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Un árbol para crecer junto a ti

Summary:

Como cada año, Akaashi saca su álbum de recuerdos y pasea por ellos. Aunque, este año, se centra en un recuerdo muy concreto, en aquel año que plantó un árbol, por primera vez, con Kuroo.

Notes:

Este fic lo escribí para el FanZine de Festividades «Un Año Más» y hablo un poco y de manera personal de una de mis fiestas judías favoritas (Tu BiShvat). Espero que os guste tanto como me gustó a mí escribirlo.

¡Por cierto! Aquí podéis descargar el Zine si queréis ver el formato original y, además, leer muchos otros fics así como ver ilustraciones preciosas.

Work Text:

El sol se puso, cálido y frío, como era de esperar de un atardecer de principios de febrero.

El sol se puso y yo me levanté.

Porque cuando el último rayo de sol desaparecía por el horizonte, comenzaba nuestra fiesta favorita del año. Me levanté del escritorio y mis pies se movieron casi por instinto hasta mi estantería, esa en la que no solo había libros, esa llena de recuerdos. Y esos recuerdos son los que atrapé y me llevé a la sala de estar. 

Allí, frente al fuego de la chimenea, paseé entre fotos y anotaciones, entre recortes y hojas secas. Allí pasé las páginas de aquel álbum con tanta parsimonia que bien podría haberse acabado la fiesta antes que las hojas.

Paseé por años de fotos, por años de momentos junto a mi abuelo. Paseé por momentos que, a veces, todavía olvido, pero que esas páginas se encargan de recordarme.

Me detuve, primero, en una foto antigua —veintidós años tenía entonces, sesenta y cuatro, ahora— de un ser diminuto, sentado sobre las hojas secas de un bosque, junto a un señor cano, con gafas grandes y la sonrisa de quien ve una flor por primera vez. Mi abuelo me miraba feliz mientras yo jugaba con una rama que me había dado, justo después de haber plantado mi primer árbol. No recuerdo ese momento, tampoco lo recordaba entonces, pero mi abuelo se encargó de que no lo olvidara.

 

«1 de febrero de 1999 (15 de Sh’vat de 5759), valle Todoroki.

Tu Bishvat.

Este año es la primera vez que Keiko planta un árbol.» 

 

Fue un ciruelo. El primer árbol que planté, fue un ciruelo. No lo recuerdo, no lo recordaba en aquel momento, pero sí recordaba haber ido a verlo crecer. Año tras año, íbamos al valle Todoroki para ver ese ciruelo transformarse de una ramita a un arbusto, de un arbusto a un árbol. A recoger sus frutos y comérnoslos. Vi aquel árbol crecer al tiempo que lo hacía yo.

Y así lo mostraban las siguientes páginas del álbum: un Keiji cada vez más mayor, un abuelo cada vez más sabio, un árbol cada vez más frondoso.

Mis dedos acariciaron el papel satinado de aquella fotografía, notablemente más moderna que la primera. Acariciaron la cara de mi abuelo, notablemente más arrugada que en la primera, sin gafas, mucho más delgado. A su lado, yo había crecido, ya no llevaba un vestido ni trenzas, vestía pantalones y me había cortado el pelo. Las gafas pasaban a estar en mis ojos. A nuestro lado, una pequeña ramita brotaba del suelo: habíamos plantado un nuevo árbol. Un cerezo que florecería unos años después. Un cerezo del que mi abuelo podría probar la fruta, al menos, una vez. 

 

«4 de febrero de 2015 (15 de Sh’vat de 5775), valle Akigawa.

Tu Bishvat.

Keiko Keiji y yo hemos plantado un cerezo y hemos merendado higos.» 

 

Sonreí al ver aquel tachón, al recordar cómo a mi abuelo le había costado acostumbrarse, pero jamás había renegado de aquel nombre. Porque, como decía, ya no era su princesa, pero había pasado a ser su príncipe. Los ojos me picaban, un nudo en mi garganta me hacía difícil respirar. Le echaba de menos.

Le echo de menos. Después de tanto tiempo. Pero supongo que dejó un vacío imposible de llenar.

Aquella noche estaba solo en casa, reviviendo recuerdos a través de fotos antiguas y hojas secas frente a la chimenea. Aquella noche mi hermano ya no vivía en casa y mi madre estaba en Niijima con su nueva pareja.

Aquella noche estaba solo en casa, hasta que dejé de estarlo.

Aquella noche llamaron a la puerta y yo fui a abrirla con un poco de miedo porque, ¿quién iba a ser? Si ya no había sol y no esperaba a nadie. ¿Quién iba a llamar a la puerta un jueves a las nueve de la noche?

Pero, claro, la respuesta era tan obvia que ni siquiera la pensé. Allí, frente a la puerta de mi casa y con una cesta de kakis, estaba Tetsuro. 

—¿Qué haces aquí? —pregunté antes de saludarle o invitarle a pasar. Él, como siempre, sonrió.

—Te traigo fruta —dijo, levantando la cesta. Entonces, sonreí yo. Me aparté de la puerta y él pasó.

Aquella noche ya no estaba solo. Aquella noche cené kakis y recordé el pasado junto a él. Aquella noche, Tetsuro leyó junto a mí trozos de la Torah de mi abuelo, marcados con cintas verdes. Aquella noche bebimos vino, cuatro copas, una por cada estación.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —pregunté, aunque aún no me había terminado la última copa de vino.

A mi lado, pasando las hojas del álbum de mi abuelo, Tetsuro negó.

—¿Mejor que celebrar contigo esta fiesta? No se me ocurre nada.

—Ni siquiera crees en Dios —dije, casi arrepintiéndome de haberle nombrado en vano, casi blasfemando.

—Tú tampoco —contraatacó él, sin arrepentimiento. Blasfemando.

—Intento hacerlo —aseguré—. De verdad, lo intento. A veces.

—Y haces todo lo posible por seguir su ley —dijo Tetsuro—. Por eso estoy aquí, para que celebres esta fiesta.

—Ni siquiera es una fiesta en nombre de Dios.

—Pero es una fiesta. —Tetsuro se acercó a mí, despacio, y sonrió frente a mis labios—. Y te gusta. Y a mí me gustas tú. Y me gusta verte feliz.

Y me besó. Me besó despacio y sabía al dulce de la fruta y el vino. Me besó de aquella forma que, tras seis meses, no había podido acostumbrarme. Me besó con tanto cariño que me mareé.

Aquel beso sabía a milagro y a pecado a partes iguales.

Cuando me soltó, o yo le solté, o conseguimos separarnos a pesar de la gravedad que nos atraía le une al otro; cuando nuestros labios dejaron de tocarse, pero nuestros brazos seguían pegados, entonces me eché sobre su pecho y miré el fuego. Él me acariciaba el pelo y, a veces, dejaba un besito. 

Primero hubo silencio, después, pusimos música.

Si no fuera porque lo apunté en el álbum, seguramente, ahora no recordaría que aquella noche sonó Story That Won’t End. Pero lo apunté y lo recuerdo y, de una manera u otra, es un poco nuestra canción. Una de ellas, al menos.

Aquella noche Tetsuro durmió en mi cama. No era la primera vez y tampoco sería la última. Aunque sí habría una última vez, justo antes de la primera vez que dormimos en nuestra cama. Pero aquella noche era mi cama y él, mi almohada. Sus brazos, mi edredón y su respiración, mi nana. Aquella noche no tuve pesadillas y dormí del tirón.

Pero aquella mañana, cuando me desperté, Tetsuro no estaba en mi cama.

Lo primero que pensé es que lo había soñado, que toda su existencia había sido un sueño. Después admití que eso era absurdo porque le conocía desde hacía cinco años y no podía haber soñado tantas cosas bonitas. Así que lo siguiente que decidió mi mente fue que se había ido. ¿A dónde? A ningún sitio en concreto, simplemente no a mi lado. Pero el olor a café se coló por la rendija de la puerta e inundó mi habitación, la música llegaba acallada por las paredes y en la silla de mi escritorio seguía su sudadera.

No se había ido y no se iría.

Me costó levantarme de la cama, el vino de la noche anterior aún daba vueltas en mi estómago y en mi cabeza, y la cama se me antojaba demasiado cómoda como para abandonarla. El olor de Tetsuro había impregnado las sábanas y eso las convertía en un lugar seguro.

No, no me levanté yo solo de la cama, fue él quien vino a por mí. Se acercó despacio, con pasos suaves y sin hacer ruido. No llamó a la puerta, la abrió despacio en su lugar. Yo no me moví, no me incorporé ni saqué la cabeza de la manta hasta que se sentó en el colchón a mi lado.

—Keiji —susurró. Yo bajé un poco las sábanas, lo justo para poder mirarle. Para poder ver su cara, su sonrisa—. Buenos días.

—Buenos días —respondí, con la voz más ronca de lo que me hubiera gustado—. Huele a café.

—Recién hecho.

—¿Con leche? —pregunté. Había dos respuestas correctas.

—De avena. —La acertó.

Recuerdo claramente, como si hubiese sido ayer, que sonreí tanto que conseguí que él se riera; que tiré de él un poco, lo justo para que se inclinase, y terminó por caerse sobre mí. Le arrastré conmigo de vuelta a la cama, envueltes en sábanas y risas.

Me costó levantarme de la cama, especialmente con sus brazos a mi alrededor y sus besos por toda mi cara. Pero me levanté, o él me levantó, o nos levantamos juntes. Pero nos las apañamos para llegar a la cocina, de la mano, y sentarnos une junto al otro, de la mano, nuestras piernas tocándose.

Allí había un festín preparado: café recién hecho —como bien había adelantado Tetsuro—, diferentes frutas cortadas —higos secos y granadas desgranadas—, había algunos pasteles —de fruta, si no recuerdo mal— y zumo —de naranja, por supuesto—.

—¿Hoy no trabajas? —pregunté. Era viernes y, si bien su jornada era más corta que el resto de la semana, a las nueve de la mañana debería estar entrando en el laboratorio. Y, en ese momento, ya eran las nueve y media.

—No —respondió, vertiendo parte de su zumo en el cuenco de las granadas—. Pedí el día libre.

—¿Por qué? —Le robé unos granos bañados en el zumo.

—Quiero llevarte a un sitio.

—¿No puedes llevarme mañana? —pregunté, más pendiente de mi café y de la fruta que de la conversación.

—De hecho, no. Tiene que ser hoy.

—¿Por qué?

—Estás muy preguntone hoy —se burló, justo antes de darme un beso diminuto en la sien—. Es una sorpresa que tengo preparada.

—¿Entonces no me vas a decir a dónde vas a llevarme?

Nop. Es una s-o-r-p-r-e-s-a.

Le saqué la lengua. Él se rió y me besó. Y, de nuevo, sabía a frutas. Y a mí, de repente, me entró hambre.

Pero no pude darme ese festín porque Tetsuro tenía que llevarme a un lugar desconocido a hacer algo que no podía decirme. Ahora que lo pienso, podría haberme llevado al lugar de mi asesinato y yo habría ido tranquilamente, con los ojos cerrados si hubiera hecho falta. 

Pero no, no iba a asesinarme y tampoco me tapó los ojos. 

Cuando terminamos de desayunar y después de recogerlo todo y vestirnos, nos montamos en su coche.

—¿A qué huele? —pregunté, porque, al abrir la puerta, un olor intenso pero indescriptible me inundó la nariz.

—Mierda —masculló, antes de volver a salir e ir hasta el maletero—. Quédate ahí, por fa. Un momento.

—¿Qué has hecho?

—Se me ha olvidado aquí algo. 

Pasó un rato moviendo cosas, abriendo bolsas (las escuché) y mascullando por lo bajo sin que pudiera entender lo que decía. «Un rato». No recuerdo si fueron dos minutos o cuarenta. Podrían haber sido ambos. Pero, al final, volvió y se sentó otra vez frente al volante. Estaba tenso y su sonrisa un poco forzada.

—¿Estás bien? —pregunté. Ni siquiera era curiosidad por lo que había pasado en el maletero, era genuina preocupación.

—Sí, sí, es que… —Soltó un suspiro acompañado de una risa nerviosa, se pasó la mano por el pelo—. Se me olvidó la comida en el coche.

—¿Se ha puesto mala?

—No, qué va. Está bien, menos mal. No había nada para refrigerar, es solo que ahora huele el coche a comida.

—Bueno —dije, tomando su mano y dándole un besito en el dorso—, huele bien, así que no pasa nada.

—En compensación —dijo al tiempo que me pasaba su móvil—, te dejo elegir la música del viaje.

—Siempre me dejas elegir la música.

—Shh…

Arrancó. Yo busqué mis playlists en su móvil (las que guardó un par de años antes en su móvil para que yo pudiera escuchar mi música cuando quisiera), él me dio la mano cuando, por los altavoces, empezó a sonar Limbo.

—Iba a fingir sorpresa, pero creo que últimamente solo escuchas a este grupo —dijo, riéndose. Me encogí de hombros y le saqué la lengua—. ¿Esta no es la canción triste?

—¿«La»? Será una de ellas, si estos no hacen canciones de amor alegres —me reí, pero asentí—. Es triste, pero bonita.

Kuroo tomó aire y se puso a cantar cuando llegó el estribillo. Me sorprendí, me sorprendí tanto que se me abrió la boca, porque nunca le había oído una sola palabra en coreano, porque no sabía que prestaba tanta atención a la música que yo escuchaba. Y se dio cuenta porque me sonrió y me guiño un ojo antes de volver a mirar la carretera.

—¿Cuándo te la has aprendido?

—Te acabo de decir que, últimamente, solo les escuchas a ellos. Pues de tanto oírla me la he terminado por aprender.

—Perdón —murmuré. 

—¿Por qué?

—Por ser tan pesade, supongo.

—No lo eres —me aseguró—. Es tu hiperfijación, me gusta que la compartas conmigo.

Así, con las manos entrelazadas (excepto cuando Tetsuro tenía que cambiar de marcha) y con Stray Kids llenando el coche, salimos de la ciudad. Atravesamos un par de pueblos que no supe reconocer hasta que vi los carteles y terminamos por rodear el bosque. La carretera se dibujaba alrededor de la arboleda. Recuerdo haberme quedado embobado, mirando por la ventanilla, observando los árboles difuminarse por la velocidad del coche. Recuerdo que Kuroo aparcó en un pequeño lugar habilitado para ello, pero en el que no había ningún coche.

—¿Dónde estamos? —pregunté una vez nos bajamos del vehículo.

—Preguntone e impaciente, hoy estás a tope, ¿eh? —Pero, antes de que me diera tiempo a sentirme mal, me abrazó y dejó un beso en mi frente—. Estamos en Akigawa.

El nombre me era conocido, pero, por alguna razón, el lugar no me lo pareció. No recordaba aquellos árboles ni aquel camino, a pesar de haber ido innumerables veces. Supongo que las memorias de la infancia son como el humo en una habitación: está ahí; si prestas atención, puedes verlo, a veces molesta pero, con el tiempo, dejas de ser consciente de su presencia.

Una vez hubo sacado las bolsas con la comida del coche, Tetsuro me dio la mano y me condujo por aquel bosque. Paseamos sin prisa por el camino marcado hasta que dejamos de hacerlo, hasta que nos desviamos y caminamos campo a través, pisando la tierra y las hojas que los árboles habían soltado. Caminamos sin despegarnos el uno de le otre, siempre un trozo de piel en contacto, siempre la seguridad de que no estábamos soles. Caminamos y hablamos. Hablamos mucho.

A veces olvido de qué hablamos, otras, lo recuerdo perfectamente. 

Hablamos de mi hermano, de Bokuto, de la gran boda que estaba por venir.

Hablamos de Kenma, de Shoyo, del piso que habían alquilado.

Hablamos de Tetsuro, de mí, de ese apartamento que estábamos buscando y no terminábamos de encontrar.

Hablamos de su madre y también de mi abuelo.

Y de Dios, también hablamos de Dios.

Como diría mi abuela, en aquel paseo hablamos de lo divino y de lo humano.

El camino fue largo, perdí la cuenta de los árboles que dejábamos atrás y de las piedras que se interponían en nuestro camino. Cruzamos el río saltando de roca en roca con tal de no desviarnos del camino que Kuroo había tomado. En algún momento dado, tuve que suplicar clemencia.

—Tetsuro, por favor, no puedo más.

—Venga, que ya queda poco —decía, igual que todas las veces anteriores en las que le había preguntado «¿cuánto queda?».

—¿Cuánto es poco? —resoplé.

—Quince minutos —aseguró—. Más o menos.

Y se lo concedí. Le permití avanzar durante otros quince minutos —más o menos—. Una vez cumplido el plazo, por fin, paramos.

Podríamos haber estado en un claro cualquiera del valle, podríamos haber estado frente a cualquier árbol. Pero cualquier árbol no tendría una cuerda azul enrollada en una de las ramas. Cualquier árbol no sería un cerezo preparándose para la floración de marzo en un bosque lleno de ginkos.

Centenares, si no miles, de pensamientos se arremolinaron en mi cabeza, la mayoría incluían a mi abuelo en algún punto. Sin embargo, de mi boca solo salió una pregunta.

—¿Cómo lo has encontrado?

Porque yo solo podía encontrarlo si iba con mi abuelo, porque nunca supe la ubicación exacta, porque nunca me dijo unas coordenadas y mi orientación no es la mejor del mundo. Tetsuro sonrió, me estrechó la mano que no había soltado y me llevó al pie del árbol.

—No hay muchos cerezos en Akigawa —me explicó—. He venido varios días de excursión para buscarlo, el último día vine con tu hermano para que me ayudara y lo conseguimos encontrar.

—¿Con Hajime? —Tetsuro asintió, a lo que yo resoplé—. No me ha dicho nada.

—Más le vale —se rio él—. Le dije que era una sorpresa y le pedí que no te lo contara. Creo que nunca había salido solo con tu hermano.

—¿Y qué tal?

—Da miedo.

Después, hubo silencio. Porque yo me quedé mirando el árbol y me perdí en los recuerdos, porque Tetsuro no me interrumpió y me dejó tiempo y espacio. Hubo silencio, roto por el cantar alegre de los pájaros y por el viento entre las ramas del bosque.

Mi cuerpo, allí presente, frente al árbol que mi abuelo y yo habíamos plantado. Mi mente, mucho más lejos, en el momento en el que depositamos la semilla en la tierra, en el momento en el que mi abuelo me contó la historia de Débora, aquella mujer inteligente que llegó a ser jueza tantos milenios atrás, aquella mujer que consiguió dirigir a un pueblo de hombres con una palma de dátil. 

No recuerdo cuánto tiempo pasamos frente al cerezo, estudiando sus hojas y sus ramas, observando los diminutos capullos que comenzaban a formarse en determinados puntos, preparando la floración del siguiente mes.

—Siempre he ido a ver las sakura —dijo Kuroo, llamando mi atención—, pero creo que nunca he visto un cerezo preparándose para ellas. Nunca lo he visto antes de las flores.

—El proceso es lento y cuidadoso —expliqué, como había hecho mi abuelo conmigo—. Tan importante, o más, que la flor que nacerá del pequeño capullo. El árbol gasta los recursos de todo un año para una semana de belleza, pero, ¿acaso no es bello el proceso que le ha llevado a crecer? El camino es importante.

—Tienes razón —murmuró—. Es como cuando subes una montaña, ¿no? Al final, la vista es bonita, pero es corta y no sirve de nada si no disfrutas la subida.

Asentí, aunque no dije nada. Recuerdo haber sentido un calorcito en mi pecho en aquel momento, recuerdo haber pensado que Tetsuro se habría llevado muy bien con mi abuelo, que habrían congeniado y podrían haber hablado mucho. Sentí tristeza, y añoranza, y felicidad.

Recuerdo también haberme sentido afortunade de estar allí, con él. De compartir espacio y tiempo, unos dátiles sentades en una roca de un bosque, un trozo de vida.

La comida fue… complicada. Porque el bosque, sin una mesa o una manta, es un lugar complicado para comer. Pero comimos. Comimos empanada de setas que había preparado él mismo —no las tenía todas conmigo porque, todavía, a veces se le quema la comida—, pero estaba rica, estaba muy rica. También preparó —con ayuda de mi hermano— un pastel de higos y membrillo. 

¿Es importante lo que comimos? Sí y no. Podríamos haber comido unas pipas o una zanahoria cruda y yo habría sido igual de feliz. Pero el hecho de que Tetsuro se preocupara por preparar una comida rica y fácil de comer en un entorno como aquel, cómo decirlo, me pareció tierno. Sentí un inmenso amor hacia él y de él hacia mí. Sentí su cariño y su preocupación hacia mí. No una preocupación como cuando estuve enfermo y él me acompañó en el hospital; una preocupación natural por querer hacerme feliz en cualquier momento, por pequeño que fuera.

Después de la comida, pero antes de levantarnos para irnos —para movernos—, me hizo una foto. Una foto horrible, que no me di cuenta de que me estaba haciendo, pero que lleva cuarenta y dos años pegada en el álbum que estrenamos aquel día. No la puse yo, desde luego, igual que no fui yo quien escribió al lado:

 

«El chico más bonito del mundo disfrutando de un pastel de higos, mirando el cerezo más bonito del mundo, junto al mejor novio del mundo.» 

 

Al menos dos de las tres cosas que escribió son verdad.

No tardamos mucho en volver a ponernos en marcha. Recogimos lo poco que habíamos usado para comer y retomamos el camino. Al principio creí que ya nos íbamos a casa, de vuelta al coche, pero resulta que nos adentramos más en el bosque.

Estuve a punto de preguntarle a dónde íbamos, pero ya me había dicho que estaba muy preguntone ese día, así que me contuve. Simplemente, me dejé guiar a través de los árboles. Durante ese camino, Tetsuro me contó que, cuando era pequeño, fue a una granja-escuela con Kenma. Allí tuvieron que cuidar de los animales y los cultivos, pero, en una de esas, a Kuroo le dio por adentrarse en los árboles que rodeaban la granja. Nadie sabe quién se asustó más, si Tetsuro por haberse perdido o Kenma por haber perdido a Kuroo. Me contó la historia riéndose, con esa risa tan ruidosa que tiene, con los ojos brillantes por las lágrimas y los recuerdos.

Entre risas llegamos a nuestro destino. Al de Tetsuro, en realidad, porque yo no tenía un destino; yo solo iba como el viento entre las ramas, sin saber dónde acabaría, disfrutando del camino.

—Llegamos —anunció, colgando la mochila de una rama baja.

—¿A dónde?

—A un clarito adecuado.

Se puso a rebuscar en la mochila sin dejar que yo viera lo que hacía.

—¿Adecuado para qué?

No me contestó. No verbalmente, al menos. Cuando se giró, dejó al descubierto una pala de mano y una bolsa de tela.

—¿De verdad? —pregunté. Como si no me creyera que Tetsuro hubiera sido capaz de planear aquello, como si no me creyera que fuese a volver a plantar algo en aquel bosque.

—Claro. De verdad.

Vino hacia mí y me dio la bolsa. La inspeccioné, encontré varias semillas dentro que no supe identificar, pero él se había puesto manos a la obra y empezó a hacer un agujero en el centro del claro.

—¿Puedo ayudarte? —dije, porque me angustiaba verle trabajar tanto y yo no hacer nada, porque estaba esforzándose para mí y yo estaba allí, de pie, con una bolsa de semillas en las manos.

—No te preocupes, ya casi está.

De alguna manera se las apañó para abrir un agujero lo suficientemente grande como para soltar unas semillas dentro y esperar que sus raíces pudieran expandirse con comodidad.

Y yo ya no pude aguantar más.

—¿De qué son? —Cuando Tetsuro se giró para mirarme, aclaré—: Las semillas, ¿de qué son?

—Tienes dos opciones —me respondió, su sonrisa pícara adornándole la cara, sus dedos listos para enumerar—: te lo puedo decir ahora y lo sabrás de inmediato o puedes esperar un año, dos, tres… y verlo con tus propios ojos.

—No es justo —murmuré. Porque ardía en deseos de saberlo, pero sabía que la opción correcta, la que él quería que eligiera, era la segunda.

—¡Te estoy dando a elegir!

—Ya, pero…

—¿Te lo digo? —preguntó. Se acercó a mí, cogió una semilla con una mano y, la otra, la posó en mi mejilla.

—No —respondí, más pendiente de lo cerca que estaba su cara de la mía que de la semilla que me había robado.

—¿Seguro?

—Dímelo solo si no vas a estar aquí conmigo cuando pueda verlo con mis propios ojos —propuse. 

Tetsuro sonrió y, después, me besó. Me besó despacio, como si me regara para hacerme crecer, como si sus labios fuesen la cura de cualquier mal, como si con ellos jurase una promesa inquebrantable.

Y, una vez más, sentí su beso como un milagro.

Cuando se apartó, lo hizo sonriendo. Sonriéndome

—No pienso perderme ese momento. Ni ese, ni ningún otro.

Aquella fue una promesa que no entendí entonces. Me tomó tiempo, muchas palabras y un anillo entenderla.

Pero, por el momento, estaba bien. Aquello bastaba para tomarle la mano y armarme de paciencia. Para esperar a saber qué íbamos a plantar. 

Íbamos, porque lo hicimos juntes. Sujetamos un puñadito de semillas entre su mano y la mía, formando un pequeño cuenco con las dos y, juntes, dejamos caer aquellas hojas secas que bajaban como hélices. Y, juntes, tapamos esas semillas con sustrato, regamos como si aquellas gotas fuesen a hacer crecer mágicamente el árbol. Pero lo hicimos. Y también colocamos un círculo de piedras alrededor, para delimitar la zona. Y también hicimos fotos: al bosque, al suelo, a las piedras, a nosotres.

Y, poco después, nos fuimos. Volvimos al coche y, después, a casa.

Recuerdo llegar completamente agotade, con las fuerzas justas para darme una ducha y prácticamente desplomarme en el sofá. Allí, después de ducharse él también, Tetsuro me llevó un álbum nuevo, a estrenar. Imprimimos las fotos que habíamos hecho —incluida aquella que no me di cuenta que me hizo— y las pegamos. Escribimos, como había hecho yo con mi abuelo en el otro álbum.

 

«5 de febrero de 2023 (15 de Sh’vat de 5783), casa.

Tu Bishvat.

Tetsuro me ha traído kakis y vino. Hemos leído trozos del Libro de los Proverbios y ha dormido conmigo.» 

 

«6 de febrero de 2023 (15 de Sh’vat de 5783), valle Akigawa. 

Tu Bishvat.

Tetsuro me ha llevado a ver el cerezo que planté con el abuelo hace ocho años. Se está preparando para florecer.» 

 

«Keiji y yo hemos plantado un árbol. No sabremos cuál es hasta el año que viene. O el otro, o el otro. No lo sabremos hasta que vayamos a verlo.» 

 

«22 de enero de 2027  (15 de Sh’vat de 5787), valle Akigawa. 

Tu Bishvat.

Un arce, el árbol que plantamos era un arce. De hojas rojas. Aún no ha crecido demasiado, un par de metros, el tronco sigue siendo endeble. Pero crecerá. Y vendremos a verlo.» 

 

«9 de febrero de 2039 (15 de Sh’vat de 5799), casa de Hajime. 

Tu Bishvat.

Tetsuro y yo hemos venido con Aiko a pasar el día y hemos traído semillas. Es el primer año que va a plantar algo y mi hermano está increíblemente feliz por poder compartirlo con ella. Bokuto nos ha dejado a Hajime y a mí plantar la dama de noche en su jardín.» 

 

«2/02/2045 (5805 si no me equivoco) (no se equivoca), hospital de Tokio.

Keiji está enferme, así que no podemos salir al monte o al bosque, ni siquiera al parque. Y sé que eso le ponía triste, por eso me niego a permitir que no plante nada este año. Aiko y yo le hemos llevado una maceta y semillas de girasol. Aunque parezca mentira, es la mejor época para plantarlos.

Un girasol para mi luna.» 

 

«2 de febrero de 2056 (15 de Sh’vat de 5816), casa. 

Tu Bishvat.

Tetsuro nos ha traído semillas de naranjas y las hemos plantado en el jardín. Hasta que no dé frutos, no sabremos si son dulces o amargas. Espero que merezca la pena esperar.

Si son amargas, haré mermelada!!» 

 

—¡Keiji!

La voz de Tetsuro hace que levante la vista de las páginas del álbum que descansa en mi regazo. Una sonrisa que hace tiempo dejé de ocultar se asoma en mi boca al verle acercarse a mí, con la misma mochila de siempre, con la misma cesta llena de frutas. Tras él, mi hermano y Bokuto llevan a nuestros nietos a caballito. Aiko carga también con comida y su mujer termina de cerrar el coche.

—¿Estás bien? —pregunta Tetsuro, cuando llega a mi lado.

—Genial. —Pero veo su ceja cana alzarse y eso me hace reír—. Te prometo que estoy bien, Tetsu. Deja que lleve algo.

Antes de que pueda quejarse o impedírmelo, me hago con la cesta de fruta, aprovechando para dejar el álbum dentro. Allí encuentro, un poco escondida, una cajita con chocolate.

—¿Y esto?

—Feliz San Valentín —murmura entre risas, antes de, una vez más, deja un beso perdido en mi cara.

El camino se hace mucho más costoso y lento de lo que recordaba. Cada no demasiado tiempo tenemos que parar a descansar, ya sea por los pequeños gemelos o por los mayores tíos y abuelos. A veces soy yo quien pide un momento para respirar, porque mis pulmones nunca se terminaron de recuperar.

Pero seguimos. Avanzamos por estos árboles que han terminado por hacérseme familiares, aunque hay muchos menos que antes. Este ya no es un frondoso bosque, parece más un parque, y eso me entristece. Pero, en este momento, no cabe demasiada tristeza en mí, rodeado por mi familia, por la risa de los niños, por mi hermano y mi mejor amigo, por mi hija y su pareja, por el amor de mi vida.

En acto reflejo, busco su mano y él la encuentra, rodea mis dedos con los suyos y los estrecha. Me sonríe y sus arrugas se acentúan. Y eso solo me hace sonreír también. Y me deja un beso en la mejilla y un «te quiero» en mi oído.

—¿Queda mucho, abu? —pregunta uno de los gemelos.

—No, ya casi estamos —respondo yo. Porque mi orientación sigue siendo penosa, pero este camino me lo sé ya de memoria.

Y no me equivoco.

De hecho, unos pocos minutos después, llegamos al lugar. A ese claro que tanto hemos visitado. Solo que ya no es un claro, es más bien como una placita, coronada por un enorme y frondoso arce rojo, protegido por piedras a su alrededor.

En sus ramas más bajas cuelgan cintas con deseos escritos a mano. En el tronco, hay algún que otro grabado.

Este arce que tengo frente a mí en este momento, de alguna manera, me llena de fe. Me recuerda que la vida sigue, que se pueden superar los obstáculos si tienes ayuda. Este arce que Tetsuro y yo plantamos, hace ya cuarenta y dos años, que hemos visto crecer poco a poco, pasar de un tallo a un arbusto y, después, a un robusto árbol. Este arce me recuerda un poco a nosotres, que nos encontramos un poco perdides, cuando la universidad era lo más importante en nuestra vida. Nos encontramos y, juntes, crecimos.

Una amistad, una flor blanca, un beso, un arce, un anillo, una vida entera.

El día pasa como un suspiro, como una oración. Hablamos de todo un poco, comemos empanadas —que ya ha pasado a ser tradición— y frutas. Los pequeños juegan y corren por todas partes y, en un momento dado, le roban unas hojas al arce con la intención de hacer marcapáginas para todes. 

El día pasa y yo no quiero que pase. Pero pasa y la tarde llega. Y tenemos que irnos, claro. Pero antes:

—Vamos a hacernos una foto, todes.

 

«14 de febrero de 2063 (15 de Sh’vat de 5823), valle Akigawa. 

Tu Bishvat. Y San Valentín!!

El arce sigue creciendo. Como los gemelos, como Aiko. Como Tetsuro, que cada día tiene más canas o como yo, que tengo que revisarme la vista cada vez más a menudo. Como nosotres, como nuestra relación. Hoy me he dado cuenta de que, aunque nos conocimos siendo ya prácticamente adultos, hemos crecido juntes. Porque hay muchas formas de crecer y con él siempre crezco.

Y sé que últimamente se lo repito mucho, pero quiero dejar constancia por escrito de lo muchísimo que le quiero. Porque le quiero más de lo que pensé que podría quererse a alguien. Y que me hace inmensamente feliz. Y que quiero seguir viendo el arce crecer y quiero seguir creciendo a su lado.

Te amo, mi vida.» 

 

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