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spiritu sancti ; taemin x taeyong

Summary:

Abrió su biblia y el demonio tembló excitado por su oración.

Notes:

WAIT ESCUCHEN HEAVEN BY TAEMIN PARA UNA MEJOR EXPERIENCIA !!

Work Text:

Sentía el vapor que de su cuerpo emanaba, las llamas del infierno cubriendo su cuerpo semidesnudo y pálido, esferas oscuras que mantenían las mismísimas tinieblas a su merced.

El demonio llamado Taeyong lo observaba desde un rincón oscuro de la habitación, contemplando cómo el hábito del sacerdote frente a él se balanceaba debido al viento que atravesaba las ventanas, una frescura hiriente que lo hacía temblar en pleno invierno.

Comenzarás a rezar por mí. Pensó con una risa maliciosa.

Quería jugar con aquel siervo del extraño ente al que llamaban Dios, quería volverlo loco, desvariar, quería hacerlo maldecir en nombre de su santo.

“Vete demonio, no tienes poder en las tierras sagradas del señor” gritó estirando su mano enredada en un rosario plateado que el cardenal le había regalado al terminar su seminario. Apenas era un sacerdote novato y aún así se veía cara a cara con el infierno.

El demonio de cabello platinado sonrió agraciado, el fuego en sus dedos volviéndose más y más flameantes.

“No veo que tu Dios esté haciendo algo aquí” su voz ronca se sentía como una tormenta y las lágrimas en los ojos temerosos del sacerdote las gotas tímidas del comienzo de un diluvio.

“Crux sacra sit mihi lux… Non draco sit mihi dux…” comenzó apretando sus ojos con fuerza, sus labios temblando con cada palabra “Vade retro satana… Nunquam suade mihi vana… Sunt mala quae libas…” el calor se volvía más y más espeso, llameante como los eternos caminos del infierno, podía sentirlo más cerca suyo “I… Ipse venena bibas…”

Abrió sus ojos, la oscuridad lo rodeaba quitándole la visión, se sentía perdido en el abismo maldito al que ese demonio pertenecía.

El padre Lee tragó saliva, el aire apenas hacía presencia en sus pulmones llenos de vaho negro afrodisiaco, el clériman hizo una descomunal presión en su cuello perturbándolo y en ese momento se sintió abandonado por aquel al que solían llamar padre celestial.
El demonio arañaba su hábito con las negras uñas afiladas de la perdición, llevándose con ellas toda su fé.

“Beberé todo de ti…” susurró en su oído como dagas de un hierro calcinante.

Su lengua escamosa y puntiaguda recorrió la piel expuesta de su cuello cuando el ente se atrevió a bajarle el hábito dejando sus hombros delgados completamente desnudos, su cuerpo se paralizó, un extraño tipo de palpitación lo alarmó forcejeando con el demonio de labios finos. Podía sentir el aroma a muerte desprenderse de su boca, tan metálico como la sangre y fuerte como una cucharada de brea, un infierno en penumbras contra sus ojos de un negro profundo que le arrebataba el alma.

Se sintió como una virgen reposando en una iglesia, siendo observada por ojos posesivos de personas pecadoras que buscaban la llamada misericordia, más el demonio parecía no interesarle su asistencia, porque cuanto más apretaba sus labios contra el hueso de sus hombros más jadeaba con desesperación, quería tocar su alma pura rodeada de las alas de cien mil ángeles, quería sentir lo que era tocar el cielo a través de él.

Porque Taeyong era eso, un ángel caído, un rebelde, exiliado por pensamientos erróneos, tirado del cielo como una simple piedra al mar, donde las olas heladas durmieron su cuerpo y alma quebrándose por completo, donde el frío cubrió su cuerpo y aún así el calor del cielo que sentía dentro de aquel sacerdote de lindos labios seguía siendo su deseo más preciado, tocar lo que alguna vez tuvo y destruirlo.

Destruir su fé y volverlo adicto a la frialdad de las tinieblas.

Quería su alma pura de nuevo para pisotearla como la primera vez.

“Sancte Michael Archangele… defende nos in proelio…” sus piernas se apretaban, sentía caer en el pozo profundo de la tentación oyendo su lengua sisear contra su oído, apretó el rosario en su mano y bajó la cabeza orando con más y más fuerza “... Contra nequitiam… et insidias diaboli esto praesidium…” su resonante carcajada hizo eco en la pequeña habitación, el hábito abandonando su cuerpo por completo, un siervo desprotegido listo para ser asesinado.

“¿Dónde está tu Dios..:?” con burla que lo avergonzó poniendo en duda su propia creencia.

¿Por qué el señor sería capaz de abandonarlo a los pies del Diablo?

¿Qué había hecho mal para no merecer él mismo, quien había jurado devoción a su palabra, la misericordia de su Dios?

“... Imperet illi Deus…” los afilados dientes del demonio mordisquearon el lóbulo de su oreja robando toda su atención, un corazón bombeante lleno de sangre santa “...Deus… D…”

Su cuerpo se movió de una forma tan brusca que está seguro de que si no fuera por el colchón debajo suyo habría roto varios huesos de su cuerpo. La tenue luz de la habitación parpadeaba, intensificándose fugazmente para permitir verlo, a aquel a quien teme.

Y podría pensar que en realidad ha caído en la tentación de la sodomía y debido a eso su Dios le dió la espalda, pero su presencia maligna era tan espesa y no hay otra forma de llamar a un ser levitante que de esa. Un demonio perverso en cuerpo y alma, de apariencia etérea, finos rasgos, un ser que parece no envejecer, cuerpo delicado y pálido como las hojas del nuevo testamento.

Los pecados son atrayentes, enamoran con su peligro, la prohibición se siente exquisita cuando las oraciones se terminan y la biblia se cierra.

Y nunca había querido tanto romper la piedra de los diez mandamientos con sus manos como ahora, donde tomar el nombre de Dios en vano y cometer actos impuros se siente tan adictivo como la velocidad de una montaña rusa.

Porque no se asqueó para nada cuando el demonio lo tomó de ambos costados y lo hundió contra la cama, cruzando sus brazos sobre su cabeza, inmovilizándolo, decorando su frente con la ordinaria cruz plateada del rosario.

“No te ves tan aferrado a tus creencias ahora…” susurró con voz grave que generó un pitido en su oído, sentía tener la cabeza debajo del agua, los oídos inundados de palabras seductoras que lo llevaban a ahogarse en la perdición.

No se atrevió a hablar, estaba avergonzado, sentía los dedos de todos los ángeles del cielo señalándolo con desaprobación, juzgando sus actos, escupiendo en su nombre, podía sentir la mirada de su Dios decepcionado o quizá era producto de su imaginación autodestructiva.

“Estando conmigo nada te faltará…” continuó diciendo, de una forma tan dulce que no parecía querer matarlo “... No necesitas de ese Dios para ser amado”

¿Tomaría en serio su palabra?

¿Sería capaz de confiar en un ser mentiroso cuando el que supuestamente debía ser misericordioso y compasivo lo había abandonado a su merced en los brazos de la tentación?

Las posibilidades de no ser asesinado entre sus manos era poca, casi nula, creerle a una figura de mentira, tan benévolo como un ateo, tal vez acceder lo llevaría a estar atado a él como un esclavo, con cadenas de hierro que con el tiempo cortan su piel, quemándola y pelándola hasta que solo sea hueso, hacerlo arder en las llamas del infierno por mero entretenimiento.

¿Pero quién más lo ayudaría cuando el único al que le servía decidió cortar sus lazos y abandonarlo como a una oveja negra en un descampado?

No respondió pero dejó que los sutiles movimientos de su cuerpo le dieran una respuesta muda a aquel demonio que penetraba su alma con su aura colapsante, la uña negra de su dedo índice recorrió el hundimiento de sus clavículas, trazando una línea invisible en el medio de su pecho hasta llegar a la sensibilidad de su pelvis, podía notar su respiración atascada bombeando su estómago, los casi invisibles vellos debajo de su ombligo.

Sin trucos, ni colas puntiagudas, ni patas de cabra, ni tentáculos o cuernos sobre la frente, era lo más cercano a un humano, casi podía asegurar que lo era, ninguna peculiaridad ni deformación en su cuerpo, era tan perfecto como una figura de yeso.

Y se asombró al notar que también poseía genitales, no pudo comprobar si se asemejaban a los de un humano de carne y hueso, le resultó algo incómodo recordando que tal vez su mente estaba siendo constantemente leída como un libro abierto.

Su cuerpo se sentía aún más ligero a pesar de tener el peso ajeno haciendo presión contra su cuerpo, sus piernas se enredaron en sus caderas atrayéndolo, desesperado por la fruta prohibida que ofrecía, asegurando una gratificante degustación. Ni siquiera usó sus manos para poder entrar en él.

Sus paredes se expandieron permitiéndole más espacio, apretándose alrededor en una cálida bienvenida, tan caliente que sentía el inframundo metiéndose en sus venas, haciendo bailar la sangre hirviente, burbujas y vapor aniquilante, tan caliente como una piscina de magma. Gritó, un grito ahogado callado por los pequeños querubines demoníacos que tapaban sus labios a su alrededor, con manos pesadas como guantes de plomo, sus ojos se llenaron de agua salada cayendo en cascadas por su sien, pero sus manos y piernas se aferraban al cuerpo pálido y duro del ente que lo sacudía como una pluma en la corriente de aire de un tornado y aquellos gritos de dolor se transformaron en gemidos de placer, uno exhaustivo que le quitaba el aire, llevándolo al máximo clímax que alguna vez pudo haber obtenido.

Sus extremidades lucían contraídas, su estómago temblaba, su labio enrojecido de tanto ser presionado por sus propios dientes, una garganta destruida por jadeos, dedos apretándose ante la desgarrante sensación, cada zona de su cuerpo se sentía siendo estimulada aunque la atención de Taeyong solo fuera hacia un lugar en específico. Podía estarlo estimulando psicológicamente pero poco le importaba ya que se sentía jodidamente bien.

“Dios…” gimió su nombre de una forma tan poco gentil, casi como un gruñido, como un insulto. El demonio sonrió chocando contra esa zona sensible que había notado lo hacía temblar como un cuervo atravesado por una estaca.

“Padre Lee…” por un momento creyó estar volviéndose loco cuando su voz hizo eco en su cabeza pero sus labios permanecían inmóviles, un sucio truco del infierno “... Está usted disfrutando de este acto de perversión, ¿no es así?” Taemin negó arqueando su espalda en dirección al punto que los mantenía conectados, suplicando que golpee una vez más esa zona que descubrió le encantaba.

“Santo Dios…” jadeó sintiendo la piel de sus mejillas hervir y sus labios escocer habiendo sido previamente arañados por el demonio de ojos abismalmente negros.

“Tu estúpido Dios no te oye… Estás a mi merced…” susurró enviando calor a su oído.

“Demonio sodomita, irás al infierno en cuanto…”

“¿En cuanto qué? Hábito el infierno, aún sigo aquí, tú has sido arrastrado conmigo, tu fé y tus juguetes religiosos no fueron capaces de mostrarte el camino de luz, al contrario, decidieron expulsarte y dejarte ser llevado por la tormenta negra hacia los huesos de los que alguna vez creyeron en tu Dios y se rehusaron a abrir los ojos al habitar el inframundo… Dime Lee Taemin, ¿morirás siendo siervo de alguien que te abandonó o vivirás por el único ser que no te soltó la mano desde el inicio?” preguntó deteniendo todos sus movimientos, el cuerpo del joven rubio se sintió tan solitario y frío por un segundo. Sus ojos lo miraban pero no de aquella forma que lo hacía sentir cálido, tragó saliva, dedos acusadores volviéndose más duros, constantes al igual que sus palabras e insultos que no podían creer cómo se había dejado seducir por un demonio blasfemo.

Miró el rosario en su mano, detenidamente, inspeccionando con profundidad los extractos de agua bendita que había rociado en él, sonrió mirándolo de lado, frotó la sagrada cruz contra su cuerpo desnudo y sudado, tan grotesco que el demonio largó una carcajada, pudo oírlo jadear cuando el frío metal tocó su pelvis y entonces tiró el colgante al otro lado de la habitación.

Sus manos titubeantes se posaron con suavidad sobre los hombros ajenos, desnudos al igual que todo su cuerpo sombreado por un halo negro sangrante, sus ojos brillantes como dos perlas de zafiro alimentaron el alma hambrienta del demonio, como un oceáno con olas turbias se sintió azotado por su religión, aquel joven vivo se veía como una figura divina a sus ojos, la definición de sagrado, el engendro de la pelea entre dos dioses.

Fue entonces cuando una fuerza más grande que la de su cuerpo le arrebató un toque, húmedo y con sabor a prohibición, adicción, el beso inmaculado de la muerte. Donde hasta el mismo demonio se sintió perdido entre tanta riqueza y es que los gemidos de Taemin se oían como un coro de alabanzas, una orquesta sinfónica de gritos infernales, cuanto más lo abrazaba más veía el cielo entre capas de nubes oscuras, la famosa luz blanca destellante capaz de dejarlo ciego.

Su cuerpo caliente rodeando su miembro viril, sus labios partidos llenando de sangre su boca, sangre ajena, sangre sagrada, sangre deliciosa que estaría dispuesto a probar por una eternidad. Sus dulces quejidos fundiéndose el la piel tersa de su cuerpo, sus uñas demoníacas arañando la espalda y cintura hasta sangrar.

Oh cuánto amaba el sentimiento de posesión.

Pero Taeyong cree que este tipo de posesión es mucho más memorable que la que pretendía ejecutar desde un inicio.

Se siente satisfecho cuando Taemin lo obliga a acostarse en la cama y se sube encima suyo, tomando el control, su cabello largo se balancea por sus hombros con cada movimiento de su cabeza y lo nota tirarla para atrás cuando el calor en su interior lo llena haciéndolo expulsar su líquido pegajoso sobre sí mismo y el venoso abdomen del demonio.

“Oh Dios…” sonríe lo puede ver a través de los mechones de cabello que ocultan parcialmente su rostro cuando se inclina hacia adelante, una sonrisa burlona que le agrada “Oh Dios… Esto se siente tan… Estuoso y bendito…” se recargó de su pectoral arqueando la espalda como un gato. Mechones húmedos parecían pegarse a su rostro sudoroso.

Taeyong le dio un segundo sintiendo condescendencia pero tan rápido como percibió sus latidos volver al mismo ritmo aburrido se removió poniéndolo de espaldas, apretando su cuerpo contra la santificada cama que los alojaba, porque el demonio estaba cansado, más no satisfecho, quería seguir sintiendo su calor abrazarlo como las brasas del infierno.

Taemin gimió y gimió entre gritos apretando las sábanas blancas debajo suyo, sintiendo las mordidas que Taeyong dejaba en su cuello y hombros, declarándolo de su propiedad mientras golpeaba ese punto dentro suyo con tanta intensidad que sentía su corazón a punto de explotar.

“Ser divino de luz, tan claro como la luna humana, supiste iluminar a un ser tan sombrío como yo entre tanta neblina espesa” recitó oyendo su llanto y observando el temblor en sus piernas “Llenas de benevolencia un alma que vaga entre las tierras del inframundo, enamoras a la muerte para que te alcance y entonces te otorgue el perdón…” Taemin descansó sobre la cama agotado, su corazón bombeando como un tren de carga, su cuerpo húmedo y caliente como una tina caliente, aún así el demonio de ojos negros no dejó de contemplarlo a su lado, contanto los latidos de su corazón viviente “Y ciertamente sería incapaz de hacerle daño a alguien que ha sido tan devoto a mí, no podría alejarte de mí un segundo, quiero que vengas a mí, que te vuelvas uno con mi tierra…”

Taemin abrió sus ojos observando las orbes que se reflejaban en los ojos de aquel ser, casi podría decir que lucían como estrellas o más bien una galaxia entera.

Aceptó el trato, estaba lo suficientemente entregado a él como para seguirlo aunque significara la muerte, porque esa mañana el padre Lee apareció ahorcado por su propio rosario arrodillado en desnudez justo frente a su cama, las cruces habían sido tiradas a sus costados y por la pose en la que había parecido indicaba una previa oración.

Pero es que la muerte había sabido tan excitante que el amargo de la vida se fundió con la dulzura del amor opacando la frontera entre la vida y la muerte, el cielo y el infierno.

Poco le importaba lo demás si había alguien que le había jurado permanecer junto a él durante la eternidad y por primera vez llamó Dios a alguien que no permanecía mudo en un gran libro.