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Ena siempre había disfrutado de su estatus como alfa.
Aún si tener 3 alfas en una sola casa era un infierno y habían más colmillos de los que sabía que debía haber en una familia normal, nunca le disgustó su estado.
Habían otras cosas más importantes, como su futuro de artista y la manera en que debía vender sus habilidades para cerrar la asquerosa boca de Shinei.
Ena, aún si era bajita y estrujable a simple vista, no dejaba de ser alfa. No dejaba de tener un territorio limitado, ni de estar en sus determinadas manadas como protectora. No dejaba de tener fuerza y ferocidad.
Akito sabía exactamente por qué no debía pelear con Ena enojada, había una enorme cicatriz en su espalda como recordatorio constante.
Por ello, encontrar en el mundo a un alfa que parecía más castigado por su condición que orgulloso y alegre fue una vuelta a su mundo.
En su tiempo conociéndose en Nightcord, Ena asumió que Mizuki era beta u omega. Demasiado mansa, demasiado burbujeante y conciliadora.
Por ello, verla en el Sekai y ver como su cuerpo era más grande que el de ella y su olor ácido casi cubriendo el de Ena fue una sorpresa que la dejó pensando mucho tiempo en su primera impresión.
La primera vez que hablaron, su voz era un poco baja, casi como si se estuviera escondiendo.
Sin embargo, mencionar cualquiera de las cosas anteriores solo provocó que Mizuki se alejara.
Su mirada herida y distante, apagada de cualquier rastro de felicidad.
Mizuki estaba envuelta en secretos, y Ena quería deshacer cada uno de esos secretos, quería acceder a Mizuki, a cada rastro suave y expuesto de quien consideraba su amiga más cercana.
Tomó tiempo, años en realidad, hasta que estuvieron en la universidad, donde su corazón adolorido pudo ponerle nombre a la emoción que sentía cada vez que miraba su rostro desamparado y aterrado.
El motivo por el cual se elevaba cada vez que escuchaba su risa y veía sus lindos colmillos asomarse, la razón por la cual se sentía miserable cuando Mizuki veía fantasmas de personas que la habían dañado tanto y se encogía hasta parecer un patético perro pateado.
La razón por la cual Ena amaba inhalar enormes bocanadas del aire ácido de Mizuki, por la cual se sentía orgullosa si le prestaba ropa y su olor ácido se mezclaba con el terroso mentolado de su propio cuerpo.
Ena amaba a Mizuki con todo su ser. Y con ese amor, fue desentrañando poco a poco sus nudos.
Ena no era paciente en lo absoluto, así que fue seria cuando hizo que Mizuki saliera de su caparazón y confiara de nuevo.
–Nací como un alfa-masculino– soltó un día, con los ojos inundados en lágrimas, dejando salir el último secreto de toda la lista que Ena había escuchado –Pero nunca fui lo suficiente, ni para ser un alfa ni para ser un hombre– murmuró con la voz quebrada.
Ena no quiso interrumpir el flujo de palabras, concentrándose en el gruñido que cortaba la respiración de Mizuki, una de las tantas marcas de un alfa nato.
–Mi familia nunca tuvo un problema con ello, mi hermana me apoyó cuando le dije que no me gustaba jugar a morder con tanta fuerza como hacían mis compañeros o jugar a cazar– sus palabras nunca se hicieron más claras, y Ena agradeció una vez más ser un alfa, porque podía escuchar mejor las palabras tan delicadas que sabía que Mizuki no volvería a decir.
En cambio, acarició sus manos y se acercó con cautela, abrazando a la joven que aceptó que amaba.
–Pero nunca pude ser un chico... O un alfa digno. Todos decían que era un medio omega o un desviado, decían cosas horribles... Aún después de aceptar que no soy un niño, de tomar los tratamientos... Nunca fue suficiente, para todos estoy de alguna manera... Mal, pero no quiero ser así, no me gusta– la frase fue completada y Mizuki se deshizo en sollozos.
Ena solo la abrazó con más fuerza, sintiendo la ira contra todos aquellos que la hicieron sentir que estaba mal.
Sintiendo la necesidad de proteger a Mizuki.
Ena sabía que todo iba a cambiar, y lo hizo.
Mizuki parecía caminar de puntillas a su alrededor, con miedo en sus ojos, y cuando Ena la confrontó sin darle opción para huir, la presa se rompió. Ena estuvo en la casa de los Akiyama, abrazando a Mizuki, murmurándole que nunca se iría como el resto.
Ena se iba a quedar, porque amaba a Mizuki, y no había nada que nadie pudiera hacer para cambiar ese hecho.
Cuando Mizuki le pidió una prueba, Ena simplemente juntó sus frentes y cerró los ojos, dándole una suave caricia con la nariz.
Un gesto que normalmente le entregaría solo a un omega o a su descendencia, ofrecido a Mizuki.
El gesto más vulnerable que podía ofrecer.
No sabe quién juntó sus labios primero, ni quien se separó.
Eso no importaba tanto como los ojos de Mizuki brillando con lágrimas, con una ligera sonrisa tímida. El corazón de Ena desbordaba todo el cariño, así que reanudó el gesto, y Mizuki lo correspondió.
Todo ello las llevaba a su momento actual. Compartiendo un departamento luego de que Ena se graduara y Mizuki consiguiera un mejor trabajo en una boutique mejor pagada.
Con la castaña regresando del estudio.
Ena había llegado con la ropa ligeramente mojada por la lluvia. Su paraguas negro la saludó en la entrada mientras su melena goteaba un poco de agua en su hombro.
Era habitual que olvidara su paraguas, pero eso no evitaba que se pusiera de mal humor.
Entre más pronto se cambiara, de mejor humor estaría, y podría saludar a Mizuki sin tener que pasar por sus bromas sobre Ena siendo un perro mojado.
Hablando de Mizuki... ¿Estaba en casa?
Vió sus llaves colgadas y sus zapatos en la entrada, así que estaba en casa.
Pero todas las luces estaban apagadas a excepción de la luz de la cocina.
Se sintió extrañada, generalmente Mizuki la recibiría en la puerta o estaría sentada viendo anime en la sala, pero todo estaba oscuro y silencioso.
En lugar de saludar en voz alta o tratar de llamar a su novia, se dirigió a su habitación, extendiendo la mano con cierta urgencia para quitarse la ropa húmeda de encima, intentando girar la manija.
La puerta no se abrió.
Ena estaba encerrada afuera de su propia habitación en el apartamento que pagaba con Mizuki.
La indignación en su rostro no cedió cuando se dió cuenta de que su novia estaba dentro, el sonido de muchas cosas siendo sacadas de una caja, probablemente haciendo un desorden mientras ella soportaba la molestia de la ropa ligeramente húmeda contra su piel.
¿Qué rayos estaba haciendo ahí?
Su enojo fue un inevitable. La razón por la que no compartían habitación era porque aún lidiaban con la convivencia cuando cualquier cosa irritaba sus instintos alfa, y cualquier intrusión sin permiso entraba en aquellos detonadores de ira.
Pero no poder entrar a SU habitación para cambiarse de ropa... Fue un detonante desafortunado.
–¡Mizuki!– bramó –¡Abre la puerta!–
El ruido se detuvo, y un par de minutos después, la puerta se abrió mientras un borrón rosa se disparaba a la habitación de a lado, sin siquiera darle un saludo o gesto de reconocimiento alguno.
Dejando un rastro ácido y ansioso que preocupó a Ena.
Luego de que Mizuki fuera al trabajo esa mañana Ena no la había visto, trabajando en su proyecto más reciente hasta tarde en el estudio.
Creyó que todo estaría bien, Mizuki jamás tenía problemas en el trabajo, era uno de los pocos sitios donde aquellos que alguna vez la habían acosado jamás entrarían.
¿Hubo algún cliente grosero? ¿Alguien había señalado su olor? ¿Alguien le había hecho algo?
No supo en que momento vió rojo, pero sus pasos dejaron la puerta de su habitación para dirigirse a la de Mizuki.
La cual también estaba cerrada con llave.
Estuvo tentada a romper la manija. Habría sido demasiado fácil, pero si Mizuki necesitaba tiempo a solas, Ena no podría negarle eso.
Así que en su lugar, deshizo su furia con años de práctica, exhalando por la nariz lentamente. Sus nudillos golpearon con ligereza la madera, en espera de cualquier reacción.
El seguro fue quitado con un click, sin embargo, esperó un momento más. Cualquier señal que le dijera que Mizuki estaba realmente de acuerdo con su presencia.
Después de todo, aún si eran tenues, los instintos alfa de Mizuki podían dispararse, y Ena prefería no entrar en una pelea de no ser necesario.
–Puedes entrar– escuchó su voz amortiguada, girando la manija y entrando a la habitación demasiado rosa.
Parecía que un huracán había arrasado con el lugar, lo cual fue extraño por si mismo. Mizuki odiaba que su habitación estuviera desordenada.
Sin embargo, lo más llamativo fue la cama individual donde Mizuki estaba acurrucada.
Estaba llena de ropa, peluches, mantas y almohadas.
Ena reconoció sus propias almohadas y la chaqueta que había dejado el día anterior en el cesto de la ropa sucia.
Mizuki estaba en el centro, acostada sobre su costado, de espaldas a la puerta.
La castaña no se perdió las marcas de garras que habían en algunos lugares, sobre todo en la puerta del closet y el espejo de cuerpo completo.
¿Cuánto tiempo había estado así?
Se sintió culpable por molestarse antes, deseando haber medido mejor sus palabras y su tono.
Afuera la lluvia había empezado a arreciar, mientras que el ruido amortiguado de los vecinos se revolvía con la estática de la lluvia, Ena se acercó otro poco.
Mizuki había hecho un nido, lo cual significaba que tal vez estaba peor de lo que había pensado al inicio.
–Hey, 'Zuki– habló antes de tratar de acercarse otro poco, retrocediendo al escuchar el gruñido de advertencia de su pareja –¿Puedo entrar?– preguntó.
Pasaron unos segundos antes de que pudiera verla negar. El rechazo le dolió un poco, sin embargo, Mizuki habló en susurros.
–¿Puedes ducharte primero? Hueles raro– pidió cohibida, Ena casi corrió a su habitación, notando de inmediato las cosas que faltaban, y recordando la razón por la cual había querido entrar a su habitación antes.
Suspiró antes de tomar sus cosas y correr a la ducha.
El caro costo del apartamento se compensaba en momentos como este, el baño propio era una bendición cuando tenía prisa, porque solo tardó unos minutos antes de salir y secarse el cabello tan bien como podía en tan poco tiempo, corriendo de nuevo a la habitación de Mizuki.
En el nido, Ena pudo ver algo de su ropa y algunas prendas que sabía eran de la hermana de Mizuki, algunas otras que no reconoció, pero asumió eran de la familia de su novia, y por supuesto, una de las sudaderas de Kanade junto a una de las bufandas de Mafuyu.
Así de mal, ¿Eh?
Intentó acercarse de nuevo, ganando otro gruñido de advertencia, Ena se echó para atrás, exhalando por la nariz en un intento de disipar los ligeros pinchazos de irritación.
–Perdón– murmuró –¿Puedo entrar?– preguntó de nuevo.
Mizuki olisqueó en aire un momento antes de asentir, moviéndose en el reducido espacio para dejar entrar a su novia en el nido.
Ena suspiró cuando entró, los olores familiares siempre ayudaban a relajarse, pero había algo en el hecho de que fuera un nido que simplemente llenaba su pecho de calidez.
Se sentó con las piernas cruzadas, acariciando el cabello de Mizuki, quien se inclinó ante el toque.
Ninguna habló, dejando que el ambiente se calmara lo suficiente y que Mizuki se sintiera mejor.
Estuvieron ahí hasta que las voces y ruidos de los apartamentos vecinos se calmaron, el murmullo de la lluvia siguió, pero fue suficiente para que Mizuki se relajara.
Ena tenía la mano acalambrada y su espalda adolorida, así que tomó la desición de recostarse, atrayendo con cuidado a Mizuki contra su cuerpo, recargando su barbilla en la coronilla de su cabeza.
Siguió acariciando el cabello de su novia hasta que por fin pudo hablar.
–Me topé con alguien en el metro– murmuró, metiendo su cabeza en el hueco del cuello de Ena, tratando de acercarse todo lo posible al consuelo cálido y familiar.
El olor terroso y mentolado se suavizó en algo más dulce, el consuelo relajó a la pelirrosa, quien aspiró profundamente antes de seguir.
–Se bajó en la misma estación y me siguió, me acosó por varios minutos hasta que me acerqué a un policía– suspiró de forma temblorosa.
No pudo hacer mucho más que mimarla.
La impotencia intentó consumir su mente.
No era suficiente para proteger a Mizuki, estaba fallando en la tarea más básica de proteger a su pareja de idiotas así.
No.
Mizuki no quería ser protegida. Mizuki odiaba la confrontación, mucho más cuando alguien más confrontaba en su lugar, cuando peleaba sus batallas.
Pero protegerla era lo básico que debía hacer, ¿No?
–Enanan, huele a quemado, deja de pensar antes de que nos asfixies con el humo– bromeó con poco humor.
Usualmente la reprendería. Hoy no tenía ganas de eso, no en ese momento.
–Estaba pensando en si mi linda novia querría algo de comer– murmuró suavemente, dejando un beso en su cabeza.
Mizuki negó.
–No necesitas protegerme– su voz se volvió un hilo, y Ena tuvo que soportar las ganas de llorar por la impotencia que le generaba.
–Pero quiero hacerlo– susurró, buscando los ojos rosas que se voltearon, esquivos de cualquier tipo de apelación.
–Te harían daño, no quiero que te pase nada– su agarre se aflojó, tratando de alejarse físicamente de la castaña.
Ena la abrazó con más fuerza.
–No me importa, ¿Sabes?– su voz baja trató de ser suave, mientras que su toque se suavizó al darse cuenta de que había aumentado la fuerza de su abrazo –no quiero que te hagan daño, no quiero que nadie más te haga sentir mal– murmuró, alejándose un poco del cuerpo de su novia para acariciar su mejilla con sus dedos, haciéndola enderezar la cabeza para buscar una vez más sus ojos rosas.
Juntó sus frentes, moviéndose suavemente para frotar sus narices, dejando un beso tierno en la comisura de sus labios.
Al volver a encararla, vió los surcos húmedos en sus mejillas.
Sintió ganas de llorar.
–Deberíamos avisarle a K y Yuki que no estaremos esta noche– murmuró, desviando la mirada nuevamente.
Ena sintió esa incomodidad tan familiar en el pecho, la impotencia y la tristeza del rechazo arremolinándose. Un agujero negro, succionando cada gramo de energía y felicidad de su cuerpo, dejando detrás solo los escombros que pinchaban desagradablemente.
Se levantó del nido, una lágrima solitaria delineó su rostro mientras su expresión amarga se escondía de los ojos que ahora seguían sus movimientos.
–Les mandaré un mensaje, y haré la cena– su voz clara no dió espacio a cualquier discusión. Escuchó el sonido de la tela arrugándose atrás suyo, sin embargo, no esperó respuesta antes de salir.
El sollozo ahogado que dió fue silencioso, en la oscuridad parcial de la cocina.
No podía hacer más que llorar silenciosamente de la impotencia mientras buscaba el paquete de curry de manzana que sabía que tenía en algún lado de la cocina.
Puso la arrocera y cortó los vegetales mientras su visión se deformaba por las lágrimas, secando las gotas salinas con su antebrazo.
El proceso fue sencillo, freír, poner la olla, el agua, poner las pastillas de curry, esperar, corregir el sabor...
Se habría alegrado por lo sencillo que le había resultado después de tanto tiempo si no sintiera la opresión en el pecho.
Sirvió el curry con el arroz y un poco de carne y lo dejó descansar en la mesa. Fue a su habitación para encontrar los lentes que usaba en casa y mandó el mensaje a su grupo de Nightcord, quienes, como siempre, dieron las respuestas cortas e incómoda pero preocupadas.
Ena suspiró, limpiando todo rastro de llanto de su rostro antes de salir de su habitación y tocar suavemente la puerta de Mizuki.
–Adelante– sonó la voz amortiguada, pero la artista no hizo ademán alguno de entrar.
–La comida está servida– dijo lo suficientemente alto para que su voz fuera escuchada por Mizuki sin molestar demasiado a los vecinos.
Y luego dió media vuelta, volviendo a su cocina semi oscura, dónde la comida estaba servida en la barra.
No tenía hambre, su estómago estaba cerrado por la conversación anterior, así que trató de beber agua para disipar la sensación desagradable.
Minutos después, Mizuki se sentó en la barra, con la mirada baja y el cuerpo encorvado. Siguió sus movimientos con los ojos, viendo como murmuraba un agradecimiento por la comida antes de empezar a comer.
Ena reflejó sus actos, apenas registrando el sabor de la comida mientras esta desaparecía de su plato de forma inusualmente rápida y silenciosa.
El arroz, el curry y la poca carne de su plato desaparecieron. Murmuró otro agradecimiento y después de ello llevó los platos sucios al fregadero, lavando todo lo que estaba ahí, desde los trastes de la preparación de la cena hasta las lindas tazas a juego que tenían y que habían olvidado lavar en la mañana.
Resistió las ganas de llorar de nuevo, distrayéndose con la sensación helada del agua y la más cálida del jabón en sus manos mientras terminaba de enjuagar los trastos más pequeños.
Sin embargo, la distracción fue tan útil que soltó un respingo aterrado cuando un par de brazos delgados abrazaron su cintura y el calor de un cuerpo se presionaron en su espalda.
La barbilla de Mizuki se acomodó suavemente en su hombro, y escuchó su respiración entrecortada, teniendo un escalofrío cuando el aire tibio tocó su cuello.
El silencio se prolongó en la habitación semi oscura. Se sentía tan extraño cuando Mizuki era quien iniciaba un contacto tan íntimo. Casi como si todo se detuviera.
Ena terminó de enjuagar los trastes, pero ninguna dejó esa posición, incluso cuando ya no había nada más que hacer frente al fregadero.
–Lo siento– murmuró, enviando otro escalofrío por su columna vertebral. Puso sus manos encima de las de Mizuki, con cuidado de no hacer nada que pudiera alejarla.
–¿Por qué te estás disculpando?– negó, maldijo la manera en que su voz salió más temblorosa de lo que quería, sin embargo, valió la pena al sentir el agarre de su novia aún más firme en su cintura –No hiciste nada malo–
–Te hice llorar– la respuesta fue demasiado rápida, y Ena estuvo a punto de sollozar de nuevo.
–No lo hiciste– mintió, y el aroma ácido de Mizuki se volvió ligeramente amargo –O no fue en realidad tu culpa, no quieres que te proteja, está bien– sus manos soltaron las de Mizuki, aferrándose al borde del fregadero –¿Quién querría que un alfa como yo le protegiera?–
¿En qué momento sus garras habían crecido?
Su cuerpo se sentía más grande, la barbilla de Mizuki ya no estaba en su hombro, sino que podía sentir su frente descansando en su nuca.
Respiró hondo, relajándose mientras su cuerpo entumecido volvía casi a la normalidad. Sus manos con garras aún se aferraban al fregadero.
–No quiero que te hagan daño– murmuró una vez más. Sin embargo, esta vez no se estremeció, demasiado ocupada en mantener su cuerpo pequeño y lo más humano posible.
Podía sentir sus caninos más grandes en su boca, la forma en que se sentían extraños cuando los tocaba con su lengua.
–No lo harán– murmuró –Pueden intentar cualquier cosa, no me harán daño– gruñó.
–¿Y si nos relacionan? ¿Y si se revela que la linda influencer Enanan sale con otro alfa? ¿Qué harás?– el olor se volvió cada vez más pesado y amargo.
Respirar hondo solo estaba grabando lo desagradable del olor a fuego en su mente.
–No me importa– trató de moverse, pero Mizuki la mantuvo en su lugar. No quería iniciar los gritos, pero cada vez estaba siendo más difícil mantenerse en control.
–¿Y si te acosan por internet? ¿Y si descubren que una de las integrantes de N25 sale con un alfa? ¿Qué harás?– el tono ahogado de sus palabras molestó a Ena. ¿Por qué no lo comprendía?
–Nada de eso importa, ¿Por qué no puedes meterlo en tu cabezota?– con fuerza y enojo renovados, apartó el abrazo de Mizuki, encarando a la otra alfa, quien tenía la mirada iluminada en rojo.
Cuando Mizuki retrocedió aún más lejos de la luz, el lucidum tapetum de sus ojos brilló en amarillo, escondiendo el tono rojizo en sus iris.
–No quiero que te pase algo– gruñó –no quiero que pases lo mismo que yo, no quiero que por mi culpa te hagan lo que me hacen a mí, ¡No quiero que ellos te pongan una mano encima! ¡No quiero que cumplan lo que dicen!– la última parte dicha con desesperación colmó el vaso, los ojos abiertos con miedo y las manos que volaron a su boca para restringir cualquier palabra fueron lo que unió todo junto.
La comprensión llegó a la mente de la artista como un balde de agua fría.
Mizuki nunca había mencionado lo que le habían dicho. Ni siquiera había dado una pista.
El comportamiento inusual había pasado de largo luego de que su principal foco fuera hacerla sentir mejor.
No había sido acoso. Había sido una amenaza.
Tenía miedo.
Ena dejó de controlar su tamaño en ese momento. Sus garras se extendieron y ganó altura sobre Mizuki, sin embargo, el zumbido de la molestia y el odio ya no estaban ahí. Abrazó a la joven, levantándola del suelo con cuidado, caminando hasta la habitación y dejando su cuerpo tembloroso en el nido.
Sintió el incómodo proceso de su cuerpo volviendo a la normalidad, o al menos lo suficiente como para que fuera cómodo dejar un beso en la frente de Mizuki, entrando al nido sin ninguna pregunta.
–No pueden hacerte nada, Mizuki– la voz ronca de Ena resaltó el gruñido natural de su garganta, la joven de melena rosa se sobresaltó unos segundos antes de que su cuerpo se quedara inmóvil y flácido, llorando abiertamente.
Fue abrazada una vez más, las garras pasando suavemente por su cuero cabelludo.
–Nadie va a permitir que te hagan algo– suspiró, plantando un beso contra su frente –mucho menos yo, nadie nos hará nada, ¿Entiendes?– afirmó.
Mizuki lloró, deshaciéndose bajo el peso de sus miedos, dejándolos irse mientras sollozaba, con el calor de Ena a su lado, asegurándole que nadie ni nada iba a dañarla otra vez si ella podía evitarlo.
La lluvia se detuvo en algún punto, y Ena pudo sentir como la respiración temblorosa y los sollozos se transformaban en un compás lento y relajado.
Mizuki se había dormido.
Su cuerpo también había regresado a la normalidad, el olor terroso mentolado y el ácido de Mizuki se mezclaban en el aire, arrullando a Ena, quien casi se queda dormida ahí mismo.
Intentó levantarse, ir a su habitación para que Mizuki pudiera descansar correctamente.
Sin embargo, cuando estaba saliendo de la cama, los ojos rosas se abrieron y su mano atrapó la pijama de Ena.
No hicieron falta palabras, y la castaña retomó su lugar, abrazando a su novia, quien se acurrucó en su cuello antes de volver a dormir.
Aún tenían que hablar. Necesitaba saber sobre las personas que aún molestaban s Mizuki, sobre el daño que le habían hecho y las amenazas que había recibido.
Pero sería mañana, cuando estuvieran más tranquilas, cuando el miedo de la noche se hubiera desvanecido como un mal sueño y la sonrisa brillante de su novia volviera a deslumbrarla una vez más.
Por ahora, Ena enterró su nariz en el cabello rosa, aspirando el tenue olor ácido antes de dejarse llevar por el suave sonido de la respiración de Mizuki.
Esperando que mañana fuera un día soleado.
