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Día 1: Soulmates.
Una cierva rosa bailando en la piel suave de sus costillas es lo primero que Ena ve cuando cumple 12 años y busca la marca de alma gemela que debería haber aparecido en su cuerpo.
La primera persona en enterarse es su madre, quien mira la marca con un horror indescriptible. Ena es joven y en realidad no ve el problema de tener un marca tan peculiar.
Su padre, a diferencia de otros dracónidos que ha conocido, no tiene la marca de un dragón, y no ve que haya algo malo en eso.
Su madre no es un dragón en lo absoluto, es una arpía de mirada amable y toque suave, y la silueta de un búho naranja se posa en el antebrazo de su padre, mientras que el dragón negro termina de pintar la pequeña obra de arte en la piel de su madre. Ambos gradientes en el color del otro con su propio color.
Su madre solloza, pero Ena sigue sin entender el alboroto.
Aún si no entiende, asiente cuando su madre la hace prometer que nunca le mostrará su marca a su padre o a cualquier otro. Su marca no puede saberse.
Sin embargo, lo entiende cuando crece.
Es mal visto que tu marca no sea de tu misma especie.
Puede ver a varios de sus compañeros ser echados del clan de los dragones cuando sus marcas de alma gemela no son dragones.
Los primeros en irse son los Tenma.
Oye los rumores sobre como una estrella fugaz azul se extiende por la clavícula de la más joven, mientras que el mayor tiene tres marcas de diferentes colores, y ninguna es un dragón. (Según sabe, son un gato púrpura, un perro rosa y la luna de color verde, pero jamás puede confirmarlo, porque los Tenma simplemente desaparecen de los territorios con la barbilla en alto)
Luego su amiga Airi, cuya muñeca tiene en un suave color azul claro a un conejo.
Ena sabe que llegará el día en que se enteren. Que su madre no puede esconderla por siempre.
Nunca es un asunto de si, sino de cuando.
Sucede días después de su décimo séptimo cumpleaños, luego de que Akito encontrara a su alma gemela finalmente.
El joven parece burlón y engreído, pero es agradable y ama molestar a su hermano. En su piel, un dragón cuya marca naranja se desvanece en gris cálido genera burlas que escalan a una pelea, y pronto la cierva rosa fue descubierta en su piel ante los ojos atónitos de su hermano y su padre.
Ena fue la cuarta persona en ser echada del clan.
Si la injusticia de la situación era irónica, siendo ella una mestiza de un dragón y una arpía que aún estaban ahí... Bueno, lo dijo, simplemente las llamaradas furiosas que salieron de sus fauces simultáneamente no dejaron demasiado espacio para que sus reclamos se entendieran.
Ena dejó las montañas y en su lugar, se vió obligada a sobrevivir en el bosque, junto al resto de criaturas exiliadas de sus propias civilizaciones.
No fue tan malo al inicio. Podía beber agua del nacedero que había al pie de la montaña si tenía el suficiente cuidado, una madriguera hacía el mismo trabajo que una cueva si estaba bien hecha, y el lugar era lo suficientemente frecuentado por humanos como para robar trazas de plata y cobre para alimentarse sin matar a todos los animales del bosque para saciar su hambre.
Su forma de dragón por lo general era suficiente para defenderse.
Aún estaba furiosa, aún estaba dolida, pero no podía dejar que ellos la afectaran.
Así que se concentró en sobrevivir.
Simplemente no contaba con el resto de criaturas del bosque.
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Mizuki había vivido toda su vida en soledad.
Las hadas que cambiaban de forma eran mal vistas incluso en el reino de las hadas. Sin embargo, más temprano que tarde en su vida se dió cuenta de que si los dioses existían, se habían ensañado particularmente con ella.
Su habilidad como cambiaformas fue la punta del iceberg, su extravaganza se extendió a demasiados aspectos de su vida. Desde su forma de vestir hasta la manera en que disfrutaba saliendo de su forma de nacimiento para encajar en algo que resultaba aberrante para las hadas incapaces de cambiar de forma.
Podía cambiar de forma, ¿Cuál era entonces la alarma de ella rehusando su forma de nacimiento?
El ostracismo fue mucho más cómodo que ver a quienes amaba impotentes por reglas arbitrarias que un grupo de hadas viejas seguía ciegamente.
Además, el ostracismo fue bueno. Vivir en su pequeña cueva es cómodo.
Haber huido del reino de las hadas le había permitido mantener sus sucios secretos ocultos.
Su forma de nacimiento, su tendencia a transformarse en una cierva para pasar la mayor parte de su día huyendo de sus deberes, y claro, esconder la marca de un dragón en pleno vuelo que se extendía por sus costillas, manchando de café violáceo la piel clara.
Mizuki no creía particularmente en las marcas de almas gemelas, sobre todo porque en realidad, las hadas tendían a nunca respetarlas.
La mayoría de las hadas eran emparejadas por el destino con alguna criatura al azar, y su caso no fue la excepción.
Un dragón, una criatura egoísta que podía arrasar con todo en un ataque de ira.
Prefería su soledad actual, en realidad. Era mejor que enamorarse de un dragón o casarse con alguna otra hada que necesitaba la posición social que podía ofrecer.
–¿Eres tú, Mizuki?– la voz cantarina del joven cambiaformas hizo que su pequeña cola se moviera, sacando una suave burla de su único amigo cercano.
No respondió verbalmente. Su cuerpo se deslizó con facilidad practicada entre los árboles, cambiando de nuevo.
La sonrisa que obtuvo a cambio fue lo suficientemente contagiosa como para que pudiera sentir su propio rostro sonreír.
–¿Para qué me necesitas? ¿Acaso mi cambiaformas favorito necesita otro favor de su linda amiga?– su voz cantarina hizo reír a su amigo, quien asintió, tomándola con la guardia baja.
–En realidad, sí, necesito un favor, ¿Podría mi linda amiga hada hacerme un ramo de tréboles de fuego?– su tono no fue exigente, pero tampoco dejó lugar alguno para la negación.
No es que se hubiera negado igualmente.
El ramo de tréboles de fuego estuvo en sus manos en un parpadeo.
–Ahí, ¿Alguna razón en particular por la cual quieras algo tan peligroso en un día tan aleatorio?– la curiosidad genuina llenó su voz.
Rui pensó un momento. Su rostro se suavizó con una extraña seriedad llenando sus facciones, usualmente tan burlonas como las de ella.
Eso preocupó a Mizuki. Su mirada rosa siguió expectante cada movimento del pelimorado; desde su gesto indeciso, hasta la manera en que su rostro parece en conflicto con cada segundo que pasa en silencio.
Mizuki quiere decirle que no haga nada que no desee, pero pronto él simplemente engancha la tela de su ropa con sus dedos.
Su ropa sube, dejando ver la piel pálida de su abdomen y eventualmente la de su pecho.
Las marcas encima de su corazón están donde siempre. Puede ver la luna, el degradado verde y púrpura familiar. Conoce a la joven a quien pertenece, la marca de la luna es característico de las sirenas y solo hay una sirena a la que Rui cuida con toda su alma.
Sin embargo, otra de sus marcas ha cambiado.
El dragón amarillo alargado que se yergue poderoso junto a la luna, ahora degradado en el púrpura de Rui.
Oh...
–Así que por fin se encontraron, ¿Le ha pasado algo grave?– la pregunta recibe una negación, lo cual la hace suspirar de alivio. No quiere que su amigo sufra por un alma gemela enferma.
–Es su hermana, es un poco débil, y en uno de los libros de su tesoro dicen que los tréboles de fuego pueden ayudar– explica, jugando con las hojas verdes y rojizas –pero...–
–No puedes entrar a la tierra de los faunos porque la última vez entraste sin permiso y probablemente te cuelguen si vuelves a irrumpir– interrumpe, el ambiente tenso se rompe ante las tonterías bienintencionadas de su amigo.
–Ah, si no querían que entrara debieron haber puesto mejor seguridad– ríe y Mizuki siente que se relaja.
Se ve feliz aún bajo la naturaleza oscura de sus bromas.
–Ellos pusieron seguridad, tú fuiste quien simplemente entró– rebatió, ganando otra risita.
Las risas son seguidas de un silencio.
–Gracias por los tréboles– algo vuela en el aire hacia sus manos, destellando por la luz del sol –Él me dijo que te lo diera como agradecimiento si me dabas los tréboles– antes de cualquier réplica que Mizuki pudiera dar, Rui caminó entre los árboles y su silueta desapareció.
Revisó el objeto en sus manos.
Una lingote de oro.
Suspiró antes de dejarse caer sobre la piedra más cercana.
Rui había encontrado a otra de sus almas gemelas, eso la hacía feliz.
Por otro lado, la preocupación llenó su pecho, junto al sentimiento de soledad que había tenido siempre, pero que ahora doblegaba su alma.
Suspiró una última vez antes de volver a cambiar de forma. Corretear por el bosque siempre hacía más ameno todo, así que haría eso.
Buscaría bayas en su lugar habitual, luego iría a buscar a cualquier criatura aburrida para corretear.
Sonaba a un buen plan.
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Ena había pasado tres días sin comer.
Sabía que era ridículo cuidar de forma tan atenta su madriguera. Nada de lo que tenía era bueno. Un simple cuaderno, harapos y trozos de carbón junto a algunas flores secas que disfrutaba olisqueando antes de dormir.
Pero eran sus tesoros.
Tesoros que algunos pequeños cachorros de zorro querían robar.
Los malditos cachorros de zorro eran un dolor de cabeza, con sus engaños y sus tonterías.
En su búsqueda de proteger su tesoro, Ena había perdido la cuenta de comida, metales y gemas que aún tenía.
Resultó que, en realidad, tenía menos de lo que creía, y se había quedado sin comida, mientras que nadie más había pasado por el lugar para que pudiera quitarles sus metales y gemas.
Estaba hambrienta.
Así que, en contra de todo lo que sus instintos le decían, abandonó su madriguera.
El sol estaba oculto y las criaturas nocturnas empezaban a salir. El susurro de las hojas en los árboles y el sonido de sus pasos fueron agradables. Su forma dracónica se encogió poco a poco, hasta que se vió reducida a la forma humana tan habitual que hacía más cómodo andar por el bosque.
Tenía que buscar algo que comer, tal vez algún ciervo podría saciar un poco de su hambre.
Su melena oscura está un poco más larga que de costumbre, rozando sus hombros y distrayéndola un momento antes de que sus sensibles oídos capten el familiar sonido de las patas de un animal grande caminando por ahí.
No es tan pesado como para ser un oso, y sus pisadas tienen un ritmo familiar.
Bingo.
Hay un ciervo cerca.
Sus pisadas tratan de hacer el menor ruido posible, apenas susurros en la hierba y la hojarasca en el suelo del bosque.
Si se escabulle lo suficientemente bien, podrá cenar esa noche.
Así que pisa con cuidado, sus pies se sienten un poco torpes luego de estar tres días en su forma dracónica, pero lo está haciendo bien. Puede ver atisbos del pelaje de la cierva que está acechando.
Y entonces puede sentir como su pie rompe una roca.
El ciervo simplemente corre y la persecución empieza.
Sus pies no son tan ágiles, no tienen por que serlo ya que es un dragón, así que lucha demasiado en la persecusión. Los colores se ven diferentes en la noche, la forma en que todo se siente más tranquilo y oscuro, pero eso no explica por qué a veces puede ver que el pelaje aparenta un tono lila suave.
Ena no tiende a correr en sus cuatro extremidades, pero cuando la cierva escapa de sus garras al llegar a una pendiente empedrada, no tiene muchas opciones.
"No perderé mi cena" se dice mientras la cierva desaparece de su vista.
Sin embargo, no tiene a dónde ir una vez que el rastro parece cortarse de la nada.
Las huellas de la cierva se detienen en la parte más alta del terreno pedregoso, bufa con molestia mientras observa a su alrededor.
El terreno se ha elevado, puede ver las copas de los árboles mientras que el cielo estrellado, sin luna, cubre todo.
Está a punto de farfullar cuando escucha un ruido. La piedra chocando con más piedra hace que voltee, atisbando a penas el color lila desapareciendo tras las rocas.
Su victoria interna no tiene tiempo de ser celebrada mientras su cuerpo avanza hacia adelante, persiguiendo a la cierva que se ve más y más cerca de sus fauces.
Y luego vuelve a desaparecer de su vista, frustrando a Ena.
El terreno ha cambiado, y no tiene idea de como ha pasado de ser una elevación rocosa a volver a ser bosque, un bosque denso y apenas transitable.
Su cuerpo se retuerce para poder llegar a la cierva, quien vuelve a desaparecer poco después de volver a verla.
Su cuerpo se desliza entre la vegetación y los terrenos irregulares. Su cola se atora un par de veces antes de que pueda llegar a un claro iluminado.
Hay fuego al igual que un pequeño campamento improvisado, y junto al fuego, la cierva lila se ilumina en tonos naranjas mientras descansa acostada.
El claro está rodeado de arbustos espinosos llenos de bayas.
Al parecer la cierva pertenece a alguien.
No es que le importe mucho, necesita comer, su estómago ruge con fuerza mientras observa al animal.
Su olor es de alguna forma agradable. Probablemente es la mascota de alguien, tal vez alguna bruja está cerca, porque el olor a flores y hierbas que emana de su cuerpo contrasta al olor a humo y carbón de su propio cuerpo.
Sin embargo, eso significa que el animal probablemente está protegido, y que atacarlo seguramente llevaría a herirse.
Así que ha perdido su cena esa noche.
Ena refunfuña antes de simplemente dejarse caer, con el cansancio de la persecución llegando por fin a su cuerpo.
El fuego es agradable, no compensa su hambre, pero seguro la hace sentir un poco mejor.
Su sombra proyectada por el fuego es la de un dragón, y se siente poderosa de tener al menos eso a su favor.
La sensación agradable es interrumpida por una humedad gélida que la hace saltar. La cierva lila llama su atención.
Una rama del arbusto de bayas se extiende en el piso frente suyo. Tiene más bayas de las que sabe puede haber en un arbusto común, y aunque agradece el gesto, sabe que no será suficiente para saciar su apetito.
Aún así, Ena no es grosera y empieza a comer, disfrutando la dulzura que los frutos mientras los ojos oscuros del animal la miran.
Las bayas desaparecen demasiado rápido de la rama, y aunque fue delicioso, no es suficiente. Su hambre no se va del todo y su estómago ruge de nuevo.
El brillo en los ojos de la cierva es casi burlón, sin embargo, le da la espalda con tranquilidad, hurgando entre la bolsa que probablemente pertenece a la bruja que la posee.
Parece batallar un poco, pero eventualmente logra sacar lo que sea que estuviera buscando.
La mandibula de Ena cae cuando se acerca, con ojos engreídos que la hacen bufar cuando el pesado lingote de oro cae al piso frente suyo.
¿De dónde lo ha sacado?
Sus garras se acercan al lingote, demorándose en tomarlo hasta que la cierva lo empuja en su dirección, animándola a tomarlo.
Ena no se resiste antes de apretarlo contra su pecho. Es oro, oro que probablemente si lo raciona bien, terminará saciando su hambre por varios días.
No puede hacer más que agradecer en voz baja mientras la cierva vuelve a acostarse en el suelo, disfrutando del calor de la hoguera.
Con comida ahora puede regresar a su madriguera, sabiendo que no pasará hambre.
Así que sonríe a la cierva, se levanta y le da una suave caricia con sus garras en la cabeza antes de volver por dónde vino.
Su madriguera está intacta. Su forma dracónica vuelve, su cola cubre sus tesoros antes de calentar con su fuego la madriguera y echarse para comer.
Deberá agradecerle a la bruja dueña de la cierva si alguna vez se topan. Por el momento, a Ena le basta con enterrar la nariz entre sus tesoros y relajarse.
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La dragona no es un peligro.
Es extraño que Mizuki llegue a esa conclusión, pero puede verla simplemente rodando en un campo de flores mientras ella misma se esconde a una distancia segura.
La ha visto más y más veces conforme los meses han pasado. Tanto en su pequeña forma antropomorfa como en su enorme forma de dragón.
Sin embargo, descubre que no todos los dragones son seres codiciosos y agresivos.
Los hermanos Tenma y Ena son los mejores ejemplos.
Los Tenma son bastante juguetones y ruidosos, aman echarse en el sol en el día y ver las estrellas en las noches. Son cariñosos y enérgicos. Saki disfruta las pequeñas persecusiones y juega como si fuera un cachorro con su hermano. Rui y ella solo pueden observar los movimientos altamente destructivos mientras se hacen cosquillas o se muerden suavemente.
También son amables y preocupados. Tsukasa no la dejará ir sola por el bosque en las noches, y compartirá su oro luego de que Mizuki haga crecer las plantas que su hermana necesite en los días que esté débil.
Ena, por otro lado, parece más un dragón estereotípico que los otros, pero tampoco es tan mezquina cómo pudo haber sido.
La segunda vez que se vieron, se disculpó, y sus divagaciones terminaron en ella hablando demasiado sobre si misma, sobre sus problemas y sobre muchas cosas que había rumiado en su cabeza por demasiado tiempo.
Ahora se aparece en su claro por las noches al menos una vez a la semana, comiendo bayas y hablando de sus problemas con los zorros, de sus disputas con algunos seres del bosque o de los nuevos tesoros que ha conseguido.
A Ena le gustan las flores, el olor la pone de buen humor. Y si Mizuki llenó su claro de las flores favoritas de Ena, bueno... ¿A quien le importa?
También la ha visto en su forma dracónica, rugiendo y echando fuego, pero parece al menos más controlada que otros dragones... Al menos si no tiene explosiones de ira. Solo lo ha visto pasar dos veces, pero desea que eso jamás vuelva a pasar, y sabe que los zorros que viven en el bosque están de acuerdo con ello.
Ha pasado meses sin volver más allá de algunas horas a su forma antropomorfa, sin embargo, esto no le molesta. Jugar con Saki es más divertido así, al igual que molestar a Ena.
Sin embargo, por ahora tiene que asearse, y asearse implica algo que ha tratado de mantener en el fondo de su mente.
Su marca.
El rosa pálido degrada al café violáceo del dragón en sus costillas.
No es tonta, sabe lo que significa, y reza porque Ena siga siendo tan inconsciente como siempre.
Debería alejarse, lo sabe bien, pero no tiene la energía para simplemente volver a cambiar de hogar. Su cueva es preciosa para ella, llena de todo aquello que ama.
-Es otra sucia mentira, pero espera que pueda reemplazar a la dolorosa verdad: que ya no puede apartarse de Ena-
Por ahora, será suficiente con seguir siendo la linda cierva que Ena trata como una mascota. Y claro, dormir un poco luego de limpiarse.
...
Día 6: college/post canon.
La universidad es una basura. Ena está tan privada de sueño cuando acaba el semestre que lo primero que hace es dormir por un día entero.
Es una satisfacción extraña, la manera en que comer comida que no sea de una tienda de conveniencia y dormir en un lugar que no sea el metro o el estudio de la universidad es casi algo celestial la hace ver lo mal que ha estado viviendo en su semestre.
Su cama casi parece un nido, y sus oídos sensibles dan gracias por no tener que soportar más gemidos y gruñidos de estudiantes frustrados porque la vida es jodidamente dura.
Todo es paz y tranquilidad, no hay razón para levantarse de la cama.
Excepto su estúpido hermano llamando a su teléfono.
Ena no puede poner en palabras lo irritada que la pone el tener que ver su teléfono iluminado con la tonta foto de su hermano mientras quiere descansar.
La pantalla se apaga unos segundos antes de volver a encenderse.
Eso la preocupa. Akito nunca es insistente de ese modo. Normalmente si no responde, capta la indirecta y simplemente llama a alguien más.
Así que toma la llamada, escuchando una voz exasperada.
No es la voz de Akito.
–Heeeey... Shinonome...–
Esa voz es conocida, generalmente está asociada a su hermano o a la cafetería en Vivid Street... A veces también a cierta idiota de cabello rosa...
No entiende por que la llama ahora mismo.
–¿Shiraishi?– pregunta, no es necesario, reconoció la voz, pero es un reconocimiento cortés que se da el lujo de hacer.
–¡La misma!– su tono está forzado y su risa es nerviosa, lo cual le pone los nervios de punta.
–¿Está todo bien? ¿Le pasó algo a Akito?– de fondo se escuchan voces, una de ellas es la de su hermano, así que respira hondo de nuevo.
Probablemente el imbécil está bien.
–Ah... Sí, Akito está aquí y está bien– sin embargo, del otro lado de la línea suena un grito indignado y hay una conmoción –Eh, en realidad... Estamos cerca de tu apartamento, ¿Podemos entrar? Mizuki no está muy bien y dudo que Akito quiera que viajemos juntos–
Las campanas se encienden dentro de su cabeza.
–Segundo piso, puerta 207– dice sin pensar demasiado.
Se escucha el suspiro aliviado al otro lado y la llamada se corta.
Tiene miedo.
¿Mizuki está mal? ¿Le pasó algo?
No se han visto últimamente, nunca coinciden en el Sekai y Ena está demasiado ocupada con la universidad como para organizar salidas como antes.
Tampoco se ha conectado últimamente a Nightcord más allá de entregar sus piezas pendientes.
Por ende, se siente aterrada y como una mal amiga.
...
Día 7: día libre:
El desagrado de Mizuki por las tormentas eléctricas era algo conocido por N25.
Sin embargo, si les hubieras preguntado, jamás habrían sabido decir el porque.
Mizuki jamás les diría la razón, claro, porque decirles cualquier cosa además de hechos visibles sería pasar una línea donde podía dejar que vieran las cosas desagradables en el fondo de su mente.
Y no podía dejar que fuera así.
Dejar que eso sucediera se sentía casi... Kamikaze. Dejar que supieran cualquier cosa era dejar que entraran más en su vida, que pudieran ver sus heridas y dejar unas peores cuando eventualmente se fueran.
Nadie estuvo nunca ahí para quedarse. Ni Rui, ni su hermana, ni todas las personas que pronunciaron juramentos que eran rotos apenas creían que estaba fuera del alcance del oído.
Ena, Kanade y Mafuyu se irían eventualmente.
Así que mantenerlas a distancia era algo de pura lógica, ¿No?
Alejarlas de cualquiera de sus sucios secretos, mantenerlas a raya para que una vez estuvieran fuera, barrer las cenizas que dejaran fuera más sencillo.
Mizuki no era más que una señal de alto. Un señalamiento de los caminos incorrectos.
La forma incorrecta de ser alfa, la forma incorrecta de ser una persona, la forma incorrecta de vivir.
Era el camino a evitar.
Rui había visto eso, era un chico listo. Había formado su propia manada, llena de gente alegre y burbujeante que no tenía la necesidad de saltarse las clases, gente que no tenía el riesgo de desaparecer en cada ida al metro, al techo de la escuela o en cada momento de su día.
Había dejado a Mizuki atrás, como todos deberían.
La soledad era dulce si te convencías lo suficiente.
Si bebías suficientes tragos amargos, eventualmente el sabor sería tolerable o agradable.
Los truenos resonando en sus oídos sensibles fueron un recordatorio más de su soledad, de que, en realidad, estaba sola desde hacía mucho tiempo.
De que la compañía era algo pasajero.
La forma en que abrazó la almohada contra su pecho, la forma en que sus viejos audífonos de cable no lograban sobreponer la música a los truenos que resonaban por una casa que se sentía vacía.
La madrugada siempre había sido un consuelo y un castigo, parecía un momento etéreo, en que las burlas y las voces de otros no llegaban a sus oídos.
Pero también estaba sola con el monstruo que era su mente que había aprendido el autodesprecio.
El recordatorio constante de que nunca era suficiente, de que su cerebro funcionaba diferente. A diferencia de otros alfas, no tenía la necesidad de jugar a las mordidas o cazar bichos, no sentía una atracción insana por la carne ni fijación especial en encontrar a un omega para marcar.
Mizuki prefería coser, editar vídeos o ver anime, leer fanfiction, molestar gente en internet y escuchar música que aliviara su dolor interno.
Su olor, algo indeterminado luego de años bajo supresores y bloqueadores hormonales, sus garras más pequeñas, su transformación casi nunca llegando más allá de los cambios primarios en dientes, manos y ojos.
Una aberración de cualquier naturaleza alfa, una disociación total de cualquier intento de conexión con su género asignado al nacer y su género secundario.
Un trueno resonó a través de la música y de repente la poca luz que había desapareció.
Un apagón.
Pausó la música, viendo la hora en su teléfono.
12:50
No iba a conectarse a Nightcord esa noche.
Suspiró, despausando la música y abriendo la aplicación de su teléfono, abriendo su servidor para encontrarse con que el apagón también había atrapado a Ena y Kanade.
No habría reunión esa noche.
Cerró la aplicación, viendo el nivel de carga en su teléfono. Esperando que no estuviera a punto de morir.
23% de batería.
No iba a durar toda la noche si seguía con la música puesta, así que lo puso en modo ahorrador.
Eso descartaba el Sekai también, no había manera de ingresar si su teléfono estaba muerto.
Sin música, sin una distracción y sin la reunión de esa noche, Mizuki se encontró incapaz de mantener el llanto que había estado reteniendo.
Su propio olor ácido llenó el aire, haciéndola sentir más miserable. Elevando su ansiedad.
Los sollozos crudos salieron de su garganta, ahogados por la almohada que abrazaba con fuerza contra su pecho.
Sin embargo, no había nadie a quien molestar en casa, ¿O no?
Sus padres habían salido en la tarde al trabajo, no volverían hasta que los trenes estuvieran corriendo de nuevo, y eso sería hasta las 6 de la mañana.
Habían tomado incluso días para pasar con Mizuki, para ayudarla en otro de sus baches depresivos.
No podían quedarse en casa para siempre, y no habría podido pedírselos incluso si hubieran tenido la oportunidad.
Tenían mejores cosas que hacer que tratar de consolar a alguien que no deseaba más que desaparecer y dejar de causar tantos problemas a todos.
Huh.
Tal vez... Podría hacerlo.
En una noche de tormenta los accidentes simplemente pasaban.
A veces la gente no podía ver en la tormenta y caían en algún lugar desafortunado.
A veces los accidentes pasaban y alguien era atropellado al no ser visto a través de las cortinas densas de agua.
A veces el viento soplaba demasiado fuerte y alguien caía por un puente o era arrastrado por un río.
Mizuki se puso la ropa más linda y cómoda de su guardarropa y salió, sintiendo la primera ráfaga de aire frío, de lluvia pesada y helada.
Dejó su teléfono en casa, no tenía sentido llevarlo, así que no se molestó cuando todo su cuerpo quedó empapado, entumecido por el frío, solo respondiendo al retumbar de los truenos.
Todas las calles estaban oscuras, el apagón había sido peor de lo esperado, al parecer.
Las calles estaban totalmente vacías de cualquier calor, luz y presencia.
Vagó bajo la lluvia, encogiéndose de miedo cuando el relámpago era instantáneamente seguido del trueno.
Recordándole los tiempos en que la gente se burlaba de ella, en que cada vez que se distraía, sus compañeros golpeaban su escritorio para reírse de la manera en que se acobardaba y encogía en su lugar.
En que las bolsas llenas de aire eran reventadas al lado de sus oídos sensibles, haciendo que sus gritos patéticos y sus lágrimas fueran seguidas por las risas crueles de sus compañeros de clase.
Los recuerdos de sus sensibles oídos siendo sometidos a ruidos demasiado fuertes que dejaban un zumbido desagradable, en que los gritos y las burlas eran su pan de cada día.
La muestra de que era un remedo de lo que debería ser, de que no podía protegerse y mucho menos proteger a alguien más.
Su risa amarga fue sofocada por la estática de la lluvia, la sensación de vacío en su pecho existiendo, extendiéndose como un dolor físico en todo su torso.
Como si su cuerpo estuviera tratando de asfixiar su corazón, una boa constrictora cerrando su cuerpo viperino hasta dejar un músculo exprimido de toda vitalidad.
La única fuente de iluminación era el negocio o tienda ocasional que tenía su propio generador, generando una disonancia entre la poca visibilidad de la lluvia y la luz cegadora.
Llegó al puente habitual, dónde había pasado coqueteando con la muerte tantas veces hacía un par de años, pensando la paz que vendría con un sueño eterno.
"Es como quedarte dormido"
Había visto la frase coronando el muro de texto negro sobre el fondo blanco del tablero donde había estado vagando.
Las maneras menos dolorosas, las maneras más discretas.
Esperaba que fuera así. No quería pensar en que podía significar un dolor más eterno que el que ya experimentaba.
Una de sus piernas pasó por encima de la única barrera que la separaba de la caída.
La otra siguió a la primera, colgando frente al abismo.
Se lamentó por no haber dejado una carta, algo para disculparse con su familia, con N25, con An, Rui y todas las personas que habían tocado su vida, que la habían hecho aguantar tanto.
Los ojos oscuros y la sonrisa tenue de Ena pasaron por su mente, con una lágrima mezclándose con la lluvia.
Su cuerpo se deslizó hacia adelante.
Y algo la tiró hacia atrás.
Su cuerpo presionado contra uno más grande y cálido, el tenue olor a menta familiar llenó lo poco que podía percibir por los golpes de agua que la hacían sentirse como si se estuviera ahogando.
–¿Ena?– murmuró, buscando los ojos oscuros, preparando cualquier excusa, preparando sus oídos para los gritos aturdidores.
–¿Akiyama?–
Unos ojos verdes le devolvieron la mirada.
...
Los días lluviosos eran un fastidio, pero pelear con Ena lo era aún más.
Claro, tal vez esta ocasión no había sido culpa de la pintora, tal vez Akito debió haber quemado más energía en el parque antes de ir a casa luego de una discusión con An, lo cual había seguido a él siendo un imbécil con Ena, que había tenido su propio mal día al toparse con su padre antes de que este se fuera al estudio.
Así que... Pelear a mordiscos y arañazos no había sido su mejor movimiento. Ena era pequeña pero contundente y escurridiza, y decir que se sentía humillado por haber sido dominado en una pelea que él mismo había empezado no mejoró su humor.
Así que hizo lo mejor en su lista, que fue salir a una hora imposible de la noche para conseguir pastel de queso, terminando con él caminando por todo Shibuya durante un apagón para conseguirlo, bajo el maldito aguacero más terrible que había habido.
Ahora regresaba con pastel de queso, una posible neumonía en camino y un pequeño alfa apaleado que había estado a punto de saltar de un puto puente.
Su melena rosa estaba empapada, goteando agua, y sus labios apretados mientras sus dientes castañeaban por el frío.
Akito no sabía que hacer más allá de volver a casa con Akiyama a su lado, esperando que Ena no siguiera de mal humor.
Sabía que la convivencia con otros alfas era complicada, que tener tres en casa estaba desatando más dolor para todos del que podrían tolerar.
Pero eso no hacía que dejara de importarle. Ena era parte de su manada, su pequeña manada de dos personas que había tenido incluso antes de siquiera entender qué era un alfa o un omega.
Ena era la mayor, Ena era quien lo protegería cuando hiciera falta, quien sacaría los dientes.
Por regla general, el alfa primogénito era mucho más fuerte, más dominante.
Volteó a ver al pobre cachorro sacudido a su lado, con su mirada perdida y su cuerpo encogido como si fuera mucho más pequeña de lo que en realidad era.
Probablemente Akiyama era un alfa como él, más débil, más manso.
Nunca había oído de alguna vez que confrontara a otro alfa o peleara a diferencia de la mayoría en la escuela.
¿Sería por eso que estaba tan decidida a saltar?
Pensó un momento en lo que habría podido pasar si ella simplemente se hubiera lanzado antes de que él se acercara.
Akito no la habría visto, no habría podido tirar de ella.
Akiyama habría desaparecido de la faz de la tierra.
El pensamiento fue desagradable. Aún si le parecía alguien molesta, aún si era insufrible mientras lo llamaba "hermanito" o cuando simplemente le hacía bromas.
Akiyama era agradable.
Cuando por fin llegaron a la casa Shinonome, Akito suspiró fuertemente, sintiendo su propio cuerpo contraerse por el frío.
Había estado demasiado tiempo afuera, ¿No?
Iba a tener una neumonía seguramente.
Sacó sus llaves y abrió la puerta, guiándose en la oscuridad, siendo recibido por una Ena con el cabello húmedo, a quien parecía que le había pasado un huracán encima.
Oh...
–¡Eres estúpido!– regañó con el ceño fruncido. Su olor ansioso envió punzadas de culpa que desdeñó chasqueando la boca.
–Puedes regañarme después, traje algo que probablemente te interese– bufó antes de tomar la muñeca de Akiyama y jalarla dentro de la casa.
El rostro de Ena se contorsionó en terror, corriendo a ayudar a su amiga.
