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Puedes sentir la manera en que todo ha cambiado una vez que las fotos de la infancia resurgen entre las cajas polvorientas de recuerdos que mamá guarda.
No estás en tu casa, y mamá solo te las ha dado porque van a mudarse lejos de Tokio, y quiere que tengas algo que te recuerde a tu familia.
Te despediste de ella con un abrazo y un gracias que fue sincero. Estás agradecido con mamá por las veces que te ayudó, en que su comportamiento comprensivo pudo distraer tu mente deprimida, dándote el primer faro para no perderte cuando más lo necesitabas.
Hay bastantes fotos, fotos que en realidad son físicas y que fueron tomadas con la vieja cámara que ella compró cuando supo que estaba embarazada de ti.
Hay fotos de prueba, fotos que piensas que te dejó como un regalo. Son a cosas pequeñas, como parches de flores o atardeceres mal encuadrados. Tienen un aire que te hace sonreír mientras las observas. Te recuerdan tanto a ella que las guardas con cariño en los protectores que compraste, poniéndolos con cuidado en la carpeta donde las guardarás.
La noche es silenciosa, tanto como para darle una sensación de soledad a las acciones que estás haciendo. Revisando una caja de fotos que necesitas limpiar y reempacar si quieres que la mudanza las lleve.
Metes las manos para sacar más fotos.
Fotos de tu hermano y tú, cuando eran niños. Akito y tú modelando sus mochilas verde y roja antes de tu primer día de clases.
Ambos comiendo postres o posando mientras parecen una familia común, unida y amable.
Te llena de calor el pecho, y aunque la imagen de quién eras ya no es tan familiar, tiene cierto aire de nostalgia que te hace anhelar los buenos tiempos, incluso si no eran tan buenos.
Las fotos son familiares, recuerdas muchos de los momentos.
Pero conforme los años avanzan, todo se retuerce.
Akito y tú ya no están en las mismas fotos, de hecho, casi no hay fotos de tu hermano, y casi siempre están por separado cuando aparece.
En tu preadolescencia, después de la insistencia de Shinei con tu arte, las fotos con tus padres son más y más pausadas entre si.
Tu mamá limpió las fotos antes de dártelas, es seguro, porque él ya no sale en ninguna. Son fotos de ti, Akito y tu madre.
Pero incluso puedes ver como ese lazo se rompe, como pasaron de ser casi mensuales a dos veces al año, luego una.
Entonces los recuerdos que mamá tiene llegan a su fin. No hay más fotos en la caja. Faltan demasiadas memorias, pero es obvio. Solo te dieron tus fotos, las fotos que podrías querer o que podrían gustarte.
Además, a diferencia de Akito, tú te fuiste mucho antes de su casa.
Te fuiste cuando ibas en preparatoria, tu tercer año en donde te ves obligado a conseguir un trabajo mientras tu madre te deposita el poco dinero que puede colar bajo la nariz del hombre al que alguna vez admiraste.
Los gritos y la hostilidad no son culpa de Akito y tu madre, pero se ven arrastrados a cenas hoscas y silenciosas, a gritos en medio de la tarde cuando entregas tu hoja de opciones académicas y el arte no se ha ido de tus ambiciones.
Cuando las peleas y el aire se tensan tanto que te obligan a irte, cuando la revelación de lo que haces en tu tiempo libre y a quienes frecuentas hace que te echen de casa ante a quien una vez llamaste con cariño padre.
Sabes que Akito tiene más fotos, y eso te genera aún un poco de malestar. La manera en que él no se vió privado de lo que tú sí.
Sin embargo, eso no importa ya, ¿No es así? Te alegras al menos un poco de que él no haya resultado tan herido como tú
Es mejor que nada.
Deshaces la caja, aplanándola y dejándola lista para ponerla con el resto de cajas.
Aún no tienes sueño, así que decides simplemente seguir hundiéndote en los recuerdos.
Tu teléfono y la nube están llenos de fotos de varias personas. Airi con su grupo de idols, de Akito con la sonrisa más grande que has visto mientras realiza un gran evento que lo acerca más a sus sueños.
Hay fotos de personas que fueron y vinieron, selfies con Futaba luego de que pudieras balancear la escuela y el trabajo para volver a estudiar artes. Selfies donde sale una melena morada bastante larga, pero no la persona a quien pertenece.
Selfies donde una pequeña banshee amante de los fideos hace un signo de paz.
Y selfies con una joven de melena rosa que es una completa molestia.
El grupo con el que hiciste música, quienes te acogieron y te trataron con la paciencia y amabilidad que tanta falta te había hecho.
Quienes elogiaron tu arte y le dieron un camino para seguir.
Mafuyu, con sus propios problemas, preocupándose aún por ti aún en su forma molesta y extraña.
Kanade, buscando salvarte de tus propias garras, de vagar por la nada hasta desaparecer.
Y... Mizuki. Ayudando en cada cosa posible sin inmiscuirse demasiado. Siempre con un pie adentro de tu corazón, dándote constantes juegos de tira y afloja.
No puedes dejar fuera a los extraños Virtual Singers, a sus voces robóticas y sus personalidades familiares.
A Miku con sus gestos calmados y extrañamente robóticos, a Rin con su hosquedad, Meiko siempre manteniéndose a distancia, Luka tirando de todos para obligarlos a interactuar, Len como la proyección de sus infancias rotas y Kaito siendo la ira directa que a veces necesitaban para avanzar.
Hay fotos de todos, tu nube está llena de ellos.
Las últimas son de la semana pasada.
El lugar ha cambiado. Sigue sintiéndose un poco vacío, aún si al pasar de los años siguen apareciendo cosas.
Es como todos ustedes.
Aún con todo lo que pasado, la forma en que han crecido y han avanzado, el vacío está ahí.
Es un recordatorio de los momentos duros, algo que no va a desaparecer, porque las cicatrices se quedan. Porque el dolor que pasaron, las noches de llorar hasta dormirse o tener colapso tras colapso, los días en que todo estaba entumecido, todo ello forma parte de quienes son ahora.
De Kanade, aún con el dolor de todos los días que pasó atormentándose por algo que estaba fuera de sus manos, por una enfermedad creada por aquellos que desprecian el arte por ser arte.
De Mafuyu, de aquellas cicatrices dejadas por la manipulación de la persona que tenía que cuidarle y amarle; aquello que evitaría por siempre que pudiera llevar una vida medianamente normal.
De Mizuki, de los días enteros en crisis por ser ella misma en un lugar donde nadie puede ser feliz, porque nadie puede ser auténtico sin quemarse en el intento.
De ti mismo, de un artista construido a partir de perseverancia y sangre. De un niño desamparado y enojado que solo podía querer lo mejor de un mundo que le repetía burlas crueles sobre sus capacidades.
–Así que ahí estás, creí que habías salido– las palabras suaves de la única persona que vive ahí además de ti son como un martillo estrellándose contra el cristal de autocompasión que no notaste se empezaba a formar.
–Lo siento, bienvenida a casa– el murmullo a través de tus labios es recompensado con un beso dulce con los labios entreabiertos que acaba demasiado pronto.
–Está bien, ¿Estabas ordenando por fin esas fotos? Típico de Enan, siempre a último minuto– la burla suave en su voz es traicionada por la manera en que ese par de cuarzos rosas atraviesan tu existencia con puro cariño.
–Tal vez las habría ordenado antes si no hubiera estado ocupado ayudándote con tus telas– el pinchazo de tu voz solo quiere ser juguetón, mientras la abrazas por la cintura.
El día ha sido solitario. Que Mizuki estuviera fuera por tanto tiempo ha hecho que tal vez tu ánimo decaiga un poco, pero ya no es tan malo.
–¿No estuvimos todo el día de ayer empacando tus materiales de arte?– te devuelve, su sonrisa felina habitual ya no te molesta como antes, así que en lugar de responder sobre como sus telas les llevaron una semana, prefieres dar besos fugaces por su piel, por su mentón y por su mejilla.
Sus risitas solo te impulsan más, la manera en que no te aparta, sino que enreda sus dedos con sus lindas uñas rosas en tu cabello corto, en que rasca tu cuero cabelludo con ternura.
No puedes tener suficiente de sus risitas, de la suavidad de su piel bajo tus labios.
De como su cuerpo reacciona siempre recibiendo el afecto de forma tímida.
Ella te arrastra al colchón solo adornado con un par de sábanas, el apartamento demasiado pequeño es un poco asfixiante, pero no es necesariamente malo.
No estarán ahí demasiado tiempo, están a dos días de irse.
Mizuki es mejor dando afecto que recibiéndolo, tu ataque anterior es recompensado con el suyo propio.
Sus labios suaves recorren tu piel, te dan ligeros cosquilleos que hacen que pases tus propias manos por su melena rosa, quitando el lazo que sostiene su cabello, dejando que la cascada rosa tan suave caiga, dándote la oportunidad de devolver el favor.
Tus dedos acarician su cuero cabelludo, y los sonidos de satisfacción somnolienta te animan.
Las risitas cansadas llenan el aire, ni siquiera tienen energía para detenerse y ponerse los pijamas que dejaron fuera.
No ir a la universidad, tener trabajos de mierda para subsistir y tener que dejar Japón atrás vale la pena si se trata de tener a Mizuki a tu lado.
No han dejado sus sueños de lado. Has continuado pintando, Mizuki ha hecho diseños para sus amigos y conocidos.
No es el ascenso meteorico que has añorado, pero no te arrepientes en lo absoluto.
Descubrir cosas nuevas de ti, aprender más de la joven que has decidido es el amor de tu vida, planear desde ceros una vida que quieran vivir...
No hay nada que quieras más.
–Parece que estás distraído, ¿Estás bien?– sus palabras tiene una miel que te llena por dentro. Encuentras sus labios de nuevo, dejando un beso rápido que te obliga a sonreír de nuevo.
–Solo pensando, es demasiado, ¿Sabes? No creí ir a Europa así, esperando a aplicar a una escuela de arte, con mi hermosa novia...– cortas tus palabras sabiendo lo que estás haciendo.
–¿Yendo a la casa de tu cuñada porque mi pequeño artista y su hermosa novia están muriendo de hambre?– bromea, y tú resoplas con cariño y exasperación.
–Solo mientras encontramos trabajo– murmuras, escondiéndote en su pecho.
–Y mientras te aceptan en la escuela de artes– sonríe antes de besar tu frente.
El futuro es escalofriante. No sabes a dónde irán desde aquí, pero está bien.
Es más cómodo no pensar en ello mientras te balanceas entre la vigilia y el sueño.
Todo estará bien.
No te graduaste de la academia de artes aún, no tienes el dinero que esperarías ni estás viviendo la vida que habías fantaseado.
Eso está bien. Hay tiempo.
Por ahora, solo dejas un beso más en la clavícula de Mizuki antes de dormirte en sus brazos.
Llegarán ahí. No importa si no es pronto.
