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Día quince del mes de Av.
Recuerdo este día porque mi abuelo siempre, siempre, le regalaba una rosa blanca a mi abuela. Cada año cae en un día diferente de agosto (normalmente), por eso mi abuela nunca sabía exactamente cuándo iba a llegar esa flor, pero siempre, siempre, llegaba. Mi abuelo, todo un romántico, se vestía ese día con una camisa blanca, su pelo siempre le acompañaba (no recuerdo un solo día de mi vida en el que su pelo no fuera de color blanco, mi madre tampoco). Preparaba el desayuno si estaba en casa a esa hora, o lo compraba si volvía de trabajar por la mañana, despertaba a mi abuela y ella, feliz con su desayuno (dulce, generalmente) y su rosa, se vestía con su vestido o su falda blanca más elegante. Daba igual que fuera lunes o domingo. El día de Tu B’Av siempre vestían muy elegantes y de blanco, como si volvieran a casarse una y otra vez ese día, cada año.
Mi madre perdió esa costumbre cuando se casó (la primera vez) y nunca la recuperó. Mi tío… bueno, digamos que mi tío es un firme defensor de la bandera del sol naciente, así que en ningún momento ha reconocido como suyas las tradiciones hebreas de mi abuelo.
Y yo… lo cierto es que nunca he tenido con quien celebrar Tu B’Av. Siempre he sido un espectador en la película romántica que era la vida de mis abuelos.
A decir verdad, nunca he compartido mis raíces y tradiciones con gente fuera de mi familia, además de mi mejor amigo. Bokuto siempre se ha esforzado en intentar aprenderse las fechas para felicitarme Hanukkah, Yom Kippur o Rosh Hashanah. Siempre ha venido a las celebraciones en casa de mi abuelo (las de comer, las de ayunar prefería quedarse en su casa) y siempre se ha interesado por nuestra cultura y tradiciones. Quizás fue eso lo que le unió a mi hermano y quizás por eso ahora están viviendo juntos y, seguramente, celebrando Tu B’Av a su manera. Conociendo a Hajime, habrá elegido este día para darle el anillo que compró hace casi seis meses.
Aun así, aun gustándome esta fiesta y aun siendo yo un gran defensor de nuestras tradiciones, nunca, nunca, he vestido de blanco en Tu B’Av. Porque ese color está reservado para las chicas solteras y yo hace mucho que comprendí que no soy una chica. Porque ese color está también reservado para las personas enamoradas y yo nunca me he enamorado. He admirado el amor de lejos, he leído y escrito sobre él, lo he vivido a través de mis abuelos y a través de mi hermano. Pero no lo he sentido mío. No hasta…
Había un chico en mi universidad. Un chico al que no debería conocer porque no estudiaba la misma carrera que yo. Y, sin embargo, le conozco.
La primera vez que le vi fue en la biblioteca. Se sentó frente a mí y sacó una cantidad completamente innecesaria de papeles y bolígrafos, además de dos calculadoras y el portátil. De repente, mi enorme libro de lingüística me pareció diminuto. Aquel día no cruzamos palabra, no supe cómo se llamaba ni qué estudiaba exactamente (aunque estaba claro que no era nada de humanidades). Se hizo de noche y él recogió sus cosas y se fue, yo me quedé hasta que cerró la biblioteca porque tenía que terminar un trabajo. Y, mientras recogía mis cosas, me di cuenta de que se había dejado allí una de sus dos calculadoras.
¿Y qué hice yo? Guardarla. Quizá lo más sensato hubiera sido llevarla al mostrador de la biblioteca y decir que se había perdido y que quizá el chico iría a recogerla al día siguiente, pero decidí guardarla en mi mochila. Recuerdo haberme quedado mirando los botones de la calculadora más tiempo del esperable, porque tenía más botones de lo esperable. Además, en la tapa del cacharro se podía escribir y dibujar. ¿Qué clase de calculadora era esa? Casi parecía un ordenador. Aún así, me la guardé, me la llevé a casa. Y la mantuve guardada en mi mochila hasta que, cuatro días después, volví a ver a aquel chico.
Aunque aquella vez no fue en la biblioteca, lo vi en el campus, al otro lado del jardín. Llevaba una camiseta de un grupo de rock, el pelo igual de despeinado que la última vez que le vi y caminaba junto a una chica bajita y rubia que llevaba una Switch en las manos y que parecía prestarle entre poca y ninguna atención.
Entonces, por primera vez, viví mi propio momento de película romántica.
Aquel chico dejó de mirar a su acompañante. Por alguna razón levantó la vista, quizás para mirar algo más. Pero resulta que yo estaba en medio. Sus ojos chocaron conmigo y su cuerpo con su compañera. Y el rubor envolvió su cara, la chica le dijo algo que no alcancé a escuchar, yo no podía dejar de mirarle. Era… mono.
Y el chico le dijo algo a su acompañante y ella me miró. Y entonces fue mi momento de sonrojarme. Y el miedo y la vergüenza se apoderaron de mí, pero recordé que tenía en mi mochila su calculadora. Aunque no me moví. Y él tampoco se movió. Nos quedamos, cada uno en un extremo del jardín del campus, quietos y mirándonos.
Sí, recuerdo haber pensado después que aquel había sido mi momento de película romántica.
Creo que fue él quien terminó por acercarse a mí, no sé por qué (y tenía toda la pinta de que su compañera tampoco). Sin embargo, fui yo el primero en hablarle.
—Tengo tu calculadora.
No le dije «hola», ni mi nombre y tampoco le pregunté el suyo. Le dije que tenía su calculadora. Y él pareció inmensamente feliz de oír aquello.
—¡Mi calculadora! —gritó, los ojos le brillaban y sonrió. Sonrió. Y he de admitir que algo dentro de mí se revolvió cuando vi aquella sonrisa y que, en los meses siguientes, no pude sacármela de la cabeza—. Creí que la había perdido.
—La habías perdido —dijo la chica a su lado—. Y si no le hubieras visto ahora, seguiría perdida.
Empezaron a discutir, lo cierto es que no recuerdo bien qué decían. Yo aproveché para abrir mi mochila y sacar la puñetera calculadora. Y él volvió a sonreír en cuanto la vio.
—¡Está perfecta!
—Sí, la guardé en un bolsillo y no la he tocado.
—Gracias —dijo. Estiró su mano y agarró la calculadora. Y sus dedos tocaron los míos.
Momento de película. Solo faltaron las hojitas de colores volando para sentirme dentro de Heartstopper.
—De nada. —Pero no aparté la mano porque sus dedos estaban calentitos y estábamos en invierno.
Y él no apartó la mano, aunque sigo sin saber su razón.
Y la chica que le acompañaba carraspeó llamando nuestra atención.
—Oh, perdón. —El chico (moreno, despeinado) separó su mano de la mía, llevándose consigo la calculadora. Después señaló a su acompañante—. Ella es Kenma. Pronombres femeninos.
—She/they, en realidad —corrigió la tal Kenma.
—Y yo, Kuroo —continuó el chico—. Pronombres masculinos.
Durante un momento, me quedé callado. Les miré, procesé y sonreí, porque normalmente la gente no se presenta junto a sus pronombres y eso me hizo feliz. Recuerdo el calorcito que me generó en el pecho.
—Akaashi —dije yo—. He/they.
—Akaashi —repitió Kuroo. Con una sonrisa—. Gracias por rescatar mi calculadora, es muy importante para mí.
—Las quiere más que a mí —comentó Kenma—. Vendería a su propia hermana por salvar a una de sus calculadoras.
—¿Sois hermanes? —me atreví a preguntar. En parte porque no se parecían en absoluto, salvo en sus ojos felinos. En parte porque… porque pensé que eran pareja.
—Como si lo fuéramos —respondió la chica—. Llevo aguantándole desde los cinco años, así que creo que me he ganado el puesto.
—¿Tú no tenías clase? —interrumpió Kuroo—. Vas a llegar tarde.
No recuerdo si Kenma dijo algo más o simplemente bufó y se fue. Kenma bufa mucho. El caso es que terminó por irse y Kuroo y yo nos quedamos solos.
—Gracias —repitió y yo solté una risita porque ya no sabía cuántas veces lo había dicho.
—No pasa nada, de verdad. Quizá debí haberla dejado en objetos perdidos o…
—No, no. De verdad. Está bien así. Gracias. —Después, se hizo un silencio—. ¿Ibas a clase?
—No, en realidad iba a la cafetería. Tengo un par de horas libres y necesito mi dosis diaria de cafeína.
Aquello hizo reír a Kuroo y su risa me hizo sonrojar. No me vi, pero aún estoy seguro de que me sonrojé.
—¿Puedo acompañarte? Y te invito. Y así te agradezco que me hayas devuelto la calculadora.
—¿No tienes clase? —Fue lo único que me ocurrió decir.
—No, ya he terminado mis clases de la mañana. Pero no puedo irme a casa porque después de comer tengo prácticas.
—¿Qué estudias?
—Bioquímica.
No sé qué cara puse, pero a día de hoy sigue riéndose de ella. Recuerdo que pensé que eso explicaba las calculadoras y tantos papeles y el ordenador. Incluso la camiseta y los pantalones rotos. Aunque ahora que lo pienso, la ropa no tenía nada que ver con la carrera, pero aún así, por alguna razón, lo relacioné.
Al final, acepté. Fuimos a la cafetería y me invitó a un café.
—¿Leche de avena? —preguntó, como queriendo corroborar lo que había escuchado—. ¿Aquí hay de eso?
—Sí, desde hace dos años. Osamu es muy simpático y convenció al jefe de la cafetería de que había muchas personas que la pedirían, así que la añadió a la carta.
—¿Tú eres muchas personas?
—Puede.
Sonreí. Y él sonrió. Aquella mañana sonreí mucho. Y me reí. Risitas suaves y tímidas al principio, carcajadas a medida que los minutos pasaban. Le conté que estudiaba filología e historia y supongo que su cara fue como la que puse yo porque, a día de hoy, sigo riéndome de ella. Le confesé que escribía pero que no dejaba que nadie lo leyese. Él me confesó que una vez adoptó a una cucaracha y su madre casi le echa de casa. Yo le confesé que me asusta el futuro porque me da pánico mi pasado. Él me confesó que le da miedo el futuro porque adora su pasado.
—¿Por eso estudias historia? ¿Para evitar el futuro?
—Estudio historia porque necesito saber más de lo que me cuentan. Y porque quiero escribir sobre la historia, la de verdad, la de las personas. Supongo que me refugio en el pasado de otras personas para evitar el mío.
Podría haber seguido confesando cosas y algo me dice que él también lo habría hecho, pero entonces miré la hora y me di cuenta de que mi clase había empezado hacía cinco minutos. Y yo nunca llego tarde.
Así que entré en pánico: me levanté, le pedí perdón y me fui.
Ni siquiera le pedí su número. Ni sus redes sociales. No sabía nada de él salvo su nombre, su carrera y unos cuantos secretos. Y no volví a saber de él en los siguientes días. No me lo volví a cruzar, no volví a verle en la biblioteca y no volvimos a coincidir en la cafetería.
Y yo pensaba en él, de vez en cuando. Cuando tomaba un café con leche de avena, cuando salía de clase y miraba alrededor a ver si le encontraba. Pensaba en él y en volver a verle, pero perdí la esperanza. Pierdo muy rápido la esperanza. Así que pensé que, quizá, lo mejor sería no volver a pensar en él. Hasta que una semana después, justo siete días después de haberle devuelto la calculadora, entré en la cafetería y le vi allí sentado, en la misma mesa en la que nos habíamos sentado la última (y primera) vez.
Y sonreí. Al ver su pelo enmarañado, al ver su sudadera ancha, al ver la mesa llena de papeles. Sonreí.
Sonreí al verle.
Y él levantó la vista, me vio y sonrió.
Y yo no dudé y me acerqué a la mesa; y él dudó, pero se apresuró a recogerlo todo.
—Hola —susurró.
—Hola —susurré.
Sí, definitivamente estaba viviendo mi propio Heartstopper, aunque aún no era del todo consciente.
—Has venido —dijo. Como si me estuviese esperando. ¿Me estaba esperando? Pero antes de que pudiera decir nada, dijo—: Dijiste que los martes tenías dos horas libres y que vienes a por café. Esperaba que aparecieras.
Y, una vez más, sonreí. Hice el amago de sentarme, pero me detuve.
—Voy a pedir.
—No, no —me interrumpió—. Ya he pedido yo, ahora nos lo trae Osamu.
—¿Has pedido?
No sé si notó desconfianza en mi voz, aunque realmente había incredulidad.
—Café con leche de avena sin azúcar. Era así, ¿no?
—Sí, era así.
Y me senté, y aquellas dos horas volvieron a volar, a escaparse de entre mis dedos y, cuando me di cuenta, tenía que irme a clase. Pero aquella vez nos dimos los números, él me siguió en Instagram y yo le seguí de vuelta.
Esa noche recibí su primer mensaje:
Kuroo:
Por fin llego a casa
No puedo más
He decidido dejar la universidad
Me voy a ir a una isla desierta y crearé mi propio país
Te vienes?
Akaashi:
¿Hay máquina de
escribir en esa isla?
(Ordenador supongo que no)
Kuroo:
La habrá
Ese fue el principio, la primera noche que nos quedamos hablando porque yo no podía dormir y él tenía que estudiar, el primer audio que me mandó susurrando, la primera foto de su gato.
Y todo fue a más.
Ese día fue cuando Kuroo y yo nos hicimos amigos. Y de eso hace cuatro años y medio.
En estos cuatro años han pasado muchas cosas. Muchas noches en vela sin poder dormir o teniendo que estudiar o viendo películas o leyendo. Kuroo conoció a mi mejor amigo y a mi hermano (y me dijo que acabarían juntos antes de que nadie más lo supiese), yo conocí a su otro mejor amigo (Oikawa) y al novio de este y, de alguna manera, juntamos los dos grupos. El suyo con Oikawa, Suga (el novio de Oikawa), Kenma y Shoyo (el novio de Kenma), y el mío, más pequeño porque nunca se me han dado bien las personas, con Hajime y Bokuto.
Con el tiempo Kenma y yo nos hicimos muy amigues y quedamos a solas. Ella jugaba y yo leía. Lo seguimos haciendo, es agradable.
Recuerdo un día en que salimos Kuroo, Kenma, Shoyo y yo en el que este último, después de aguantar lo que me pareció una eternidad en silencio (porque Shoyo habla mucho), gritó:
—¡¿Tú también eres trans?!
Me sonrojé mucho, Kuroo todavía se encarga de recordármelo. Me asusté, por alguna razón, como si ser trans fuera algo malo, como si no hubiera más personas trans ahí en la mesa. Entonces me di cuenta de que había dicho también y no parecía estar refiriéndose a su novia.
—¿Tú…? —Pero no terminé la pregunta. Tampoco hizo falta, él asintió con tanta energía que temí que fuera a caérsele la cabeza.
Empezamos una larga y profunda conversación sobre hormonas, médicos, disforia y miedos en la que Kuroo no participó, pero no me dejó solo. Me miraba y me sonreía, cuando me ponía nervioso me daba la mano. La tercera vez que intenté beber de mi taza vacía, me pidió otro café.
Kuroo siempre está atento, siempre pendiente de que yo esté bien, siempre dispuesto a hacerme feliz.
Luego estuvo el día que descubrió que soy judío. Quiero decir… no es como si yo se lo hubiese ocultado ni nada, simplemente nunca se lo dije explícitamente. Igual que nunca pronuncié en voz alta las palabras: «oye Kuroo, soy bisexual».
Fue el primer verano después de conocernos, concretamente el día de Tish’a B’Av. Kuroo y yo fuimos al acuario, de alguna manera se enteró de mi hiperfijación con los caballitos de mar (hipocampos, siempre corregía a todo el mundo) de cuando era pequeño e insistió en que debíamos ir a verlos. Y los vimos y me hizo muy feliz y le llené la cabeza con datos absolutamente innecesarios que seguían grabados en mi cerebro.
—¿Sabes que los hipocampos no tienen escamas?
—¿Y de qué están recubiertos?
—De placas óseas.
—Oh, qué guay. ¿Entonces están duros?
—Sí, pero como están articuladas son increíblemente flexibles.
—Eso mola.
—¿Sabes que bailan?
—¿En serio?
—Sip. El cortejo es un baile súper bonito, entrelanzan las colas, suben y bajan en el agua y cambian de color. Es una pasada.
—¿Se sonrojan? —No sé si fue una broma, pero sí recuerdo haberme reído.
—Es posible, sí.
—Baila conmigo —dijo. Así, de la nada. Sin más música que el murmullo lejano del agua y las bombas que la mantenían en movimiento. Y yo, tras un instante (uno solo) de duda, le di la mano y bailé.
Ahora que lo pienso, quizás ese fue otro momento de película. También fue la primera vez que bailamos, pero no la última.
No sé cuantas canciones reales duró nuestro baile, pero de las que yo imaginé fueron demasiado pocas.
Al final nos separamos, nuestros pies pararon aunque mi corazón siguió. Y podríamos haber ido a ver otros peces, pero…
—¿Sabes que son los machos quienes dan a luz?
—¿Ah, sí? —Me miró cuando asentí con la cabeza y, después, sonrió—. Entonces tú eres como un caballito de mar.
—¿Yo?
—Sí, o sea, porque eres un chico y puedes… dar… a luz… —No sé qué pasó. No sé si puse una cara rara o sí él pensó mejor en lo que acababa de decir, pero su voz fue perdiendo volumen y su cara, ganando color—. Lo siento, no sé por qué he dicho eso, perdona. No es que tengas que dar a luz ni nada y tampoco es que…
—Soy como un caballito de mar —repetí, cortando su verborrea—. Me gusta. Soy como un caballito de mar.
Él sonrió y mi corazón dio un saltito. Y yo quería quedarme allí, rodeado de agua e hipocampos para siempre.
Pero no nos quedamos para siempre, solo hasta las doce. A esa hora había quedado con mi hermano (y Bokuto, que iba implícito) en el parque que había al lado para ir juntos a la sinagoga. Kuroo sabía que había quedado con mi hermano, pero no sabía para qué exactamente. Así que, supongo que con su mejor intención, propuso el peor plan posible para ese día:
—¿Queréis ir a comer?
Mi hermano me miró a mí primero, con esa expresión suya tan confusa, levantando una ceja a la vez que frunce el ceño, como si no entendiera siquiera cómo era posible que estuviésemos de pie unos junto a otros. Yo… Yo no recuerdo qué cara puse. Quizás suspiré o solté un quejido porque, en realidad, me estaba muriendo de hambre. Aún así, intenté sonar suave cuando dije:
—No, en realidad… Hoy no vamos a comer.
—¿Por qué? —preguntó, parecía preocupado—. ¿No tienes hambre? ¿Te encuentras bien?
—Pues…
Desde luego, a quien más le molestó fue a Bokuto, y eso que era a quien menos le afectaba.
—Tío, ¿cómo preguntas eso justo hoy? ¿No ves que tienen hambre?
—¿Qué? —A cada momento que pasaba, Kuroo parecía más confuso—. Pero ¿por qué no comen? —Me miró a mí—. ¿De verdad tienes hambre? ¿Por qué no comes?
—Bueno, verás…
—¿Tienes…? —Entonces bajó el tono de voz y se acercó a mí—. ¿Tienes problemas con la comida? Si es así puedo ayudarte, o intentarlo. No estás solo, ¿vale?
—¿Qué? No, ¡no! —meneé la cabeza intentando aguantar la risa—. No, de verdad. Es que hoy es Tish’a B’Av.
—Perdón, ¿qué? —Me miró, después a mi hermano que parecía estar a punto de explotar si no se reía y, por último, a Bokuto—. ¿Qué es eso? ¿Tissue?
Entonces no pude más y solté una carcajada tan alta que incluso Bo tuvo que decirme que bajara la voz.
—Tish’a B’Av —repetí—. Es una fiesta judía. Y se hace ayuno.
—¿Eres judío? —preguntó. Ese día preguntó mucho. Y yo asentí, un poco cohibido—. ¿Por qué no me lo habías dicho?
—No lo sé. Supongo que nunca me pareció necesario. Quiero decir… ¿cuándo es un buen momento para decir «por cierto, soy judío»?
—Pues… no sé. Pero… —Algo pareció hacer click en su cabeza, porque de pronto la sacudió—. Perdón, perdón. Si no lo has dicho será por algo, tendrás tus razones y… ¿Te incomoda hablar de ello? ¿No te gusta?
—¿Qué dices? —intervino Bokuto—. Le encanta hablar de ello. Adora hablar de la historia y las tradiciones judías, pero siempre piensa que molesta y se calla.
—Bokuto…
—¿Qué? Te crees que eres pesado, ¿es mentira?
—No, pero…
—Keiji. —Aquella vez fue la primera vez que Kuroo usó mi nombre de pila y sigo sin ser capaz de explicar la sacudida que sentí por dentro—. Quiero que me hables de eso. De las tradiciones. De lo que significa para ti ser judíe, de…
Se calló y miró alrededor. Bokuto y Hajime le estaban mirando con las cejas levantadas y, por alguna razón, mi hermano le dio la mano a Kou y se alejaron de allí.
—Luego nos vemos.
Kuroo se sonrojó, yo le miré. Y él me miró y después sonrió.
—¿Seguro que no te incomoda? Hablar de eso, digo.
—No me molesta —aseguré—. Bokuto tiene razón, me gusta hablar de ello, pero…
—No me molestas. Te lo prometo. Nunca vas a molestarme. ¿Me contarías cosas? Del judaísmo.
—¿Seguro?
—Segurísimo —sonrió. Y yo sonreí—. Podrías empezar contándome qué es… Ehm… Tissue…
—Tish’a B’Av —corregí, soltando una risita.
Y lo hice. Le expliqué que es el día más triste de la historia judía, que se recuerda a la generación que no pudo llegar a la tierra sagrada y la destrucción de los templos y la expulsión de les judíes de varios países, y que se celebra con ayuno, que no leemos la Torá ni expresamos afecto físico. Le expliqué el calendario hebreo y mencioné algunas fiestas.
Ese día, Kuroo nos acompañó a la reunión con el rabino y le escuchó leer el Libro de las Lamentaciones y ayunó con nosotros.
A partir de ese día, me preguntaba más y más sobre las celebraciones, me pidió un calendario aproximado de las fiestas y qué se hacía en cada una. Se descargó un calendario hebreo que le notificaba las fechas importantes e incluso incluía un enlace a Wikipedia donde explicaba por qué lo era. No me volvió a preguntar si quería comer en un día de ayuno, pero sí me llevó a plantar un árbol el día de Tu Bishvat.
Ese año celebramos el año nuevo por separado: él con su madre y con Kenma, yo con mi abuela y mi hermano (y Bokuto que, oficialmente, había empezado a formar parte de la familia).
Akaashi:
Están juntos
Kuroo:
????
Akaashi:
Mi hermano y Bo
Están juntos
Kuroo:
Como siempre
Akaashi:
No, no
Juntos
En plan
Besándose y
Eso
Kuroo:
[Audio 03:48]
Tengo ese audio guardado en favoritos. Casi cuatro minutos de Kuroo gritando, riéndose y diciendo «lo sabíaaaaaaaaaaa», «¡te lo dije! ¡Te lo dije! ¿Te lo dije o no te lo dije?» y, por supuesto, «me llevarás a la boda, ¿no?». Claro que le llevaré. Cuando se haga la dichosa boda.
Ese curso acabó y Kuroo entró en su último año. Resulta que es un año mayor que yo, igual que Bokuto y mi hermano. Así que, igual que Bokuto y mi hermano, terminó la carrera un año antes que yo. Recuerdo haber sentido especial ansiedad ese primer día. Todo el primer mes, de hecho. Diría, incluso, que todo el semestre. La simple idea de que Kuroo empezase a trabajar y dejase de tener tiempo para nuestra amistad me agobiaba, me daba pánico perderle. La idea de no tenerle allí en la cafetería o acompañándome en las eternas horas de biblioteca hacía que me costase respirar.
—¿Eres tonto? —preguntaba una y otra vez—. No vas a deshacerte de mí tan fácilmente.
Y, bueno, cumplió su palabra porque al año siguiente se metió en el máster que se impartía en nuestro campus.
Lo recuerdo perfectamente. El miedo. El alivio.
—¡¡Keiji!!
Escuché el grito en la puerta de mi clase, aunque provenía de la otra punta del pasillo. ¿Qué hacía Kuroo en el edificio de humanidades? Todes mis compañeres se giraron a mirarme, algune soltó una risita y mi amigo Komori me guiñó el ojo antes de escurrirse entre la gente.
—¡Keiji! —repitió, esa vez más cerca, frente a mí—. ¡Me han aceptado! ¡Tengo plaza!
El miedo.
—¿En el máster?
Estaba sonriendo, ¿cómo no iba a sonreír si él estaba tan feliz? Pero tenía un nudo en el estómago porque en mi cabeza había empezado una cuenta atrás de los ratos en la cafetería y los caminos compartidos por el campus.
—¡Sí! La verdad, no pensé que pudiera entrar en la primera opción que puse pero… —Soltó un gritito y me abrazó y me levantó en volandas y me dio una vuelta en el aire. Allí, en medio del pasillo.
Y yo le estreché por miedo a caerme y por miedo a perderle.
—Me alegro tanto. —No era mentira. El miedo no opacaba la alegría—. Así que, ¿Osaka?
—¿Osaka? —Me soltó en el suelo, me miró confuso—. ¿Qué pasa con Osaka?
—¿El máster? ¿No pusiste Osaka como primera opción?
—¡No! —Se rio, luego sonrió—. Mi primera opción era Tokio. Aquí, en el programa de inmunología de esta universidad.
—¿Aquí?
El alivio.
Mis pulmones volvieron a llenarse de aire y mi estómago soltó su nudo.
—Aquí. Contigo.
Conmigo.
—Y con Kenma.
—¡Y con Kenma! —Sonrió—. ¿Cómo iba a irme a Osaka? —Me volvió a abrazar, me estrechó. Me espachurró como si quisiera tocar mi alma—. ¿Cómo iba a irme sin ti?
Ese día el futuro me dio un poco menos de miedo.
Un mes después de aquello fue su graduación. Fue en marzo y asistimos Kenma y yo. Todo el mundo iba muy bien vestide, incluso Kenma se puso un vestido (aunque no lo suficientemente elegante como para ser confundida con une de les graduades). Yo… bueno, yo iba un poco más cómodo. Llevaba una camisa y un jersey. También llevaba una caja roja en la que llevaba el regalo de graduación.
Cuando Kuroo recogió el diploma y la ceremonia terminó, vino con nosotres. Hablamos un rato, se nos acercaron compañeres de su curso a quienes había conocido alguna vez y, tras un par de horas dando vueltas por el campus, Kenma se disculpó y se marchó con Shoyo.
Kuroo y yo nos quedamos solos.
Y yo le di mi regalo.
—No es la gran cosa —advertí, para que no se hiciera ilusiones o tuviera altas expectativas.
—Es tuyo, cualquier cosa será grandiosa.
Me sonrojé. Lo sé porque recuerdo el calor en las orejas y el frío en los dedos cuando le di el paquete.
Abrió la caja. Miró el interior. Tardó un momento en reaccionar y levantar la vista para cruzarla con la mía.
—Sin destino —susurró el título del libro que había en la caja, como si fuera una oración o un secreto. O ambas—. Es tu libro favorito. Dijiste que a tu abuelo le costó mucho conseguir una copia, ¿de dónde lo has sacado?
Tomé aire.
Y dejé ir una parte muy importante de mí.
—Es mi libro favorito. Es… es mi libro. Mi ejemplar.
Entonces lo sacó de la caja, con el cuidado de quien sostiene el humo, y lo abrió. Y vio que, efectivamente, en la primera página estaba mi nombre y lo que hice el día que conseguí el libro.
«1 de Trishi del 5771 (8 de septiembre de 2010)
El abuelo nos ha llevado a la sinagoga a Hajime y a mí para celebrar Rosh Hashanah, pero antes nos ha dado nuestro regalo de año nuevo: a Haji, su primer talit; a mí, este libro. Dice que Imre Kertézs tenía la misma edad que yo cuando vivió lo que se narra aquí.
Estoy deseando conocer tu historia, Imre.
Keiji.»
Después hojeó el libro, se paseó por sus páginas y descubrió cientos de líneas bajo la tinta impresa, márgenes llenos de palabras y post-its sobresaliendo por cada página. Descubrió un libro, un trozo de la vida de Imre y un trozo de mi alma. Y allí, marcando la página con la frase que más me llegó del libro, un marcapáginas hecho con la flor de un cerezo prensada.
—Keiji… —No sé si fue un susurro, un suspiro o un lamento. Sus ojos estaban acuosos y sus mejillas rosa—. No puedes regalarme esto.
—Lo he hecho —respondí. Parecía algo bastante obvio.
—Pero no puedes. Este libro es… una parte de ti. Lo sé porque lo refieres de manera recurrente, porque te lo dio tu abuelo, porque es…
—Es una parte de mí —confirmé—. Y tú también lo eres. Sé que contigo estará bien.
—Te prometo que lo cuidaré más que a Yaku.
—No pongas a un libro por delante de tu gato.
—Te pongo a ti por delante de mi gato.
Después de aquello fuimos a cenar y, después, vimos una película. Es curioso, porque hay muchas cosas importantes que no recuerdo de los últimos años, pero recuerdo perfectamente que aquella noche vimos Blade Runner. No fue la primera vez que la vimos y tampoco la última. No fue la primera vez que dormí en su casa y tampoco la última.
Sí fue la primera vez que dormí en su cama, con él.
Pero no la última.
Ese curso fue un auténtico caos. Fue intenso, sí. Fue mi último año del grado, el primero del máster de Kuroo y de mi hermano. Todes desaparecimos un poco de la vida de les demás. Kuroo compaginaba las clases del máster con las prácticas, yo alternaba los estudios con un proyecto de escritura que requería mucha documentación. En mi vida había pasado tantas horas en la biblioteca. Y no solo en la del campus. Fui a la biblioteca nacional, al archivo histórico, incluso a los registros.
Pero cuando llegaron las vacaciones, todes paramos. Nos obligamos a parar.
—Vámonos de viaje, Keiji.
—Estás loco, ¿con todo lo que hay que hacer?
—¿Qué hay que hacer?
—No he empezado el trabajo de fin de grado.
—Ni yo el de fin de máster.
Ambos nos reímos, nos entró la risa floja porque nunca habíamos dejado las cosas para última hora y, sin embargo, ahí estábamos: a mitad de curso, sin los trabajos empezados y pensando en tomarnos unas vacaciones.
—Creo que —me atreví a decir al final— mis vacaciones ideales, ahora mismo, serían descansar.
—Pues, a descansar se ha dicho.
Y descansamos. No me dejó leer un solo documento, yo no le dejé leer un solo artículo. Él no tocó la calculadora, yo no toqué el ordenador. Dormí mucho. Mucho. Y él no me despertó ni una sola vez, esperó pacientemente a que mi cuerpo y mi mente se relajaran.
Y, cuando volvimos de las vacaciones, nos pusimos a trabajar como locos. Kuroo desapareció (metafóricamente), dejó de aparecer por la facultad porque sus clases terminaron, así que solo iba a las prácticas y se centró en el trabajo de fin de máster.
Yo, seguí yendo a las clases que me quedaban (las de historia en las que me matriculé de más para sacarme el doble grado en cuatro años) y mi proyecto de escritura terminó por ser mi trabajo fin de grado. Me volqué en él, en la investigación y documentación, en el lenguaje, en la prosa, en la historia.
Tardé mucho tiempo y más esfuerzo en terminarlo, pasé muchas noches sin dormir tecleando y leyendo, muchas de ellas, acompañado.
—¿Sabes qué película es El Club de los Poetas Muertos?
La voz de Kuroo me llegaba apagada por el cansancio propio de las tres de la mañana y distorsionada por los cascos que tenía conectados al ordenador. Aun así, me reí de la pregunta.
Como si no conociera la película. Como si él no la conociera gracias a mí. Como si nunca la hubiéramos visto juntos tirados en el sofá. Como si nunca me hubiera dicho «oh, capitán, mi capitán».
Pero asentí, sin apartar la vista de mi documento, esperando que él me viera.
De pronto, mi móvil vibró y yo me asusté porque eran las tres de la mañana. Pero resultó ser un mensaje de Kuroo. Más concretamente, un enlace a una foto mía de Instagram.
—Pareces sacado de la película en esa foto.
—¿Qué dices?
—Que sales muy… ¿aesthetic? —dudó, así que miré al trozo de mi pantalla reservado para su cara. Le vi morderse el labio pensativo, tecleó algo y luego sonrió—. ¡Dark academia! Sales muy dark academia. Y muy guapo, aunque eso siempre.
Volvió a morderse el labio y yo me sonrojé. Le eché la culpa al cansancio. Al mío y al suyo. Y lo dejé pasar. Y él no volvió a insistir.
Y las semanas pasaron y las noches se hacían largas sin dormir, y el café se hizo más amigo mío que antes. Y Kuroo se enfadaba conmigo.
—¡Tienes que dormir!
—Tengo que terminar esto.
—¡Te vas a morir si no duermes!
—Tetsuro.
Aquella fue la primera vez que dije su nombre de pila. Recuerdo el calor en mi cara (a pesar del frío que hacía), recuerdo cómo me temblaron las manos y cómo me mordí el labio. Recuerdo haber pensado que la había cagado y que había dado un paso que no debía dar. Recuerdo que, entonces, Kuroo me dio la mano y sonrió un poco. Recuerdo que suspiró.
—Necesito que estés bien. Necesito que te cuides.
—Lo hago.
—No lo haces. Antepones el trabajo a tu salud.
—Solo dos semanas más.
Y esas dos semanas pasaron como sin pasar.
Apenas las recuerdo, lo siguiente que sé es que le mandé el trabajo.final.corregido.deverdad.estavezsi.versionfinal.prometido.revisado.corregido.otravez.pdf a mi profesor.
Y que mi hermano escondió todo el café de la casa justo después.
Y que Kuroo me abrazó, me espachurró, como si quisiera tocar mi alma. Y creo que lo hizo, algo tocó dentro de mí y ya no fui el mismo.
—Tengo un regalo para ti —dije, susurré, confesé.
—No es mi cumpleaños.
—¿Y qué? —Le di (o choqué contra él) una de las dos copias del libro que había escrito y que había mandado a imprimir.
—¿Tu trabajo?
—Un trocito de mí.
—Uno más.
Supongo que tenía razón, a lo largo de los años de amistad le he ido regalando trocitos de mí que nadie más tiene. Ni siquiera Bokuto. Ni siquiera mi hermano.
Trocitos de mi ser que solo pertenecen a Kuroo Tetsuro.
Poco después él entregó también su trabajo final. Sacó un sobresaliente, claro, y le ofrecieron una plaza para doctorarse. No tenía que dar clases, la propia investigación sería su trabajo. Y recuerdo su felicidad y también la mía. Estaba cumpliendo su sueño.
Y a mí me aceptaron en el máster que pedí, el de escritura, y me contrataron como becario en una editorial. Poco a poco, nuestras vidas se iban encarrilando.
Todas.
Después del año nuevo, Hajime me sentó en la cocina (el sitio donde siempre nos damos las noticias).
—Me voy a vivir con Kou.
—¡Por fin!
Se me escapó. No pretendía gritar eso, pero se me escapó y mi hermano me miró alzando una ceja.
—¿Tantas ganas tienes de que me vaya de casa?
—¡No! No, no, de verdad. Te voy a echar muchísimo de menos. Pero es que…
Hajime sonrió, supongo que porque sabía lo que estaba pensando y creo que no esperaba que lo dijera, porque nunca lo hago. Pero ese día lo hice:
—Me alegro de que os tengáis el uno al otro. Me alegro de que seáis felices. Y… os quiero mucho.
Me abrazó. Normalmente mi hermano no me toca, no más de lo necesario y no sin permiso. Pero ese día, me abrazó sin avisarme. No me molestó, le devolví el abrazo, nos estrechamos.
Y dos meses después, Hajime se fue de casa. Y la relación con mi madre se volvió turbia porque era mi hermano quien apaciguaba las aguas que es esta familia. Pero, aun así, no le dije nada. No le conté que a veces tenía que salir de casa con un ataque de ansiedad por su culpa ni que, cuando podía, evitaba pasar la noche allí. No, no le dije nada, porque él también se merecía ser feliz y descansar de aquello.
Pero sí les iba a visitar. Porque, al final, son mi hermano y mi mejor amigo, porque su casa es también mi casa y ellos son mi hogar.
Ese año terminé el máster, mi trabajo final fue una novelette que escribí de corrido, que no planeé, para la que no hice escaleta. Una historia de amor histórica y lgbt que, si mi profesora no hubiera sido lesbiana, probablemente hubieran rechazado. Una historia y unos personajes que parecían existir en mi cabeza desde hacía tiempo y que, cuando leí el borrador final antes de presentarla, me di cuenta de algo.
La historia era parecida a la de mis abuelos.
Los personajes eran como Kuroo y yo.
Y me asusté.
Me asusté muchísimo porque había escrito treinta y cinco mil palabras sobre dos personas (Kuroo y yo) enamorándose. Porque ni siquiera había tenido que pensarlo. Porque ahí, entre esas páginas, estaban mis propios sentimientos.
Y eso no podía ser.
Porque Kuroo había pasado a ser, tras Bokuto, mi mejor amigo. Y ¿cómo iba yo a estar enamorado de mi mejor amigo?
Quizás esa no fuera la pregunta correcta, quizás la pregunta fuera: ¿cómo iba a fingir que todo era como antes ahora que era consciente de cómo me sentía en realidad?
Y la respuesta era fácil: no podía.
Así que me distancié.
Mentira.
Pero lo intenté.
El distanciamiento duró poco. Pero luego, duró mucho.
Entregué el trabajo, lo evaluaron, me pusieron una matrícula de honor. La editorial para la que trabajaba de becario quiso publicar la novelette, acepté, Kuroo se enteró.
—¡Vas a publicar!
—Bueno…
—No era una pregunta —dijo—. Vas a publicar. ¿Por qué no me has avisado?
—Me daba vergüenza. —No era mentira. Me daba vergüenza y miedo. ¿Sabría que uno de los personajes era, en realidad, él mismo? ¿Podría encontrarse?
—Pues te jodes —bromeó. O no, pero se rio un poco—. Si vas a escribir, van a leerte. Y, sobre todo, voy a leerte. Voy a leerte siempre.
—No tienes por qué.
—Ya lo sé, pero no hay nada que me apetezca más que leerte. Escribes de maravilla, Keiji. Tienes magia en los dedos.
Y lloré, pero no se lo dije.
Y el día que se publicó oficialmente la historia, se presentó en mi casa con el peluche de un caballito de mar y un ejemplar de mi novelette.
—¿La has comprado?
—¿Obvio?
—Te podría haber regalado yo un ejemplar.
—Quería apoyarte. Y quiero que me la dediques.
Y se la dediqué. Y no sé qué me poseyó para, prácticamente, confesarme en aquella primera hoja de papel que firmé.
«Para Kuroo.
Para mi mayor inspiración.
Gracias por aguantar mis noches en vela escribiendo y mis horas en silencio mirando un documento en blanco.
Eres tan parte de esta historia como lo soy yo. Esta historia es tan tuya como mía.
Gracias por creer en mí. Y por no desesperarte demasiado ni dejarme solo (no lo hagas nunca, por fa).
Te quiero
♡
Akaashi Keiji.»
De eso ha pasado algo más de un año. He vuelto a publicar. Una novela, esa vez. La historia de un chico que se muda a un nuevo piso en el que empiezan a pasar cosas extrañas hasta que se da cuenta de que lo comparte con un fantasma.
—El fantasma me recuerda a ti —dijo Kuroo cuando puso sus manos sobre el libro.
—Solo llevas tres capítulos.
—Suficiente.
Sí, el fantasma se parecía a mí. Y el chico vivo se parecía a él, pero esa vez fue menos evidente que la primera. Me contuve.
Mentira.
Lo corregí después de haberlo escrito.
Ese libro también se lo dediqué.
Y él me mencionó en su tesis doctoral. Al principio, en los agradecimientos.
Y, de pronto, él tiene el trabajo de sus sueños y yo el mío.
Aunque él sigue viviendo con sus padres y yo con mi madre.
Aunque hemos hablado cientos de veces de mudarnos juntos.
Aunque nunca demos el paso.
Aunque siempre me arrepienta.
Por suerte, mi madre ha empezado a pasar la mayor parte del tiempo en el pueblo de su pareja, así que la casa es prácticamente mía.
Por eso las cosas (casi todas) están en su sitio. Por eso la tele casi nunca está encendida. Por eso casi en cada esquina hay un libro.
Pero, aun así, cuando voy a escribir, prefiero no hacerlo en casa. Suelo ir a cierta cafetería a veinte minutos, la lleva Tendou, un chico muy majo del que he terminado por hacerme amigo.
Y allí es a donde voy ahora. Porque, aunque para mí sea un día importante, para el resto del mundo es un día normal y tengo que ir a trabajar. Tengo una fecha de entrega y estoy un poco atorado en esta nueva historia.
Cuando termino de ducharme, vuelvo a mirar el calendario y sonrió. Y me acuerdo de mi abuelo y sus camisas blancas y de sus rosas blancas y de su pelo blanco. Y me acuerdo de mi abuela y sus faldas blancas y su sonrisa blanca.
Y, aunque nunca lo he hecho porque el blanco es un color reservado para las chicas solteras y yo hace mucho que sé que no soy una chica, este año abro mi armario, saco una de las pocas prendas blancas que tengo y me visto con ella.
Porque ese color está también reservado para las personas enamoradas y resulta que yo estoy enamorado.
Se me hace raro verme así vestido, de blanco y con un rubor como complemento. Intento no pensar demasiado en ello, me centro en terminar de preparar mi bolsa de girasoles que uso para llevar mis cosas de escritura: mi agenda (aunque esto no es solo para la escritura, sino para mi vida en general), mi cuaderno de notas, mi iPad…
El timbre.
Durante un momento me planteo no abrir la puerta, porque ¿quién vendría a mi casa a esta hora y sin avisarme?
Al final, aunque no sin cierta reticencia, voy a la puerta. Dejo mi bolsa ya preparada en un perchero del genkan y, tras colocarme los zapatos, abro la puerta.
Esperaba al cartero con una carta certificada o un paquete.
Esperaba a une vecine que necesitara ayuda con algo.
Esperaba a une vendedore dispueste a que comprara algo completamente innecesario.
A quien no esperaba era a Kuroo.
Porque Kuroo nunca llama a la puerta, Kuroo me manda un mensaje para decirme que ha llegado y que está en la puerta.
Pero aquí está, en la puerta y sin mensaje. Vestido con una camisa blanca y con una rama de gladiolos blancos en la mano.
—Hola —murmura tras un silencio que me parece eterno.
—Hola.
Quiero preguntarle qué hace aqui, pero me trago las palabras. Quiero invitarle a pasar, pero algo me frena.
—Estás… —empieza a decir, aunque se traba y tiene que carraspear—. Guapo. Muy guapo. El blanco te queda bien.
Espero que el rojo también me quede bien, porque mi cara está ardiendo. Pero resulta que él también va de blanco y que sus mejillas y orejas también están rojas.
—A ti también —digo al final.
—Gracias.
Después suspira, cambia el peso de su cuerpo de punta a talones, balanceándose. Sujeta las flores con cuidado pero nerviosismo y él tampoco hace el amago de entrar en mi casa. Ni de que yo salga.
—¿Quieres pasar?
—No —responde abruptamente—. O sea, sí, pero… —Respira hondo, se muerde el labio, da un paso hacia delante—. Quería darte esto.
Estira su brazo, acercando los gladiolos hacia mí.
—¿Son para mí?
—Claro que son para ti.
Doy un paso, otro. Me acerco a él y cojo la rama de gladiolos. Los miro, los huelo, los observo. Me sonrojo. Sonrío.
—¿Por qué?
—Porque… Porque sí. ¿No puedo regalarte flores?
—Nunca lo has hecho.
—Nunca me he atrevido —confiesa—. Pero hoy… hoy he dicho que de este día no pasa. Que te iba a dar las flores sí o sí. Que iba a venir, te iba a decir todo y, después, te iba a invitar a desayunar. Hasta me he puesto la camisa de los congresos.
—¿Por qué?
—Porque es blanca. Como los gladiolos.
Siento cómo mi corazón empieza a latir con más y más fuerza, cómo la sangre sube con rapidez a mi cara haciendo que me maree. Tengo que apoyar la espalda en el marco de la puerta.
—Espera, espera. —Su cara pasa del rosa al blanco de las flores y sus ojos se abren más de lo natural—. Es hoy, ¿no?
—¿El qué?
—Tu B’Av.
—Es hoy —respondo. Después, le observo—. ¿Por eso me has traído flores?
—Sí. En parte.
—¿Sabes lo que significa eso?
—Sí —asegura, acompañando la respuesta de un movimiento de cabeza—. Me lo explicaste tú.
—Entonces…
—Entonces —dice. Suspira. Se pasa una mano por la cara—. Akaashi Keiji, he decidido mandarlo todo a la mierda y soltar todo lo que llevo dentro desde hace ya mucho.
Mi corazón se encoge de emoción y miedo. Yo sujeto las flores con fuerza, como si así evitara caerme al suelo.
—Que me gustas es evidente.
—¿Ah, sí?
Kuroo parpadea, abre la boca, la cierra, la vuelve a abrir.
—Bueno, creí que lo era. Kenma dice que soy muy descarado e incluso Bokuto…
—¿Bokuto sabe esto?
—Sí —responde—. Porque me daba miedo hacer esto hoy y que te enfadaras conmigo y le pregunté si no sería mejor otro día.
—Hacer esto —repito, más para mí que para él.
—Decirte lo que siento —explica—. Lo que siento por ti.
En este punto, las manos me tiemblan tanto que los gladiolos bailan entre mis brazos.
—Keiji… Esto es mucho más difícil de lo que parece, ¿vale? —Suelta una risita nerviosa que me hace sonreír un poco—. Tú eres el bueno con las palabras, yo lo soy con los datos.
—Solo por escrito —confieso.
—Ya es más que yo. —se ríe y, después, toma aire—. Vale. A ver. Es un dato objetivo que eres precioso. Y amable y divertide y sincero y una persona maravillosa.
—Creo que nada de eso es objetivo.
—Calla —dice, pero no a malas, lo dice con una risita—. Son datos objetivos, yo soy el científico.
—Vale.
—Como decía: los datos objetivos son los que son, me gusta pasar tiempo contigo, me haces feliz y yo necesito hacerte feliz a ti. Es objetivo que cuando te ríes mi corazón se altera y que cuando nuestras manos se tocan mi cerebro cortocircuita. Y todo esto me lleva al resultado empírico de: estoy enamorado de ti.
Enamorado.
Enamorado.
¿Kuroo Tetsuro está enamorado de mí?
—Y es algo que sé desde hace tiempo —continua—. Hace bastante tiempo, de hecho. Pero me daba miedo. Me daba miedo decirte algo y cargarme nuestra amistad, me daba miedo que me mandases a la mierda o que nuestra relación cambiara. Porque me gusta nuestra relación. Me gusta que me escribas si puedes llamarme, me gusta que vengas a mi casa cuando en la tuya no puedes estar y también que vengas solamente a tirarte en mi cama a leer o escribir mientras yo hago mis cosas. Me gusta abrazarte y ver películas contigo. Me gusta mi vida contigo, Keiji.
—Kuroo…
—Y me daba pánico perder esa vida que hemos construido con los años simplemente por ser egoísta y no poder callarme cómo me siento.
—Kuroo…
—Y lo siento, siento si te he estropeado el día del amor, siento si he estropeado nuestra amistad, pero necesitaba soltarlo, necesitaba que supieras que tengo ganas de darte la mano por la calle y en casa, que cuando te digo que vayamos a vivir juntos lo digo en serio y no de manera platónica. Necesito que sepas que quiero besarte y verte despertar cada mañana y…
—¡Tetsuro! —Su voz se apaga de repente, sus mejillas parecen en llamas. Tomo aire—. No has estropeado nada. Nunca estropeas nada. Yo… —Respiro hondo varias veces. Se supone que soy escritor, pero ahora mismo no encuentro las palabras necesarias para expresarme—. Voy de blanco.
¿Por qué he dicho eso? De todas las cosas que podría haber dicho, ¿por qué eso?
—Sí. Te queda bien.
—Gracias. Pero lo que quiero decir es que…
—Oh… —Me interrumpe como si hubiera descubierto algo, algo que no le hace mucha gracia, aparentemente—. Te gusta alguien. Gustar, gustar. ¿Estás enamorado? Mierda, lo siento. No debería, no debería haber dicho nada, no quiero interponerme entre…
—Sí. Sí, estoy enamorado. Y también me di cuenta hace un tiempo y también me da pánico decírselo, porque en mi cabeza no cabía la idea de que pudiera sentir lo mismo.
—Eso es estúpido. Hay que ser estúpido para no enamorarse de ti.
Me muerdo la cara interna de la mejilla, que por fuera está ardiendo. Sonrío como un bobo. Y solo quiero esconderme en algún sitio. Y como lo único que tengo a mano son las flores, las levanto y me tapo la cara con ellas.
—Tú —susurro.
—¿Qué?
—Me enamoré de ti. No sé cuándo exactamente, ni cómo. Solo sé que estoy enamorado de ti.
Entre las hojas de las flores veo a Kuroo abrir los ojos, abrir la boca, cerrar la boca. Parpadea y boquea. Y su cara está absurdamente roja.
—¿Yo?
—Tú. ¿Cómo ibas a no ser tú?
Y se acerca y me da la mano y aparta (un poco) las flores. Y me mira y sonríe y me acaricia la mejilla.
—¿Puedo…? Ya sabes…
Y asiento y él se acerca y nuestros labios se rozan.
Y yo siento el universo estallar dentro de mi pecho y la electricidad pasando de su piel a la mía.
Sus labios son suaves y cálidos y su aliento sabe a fresas porque nunca se ha acostumbrado a la pasta de dientes de adulto.
Y su mano se amolda a mi cara como si un escultor la hubiera tallado ahí, como si ese fuera su sitio, como si fuera impensable que su mano estuviera en otro lugar que no fuera mi cara.
Y entonces él se separa, pero yo no quiero, así que le persigo y mis labios van tras los suyos. Y él sonríe y yo le siento sonreír en mi boca.
Y por favor, por favor, que nunca deje de besarme.
Pero en algún momento dejamos de besarnos porque me mareo y, quizás, él también. Pero no nos soltamos. Pero no nos alejamos. Pero nuestras manos siguen entrelazadas y nuestra piel sigue en contacto.
—¿Keiji?
—¿Sí?
—¿Querrías…? ¿Quieres…? En plan… —Carraspea y suelta una risita—. ¿Puedo ser tu novio? Vale, eso suena raro, perdón. ¿Quieres ser mi pareja? ¿Quieres que…?
—Sí. Sí, claro que quiero Tetsu.
Y me vuelve a besar y se ríe en mis labios y yo me derrito bajo su tacto.
—Pero falta algo —digo un poco de pronto y él se asusta—. Falta un baile.
—Como los caballitos de mar.
—Como los caballitos de mar.
Y, como los caballitos de mar, bailamos en mi porche. Sin música, como aquella vez en el acuario, pero con risas y besos y Tetsuro me levanta y me gira en el aire y me besa y me vuelve a besar.
Y nos besamos como si tratáramos de recuperar cuatro años de besos.
—No te olvides del desayuno —dice sobre mis labios.
—No me olvido.
Aunque casi lo hago porque, entonces, vuelve a besarme.
—Feliz Tu B’Av, Keiji.
—Feliz Tu B’Av, Tetsuro.
