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“¿Este es tu nuevo lugar?”
Agustín mira alrededor mientras lo dice, su mochila dejada en el piso. El departamento se ve exactamente igual que las fotos: entre algo vacío y minimalista, para nada hogareño. Definitivamente no es su estilo. Las habitaciones necesitan más objetos inútiles ocupando espacio para que concuerde con su estética.
“Ah, pero… ¡tenés un balcón también! No me contaste eso.”
Sin obtener respuesta, Agustín mira sobre su hombro y se encuentra a Marcos en el mismo lugar desde que le abrió la puerta, sonriendo tímidamente como si él fuera el invitado y no el anfitrión.
“¿Te gusta?”
Este es un capítulo nuevo para Marcos. “Está lindo y es grande,” Agustín dice. Su opinión no cuenta. “¿A vos te gusta?”
“Supongo.” El chico se adentra, imitando la curiosidad de Agustín de hace un rato, como si lo estuviera viendo por primera vez también.
“No sé quién te ayudó a elegirlo, pero tiene buen gusto.”
“Gracias.”
“¿Qué decís?” Le hace la forma del montoncito con la mano porque no le cree. Algún familiar o amigo seguro intervino.
Marcos sonríe jurando que él mismo tomó la decisión.
Y puede ser. Si intenta fuerte, Agustín puede imaginarlo caminando por el departamento vacío mientras decide si alquilar o no. Seguro lo que terminó por convencerlo fue que en el edificio solamente viven adultos mayores, gente que no va a estar pendiente de cada movimiento suyo y no va a molestarlo con fotos.
Es raro, Agustín piensa con un dejo de tristeza sobre toda la situación.
Marcos se da la vuelta repentinamente. “Tenés que ver el cuarto, primo.” En sus ojos verdes hay un brillo medio infantil que lo hipnotiza por unos segundos. El rubio está emocionado. “Dale, metele. Es la primera puerta a la izquierda. Mientra' yo llamo delivery o algo. Hacé de cuenta que es tu casa.”
Agustín se va antes de dejar en evidencia su reacción y mostrarle cuánto le afectó su última frase. Hacé de cuenta que es tu casa.
El tiempo que llevan siendo amigos no es tan largo, pero es lo suficiente como para que Agustín reconozca que, a veces, Marcos sólo suelta palabras al aire con la intención de llevar una conversación duradera y no necesariamente las siente en su corazón. No lo llama deshonesto, más bien socialmente correcto.
Así que Agustín puede pretender e imaginar este lugar sin signos de vida como un hogar. Si Marcos es feliz, Agustín aceptará.
Cuando el de rulos abre una puerta cualquiera, después de haberse olvidado de las instrucciones de su amigo, y lo primero que se encuentra es con la habitación, silba. Al frente de sus ojos hay una cama de dos plazas, de esas que Agustín fantasea con poder comprar en algún momento de su vida. La luz que entra por la ventana y que le pega directo sólo colabora con crear una ilusión de ensueño, dándole un brillo característico del mediodía. Sumado a eso, la cama está encima de una plataforma de madera y tiene unos acolchados azulados que están pidiendo a gritos que se lance de panza.
Está a punto de hacerlo, pero sólo un paso adelante y sus ojos van para abajo. Hay una caja en el piso, con cinta todavía. “¡Marcos! Te faltan cosas para desempacar.”
Lo dice en voz alta, imitando un reto, aún sabiendo que si estuviera en su misma posición, Agustín sería más vago que él y muy seguramente el lugar estaría repleto de cajas sin abrir. Así que la corre a un costado con su pie, toma carrera y se tira sin escrúpulo sobre la cama de sus sueños.
Agustín casi gime en placer. Quiere esa cama. Actúa como un niño y alarga su cuerpo como lo haría si estuviera sobre la nieve. Para la sorpresa de nadie, todavía hay espacio alrededor suyo. Él es chiquito.
“¿Ya 'ta pensando en dormir?” Marcos pregunta. Agustín no lo escuchó llegar. Levanta su cabeza y lo encuentra reclinado sobre el marco de la puerta, claramente divertido con la imagen en frente suyo. “¿Lo único que viste es la cama?”
Es en ese momento en que él se sienta, aún sobre el colchón, y presta más atención a su alrededor. La vergüenza le dura poco, como siempre, exactamente hasta que nota el televisor más grande de su vida al frente suyo. Está colgando en la pared, cerca del techo, diseñado para ver acostado.
“No boludo. Está mortal.”
“Tampoco hablo de eso.”
Y bueno, Agustín se siente un poco tonto. Se cruza de brazos y se le queda mirando, esperando. Él no piensa seguir buscando para asombrarse por cualquier cosa, quedando como un boludo.
Marcos sonríe a la expectativa antes de señalar la cómoda. “Traje la play de casa.”
No hace falta más para que Agustín reaccione. Se le escapa un grito pequeño de felicidad y alza las manos en el aire.
“Pensé que podemo’ jugar más tarde.”
“Obvio que sí.” Intenta contener su emoción.
“Bueno dale. Pero más tarde.” Se ríe. “Ahora, haceme espacio, boludo.”
Marcos se invita a sí mismo al espacio de Agustín, al suyo—una mezcla de ambos. Pegan sus hombros juntos, quedan sus espaldas en el mismo cabecero y sus piernas están alargadas a lo largo del colchón, rozando. El silencio los envuelve.
Hace mucho que no sienten ese tipo de proximidad. Se nota que están conscientes de cada movimiento del otro, en Agustín sobre todo que mejora su postura y mira fijo hacia adelante, un punto cualquiera en la pared. El espacio, que antes era enorme, se vuelve pequeño. No sabe qué hacer con sus brazos, torpemente a sus costados y entrelazando sus manos sobre su regazo.
Eso piensa él, y considera que Marcos también siente la asfixia del momento. Que no está solo en esto. Que no sólo él siente la necesidad de romper la atmósfera con el primer chiste boludo que se le ocurra.
Sin embargo, Marcos no opina lo mismo. “Dormí primito, que yo te aviso cuando llegue la comida.” Un susurro suave en su oreja acompañado de unas palmaditas en su pierna hacen al truco.
"Seguro estás cansado del viaje y todo," Marcos le continúa diciendo.
Agustín no se puede concentrar demasiado en sus palabras porque la mano del otro no deja de moverse. Ahora lo está acariciando, accidentalmente acercándose más a la cara interna de su muslo. Hay un jean de por medio, pero se siente igual de invasivo que como si no tuviera ropa. No es como si alguna vez Marcos hubiera tocado de esta forma su pierna desnuda, pero Agustín cree que se sentiría parecido.
“Sí–más o menos.” Finge un bostezo. Quizás de esa forma se detiene. No es mentira que se siente cansado, pero el sueño se le escapó por culpa de Marcos y sus acercamientos sorpresa.
Por suerte, el movimiento para cuando lo dice. Aún así, la mano sigue pesada sobre su pierna, como una manta que le transmite calidez. Él tampoco se esfuerza por sacarla del lugar. Se siente mejor que cuando la movía de un lado para otro. Mucho mejor.
La próxima vez que está consciente, la habitación está a oscuras. Se frota los ojos. Le cuesta ubicarse en el espacio y reconocer que no despertó en su cuarto de La Plata. Se está quedando en el departamento de Marcos. La tele enfrente suyo debería ser prueba suficiente.
Todo indica más que obvio que él no vive ahí.
Agustín camina como zombie por el pasillo, hasta encontrar al menor en la cocina, tomando agua directamente del pico de una botella. Él no lo ve hasta que Agustín hace saber su presencia desplomándose sobre la silla al frente suyo.
"¡Eh primo! ¿Qué le pasa?"
“Me quedé dormido Marcos, eso es lo que pasa.”
“Pero estaba’ cansado, no te desperté antes por eso. Te quería dejar dormir.”
La mirada comprensiva de su amigo no le llega porque apoya su cabeza en sus manos, con los codos sobre la mesa. Larga un suspiro molesto.
“Tranquilo, primito. Tenemos dos días más.” Marcos sigue con ganas de calmarlo.
“Hubiéramos tenido tres, pero gasté uno durmiendo…”
Viernes, sábado y domingo.
Hay ruido contra la madera y Agustín levanta la cabeza con curiosidad. Ve un plato con dos porciones de pizza humeantes, con el queso derritiéndose. Su cuerpo le hace recordar que no comió nada desde la mañana, que sólo desayunó livianito antes de salir para tomar el tren. Le asaltan unas ganas de devorar todo, plato incluido.
Marcos está esperando pacientemente a su lado, con su propio plato sin tocar aún.
Cuando Agustín se anima a agarrar una, ve por el rabillo de su ojo que su amigo se persigna antes de tomar otra.
Los dos se queman al mismo tiempo.
Instantáneamente, el de rulos hace ruidos con su garganta. “Ta caiente,” dice como puede mientras intenta no escupir el pedazo de vuelta al plato. Con una mano se abanica, como si eso fuera a calmar su lengua.
Marcos tira su cabeza para atrás con la boca lo más abierta posible—entre tanto Agustín aguanta la risa— intentando exhalar el aire caliente para poder tragar el bocado. Después de eso, toma un vaso de agua rápidamente, siente el frío refrescante bajar por su garganta.
“Creo que me pasé con el microondas.”
“¿Te parece?” A Agustín se le escapa una carcajada leve y Marcos se le une. Antes de seguir comiendo, se aseguran de soplar.
Sin saber, están a punto de terminar toda la caja los dos solos.
“¿No te podés quedar un día más, no?” Marcos pregunta bajito, como si ya supiera la respuesta.
Estaban bien. Venían manteniendo una cena tranquila. “No Marcos, tengo que volver a trabajar.” De tan solo pensarlo, le duele la cabeza. Quiere olvidar un poco de su vida esta noche.
Parece que el rubio percibe lo que se viene, intenta evitar el mal humor de Agustín que se asoma en su voz antes de que explote. Se levanta rápido y le da la espalda mientras abre la heladera.
“Hay que disfrutar entonces…”
Como un mago que todavía le queda demostrar su último truco, Marcos se da la vuelta y pone sobre la mesa un pack de cervezas.
“¡Cha-chan!”
Expectativa en sus ojos. Agustín se sentiría mucho peor si lo rechazara. Así que le sonríe, agradeciéndole el gesto como le sale.
Es una marca rica la que compró. A Marcos parece gustarle bastante porque la degusta rápidamente. Toma como si hubiera estado esperando por este momento.
Agustín quiere hacer algo lindo por él también, sorprenderlo con algo. Piensa y nada lo termina por convencer. Ni siquiera le trajo un regalo para el nuevo departamento.
"Por tu nuevo comienzo. Felicidades Marcos." Hace el gesto de brindis.
Intenta sonreír y le lastima el orgullo. Las diferencias lo están matando y odia volverse así de sensible. Pero lo que más detesta es el tono mordaz detrás de sus palabras. No debería sentirse así por alguien más, sobre todo si se trata de su amigo.
Se toma un trago largo de cerveza. Le sabe amargo en su garganta.
Marcos tiene este lindo departamento, una linda vida por delante. En cambio, Agustín sólo puede soñar con algún día poder pagar esto. Marcos está en el futuro y Agustín no puede hacer nada porque la vida es así, y es inevitable.
Todo le cuesta el doble a él, y le da bronca.
De un momento a otro, tiene el rostro del rubio a centímetros suyo. Luce preocupado.
No sabe en qué momento empezó a llorar, pero tiene a su amigo sosteniendo su cabeza, borrando con sus pulgares cualquier rastro de tristeza.
Si Marcos está buscando una respuesta, que Agustín diga algo, lamentablemente no la va a obtener. Sus lágrimas son más honestas que cualquier palabra que pueda decir en ese momento.
.
“Dios mío,” escucha a sus espaldas mientras hace el desayuno a la mañana siguiente.
“¿Ya te enamoraste?” le responde Agustín.
Esta vez, se despertó primero. No pudo dormir mucho en realidad: miraba al techo, se ponía de costado, luego observaba a Marcos. Lo miró hasta que se acostumbró a tenerlo a su lado. Al principio, se preocupaba si sería extraño dormir en la misma cama.
Un poco lo fue. Marcos seguía siendo cariñoso incluso inconsciente de sus acciones. Se le pegaba, buscando calor corporal. Aún en sus sueños, intentó abrazarlo por la espalda y Agustín se dio la vuelta al instante, quedando enfrentados. La otra posición le daba vergüenza. Sentía que era demasiado pegar su espalda con el pecho del otro.
Desde tan cerca, Agustín pudo ver todos los detalles de su cara, todos sus lunares y pecas. Porque, sorprendentemente, Marcos las tenía. Eran casi imperceptibles, pero estaban ahí, para que Agustín las pueda ver.
Tan pacífico, incluso durmiendo.
Muy diferente a Agustín que sólo atormentaba su cabeza con lo que pasó: pensaba en sus lágrimas ya derramadas, en la cara preocupada de su amigo y cómo relajó sus facciones cuando puso la tonta excusa que estar en pedo lo ponía sentimental sin razón.
De hecho, él es el que menos tomó de los dos.
Pensó en eso una y otra vez, imaginando qué hubiera pasado si le decía que, en realidad, le tenía mucha envidia. Si Marcos, aún con alcohol en sangre, seguiría siendo tan dulce como siempre o lo echaría del lugar que fue tan amable en invitarlo.
Pensó en eso hasta que el hambre lo distrajo y lo levantó de la cama.
Él se hubiera comido unas pizzas a esa hora de la mañana. Pero cree que no sobró ninguna, así que decidió preparar algo casero. Espera que esto pueda ser una disculpa apropiada por lo de anoche.
Fue vergonzoso.
“Para nada,” se ríe Marcos mientras se sienta dispuesto a probar lo que sea.
"No es mucho, pero…"
Se acuerda de lo que su amigo comía por las mañanas, intentó recrear algo parecido. Unas tostadas con queso, unas galletas de arroz por las dudas, huevos revueltos, jugo de naranja. Agustín fue a comprar temprano a un supermercado que quedaba cerca, puesto que Marcos no tenía nada en la heladera.
Miró con algo de duda el carrito, no estaba seguro si iba a saber bien todo junto. Quizás se había confundido con algo. Él solía desayunar un té con lo que viniera.
Todas las dudas escaparon de su mente cuando lo vió disfrutar de cada bocado. Se sentó a picar algo también, animado por los cachetes de Marcos llenos como ardilla. Al terminar todo, su amigo le agradeció por el desayuno y luego, se fue como si nada a bañarse.
Agustín se quedó un rato solo, pero no había mucho por hacer. No podía chusmear nada ya que el departamento era nuevo, ningún cuadro, ningún recuerdo.
Marcos había estado mucho tiempo en el baño cuando alguien golpeó la puerta de entrada. Así que él fue.
La sonrisa educada del hombre titubea cuando lo ve.
Una mirada sospechosa. “¿Marcos Ginocchio?” Pregunta con incertidumbre en su voz.
“¿No? Soy Agustín.”
“¿Me equivoqué de casa entonces?”
“Ah, no. Disculpe, entendí mal. Él está en el baño, ahí le digo.”
El viejo lo sigue mirando raro. Agustín parpadea, y se da cuenta. Sus manos vuelan hacia abajo para tratar de esconder y mantener un poco de su dignidad al frente de este hombre. No pensó en su estado cuando atendió la puerta. Sin remera y sólo con un bóxer, abrió sin dudar, sin vergüenza.
Agustín se quiere morir. El viento frío que entra de afuera eriza sus pelos. “Espere acá que ya le aviso.”
Cierra la puerta lo más delicadamente posible antes de irse corriendo buscando señal de vida del rubio.
“¿Agu’?”
Sus dedos se congelan en el picaporte del baño cuando escucha una voz detrás suyo. Mira y Marcos levanta una ceja en interrogación, una toalla rodeando sus hombros. De su pelo mojado y revoltoso caen gotas a su cuello.
Los ojos de Agustín bajan sin darse cuenta, Marcos tiene otra toalla rodeando su cintura. Su cuerpo aún sigue húmedo. Emana vapor.
“Hay uno afuera que te está buscando,” suelta rápidamente.
“-Pera. ¿Abriste así? No—” Marcos no puede seguir hablando porque suelta una carcajada ante las orejas rojas del más bajo.
“Es tu culpa.”
Recupera un poco su aliento antes de seguir cargandolo. “¿Ah, sí? ¿Cómo?”
“Vos estás todo el día en cuero y con la calefacción a full.”
“¿Y eso te molesta?”
Agustín le pega en el hombro cuando se acerca. “Basta, no seas malo. Anda a atender al señor ese.”
Cuando se va, ahora es su turno para refrescarse. Lavar sus pensamientos con el agua tibia. De paso, aprovecha para afeitarse. Bajo la ducha, usa el jabón de Marcos, su shampoo olor a coco y también su acondicionador. Huele a él cuando sale. A diferencia de su amigo, él se viste adentro y no tarda mucho. Esta vez, se pone unos pantalones para no pasar vergüenza de nuevo.
Marcos ya está acomodando su ropa en su parte del ropero cuando entra a la habitación.
“¿Qué quería?” le pregunta primero.
“Es mi vecino–”
Agustín chilla. “¡No! Pasé vergüenza al frente de tu vecino, boludo.”
A Marcos se le escapa una risa. “Me quería dar la bienvenida al edificio. Me parece que vo’ le diste una buena impresión, Agu’.” Le levanta las cejas mientras lo mira de arriba a abajo. Su sonrisa de ganador una vez que conectan miradas pone a Agustín colorado.
“Callate.”
“Además piensa que somos novios.”
Agustín lo ignora, claramente aún más nervioso que antes. Se ríe únicamente para no tener que responderle nada, pero no ve lo chistoso de la situación.
Busca en la cómoda algún juego para la play. Ocupa sus manos, siguiendo el consejo de Marcos de actuar como si estuviera en su propia casa. Obviamente, sólo encuentra el FIFA. Sin armar drama, lo pone a andar. Le cuesta un poco entender cómo funciona la última play, él se quedó en la dos, esa que tenía todos los juegos chipeados.
Se piden unas hamburguesas para almorzar a eso de las tres de la tarde, absortos en el partido virtual. Sólo abandonan el cuarto para buscar la comida, vuelven corriendo al ascensor para seguir con el juego, empujándose para ver quién llega primero.
“¡Tomá, hijo de mil!”
Agustín no tiene escrúpulos en celebrar la victoria delante de su cara. Eso le pasa por haberse reído de él cuando recién empezaban y aún no se acostumbraba a los controles. Quizás no era el LOL o el Valorant, pero él no se iba a dejar vencer tan fácilmente, no importa si es Marcos con quien se enfrenta.
Cuando se burla, no piensa en las consecuencias porque cree que no las hay ya que se trata del dulce Marquitos. Incluso, está a punto de sentirse mal por ser muy sobrador. Sin embargo, el menor se tira encima suyo, sin decir ni una palabra y tomándolo por sorpresa.
Agustín le golpea la espalda juguetonamente para que se levante de encima de sus piernas. Pero Marcos es más fuerte, cuesta sacarlo, parece que está enganchado como pegamento. El mayor no le alcanza a mover ni un pelo cuando el chico comienza su ataque.
Los dedos de Marcos se mueven como una serpiente en su pie, sacándole las medias y trabajando tortuosamente en ellos. Agustín menea su cuerpo entero, intenta escapar en tanto le pide piedad. Su voz sale ahogada.
Pesadamente, su pecho sube y baja. Marcos se calma cuando queda satisfecho y se limita a verlo. Claramente, está disfrutando de cómo dejó a Agustín, todo desordenado.
Es casi imperceptible el movimiento cuando se acerca a su cara.
El de rulos sólo escucha su corazón latir en sus oídos. Humedece sus labios y traga saliva. Marcos baja los ojos, interesado por el movimiento.
No necesitan decirse nada más.
Agustín pierde todo su buen sentido y se deja guiar por su amigo, por aquel chico por el cuál tiene un aprecio enorme desde hace meses. Devotamente. El primer beso es liberador, no sabía que lo necesitaba tanto. Intercambian suspiros, lo suficientemente cortos como para seguir. Como para evitar que el otro hable.
Magnéticamente fuerte, destinados a chocar en algún momento. Agustín no tiene otra descripción.
Sus labios se amoldan mientras la espalda del más bajo toca suavemente el colchón.
Parece que está en el paraíso. Siente el largo de los hombros de Marcos, los músculos de sus brazos, aprovecha para apreciarlo, para acercarlo más. Toca su pelo, y enreda sus dedos entre los mechones rubios perfectos.
Marcos hace lo mismo. Él se anima a más, apretando al otro contra el colchón y cubriéndolo con su cuerpo entero, tapando la luz. Agustín está con los ojos cerrados y en la oscuridad sólo percibe las manos de Marcos, sus labios en su cuello, el picor de todo. Marcos, Marcos y Marcos.
Es una liberación de emociones.
Su mano baja peligrosamente y Agustín sabe que es el momento de parar. Quizás Marcos tenga experiencia, pero él nunca estuvo con un hombre antes. Ya era bastante abrumador tenerlo encima suyo, aplastándolo con su peso.
Nunca nadie lo hizo sentir así después de una sesión de besos.
Detiene la mano tentadora y Marcos para completamente. Tiene una mirada preocupada en su cara. Agustín no resiste esos ojos y le da un pico, inocente. Totalmente anticlimático. Parece que Marcos entiende porque baja la intensidad, nada de manoseo ni mordidas cuando lo besa otra vez.
Como no van a traspasar ese límite, en un momento ya no saben qué hacer. Ninguno quiere hablar. Ni siquiera Agustín, que siempre tiene cosas para decir. Por suerte, su estómago suena y eso le basta como excusa para separarse un poco y reír.
“Me diste hambre.”
“No te lo puedo creer.”
Marcos se acuesta boca abajo, al lado suyo. Como descansando. Agustín está a punto de ver si cocina algo cuando el rubio habla nuevamente.
“Ahora pido unas milas o algo. Bancame un toque.”
Se queda un tiempo en esa posición hasta que se para de golpe con las energías renovadas y agarra el celular.
Cuando llega la comida, hacen como si nada. Ponen las bandejas de cartón sobre el acolchado y comen de ahí, en medias. En el mismo lugar en el que se estuvieron besando fogosamente momentos atrás.
La victoria de Agustín todavía se puede ver en la tele, donde sigue el FIFA.
No fue incómodo como creyó que sería, la situación se asemejaba a una escena de pareja que no tienen mejor lugar que estar un sábado a la noche que al lado del otro.
Lo raro viene a la hora de dormir. Agustín creía que iban a estar acurrucados y quizás, viendo una película. Pero llega de lavarse los dientes y se encuentra con que Marcos ya se había dormido.
Se decepciona un poco. Le quería dar, al menos, un beso de buenas noches.
Ahora que no tiene nadie con quien hablar, aprovecha el tiempo para reflexionar.
Él no tenía ni idea que Marcos también tenía ganas.
Le cuesta caer en cuenta que compartieron un momento tan íntimo. Tuvo uno o dos sueños dónde pasaba algo similar, y ahora puede asegurar que la realidad superó sus expectativas.
Es la primera vez que le pasa algo así con un tipo. Y no es sólo la experiencia, sino también cómo reacciona su cuerpo. Su corazón se acelera, se ríe sin causa, siente calor en su cara cada vez que Marcos se acerca. Con nadie más, sólo con él.
Es imposible no empezar a sentir cosas cerca suyo. Con el lindo, bueno y tierno Marcos Ginocchio.
Bastó con estar un día encerrado con él para que todos sus sentimientos salieran a la luz. Pensó que ya lo tenía controlado, bien tapados al fondo de su corazón. Se ve que no.
A la primera en la que el menor mostró un mínimo interés de vuelta, Agustín no tuvo problema en lanzarse a la pileta de cabeza.
Al principio, creyó que los palitos que le estaba tirando eran joda, que esos chistes eran típicos entre amigos varones—cuando se quedaba mirando su cuerpo con ojos pesados, cuando le levantaba las cejas y guiñaba el ojo después de ojearlo. Pero los besos no tuvieron nada de divertido, fueron intensos y verdaderos. Nada que ver a los picos que se daba con sus amigos cuando tenía diecisiete.
Acepta que estos le gustaron. Lo emocionaron un poquito demasiado que ahora no puede dormir. Sin darse cuenta, está moviendo demasiado los pies bajo las sábanas. Tiene miedo de molestar a su compañero de cama así que decide ir al living.
Camina un rato en el espacio, hasta que se da cuenta que debe parecer un loco y se sienta en el sillón.
Quizás son horas, o minutos, cuando siente que alguien se levanta y luego escucha pasos.
Está tan paranoico que al principio piensa que alguien entró al departamento. Luego ve una sombra reflejada en la pared y reconoce que es Marcos, indiscutiblemente. Se relaja entonces. El miedo es reemplazado por la curiosidad.
Agustín camina en puntitas en pie por el frío y encuentra la figura del otro cargada en el balcón. Sus hombros se ven más grandes. Sólo hay silencio.
“¿Marcos?”
Su amigo se sorprende, espalda tensa. “Ah, no hagas eso Agu’. Me asustaste.” Aún así, no hay malicia en su voz. “Dios…”
Apenas Agustín llega a su lado, Marcos lo envuelve con su brazo. El mayor acepta el calor contento y deja caer su cabeza sobre el hombro del otro. Lenta y gentilmente. Hay algo en Marcos, ahora sobre todo, que provoca que Agustín tenga ganas de acercarse aún más y nunca soltarlo. Puede ser que sea el enamoramiento.
“¿Qué hacés acá? Hace frío.”
Se escucha cómo inhala antes de hablar. “Y viste cómo es a veces, alguno’ días son así.”
Eso lo pone un poco en alerta.
“¿Querés hablar?”
“Eh.” Titubea.
“¿Qué pasa?”
Marcos exhala aire, inflando sus cachetes.
“No pasa nada, es que—No sé, todo esto es muy nuevo, digamos.” Sus ojos no se despegan de la noche.
Agustín está a punto de decir que para él también es nueva la experiencia. Que no se preocupe tanto.
Marcos sigue hablando, con pausas en el medio. “No sé, tipo, me cuesta verme como… el ganador. La gente pide mucho, critica mucho también. No es sólo el programa, es todo.”
Agustín espera. La charla está yendo para otro lado y la deja fluir, escuchando atentamente. Quizás no es el tema que esperaba, pero aprovecha que Marcos se está abriendo.
A veces, cuesta poner en palabras lo que el corazón siente. Lo entiende. Parece que ambos son terribles en eso.
“... Y yo sigo sin saber qué hacer con mi vida.”
Marcos se arriesga a verlo y en los ojos celestes nota que él quiere ayudarlo a toda costa a resolver su problema en ese mismo instante. Entonces, antes de que pueda abrir su boca, le gana.
“Tengo ganas de comer helado.”
Logra descolocar a Agustín, que no sabe si seguir con el tema anterior, indagando, o responderle a su idea. Duda un segundo antes de decidir. Su expresión lo dice todo, elige la segunda opción. Se la deja pasar esta vez. “Es tarde,” dice mientras busca la luna en el cielo.
Eso no los detiene.
No encuentran heladerías abiertas, pero sí kioscos. Uno de esos tienen freezer y ahí aprovechan para comprar palito bombón. Marcos paga por los dos, la chica que los atiende tenía mucho sueño como para reconocerlos. Y luego, se sientan afuera para comer, en esas sillas de plástico molestas para la espalda.
Agustín quiere comprender lo que pasa en la cabeza de Marcos, la razón de su mirada triste. No le gusta verlo así, tan ajeno a sí mismo. Quiere a su amigo de vuelta en este momento. La mayoría de las ocasiones, ellos no necesitan palabras, sus silencios son cómodos. Este no.
Así que Agustín habla, y habla. Detalles ridículos sobre cosas al azar—el clima, los perros en la calle, sobre el vecino viejo y cómo se pone rojo cada vez que lo cruza en el pasillo. A veces, aunque entre historias se escucha una palabra o dos, Marcos se mantiene en silencio por el resto de la hora.
Hasta que dice algo que lo calla completamente.
“Gracias por venir, Agu’.”
“Obvio,” le dice. Las palabras le salen naturalmente. “Siempre vas a ser mi amigo.”
Antes de esto, de cualquier cosa que sean en este momento, Marcos fue siempre un amigo. Desde el primer momento en el que lo vió, de eso está seguro. Nunca va a pensar en fallar a su amistad, en especial ahora que parece que la necesita.
Es verdad que lo ha notado así antes, en un estado sobre el que no muchos se animan hablar o cuestionar. ¿Por qué Marcos estaría triste?
Busca su mano sobre la mesa y sus dedos están tan fríos como la noche. O la madrugada. Agustín ya no sabe ni la hora, sólo que está oscuro.
Las luces de las calles siguen prendidas, parpadeantes. Están en invierno, así que cualquier cosa es posible. En estos días tarda en salir el sol.
“Estuvimos medios distantes estos meses. Vos con la mudanza y todos los cambios que te están pasando.” Y agrega en un apuro, “no es como que te estoy echando la culpa. A veces las cosas son así y es inevitable.”
Marcos hizo un ruido con la garganta, como aceptando también ese hecho.
“Hermano, vos me podés contar cualquier cosa. Lo sabés.”
“Ya sé. Sos mi amigo.” Y sonríe, lento como el sol que demora en aparecer.
.
Al día siguiente, algo es distinto en el aire del departamento. Como todo, parece que está bien hasta que es hora de desayunar.
Agustín despierta con la idea de que en unas horas se tendrá que despedir de todo esto, que tiene que salir de esta burbuja y enfrentar su vida nuevamente—trabajar, ocuparse de las cosas que dejó en casa, contestar todos los mensajes que estuvo ignorando este tiempo.
Pero ve a Marcos a su lado y es fácil olvidarse de lo demás. Dejarse llevar por un ratito más, hasta que esta burbuja se explote.
Se acerca a él, va a extrañar empezar su día así.
"Buenas." Su voz de la mañana es grave y murmura la palabra, uno tiene que estar cerca para entender. A Agustín le gusta, le parece adorable.
“Hola, ¿todo bien?”
Lo siguiente que hace Marcos es tomar la mano de su pelo y sostenerla fuerte entre el espacio de ambos, cruzando los dedos. Parece una promesa.
Besa el dorso delicadamente, con los ojos cerrados. Pero cuando Agustín se acerca para buscar más, el rubio se sienta en la cama, dejando en espera a sus labios. “Vamo’.”
Después de verlo levantarse, decide hacer lo mismo y empezar su día, es inevitable.
Marcos mueve la pierna debajo de la mesa. "¿Agu'?" Se aseguró de que toda la atención esté en él antes de hablar. Siente que es importante así que Agustín deja la taza de té a un costado y lo escucha.
“No sé si quiero seguir con esto.”
Por primera vez, ambos sostienen la mirada por varios segundos. Marcos estaba hablando en serio.
“¿Con qué?” Teme un poco al preguntar.
Marcos no lo volvió a besar después de esa tarde confusa de sábado.
“Con todo.”
Agustín lo estuvo esperando. Se siente un pelotudo.
Con todo. Eso lo incluye a él.
“¿Por qué?” Odia lo roto que suena.
A Marcos le cuestan las confrontaciones, más aún con Agustín que no tiene problemas en expresar todo su enojo. Se pone nervioso y se traba con las palabras, como si no quisiera tener esta conversación. Evita mirarlo. “Es—Es algo que ya decidí.”
“¿Y yo?”
“¿Vos qué?”
Agustín empieza a agarrar sus cosas, son pocas: celular, billetera. “Ya está Marcos, ya entendí.”
“Es–Esperá Agu’, decime.” Está detrás suyo, intentando que se calme.
“¿Por qué no me hablás, no me consultás?”
“Agu', no te entiendo. No sé qué querés. Me cuesta seguirte con tus cambios de humor.”
“¿Mis cambios de humor? Mirá quién habla.” Va a obligar a Marcos a mirarlo. Se pone en frente suyo, sacando pecho. “¿No sabes lo qué quiero? Quiero que hables Marcos, yo soy el que no te entiende. Hablas en críptico, chabón. A veces estás tan triste y ni siquiera sabés explicar lo que te pasa.”
Agustín deja de mover sus brazos por los aires cuando mira la expresión de Marcos. Está dolido. Sus cejas arrugadas, labios fruncidos.
Cuesta más mirar a esos ojos verdes que ya perdieron su brillo, sabiendo que fue por su culpa. Suspira con cansancio. No puede abrazarlo y pedirle perdón, no ahora, no en el estado en el que se encuentra.
Agarra una campera colgada del respaldo de una silla y se aleja. No se lleva nada más, no mira para atrás.
Al menos, necesita de unos segundos en soledad.
Se sienta en la entrada del edificio, a resguardo del techo ya que no pudo ir más lejos por la sorpresiva lluvia. Además se dio cuenta que no agarró su mochila ni su bolso. Se conforma con mirar las gotas caer fuerte contra el piso, algunas personas corriendo por la vereda debido al agua repentina.
Logra calmar su respiración. Toma una bocanada de aire frío. Típico de Agosto. Que sea domingo empeora.
Tiene todos estos sentimientos amontonados en su pecho y no sabe qué hacer con ellos. El departamento lo agobia. Estar encerrado con Marcos lo agobia.
La combinación de Marcos, él y su ego, sin dudas no es buena. Quiere tomar tanto de él como pueda, pero eso significa cruzar un límite que ya traspasó hace rato.
Escucha unos pasos acercarse y ya sabe quién es incluso antes de girar para atrás.
“¿Qué hace’? Está fresco acá afuera.”
“Pensando un poco.”
“¿En qué?”
“En mi vida,” Agustín simplemente responde.
Marcos lo sigue mirando. No lo culpa si no sabe cómo reaccionar.
Está sosteniendo con fuerza un paraguas, preparado para ir debajo de la lluvia para buscarlo si Agustín decide correr. Le agarran ganas de llorar.
“¿Y si vamo' a la cama, Agu'?”
Y es tan fácil como eso, estirar la mano seguro de que el otro la agarrará.
Los dos hacen como si Agustín no se tuviera que ir en un rato. Como si la mochila y la bolsa con ropa no estuviera preparada ya.
Es fácil pensar que tienen todo el tiempo del mundo para resolver su problema, cuando en realidad no saben cuándo será la próxima vez que puedan tener un momento tan íntimo como este. Pecho a espalda. No es incómodo como antes imaginaba.
Está entre sus brazos. Tienen un lío de piernas y acolchado, otra vez.
Y la repetición de los días aclara la mente de Agustín. Sólo la vulnerabilidad funciona.
Deja la honestidad avanzar, sabiendo que él necesita de este momento. Dispuesto a sufrir.
“Yo quiero seguir con esto.” Y sigue hablando, esperando que pueda decir todo lo que tiene en su corazón. “No sé cuáles serán tus razones, pero a mí me gusta estar así con vos. Me siento diferente con vos. Y yo sé que esto que tenemos, que es tan lindo, es difícil de explicar y de entender. Y que vamos a tener un montón de problemas afuera, problemas entre nosotros también. Pero quiero intentarlo… Si es con vos, quiero intentarlo.”
El silencio que llena el aire después de soltar todas esas palabras es sepulcral.
Sigue temblando aún cuando termina. Con muchas dudas en su cabeza, muchos miedos.
Las manos encima suyo lo aprietan un poco. Es una respuesta, un consuelo. Agustín se aferra a esos brazos, no quiere perder a Marcos.
Las palabras que le dice a continuación las recordará en su mente por un largo tiempo.
“Mi mamá decía que… Cada bendición tiene su cicatriz.”
Repite la frase en su mente y encuentra el sentido. Intenta aplicarla a su vida. Considera que haber estado en el programa fue como haber cumplido un sueño, pasó de ser espectador a protagonista. Sin embargo, también hay ocasiones en las que se da cuenta que algunos aspectos de su vida, ahora serían más simples si no se hubiera presentado al casting. Como por ejemplo, conseguir amor.
“Todavía no sé cuál sos vos,” Marco dice. “A veces me dolés, pero también sos lo más lindo que me pasó.”
El menor lo sostiene más fuerte en su abrazo cuando se da cuenta que Agustín quiere darse la vuelta.
“No me mires.”
“¿Estás llorando?”
“Yo también… Yo también te quiero. Me había puesto mal porque no habíamos hablado nada del tema del beso, de nada en realidad, y después me llamaste amigo cuando estábamo’ comiendo helado y me confundió. Pensé que no estábamos en la misma.”
Ahora entiende por qué antes no lo quiso besar.
Agustín logra que Marcos lo suelte y toca su cara. Lo toca de la misma forma en la que él lo hizo cuando lloró el viernes de cerveza. Delicadamente, amorosamente.
“Al principio sí estaba medio nervioso, no te voy a mentir. Lo de tener hambre fue medio una excusa. Pero luego te ví a la noche y te noté mal,” Agustín contesta al mismo tiempo que juega con un mechón de pelo rubio. “Necesitabas un amigo. Mis sentimientos podían esperar.”
“Dios…”
Sonríe triste. “Tenemos cosas que trabajar, ¿no?”
Marcos asiente. “Somo' un desastre.”
“Yo no sabía que te pasaban todas esas cosas…”
No lo presiona a que diga algo más, se limita a seguir acariciándolo. Quiere estar así por el resto de su vida, pegado a Marcos, a su calor. Se siente en casa.
No espera que el menor siga hablando, pero siempre lo sorprende y lo hace. “Ahora que estamos siendo honestos, creo que debería decir que no me gusta el departamento.”
Hace sonreír a Agustín. “Ya lo sabía, Mar. Todavía tenés cajas sin abrir y no decoraste casi nada tampoco.”
“¿A vos sí te gusta?” Lo mira sorprendido.
“Creo que aprendí a quererlo. Tenés una linda cama.” Se ríe cuando Marcos le clava el codo. “Pero posta, me gustó estar acá con vos. Por los viejos tiempos.”
“Siempre vas a ser bienvenido acá.”
Y Agustín le cree.
