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Si a Shunsui Kyoraku le preguntasen qué era lo más difícil de ser capitán comandante, con gusto el habría dicho que cargar con el peso de la muerte de sus seres queridos y las de otros. «Con que así se sintió alguna vez el viejo Yama» quiso decirse aquella vez a manera de muy mala broma, pues contrario a su expresión taciturna en su interior había una cascada de nostalgia. Lo terrible en sí fue la situación en la que se enteró de una muerte en particular, y si le preguntasen, hipotéticamente claro estaba, qué muerte le había dolido más el no habría podido decidir tampoco, todo se vio fuera de sus manos, y si por él fuera ningún segador habría dado su vidas para ganar una sangrienta guerra. Recordarlo hacia que se sintiera como el directo responsable, y también como imbécil.
« Perdóname por no estar a la altura, viejo Yama...»
Las dudas le aquejaban antes de irse a descansar y de sus ojos no se quitó jamás la imagen de una Orihime deshecha en llanto, al parecer todos, excepto el mismo Ichigo, sabían de los sentimientos de la jovencita hacia el Kurosaki, y para Shunsui, un viejo tan enamorado como deprimido o alcohólico, no había nada más triste que no haber confesado nunca los sentimientos. No lo puso menos fácil que los primeros en enterarse fueran la Guardia Real y aquellos ex espadas que por casualidad se encontraban en el Palacio Real fueran los primeros en preguntarle qué demonios había pasado con Ichigo, si ellos no sabían, ¿cómo iba a saberlo él entonces? Todo fue un caos en el que se gritaron de dimes y diretes durante un buen rato, no fue hasta que la presencia de la joven humana que ahí se encontraba se hizo notar, puesto que en cuánto vio el cuerpo inerte de Ichigo lanzó un grito aterrador que casi deja sordos a todos los ahí presentes. Lo que pasó después era de esperarse, y ni siquiera tuvieron que decir algo para que lo dieran como un hecho, al solo regresar Orihime y con el semblante tan triste se dio por hecho el fallecimiento de Ichigo. Las sonrisas de los allegados a Kurosaki se desvanecieron en gritos de dolor, Shunsui no tenía cara para responderles, a Rukia, a Toshiro, o peor aún, a la familia de Ichigo o los amigos que este dejó en el mundo humano.
Ichigo estaba muerto, esa era la nueva realidad, el joven se convirtió en un mártir cuyo sacrificio salvó tres mundos.
Sin embargo, no todos aceptaron esa idea.
Toshiro fue el primero en sacarle las respuestas sobre lo que era un secreto a voces tras la derrota de Tokinada Tsunayashiro por parte de Shuuhei Hisagi.
—Entonces, ¿eso es todo?
Kyoraku asintió.
—¿Ya no hay nada más que esconder?
—Lo hay, ciertamente muchas cosas en la historia de esta Sociedad de Almas deben quedar custodiadas en manos cuidadosas —explicó el Capitán Comandante—, y todo, incluyendo el sacrificio de Ichigo es un precio que debemos pagar por el pecado de esas verdades.
—No me parece justo —expresó con serenidad el joven segador a su superior, como se esperaba de Toshiro, su hablar fue respetuoso a pesar de su molestia—, ¿lo sabe su familia?
—Es mejor que no lo sepan, ahora que he compartido contigo el peso de mis desgracias debes ayudarme a qué esto no se repita, nunca.
Toshiro Hitsugaya accedió de mala gana, después de todo limpiar los desastres se le daba bien.
La segunda persona que lo confrontó respecto a la muerte de Ichigo fue un quincy: Uryu Ishida.
—Muy inteligente de tu parte, joven Ishida, de hecho, me estaba preguntando por qué esperaste tanto tiempo.
—Usted más que nadie sabe por qué lo hice.
«Orihime», recordó Shunsui.
Sí, Ichigo Kurosaki estaba muerto, esa era la mitad de la verdad, y su cadáver era el nuevo Rey Espiritual. En conjunto era una verdad que tuvieron que borrarle de la memoria a la chica por su propio bien, porque ninguno que lo supiera quería cargar con ese peso.
—Debió decirme —se quejó Uryu—, yo más que nadie tenía derecho a saber.
—Ponerte la cruz no hará que Ichigo vuelva, joven Ishida, según tus palabras entonces la familia de Ichigo también tendrían que saber ese terrible secreto que nos tiene a los dos aquí reunidos.
Ishida no contuvo las lágrimas frente al lider de los segadores, Kyoraku era un hombre sentimental así que le dio palmadas al muchacho, el mismo habría querido unas después de perder a Ukitake, a veces esas cosas hacían más fáciles los duelos. Pero, ¿qué hacer cuando la muerte misma moría? Nadie tenía la respuesta para eso, todavía.
