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" Seremos los más aburridos del lugar, pero también los más divertidos en la intimidad "
Otra Simple Pareja Aburrida | OsaSuna
No recuerda haber tenido un momento de incomodidad con Osamu. Con Atsumu, (el gemelo que no soportaba) sí que tenía muchos, pero la mayoría de ellos eran incomodidad por parte del rubio, no suya.
Por lo que, nunca se había sentido cómodo con Atsumu nada más, o al menos así era al comienzo. Conocer a los gemelos Miya fue, sin duda, el más grande jaque mate del destino hacia su persona, —y eso que había muchos de esos.
Sin embargo, conocer a Osamu a fondo, fue una de las experiencias más divinas que el destino le había preparado.
Osamu era el gemelo "aburrido" —como lo nombraba Atsumu con riña— es decir; el serio, el que sí sabía cómo socializar correctamente sin involucrarse por completo, el listo, quien tenía mejores calificaciones, el más calmado y, sobre todo, soportable de los Miya.
O al menos eso era lo que pensaba el 89% de las personas que conocían a los hermanos. Y Rintarō no exceptuaba a ese 89% hasta antes de los doce años.
Explicar cómo fue que se dio cuenta de que Osamu y Atsumu eran más similares que diferentes serían una larga historia, (o eso le gustaría decir). En realidad, es más bien una historia corta y graciosa, más graciosa de lo que jamás admitiría.
De todas formas, fuera como fuera, ese día, se dio cuenta de que esos diablos se aliaban cuando querían para hacer pasar pena en la mínima oportunidad que se dé a lugar, y, que nunca más tenía que bajar la guardia de tal manera con ellos.
Después de todo, son lo mismo, solo que uno le caía mejor que otro el 98,9% de las veces, mientras que el otro porcentaje estaba ahí para cuando se le ocurriera hacer bromas con su hermano. Y luego de algunos años encontré ese pensamiento equivocado, pero eso es arena de otro costal.
Comenzar a indagar sobre su sexualidad era, sin duda, algo que le ponía los pelos de punta.
Y no porque le asustara (o tal vez sí, aunque solo un poco) sino más bien por todo lo que conllevaba hacerlo. Pensar en sí mismo, en sus gustos, en sus preferencias, autoanalizarse lo suficiente como para llegar a una respuesta que lo haga sentir satisfecho... era demasiado cansador.
Pero algo que nunca lo haría cansarse eran las tardes en las que, como en cualquier día de verano, compartía interminables caminatas por las calles de Hyogo con Osamu Miya, por quien definitivamente sintió más que amistad. Y Rintarō lo sabía.
Sabía que no era normal mirarle los labios o echarle una que otra mirada a su torso desnudo en los vestuarios.
Y con "normal" no se refería al sentido explícito de la palabra, no. Se refería a que ello no era "normal" en una amistad, como sabía que no era "normal" sentirse atraído por él de la manera en que se sentía, pero no quería ni siquiera intentar controlarlo.
No sabía si era por flojera o por simple comodidad, pero no quería manejar sus sentimientos, cuando ni siquiera él podía ponerle nombre a los mismos. Solo lo dejaba fluir, y no le parecía una mala idea, por ejemplo, los actos que conllevaban dejar fluir sus sentimientos.
Como en aquel momento, en que sus miradas estaban enfrentadas, una contra la otra, ninguno de ellos sin emitir palabra alguna, con sus miradas brillando en algo que ninguno se dio tiempo de interpretar antes de juntar sus labios en un toque suave, que los volvería locos.
Rintarō ni siquiera entiende como es que pasó, segundos antes estaban caminando hombro a hombro por su parque favorito, acompañados nada más por las farolas y por la fresca brisa nocturna del verano. De un momento a otro, Osamu guardó silencio y se miraron por encima de los hombros por lo que parecieron horas.
Y luego estaba eso, esa insignificante presión de pieles que se mantuvo ahí durante varios segundos, los suficientes para poner colorado a Miya hasta las orejas a la hora de separarse y lograr una sonrisa mediana en Suna.
Recuerda la brisa golpeándole la cara, ver el brillo en los ojos de Osamu en medio del rojo de su rostro, recuerda el silencio que aconteció después y como al inclinarse de nuevo se besaron nuevamente, esta vez moviendo los labios con delicadeza y lentitud.
Recuerda las mejillas regordetas y calientes de Osamu entre sus frías manos, recuerda el sabor de su boca la primera que lo probó y recuerda como el corazón le martillaba con fuerza en el pecho a la par que sus labios se movían tan lenta y delicadamente que parecía que el resto del mundo podía irse al infierno.
Recuerda con exactitud ese momento, así como recuerda haber tenido una especie de viaje astral, porque su siguiente imagen al separarse es nuevamente un Osamu Miya con las mejillas regordetas rojas y calentitas entre sus manos, solo que esta vez vestía una toga azul larga por debajo del infame uniforme del Inarizaki.
Lo recuerda.
Recuerda que Osamu había elegido ese preciso instante para decirle lo que en verdad quería en la vida, que amaba la cocina y que no tenía idea de cómo decírselo a Atsumu. Recuerda como en medio del pánico que comenzó a demostrar Miya menor, lo tomó de las mejillas con delicadeza y lo atrajo hacia él para calmar sus labios con un beso suave, tan suave que le recordó a la primera vez que lo hicieron hace dos años, en medio del parque.
Lo recuerda, así como recuerda las palabras que le dirigió;
—Donde sea que quieras ir, yo estaré junto a ti, Samu. Sé que él también te apoyará en todo, así como tú lo apoyas a él, pero no te negaré que se enfadará, te golpeará y llorará, pero, a fin de cuentas, te apoyará, así como yo.
También recuerda el rostro aliviado de Osamu, como sus labios temblaron levemente mientras lo volvía a atraer hacia él y cobrarle esas palabras con un beso intenso mientras sus manos se encargaban de repartir caricias por encima de las togas perfectamente planchadas que pronto lucirían arrugadas a la hora de subir al podio, pero que en aquel momento no importaba.
Porque ambos lo sabían.
Ambos sabían el significado que cargaban esas palabras, ambos entendían la perfección que, con esa frase, la brecha entre "no somos amigos" y "no somos pareja" se había cerrado.
Era muy difícil de entender, pero al mismo tiempo era fácil de hacerlo.
No sabía si lo había entendido por como se miraron a los ojos, o por cómo se sonrieron o por como se besaron. Solo sabía que lo sentía desde el fondo de su corazón, que una voz interior se lo gritaba y que, al ser un hombre que ponía su fé en sus intuiciones, no se que equivocaba.
—Rin... Rin... ¡Rin!
El pitido en sus oídos se detuvo, así como su mirada ya desenfocada que alguna vez estuvo fija en las maletas que yacían frente a él, las mismas que habían arrastrado por varias cuadras luego de una horrible discusión con su hermana.
—Buenas noches. — saludó con su tono monótono
—Rin, dios mío. ¿Qué sucedió? — Osamu lo tomó de la manga y lo arrastró hasta adentro de su departamento y Suna se encontró a si mismo tirando de las maletas mientras cruzaba la puerta hasta el genkan —Son las dos de la mañana.
—Ah, ¿es tan tarde? Lo siento.
—¡Samu! ¿Qué esta pasando? Me levanté para tomar agua y vi las luces encendidas y... — una voz emergió desde la cocina (que no estaba muy lejos de la entrada, a decir verdad) y llegó hasta donde ellos estaban —¿Sunarin? ¿Qué sucede? ¿Tienes idea de la hora que es? ¡Mañana tenemos un partido a las diez!
—Sí, lamento las molestias ... — bajó la mirada
Los gemelos compartieron miradas preocupadas, ambos miraron al castaño a la par para luego volver a compartir miradas. Se miraron por un largo rato, y aunque Suna no podía verlos por estar entretenido mirando sus pies, sabía que lo estaban haciendo. En otras circunstancias tal vez le hubiera molestado, pero ahora mismo no, ahora solo quería abrazar a Osamu hasta el amanecer.
—Eh, yo me voy... — Atsumu rompió la conexión telepática con su hermano (como le decía Rintarō a esas veces en las que parecían hablar por la mirada) —Iré a correr. El sueño se me ha ido, gracias por nada, Sunarin.
Rintarō se hubiera sentido culpable si no fuera porque sabia que esa excusa era mas que inventada. Tal vez se sintió solo un poco mal por sacar a Atsumu del departamento con su hermano, porque sabía lo mucho que los gemelos se había estado añorado en estos años que el rubio estuvo jugando en Osaka.
Pero Rintarō era un perfecto egoísta.
Uno que ni bien oyó la puerta cerrarse a sus espaldas se lanzó a abrazar a su novio.
El dulce aroma a azúcar quemada que por alguna u otra razón siempre poseía Osamu a pesar de ser un cocinero y no un repostero llenó sus fosas nasales y automáticamente el malestar que lo hacía sufrir se disipó en un 89%. Como cuando las nubes despejaban el cielo con gracia y lentitud, con paz.
Las cosas Suna Rintarō y Suna Rumi, los únicos hijos del que alguna vez fue el matrimonio Suna, iban de mal en peor.
Hace dos años, tras haber pasado un año de la llegada del mayor a Tokio y su entrada a los EJP Raijin, la menor había decidido aplicar a la universidad de la capital nipona con la excusa de pasar mas tiempo con su hermano.
Y por un año entero les fue bien, siempre estado unidos ya que tan solo se llevaban tres años.
Hasta que Rintarō dejó de pasar mucho tiempo en el departamento, hasta que Rintarō comenzó a llegar solamente para dormir, hasta que Rintarō se volvió un adicto al vóley, en palabras de Rumi. Cosa que puede que haya sido así, ¿pero porque la molestaba tanto? ¿Acaso no había aprendido nada con los reclamos interminables de su madre hacia su padre y de como eso no llegaba a nada?
Y aunque las tensiones se elevaron y bajaron por un año de manera indecisa, hace apenas unas horas la gota que derramó el vaso se hizo presente y las tensiones se convirtieron en un bombardeo de palabras hirientes que vilmente atravesaron el corazón de Suna Rintarō como una flecha , separando carne, drenando sangre y sacando lágrimas.
Él no era ningún llorón, pero aquellos regaños y victimización le eran tan asquerosamente familiares que le entraban ganas de ocultarse bajo las sabanas y no salir nunca más, de llorar hasta deshidratarse y morir, de no volver a ese departamento que pagaba junto con su querida hermana nunca más.
Había escapado de Hyogo por una razón.
Su madre.
¿Qué le había hecho esa mujer a su dulce hermana? ¿A su tierna hermanita que siempre lo molestaba para que ponga mejor cara? ¿A la niña inteligente que tenia el mejor promedio de su generación? ¿A la hermosa adolescente que siempre lo incentivaba a seguir con el voleibol?
Su madre había sido una mujer marcada por la vida de una forma dolorosa. Nara Rio (había vuelto a usar su apellido de soltera luego del divorcio) se había encargado de despedazar su familia de una forma violenta debido a sus traumas infantiles no tratados.
Y no era justo.
No era para nada justo.
Era absolutamente injusto que él, su padre y su hermana sufran por traumas que ni al caso con ellos, que ellos ahora tienen complejos y dificultades durante la adolescencia y el comienzo de la adultez por culpa de traumas ajenos.
No era justo.
Ellos no lo merecían.
Su padre, Suna Yuuji se había divorciado de su madre cuando Rintarō tenia tan solo trece años, debido a las constantes agresiones psicológicas y verbales que recibía día a día por parte de su esposa. Y a pesar de apelar por la custodia de sus hijos durante dos años y medio de juicio, Rio se quedó con la custodia completa y con el 50% de los bienes del hombre, además de una pensión para cada uno de sus hijos con el valor de casi la mitad de su sueldo.
Pensión que no era 100% gastada en sus Rumi y Rin, claro está.
Era demasiado. Incluso para él.
Solo Necesito estar un momento con Osamu, unas semanas, impregnarse de su olor, abrazarlo por las noches, despertar con un delicioso desayuno, verlo cuando nuevamente vaya a almorzar en Onigiri Miya y listo, estaría como nuevo en aproximadamente un mes.
Sí, no era la manera mas acertada de tratar con sus problemas, pero era una manera .
Una manera que lograba recomponerlo gloriosamente, porque con Osamu no existían altos ni bajos, con Osamu nunca iba mal, con Osamu todo era dulce, con Osamu todo era relajante, con Osamu todo era seguro y tan malditamente hogareño que no cabía duda en su ser de que lo amaba tanto como a su propia vida.
Porque cuando Miya lo tomaba de las mejillas con delicadeza, limpiando su llanto con suavidad mientras lo mira a los ojos con amor, para después besarlo con lentitud, con consuelo, con dulzura. Como si el manjar que significaban esos labios fuera suficiente como para acallar la bestia negra en su interior que cada vez lo hacia sentirse peor, como si la dulzura del roce de los felpos, tan suave y delicada como el roce del viento contra las flores en primavera fuera suficiente para apagar el mundo cruel que los rodeaba y generar un millón de sensaciones felices que eran imposibles de explicar.
Y así era.
Con Osamu Miya nunca había tenido un momento de incomodidad, ni de tristeza, mucho menos de enojo o soledad.
Nunca peleado a tal punto de que alguno de los dos apretara los puños debido a la rabia. Nunca se gritado más que en broma. Nunca probado varias posturas a la hora de hacer el amor, siempre eran las mismas cuatro de siempre. Nunca lastimado al otro con sus actos o desde el juzgado las decisiones del otro. Nunca se está herido físicamente con maldad, siempre con juguetonas mordidas que eran hechas mas por jugar en un momento cualquiera en que se encontraban juntos.
Nunca se haya dejado de amar y era certero que nunca lo harían.
Siempre había sido así.
Siempre se ha apoyado entre ellos, impulsando mutuamente sus sueños, con cariño, con esperanza, con esa calidad que Rintarō había encontrado en un solo lugar, una que ni siquiera su familia le había dado. Con Osamu Miya, el amor de su vida.
Y era cursi, demasiado.
Pero, ¿acaso tenia algo de malo ser cursi con la única persona que había estado ahí para él de manera incondicional, incluso desde antes de haberlo necesitado como tal? Tenía una gran justificación para ser todo lo cursi que quiera con el castaño, e iba a hacer uso de ella por el resto de su vida.
Porque planeaba pasar el resto de su vida junto a Osamu. Y no solamente lo planeaba, estaba 100% seguro de que así seria, que envejecería junto a él y eso seria un jodido privilegio.
Su plan, (que por cierto estaba ya en marcha) consistía en jugar al vóley hasta que sus huesos dijeran basta, para pasar a trabajar en Onigiri Miya junto con Osamu, ya sea de mesero, cajero, fotógrafo promocional (estaba tomando los estudios pertinentes para ello, obviamente, aunque no necesita demasiado de ellos, tenía experiencia en el campo gracias a los gemelos y sus peleas) hasta poder cobrar su jubilación y pasar el resto de sus días en una casa de campo en las afueras de la ciudad, dejando el negocio en manos de algún pupilo decente.
Todo esto junto a Osamu, sin apartarse de él en ningún momento. Su plan era seguir pasando su vida junto a él, viendo televisión, riéndose de Atsumu, leyendo, siguiendo recetas occidentales de cocina un domingo por la tarde, abrazándose en la cama cuando la madrugada llegue a su punto mas frio, besarse en la mañana sin cepillarse los dientes y siendo tan excéntricos, sarcásticos e introvertidos como ellos solos.
Sí, tal vez su plan de vida sonaba un poco aburrido y demasiado maduro para alguien de su edad, pero, ¿acaso importaba? Para él ese plan era la gloria y no lo cambiaria por nada del mundo.
Ni siquiera las palabras sarcásticas de Atsumu podrían hacer cambiar de parecer.
—Son asquerosamente aburridos, ustedes dos. La pareja más aburrida que he visto en mi vida — se burló Atsumu mientras dejaba caer el brazo izquierdo sobre el hombro de Sakusa, sin dejar caer su brazo sobre el hombro de Sakusa realmente —Es imposible que no hayan tenido una pelea decente en la vida. Puaj, dan asco.
Rintarō sonrió con parsimonia, mientras apretaba su mano contra la de Osamu, quien soltó una larga carcajada sarcástica que lo hizo vibrar también a él, pues estaba recostado contra su hombro.
—Mínimo no nos peleamos por quien es el top en la relación — se jactó.
Atsumu se puso rojo como un tomate —Oh, cállate, eso fue una vez. — luego tembló levemente ante la mirada furiosa de Sakusa, quien también se veía sonrojado bajo la mascarilla —Omi-kun no te enojes conmigo por decirle eso a Samu. Estaba borracho así que básicamente no cuenta.
—Tu no bebes, es antideportivo. — contraatacó, escéptico.
El rubio soltó una risa nerviosa. —Cierto... — y luego de un silencio —¿Sabías que la cantidad de azúcar que contienen los refrescos aflojan la lengua del 70% de la población japonesa? ¡No es culpa mía! Somos susceptibles al azúcar, está en nuestros genes.
—Jesucristo, deja de inventarte tonterías, mitómano. — Sakusa demostró una desagradable mueca de disgusto —Hablaremos de esto al llegar al departamento. — sentenció Kiyoomi, sin dar lugar a tregua.
—Si, Omi.
Osamu soltó una risa larga, sosteniéndose el estómago mientras reía para el deleite de Suna, quien amaba cuando esa risa escandalosa se hacía presente, por lo tanto, apartó su hombro de ahí para admirar tanta belleza junta.
—Prefiero ser aburrido a ser como tú. — admitió Osamu, con una sonrisa comemierda en los labios. Suna quería besarlo tanto que dolía. —No puedes simplemente aceptar que "hablarán de ello al llegar a casa" — soltó una risa —¿Quién lleva los pantalones en esta relación?
—Oh, cállate. Tú tienes la pareja más aburrida del mundo. — repitió el rubio —Y obviamente yo soy el hombre de la relación. Soy yo quien sale a proveernos de alimento y techo cuando llega el invierno y... ¡¡Ay, Omi eso duele, carajo!!
Su frase vió interrumpida por Kiyoomi, quien le pellizcó la pierna con fuerza sin dejar de mirar con rostro impasible a su cuñados.
—Miya ruega por abrazos en la noche. — soltó con tranquilidad el pelinegro —Y también pide ser la cuchara pequeña como premio cada que competimos. Es exasperante, sinceramente.
Suna sonrió, hablando por primera vez en la noche. —Bienvenido a nuestro mundo desde los 13, Kiyoomi-san.
—¿De casualidad saben de la existencia de un botón de mute?
—¡Omi!
Osamu se carcajeó de nuevo. —¿Hacen esto todo el día? ¿Y se supone que Rin y yo somos los aburridos?
—Son aburridos, nunca hacen nada interesante. — gritó Atsumu, orgulloso y confiado de sus palabras —Siempre con esas caras monótonas y ese tono de voz pastoso, como si realmente les aburriera todo a su alrededor. Tal para cual, ¿a qué sí, Omi?
Kiyoomi, nuevamente, no estaba muy metido en la conversación, o al menos eso intentaba demostrar. Por lo visto, con esas frases anteriores ya se le había acabado la batería social. —Ajá.
—Digo, algún pasatiempo han de tener. — retomó el punto —Ya llevan más de cinco años juntos desde que terminamos la preparatoria, viven juntos. No me trago eso de que no tienen diferencias.
—Las tenemos, como toda pareja. — afirmó Osamu —Pero no llegamos al punto de perseguirnos por dos cuadras como ciertas personas .
Sakusa volvió a dirigirle una mirada furiosa a su prometido, incapaz de hacer otra cosa.
—Nuevamente, eso fue solo una vez. Y no me mires así Omi, ¿acaso no te gusta que hable de ti con mi hermano? ¿De quién hablaría con el feo de Samu si no es de ti?
Luego de afinar la mirada en el rubio por varios segundos, Kiyoomi declaró: —Ambos son básicamente iguales.
—¡No! — se escandalizó Atsumu —¡Samu es el feo!
Con el rostro impasible, Sakusa repitió. —Iguales.
—¡Omi! ¡Se supone que estás de mi lado!
—Nunca había afirmado o negado tal cosa.
—Tch, ¿ves, Samu? — se dirige hacia su hermano —Así actúa una pareja no-aburrida.
"Claro, incapaz de ganarle al novio, va y compite con el hermano". Es lo que piensa Rin.
—Dios, que pesado eres. — suspiró el menor de los gemelos —Empiezo a compadecerme de Kiyoomi-san.
—¡Solo dices eso porque tengo razón! Admítelo, Sunarin y tu son un par de aburridos.
Fue ahí cuando Suna sintió que era el momento de actuar. Soltó una risa grave y suave, abrazando por los hombros a su pareja mientras negaba con la cabeza, una linda sonrisa haciéndose con su mueca que generalmente era iracunda.
Después de todo, Osamu y él eran aburridos. Felices y aburridos. Ellos son solamente otra simple pareja aburrida.
