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Cuatro jóvenes de diecisiete años estaban sentados en el césped del patio de su colegio, es viernes y están disfrutando de los quince minutos de recreo que la institución les da a sus alumnos después de clases.
Román, Martin y Diego hablan de cualquier boludez, especialmente de minas y se ríen entre ellos mientras Pablo es ajeno a esta conversación, totalmente callado y sumido en sus pensamientos.
—¿More de quinto? —Inquiere Román, mirando a lo lejos a la morocha mencionada.
—Está re buena, pero salió con este. —Contesta Placente, señalando con su cabeza a Palermo.
—Es insoportable y media campana vieja.
—¿Por qué campana vieja? —Pregunta Román, sin entender.
—Trolón, trolón. —Martin imita el sonido de la campana de forma lenta, balanceándose de un lado a otro, sacándole carcajadas a sus dos amigos.
Los tres no dejan de reírse, y de acotar otras cosas entre risas, hasta que Román se percata que su mejor amigo, el castaño, desde que bajaron al recreo no ha emitido ni una palabra.
—‘Tas callado, enano ¿Todo bien?
Pablo finalmente levanta su mirada para dirigirla a los ojos de Riquelme. —¿A cuánto te vende el transa las flores? —Pregunta directamente.
Ahora, los ojos de sus tres amigos se posan en él, mirándolo con sorpresa, saben que Pablo no es de consumir, jamás lo ha hecho y la pregunta viniendo de su parte es completamente extraña.
Después de un corto silencio, las carcajadas provenientes de Martin y Diego no tardan en hacerse presentes incomodando al cordobés.
—No te tenía así Pablin, mira vos. —Bromea Palermo.
—Cerrá el orto, sos un pelotudo. —Román caga a pedos al rubio. —¿Tenés ganas de probar? —Pablo asiente ante la pregunta de su mejor amigo. —En casa no tengo, pero hoy voy a ir a buscar a la casa de él, si querés me acompañás y después te quedás a dormir en casa y armamos uno juntos.
—Dale, está bien, después le pregunto a mis viejos si me puedo quedar en tu casa, seguro me dicen que sí.
—Pará, pará, ¿No íbamo’ a salir hoy gato? —Interviene Martin, indignado.
—Eso, hace dos semanas que venimos arreglando para salir a Milo . —Acota Diego. “Milo” era un boliche de la ciudad donde los cuatro Vivian.
—Bueno, otro día vamos, los de sexto hacen jodas en los boliches de acá todo’ lo’ fines, ahora tengo planes con Pablo —Se defiende Román.
—No dan más de trolos ustedes. Bueno, si llegan a ir a la casa del Lío tomá, comprame un gramo y llévamelo a casa —Martin saca del bolsillo un billete de mil pesos casi arrugado y se lo da a Román.
—Para, para, yo no soy delivery que te llevo la merca a tu casa, wachin. Compratela vos pajero. —Riquelme le rechaza el billete mientras a todo esto Diego se caga de risa, ese chabón vive en una falopa mental constante y solo atina a reírse.
Mientras, Pablo sigue en silencio, en su mente está constantemente replanteándose si es una buena idea.
—Bueh, depue’ me compro yo, ortiva. Mirá Pablito que Román te los arma para el reverendo ojete, cuando quieras no’ juntamo’ en casa y yo te enseño a hacer uno. —Se burla Palermo, cagándose de risa mientras Román lo mira con su mejor cara de orto.
—Cerra el orto wachin, que vo’ lo va’ a hacer tomar merca. —Espeta el azabache en un tono alto, bastante molesto.
—Cierren el orto los dos y hablen un poco más bajo que en cualquier momento todo el colegio se entera que son unos merqueros de mierda. —Interviene Placente cuando nota que algunos de los chetitos de sus compañeros los están mirando con asco.
—Eh… Bueno, ¿Vamo’ subiendo? —Pablo por fin habla, después de estar tan callado, y sin esperar respuesta se levanta del césped del patio, comenzando a caminar hacia la escalera para subir a su salón.
Quién notó esto fue Diego, que no tardó en levantarse y trotar hasta llegar a su amigo, dejando a los otros dos que seguían peleándose. —¿Todo bien?
—Sí, un toque cagado noma’.
—Vos tranqui, vas a ver que es alta experiencia, nomás no la sobre pienses tanto porque pareciera que no te hace efecto.
—Sí, más allá de eso me da cagaso, mira si la mal viajo. No sé, quiero probar para poder distraerme un toque de todo y no pensar al menos una noche en los mambos que hay en mi casa, no por otra cosa. —Explica, casi nervioso.
—Vos no tenés que darle explicaciones a nadie de por qué vas a hacerlo, no la maquinés tanto, tenés tus razones y solo vos las sabés. Aparte vas a estar con Román, estás con alguien de confianza.
—Tenés razón, después te cuento como me pegó.
Los dos llegan al salón, cada uno sentándose en su respectivo asiento y después de un par de minutos la clase de sociología da inicio, es la materia favorita de Aimar, pero ese día no pareció prestarle ni el más mínimo interés.
Su cabeza estaba sumida en el pensamiento de lo que iba a hacer hoy en la noche. Últimamente las cosas en su hogar no habían sido fáciles, nunca lo fueron, pero ahora que sus viejos atravesaban el divorcio todo se volvía más complejo.
Estaba hasta las bolas de tener que escuchar a sus progenitores pelear, reclamarse boludeces en frente suyo. Estaba hasta las bolas de aguantar los comentarios de mierda provenientes de sus viejos que le decían que tenía mala junta y esos amigos lo iban a hacer mierda.
Si, Pablo era consciente que sus tres amigos más cercanos y con los que más compartía desde primer año de secundaria no eran lo más “sanos” o “aceptables” para sus padres, pero los amaba con todo su corazón.
Sabía que cada vez que salían todos juntos la gente miraba con cierta repulsión a Román y a Martin principalmente que a kilómetros te dabas cuenta lo fisuras que eran, pero así y todo el los adoraba.
Incontables veces presencio a sus amigos consumir, y estos siempre respetaron su decisión de no hacerlo. Pablo era completamente ajeno a ese mundo de sustancias, nunca tuvo la necesidad de probar, pero con el caos que tenía en su hogar hace más de un año, comenzaba a considerar la idea de relajarse con un armado.
Es así como las dos horas de sociología y después la hora de matemática se pasan volando para el cordobés. Que no prestó atención en ningún momento, y solo podía imaginar posibles escenarios, y pensar en su situación doméstica.
Cuando la jornada termina, todo el curso sale del salón y comienza a dirigirse a la salida. Él sale con sus amigos, afuera hace frío y está lloviendo ligeramente.
—Bueno, nosotros nos vamos yendo, tenemos que tomar el bondi. —Avisa Román, una vez fuera de la institución, con Pablo a su lado.
El dúo se despide de los otros dos, y comienzan a caminar hacia la parada del bondi.
—¿Sabe que vamos para allá? —Pregunta el castaño.
—Si, tranqui. Recién le mandé mensaje y dijo que nos espera.
—¿Podemos pasar por mi casa antes? Así voy a buscar plata.
—Ni ahí, es un regalito mío, Pablito. —Contesta, pasándole un brazo por los hombros y sonriéndole a su amigo quien le devuelve el gesto.
—Gracias, Romi.
Al llegar a la parada se tomaron el colectivo que los llevaría a La Boca y durante el viaje los dos escuchan música por los auriculares de Pablo, intercalando entre temas de Los Redondos, La Renga y Los Piojos.
Al cabo de media hora llegan al destino y los dos caminan por el barrio donde el transa vive.
—Que olor a bosta, es un chiquero, típico de Boca, que barrio más fiero. —Se burla Pablo, tapándose la nariz con el índice y pulgar ante la combinación de olores como meada y cañerías.
—Callate gallina descendida, habrá olor a bosta y será feo el barrio, pero por lo menos no lo prendemos fuego como ustedes al mudomental en junio. —Defiende Román, dándole un codazo.
Después de caminar unas cuadras, finalmente llegan a un edificio ubicado en las calles Pi y Margal. El cordobés no puede evitar torcer la boca ante el lugar de mala muerte que se alza sobre los dos, pero opta por no emitir ninguna palabra y subir las escaleras con su amigo.
Se detienen frente a una puerta en el tercer piso, y Román tiene que tocar más de dos veces con fuerza debido a la música que estaba al palo en el interior del departamento.
Finalmente se abre, dejando ver a un joven alto, vistiendo solo unos jeans ligeramente sueltos de color negro a medio desabrochar. Su pelo está rebajado, tiene entre sus falanges una tuca, y está apoyado sobre la puerta.
Los orbes de Pablo inevitablemente escanean al desconocido de arriba hacia abajo, y en su mente solo pueden rondar automáticamente un pensamiento; y es que el azabache con solo mirarlo emana porro, pero mamita que bueno que está.
El muchacho se da cuenta que el jovencito con ojos de bambi lo está mirando, casi comiéndolo con la mirada, pero opta por hacerse el boludo, saludando a Román con un choque de manos.
—Negro, hace rato que no venías, ¿Todo bien?
—Bien Lío, de diez, ¿Vo’?
—Ahí andamo’, la semana que viene rindo un parcial y voy todo cagado. —Los dos pelinegros ríen sonoramente. —Bueno che, pasen que les preparo unos ‘teriales.
Lionel se hace a un lado, dejando de estar su torso levemente estirado, y de esta manera Pablo puede apreciar mejor su abdomen bien trabajado, y una pícara línea en v que si se queda mirándola de más le puede jugar una mala pasada.
—Dale, Pablito entrá, no va a pasar nada. —Román le sonríe con confianza, sabe que todo esto es desconocido para su amigo, y que también la idea de entrar a la casa del transa no es de su agrado.
Pero termina haciéndole caso, entra al departamento arrugando su nariz por el olor a marihuana, además de que las luces estaban bajas y de una tonalidad amarillenta que le proporcionaba de todo menos confianza.
—Siéntense, voy a poner a calentar el agua. ¿Negro, tu amigo toma amargo o dulce? —Inquiere Scaloni, mientras los otros dos se sientan en el sillón.
—Amargo como toda persona de bien. —Se anima a decir Pablo, atreviéndose a mirar al desconocido unos instantes.
En esos instantes Lionel también lo mira y curva sus labios en una sonrisa por la respuesta, erizándole la piel al cordobés.
—Eh, tranquilo. ‘Tas temblando, loco. —Le dice Román una vez que Lionel fue para la cocina, tomando la mano de su amigo cuando se percata que este se encuentra temblando levemente.
—Perdoná, sabes lo nervioso que soy.
Los dos amigos continúan hablando, del día que tuvieron en el colegio o de los próximos partidos a disputarse de La Liga Profesional del Futbol Argentino, y pasados unos minutos Scaloni llega con el mate ya preparado y el termo.
—¿Le pongo unas chalas? —Propone, señalando el mate.
—Hoy no loco, que tenemos viaje largo. —Contesta Román.
El primer cebado lo toma el dueño del departamento, debido a que este siempre sale mal. Después el segundo y el tercero se los convida a sus invitados.
—Nunca me contaste de este, ¿Van al colegio juntos? —Pregunta Lionel, mientras Pablo toma el mate.
—Sí, es Pablo Aimar el cordobés, somos amigos desde que empezamos el secundario y te conté de él, pero vivís en una nube de pedo y nunca te acordás de nada. —Responde Riquelme riéndose.
—Bueno, disculpá. Un gusto pablito, me llamo Lionel Scaloni. —Se presenta, sonriéndole y chocándole la mano. —¿Y pibe? ¿Te gusta como los arma Román? ¿O son malísimos? —El mencionado lo mira con cara de culo a Lionel ante su pregunta, siempre lo cargosean con lo mismo, y Pablo ríe bajito.
—Nunca probé, hoy es la primera vez así que después te voy a decir.
—Es un desprolijo, yo te voy avisando nomas.
—Bueh, pero si armado bien o mal pega igual, boludines. —Román recibe el mate cebado por el azabache.
Por el contrario, Aimar empieza a tararear “Homero” de Viejas Locas que suena por el parlante que tiene Lionel en el living.
—Este tiene buenos gustos, me cae bien. —Otra vez, se sonríen mutuamente, y ahora es Pablo quien recibe el mate, tomando de este moviendo su pie al ritmo de la canción.
Los tres siguen hablando y tomando mates, Pablo se da cuenta que Lionel es alguien muy confianzudo y además habla demasiado, porque de un tema puede saltar a otro sin problemas. No entiende como hace para empezar hablando de que la otra vez un perro casi le arranca la mano, a terminar conversando sobre qué apellidos son del ascenso y otros de primera.
—Pero pará, hay un montón de apellidos que son del ascenso y otros de primera. Por ejemplo, Fernandez es de primera y Quintana del ascenso.
—Aguirre re de ascenso, y Rodríguez es full primera. —Acota Román.
—Uuh, si, tal cual. Sabes cuál también es tremendo apellido del ascenso, Arce. Re de cinco que juega en los muertos de Estudiantes de Río Cuarto. —Menciona Lionel, que se ríe solo.
Román abre los ojos, y niega con la cabeza mirando directamente a Scaloni, mientras Pablo que había estado callado solo riéndose y haciendo alguna que otra acotación, lo mira con cara de ojete a Lionel.
—Callate pelotudo. —Masculla Riquelme.
—¿Qué tiene? Si e’ verdad.
—Yo soy de Río Cuarto.
—Uh, disculpá, no sabía. —Lionel medio que se quiere matar, a pesar de que la cara del nuevo le parece sumamente hermosa y le empieza a tener ganas, que lo mire con cara de orto no lo intimida, pero si lo hace sentir incómodo.
—No, tranqui, es verdad. Igual no soy hincha de Estudiantes, pero le tengo cariño al club.
—Ah bueno, joya. Y decime, ¿Cuál es tu apellido?
—Aimar.
—Re de primera, juega de enganche capaz en River y lleva la diez seguro. —Acota, sonriéndole con toque de picardía.
Pablo no sabe si descompensarse por lo que le dijo, o por la manera en la que Lionel lo está mirando de arriba abajo.
—Scaloni para mi es apellido de ascenso, pero que después pasa a jugar en primera de defensa, tirando barridas. —Contesta, animándose a devolverle la sonrisa.
Los tres jóvenes continúan hablando, siguen debatiendo sobre los apellidos de ascenso y primera, riéndose y con las miradas entre Lionel y Pablo haciéndose cada vez más frecuentes.
—¿Se quieren quedar a almorzar? Tengo ganas de comer patys. —Propone Lionel después de unos minutos cuando el agua del mate se acabó.
—Yo banco, ¿Vos enano?
—Si, dale, ya me agarró hambre, así que está bien. —Responde sonriente el castaño, mientras en su celular les avisa a sus padres por mensaje que está en casa de Román para que no se preocupen.
—Bueno, voy a ir a comprar la coca para el fernet, ¿Te querés quedar Pablo? —Pregunta Román mientras se levanta.
—Eeh no sé… Bueno, si, tranqui, no hay drama, Romi —Pablo arrastra las palabras, la idea de quedarse en casa con un desconocido no le agrada, pero que lindo está el desconocido.
—Quedate Pablito, que este quiere ir a chamuyarse a la que atiende en el chino por eso —Le dice Lionel riéndose, que ya conoce las intenciones de su amigo y sabe lo gato que es.
—Aparte de falopero, pelotudo sos vos eh. —Román no quita su cara de orto, en tanto Scaloni se le caga de risa en la cara. —Ahora vengo, tranquilo. Cualquier cosa pégame un llamado —Le susurra al cordobés y después de revolverle el pelo finalmente sale del departamento.
Y Pablo maldice a Román internamente por dejarlo solo.
Un silencio incomodo invade el lugar, la ausencia de Riquelme se nota, al menos con este presente Pablo podía sentirse más en confianza.
—¿Así que es tu primera vez fumando? —Scaloni ha decidido romper con el incómodo silencio.
—Eeh si, me da curiosidad, pero también cagaso.
—¿Querés probar ahora? —Los ojos del menor se abren un poco más para seguidamente fruncir ligeramente el ceño.
—Le dije a Romi que iba a hacerlo en su casa.
—Una seca no te va a hacer nada, para que al menos te acostumbrés, dale amigo.
—¿Pero no me va a hacer mal en el viaje?
—Ni ahí, tranqui. —Lionel habla en un tono despreocupado, para seguidamente sacar del bolsillo de sus jeans un porro ya armado. —Abrí la boca, dale.
La mente adolescente de Pablo le acaba de generar una mala pasada y no pudo evitar pensar en algo más comprometedor ante la petición que le hizo Lionel, causando que sus cachetes tomen rápidamente un tono carmesí.
Estas tonalidades van en aumento cuando observa al azabache sentarse a su lado, acercándose de más mientras entre sus falanges se encuentra el armado.
Pese a estos factores, Pablo obedece. Sus carnosos labios que habían captado la atención del dueño de casa desde un inicio se entreabren, con sus ojitos de bambi fijados en la oscura mirada de Lionel quien coloca el porro sobre sus belfos.
Los oídos de ambos captan inmediatamente como si fuera apropósito, la melodía de “Me Gustas Mucho” de Viejas Locas que inunda el departamento, provocando inmediatamente que el pulso de Aimar empiece a acelerarse, especialmente cuando visualiza al contrario tomar el encendedor que descansaba sobre la mesita ratona.
Acerca la llama y lo enciende, bajo la atenta mirada de Pablo que inconscientemente encuentra esa acción completamente atractiva.
—Chupetealo un poco así no se apaga. —Le indica, Pablo intenta hacerlo con dificultad, sintiendo ya el leve sabor. —A ver, pasamelo.
Sin aviso se lo saca de la boca, y le da una calada una vez ya encendido, soltando el humo hacia otro lado para no dárselo en el rostro. —Listo, ahora sí, abrí la boca.
Por otro lado, Aimar había quedado completamente embobado admirando la manera en la que el pelinegro dejaba salir el humo por sus belfos, y nuevamente, acató su orden sin chistar, dejando que lo pusiera una vez más en su boca.
—Hacele una pitada, tenelo un ratito al humo y después lo sacás.
Y como si fuera automático, Pablo vuelve a obedecer, sintiendo el humo entrar a su cavidad bucal, y luego soltó el humo de golpe, comenzando a toser bastante fuerte, sintiéndose avergonzado por esto último.
—No pasa nada, es normal che. ¿Querés intentarlo una vez más?
Asiente, no quiere quedar como un boludo frente a Lionel, aunque eso es lo que menos va a ocasionar. Se lleva el faso a la boca, con un poco más de seguridad le da una pitada y deja el humo solo unos instantes para seguidamente expulsarlo lentamente.
—¿Y? ¿Te gustó?
—Mucho. —Contesta en un suspiro, la sensación había sido increíble y Aimar sentía que se le empieza a hacer agua la boca no por la marihuana sino por el pedazo de hombre que tiene en frente suyo.
—Y esto te va a gustar mucho más.
No dio aviso, tampoco era necesario. Las enormes manos de Lionel se posan en sus cachetes y junta ambos labios en un beso, pero no los mueve, está tomando por sorpresa a Pablo.
Cuando se separan, se miran a los ojos fijamente, ambos jadeando e intentando asimilar lo que había ocurrido, con el castaño sosteniendo entre sus falanges el porro todavía.
—Disculpame, me fui al carajo.
—Callate.
Y sorprendentemente, es ahora Pablo el que toma la iniciativa, tirándose prácticamente sobre Lionel para volver a unir sus labios solo que esta vez de una manera mucho más ruda, con ambos belfos moviéndose en un ritmo brusco y desenfrenado.
Scaloni no tarda en bajar sus manos para tomar la diminuta cintura del chico que le está comiendo la boca, apretándola ligeramente mientras que, por otro lado, la mano que Pablo tiene desocupada se decide por toquetear sin pudor alguno los abdominales y el pecho del contrario.
El ósculo no tiene intención de cesar, ambos continúan sumergiéndose en aquel trance, aquella manoseada que comenzó por parte del cordobés va en intensidad, ahora también por parte del más alto.
Pablo no puede creer lo que está ocurriendo, a pesar de estar empezando a sentirse relajado por los efectos de la droga, el subidón de calentura que está comenzando a tener en solo unos minutos es increíble y no le disgusta en absoluto.
Lionel está igual, el lindo chico que acaba de conocer hace apenas unas horas está encima suyo, devorándole la boca y con sus caderas moviéndose de adelante hacia atrás, logrando arrebatarle más de un suspiro por esa fricción que se genera entre los dos.
De pronto, para la mala suerte de los dos, escuchan las llaves colocarse en el cerrojo de la puerta, saben que eso puede significar una sola cosa; Román volvió.
Con rapidez se separan, Lionel recibe el porro que tenía el contrario en sus manos, se sienta en el otro sillón, cebándose un mate aunque el termo ya no tenía más agua, mientras Pablo atina a arreglarse la ropa y a fingir que está viendo cualquier boludez en el celular.
—Fua, te prendes uno y no me esperás, que forro sos. No le diste nada raro a Pablo, ¿No? —Dice Román una vez entra, dejando en la mesa el fernet y la coca.
—¿Tan poca confianza me tenés? No soy tan hijo de puta wacho, es un santo tu amigo, ni jode, me dijo que me va a ayudar a hacer los patys ahora, un capo. —Responde, sonriéndole con complicidad a Pablo que está deseando que la tierra se lo trague.
Riquelme sonríe mirando a su mejor amigo que le devuelve la sonrisa intentando parecer tranquilo, aunque por dentro está reproduciendo en loop la manera en la que lionel casi le parte el labio besándolo.
Los tres terminan cocinando juntos, algunos patys se queman por la estupidez de Lionel que se olvidó de darlos vuelta, pero igual los comieron. El fernet lo preparó Román, que tal vez sea un desprolijo para armar un porro, pero para prepararte un fernet es el mejor de todos.
Cuando se hicieron las cinco de la tarde, los dos invitados sabían que debían ir volviendo para sus casas, los bondis a la vuelta y a esa hora era un bodrio para tomarlos. Román le dio la plata a Lionel y este una bolsita con flores para luego tomar sus cosas.
—Nos estamos viendo negro, cuando quieras pegate una girada por acá y vamos a ver a Boca.
—De una, chau loco, gracias.
—Chau Pablito, nos vemos. —Le bastaron solo unos segundos a Lionel para aprovechar que Román comienza a caminar hacia las escaleras para acercarse al oído de Palo. —Ya sabes donde vivo, cuando quieras probar de nuevo venite que te espero. Román me sigue en instagram, háblame por ahí lindo. —Los labios del mayor se curvan en una sonrisa pícara que contagia inmediatamente al otro.
—Dale, gracias.
Ambos se saludan con un choque de manos bastante fuertes, finalmente el más bajito se va con Román, mirando hacia atrás una vez más para ver a Lionel apoyado en la puerta sin borrar su sonrisa.
Durante el viaje en bondi, Pablo no hizo más que pensar en lo ocurrido. Se había besado con un desconocido, se había besado con el transa. Le daba risa, pero también se sorprendía de sí mismo, aunque tampoco era un chico que se privara de estar con otras personas, pero todo había ocurrido tan rápido que no le dio demasiado tiempo a procesar lo sucedido.
Y claramente, necesitaba más.
Los efectos de la droga le estaban haciendo bajar el sueño, por lo que terminó estando casi todo el viaje en un estado de somnolencia, casi dormido. Y cuando Román le preguntó por qué tenía los ojos levemente rojos respondió que le habían agarrado alergias por el polvillo.
Esa noche, el cordobés “probó” con ayuda de su amigo, y después de un par de secas pudo acostumbrarse un poco más a la sensación.
. . .
Habían pasado ya tres semanas desde que Pablo había conocido a Lionel, y en ese último tiempo venían hablando por Instagram. Cualquier foto que el castaño subiera a sus historias, el mayor se la likeaba y ni hablar de la cantidad de guarangadas que era capaz de decirle cuando se las respondía.
Cada sábado sin falta, el más bajito viajaba hasta el departamento del azabache para comprarle uno o dos armados, pero nunca pasaba más que eso y algún que otro beso robado con un manoseo.
Scaloni le había dicho varias veces que si le parecía bien podía quedarse a dormir en su casa cuando quiera, sabiendo las ganas que se tenían, pero Pablo todavía no se animaba y porque además si o si tenía que mentirles a sus viejos.
“Me mintieron toda la vida, hacerles lo mismo una vez no le hace daño a nadie”
Fue lo que se dijo a si mismo cuando se encontraba en su habitación pensando el asunto. Finalmente se animó, y comunicándole a sus progenitores que iba a quedarse a dormir en casa de Román, se tomó el 93 para ir hasta La Boca, mientras en el camino iba escuchando Intoxicados.
Sus amigos lo habían notado medio raro últimamente, Pablo estaba al tanto de aquello. No era alguien que pasara mucho tiempo con el celular más que para escuchar música o usarlo para leer los pdfs de su colegio, el resto del tiempo se la pasaba estudiando o haciendo música, y el hecho de que en las últimas semanas estuviera tan pegado al celular por cierto santafesino le resultaba extraño a sus amigos, pero claro, este último detalle no lo sabían.
Era bueno guardando secretos, ya sea porque se hacía el boludo o porque manipulaba ligeramente la conversación para dirigirla hacia otra dirección.
Martin le rompía las bolas diciéndole que seguramente se estaba hablando con alguna mina, Diego decía que capaz había descubierto los fanfics con famosos y que por eso se la pasaba todo el día tiki tiki con el celular. Y Román bueno, trataba de defenderlo de todas esas boludeces.
Después de media hora llegó, al bajarse del colectivo sintió el olor de las zanjas colarse por sus fosas nasales y tuvo que resistir las náuseas.
“Lo que uno hace por una empomada”
Pensó en sus adentros, largando una pequeña carcajada, mientras caminaba por las calles que lo llevarían a su destino. Cuando entró al edificio le mandó un mensaje a Lionel que ya había llegado, y luego subió las escaleras.
Una vez en el piso correspondiente, se paró frente a la puerta que ya conocía perfectamente, dando dos toques, y en cuestión de segundos esta se abrió.
Pablo no pudo aguantarse más, después de tanto tiempo deseándolo, su primera reacción fue tirarse prácticamente encima del dueño de casa para besarlo con brusquedad, mientras ingresaba al departamento para después cerrar la puerta con una pequeña patada.
Lo que adoraba probar esos labios y tomarlo por sorpresa a Lionel con estas acciones no tenía precio, comenzaba a saber que esto los calentaba a ambos y no iba a desaprovecharlo.
—Te viniste con ganas hoy me parece, ¿No? —Lionel ríe sobre sus labios, endulzando los oídos del más bajo, totalmente encantado de que Pablo se comporte de esa manera. —¿Me extrañaste? —Vuelve a hablar cuando se separan por la falta de aire.
—Mucho. —Contesta entre jadeos, para seguidamente volver a devorarle la boca con desesperación al más alto.
Los oídos de ambos no solo perciben los chasquidos que generan sus labios al separarse, sino que también la melodía de “Post-Crucifixión”, a la vez que Lionel se maravilla con los suspiros y jadeos que su chico suelta como reacción a los apretones que sus juguetonas manos dejan sobre su cinturita y alguna que otra caricia cerca del orto.
Sin mirar, caminan hasta quedar el azabache sentado en el sillón, mientras el contrario se sube sobre él a horcajadas y deja su mochila tirada en el suelo. Los besos no cesan en ningún momento, no quieren despegarse del otro, y son nuevamente las manos de Lionel las que se meten debajo del suéter y camiseta que lleva Pablo, para de esta manera poder acariciar la suave piel de su abdomen.
En consecuencia, el cordobés da un pequeño saltito ante el tacto de las frías manos del otro, causando que roce ligeramente sus glúteos contra el bulto de Lionel, quien jadea sobre su boca.
Cuando la falta de aire se hace presente, sus bocas toman una pequeña distancia, la respiración de ambos ya se encuentran agitadas, y sus mejillas están comenzando a colorearse de ligeros tonos carmesí, mientras en ambas miradas es el deseo quien está como protagonista.
—¿Me armás uno? —Pide Aimar, casi en un susurro mientras ahora se encuentra besando su mandíbula.
—¿Y qué me gano a cambio?
—El mejor pete de tu vida. —Le responde cerca de su oído logrando erizar toda su piel, sin saber de dónde sacó ese descaro para contestarle.
Los finos labios de Scaloni se curvan en una sonrisa que se la regala a Aimar, totalmente deseoso, ese pibe no puede tenerlo más loco.
Pablo se baja de sus piernas, para así sentarse juntos en el suelo frente a la mesa ratona, donde Lionel colocó las flores en una bandeja y después prosiguió a triturarlas en el picador.
A todo esto, el cordobés se encontraba sentado a su lado, trazando con sus belfos un camino de besos sobre los hombros y mejillas del pelinegro, acariciándole el abdomen o las piernas, mientras deja que la música los envuelva. Ese departamento es una mugre, pero se volvió el refugio de su deseo para los dos.
Una vez triturada, Lionel comienza a ejercer lo que para él es un arte, armándolo después de colocarle el filtro. Los ojos de Pablo observan cada movimiento embelesado y como las agiles falanges de Scaloni acomodan las flores, y luego procede a enrolar el filtro con delicadeza.
Cierra la punta después de darle unas vueltitas y con el encendedor la retira, para seguidamente con este mismo prenderlo.
Finalmente le da una pitada para terminar de encenderlo y expulsa el humo, procediendo a entregárselo a Pablo.
—Todo tuyo lindo.
Pablo esboza una sonrisa con ligera picardía, robándole un beso para después tomar el porro, y darle una calada.
—Vení acá. —Lionel lo agarra de la mandíbula con cierta brusquedad, y lo acerca a su rostro, mientras Pablo termina de fumar y ahora contiene el humo. —Tiramelo en la cara. —Le ordena, sonriéndole con deseo. —Dale, sin miedo. —Agrega cuando visualiza la duda en el rostro de Pablo.
Finalmente obedece, controlando el humo para expulsarlo lentamente sobre el rostro de su compañero quien sonríe una vez más. Lionel no puede creer lo que está observando y presenciando, no hace falta aclarar cuánto lo excita esto. Sus orbes recorren de arriba hacia abajo la figura de su amante, con los labios hinchados, rojos, con rastros de saliva, su pecho subiendo y bajando continuamente, y sus ojitos llorosos.
Es ahora Lionel quien le da una pitada al porro, expulsando el humo lejos para no causarle algún tipo de desagrado a su acompañante, y sin aguantar más, sus belfos se encargan de dirigirse hacia el blanco y terso cuello del castaño, pasando su lengua por esta zona y también dejando que sus dientes tomen un poco de protagonismo al morder, recibiendo tirones por parte de Pablo en la camiseta que lleva puesta.
Optan por subirse al sillón para más comodidad, y sobre el suave terciopelo de este, se sienten atraídos como imanes, que se encuentran envueltos en una atmosfera cargada de deseo y mucho humo.
Cada exhalación es un suspiro que escapa de sus belfos, que se mezcla con el aroma de la marihuana, sus miradas se buscan con una intensidad imposible de ignorar mientras el humo baila en el aire, trazando figuras etéreas que rodean la conexión intima entre ambos jóvenes.
Sus bocas están unidas en un vaivén de caricias intensas y profundas, el sabor del porro se entrelaza fácilmente con la dulzura de sus labios que logra crear una fusión única y adictiva para ambos jóvenes.
Ese sillón está convirtiéndose en el testigo de la entrega total.
Mientras que el humo se convierte en el cómplice de su pasión desenfrenado. Es ese humo que se confunde con los suspiros y gemidos que escapan de sus bocas en el ósculo.
Logran encontrar la liberación de sus almas atormentadas, cada bocanada de humo es un susurro del pequeño amor que comienza a formarse, un instante eterno en el que se pierden y se encuentran.
Los belfos de ambos jóvenes se buscan con avidez, no quieren perderse. Cada roce en ambos cuerpos despierta una electricidad que recorre cada fibra de su ser. Las manos de los dos se aventuran a explorar sin límites, acariciando con tintes de ternura y deseo cada centímetro de piel expuesta.
Lionel, con una mirada penetrante y gesto desafiante, encuentra en las drogas un refugio de sus tormentos internos, mientras que Pablo, de alma inquieta y una sonrisa que cautiva a cualquiera, busca en esas sustancias un escape de su realidad.
A medida que sus besos y manoseos aumentan la intensidad mezclándose en medio de la neblina de sus hábitos más autodestructivos, surge una chispa inesperada que va más allá de un simple franeleo, en cada pitada, en cada instante efímero de éxtasis, aunque no quieran admitirlo aún, están comenzando a descubrir en el otro un refugio, un consuelo y una conexión inigualable.
Entre los dos se terminan el porro, los labios de Pablo están secos por este, y Lionel dándose cuenta de esto le ofrece en un vaso agua para que esto cambie.
Los orbes de ambos están ligeramente rojos, han perdido la noción del tiempo y espacio en el que se encuentran, solo pueden ver al otro. Más allá de la intensidad con la que se han estado besando, sienten sus cuerpos calmos, no hay apuro de nada.
Lionel comienza a besar a Pablo en el cuello otra vez, descubrió que además de los labios, es su zona favorita para saborear, en tanto el cordobés cierra sus ojos para disfrutar las cosquillas que esto le genera como también de las pequeñas corrientes eléctricas que lo envuelven.
No es noticia que el calor ha empezado a subir para ambos, Pablo siente la necesidad de retirarse el suéter, y así lo hace, quedando con su camiseta, la cual es Lionel el que empieza a retirarla hasta dejarla tirada por alguna parte del suelo.
El de hebras castañas queda con su torso al descubierto, su acompañante admira embelesado su torso y no tarda en besar la piel de su pecho, bajando por su abdomen lentamente, donde Pablo gimotea ante los cosquilleos que le genera esto.
Lionel comienza a tomarse el tiempo para contar los lunares que tiene el cordobés en su torso desnudo, le parecen perfectos y no tarda en realizar marcas sobre estos, mientras el contrario atrapa entre sus falanges su cabello dejando escapar una y otra vez varios jadeos.
—Vos me debés algo, me parece. —Susurra Lionel, mientras una de sus manos masajea las piernas de Pablo que se encuentran atrapadas por el jean negro que lleva puesto.
—Sentate bien dale, y apurate. —Le ordena, causando que una risita escape de la boca del azabache.
—No te hagas el mandón conmigo, pendejo atrevido. —Ambos se sonríen por esto.
Y Lionel, previo a sentarse en el sillón sin poder resistirse al deseo abrumador que lo domina, con un gesto de picardía toma al castaño de la mandíbula y muerde sin vergüenza alguna el labio inferior de Aimar quien deja escapar un gemido ahogado, totalmente entregado a la pasión desatada.
Una vez acomodado, pablo se baja del sillón para arrodillarse frente a él, retirando los jeans de Lionel, sintiendo un revuelo en su pecho al ver la erección del contrario que se asoma por su ropa interior.
Termina por bajar también sus bóxers, y antes de continuar, levanta la mirada para visualizar la imagen de Lionel que se encuentra con los cachetes rojos, su pecho subiendo y bajando repetidas veces, y los jadeos que escapan de su boca.
Escupe en la punta de su miembro para luego comenzar a esparcir la saliva por toda la extensión, percatándose de las reacciones del azabache. Cuando terminó de lubricar la erección empezó a realizar movimientos de arriba hacia abajo con su mano, mientras acercaba su boca para repartir algunas caricias con la lengua sobre el glande.
Finalmente empieza a engullir la erección en su boca, ahora dejando que las manos acaricien los muslos tan definidos de su hombre, apretándolos y rasguñándolos ligeramente.
Su cabeza se mueve de arriba hacia abajo lentamente, chupando el glande y luego retomando los movimientos anteriores, con su lengua acariciando la extensión y cuidando de no entrometer los dientes en la acción.
Pablo en ningún momento despegó la mirada de Lionel, quería que lo viera en todo momento, con “Semen-Up” sonando por el departamento que lograba subir la temperatura del ambiente si es que eso aún era posible.
Las arcadas querían escaparse de la boca de Aimar, pero este hizo un gran esfuerzo para retenerlas cada vez que la punta tocaba su garganta, sintiendo sus ojitos cristalizarse por esto.
Los movimientos comenzaron a ser un poco más rápidos, y Lionel no pudo aguantarse las ganas de tomar entre sus falanges los rulos de quien le estaba haciendo la mejor felación de su vida, y tironearlos con ligera fuerza.
De la boca del mayor no dejaban de salir gemidos e incoherencias que al cordobés le causaban un gran problema en sus pantalones al saber que él estaba siendo el causante de ese estado.
—Seguí, Pablo… La puta madre, ah… —El cuello de Lionel se marcaba con firmeza ante sus jadeos y todo el deseo que le estaba recorriendo por el cuerpo.
Las caderas del azabache se movían hacia adelante, como si de esa manera lograra llegar más profundo en la cavidad bucal de su amante que se encontraba completamente extasiado por el desastre en el que se convirtió Lionel en solo unos segundos.
Pablo se percata después de unos minutos que el cuerpo de Lionel comienza a temblar, sabe que está cerca y aunque le encantaría recibir todo su líquido en la boca, quiere algo más que solo eso. Por lo tanto, se sacó su miembro de la boca, riéndose por la sorpresa de Lionel ante esto.
—¿Qué hacés?
—¿Qué pasa? ¿No aguantás nada bostero? —Inquiere el cordobés con una sonrisa maliciosa mientras le sube los bóxers. Sabe que lo está provocando y es peligroso, pero también sabe que puede ganarse la mejor empomada de su vida.
Instantáneamente Lionel obliga al castaño a levantarse del suelo cuando tira de su brazo, y tomándolo de la cintura lo sienta encima suyo, mientras la otra mano que estaba en su brazo ahora se dirige a apretarle la mandíbula.
—No te hagas el piola conmigo, gallina.
—¿Eso nomás tenés para decirme? Me estás aburriendo. —Pablo sigue desafiándolo sin temor alguno, y el agarre de Lionel se vuelve más fuerte sacándole un gimoteo que alteró cada uno de sus sentidos.
—Vamos a ver si después de todo esto te sigo pareciendo aburrido. —Scaloni lo recuesta de un empujón en el sillón, y con rapidez comienza a besar su cuello bruscamente, mordiendo y marcando la pálida piel de aquella zona, en tanto el contrario va retirando sus jeans al sentir que su entrepierna aprieta cada vez más.
El azabache baja con sus besos, y para probar, pasa su lengua por uno de los pezones, causando que Pablo emita un gemido que lo excitó de sobremanera y arquee su espalda por esto.
La sonrisa de Scaloni se hace presente en su rostro, encontró un punto débil en el cordobés y no tarda en lamer y chupar uno de estos, mientras que estimula el otro con sus dedos, a la par que mueve sus caderas para rozar ambas intimidades y generar una deliciosa fricción.
Los gemidos del más bajito no tardan en inundar el departamento, su cabeza la lleva hacia atrás, el subidón de placer que tuvo en cuestión de segundos lo hizo enloquecer, jamás había experimentado algo así y eso que Lionel solo estaba probando.
Se deleita con la imagen del más alto que ahora marca con desenfreno su piel pálida, retorciéndose por las fuertes mordidas que dejaba. Sabía que esos chupones iban a tardar mucho en irse, pero si pertenecían a ese hombre no le importaba en absoluto.
—No vas a tener problemitas con Romi ¿No? —Le pregunta, con picardía, mientras ahora sus manos juegan con el elástico de su ropa interior.
—¿Eh? ¿Por qué?
—¿Te pensás que no veo las ganas que te tiene?
—Pero yo te tengo ganas a vos. —Contesta con total seguridad.
Lio sonríe, ambos se miran con total deseo, y el azabache sigue con su sesión besos y marcas, ahora agregando ligeras caricias y roces en la erección de Pablo que empieza a crecer.
Él se estremece, y cierra sus ojos, no puede creer que con un par de toques Lionel lo tiene completamente a su merced y con ganas de más.
—¿Qué es eso? —Después de unos instantes, Pablo abre sus ojos cuando su compañero se detiene y lo ve estirando el brazo hacia la mesa ratona donde hay una pequeña bolsita que contiene un polvo blanco.
—Cocaína. ¿Querés?
Pablo, a pesar de estar bajo los efectos del cannabis no puede evitar exaltarse ligeramente. —Es contraproducente mezclar.
—¿Te molesta si tomo?
Se quedó pensando unos minutos. Sabe que está mal, y no es el dueño de la vida de nadie, pero quiere evitar que la salud de Lionel se agrave. Pero también le resulta demasiado excitante verlo en un estado de estimulación
Finalmente niega con su cabeza.
Scaloni toma la bolsita, mientras Aimar se mantiene acostado, mirándolo expectante. A los segundos una idea cruza por su cabeza cuando ve que Lionel abre la bolsita y está por echar su contenido sobre la mesa.
—Vení. —Toma su brazo libre y lo acerca, para que vuelva a estar encima suyo. —Ponela acá.
Pablo toma la bolsita y suelta el polvo en su pecho, en el medio de sus pectorales, bajo la expectante vista de Lionel que no puede creer lo que está presenciando y lo que está a punto de hacer.
El mayor acomoda el polvo en forma de línea cuidadosamente, por el contrario, el corazón de Aimar late con rapidez, ansioso de presenciar aquella locura.
Y sin esperar un segundo más, la nariz de Lionel pasa por aquella línea, dejando que el polvo ingrese por su fosa nasal mientras la otra está tapada con uno de sus dedos.
Instantáneamente siente todo su cuerpo sobre estimularse, y la temperatura aumentar gradualmente en su cuerpo. —Cómo me calentás hijo de puta. —Habla, entre suspiros y jadeos.
Después de esto, es su lengua la que pasa por la zona de los pectorales del cordobés, limpiando los restos de la droga, bajo la atenta mirada de Pablo que siente que en cualquier momento podría acabar con esa escena.
Lionel le retira la última prenda con brusquedad y hace lo mismo con las suyas, y totalmente eufórico comienza a besar a su compañero con brusquedad, tirando de su labio inferior hasta hacerlo sangrar.
Sin cuidado alguno retira la sangre con su pulgar y se lo mete en la boca a pablo para que pueda deleitarse con aquel sabor metálico que brota de sus belfos.
—Ahora chupá estos, lindo. —Introduce el dedo índice y anular en su boca, Pablo los chupa y lame sin complicaciones, mirándolo fijamente a la cara mientras que el reciente sobre estimulado se excita mucho más por aquello.
El azabache dirige sus dígitos hacia la entrada del contrario, y tanteando procede a introducir con delicadeza el índice, observando a Pablo removerse levemente sobre el sillón.
—¿Estás bien? —Inquiere. A pesar de la euforia que siente por todo su cuerpo, Lionel no piensa dejar de ser cuidadoso con su chico.
Asiente ante su pregunta, sonriéndole con confianza. Lionel comienza a mover su dedo cuidadosamente, mientras su boca besa la de Aimar, llenándolo de mimos para hacerle olvidar la incomodidad.
—Uno más, Lío… —Pide cuando siente que con un solo digito no puede sentir mucho placer. Observa a su amante sonreírle para luego obedecer e introducir el anular.
De esta manera, Scaloni se permite moverlos con un poco más de seguridad de adelante hacia atrás para dilatar lo mejor posible su cavidad.
Los ojos del cordobés se cierran con fuerza cuando fuertes correntadas de placer lo azotan, no puede creer que ese hombre sea tan ágil con sus dedos como para hacerlo retorcer del placer.
Los movimientos de Lionel se vuelven más certeros y rápidos, esbozando una sonrisita pícara cuando aprecia como de la punta del glande hay restos de líquido pre seminal. —¿Tanto te gusta, lindo? —Musita, recibiendo varios asentimientos con la cabeza por parte del más bajito.
Los dígitos del mayor ya comenzaban a deslizarse con facilidad, sin problema alguno y luego de unos minutos Pablo le indica que puede retirar los dígitos.
Cuando lo hace, sus belfos vuelven a encontrarse una vez más, y el castaño quiere animarse a darle más a Lionel, desea sentirse igual de estimulado que él.
—¿Tenés otra bolsita? Te juro que después te pago. —Le susurra, justo antes de que Lionel quiera acomodarse para avanzar a lo siguiente.
—No tenés que pagarme nada, regalito mío. —Contesta con una sonrisa y seguidamente toma otra bolsita que había en la mesa.
Lionel la abre y tomando una pequeña bandeja acomoda el polvo en una línea. Pablo está ligeramente confundido, jamás lo había hecho y debía admitir que le daba bastante cagaso en cuánto a los efectos, pero la curiosidad que abundaba en él era mucho más grande que todo aquello mencionado anteriormente.
—Eu, si no querés está bien, gordo . —Pablo no sabe si desmayarse porque estaba a punto de tomar merca, o porque ese hombre tan lindo además de tratarlo con toda la delicadeza del mundo lo estaba llamando con un apodo que le encantaba.
—Pero si quiero. —Le contesta, robándole un beso.
Lionel asiente y le acerca la bandeja. Pablo sabe que si sigue pensándolo va a terminar arrugando por lo tanto deja de hacerlo y sin dejar pasar un segundo más, inhala el polvo con un poco de dificultad que ingresa por su fosa nasal bruscamente causándole un cosquilleo y fuertes ganas de estornudar.
Pero también es acompañado con un impulso euforia, que lo hace sentir más vivo.
Lionel deja la bandeja en la mesita ratona, expectante. —¿Y? ¿Cómo te- —No pudo completar su pregunta que inmediatamente es atacado por la boca de del castaño, quien busca besarlo bruscamente.
Scaloni no tarda en corresponder al mismo ritmo, dejando que esa belleza de muchachito se suba encima de él, gimiendo al mismo tiempo cuando sienten sus intimidades rozarse.
Las miradas de ambos se buscan con una intensidad que pareciera en cualquier momento desbordarse, con sus labios fundidos en un apasionado y apremiante ósculo, como si ninguno de los dos pudiera esperar un segundo más para saciar el deseo que ardía en sus cuerpos.
Las manos de Lionel se aferran a la cintura del otro como si temiera que el fuego de su pasión pudiera finalizar consumiéndolos si llegasen a separarse. La sutileza no es una opción, no hay espacio para ella, pero si para las ansias de sentirse uno solo.
Los gemidos y suspiros escapan de ambos labios mientras se sumergen en ese espiral de pasión desenfrenada, en aquel torbellino de emociones. Se dejan llevar por la intensidad que los consume, como si el mundo entero fuera a reducirse solamente en la unión de sus belfos.
Cada caricia que se brindan es un destello de fuego, cada roce que Aimar provoca al moverse sobre el bulto de Lionel es una caricia que alimenta su deseo compartido.
Cuando se separan, sus respiraciones están aceleradas, pero no piensan descansar ni un segundo. Pablo le sonríe con picardía, siente un sinfín de emociones en su ser, y mezclado con la excitación y los efectos de la cocaína, se siente el dueño del mundo.
Agarrándose de los hombros del pelinegro, se acomoda y cuidadosamente eleva sus caderas para luego descender lentamente mientras siente la erección de Lionel ingresar en su interior.
—La puta madre… —Los quejidos de Pablo son los que ahora resuenan por el departamento, sabía con exactitud que iba a dolerle, pero ahí estuvo Lionel para besarlo y acariciarlo en un intento de que pueda apaciguar el dolor.
Finalmente pudo introducir toda la extensión en su interior, provocando gemido por ambas partes al sentirse completamente unidos. Pablo no quiere esperar más, sabe que el dolor no va a irse si se queda quieto, por lo que empieza a moverse lentamente en círculos, de adelante hacia atrás, clavando sus uñas en los hombros del azabache.
Es Lionel quien no puede evitar gimotear ante la estrechez de su amante, sintiendo como las paredes aprietan su erección. Observa atentamente como las caderas de Aimar se mueven de una manera erótica y sensual, a la par que se dedica a estimular sus pezones una vez más, sonriendo internamente cuando ve como las oleadas de placer atacan al castaño por esto.
Una vez acostumbrado al tamaño, el cordobés no tarda en empezar a moverse con rapidez y de una forma más certera, con las manos de Lionel en sus caderas para guiar los movimientos que realice.
Sus bocas están una encima de la otra, con sus jadeos chocando entre sí, no quieren apartarse la mirada de encima. Las caderas de Aimar no dejan de moverse y es Lionel quien decide ayudarlo moviendo las suyas para sentirse más en su interior.
El aire que los rodea se impregna del sonido suave y agitado de los jadeos de Aimar, cada inhalación es una lucha para recuperar el aliento.
Lionel puede observar como los orbes del riocuartense brillan con una intensidad única, reflejando las sensaciones que le embargan, como si su alma y deseos se manifestaran a través de su mirada.
Es en ese preciso instante que ambos al observarse a los ojos se entregan por completo a la intensidad del momento, dejando que sus emociones los inunden y los conduzcan a donde sea.
Pablo se siente vulnerable ante los espasmos y oleadas de placer que lo azotan, pero paralelamente se siento poderoso, cada jadeo que suelta acompañado del nombre de Scaloni es un acto de liberación, una forma de expresar las ganas que le tenía a ese muchacho con la fuerza de un vendaval.
Cada vez que su pecho sube y baja, Scaloni se siente que está siendo parte de una obra de arte, de un lienzo. De un lienzo en blanco donde se pinta la magia del momento, donde se dibujan con trazos la esencia del momento. Es un instante de autenticidad y vulnerabilidad donde ambos se muestran tal y como son.
Pablo está muy concentrado en saltar sobre la erección de Lionel, pero se permite posar sus ojos atentamente sobre los del contrario, capturando cada detalle del muchacho en ese estado de éxtasis.
Admira como la transpiración perlada en su piel le confiere un brillo especial, no puede evitar sentir un cosquilleo en su vientre al verlo así, tan entregado y desbordado por las sensaciones que lo embargan, y principalmente porque él está siendo el culpable de que Scaloni se encuentre en ese estado.
Al cabo de unos minutos, Lionel no quiere quedarse atrás, por lo que decide cambiar de posición. Sin hacer ningún esfuerzo lleva en sus brazos al castaño hasta una mesa más alta, donde le apoya el pecho contra esta, manteniéndose detrás suyo y tomándolo de sus caderas.
—¿Te gusta? ¿Hmm? —Le susurra Lionel, mientras roza su longitud contra la entrada del contrario. Una sonrisa pícara se forma en el rostro de Scaloni, cuando empieza a sonar “Contra La Pared” de Viejas Locas. Se felicita a si mismo internamente por armar una buena playlist en Spotify para el momento.
—Si, Lío, Si… Pero apurate… —Pablo no aguanta, siente que puede caer en la locura si no vuelve a sentirlo en su interior, quedó encantado.
—¿Cómo se dice?
—Dejate de romper las bolas, dale.
Lionel lo toma de sus rulos y tira hacia atrás para que lo mire con notoria brusquedad. —No seas maleducado pendejo atrevido, vos a mí me hablas bien, ¿Me escuchaste?
Pablo no responde, en esa simple acción que realizó el azabache, acababa de descubrir que ser sumiso con Lionel es algo extremadamente excitante, y tenerlo tan dominante le estaba prohibiendo pensar y sobretodo modular correctamente.
—¿Me escuchaste? —Vuelve a repetir, haciendo más fuerte el agarre en sus rulos, causando que instantáneamente el más bajito gima.
—Si, Lio… Si, te escuché. —Responde, entre suspiros, con la cara totalmente caliente y sus cachetes rojos.
—Entonces pedimelo bien, dale.
—Por favor, Lio… Me-metemela… —Logra articular, casi sintiendo que puede perder la cordura en cualquier momento si Lionel continúa con esos tortuosos roces.
Y Scaloni está encantado con tener así a ese chico tan hermoso, y totalmente complacido, decide cumplirle el capricho.
Una vez más, se adentra en su interior, pero no tiene cuidado como la primera vez, y sabe que, aunque lo hiciera, Pablo no tardaría en reclamarle y suplicarle que se mueva lo más bruto posible.
Y eso es lo que hace, comienza a embestirlo con fuerza, observando como su amado tiene que agarrarse con fuerza del borde de la mesa para no caer en el instante que siente sus piernas flaquear.
Lionel apoya su pecho sobre la espalda del otro, logrando que, de esta manera, Aimar pueda escucharlo gemir roncamente su nombre. Las caderas de Scaloni se mueven con vaivén rítmico, como si estuviera crenado su propia melodía interna, una melodía que enloquecía por completo al castaño.
La tenue luz del departamento acentuaba cada movimiento, y junto al ruido que generaban sus pieles al chocar creaban una escena completamente erótica para ambos que deseaban guardarla en su mente para luego reproducirla las veces que quisieran.
—Dios mío, Lionel, si, si… —Pablo no tenía ya pudor alguno en gemir sonoramente el nombre de quien le estaba dando la mejor cogida de su vida.
Sentir como el miembro de Lionel golpeaba una y otra vez su punto le estaba haciendo llorar los ojos, y sufrir fuertes espasmos, tanto que no sabía cuánto más podría aguantar.
—¿Te gusta, Pablo? ¿Querés más?
—Si, por… Por favor… Más… —Suplicó, recibiendo como respuesta el aumento de la intensidad de aquellas estocadas, y el aumento de los gemidos de Lionel.
Los dos están demasiado estimulados, y el pelinegro mucho más, Pablo siente que ve las estrellas y que en cualquier momento puede venirse. Su compañero está de igual forma, solo que está mucho más cerca del orgasmo después de haber recibido tanta estimulación.
Los labios del mayor recorren con brusquedad la espalda llena de lunares de Aimar, y siente que estos se verían mucho más lindo con sus marcas. Y eso es lo que hace, con su boca deja mordidas y marcas ardientes, como si deseara dejar una huella imborrable en la piel de Pablo, una prueba de cuanto lo desea.
Cada contacto que tiene la boca de Scaloni con su piel para Pablo son como descargar eléctricas que se ramifican por todo su cuerpo y los gemidos que suelta son una sinfonía que se mezclan con el palpitar acelerado de su corazón.
Finalmente, el primero en acabar es Lionel, que gruñe y aprieta las caderas de Pablo fuertemente. Scaloni siente un subidón de placer que recorre cada rincón de su ser, el placer lo inunda y su cuerpo responde con espasmos.
Estos recorren su cuerpo como cascadas de placer, cada uno más intenso que el anterior, mientras su liquido es liberado en el interior del cordobés, que no puede evitar gemir ante esta sensación, sabiendo que tuvo que haberle dicho a Lionel que se ponga un forro, pero ahora se encontraba demasiado excitado como para ponerse a pensar en algún riesgo sexual.
Después de unos minutos donde el mayor saboreó el orgasmo de una manera única, se reincorpora y sale del interior del más bajo. Le da la vuelta, para seguidamente agacharse y arrodillarse, quedando de esta manera a la altura del aún erecto miembro de Aimar.
No lo hace esperar, e introduce toda su longitud en la boca, generando movimientos de adelante hacia atrás, saboreando cada parte, chupando y lamiendo sin problemas, generando un sinfín de ruidos obscenos que lo hacían enloquecer a Pablo, quien vuelve a agarrarse con fuerza de la mesa, tironeando del corto cabello de Lionel.
La imagen que tiene debajo suyo es magnífico, aunque se le escapen varias arcadas, ver como Scaloni tiene toda su erección en la boca y esta se le llena de saliva lo va a hacer enloquecer.
Sabe que no puede aguantar mucho más, y Lionel lo sabe cuándo observa en primer plano como las piernas del castaño comienzan a temblar, a la par que este siente un fuerte cosquilleo en su vientre.
Los sentidos se le agudizan, cada caricia que Lionel le proporciona con la boca y la lengua se magnifica hasta el punto de ser casi abrumador. Su piel se eriza en respuesta al torrente eléctrico que lo recorre, dejándose llevar por las emociones y entregándose por completo al orgasmo que lo consume, vaciándose en la boca de su amante.
Al acabar, Lionel se traga su líquido sin problemas, saboreando hasta la última gota sin pudor alguno, admirando desde abajo como el pecho de Aimar cubierto por una fina capa de sudor sube y baja con brusquedad.
El azabache se levanta del suelo, limpiándose los restos del líquido seminal que quedó en su boca para seguidamente acunar el rostro de Aimar entre sus manos, besándolo con delicadeza, sin apuro alguno.
Ambos están agitados, con sus cuerpos temblando y recuperándose del clímax, pero aun así se toman el tiempo para acariciarse y besarse.
—¿Te gustó? —Inquiere Lionel, que ya está bajando de los efectos de la cocaína igual que Pablo, besando sus mejillas ahora.
—Mucho, Lio. —Contesta, acariciando su cabello y robándole algún que otro pico.
—¿Te aguantás una ronda más? Pero en la ducha. —Susurra Scaloni, maravillado de ver el desastre en el que está convertido Aimar.
Los dos se sonríen con una notoria complicidad, estaba claro que no iban a estar satisfechos con solo hacerlo una vez.
—Obvio.
Y eso que todavía les quedaba toda la tarde y noche por delante.
