra vez. No podía vivir sin Rin, pero tampoco podía soportar vivir con él.

Quería creer que eso podía durar para siempre, quería creer que Rin se quedaría con él.

Cada vez que regresaba a casa entraba a su polvoriento taller, habían papeles tirados, y pintura seca por todos lados; pero a Isagi no le importaba, ignoraba todo. Recogía algunas pinturas para intercambiarlas por tabaco, y se llevaba algunos lápices para hacer dibujos a cambio de alcohol; tiraba la puerta, y el lugar permanecía vacío hasta su próxima visita.

La última vez que pasó por ese lugar su mente era un desorden total, Rin había hecho un gran berrinche cuando se había percatado de su presencia, le había gritado y pedido que se largará, e Isagi no había dudado en obedecer. Entró al taller tirando todas las cosas de la mesa al suelo, el polvo se impregnó en su camisa, y los papeles cayeron al piso en desorden. Recogió una carpeta llena de dibujos y la arrojó contra la pared donde había pinturas tapadas con telas. Todo cayó al piso, causando ruido y levantando nubes de polvo.

El ruido atraería a Rin, e Isagi sabía que cuando él atravesara la puerta solo gritaría. Se apresuró a buscar las cosas que necesitaba. Se arrodillo y busco entre las cosas tiradas los lápices, y lo guardó en el bolsillo de su gabán. Se acercó a los cuadros que habían caído al piso, se dijo que tomaría 2 al azar y se iría de una vez; sin embargo, cuando empezó a levantar los cuadros encontró uno de los cuadros que había hecho de Rin.

La mirada serena y estoica lo había hecho caer de rodillas al suelo; en sus ojos se reflejaba la oscura soberbia del mundo, tan inalcanzable y enigmático eran los ojos con los que Rin algún día lo había mirado. Ese retrato contenía la verdadera belleza de Rin, estaban ahí los rasgos que había dejado de apreciar, eran esos rasgos que eran difíciles de encontrar con su detestable forma de ser. Aquel pedazo de tela pintada estremecía su piel al recordarle como era Rin en realidad, hermoso y majestuoso.

Ese era el innegable atractivo que le había llevado a aceptar cada capricho de Rin, podía volver a apreciar la gracia perfecta de su rostro, sin muecas, en total armonía.

Con la mirada fija en el cuadro, y con los sentimientos encontrados, Isagi no se dio cuenta del hombre que entraba en la habitación pateando el desastre de papeles del piso, y rompiendo dibujos con el afán de mostrar lo molesto que se encontraba.
No se dio cuenta de la expresión de horror que Rin puso cuando vio el cuadro en el que su figura estaba pintada.
No se dio cuenta de la forma en la que Rin retrocedió y miró con odio el cuadro que él estaba admirando.
No se dio cuenta cuando Rin tomó un lápiz y atravesó la pintura, rompiendo la tela por completo.

El encanto estaba roto, odiaba a Rin por completo, odiaba ver lo grotesca de su figura mientras se enseñaba a rasgar y destrozar el cuadro. Su actuar lo hacía detestable y horrible, pero no podía levantarse del suelo, era ilógico. Rin estaba destruyendo esa pintura y despreciando su arte con sus vulgares palabras, pero no podía levantarse.

Se había resignado a Rin. Se había resignado a su inmensurable apariencia tan contrario a su desesperante comportamiento, se había resignado a su vida, se había resignado a él.

No se dio cuenta de que Rin estaba derramando querosene por toda la habitación, sus pisadas fuertes y sus gritos eran los únicos sonidos que percibía.

No se dio cuenta que Rin regó el cuadro con el líquido. Y tampoco se dio cuenta cuando le prendió fuego a una hoja y la dejó caer al suelo.

No se dio cuenta del fuego que ardía a su alrededor. No se dio cuenta de que los dos se quedaron sentados en el piso, cada uno en una esquina aislada de la habitación, bajo la sombra de la perfección y de la mediocridad. Y tampoco se dio cuenta de las lágrimas que se deslizaban en las mejillas de los dos, tan silenciosas, como sus almas.

Notes:

Fuera de todo, la belleza de Rin me parece un tema del cual se puede hablar por horas. Una musa en su totalidad

Esto iba a ser un Nagireo, pero cuando escribí la mitad, solo podía pensar en el Isarin, viva el Isarin, por más fics Isarin.

(Otra vez un título sin mucha conexión)