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I won't need anything, but them.

Summary:

Ser un semidiós es una mierda, pero Hyacinth no cambiaría lo que la vida de semidiós le dió por nada del mundo.

Work Text:

Hyacinth podía decir abiertamente que su vida era una absoluta mierda. Era una mierda total, con traumas y mucho trastorno de estrés post-traumatico del que nunca podría huir sin importar cuántas veces su hermano insistiera en que las consultas la ayudarían a vivir mejor.

 

Por lo menos la culpa del sobreviviente no era un algo, siempre se recordaría a sí misma que la guerra era la guerra y que no podías huir de ella ni de la muerte por mucho que lo desearas. La gente moría en la guerra y alguien con una vida mortal como ellos no podía hacer mucho. Salvar a todos era un esperanza estúpida, ella se había hecho consciente de eso desde el comienzo.

 

Pero la cosa era que ella nunca cambiaría esa vida llena de traiciones, estratagemas, puñaladas por la espalda, miradas por el encima del hombro, inseguridad y vigilancia constante.

 

No podía cambiarlo cuando la guerra le había dado los que más atesoraba en el mundo.

 

En su mundo había magia mucho más antigua que los dioses, casi tan antigua como Caos y Fanes, que recorría sus venas a la par del ícor.

 

(A veces sangramos oro líquido con vetas rojas, a veces somos más dios que mortal. A veces, estamos destinados a permanecer anclados a este plano por la eternidad.)

 

Esa magia hacía cosas tan maravillosas como horribles.

 

Convocaba a la llamada de la sangre, unía a los hijos de los cinco mayores y alienaba a los hijos de Zeus y a menudo causaba guerras que eran casi siempre ganadas por los hijos de los cinco mayores.

 

Convocaba a la magia de las memorias, de los recuerdos perdidos hace mucho tiempo, conectando personas que no se recordarían debido a la longevidad de dichos recuerdos, una longevidad que traspasaba vidas e incluso mundos y universos.

 

Pero la más hermosa y a la vez aterrorizante siempre sería la llamada del alma. Convocaba a los espíritus afines y los juntaba, los hacía acercarse, conocerse y más tarde volverse inseparables. La llamada unía a las personas más fuertes y las convocaba para cumplir con su destino.

 

La llamada del alma de Hyacinth la guió hasta Perseo Jackson, Lysander Chase, Will Solace y Nico Di Angelo.

 

La llamada del alma despertó su curiosidad una vez más como lo hizo como cuando conoció a su padre por primera vez y en vez de preguntar por las cosas maravillosas que podían hacer sus poderes, se decidió por preguntar por el, por su historia y por quien era.

 

Porque a Hyacinth no le importaban las ventajas de alguien, a ella le importaban sus acciones.

 

La llamada del alma la incentivó a no escuchar el nombre, los títulos o las ventajas. La hizo observarlos con ojo crítico observar cada uno de sus pasos meticulosamente y la hizo apreciar cada una de sus acciones como si fueran lo más interesante del mundo.

 

Ella no vió al asesino del Minotauro, al héroe de la profecía o al hijo de Poseidón cuando miraba a Perseo Jackson. Ella ni siquiera se interesó por el nombre familiar que hizo que se erizaran los pelos de la nuca y en cambio miró los ojos del color del cuerpo de agua más cercano y sintió que podría ahogarse en ellos y aún así se sentiría protegida en los brazos de Perseo.

 

Ella no miró al gemelo de la siempre mandona Annabeth Chase, a la paria de la cabaña seis o al hijo de Atenea cuando sus ojos se cruzaban con los ojos del color de la plata líquida que pertenecían a Lysander Chase. Ella ni siquiera cedió ante el impulso de pensar que su existencia era incorrecta o un peligro, no le importó ni se lo pensó dos veces cuando decidió que lo único que le importaban eran sus ojos calculadores y fríos, sintió que incluso si le tuviera miedo a la mirada en sus ojos, todo lo que podría sentir cuando el se sentara a su lado sería la tranquilidad de una presencia constante.

 

Ella no vio al médico prodigio de la cabaña siete, al joven prodigio de la sanación, al hijo de Apolo o a su hermano cuando miraba a Will Solace. Ella solo podía concentrarse en esos ojos tan diferentes a los suyos, tan azules como el cielo de un día sin nubes, llenos de determinación y una pasión ardientes que ella estaba segura que podrían quemar tanto como lo hacía el sol. Ella no cedió al impulso de correr cuando lo vio o al deseo de huir cuando hicieron que el fuera quien la cuidara durante sus peores recaídas. En cambio ella se perdió en sus ojos y sintió que incluso si la intensidad o la pasión ardiente de Will llegaban a quemarla algún día a ella no le importaría en lo absoluto, porque incluso si el la quemaba ella nunca sería capaz de soltar la mano firme que el le ofrecía cuando no podía respirar.

 

Ella no vio al rey fantasma, al niño que destilaba muerte o al hijo de Hades cuando miraba a Nico Di Angelo. Cuando sus ojos se encontraban con los ojos marrones, casi negros, de Nico ella solo podía ver la solemnidad y la fuerza de sus emociones detrás de ellos y el brillo compasivo de alguien que había visto demasiado para su edad. (Todos en el campamento tenían ese brillo, pero siempre parecía brillar más en los ojos de sus chicos.) Ella no cedió al deseo involuntario de alejarse y en cambio abrió los brazos y recibió al hijo del dios de los muertos como a un viejo amigo y se propuso ser su pilar y su ancla, a mantenerlo en tierra y a mostrarle la belleza de aquello que los otros ignoraban. Ella se perdió en sus ojos marrones y a veces ella no podía evitar caer demasiado profundo dentro del hoyo sin fin que era el dolor de su realidad, pero el siempre estuvo ahí y tomó su mano (tan parecido a Will, notó, y a la vez tan similar a Lysander) apoyándola en sus peores momentos, sabiendo lo que era estar en su posición.

 

Ella no cambiaría por nada del mundo lo que la vida que tenía, porque cambiarla significaría que Perseo, Lysander, Will y Nico no estarían allí.

 

Y la falta de la seguridad que sentía con Perseo, de la presencia constante de Lysander, el apoyo feroz de Will y la sólida comprensión de Nico sería un golpe crítico para ella.

 

(Porque ella no habría podido sobrevivir sin ellos. Ella no bajó sola al Tártaro, ella no se adentró sola en el Laberinto, ella no estuvo sola como sanadora durante la Batalla de Manhattan, ella no luchó sin ayuda la Batalla del Laberinto.)

 

Al final del día, Hyacinth Jacobs no cambiaría su vida por nada, porque Hyacinth tenía a sus chicos para compensarlo todo.

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