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Alicent escondió su sonrisa detrás de su taza de té, viendo a las sirvientas pulular a su alrededor, cuidándola y cumpliendo cada uno de sus pedidos. Unas corriendo las cortinas para que la luz del sol iluminara sus aposentos, otras avivando el fuego de la chimenea para mantener cálida la habitación, algunas más guardando los vestidos que acababa de recibir como regalo del rey y un par masajeando sus pies hinchados.
Ser reina era tan satisfactorio como pensó.
Ahora que lo experimentaba de primera mano, entendió la arrogancia de Rhaenyra y lo malcriada que estaba.
También comprendió la altivez de la reina Aemma y su indiferencia con las damas de bajo estatus, su grosería al ni siquiera reconocer con una mirada el saludo de una joven dama piadosa.
Ser la mujer más noble y de más alto estatus en el reino justificaba casi cualquier cosa.
Era una lástima que Alicent tuviera que compartir el título de reina con Aemma Arryn, pero era mejor que nada.
Aemma Arryn tenía sangre real, pero eso no significaba mucho si no podía darle herederos al rey.
Alicent no estaba entusiasmada con ser la mujer del rey, pero los privilegios de ser su esposa, una reina, lo hacía soportable. Era una ventaja que el rey sólo la buscó algunas noches hasta quedar embarazada y que no volviera a tocarla; además, él estaba ausente pero le enviaba regalos hermosos y costosos.
Ella estaba cumpliendo su deber y estaba obteniendo beneficios por ello.
El asco de compartir la cama con el rey era pasajero y perder la amistad de Rhaenyra era un intercambio aceptable, especialmente cuando comprobó que su amistad no había sido tan fuerte y sincera de parte de la orgullosa princesa.
¿Despreciar a Alicent por obedecer a su padre y servir a la Corona? Una parte de ella siempre supo que Rhaenyra no lo entendería, pero seguía siendo decepcionante.
Podía soportarlo.
Que Rhaenyra enfureciera todo lo que quisiera, Alicent era una reina y nada podía cambiarlo.
Alicent estaba sacrificando mucho como para molestarse con el desprecio de Rhaenyra. Su padre había sacrificado años de trabajo, también.
Ya que el rey no podía favorecer demasiado a una Casa, a un hombre, sin importar cuánta estima le tuviera y cuánto lo mereciera dicha persona, el padre de Alicent tuvo que dejar su cargo de Mano del Rey para que su hija se convirtiera en una reina.
A su padre no le gustó, pero Alicent lo encontró justo.
Todos tenían que sacrificar algo para lograr grandes cosas.
Un niño con sangre Hightower en el Trono de Hierro lo valía.
Alicent como Reina Madre, un día, sería una recompensa más que justa.
Lo mejor era que no tenía que forzarse a interactuar con los otros miembros de la familia real; no con la reina Aemma, no con el príncipe Daemon y no con Rhaenyra.
El rey le otorgó grandes y esplendorosos aposentos en la parte más segura del Torreón de Maegor. Él también la alivió de cualquier actividad o deber. El único trabajo de Alicent era descansar y hacer crecer saludablemente al niño en su interior.
Tampoco tenía que presentarse en la Corte o entretener a las damas. No tenía que hacer nada que la alterara o requiriera mucho de su energía. Ella debía permanecer tranquila y dejarse mimar por la servidumbre. Ni siquiera tenía que lidiar con las demandas de su padre ya que él regresó a Oldtown para comenzar a construir la base de apoyo de su futuro nieto.
Su bebé sería rey un día y como mitad Hightower, su mayor fuente de poder provendría de su casa materna.
Ella le escribía cartas, a él y a su hermano; su actividad más extenuante.
Le gustaba ser reina.
Y le gustaría más una vez que diera a luz y pudiera mandar en la fortaleza como la madre del Heredero al Trono de Hierro.
…
Aegon Targaryen.
Su hijo tenía el nombre de un rey, como lo que sería en el futuro.
Sonrió con cansancio, sintiéndose triunfante en su interior, mientras veía al rey acunar a su hijo, presentándolo a la reina Aemma y al príncipe Daemon.
Alicent no estaba muy segura de su presencia en su habitación de parto, pero el desconcierto y la desconfianza abrieron paso a la sensación de logro. Aemma Arryn estaba viendo de primera mano la victoria de Alicent, viendo lo que ella nunca pudo lograr. No se sentía superior ahora, ¿verdad?
Y el príncipe Daemon no podía burlarse más ni ignorarla, Alicent ahora era la madre del futuro rey y aseguró su valor como mujer. Él debió mirarla antes. Él pudo tener una esposa devota y fértil. Él pudo continuar siendo el heredero y Aegon pudo haber sido su hijo.
No era la primera vez que cuestionaba el por qué su padre no hizo arreglos para casarla con el príncipe Daemon, quien era bastante probable que se convirtiera en rey debido a los fracasos de la reina Aemma. Sin embargo, no importaba ahora.
Ser una segunda reina era mejor que ser una princesa por quién sabía cuánto tiempo.
—Lo hiciste bien, Alicent —dijo el rey, todavía parado lejos de ella, pero observándola con amabilidad y satisfacción.
—Gracias, mi rey —sonrió con recato, haciendo todo lo posible por ignorar al maestre y las parteras que seguían pinchándola y viendo entre sus piernas.
Ya había expulsado la placenta, ¿qué más necesitaban revisar?
—Descansa, Lady Alicent, lo mereces —la reina Aemma no sonrió, pero su expresión permanecía suave y tranquila.
La sonrisa de Alicent se volvió un poco forzada, sobre todo cuando la vio tomar a Aegon de los brazos del rey para acunarlo en los suyos.
—Sí, supongo que es aceptable —el príncipe Daemon no la miró, sus ojos todavía estaban clavados en Aegon, analizándolo.
Alicent apretó sus dedos.
¿Aceptable?
Ella dio a luz a un hijo, un varón y un heredero.
Un niño con cabello y ojos Targaryen, el rey lo había alabado.
—No te molestaremos más, querida —el rey volvió a hablar —. El maestre se encargará de ti, no te preocupes.
Con eso dicho, se dirigió a la puerta.
La reina Aemma y el príncipe Daemon lo siguieron.
Se llevaron a Aegon con ellos.
Cuando Alicent intentó decir algo, la puerta se cerró.
Ella no había cargado a su hijo, no vio su rostro.
—No hubo desgarros, reina Alicent —el maestre informó, apartándose finalmente de ella —. Con descanso y bebiendo las hierbas que le recomendaré, estará recuperada en poco tiempo. No tendrá ningún problema para embarazarse de nuevo.
Alicent lo vio con los ojos muy abiertos.
Acababa de tener un hijo, ¿ya tenía que pensar en un próximo embarazo?
…
Alicent permaneció en sus aposentos mientras se recuperaba.
Se perdió la presentación de Aegon a la Corte.
Y finalmente vio y cargó a su hijo por primera vez, dos semanas después de su nacimiento.
Aegon era un bebé grande y gordo, muy enérgico, con el cabello del rey y los ojos del príncipe Daemon.
Ella pensó que era comprensible, dado que uno era su padre y el otro su tío. Lo que no entendía era por qué no había nada de ella en su bebé.
No la forma de su rostro, no su nariz, no sus cejas y no su boca.
No había ningún rasgo Hightower.
Una parte de ella se alegró; su hijo era un perfecto príncipe Targaryen, pero la otra parte se amargó. ¿Aegon no obtuvo nada de ella, después de tanto?
Él no parecía su hijo.
Tampoco se sentía como tal.
No se sintió conmovida al abrazarlo, el amor no brotó de ella al ver su sonrisa gomosa.
Sintió a Aegon como un extraño.
Una parte de ella se alegró cuando no tuvo que hacerse cargo de su cuidado.
…
¡Estaba furiosa!
¡Rhaenyra fue nombrada Heredera al Trono de Hierro!
¡Rhaenyra!
¡Esa princesa caprichosa y vanidosa!
¡Aegon fue pasado por alto en favor de Rhaenyra!
¡El hijo de Alicent! ¡Le robaron su derecho! ¿¡Cómo se atrevían!?
¿¡Fue obra de Rhaenyra!? ¿¡No pudo soportar que Alicent se convirtiera en reina que lloró al rey para que la nombrara su heredera!?
¡Y Alicent no podía hacer nada! ¡No en su condición! ¡No si no quería poner en riesgo a su nuevo bebé!
¡En mala hora se embarazó!
— ¡Su Gracia, por favor, tranquilícese! —una sirvienta se acercó, deteniendo su andar de un lado a otro y tomando sus manos con delicadeza.
Alicent se dejó guiar a uno de los sillones, respirando rápidamente y haciendo lo posible por calmarse.
— ¿Cómo puedo hacerlo? Le han robado el trono a mi hijo —dijo con dureza, pero no gritando.
—El principito será rey, Su Gracia. Él se casará con la princesa Rhaenyra cuando sea mayor —dijo la chica con dulzura, comenzando a limpiar con agua tibia y movimientos cuidadosos los dedos ensangrentados de Alicent.
—Es una abominación —replicó —. Rhaenyra tiene demasiados años sobre él. Será demasiado vieja cuando se casen.
La sirvienta hizo una mueca ligera, pero Alicent apenas lo notó.
—Es lo que el rey ha ordenado —dijo otra de las sirvientas, acercándose para arreglar de nuevo el cabello de Alicent.
No pudo evitar comenzar a relajarse, que cepillaran su cabello era algo que disfrutaba.
—No se preocupe, Su Gracia, el Padre se encargará de poner todo en su lugar —la más joven de sus sirvientas encendió una varita de incienso.
Al principio, Alicent dudó del artículo exótico, pero los inciensos eran un regalo del rey y ella no podía rechazarlo. Además, más tarde descubrió que le agradaban los aromas y siempre la adormecían agradablemente.
—Tienes razón —suspiró —. Enciende un par de velas más, me gustaría rezar.
Observó a la chica hacer lo que ordenó y una vez que sus dedos estuvieron limpios y untados en bálsamos curativos, se levantó para caminar hasta su pequeño altar dedicado a los Siete.
— ¿Me acompañarán? Los dioses son más favorables cuando varias voces se unen por una causa, especialmente una tan apremiante como ésta.
—Por supuesto, Su Gracia —respondieron a coro después de un momento.
Sus leales sirvientas debían sentirse tan descolocadas como ella.
Después de rezar escribiría a su padre.
Otto Hightower sabrá qué hacer.
Entre su padre y los dioses, la situación se enderezaría.
…
Una niña.
Alicent dio a luz a una hija.
Cuando la partera lo anunció, ella cerró los ojos y volteó el rostro.
Una hija no era lo que esperaba, no era lo ideal.
¿De qué le servía una niña?
¿No fue suficiente la desheredación de Aegon?
—Mírate, ¿no eres hermosa? —arrulló el rey.
—Pronto, ella será verdaderamente hermosa —el príncipe Daemon pasó un dedo por la cabecita cubierta de cabello plateado y dorado.
—Nuestra Helaena, serás tan encantadora como tu hermana mayor —la reina Aemma cobijó a la bebé con una manta bordada de dragones y aves.
— ¿Helaena? —inquirió, forzándose a abrir los ojos y mirar a los tres miembros mayores de la familia real.
Ellos estaban parados cerca de la ventana, hermosos e impasibles.
Luciendo como estatuas sagradas, vigilantes e inalcanzables.
—Helaena Targaryen, un nombre apropiado, ¿no le parece? —explicó la reina Aemma.
Alicent no tenía opinión al respecto.
Ella no había pensado en nombres para niñas, pero entre todos los nombres complicados de los valyrios paganos, Helaena sonaba sorprendentemente normal.
—Si le place a Su Gracia —decidió responder.
El príncipe Daemon soltó una burla, pero el rey sonrió a Alicent.
—Lo hiciste bien de nuevo, mi señora, un gran trabajo —el rey asintió hacia ella.
Al menos él estaba contento.
El padre de Alicent no lo estaría tanto, pero no podía quejarse cuando no había hecho nada para detener la tontería de compromiso de Aegon y Rhaenyra.
— ¿Ella estará bien, maestre? —preguntó la reina Aemma.
—Sí, mi reina —el anciano había sido más rápido en revisarla esta vez y ya estaba haciéndose a un lado para que las sirvientas y las parteras empezaran a limpiar a Alicent y la cama —. No hay daño alguno y la joven reina es muy saludable, su cuerpo se recuperará en poco tiempo.
—Bien —dijo el rey.
Entonces Alicent los vio partir, llevándose a Helaena con ellos.
…
Dejó sus aposentos para visitar la guardería.
Era la primera vez que veía a Helaena desde su nacimiento y a Aegon desde su desheredación.
¿Su desinterés en ellos la hacía una mala madre?
Alicent no se sentía conectada a Aegon y estaba desilusionada con Helaena. ¿Qué había mal en su hijo que lo hizo inadecuado para el trono? ¿Por qué no tuvo otro hijo que asegurara su posición como reina y magnificara su reputación como madre de varones?
Sin embargo, tener una hija no era tan malo, ¿verdad?
Alicent podría vestirla y peinarla, educarla para convertirla en una princesa perfecta y piadosa. Helaena podía convertirse en una dama recatada del Dominio en todo menos en el titulo; encantadora, hermosa y devota de los Siete. Su hija sería nada como Rhaenyra; no vanidosa, no salvaje y no una seguidora de dioses paganos.
Sí, eso era lo que Alicent debía hacer, por eso los Siete le otorgaron una niña.
—El principito acaba de dormirse, Su Gracia, es su siesta de la tarde —informó una de las niñeras.
Alicent se inclinó sobre la cuna de su hijo.
Aegon dormía, sí, con su boca torcida en un puchero y el entrecejo fruncido.
Él se parecía mucho al príncipe Daemon. La redondez de su rostro y el color de su cabello eran lo único que lo relacionaba al rey.
Seguía sin haber nada de ella en él.
Se apartó y alcanzó la cuna de Helaena.
Sonrió al verla despierta y arrullando.
Su sonrisa murió al ver sus ojos.
Eran azules.
Ningún Targaryen tenía ojos que no fueran alguna tonalidad de violeta.
La mayoría de los Hightower tenían ojos marrones, los niños con ojos verdes o azules se debían al otro lado de su sangre.
¿Por qué Helaena tenía ojos azules?
Alicent revisó su rostro a detalle; la suavidad en él y la forma de sus ojos eran idénticas al rey, pero su nariz y el arco de sus cejas eran casi idénticos a las de Rhaenyra.
Fue incapaz de verse en su hija.
Salió rápidamente de la guardería, deseando llegar a sus aposentos para descansar y meditar a los pies de sus dioses sobre la falta en sus hijos.
Sin embargo, esa noche no pudo rezar ni relajarse con las atenciones de sus sirvientas porque el rey solicitó su presencia.
…
Caminó con la barbilla levantada por los pasillos de la fortaleza, dirigiéndose a uno de los jardines para disfrutar del clima. Llevaba puesto uno de los nuevos vestidos obsequiados por el rey. Durante cada uno de sus embarazos, Su Gracia la agasajaba con vestidos elegantes y suntuosas comidas; ella nunca deseaba nada porque todas sus necesidades eran atendidas incluso antes de que se diera cuenta de qué eran. Sus sirvientas eran muy competentes.
Debido a todo ello, casi nunca sentía la necesidad de salir de sus aposentos. Alicent tenía todo al alcance de la mano y con sólo pedirlo, que salir comenzó a parecerle más un inconveniente.
Sin embargo, ya que sus embarazos se dieron tan rápido no tenía la oportunidad de vestirse como la reina que era. Así que decidió lucir sus vestidos antes de que su vientre creciera demasiado. También, este bebé estaba resultando ser mucho más tranquilo que sus hermanos mayores.
Alicent no estaba sufriendo; no había nauseas, ni dolores de cabeza, ni esos asquerosos e inconvenientes gases que la hacían sentir terriblemente incómoda y avergonzada.
Aceptó con gracia las reverencias de los nobles que encontró durante su recorrido y otorgó bendiciones en nombre de los Siete a cada sirviente.
Buena Reina Alicent, sería maravilloso que la llamaran.
—… suegro lo contó una vez a mi señor esposo —fue lo primero que escuchó en cuanto se acercó a la puerta de una de las terrazas que estaban de camino a los jardines —. Lord Boremund lo supo por su padre, quien se enteró por la ex reina Alyssa Velaryon.
Debía ser Lady Elenda Baratheon quien hablaba.
—Entonces debe ser verdad, ¿no es así? —dijo otra dama.
¿Qué debía ser verdad?
— ¡Es absurdo! ¿Maegor el Cruel, enamorado del Rey Aenys? ¡Tonterías! —exclamó una dama de voz aguda.
—Eso lo puedo creer —dijo alguien con voz nasal —. Lo que no creo es que el Rey Maegor intentara hacer brujería para convertir a los hijos del Rey Aenys y la Reina Alyssa en suyos. Es imposible.
Alicent se llevó las manos a la boca, ¿qué tonterías estaban hablando estas damas?
—Tal vez intentó hacerlo con el Príncipe Viserys y por eso el pobrecito murió de manera tan horrenda —lamentó la dama que habló después de Lady Elenda.
—Nadie puede quitarle hijos a otros y convertirlos en suyos, no hay manera de cambiar la sangre de uno. Reitero que es imposible —aseveró la dama de voz nasal.
—La Reina Visenya practicaba brujería, recordemos —dijo una nueva voz.
Los susurros cesaron por un instante para regresar con fuerza, las damas hablaban una sobre otras, hasta que Lady Elenda tomó la palabra.
—Mi señor esposo también me dijo que la Reina Visenya y la Reina Rhaenys se amaban más que sólo como hermanas. Ustedes entienden, a la manera Targaryen —Lady Elenda hizo una pausa —. Y que el Rey Aenys nació de la simiente de Aegon el Conquistador, pero que la Reina Visenya cambió su sangre por la de ella para que el Rey Aenys fuera hijo de las reinas.
Un silencio incrédulo se apoderó tanto de la terraza como del pasillo.
Alicent miró con horror a Sir Criston.
El caballero también parecía sorprendido, pero su expresión rápidamente pasó a enojo para asentarse en seriedad.
—Deberíamos seguir, Su Gracia, usted no tiene que escuchar los chismes sin sentido de las damas de la Corte —le dijo, sacándola de su estupor.
—Tienes razón, Sir. Continuemos —se tomó un momento para respirar y avanzó sin voltear a mirar a las damas reunidas.
—Es traición hablar sin sentidos sobre la familia real —alcanzó a escuchar que Sir Criston masculló —. Es inconcebible que se atrevan a hablar así en la Fortaleza Roja.
Alicent estuvo de acuerdo.
Ella sabía que existían muchos secretos entre los dragones y que los nobles a menudo exageraban cualquier chisme sobre ellos o inventaban cosas atroces y ridículas como la que acababa de escuchar.
Los dioses de los Targaryen no eran los verdaderos, pero no se atreverían a caer tan bajo como practicar brujería o magia o lo que fuera. Alicent también dudaba que algo tan abominable como cambiar la sangre de niños fuera real. Los Siete no permitirían atrocidades como esa, ya habrían condenado a los Targaryen si fuera cierto.
Ella tenía que hablar con el rey.
Ni nobles ni campesinos podían hablar así de la realeza.
Si decían esas cosas de los miembros con sangre completa de dragón, ¿qué no dirían de Alicent y sus hijos?
…
El rey la tranquilizó.
Le dijo que no se preocupara por palabras pobremente pensadas, que a la Corte le gustaba inventar historias y que la familia real no tenía por qué preocuparse de la opinión de sus súbditos.
Alicent no estaba del todo complacida con la desestimación del rey, pero se apaciguó por el bien de su nuevo bebé.
Y al final el rey tenía razón.
Sólo eran historias tontas, contadas por personas que estaban debajo de ella.
Decidió reducir sus paseos, no quería escuchar nada desagradable de nuevo.
También agradeció la previsión del rey al haber evitado que ella tuviera damas de compañía. Alicent no necesita damas chismosas que la estresaran con historias sin sentido. Sus sirvientas eran plebeyas, pero tenían una buena cabeza sobre sus hombros.
Así era.
Alicent no necesita damas que la adularan falsamente y la estresaran con historias horrendas. Ella sólo necesitaba a sus sirvientas con sus cuidados sinceros y devotos, con sus masajes y sus inciensos relajantes.
Cuando ella tomara posesión de su poder y desempeñara su papel de reina, tal vez estaría dispuesta a soportar a las damas tontas, pero mientras estuviera embarazada todo lo que quería era paz.
Paz, mimos y sus libros.
Cosas que tenía en sus aposentos.
…
Aemond Targaryen nació y Alicent finalmente se sintió como una madre.
Ella pidió sostener a su hijo en cuanto salió de su útero, apenas sintiéndose avergonzada por hablar sobre el rey cuando éste también llamó a la partera para que le llevaran a Aemond.
La mujer dudó y miró al rey en busca de permiso.
—Quiero sostener a mi hijo ya, Viserys, no nos detengamos —el príncipe Daemon dio un paso hacia la partera.
—La paciencia es una virtud, mi dragón —la reina Aemma se acercó al príncipe, poniendo una mano sobre su brazo, pero mirando al rey —. Deja que la chica lo sostenga un momento, mi amor, no cambiará nada.
El príncipe Daemon hizo una mueca, pero no se movió más —. Que sea rápido. Nuestra Rhaenyra ya debe tener todo listo y quiero purgar a mi nuevo hijo antes de que el hedor de las torres se asiente.
—Nuestro hijo, Daemon —el rey también habló en valyrio.
Alicent se sintió cada vez más ignorada y angustiada.
¿Qué hablaban?
¿Por qué parecía ser un debate la cuestión de entregarle a su hijo?
—Lo que pertenece a uno de nosotros, pertenece a los tres. No hay diferencia —el príncipe Daemon colocó su mano libre sobre la de la reina Aemma.
El rey miró a su esposa y hermano, con ojos brillantes, para luego volcar su atención en Alicent.
—Que la dama sostenga a nuestro nuevo príncipe —asintió y la partera pronto entregó al bebé.
Alicent lo sostuvo con torpeza, pero no le importó lo húmedo que seguía por los fluidos de su vientre, ni se molestó por el llanto.
Se preparó para la desilusión, pero se sorprendió gratamente al ver su pequeño rostro.
¡Ahí estaba ella!
¡En la forma de los ojos y en las orejas!
¡Su padre estaba en la forma de su frente y en su mueca descontenta!
Alicent analizó con avidez el rostro de su hijo.
¡La caída de sus pestañas también era de Alicent!
¡Aemond era un príncipe Targaryen en coloración, pero tenía mucho Hightower en él!
Lo besó en la frente y en las mejillas.
Intentó calmar su llanto.
—Parece que ha sido mucha emoción, deberíamos dejarla descansar —Alicent apenas escuchó al rey, concentrada como estaba en su hijo.
Aemond fue retirado de sus brazos.
— ¡No! —intentó aferrarse, sorprendiendo a todos por su arrebato.
—Es necesario, Su Gracia, todavía debe expulsar la placenta —el rostro del maestre estuvo frente a ella.
Alicent estiró el cuello para mirar más allá de él, hacia donde la partera se había llevado a su hijo.
La vio entregarlo al rey, quien rápidamente fue rodeado por su esposa y hermano.
Intentó llamarlos, pero un nuevo dolor en el vientre la hizo soltar un fuerte quejido.
—Es la placenta, debemos trabajar rápido —el maestre la empujó de nuevo a la cama.
Entre la indicaciones del anciano, el aliento de las parteras y sus propios gritos, Alicent siguió con la mirada al rey, a la reina Aemma y al príncipe Daemon.
Los tres se fueron sin darle una última mirada a Alicent.
Aemond fue con ellos, acunado en los brazos de Daemon Targaryen.
…
— ¿Qué quieres decir con que no puedo ver a mi hijo? —demandó a su sirvienta principal.
—Lo siento, Su Gracia, pero es lo que me informaron —ella la miró con disculpa —. El rey llevó al príncipe Aemond a Rocadragón. Sus Gracias, el príncipe Daemon y la princesa Rhaenyra, todos volaron a la isla y no han regresado desde ayer.
— ¡Aemond acaba de nacer, no puede volar en una de esas bestias! —gritó con angustia —. ¡Y por qué no me informaron antes! ¡Soy su madre! ¡Debo estar enterada sobre lo que sucede con él!
La más joven de sus sirvientas hizo una mueca de burla, pero Alicent debió imaginarlo. Sus chicas eran incapaces de eso.
—El príncipito estará bien, Su Gracia —la niña habló, mirándola con simpatía; sí, Alicent había imaginado cosas —. El príncipe Aegon y la princesa Helaena volaron a Rocadragón al nacer y regresaron sanos y salvos.
Alicent palideció abruptamente.
— ¿¡Qué!? ¿¡Hicieron lo mismo con Aegon y Helaena!?
—Sí, Su Gracia —la sirvienta de mayor edad se acercó, cargando gasas y ungüento.
—¡Imposible! ¡Nunca me enteré! ¡Nadie me lo dijo! —ignoró las punzadas en sus dedos maltratados, mismo dedos que la vieja sirvienta tomó con delicadeza.
—Lo informamos, Su Gracia —comenzó a explicar ella mientras la guiaba para volver a recostarse en la cama —. El rey también vino en persona a comunicárselo.
Alicent negó con la cabeza.
Miró a sus otras sirvientas.
—Se lo dijimos cuando despertó del parto y también cuando el príncipe y la princesa regresaron —dijo una, encendiendo inciensos sobre la chimenea.
—No lo recuerdo —insistió —. No recuerdo al rey.
—Usted estaba muy cansada y también había dormido mucho, tal vez por eso sus recuerdos son borrosos —su sirvienta más leal comenzó a limpiar su frente con un paño cálido.
— ¿Es verdad? —preguntó de nuevo.
—Sí, Su Gracia —respondieron todas.
—No se preocupe, el príncipe Aemond estará de regreso pronto, completamente a salvo —prometió la mayor.
Alicent miró sus manos; sus dedos estaban siendo curados con toques gentiles.
Estaba preocupada, pero el rey no permitiría que ningún daño ocurriera a Aemond, ¿verdad?
Aegon y Helaena no habían sido dañados.
¿Por qué no recordaba que ellos también fueron llevados a Rocadragón?
Ella no se sentía conectada a ellos, pero eran sus hijos y nunca olvidaría si estuvieron cerca de esas bestias, especialmente tan jóvenes y frágiles.
Pero estaba segura que sus sirvientas nunca le mentirían.
Alicent debió sentirse mucho más cansada de lo que se sentía ahora.
…
Ese no era su hijo.
No era su Aemond.
— ¿Alicent? ¿Qué dices? Este es Aemond, nuestro hijo —dijo el rey, inclinando sus brazos para que Aemond estuviera más a la vista.
Alicent negó con la cabeza.
Miró al rey, miró a Aemma Arryn, miró al príncipe Daemon y miró a Rhaenyra; los cuatro estaban parados uno al lado del otro, tal como entraron en el Gran Salón en cuanto regresaron de Rocadragón.
Ella se había apresurado en alistarse en cuanto le informaron que el rey había llegado a Pozo Dragón. Se vistió con el vestido más hermoso y arregló su cabello en una redecilla de oro, deseosa de mostrar una vista esplendorosa de la reina que acababa de dar a luz y ansiosa por tener a su hijo de nuevo en sus brazos.
—Los ojos están mal y las pestañas —señaló —. ¡Sus orejas y su frente también!
No se dio cuenta de las exclamaciones conmocionadas de las personas que los rodeaban. Tampoco notó que empezaron a susurrar y señalarla.
— ¡Yo- ¡Yo debo estar en su rostro! ¡Me vi! ¡Vi a mi padre!
Sus ojos y sus dedos picaban.
Un sollozo se enconó en su garganta.
— ¡Todo está mal!
—Alicent, querida, no entiendo lo que dices —el rey entregó al bebé, al impostor, a la reina Aemma —. Es Aemond. Es el niño que diste a luz.
— ¡No lo es! ¡No lo es!
Siguió gritando mientras el rey ordenaba que la sacaran del Gran Salón y se derrumbó en llanto cuando llegó a su habitación.
…
Los días siguientes, Alicent visitó la guardería.
Ignoró las miradas alertas de los guardias y las expresiones cuidadosa de las niñeras.
Alicent no iba a lastimar a Aemond.
Ella nunca lastimaría a ningún niño.
Sin importar cuán angustiada estuviera.
Sin importar que le fuera difícil reconocerlo como suyo.
Cada día, se esforzaba por buscar los rasgos que vio en el rostro de Aemond cuando nació. Esperaba reconocer algo en él que fuera de ella.
Estaba seguro que no lo había imaginado, ella sabía lo que vio.
Y lo que veía ahora no era lo mismo.
Este niño todavía tenía cabello plateado y ojos violetas, pero la tonalidad del primero era más parecida al cabello del príncipe Daemon y sus ojos eran de una sombra oscura, como recordaba haber visto en los ojos de la princesa Rhaenys, como había visto en los ojos del Viejo Rey.
Y sus rasgos faciales eran idénticos al príncipe Daemon.
La forma de los ojos y las pestañas, la nariz y la barbilla afiladas.
Sus pómulos provenían de la princesa Alyssa y su frente y orejas eran herencia del príncipe Baelon, fue lo que escuchó de sus sirvientas, quienes lo escucharon de los sirvientes que trabajaron durante el banquete de celebración por el nacimiento de Aemond.
Alicent no había asistido.
No quiso hacerlo porque no quería ver a ese niño que no era su hijo tan pronto.
Tal como no quería volver a verlo desde ahora.
Ni a Aemond, ni a Aegon, ni a Helaena.
Ellos no eran sus hijos.
Estaba completamente segura.
Tan segura como estaba que los Targaryen practicaban brujería.
Ellos le habían quitado a sus hijos y cambiaron su sangre.
No había otra explicación.
…
Escribió a su padre.
Le explicó todo a detalle.
Sobre la herejía y el pecado de los Targaryen contra los Siete, sobre el robo de su sangre Hightower y el desprecio a su Casa y a las costumbres del reino.
Ella también escribió al Alto Septón.
Ellos sabrían qué hacer.
Ellos terminarían con las prácticas atroces de los Targaryen.
Mientras tanto, ella encararía a esos paganos.
Ventilaría sus pecados para que toda la Corte y la ciudad lo supieran.
La buena gente del reino no permitiría que sus prácticas paganas continuaran.
…
No le creyeron.
Nadie lo hizo.
La miraron con lástima y la llamaron loca.
¡Ella no estaba loca! ¡Ella decía la verdad!
—El estrés que el cuerpo de la reina Alicent ha sufrido los último años por sus embarazos ha repercutido en su mente, es lo que puedo deducir, Su Gracia —informó el maestre, soltando la muñeca de Alicent.
Los acólitos habían tenido que sostenerla con fuerza para que el maestre pudiera revisar su pulso.
— ¡Mi cuerpo y mi mente están bien! ¡Son ustedes quienes no lo están! —gritó, tratando de zafarse del agarre de los acólitos.
—Recetaré un poco de leche de amapola para ayudarla a tranquilizarse —el anciano siguió hablando —. No queremos que la joven reina se lastime, lo mejor es adormecerla.
—Nadie quiere verla lastimada, es verdad —el rey ignoró sus gritos y siguió hablando con el maestre como si Alicent no estuviera presente —. Proceda como mejor le parezca, Maestre Runciter.
— ¡Maestre, vea lo que tiene enfrente! —movió la cabeza con brusquedad, tratando de evitar que vertieran leche de amapola en su boca —. ¡El rey es un hereje! ¡Los Targaryen son pecadores!
—Oh, Alicent, ¿cómo terminaste así? —el rey la miró con lástima.
— ¡Impíos! ¡Pecadores! ¡Paganos! ¡Los Siete los castigarán!
—Cuiden bien de ella, no permitan que se lastime y busquen al maestre si es necesario —el rey habló a las sirvientas de Alicent.
Sus chicas veían del rey a ella, claramente preocupadas y divididas entre abogar por ella u obedecer al rey.
—Como ordene, mi rey —respondió una por todas, agachando la cabeza en sumisión.
La sumisión que Alicent practicó toda su vida, ¿y a dónde la había llevado?
— ¡Robaron a mis hijos! ¡Brujos, malhechores! ¡Mi padre no se quedará quieto! ¡La Fe los detendrá!
Siguió luchando y no se acobardó cuando un par de guardias entraron para inmovilizarla.
Mientras la leche de amapola era forzada a bajar por su garganta, vio al rey salir.
Vio al príncipe Daemon parado afuera.
Vio al rey negar con la cabeza hacia su hermano y al príncipe Daemon sonreír con burla.
El príncipe lanzó una mirada fría a Alicent.
Y antes de que las puertas se cerraran, los vio rozar sus manos y partir.
…
—Oh, Su Gracia, ¿qué podemos hacer? —lamentó su sirvienta mientras untaba ungüento en los moretones que los acólitos y los guardias dejaron en sus brazos y mandíbula.
— ¿Cómo pudo pasar esto? —otra de sus chicas negó con la cabeza.
Alicent entendía su incredulidad.
—No se preocupen, la justica prevalecerá —habló, aceptando la taza de té que le ofrecieron —. Los Siete que son Uno intercederán a mi favor, ellos no me abandonarán.
Hizo una mueca cuando tomó un sorbo de su té.
Era su favorito, pero sintió un sabor extraño. Debía tener ese sabor porque todavía tenía el regusto de la amapola.
—Mi padre ya debe estar en camino y el Septón Supremo ha sido informado, sospecho que podría estar agilizando a la Fe Militante.
Sus chicas intercambiaron miradas de preocupación y alarma.
—No se asusten, ustedes son inocentes y nada les pasará —le sonrió con suavidad y cariño —. Han sido leales a mí todo este tiempo, no permitiré que las lastimen.
Volvieron a mirarse entre ellas, tal vez buscando más confort en su compañerismo.
—Es usted muy amable, gracias —dijo una de ellas y las demás asintieron.
…
Su padre estaba muerto.
Una enfermedad se apoderó de él la misma noche que recibió la carta de Alicent y lo acabó en pocos días.
Alicent no podía creerlo.
Era inaudito.
Fueron los Targaryen, estaba segura.
Inmediatamente escribió a su tío Hobert, instándolo a viajar a la capital para que la ayudara, para que vengaran a sus hijos y a su padre. Lo urgió a traer un ejército, todo el poder de Casa Hightower.
…
Su tío llegó.
Ormund y Gwayne llegaron con él.
Sin ejército.
— ¿No recibiste mi carta, tío? —preguntó, tomándolo de las manos, mirándolo con urgencia.
—La recibí, mi reina —contestó, mirándola con una expresión extraña.
Una mezcla de disgusto y lástima.
¿Por qué él la miraba así? No quería lastima de su propia familia, quería su comprensión y apoyo.
— ¿Por qué has venido solo, entonces? ¿Y nuestros abanderados?
—No era apropiado presentarse con una amenaza, no sin comprobar la veracidad del asunto.
— ¿Veracidad? ¿Mi palabra no es suficiente? —apretó su agarre —. ¡Soy una reina! ¡Soy tu sobrina! ¡Mi palabra es de fiar! ¡Sólo escribí la verdad!
— ¿Siempre se exalta con esa rapidez? —escuchó a su primo Ormund preguntar a una de sus chicas.
Ellas se mantuvieron en silencio, pero uno de los guardias Targaryen respondió.
—Sí.
¿Por qué los guardias mantenían sus puertas abiertas?
¿Por qué había guardias Hightower dentro de su habitación, también?
— ¡Deben escucharme! ¡Deben creerme! ¡Soy su sangre! ¡Y soy su reina!
—Sobrina, tranquílizate —su tío intentó salir del agarre de Alicent —. Eres nuestra reina y nuestro pariente, por eso estamos aquí.
— ¡Sin ejército!
—Eso habría sido un acto de guerra —Gwayne se acercó a ella, agarrándola de las muñecas.
— ¡La guerra comenzó cuando esos malditos paganos robaron a mis hijos! ¡Esos pecadores se han burlado de Casa Hightower! ¡Han atentado contra nuestros dioses!
—Tus hijos están bien, hermana. Los hemos visitado, son hermosos, fuertes y saludables —intentó apaciguarla.
Se alejó de su hermano, soltándose con brusquedad.
—¡No son mis hijos! ¡No tienen nada de mí!
—La sangre Targaryen es fuerte —dijo Ormund, haciendo una mueca descontenta —. Es terrible que no haya mucho Hightower en ellos, pero siguen siendo nuestra sangre. El príncipe Aegon es mitad Hightower y será rey un día.
—Un rey consorte —agregó su tío con desagrado —, pero un rey al fin y al cabo. Es un hombre y sabrá tomar las riendas aunque la princesa Rhaenyra tenga el título oficial de gobernante. Lo importante es que nuestra sangre finalmente estará donde pertenece. Los Hightower, tal vez no de nombre, gobernarán por generaciones como lo hicimos antes de la llegada de los dragones.
Alicent no podía creer lo que escuchaba.
Su familia no podía ser tan ciega.
— ¡No es nuestra sangre! ¡Ellos la cambiaron! ¡Lo hicieron con brujería! ¡Como la Reina Visenya lo hizo con el Rey Aenys! ¡Como Maegor el Cruel quería hacerlo con sus sobrinos!
— ¿Hablas de esa historia ridícula que a las damas mayores de la Corte les gusta relatar a las recién llegadas? —su tío negó con la cabeza —. Es una tontería, Alicent. Ese cuento ha rondado el reino desde antes que tú nacieras. Creo que fue algo que la princesa Saera inventó para molestar al Viejo Rey.
¿Qué? No, no era una tontería.
Rhaenyra nunca le había dicho algo parecido.
— ¡Lady Elenda Baratheon lo dijo! ¡Y ella lo supo de Lord Baratheon! ¡Alyssa Velaryon se lo dijo a Lord Rogar!
—Así como mi Lady Samantha lo supo de Lady Laena, quien lo supo de la princesa Rhaenys, quien lo supo del príncipe Aemon —Ormund suspiró —. Como los Lannister lo supieron de los Tully, quienes lo supieron de los Arryn. ¿Te das cuenta, prima? Todo viene de la misma fuente, alguien relacionado con los Targaryen. No entiendo la razón, pero los dragones parecen encontrar divertido mantener el chiste de la princesa Saera.
Eso no significaba que no fuera verdad.
— ¡Toda historia tiene algo de cierto! ¡Tú me enseñaste eso, tío!
—Hermana, por favor —Gwayne intentó acercarse a ella, pero lo evitó.
—Y así es —su tío se detuvo a pensar por un momento, Alicent lo vio con esperanza —. Pensemos que lo que dices es posible, ¿por qué el rey Viserys lo haría? La Reina Visenya era una mujer y ella no podía tener hijos con otra mujer. Maegor y Aenys eran hombres, tampoco podían tener hijos entre ellos. ¿Lo entiendes?
No, no, no.
Lo entendía y no lo aceptaba.
—Y esos eran otros tiempos, sobrina —su tío continuó hablando —. Con el poder que la Fe tiene ahora, es imposible para los Targaryen hacer algo como eso. El rey está ansioso por mantener un gobierno pacífico, no va a poner en riesgo nada y él ya tiene una hija con la reina Aemma.
—La Fe Militante ya estaría en las puertas de Desembarco del rey si el Septón Supremo tuviera la mínima sospecha.
Eso recordó a Alicent que su carta al Septo Estrellado seguía sin respuesta.
— ¿Por qué no lo está? Envié una carta al Septón Supremo, los fieles ya deberían estar marchando.
Sus parientes intercambiaron miradas.
—Estamos aquí en nombre de Su Excelencia, también, para confirmar el pecado antes de actuar —explicó Gwayne.
Alicent se sintió desfallecer.
— ¿Su Excelencia tampoco me creyó?
—No podemos actuar sin pruebas, seríamos quemados vivos al poner un pie fuera de nuestras fronteras —Ormund cruzó los brazos, parecía harto.
— ¿Pruebas? ¿¡Qué más pruebas hay que esos niños jugando a unas habitaciones de nosotros!? ¿¡El asesinato de mi padre no es prueba suficiente!?
—La muerte de nuestro padre es un suceso lamentable, pero carente de una mano malvada. Nadie está libre de ser tomado por enfermedades —Gwayne intentó sonreír, como intentando simpatizar con ella.
—Y los príncipes y la princesa son prueba, de hecho, que todo está bien —Ormund comenzó a hablar con impaciencia —. Ellos salieron de tu cuerpo. Hablamos con el maestre y las parteras, reconocen a los niños ahora tal como nacieron. No hay nada extraño en ellos. Son tus hijos.
— ¡No lo son! ¡Yo sé que no lo son! ¡Lo vi en Aemond! ¡Ese niño no es el mismo que sostuve cuando nació!
—Tu mente está jugando contigo —su tío comenzó a retirarse —. Estabas cansada por las largas horas de parto, no viste bien o no recuerdas bien, tal vez ambas.
— ¡Sé lo que vi, tío! —avanzó, tratando de agarrar el brazo de su tío, de hacerlo entender.
Gwayne la atrapó, abrazándola contra su pecho.
—Un desperdicio —escuchó a su primo decir, alejándose también —. Pensé que teníamos una reina Hightower.
—No desesperes, hijo, todavía tendremos nuestro rey.
— ¡Sé lo que vi! ¡Lo sé!
Intentó alcanzarlos, pero los brazos de Gwayne eran demasiado fuertes.
—Lo siento, hermana —escuchó junto a su oído.
Entonces, su boca fue forzada a abrirse para tragar más leche de amapola.
…
Lady Elenda.
Alicent tenía que hablar con Lady Elenda.
Esa dama era la única que podía aclarar todo.
—¿Alicent? ¿Qué haces aquí? Deberías estar en tus habitaciones —la voz de Rhaenyra la hizo detenerse en un giro de pasillo.
En cuanto volvió el rostro para mirarla, Alicent no pensó en la falta de apoyo de Rhaenyra, ni en la traición a su amistad. Ella sólo pensó que esa era la chica de voluntad fuerte que quiso llevar a volar a Alicent, escapar juntas a Essos y comer pastel.
Rhaenyra podía ayudarla.
Tenía que hacerlo, le debía tanto.
—Rhaenyra, debes ayudarme —se acercó a ella, suplicando.
—Lo haré —Rhaenyra asintió —. Sir Criston y yo te acompañaremos de vuelta a tus aposentos. Estás muy lejos del Torreón de Maegor.
Alicent dio un paso atrás.
—No, tienes que ayudarme a demostrar la verdad. Eres una Targaryen, pero sé que eres diferente. Siempre has querido ser libre, ahora entiendo que querías escapar de los pecados que tu familia práctica.
Sí, tenía mucho sentido.
Pero algo seguía sin encajar.
— ¿Por qué nunca me constate el secreto?
— ¿Secreto? —Rhaenyra levantó una ceja.
—Sobre la brujería que practica tu familia. No tenías que decírmelo todo, pudiste contarlo como la historia de la princesa Saera que dicen circula por todo el reino. Si me lo hubieras dicho nunca me habría casado con el rey.
—No hay brujos en mi familia, Alicent —Rhaenyra miró a Sir Criston y le hizo un gesto con la cabeza —. Y te hablé de la historia de Saera. De hecho fue la primera cosa que te dije cuando nos conocimos porque quería asustarte. Eras una niña que vivía en las faldas de su septa, sabía que te escandalizarías al escucharla.
—No lo hiciste.
No lo recordaba.
Su primer recuerdo de Rhaenyra era de una niña angelical con las mejillas manchadas de azúcar, riendo sin recato.
—Lo hice —Rhaenyra se acercó para sostener el codo de Alicent, intentando encaminarla —. Ahora vamos, se está haciendo tarde y debemos llegar a nuestras camas.
— ¡Mientes! ¡También eres una de ellos! —empujó a Rhaenyra con fuerza.
— ¡Princesa! —Sir Criston se apresuró a ayudar a Rhaenyra —. ¡Su cabeza! ¡Está sangrando!
Alicent se asustó.
Ella sólo había empujado a Rhaenyra, no fue su intención que chocara su cabeza contra la pared.
—Estoy- Estoy bien, Sir —con una mano, Rhaenyra se sostuvo del brazo del caballero y con la otra se tocó la cabeza.
Cuando bajó su mano, había sangre en ella.
¿Cómo era posible?
Alicent no era tan fuerte.
Ella no había querido lastimarla.
—No estabas diciendo la verdad, Rhaenyra —comenzó a hablar, rascándose las manos y dando pasos hacia atrás —. Es una advertencia de los Siete. Deberías ayudarme, no engañar como el rey. Sé que no quieres casarte y menos con un niño, pensé que entenderías, pero también eres como ellos.
—No se mueva más —Sir Criston se colocó frente a Rhaenyra, mirando a Alicent con hostilidad —. Debe responder ante el rey por sus acciones contra la princesa Rhaenyra.
— ¡Ten cuidado con tus palabras! ¡Soy reina! ¿¡A dónde se fue tu amabilidad cuando me escoltabas!?
Lo que fuera que el caballero dijo se perdió debajo de los gritos preocupados de sus sirvientas.
¿Habían estado buscándola?
¿La habían seguido?
— ¡Su Gracia!
— ¡Debe regresar a su habitación!
— ¡Va a lastimarse si sigue actuando así!
Alicent sintió alivio al verlas, pero inmediatamente se preocupó cuando Sir Criston desenvainó su espada y apuntó hacia el sonido de los gritos, antes de siquiera mirar para comprobar quién se acercaba.
Alicent cerró los ojos, presintiendo lo que pasaría.
— ¡Sir Criston, detente!
Escuchó gritos.
Muchos gritos.
Alicent cayó de rodillas, se tapó los oídos y no se atrevió a abrir los ojos.
Los mantuvo cerrados incluso cuando los gritos cesaron, cuando más personas llegaron y cuando la alzaron por los brazos, llevándola a algún lugar.
Ella sólo había querido descubrir la verdad.
…
—Querida Alicent, debes creerme cuando te digo que nunca te desee ningún mal —el rey estaba sentado junto a su cama, observándola con expresión suave y ojos llenos de lástima.
Ahí estaba otra vez.
Lástima.
Lástima, lástima, lástima.
¿A eso fue reducida?
De una dama a una reina a una loca a una persona que sólo inspiraba lástima.
—Pecador, pagano —murmuró a través de la neblina de la leche de amapola.
—Estabas destinada a tener una vida cómoda, ibas a ver crecer a los niños, a pesar de todo.
—No mis niños, no míos.
El rey suspiró.
—Me aseguraré de que al menos tengas una de esas cosas —el rey se puso de pie —. Enviaré sirvientas para que te atiendan, estarás bien cuidada.
Se alejó de la cama.
—Todo se salió de nuestras manos —alcanzó a escuchar.
¿Con quién hablaba el rey?
El maestre se había ido, ¿quién quedaba en su habitación?
—No, hermano, todo está bajo control.
¿Príncipe Daemon?
—No se suponía que fuera tan duro para ella.
—Sí, bueno, ¿quién iba a pensar que esa chica sería tan observadora? Otto todavía se las arregla para molestarme a través de su hija. Si se hubiera quedado quieta, no habríamos tenido que volverla loca. Vámonos ya, nuestra esposa y nuestros hijos nos esperan; Nyra preparó un picnic en el jardín de Rhaenys.
—Un jardín encantador, la Reina Visenya realmente se esforzó para crear un lugar maravilloso para su amada esposa.
— ¿Debería construir un jardín para ti, mi amado esposo?
—Sólo si quieres que Aemma-
No pudo escuchar más, la leche de amapola la sumió en un sueño profundo.
De cualquier manera, no era como si entendiera el idioma de los herejes.
…
Alicent ahogó un sollozo.
— ¿Está bien, Lady Alicent? —preguntó su sirvienta favorita.
—Pensé que Sir Criston te había matado —estiró la mano para tocar su mejilla.
—Está confundida, mi señora, soy su nueva sirvienta.
—No. Te conozco, eres tú —miró a todas sus chicas, todas paradas al pie de su cama —. Son ustedes.
Conocía muy bien sus rostros.
Eran los rostros de las leales mujeres que siempre la cuidaron y la escucharon.
—Soy Lila —dijo la amable chica que siempre curaba sus dedos —. Y ellas son Ruthy, Cala, Nora y Tilly. Somos nuevas en el castillo.
Los rostros eran los mismos, pero los nombres… ¿cuáles eran sus nombres?
No recordaba los nombres de sus sirvientas.
¿Por qué?
Nunca las había llamado por sus nombres.
Alicent nunca les había preguntado por ellos.
No había sido necesario.
Ellas sólo eran sus sirvientas, sus chicas.
¿Era verdad que no eran las mismas?
Pero sus rostros…
— ¿Le gustaría que trence su cabello, mi señora? —esa chica sabía que a Alicent no le gustaban las trenzas, ¿por qué preguntaba eso?
—Permítame cambiar sus vendajes, Lady Alicent —sus dedos fueron descubiertos sin delicadeza y limpiados con agua fría.
No eran sus chicas.
Sus chicas no cometerían tales errores.
—Por favor, beba el té mientras sigue caliente —una taza fue colocada en su mano libre.
Era su té favorito y seguía teniendo ese sabor extraño.
El aroma de su incienso favorito llegó a su nariz.
Sólo sus sirvientas leales conocían sus gustos.
¿Realmente no eran sus chicas?
—Enciende velas nuevas en el altar, los Siete siempre deben estar iluminados —ordenó a la más joven.
La vio hacer una mueca de fastidio.
Definitivamente no eran sus chicas, ellas nunca fueron groseras.
— ¿Escuchaste? Los Velaryon llegarán pronto. La Serpiente Marina quiere cambiar la sucesión de su Casa y nombrar a Lady Laena su heredera.
Tampoco fueron chismosas.
—Eso es noticia vieja, lo interesante ahora es que el príncipe Aegon dijo que soñó que el príncipe Aemond se casaba con uno de sus hijos con la princesa Rhaenyra.
—Los niños sí que tienen sueños extraños.
—No tan extraños, la familia real se casa entre sí.
—Espero seguir viva para ver esa boda.
— ¡No eres tan vieja!
— ¿Y usted, Lady Alicent? —una de las sirvientas recordó su presencia —. ¿Le gustaría ver a su hijo casarse con su futuro nieto?
Se estaban burlando de ella.
¿Cómo se atrevían?
— ¡No es mi hijo! ¡Ninguno de esos niños es mío!
