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Agustin apoyó su cabeza sobre la ventanilla del Uber, mirando hacia el exterior. Estaba luchando por no quedarse dormido. Hacía un momento que habían dejado en su casa a una de las chicas que los acompañó toda la noche y ahora solo quedaban Nachito y él en al auto.
En la radio estaban pasando una canción de cumbia bastante conocida que enseguida la empezó a tararear para mantenerse despierto. Al escucharlo, Nacho le habló.
—Che, Agus, gracias por venir. En serio.
—¿Qué gracias boludo? —le sonrió Agustin. —Somos amigos.
Nacho le devolvió la sonrisa asintiendo. Agustin era relativamente nuevo en su círculo y era famoso. Le costaba un poco conseguir este tipo de salidas por los compromisos que tenía, pero el chico siempre estaba atento con un mensaje, o le contestaba las llamadas.
A Nacho no le gustaba para nada las cosas que decían de él, porque estaba empezando a conocer el tipo de persona que era y le parecía muy injusto, así que siempre salía a defenderlo en las redes y trataba de hacerlo parte de su vida e incluirlo en sus planes para que se divierta. Como esa noche.
—¿La pasaste bien?
—Re bien. Hace mil que no salía —murmuró esto último con la mirada perdida. —Creo que la última vez fue con Coty.
El chico notó cierto aire taciturno y decidió cambiar de tema.
—¿Te quedas a dormir en casa o vas para la tuya?
—Tengo todo el día ocupado así que voy para la mía. ¿La próxima? —preguntó, parpadeando repetidas veces.
Nachito negó divertido.
—Dale.
Agustin se acomodó mejor en el asiento, volvió a mirar hacia afuera y de nuevo se instaló un silencio cómodo entre los dos, cortado por la nueva canción que estaba empezando en la radio.
De repente, su celular comenzó a sonar anunciando una llamada. Lo sacó del bolsillo de su campera sin muchas ganas y al ver el nombre en la pantalla, tiró el aparato al asiento.
Nacho se asustó por el movimiento y lo miró sin entender.
—¿Qué pasa?
Su acompañante señaló el celular con miedo.
—¡Atendé!
—¿Qué? ¡No! Es tu celular ¿Por qué tengo que contestar yo? –Nachito se reía, pero al ver la cara de pánico de su amigo, dio vuelta la pantalla de pura curiosidad. Mala idea. Muy mala idea. Dio un saltito en su lugar y también empezó a señalar el teléfono. — ¡ES MARCOS! TE LLAMA BOLUDO, ATENDÉ.
—¡NO! –se espantó el de ojos claros, negando.
—¡AGUSTÍN! -Se quedó Nacho. Agarró el celular justo cuando dejó de sonar. —Cortó, cortó.
Agustín se desplomó en su lugar aliviado, pero no tuvo tiempo de recuperarse porque su amigo volvió a sacudirlo emocionado.
—¡AHÍ ESTÁ DE VUELTA! –le mostró la pantalla. Efectivamente Marcos estaba llamando de nuevo.
—Lo voy a apagar —decidió el más bajo, estirando su mano para agarrar el aparato. Nacho lo alejó.
—Dame.
—Puede ser importante.
—Dame, boludo.
Empezaron a forcejear en el asiento trasero. Agustín queriendo recuperar su teléfono y Nachito tratando de esconderlo. Al final Agustín ganó.
—¡No le cortes!
—No le voy a cortar -lo tranquilizó, y armándose de valor, contestó: —¿Hola?
—Agustin.
Ay ay ay. Así que Agustin. Empezamos mal.
—Sí, así me llamo —trató de bromear, pero Marcos no se la dejó pasar.
—¿Por qué no atendías?
El chico se removió nervioso.
—Estaba por quedarme dormido —mintió. Habló tan rápido que casi se ahoga. Nachito negó, moviendo exageradamente los brazos.
—¿Con música de fondo?
La voz de Marcos era dura y firme, como si se estuviera conteniendo. Agustín se desesperó otra vez y le hizo señas al conductor para que le bajará a la radio. El hombre, totalmente divertido con la situación, accedió.
— ¿Sigues ahí? -preguntó Marcos del otro lado.
—Sí, sí.
—¿Dónde estás?
—Eh... ¿Qué hora es ahí? –le devolvió el de ojos claros. —¿No deberías estar durmiendo? ¿Qué tal la estás pasando?
De nuevo, Marcos no se la dejó pasar. Y esta vez fue más contundente.
—Iba bien hasta que me empezaste a mentir.
—No estoy mintiendo – se defendió Agustín, elevando un poco la voz. —Me estaba quedando dormido en el Uber.
—¿Vas sólo?
Estaba a punto de inventarse otra mentira cuando volvió en sí. Él no tenía por qué mentir, ni ponerse nervioso y mucho menos pasar por este interrogatorio que cada vez se hacía más frecuente de parte de su “amigo".
—No. Estoy con Nachito.
—¿Ya vas para tu casa?
—Si.
—¿Tomaste mucho?
—No sé Marcos, no tengo dónde soplar para calcular –se exaspero. Nachito a su lado soltó una risita.
—Te estoy preguntando bien. No me hables así.
—Sí, pero son muchas preguntas y una más rara que la otra —acusó el más bajo. —¿Me estás llamando para controlarme?
—No.
Se produjo un silencio bastante incomodó, dónde sólo podía escuchar la respiración agitada del salteño. Agustin se cansó.
—Marcos, ahora no tengo cabeza para tus jueguitos de control. Te dejo. Qué tengas buen viaje.
—Pero...
—Avisame cuando llegues.
—Agus...
—O no. Hacé lo que quieras.
—Agustín, no me vas a...
Y le cortó. Guardó el celular de nuevo en el bolsillo de donde lo sacó y se giró hacia Nachito que lo miraba bien atento. Notaba un brillo bastante particular en los ojos azules de su amigo, como si hubiera resuelto algo.
—¿Me puedo quedar en tu casa?
—Si.
—Te agradecería que no le digas a nadie lo que acabas de escuchar —pidió en voz baja. Nacho negó enérgicamente.
—No. ¡Uf! Que fuerte todo —soltó el chico, sin poder creer lo que acababa de presenciar.
En la otra punta del continente, Marcos miraba su celular como si le hubieran salido dos antenas. Agustin le había cortado. Pero no sólo era eso, sino que prácticamente lo mandó a la mierda.
No estaba acostumbrado a ese tipo de trato de parte de él. Su Agus siempre era tierno, paciente y gracioso. Si, tenía sus momentos, pero nunca, jamás, se desquitaba con Marcos.
También tenía que aceptar que era en parte su culpa. Cada vez lo arrinconaba más haciéndole este tipo de planteos que no le correspondía para nada. Al menos no de parte de un supuesto “amigo". Pero es que Marcos no soportaba la idea de que Agustin lo cambie por otro, lo que era ridículo, porque si había algo que al chico le sobraba, eran amigos. Los tenía por todos lados, de todas las edades y lamentablemente algunos no estaban nada mal.
Marcos tenía que vivir con eso. Aunque a veces tenía este tipo de arranques. Arranques que lo llevaban a llamarlo en la madrugada para hacerle una escena de celos.
—Marquitos, ¿ya tienes todo listo? —José, su hermano, entró sin tocar y se quedó quieto al ver el estado en el que se encontraba Marcos. —¿Marcos? ¿Qué pasa?
—Nada —negó el chico y siguió haciendo como que acomodaba la ropa que tenía sobre la cama. En dos horas salía su vuelo para Buenos Aires.
—¿Te puedo ayudar en algo? —intentó nuevamente José.
—No. Está todo bien.
—Todo bien mal -lo contradijo su hermano sentándose en la punta de la cama. —Contame.
—Agustin— dijo Marcos. Y eso fue suficiente para que el otro chico entendiera.
—¿Qué hizo?
—Me cortó.
José entrecerró los ojos.
—¿El teléfono?
—Sí, el teléfono.
José soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Se levantó y despacio se acercó a Marcos revolviéndole el pelo cariñosamente.
—Es que debe estar durmiendo a esta hora. —dijo revisando su reloj de mano. —¿Para qué lo llamaste?
Marcos soltó una risita irónica y abrió con demasiada fuerza el cajo de la mesita de noche. Volcó todo lo que contenía en la cama y empezó a revisar ante la atenta mirada de su hermano.
—No está durmiendo. Anda de joda.
—Ah.
—Y ahora resulta que me miente —continuó el salteño.
—Pero Marcos, vos también sales y te diviertes.
—Es diferente.
—¿En qué es diferente?
Marcos resopló. Nadie lo podía entender. Principalmente porque ni él mismo se entendía.
—En nada. Deja. Voy a seguir armando esto —dijo arrastrando la maleta hasta el borde de la cama.
José lo miró en silencio sin saber qué hacer. Casi que podía leer el desastre que era la cabeza de Marcos en esos momentos. Lo que pasaba ahí era bastante obvio, pero su hermano no lo estaba viendo o todavía no lo aceptaba.
—Lo que me quieras contar, estoy al lado —señaló. Marcos asintió sin mirar. —No te hagas la cabeza. Está todo bien —intentó tranquilizarlo.
Como no le contestó, José no tuvo más remedio que irse.
Una vez sólo, Marcos se desplomó en la cama, inflando los cachetes. Tenía que poner las cosas en orden, pero primero, tenía que traer al Agustín de siempre.
Buscó su celular a donde lo había tirado y abrió el chat de su amigo.
~Perdón. Te llamé para contarte que mi vuelo sale en dos horas. No te quería molestar.~
Tremenda mentira.
Dos minutos después, recibió una respuesta.
~Esta todo bien. Que tengas un bonito viaje Mar.~
Marcos sonrió apoyando el celular en su pecho. Volvió el “Mar", la casa estaba en orden.
