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Debería ser uno de los días más felices de su vida.
Debería estar con sus amigos, brindando cerca del banquete, recibiendo las risas y las bromas del final de toda una era, pero entre toda la gente que se ha juntado para celebrar ninguna de ellas es una cara conocida en la que pueda buscar un refugio, no hay nadie aquí que alguna vez llamó amigo porque se pondría a llorar y toda la escena que ha preparado por años se desmantelará. No podría mentirles a ellos. No puede mentirle.
Si hiciera que todos vinieran, sin excepciones, todos se darían cuenta de su devota fe y lealtad que ha prometido entregarle a alguien más hace mucho ya no ha sido suya. Respira con fuerza antes de terminar la mitad de su copa en un solo trago, los mayores cerca de él aplauden como si hubiera cerrado el mejor de los negocios, les sonríe tímidamente antes de escaparse de sus comentarios.
Debería estar feliz. Pero su pecho pesa, su gusto es amargo, su alma gime en desamparo y sus ojos pelean contra la fuerza del mar que quiere escapar por ellos. Debería ser feliz porque él tiene una vida, una familia que lo bendice, un estatus económico que le permite dedicarse a sus hobbies, que le deja poder vivir una tarde como está sin estar preocupado por su inevitable caída y esta noche será solo el inicio de una vida mucho más maravillosa, con alguien que es gentil, que es convenientemente atractivo, que se ríe como las olas de mar y lo mira con una admiración que lo avergüenza.
Pero es miserable, está en una habitación llena de gente que genuinamente está feliz de que vaya a firmar sin ser forzado, un contrato que une familias en un arriendo que beneficia a la misma parte que son ahora, una matrimonio que hará a las grandes familias una sola, es miserable que ahora le deberá fidelidad a alguien que no puede decir que siente la pena corrosiva que le pudre los huesos. Que ahora será para el resto de su vida un fantasma que le llamara cariño mientras se muerde la lengua.
Lo que hace más desagradable esta experiencia es que él estaba ansiando esta vida hace solo un año, pero los meses le han descubierto un mundo diferente, uno donde las luces son bajas y la oscuridad es cálida, donde su vulnerabilidad no es un arma de guerra pero algo que merece ser amado, que debe serlo, ha descubierto en la lejanía de un viaje de negocios, lo que es sentir, lo que es quebrarse de irá, lo que es sentir la felicidad desde el centro del estómago hasta el hormigueo de los dedos, ha aprendido a llorar por la persona que pudo haber sido, por el niño que robaron su niñez, por haber perdido la capacidad de amar. Pero le enseñaron de nuevo, le enseñó de nuevo, le tomó de las manos y bailaron sobre charcos de lodo, le dejó comer su comida favorita a las tres de la mañana, a que sus dedos ansiaran su toque y fueron saciados.
Ahora es miserable, porque la probada de lo que la vida realmente es la ha tenido que escupir a la fuerza y siente el sabor adormecer su lengua, se siente como si estuviera mirando su saliva llena de oro escurrir de su boca, la ve oxidarse, pudrirse, nunca podría volver a tomarla, nunca será suyo de nuevo el reír hasta que le duela el estómago, amar hasta que sienta todo su cuerpo suyo de nuevo, solo sabrá llorar en soledad, encerrado en cuatro paredes que nunca harán eco de su voz gangosa, se deshará por el resto de su vida en esos meses donde coincidieron como las auroras boreales que miraron centenares de noches juntos.
— ¡Sam! — Despierta de su caminar sin sentido al sentir cómo le sujetó del brazo, Foolish está feliz, rebosante de energía, sus ojos siguen brillando como oro líquido detrás de ese verde al que se había hecho familiar toda su vida, ahora le parecen desabridos, tan vacíos como los de él mismo, puede ver el momento donde su felicidad se tambalea y se convierte en una mueca de preocupación. — ¿Está todo bien? Pareces un poco fuera de lugar... ¿te sientes mal?
Siente que se ha arrancado el corazón y se lo ha tenido que tragar de nuevo pero ya no sirve, siente que sus latidos son porque se le ha olvidado que murió a su cerebro y sigue andando se por pura inercia, siente que si cae al suelo este va a absorberlo y hundirlo hasta llegar al más profundo de los círculos del infierno y Judas le mirará aterrado de su acto cometido, pedirá que creen un solo círculo para él porque alguien tan maligno no merece ni la misericordia de pasar la eternidad en el noveno círculo.
— No, estoy bien. — Miente con facilidad, su mano sostiene la de su pronto a ser prometido, cuando su madre le venga a dar la señal para que recite un discurso que no es suyo pero ha memorizado como sus últimas palabras de sentencia. — ¿Cómo estás? ¿te estás divirtiendo?
— Si, ya sabes hay mucha gente suponiendo que es nuestra fiesta de compromiso pero juego al tonto, aunque creo que se me nota en la emoción. — Lo hace, lo conoce de toda su vida, sabe cómo es feliz también, nota como muerde su mejilla interna para no saltar como crío con nuevo regalo. De verdad se merece lo peor que la eternidad le tenga deparado a él.
Su relación de años fue orquestada por sus padres, era él o su mejor amiga Akira y en ese momento donde no tenía tiempo de enamorarse o la idea de que podría hacer algo así lo tomó como un regalo, se encariño de su novio como uno se acostumbra a como entra la luz por la ventana a la misma hora todos los días. Pero ahora ve la luz como una sentencia a sus ojos cansados, le sonríe como siempre lo ha hecho y caminan juntos a lo que supone es el banquete.
Dónde está su madre con una copa llena que le estira tan pronto están cerca, Foolish la abraza como si fuera la primera vez en la noche, ríe de su conversación, de sus halagos, fingió no notar cuando su madre mete algo a la bolsa de su saco, los grilletes que nunca lo dejarán volver a la espalda con el mapa del cielo en forma de lunares que sus dedos trazaron.
Foolish es separado de su lado un segundo por sus hermanos que lo felicitan en voz baja, su madre le quita la copa de la que no ha tomado nada, sus ojos son serios, ya les había dejado saber su deseo, su verdadero deseo de ser libre en los brazos del único que ha logrado amar, tuvo la misma esperanza sin sentido que le había contagiado una nariz de botón y labios delgados, pensó que sus padres lo amarían, le tendrían piedad, lo dejarían en libertad.
Bueno, obviamente eso no pasó.
— No nos decepciones. — Asintió solo una vez, tratando de no encontrar la frialdad de sus ojos de la mujer que le trajo a este mundo y le quitó la vida. — De nuevo, sé un hombre.
— Gracias, madre. — Su voz es plana, cuando extiende la mano Foolish vuelve a tomarlo.
— Sean bendecidos mis niños. — Dice con una dulzura tan falsa que le amarga el gusto, Foolish arrulla con ojos llorosos a la bendición de la mujer.
Regresan al centro del salón, la música cambia, los invitados empiezan a mirarlos, a hacer un círculo alrededor de él, listos para el juicio donde no es que sea inocente o culpable pero cumple una sentencia.
— Foolish. — Su voz es muy baja, su prometido malinterpreta el porqué, pero no quiere especificar que es porque su propia alma berrea un nombre que debe haber olvidado como quien olvida poner la silla en su lugar de un restaurante. — Nos hemos conocido por años, mi vida… no hay un espacio en mi vida donde no estés tú.
La multitud hace ruidos de ternura, toma ambas manos de su prometido, donde no hay ningún anillo aún, hay un fantasma sosteniendo sus hombros pidiéndole que corra lejos de ahí, se queda en silencio, trata de evitarlo pero su cerebro es lo suficientemente cruel para mostrarle manos más delgadas y largas, garras chatas y negras, con una cicatriz tan antigua que solo notas si pones atención.
— Te amo. — Susurra Foolish como recuerdo de que no se va a ir, que no tiene nada por lo que estar nervioso, que su respuesta ya es si. Vegetta siente las lágrimas caer por sus mejillas.
— ¿Podrías darme el privilegio de ser mío? — Jadea, no va a poder dar todo el discurso, lo ha olvidado ya, Foolish jadea de la sorpresa. — ¿Podrías aceptar pasar el resto de nuestras vidas juntos?
La sala estalla en aplausos sin darle oportunidad al menor a responder y por segundos espera que lo haga feliz de verdad y le diga que no, pero siente como le aprieta las manos para que lo mire a los ojos, respira hondo.
Se rompe una copa.
Todos giran en la dirección en lo que eso ha sido.
Samuel siente más lágrimas caer junto con su mandíbula.
Rubén está empapado, la camisa desarreglada, sus ojos rojos que lo delatan que no ha dejado de llorar, siente demasiado siempre, siente rápido y mucho, siente porque nunca le prohibieron hacerlo, el vino de la copa le saltado a la camisa.
— Jodete. — Dice en un suspiro, arrastra el labio inferior desde adentro como si pudiera hacer que le llegará justo al corazón, ya hay seguridad a sus lados para llevarlo sin hacer un escándalo pero el de castaño se sacude de su agarre.
Como una tormenta, sin pedir permiso, rompiendo todo a su paso. Nadie sabe que decir, nadie sabe quién es, no saben a qué se refiere, ni siquiera sus padres aunque deben suponer lo por como sus hombros caen y sus manos solo siguen con las de Foolish porque el menor lo sigue sosteniendo.
— ¿Te conocemos? — Pregunta su novio, Samuel es el que asiente, Rubén no se molesta a responder eso, en vez de eso trata de sacudirse el dolor de verlo con alguien más.
— Estás tan jodido. — Se burla Rubén, pero el llanto le deja ver que no es desconocido a la pena que trata de ocultar. — Tan jodido, estás dispuesto a ser miserable por el resto de tu vida cuando podrías estar conmigo, podrías elegirnos. Pero no, preferirías estar podrido, preferirías estar podrido hasta la médula, estás tan jodido que puedo sentir lástima por ti y tu estúpida testarudez.
— Yo…
— Pero más aún, estoy tan jodido que crucé el maldito mundo sólo para verlo con mis propios ojos. — Rubén jadea, los de seguridad no tratan de jalar, demasiado sorprendidos. — Y siempre llego tarde, lo dijiste, si nos hubiésemos conocido antes, si por casualidad pudiéramos ser más como el otro, pero es agotador porque por primera vez realmente intenté llegar a tiempo, pero parece que llegó toda una vida tarde, así que tal vez nunca tuve una oportunidad, pero estaba dispuesto a hacerlo.
— Rub… — Foolish lo sostiene con más fuerza cuando trata de dar un paso en su dirección, los ojos verdes con más vida que ha visto se alejan un poco más.
— ¿Pensaste que realmente puedo seguir adelante? ¿Se te pasó por la cabeza que no soy un mentiroso?— Samuel niega porque sabía lo que estaba causando, sabía que merecía ser infeliz. — ¿Sabías que podría romperme bajo el peso del amor bondadoso que todavía llevo por ti? ¿que yo caminaría tan lejos sólo para sufrir la herida de finalmente conocerte?
— ¿Quién eres? — Rubén deja los ríos bajar por si rostro como aquellos en los que mandaron juntos, como aquel donde se permitió olvidar que su corazón no era algo que pudiera regalar pero se lo dio, se lo daría un millón de veces más aún sabiendo que este sería su final.
— Vete a la mierda. Creo que mereces ser amado, que te cuiden, que te traten con ternura, pero también creo que mereces ser miserable por lastimarme hasta en lo más profundo de mis huesos. — Rubén da otro paso más lejos, dándole por su cuenta el castigo que él mismo ha asumido. — Por hacernos daño y no tener arrepentimientos, te fuiste y ni siquiera te atreviste a despedirte, eres un cobarde pero sí te amo.
— ¿Quién mierda eres? — Foolish se ha cansado de ser ignorado, Rubén levanta los hombros.
— Te amo y también sé, yo... por Dios, sé muy bien que me amas y estás condenado a no elegir la libertad, bueno, vete a la mierda. — Camina lejos, dándole la espalda sigue hablando. — Yo estoy condenado a amarte pero tú estás condenado a amarme igual y no elegirnos.
Todos siguen en silencio aunque se haya ido.
Samuel jadea con todo lo que no puede decir, siente sus rodillas fallarle, no sabe cuántas veces más puede decirle adiós y sobrevivir.
— ¿Sam, qué pasa? — Pero piensa que es mejor darle la bienvenida miles de veces más con tal de poder verlo, la mano de Foolish sigue aferrada a las suyas cuando lo siente intentando alejarse. — No hagas esto, no me dejes así.
— Ojalá pudiera arrepentirme y mentirte, pero no tengo tiempo, no puedo llegar tarde. — Las manos de su ahora ex novio no lo sueltan tan fácil, la gente sigue demasiado conmocionada para detenerlo, los de seguridad tratan de pararlo pero no les da tiempo.
El agua es helada contra su cuerpo, cae con fuerza contra la tela y en menos de tres pasos ya siente toda su ropa pegarse a su cuerpo con violencia pero no le presta atención, demasiado enfocado en tratar de vislumbrar al que le enseñó a ser egoísta y desear para él mismo, es borroso por la fuerza de la lluvia pero alcanza a verlo y es verdad que lo reconocería en una sala llena de gente, corre sin pensarlo. Rubén se detiene a tomar aire dos edificios más adelante que él por lo que no tiene que gritar para alcanzar, lo jala del brazo viendo el terror en sus facciones por medio segundo.
—¡ ¿Qué haces aquí?! — Le grita para que pueda oírlo claramente.
— Viniste y diste ese discurso y esperabas que yo no corriera detrás de ti, ¿en serio? — Rubén niega y trata de alejarlo pero sus manos han encontrado de nuevo su lugar en el mundo.
— ¡Me dejaste! Mi madre no sabía dónde seguir a mi padre pero yo sí, tenía que llamarte cobarde en la cara por abandonarme a media noche cuando habías gemido en súplica que me quedara contigo. — Rubén lo golpea en el pecho pero lo deja presionarlo contra la pared. — Eso no fue justo, no es justo.
— Tienes razón, te amo. — Antes de darle tiempo de responder lo besa, Rubén lo sigue sin protestar abre sus labios en el mismo momento, le respira fuego de regreso al cadáver en el que se había convertido, siente que se puede derretir aunque tiemble de frío.
Y cuando se separan el vaho de sus respiraciones forma en corazón sobre sus cabezas.
— Te fuiste…
— No quise convertirme en un fugitivo, o que fuésemos una aventura, no podía hacerte eso, hacernos eso, no dije adiós porque no me iba para siempre, tuve tu fe pero no me aman y no me dejaron volver a ti, lo intenté. — Rubén junta sus frentes y tiembla. — No tuve que elegir porque no hay nada más que tú pero no podía irme.
— ¿Vas a venir conmigo?
Samuel ríe, sostiene sus manos.
— Cruzaré tormentas contigo.
