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Marzo 1997
Sus hebras castañas se balanceaban al compás de la fresca brisa que ingresaba por la ventanilla del nuevo rastrojero que su progenitor había adquirido hace unos meses, mientras su cuerpo se movía ligeramente de un lado al otro cada vez que las ruedas se enfrentaban a algún pozo o piedra que asomaba por el camino de tierra.
Sus orbes portaban una mirada perdida, pero que paralelamente se embelesaba con el paisaje que se extendía ante él, como si se encontrara en un trance por la belleza natural que lo rodeaba. En sus belfos estaba dibujada una ligera sonrisa, admirando como el campo argentino se extiende por vastas extensiones de tierra, donde la naturaleza domina en todo su esplendor.
La familia Aimar se encontraba próxima a llegar a su nuevo hogar, la oportunidad de trabajar como ganadero para una familia que vivía en el sur de Santa Fe, más específicamente en un pueblo llamado Pujato se le había presentado a Ricardo.
Y ante la situación económica tan vulnerable en la que se encontraban, no dudó en aceptar, armar las valijas para dejar Córdoba y emprender una mudanza con su esposa y tres hijos.
Era Pablo, el primogénito que miraba todo por la ventanilla con emoción. Aunque también una serie de nervios que lo acompañaban, iba a extrañar a su querido Río Cuarto y a varias de las amistades que había logrado formar en sus cortos diecisiete años.
Pero también comprendía que su familia necesitaba tomar un nuevo rumbo para tener un plato de comida todos los días y poder estabilizarse económicamente.
Visualizó a los pocos metros la casa donde ahora empezarían a vivir, sencilla, y con un patio enorme que daba a todo el campo. En cuanto el vehículo se detuvo, bajó de este, y luego tomó en sus brazos a su hermanita, Laura, para ayudarla a bajar mientras Andrés, el del medio, comenzaba a bajar las valijas.
El inmobiliario ya había sido traído una semana antes, por lo que solo faltaba instalarse y posteriormente comenzar con las actividades de cada uno.
—Pablo, esto es tuyo, llevalo a la piecita que está al final de pasillo, ahí te acomodás con Andresito y Laurita. —Su padre le entregó la valija que le pertenecía, señalándole por donde debía ir.
Haciendo caso, junto con su hermano llevaron el equipaje que les pertenecía hacia la habitación indicada, visualizando una vez que llegaron, la litera que era de los dos varones, y la cama individual perteneciente a la menor. Junto con esto, se encontraban el escritorio, otros muebles y el ropero listo para ser llenado de sus prendas.
Tanto Pablo como Andrés empezaron a acomodar la ropa en el lugar que habían designado para cada uno, igual que los calzados, y toallas, como también se encargaron de pegar en la pared los posters de fútbol que traían en sus mochilas.
—¡Pablo, mirá, hay un caballo! —Exclamó Andrés, señalando por la ventana el animal que estaba a varios metros y se encontraba pastando con total libertad. —Ya vuelvo, le voy a sacar una foto. —No le dio ni tiempo a reaccionar a su hermano, que salió disparado al patio por la ventana con emoción.
—¡Andrés, boludo, pará! —Pablo, conociendo lo descuidado que era su hermano, salió con rapidez por el mismo lugar que el anterior, corriendo detrás del muchachito de quince años que iba preparando la cámara de fotos de la familia.
El del medio apenas llegó frente al caballo no dudó ni un segundo en tomarle una foto, pero no tomó algo en cuenta. El flash estaba activado y este impactó claramente de forma negativa contra la visión del animal que reaccionó con brusquedad, empujando al adolescente mientras comenzaba a inquietarse e intentaba escapar, pero al estar atado con una soga se le dificultaba.
—¡La puta madre, Andrés! —El cordobés se desesperó al verlo en el suelo, con el caballo moviéndose de un lado a otro y relinchando como loco. En cuanto llegó se acercó a su hermano, viendo que su nariz se encontraba sangrando.
El miedo lo carcomió cuando observó que el tronco fino donde estaba atado el animal comenzaba a moverse por los tirones que pegaba el equino, y tampoco podía levantar a su hermano que se encontraba totalmente desestabilizado.
Estando en medio de la inquietud y agitación, el caballo seguía moviéndose nerviosamente, con su melena de tonalidades azabaches y sus ojos salvajes revoloteándose de un lado a otro, el majestuoso equino negro portaba ahora unos orbes que desbordaban ansiedad y temor.
—¡Bueno, bueno, ya está che! ¡Quieto, quieto! Ya está Loco, ya está.
Un muchacho con el cabello rebajado vistiendo una camisa blanca, pantalones negros con un pañuelo atado al cuello y una boina azul en su cabeza, con movimientos pausados y expertos se acercó al animal, tomando las riendas del caballo y tirando ligeramente de estas mientras le hablaba con confianza innata, que emanaba una calma contagiosa.
La presencia del joven era imponente, una fuerza reconfortante en medio de la tormenta. Pablo observó atentamente como el muchacho lograba calmar con sencillez al animal, admiró como con esas manos firmes y mirada serena, se acercó, y acarició el cuello del caballo transmitiéndole seguridad y protección.
Cada caricia parecía borrar de a poquito el temor, invitándolo a encontrar la calma en medio del alboroto. Permaneció junto al caballo, ajustando su respiración y la del contrario a su ritmo, buscando estar en una misma sintonía. Con paciencia, esperó. No iba a presionar ni mucho menos forzar.
Y así fue, como poco a poco los latidos del corazón fueron calmándose, la respiración irregular volvió a ser suave, los relinchos cesaron, pero aun así el desconocido continuaba con sus caricias para brindarle la seguridad a través de cada contacto.
Mientras tanto, los ojos avellanos de Pablo estaban sumidos en todo este acto y principalmente se fijaron en las manos del muchacho con una fascinación imposible de explicar. Eran grandes y fuertes, hábiles en la destreza que ejercían, capaces de acariciar y dominar al mismo tiempo.
Cada gesto era proveniente de una danza armoniosa, con sus dedos acariciando la crin del equino acompañados de una delicadeza que lo cautivó. El cordobés, embobado, seguía con la mirada cada movimiento como si se trataran de pinceladas en un lienzo que creaba una pintura de serenidad frente a todo el caos.
Pablo comenzaba a creer que ese chico tenía el poder en sus manos para lograr calmar a un ser tan majestuoso, quedando totalmente perplejo como su presencia calmante y los movimientos tan fluidos parecían ser capaces de sosegar hasta los temores más profundos.
Aimar había quedado sumido en un trance hipnótico, sumergido en la escena que tenía frente a sus ojos, presenciando cada secuencia desde la primera hasta la última donde el caballo permanecía sereno.
—¿Están bien? ¿No los lastimó de más? —Inquirió el muchacho de cabellos oscuros, sin dejar de acariciar al caballo.
—Disculpame, no quiso asustarlo. Está bien, nomás tengo que curarle la nariz para que deje de sangrar. —Pablo había comenzado a ponerse nervioso, recién acababan de llegar y ocurría un incidente como este.
—No te disculpés, el Loco es medio alteradito, ¿Qué pasó?
—Mi hermano vino corriendo y le sacó una foto, pero se olvidó de quitarle el flash y me parece que eso lo asustó, otra vez, disculpame. Dios, que vergüenza.
—Bueno, tranquilo, ya pasó. Nunca los vi por acá, ¿Son nuevos?
—Eh, si, llegamos recién. —Pablo seguía avergonzado y asustado principalmente por el estado de su hermano que comenzaba a sentarse en el césped.
—Bueno ‘tonces me presento, Lionel Scaloni y este que ves acá es el Loco, mi caballo. —El azabache extendió su mano para estrecharla.
—Eh… Pablo Aimar. —La timidez lo había consumido al cordobés por lo tanto no le devolvió el gesto con la mano y solo deseaba que la tierra se lo tragara inmediatamente.
—¿Aimar? Aah, son la familia que viene de Córdoba, mi viejo me dijo que tu papá iba a trabajar en el ganado de nuestra familia, ¿Puede ser?
—¿Tu papá? La puta madre, no le digas nada de esto que pasó, por favor, no quiero que mi viejo quede mal frente al tuyo y lo rajen. Disculpame, que pelotudo que soy, Dios… —Los nervios del de rulos empezaron a incrementarse, se había mandado una cagada y bastante grande.
—No, pará, pará, yo no voy a decir nada. Pero si mi papá se entera tampoco se va a enojar, tranquilo, no te pongas mal, ya pasó. Tomá, límpiale la nariz a tu hermano que se va manchar la ropa sino. —Lionel sacó del bolsillo de su camisa un pañuelo de tela gris, y se lo dio a Pablo.
—Gracias, Lionel, y perdón otra vez. —Un poco más tranquilo, el castaño esbozó una ligera sonrisa y luego prosiguió a limpiarle la nariz a Andrés.
—¿Quieren conocer el campo de nuestro terreno? De paso lo llevo al Loco a pastar para que se calme. —Propuso Scaloni.
—‘Taría bueno, ¿Vamos, Andrés?
El nombrado que ya se encontraba en todos sus sentidos y completamente estabilizado, miró al caballo, totalmente asustado y negó con su cabeza repetidas veces. —No, andá vos, yo voy a ayudar a mamá con Laura. Después vení para almorzar. —Andrés se fue corriendo para la casa con el pañuelo en su nariz y dejando a los dos muchachos solos.
—Disculpalo, debe estar asustado todavía.
—¿Cuántas veces pedís perdón por día vos? —Inquirió el santafesino con burla, haciendo reír al más bajo mientras empezaban a caminar campo adentro.
—No muchas, pero cuando pasan estas cosas soy medio boludo. ¿Viviste acá toda la vida?
—Sí, mi vieja quería que cuando yo naciera viviéramos en Rosario, pero es un quilombo la ciudad, y mi viejo tenía acá sus campos, los ganados, la estancia, todo de mis abuelos, no quería dejarlo en la nada. —Explicó, llevando de las riendas al equino. —¿Vos? ¿Por qué vinieron de Córdoba para acá?
—A mi viejo lo despidieron del laburo, y en Río Cuarto donde estábamos, se volvió bastante inseguro, mis papás buscaban más tranquilidad, saltó esta oportunidad laboral para nosotros y la agarraron. —Comentó.
Pablo se quedó observando los horizontes que se perdían en el infinito, con praderas de pasto alto ondeando al viento, y las tierras fértiles cultivadas por trabajadores rurales que mantienen viva la tradición de la vida en el campo.
El aire fresco y puro se mezcla con el aroma de las flores silvestres y los árboles frutales, creando un ambiente único que invita a respirar profundo y a sentirse vivo. El canto de los pájaros, el sonido de las hojas movidas por la brisa, y el correr del agua de los arroyos son los sonidos que se mezclan con los mugidos del ganado y el relinchar de los caballos.
—Acá es muy tranquilo, seguro vas a venir al colegio conmigo así que vamos a ser compañeros.
—¿Cuántos años tenés?
—Diecisiete, estoy en mi último año, ¿Vos?
—También. —Contesta y ambos se sonríen complacidos de saber aquello.
—¿Sabés andar a caballo?
—No, una vez cuando era chiquito, en casa de un tío me subí a uno, pero me pegué un porrazo. —Responde sinceramente, riéndose.
—Te vas a tener que curtir porque acá andamos a caballo noma’, y cada tanto el rastrojero. Vení, subite al Loco. —Propone Lionel.
Pablo miró al caballo, y con lo sucedido hace pocos minutos lo que menos quería era respirar cerca del animal. En su rostro se reflejó el miedo y la incomodidad.
—Tranquilo, si estoy yo es mansito. Subite que yo lo guio.
El castaño asintió, quería dar una buena impresión frente a ese muchacho que le parecía inconscientemente atractivo no solo por su porte físico sino también por la actitud que llevaba.
Suspiró y luego, con total inexperiencia se agarró del lomo del animal, y pegando un saltito pasó una pierna por encima. Sin embargo, al ser bajito no lo lograba, y por los nervios tampoco tenía la fuerza suficiente para subirse correctamente.
Lionel empezó a reír por la posición tan cómica en la que Pablo había quedado, con una pierna colgando y la otra a mitad del lomo.
—Así no Pablito, bajate que te enseño.
—No, yo puedo, dejame. —Masculló, luchando por generar impulso y acomodarse correctamente, pero terminó yéndose hacia atrás y cayendo al suelo, escuchando inmediatamente las carcajadas de Scaloni.
—Viste que no podés. —Vuelve a reír, y luego extiende su mano para levantarlo.
Pablo, avergonzado, la toma y se reincorpora, sacudiendo la tierra de sus pantalones y remera.
—Mirá, agarrá la rienda fuerte. —Lionel tomó nuevamente la mano del cordobés, provocando en ambos un ligero cosquilleo, especialmente en Pablo que tenía las emociones a flor de piel. —Adelantá el pie izquierdo un solo paso. Con ese vas a tomar impulso y con el derecho lo vas a cruzar y subir al lomo.
El castaño asintió viendo los movimientos que realizaba Lionel para enseñarle, y luego decidió probar.
—Yo te tengo, no te vas a caer.
Lionel, con su mirada intensa y una sonrisa que brindaba calidez, observó a Pablo, mientras este último, algo inexperto miraba al corcel con respeto y bastante nerviosismo.
Sin abandonar la delicadeza, el santafesino le ofreció su mano al cordobés y este aceptó. Sus falanges se entrelazaron, los orbes de Scaloni irradiaban completa confianza y le transmitían la tranquilidad y apoyo al contrario con un simple gesto.
Con su mano fuerte y segura, el azabache guio a su compañero hacia el costado del caballo. —Tranqui, tomá impulso y vas a ver que te subís rapidísimo.
Y finalmente, con un movimiento elegante, Lionel lo ayudó a subirse al lomo del equino con éxito, firmeza y decisión, esbozando una sonrisa de oreja a oreja por lo que acababa de lograr.
El corazón del recién llegado latía con rapidez, mezclado con emoción y un leve temblor, pero la presencia de Lionel tenía algo que lograba calmar transmitiendo una sensación de valentía y seguridad.
—¿Cómo te sentís? —Sus manos seguían entrelazadas, y no habían reparado aún en aquello, pero poco parecía importarles.
—Medio cagado por la altura, pero bien. —Contesta Aimar sonriente, y se animó a acariciar la melena del equino.
—Ahora te voy a llevar a dar un mini paseo así te acostumbrás al movimiento del Loco. —Informa Lionel, y tomando las riendas comienza a caminar por el césped, guiando al animal que llevaba en su lomo a un joven riocuartense.
Pablo se agarró cuidadosamente del cuello del caballo sin lastimarlo, sintiendo un leve calor esparcirse en sus mejillas cada vez que Lionel miraba hacia atrás y le sonreía.
El pelaje era extremadamente suave bajo el tacto de Pablo, y este pudo percatarse de que estaba bien cuidado.
Scaloni dejó que su nuevo compañero disfrutara del agradable silencio que le proporcionaba Pujato, observando como el castaño admiraba las llanuras y algunos animales que se encontraban pastando por allí.
Observó también como entrecerraba sus ojos a causa de la luz que proporcionaba el Sol del verano que ya estaba por terminar, y estos al ser avellana, bajo el astro mayor se volvían más claros y con tonalidades completamente bellísimas.
Inconscientemente, seguía sonriendo cuando observaba al cordobés. Lionel se consideraba una persona tranquila capaz de encontrar la calma con facilidad, Pablo parecía desprender algo similar con su forma de ser, aunque claro, recién lo conocía y no podía hacer suposiciones.
Pasaron varios minutos en silencio, hasta que Lionel decidió detener el andar del equino cuando llegaron a los pastizales más altos. —Vení, te ayudo a bajarte. El Loco va a pastar. —Menciona, sacando de su trance al cordobés que al darse cuenta de esto no puede evitar sentirse avergonzado por la cara de boludo que seguramente había estado portando durante la cabalgata.
Lionel extiende su mano, y Aimar la acepta con ligera timidez, pero en menor cantidad que la primera vez. Y nuevamente con elegancia, lo ayuda a bajarse del animal cuidadosamente, posando una de sus fuertes manos en la pequeña cintura del cordobés.
—¿Y? ¿Qué te pareció? Mansito viste.
—Sí, ahora que está tranquilo bastante. —Responde, acomodándose la ropa.
—Vení, hay un río acá nomás, y es tranquilito. —Lionel ató la rienda del equino a un árbol con fuerza, y luego caminó unos metros con el cordobés hasta dar con el río.
Gracias al silencio que habitaba allí, podía escucharse perfectamente el agua fluir sobre su cauce, dándole un toque mucho más relajante al ambiente.
—En los días que hace calor venimos con mis amigos a refrescarnos, mañana te los voy a presentar. ¿Te gusta el fulbo? —Pregunta Lionel, sentándose junto con Pablo en el césped.
—Si obvio, ¿De qué cuadro sos?
—Del más grande, obvio.
—Entonces sos de River. —Pablo sonríe, y en paralelo, la de Lionel desvanece.
—Soy de Boca.
—Entonces no sos del más grande.
—Que decís, gallina dolido. Seguro a Diego le caes bien cuando le digas que sos de River, pero Román te va a odiar. —Bromea el santafesino, para después proceder a salpicarle agua en el rostro, al contrario.
—Sos bastante confianzudo vos, me parece. —Pablo ríe, retirando las gotitas de agua que caían por su cara.
—Pero te caigo bien.
—Te conozco hace menos de una hora.
—Pero si no te caería bien no hubieras aceptado venir a pasear conmigo.
—Y también sos bastante agrandado. —Aimar evita el comentario anterior, y vuelve a hacer otra acotación, riendo los dos por esto.
Se quedan un tiempo más allí sentados, charlando y conociéndose. Lionel no le da pudor alguno admitir para sí mismo que el cordobés que tiene en frente suyo es exageradamente atractivo, y escucharlo hablar junto con esa tonadita lo podría hacer enloquecer conforme pase el tiempo. Observa como sus labios se mueven casi con delicadeza al hablar, junto con sus manos al realizar diversos gestos para poder expresarse mejor.
Y bueno, Pablo es un poco más retraído en cuanto a sus emociones y sentimientos, pero muy en el fondo sabe que ese santafesino que le está dando la bienvenida a su nuevo hogar, se parte de lo lindo que está.
—Son casi la una ya, ¿Querés ir volviendo? Yo tengo que ir a poner la mesa para comer. —Después de tanta charla, es Scaloni quien mira su reloj y avisa sobre la hora.
—Sí, dale, yo también tengo que ir a ayudar a mi vieja.
Los dos caminan para volver al caballo, que estaba muy relajado después de pastar. —Vení, te ayudo a subirte primero y después yo. —Desata la rienda del árbol, acariciando el cuello del animal.
—Pero ya aprendí, tranqui que puedo. —No es que Pablo no quiera la ayuda de su nuevo compañero, al contrario, si fuera por él le diría que lo ayude siempre si eso le garantiza sentir otra vez esas manos sobre su cuerpo, pero tampoco quiere quedar como un boludo.
—Dejame que te ayude, no seas duro che. —Lionel sabía también que subirse a un caballo no tenía demasiada ciencia, pero estando igual que el cordobés, quería sentir el tacto de su cintura bajo sus falanges una vez más.
El recién llegado termina accediendo a que el santafesino lo ayude a subirse. Nuevamente, esas manos se posicionan en su cintura y el nerviosismo se asoma en ambos por aquellos toques.
Seguidamente Scaloni se sube con agilidad al lomo del animal, sujetando con firmeza las riendas. —Agarrate. —Pablo obedece, pero solo coloca levemente sus manos en el abdomen del más alto, no quiere tocarlo mucho. —Agarrate che, no tengas vergüenza que no muerdo. —Añade, soltando una leve carcajada mientras por la otra parte, Aimar siente un calor subir por todo su rostro.
Se anima, y con más confianza sus manos rodean el firme abdomen, seguidamente el contrario agita ligeramente las riendas, y el Loco empieza a trotar para después galopar.
El cordobés estaba detrás de Lionel. Sus manos, que estaban acostumbradas a aferrarse con firmeza del manubrio de su bicicleta cuando recorría las calles de Río Cuarto, ahora se posaban con delicadeza sobre el abdomen de ese desconocido. Su corazón latía con una ligera rapidez, y podía sentir el calor que emanaba el cuerpo de Scaloni a través de la fina tela de sus camisas. Sin embargo, estaba decidido a disimular su ansiedad.
El equino avanzaba con paso seguro, la llanura se extendía ante ambos pares de orbes como un lienzo interminable. Lionel se mantenía erguido, su espalda firme, dirigiendo a El Loco con una gran habilidad. Pero, bajo esa apariencia de confianza, su corazón también latía con fuerza por el tacto del castaño.
Ambos podían sentir el vaivén del cuerpo contrario al ritmo del galope. Intentaban concentrarse en la sensación de la brisa fresca y el aroma de las flores, en lugar de las emociones que batallaban en sus interiores.
Estando tan cerca, Aimar puede sentir el aroma del contrario, su perfume, que le genera un cosquilleo en su estómago al darse cuenta que el olor de ese hombre es tan embriagador.
Scaloni siente perfectamente el pecho del cordobés y su pelvis golpear detrás suyo. Tiene la capacidad para mantener la calma, pero la cercanía con ese chico tan bonito recién llegado podría volverlo loco más adelante.
Al cabo de unos minutos llegan a la casa de Pablo. El primero en bajar es Lionel que luego lo ayuda a bajarse, ya no se opone a esto y acepta por completo.
—Pablo, hijo, vengan justo los estábamos esperando. Estamos por almorzar. —Es el padre de Pablo quien sale justo al patio, encontrando a ambos jóvenes. — ¿Vos sos el hijo de Ángel no? Ricardo aimar, un gusto.
—Lionel, el gusto es mío maestro. —Scaloni se presenta y ambos se estrechan las manos.
—Bueno, entren que las milanesas ya están.
Y así, ambos entran al nuevo hogar de Pablo, sentándose uno al lado del otro en la mesa, después de saludar a ambas familias.
Julio 1997
Pablo, Lionel, y los amigos de este Juan Román Riquelme y Diego Placente, salían de la escuela a un paso tranquilo. Hace dos meses Aimar había comenzado las clases junto a ellos, volviéndose los cuatros muy unidos, compartiendo no solo las horas escolares sino también las tardes arando el campo, reuniendo los ganados o saliendo a vender quesos y lechones para tener una changa y salir los findes a bailar.
—Podríamos ir a Rosario un finde largo, ¿Les copa? —Propone Placente, mientras patea algunas piedritas del camino.
—Estaría bueno, mi viejo tiene una casita allá, le puedo pedir que nos la preste. —Acota Román.
—A mi me re va, ¿Vos, Pablo?
—Sí, obvio. Nunca fui a Rosario, quiero conocer la cancha de Newells y el Monumento a la Bandera.
—Buenísimo, seguro les pido ayuda para que carneemos algunos lechones de más así vendemos en Casilda, Arnold y Arequito. —Agrega Lio, y prosiguen charlando, ahora sacando cuentas de los gastos que tendrían.
Al cabo de unos minutos caminando, llegan a una esquina donde se separan. Román y Diego se van juntos para la izquierda debido a que viven cerca, mientras que los otros dos siguen el otro camino.
—No te quise decir durante el colegio porque te ibas a poner ansioso, pero te tengo una sorpresa. —Menciona Scaloni.
Inmediatamente Aimar se gira a mirarlo, ensanchando una sonrisa. —¿En serio? ¿Qué e’?
—Si te digo cago la sorpresa bolú’. —Le responde riéndose mientras ve como Pablo bufa y rueda los ojos.
—Dale, Lio, decime.
—No, vas a tener que esperar a que lleguemos.
—Dale culiao, que te haces el rey misterio. —Reclama, empujándolo de costado ligeramente.
—Menos mal que no te dije en clases, ibas a terminar trepando las paredes. —Lionel sigue riéndose y le devuelve el empujón.
El par de amigos continúa caminando esta vez entre empujones, choques con sus mochilas o manotazos, sin faltar las insistencias de Aimar a Scaloni para que le dijera de qué se trataba la sorpresa.
—Te voy a tapar los ojos, confía en mí, ¿’Cuchaste? —Cuando finalmente llegan, Lionel pone las manos sobre los ojos de Pablo.
—Me dijiste eso la semana pasada y terminamos corriendo de unos galgos en el campo de Don Nicolás. —Contesta, recordando cuando el finde pasado se pasaron al campo de un vecino para romper las bolas y Lionel le dijo que confíe en él, que no iba a pasar nada y terminaron espantando a un grupo de vacas y posteriormente siendo perseguidos por los perros del dueño.
—Bueno, eso fue distinto, ahora tene’ que confiar en mí.
Los dos empiezan a caminar hacia adelante, con el cordobés sin visualizar nada, pero con una sonrisa decorando su pacifico rostro. Siempre que se encontraba junto al azabache estaba continuamente con los belfos curvados.
—Listo, mirá. —Lionel procede a destaparle los ojos, dejando que el más bajito se acostumbre a la vista y luego visualice lo que tiene en frente suyo.
El sol de la tarde comenzaba a dorar la pradera, y bañado de un cálido resplandor se alzaba frente al más bajo una yegua de pelaje marrón. Sus musculosas patas sostenían con orgullo el peso de su imponente figura, mientras su crin ondeaba levemente.
La característica que más destacaba en el animal era una mancha blanca en forma de diamante que adornaba su testuz. Contrastaba perfectamente con el marrón profundo de su pelaje.
—¿Y? ¿Te gusta? —Pregunta el más alto después de unos minutos, viendo la cara de asombro en Pablo.
—Es muy lindo, ¿De quién es?
—¿Cómo de quién es? Es tuya, Pablo. Y es hembra.
—No me hagas jodas boludo.
—¿Cómo te voy a joder con esto? Es tuya, nene, en serio.
Aimar mira una vez más a la yegua y luego fija toda su atención en su amigo, quien lo mira con una sonrisa.
No emite palabra alguna, el cordobés simplemente se lanza a abrazarlo, pegando un saltito para que el santafesino lo tome de los muslos y pueda estar colgado de él. Lionel amaba que hiciera eso. Pablo no era una persona tan demostrativa y por eso sentía especial que el riocuartense tuviera esas demostraciones de afecto solo con él.
—Estás loco, gringo, gracias. —Musita, con varias lágrimas escapándose.
Lionel sabía cuánto anhelaba su amigo tener un caballo. Si bien en un principio les tenía un ligero miedo, cuando aprendió a montarlos fue todo mucho más fácil. El azabache siempre le dejaba galopar con el Loco y dar unas vueltas.
El castaño se separó un poco, dejando de tener su rostro oculto en el cuello del gringo para así ambos mirarse. Estando frente a frente, y sin quitarse los ojos de encima, los dos sonriéndose mutuamente.
Scaloni estaría mintiendo si dijera que en ese instante no le agarraron unas ganas inmensas de comerle la boca a su amigo, por lo lindo que se veía dedicándole esa sonrisa solo para él y teniéndolo tan cerca.
El riocuartense se bajó de sus brazos y volvió a abrazarlo, solo que esta vez para que no viera que se encontraba llorando de la emoción. Conseguir un equino no era fácil, eran costosos y en su familia el único que había podido comprar uno fue su padre.
—Lio, gracias, en serio. No tenías que hacerlo, son caros, lleva mucho quilombo, y-
—Ey, es un regalo. Papá me ayudó a conseguirla, y te lo mereces. Tenés muchísimo trato con los animales, en serio. No llores, que me vas a mojar la remera che.
Los dos ríen por lo último y se separan, queriendo darse algo más que un simple abrazo, pero la timidez y el miedo los detiene.
—¿Y? ¿Qué esperas? subite.
Aimar esboza una sonrisa de emoción, y camina hacia la yegua que está con la rienda atada al árbol. Se le acerca con cautela, nota que es tranquila y adiestrada por lo que no hay ningún incidente.
Sin problemas se sube al lomo del animal, mientras Lionel desata la rienda y se la da a Pablo.
Este, montado sobre la esbelta yegua sentía que se encontraba en un mundo aparte. El equino, con mirada tranquila y paso pausado era hermosa. Los ojitos de color avellana del cordobés demostraban emoción, mientras acariciaba el cuello de su nueva compañera, sintiendo la suavidad de su piel bajo las manos.
Al principio, el trote de la yegua era suave y cadencioso, como el latido de su corazón cuando estaba junto a Lionel, sereno. Cada movimiento le transmitía una sensación de calma y confianza, deleitándose con la conexión que iba estableciendo de apoco con el noble animal. Podía sentir perfectamente la poderosa musculatura de la yegua moverse rítmicamente bajo él, como si de una sinfonía de fuerza y gracia se tratara.
Con cada trote la confianza entre ambos crecía. Se dejó llevar, y su corazón latía al ritmo de las pisadas del animal. El viento acariciaba su rostro y el mundo parecía desvanecerse en el horizonte. Sus manos, antes tímidas, se volvieron firmes en las riendas, y su cuerpo de adaptó perfectamente al vaivén de la montura.
Poco a poco, la yegua comenzó a acelerar el paso, y Pablo, sintiendo la emoción se dejó llevar.
—¡Eh, esperame! —Lionel, que se había quedado embobado admirando a ese muchachito cabalgar al animal, lo ve alejarse, por lo que rápidamente se sube al Loco, para hacerlo cabalgar rápidamente hacia donde iba Aimar.
Ambos animales, ahora en un trote enérgico parecían ansiosos por la libertad y el movimiento, con Pablo y Lionel dispuestos a disfrutar de la aventura que compartían.
El mundo que los rodeaba se volvió un borrón de colores y sonidos mientras cabalgaban con más ímpetu. El latido de sus corazones se fundía en una armonía única, y los dos sentían como si estuvieran flotando en la cima del mundo, con una sensación de libertad inigualable.
El astro mayor se encontraba en su lenta caída hacia el horizonte, tiñendo el firmamento de tonos dorados y anaranjados, mientras se reflejaba en las ondulantes llanuras de Pujato.
Scaloni y Aimar, dos almas afines, cabalgaban a través de ese paisaje que la naturaleza les brindaba. El viento suave jugaba con sus hebras, haciendo que sus risas se mezclaran, mirándose el uno al otro, con ambos pares de orbes chispeando complicidad y afecto, como si cada mirada fuera un poema no dicho pero entendido en lo más profundo de sus corazones.
En ese momento mágico, cuando el cielo recién comenzaba a cambiar sus colores a unos más cálidos, Lionel y Pablo detuvieron sus caballos luego de media hora cabalgando, y se miraron profundamente a los ojos. La conexión entre ellos era palpable, un lazo que iba más allá de las palabras y que se alimentaba de la belleza del entorno y de su aprecio mutuo.
Se sentían únicos en ese instante, como si el universo hubiera conspirado para reunirlos en medio de la belleza natural de Santa Fe.
Esa burbuja se rompe cuando la vergüenza de haberse mirado por tanto tiempo los consume, y corren ligeramente sus miradas, percatándose de que habían llegado al Arroyo Candelaria, bajándose de los caballos, y tomándolos de las riendas mientras caminaban por el costado del cauce.
—Gracias de nuevo Lio, en serio. No tengo palabras para describir toda la alegría que siento, además ahora puedo ayudar a mi viejo en las tareas con más facilidad. —Pablo está completamente agradecido con Lionel, no sabe cómo expresárselo, pero también sabe que no es necesario tantas palabras, Scaloni es consciente de todo.
—Te lo merecías, che. Vení, deja de mariconear que ya te pareces a mí. —El pelinegro vuelve a abrazar a su amigo cuando ve que este se limpia una lágrima.
Ni Lionel ni Pablo quieren cortar esa distancia, y solo quieren estar fundidos en un abrazo, sin la necesidad de expresar algo más, solo demostrarse el cariño que se tienen el uno al otro.
Cuando se separan, el más alto limpia las lágrimas del otro con sus pulgares, y siente su corazón una vez más latir con rapidez. Aimar con solo mirarlo con esos ojos de bambi y la sonrisa en esos labios tan carnosos lo enloquece.
—¿Qué pasa que me mirás tanto la boca? —Suelta el cordobés, poniendo de todos los colores a Lionel que lo suelta rápidamente
—Uh loco no se puede ser cariñoso ni un rato con vos, che. —le reclama, ambos riéndose y dándose ligeros empujones.
—¿Te quedó yerba?
—Más vale, ¿Querés unos amargos?
—Eso no se pregunta.
Sentados en la orilla del caudal, Lionel saca de su mochila el equipo de mate y después de renovar la yerba se dedica a preparar el mate con destreza, y con la mirada llena de cuidado y cariño.
La calabaza del mate encajaba perfectamente en la mano de Scaloni. Con un gesto experto, vertió el agua caliente sobre la yerba, dejando que el aroma fresco se elevara en el aire. El sonido del agua del arroyo de fondo se fusionaba con el susurro de la yerba siendo cebada.
Mientras esperaba que se absorbiera el agua, el azabache miró al castaño con una sonrisa amistosa. Sus orbes brillaban con complicidad, sabiendo que ese simple acto de compartir el mate tenía un significado profundo. Los pájaros que se posaban en los arboles cercanos cantaban sus melodías, añadiendo una banda sonora natural a la escena.
Cuando finalmente el mate estuvo listo, Lionel lo extendió hacia Pablo. Pasó de mano en mano como un símbolo de confianza. Aimar tomó de la bombilla con gratitud, sintiendo el calor del líquido y el aroma de la yerba fresca, contemplando como esta tenía espuma. El mate perfecto si le preguntaran.
—¿Vas a lo de Román hoy? —Pregunta Pablo, después de tomar el mate que Lionel le cebó.
Hoy era el superclásico. River y Boca por la fecha diez del torneo apertura de ese año, y los amigos se juntaban a ver el partido juntos.
—Obvio, sabes el baile que les vamos a pegar. —Contesta.
—Qué sobrado que sos, bostero cagón.
—¿Querés hablar de cagón? Siempre se van para atrás cuando juegan contra nosotros.
—No ganaste el apertura del año pasado, no tenés derecho a opinar.
—Salí de acá, copa de leche esa.
—Se hacen los grandes nomás porque tienen al Diego en su equipo. —Contraataca Aimar, riéndose.
—No nos hacemos, lo somos pablito. Yo sé que en el fondo tu corazón es azul y oro.
—Qué asco, ni en pedo. hoy en el Monumental les hacen la cola.
—¿Querés apostar? —Scaloni deja de cebar mates y se le acerca con una sonrisa desafiante.
—No necesito apostar, vamos a ganar como siempre.
—¿’Tas cagado Pablito? —Está cada vez más cerca de su rostro y Aimar comienza a ponerse nervioso.
No tiene problema a las cercanías de Lionel, ya es costumbre. El problema es cuando se pone canchero, porque sus sentidos son alterados inmediatamente.
—Ni ahí. si hoy gana River me das tu walkman todo un mes.
—Dale. Si hoy gana Boca, me das un beso.
La sangre del cordobés pareció helarse. Creyó haber escuchado mal. —¿Qué?
—Lo que te dije. Si gana Boquita me das un beso, pero si estás tan seguro que hoy ganan las gallinas entonces no tendrías por qué ponerte así de nervioso, Pablito.
—No, para nada. Quería saber si escuché bien nomas. —El riocuartense por dentro sentía que iba a fallecer, la sonrisa tan canchera de su amigo, la cercanía de ambos, la tensión que se había instalado en los dos la cual podría ser cortada con cualquier cosa lo iba a descolocar.
—Entonces, ¿Aceptas?
—Obvio.
Ambos se estrechan las manos, sin saber exactamente que va a ocurrir.
Y ahora Aimar no sabía si deseaba ganarle a Boca de local para refregárselo en la cara a los dos bosteros de sus amigos y estar todo un mes escuchando los temazos de Los Piojos en el walkman de Lionel, o perder de local ante su máximo rival y comerse a su amigo.
21:30 hs
Los cuatro amigos ya se encuentran en la casa de Riquelme viendo el partido. Scaloni y Román llevan la camiseta del Xeneize puesta, mientras que por el otro lado Pablo y Diego la del Millonario.
Estaba peleado, ataques y contraataques. Todos comiéndose las uñas o puteando al televisor. Así se vivían los superclásicos.
Pero cinco minutos antes de que el primer tiempo finalizara, es Berti quien convierte el primero para el equipo rioplatense.
—¡Gol! ¡Vamo’ la concha de su madre!
Pablo y Diego saltan del sillón gritando el tanto, abrazandose y cantando mientras los otros dos solo atinan a putear y suspirar.
Cuando termina el primer tiempo, los dos hinchas de River están festejando y tomándose una cerveza, cagándose de risa en la cara de Román y Lionel que están en el sillón con cara de orto.
El segundo tiempo da inicio después de los quince de entretiempo. Es a los dos minutos que Toresani iguala el marcador con un golazo, haciendo saltar a los dos bosteros.
—¡Dale que lo ganamos! ¡Dale, dale! —Riquelme era el que más vivía los partidos.
Y es así, como a los veinte minutos, después de un centro, es Martin Palermo quien de cabeza marca el 2-1 que provoca los gritos desaforados de Scaloni y Riquelme, abrazándose mientras el otro par de amigos está agarrándose la cabeza.
Aimar quiere pausar los nervios y conservar la calma diciéndose a si mismo que faltan veintitrés minutos para finalizar el encuentro, y aún hay tiempo de cambiar el resultado.
Sin embargo, eso no sucede. Los noventa finalizan y se queda en su lugar, escuchando de fondo a Román y a Lionel festejar, cantar y cargarlo a él y a Placente.
Se da la vuelta para mirarlos, encontrándose instantáneamente con la mirada de Lionel quien está sonriéndole pícaramente
Vuelve sobre si, y prefiere ponerse a hablar con Diego sobre el partido, acerca de los errores que tuvo el conjunto millonario y así poder ignorar el hecho de que algo se avecinaba.
—¿Se quieren quedar a comer? Mis viejos se fueron a un cumpleaños y tengo empanadas del mediodía.
—Más vale, voy a buscar la guitarra y armamos todo en el patio. —Responde Lionel, para seguidamente dirigirse a la habitación de Román donde este guardaba el instrumento.
Mientras tanto Diego y Pablo se dedican a prender la fogata en el patio para sentarse alrededor de esta después. La noche estaba hermosa y se prestaba.
Cuando Román terminó de recalentar las empanadas, se sentaron en el césped, en tanto Lionel se puso a puntear con la guitarra, tocando la melodía del Chúcaro de Horacio Guarany
—Uh, otra vez esa, sos re denso. —Se queja Placente entre risas, y le siguen sus otros dos amigos. Lionel siempre empezaba tocando esa canción, era fanático a morir de Guarany.
—Shh, es un arte esto, che. —Lo calla Scaloni.
Aun así, pronto se le suman cantando la letra, mientras el fuego de la fogata los abrazaba.
“Despunta la madrugada, se va la vida con él,
el bailarín de la noche, don Santiago ayala, el gran bailarín.
“El bailarín de la noche, don Santiago Ayala, el gran bailarín.”
El cordobés tenía sus orbes fijos en Scaloni, percibiendo la intensidad de su expresión. El rostro del azabache, en la tenue luz lunar, estaba enigmático y sombrío, pero sus oscuros ojos ardían con la pasión de un artista entregado por completo a su obra. La guitarra, con sus cuerdas vibrantes, parecía una extensión de su propio ser, y cada acorde era una confesión intima.
“ Lleva en el lama una zamba duerme el malambo con él,
y con una chacarera se besa en el alma no tiene mujer.”
“Y con una chacarera se besa en el alma no tiene mujer,”
“Será que el chúcaro siempre fue siempre chúcaro y gris.”
“Que no le duran mujeres las gasta en el baile hasta hacerlas morir.”
“Que no le duran mujeres las gasta en el baile el gran bailarín.”
Y mientras Scaloni seguía haciendo su exhibición con una destreza que parecía arrancada de los mismos suspiros del viento, su mirada se posó en Aimar. La luz dorada y danzante de la fogata que ardía frente a ellos pintaba un retrato mágico sobre el rostro de su amigo.
Las tonalidades del fuego acariciaban la tersa piel del castaño con suaves pinceladas de ámbar y carmesí, iluminando sus rasgos con una calidez que competía con la luna en el cielo. Sus hebras se tornaban en un halo de sombras doradas, como si el propio fuego hubiera tejido mechones de oro en su cabello castaño. Sus ojitos, fijos en el santafesino, centelleaban con una pasión que hacía eco en las llamas danzantes, reflejando destellos de deseo y admiración.
La luz de la fogata delineaba perfectamente los contornos de su rostro, realzando cada detalle, desde sus pómulos suavemente esculpidos hasta sus carnosos labios entreabiertos, los cuales habían hipnotizado a Lionel desde el primer día.
“Salieron de sus mudanzas, claveles, rosas, jazmín.”
“Y hoy volaran por el mundo llevando el recuerdo del gran bailarín.”
“Y hoy volaran por el mundo llevando el recuerdo del gran bailarín.”
Román y Diego ahora están tomando unas cervezas mientras se deleitan con Pablo que es el único que quedó cantando y Scaloni sigue tocando.
“No se sabe si ha cantado, pero le gusta cantar.”
“Es que le sobran guitarra la viola a su lado es un canto inmortal.”
“Es que le sobran guitarra la viola a su lado es un canto inmortal.”
“Será que el chúcaro siempre, fue siempre chúcaro y gris.”
“Que no le duran mujeres las gasta en el baile hasta hacerlas morir.”
“Que no le duran mujeres las gasta en el baile el gran bailarín.”
En una noche de misterio y encanto, el césped frio bajo sus cuerpos era una escena de emociones compartidas. La oscuridad y a la vez el calor de la fogata los envolvía, con un ligero escalofrío que acariciaba sus pieles y sus almas.
Lionel y Pablo terminan de cantar, mientras los otros dos aplauden, para luego seguir comiendo. En tanto, el azabache sigue tocando algunos acordes al azar pero que logran ambientar perfectamente la noche.
Cuando ya no quedan más empanadas en el plato, Román y Diego levantan todo del suelo, para llevar todo a la cocina.
De esta manera, el santafesino y el cordobés quedan solos. Este último, al percatarse de esto comienza a ponerse nervioso, y empeora cuando el pelinegro se sienta a su lado en el césped.
—Vos me debes algo me parece.
El corazón de Pablo ha comenzado a acelerarse.
—Nos pueden ver. —Es lo único que puede decir, pero eso es lo que menos le importa. Se muere por besar a ese muchacho, pero también teme por cómo lo haría. Nunca lo hizo y eso es lo que más le aterra.
—Están pasadísimos de birra, y seguro se quedan dormidos.
—Pasa que… No sé besar, Lio.
—Te puedo enseñar.
Se encontraban en una proximidad casi abrumadora. El latir acelerado de sus corazones parecía un eco del deseo que bullía entre ellos. Casi podían sentir el aliento del otro, con sus miradas encontrándose en un intenso abrazo visual, y través de sus orbes se transmitieron todas las palabras no dichas, todos los sentimientos que ardían en sus almas.
El suave murmullo de la brisa nocturna parecía susurrarles al oído que el momento estaba destinado a ser solamente de ellos. La tensión podría cortarse hasta con lo más ligero en cualquier momento.
Cada centímetro de espacio que los separaba se sentía como un abismo insuperable, y, sin embargo, ninguno se atrevía a dar el paso final. Las manos de Aimar temblaban ligeramente, y el pulso en el cuello de Scaloni marcaba el compás de su anhelo compartido.
—¿Tantas ganas de besarme tenés que insistís? —Se anima a decir el cordobés.
—Muchísimas, ¿Vos no? —Lionel se está arriesgando, puede salir todo muy bien o todo muy mal. Pero no quiere seguir arrugando, se cansó de tirarle los perros a ese chico y chamuyarlo para que después se queden en suspenso. Era ahora o nunca.
—No sabes cuánto.
Eso bastó para darle luz verde a Lionel. Si bien era Pablo quien debía besarlo, eso no parece importarle a ninguno de los dos cuando es Scaloni el que tira del pañuelo que rodea el cuello del cordobés para chocar ambos labios y unirlos en un brusco beso.
Y aunque el castaño no sabía cómo hacerlo, se dejó llevar. Puso la mente solo en ese momento y se dejó llevar por ese chico que protagonizaba hasta las más sucias de sus fantasías.
Las fuertes y grandes manos del santafesino suben a los rulos del riocuartense. Los acaricia, enreda sus falanges en estos mientras el contrario apoya las manos en sus muslos, apretándolos ligeramente.
Para Lionel, Pablo era de miel por afuera, de fuego por dentro.
Logran encontrar un balance perfecto entre los movimientos de ambos belfos. Logran crear un ritmo acompasado, mientras sus manos recorren el cuerpo del otro sin pudor alguno.
Cuando la falta de aire se hace presente se separan solo unos centímetros, escuchando la respiración agitada de los dos.
Y seguidamente se miran a los ojos, sin creer lo que acaban de hacer.
—Disculpame si te puse incomodo insistiendo. —Musita el azabache, acomodándole el cuello de la camisa a su acompañante, debido a que la había desarreglado.
—No me molesta, tranqui. —Responde, con una sonrisa, reparando en que Lionel sigue mirándole la boca. —¿Qué pasa? ¿Te quedaste con ganas?
—¿Está mal si te digo que sí?
—Para nada.
Es ahora Pablo quien toma la iniciativa, volviendo a besarlo esta vez con más tranquilidad, intentando hacerlo lo mejor posible mientras las manos de Lionel se posicionan en su cintura y lo atraen hacia él.
Estaban finalmente cediendo al deseo que habían reprimido, encontrándose en un ósculo que fue más allá de cualquier expectativa, un encuentro que parecía un sueño hecho realidad. El suave roce de sus bocas provocó un escalofrío de emoción que recorrió sus espaldas, con sus corazones latiendo al unísono.
Sin embargo, tuvieron que separarse de golpe cuando escuchan la voz de Román acercarse.
—Zambaa, de mi esperanza, amanecida como un quereeer. —Cantaba, llegando al patio con Placente.
—Sueeño, sueño del alma, que a veces muere sin floreceeer. —Le sigue Diego.
—Sueños, sueños del alma, que a veces muere sin florecer. —Cantan ambos amigos.
Lionel y Pablo se limpian las bocas, arreglándose las prendas mientras sienten todo su rostro arder.
—Dame, tengo ganas de tocar una chacarera. —Román le pide la guitarra a Lionel y este se la da, riéndose por lo mareado que está.
Riquelme se sentó en el césped y comienza a tocar los acordes de una chacarera, mientras Diego a su lado simulaba la percusión con sus piernas.
—Fue mucho mi penar andando lejos del pago, tanto correr pa’ llegar a ningún lado. Y estaba donde nací, lo que buscaba por ahí. —Cantan los dos amigos.
Lionel reconoce automáticamente la canción de Los Manseros, por lo que se levanta del césped, y le tiende su mano a Pablo.
Este sonríe, y accede, con cierta timidez, levantándose.
Los acordes que tocaba Román tenía un llamado que ninguno de los dos podía resistir, y con sonrisas tímidas pero radiantes, se animaron a bailar.
Es así, como bajo el cielo estrellado de una noche en el campo, comenzaban a moverse al ritmo de la chacarera, con sus cuerpos sincronizándose de una manera asombrosa.
Cada paso y cada giro estaban llenos de gracia y alegría, con la música guiándolos en un compás que solo ellos podían sentir.
Pablo estaba embelesado, siempre veía a Lionel bailar chacareras o zambas con su madre, pero que ahora estuviera compartiendo ese momento con él lo hacía sentirse sumamente afortunado.
Así, pasaron la noche entre los cuatro amigos, cantando y bailando. El resultado del partido había quedado en el olvido para Aimar y Scaloni.
. . .
Lionel está cabalgando alrededor del río que siempre visita. Es domingo y ha pasado una semana desde que él y Pablo se besaron.
Después de esa noche, intentó hablar con el riocuartense, pero este no le daba bola. En el colegio lo evitaba, se sentaba con otros compañeros y a la salida se iba rapidísimo, sin esperarlo.
Y cuando lo veía salir de su casa simplemente lo ignoraba o se iba con su padre.
Quiere hablar con él, pero el otro no hace más que ignorarlo o decirle que está todo bien, que no está enojado.
Pero ese no es el punto. Scaloni quiere comprender por qué lo evita, por qué esa noche parecía tan convencido de lo ocurrido y le sonreía con tanta genuinidad, para luego ni siquiera querer verlo.
Su mente está sumida pensando en qué pudo haber hecho mal, si falló en algo, si la culpa es suya, o qué, pensando en cómo puede hablarle a su amigo sin que este escape, hasta que escucha un galope que lo hace girarse con el caballo.
Visualiza al cordobés llegar montado de su yegua, que al verlo palidece y tira de las riendas del animal para irse.
—¡Pablo, esperá! —Exclama, y rápidamente hace galopar al Loco hacia donde está el cordobés, logrando cruzarse frente a la yegua, impidiéndole que se vaya.
—Dejame pasar.
—No hasta que hablemos.
—¿De qué quere’ hablar?
—Vos sabes muy bien.
—Lio, no puedo ahora. Otro día hablamos.
—No, Pablo, otro día no. Venís ignorándome hace una semana.
Aimar se queda en silencio, corriendo la mirada para que su compañero no vea la angustia en sus ojos.
—Bajate y hablemos, por favor. —Es casi una súplica. Cuando se anima a mirarlo, Pablo puede observar la tristeza y la incertidumbre en los ojos de Lionel.
Termina accediendo, bajándose de la yegua con Scaloni imitando su acción y acercándose.
—Pablo, si todo esto es por lo que pasó el sábado, te pido disculpas. Nunca quise incomodarte, me fui al carajo y perdoname si llegué a molestarte.
—No tenés la culpa de nada. El problema soy yo, después de esto me asusté. Me gustó… Eso. Pero me cagué, empecé a pensar que pasaría si mi viejo se entera que ando los besos con el hijo de su patrón, o si tu papá se entera de todo esto. No quiero que lo rajen a mi viejo por mi culpa. Mirá si los chicos se enteran y nos odian, o si el pueblo sabe. Me alejé por eso, porque pensé que evitándote todo eso que siento se me iba a olvidar y podría seguir con mi vida. Pero fue todo lo contrario.
Lionel lo escucha, no lo interrumpe. Deja que hable y suelte todo lo que tenga para decir.
—Pablo, ¿Qué sentís? —Pregunta, cuando el otro termina.
—¿No es obvio? Me gustas, culiao. Y no quiero mandar a la mierda una amistad tan linda como la que tenemos por esta pelotudez que siento. Perdoname, si querés no te hablo más, o te evito como vengo haciendo.
—Pablo, ey.
—¿Qué?
El sol se encontraba en el horizonte, pintando el cielo con tonos dorados y naranjas, anunciando la llegada de la noche en el campo.
El resplandor del astro mayor en su ocaso creaba una paleta de colores cálidos que se reflejaba en los ojos llorosos de Pablo. Las lágrimas asomaban por sus orbes, expresando lo más profundo de sus sentimientos.
Lionel, con su mirada llena de ternura y entendimiento, parecía sostener el corazón de Aimar en sus ojos.
El silencio que compartían estaba cargado de significado, como si estuvieran compartiendo sus pensamientos y deseos más profundos a través de sus miradas.
Lionel siempre es mejor haciendo que diciendo. Y decide hacerle caso a su naturaleza.
Sus manos se colocan en las mejillas ahora mojadas por las lágrimas del cordobés, y une sus labios con total delicadeza.
El sabor de los labios de su amigo es tan conocido y a la vez tan anhelado. Cada caricia en sus belfos se siente como una liberación de la tensión que habían estado soportado en silencio toda esa semana. Se besan con una pasión que habían mantenido oculta, pero que ahora fluía libremente como el río que tenían a su lado.
Pablo, aún con las manos temblorosas, acaricia con ternura el rostro romano de su amante, como si no pudiera creer que finalmente estaban viviendo ese momento. Mientras que Scaloni correspondía de la misma manera, con sus dedos acariciando la nuca del contrario, profundizando el encuentro entre sus bocas.
—No vas a mandar a la mierda nada, nene. Vos a mí me gustás también, no te das una idea cuánto. —Le dice cuando se separan, estando aún bastante cerca. —Yo con vos quiero todo.
—Pero, ¿Y si nos descubren?
—No lo van a hacer si lo disimulamos. —Responde, limpiándole las lágrimas. —Pero esto es decisión de los dos, no solo mía.
—Yo también quiero todo con vos.
Y con esa respuesta, sellan su decisión, acompañándole de un nuevo ósculo cargado de más confianza y disfrute al saber que los sentimientos por el otro son correspondidos.
Los brazos de Aimar se posicionan en la espalda de Lionel, como si de esta manera pudiera evitar que se escape, aunque es lo que menos va a hacer el santafesino. No cuando tiene el privilegio de ser besado por esos labios que tanto tiempo anheló. No cuando tiene el privilegio de compartir un momento tan íntimo con el cordobés que le sacó mil y un suspiros en los últimos meses.
Se recuestan en el césped, sin creer aun lo que están haciendo, pero con sus corazones latiendo con más tranquilidad.
—¿En serio te gusto? —Pregunta Aimar.
—Me parece que fui bastante obvio desde el primer momento.
—Me parecías alguien más confianzudo y agrandado.
—Pero así y todo te volví loco, ¿No? —Lionel esboza una sonrisa pícara, estando ahora arriba del cordobés, inclinándose para besarlo otra vez.
—Ve’ que sos un agrandado. —Le reclama entre risas.
—Noma’ digo la verdad.
—Callate un poquito, ¿Quere’?
—Callame. —Scaloni vuelve a sonreírle de la misma forma que anteriormente, logrando teñir de carmesí las mejillas del cordobés, pero este no piensa quedarse atrás.
—Como digas.
Y seguidamente, Aimar besa a su amado con un poco más de intensidad, retirándole la boina que lleva para así acariciar sus hebras azabaches, con los chasquidos generándose cada vez que separan sus labios y luego vuelven a unirlos, dando paso a las caricias de Lionel.
El corazón del cordobés latía con tranquilidad, mientras Scaloni le regalaba besos que parecían desafiar las leyes de la gravedad. Cada beso era un suspiro robado al tiempo, cada contacto de aquellos finos labios era una caricia en su alma, un recordatorio de la intensidad del deseo que compartían.
Cada vez que se encontraban, una descarga eléctrica de emoción recorría su cuerpo, sacándole suspiros de placer que se perdían en el aire.
—Que pibe lindo que sos. —Las mejillas de Pablo vuelven a tomar una temperatura alta ante el comentario de Lionel quien se dedica a apreciar sus facciones.
Suelta una risita avergonzado, pero también se deja mimar por el azabache, que lo llena de besos en las mejillas, cuello, nariz, labios y en ese lunar tan característico que descansa en la tersura de su piel.
Optan por quedarse así hasta que el Sol se oculte. Acostados, amándose y atesorando el momento. Acordando ser cautelosos y también conocerse de a poco. No tienen apuro de nada, solo quieren amarse y disfrutar del otro.
Cuando el viento comienza a ser más fresco, deciden volver, cada uno en su equino, pero tomando el mismo rumbo.
Es así, estando bajo el manto de una noche estrellada cabalgaban juntos en una danza armoniosa con la naturaleza. Sus caballos, fieles compañeros en cada una de sus aventuras parecían conocer el camino incluso mejor que sus jinetes.
La luna, como una cautiva enamorada de la escena que se desplegaba ante ella, bañaba el campo en una luz suave. Ambos enamorados se sentían libres, y mirarse a los ojos mientras recorrían la llanura para volver a casa conformaba una escena única que iba a quedar plasmada en sus recuerdos por siempre.
Septiembre de 1997
Es domingo, el día está cálido y Lionel se encuentra en el establo barriendo un poco después de una semana ardua de trabajo con las crías que preparaban para carnear en diciembre y venderlas. Mientras, escucha por la radio chamamé, más específicamente “Metele Plomo, Tapecito!” y silba al ritmo de este.
No se percata de la presencia de Pablo hasta que se da la vuelta y lo ve sentado en una pila de palets de madera con el termo bajo su brazo, el mate sobre la madera y un plato de picada, exaltándose ligeramente.
—Forro, me pegué un julepe. —Scaloni ríe junto a Pablo.
—¿Querés? El queso está fresquísimo, ya está curado. Y el salame también, lo piqué yo. —Aimar le enseña el plato, bajándose del palet para acercarse.
—Tengo las manos sucias, ¿Me das? —Lionel le muestra las manos cubiertas de polvo y barro, mientras le sonríe coqueto, causando que el carmín adorne sutilmente las mejillas del castaño.
Aimar ríe, mira hacia todos lados especialmente a la puerta, y cuando se asegura que no hay nadie, toma un pedacito del queso de campo y lo deja entre los dientes de Lionel quien degusta totalmente deleitado con el sabor.
—A ver el salame.
—Comete a vos mismo para eso.
—Andas chistoso hoy, eh. —Los dos se ríen, y luego el cordobés le da de comer el salamín. —‘Ta bueno, pero falta algo más.
—¿Qué cosa? Jamón no hay todavía.
—No Pablito, faltás vos. —Y seguidamente se acerca para devorar los labios de su amado con un poco de brusquedad, dando pasos hacia adelante, provocando que el contrario retroceda hasta chocar contra la madera.
—Pará boludo, me va’ a hacer tirar todo. —Se queja entre risas, separándose, pero eso no dio resultado ya que Lionel ahora besaba su cuello, sacándole un jadeo. —Lio…
—¿Mhm? ¿Te gusta? —Habla sobre su piel, tomándolo de la cintura y apretando ligeramente esta.
—Tenés las manos mugrientas así que no. —Pablo sabe por dónde va la cosa, y no va a negar que le encantaría, pero no es el lugar.
—Sos re quisquilloso, no hay nadie…
—Ni en pedo cojo con vos mugriento, en un establo y con chamamé de fondo, Lionel. —Reclama Aimar, entre risas.
—Ah, pero te pongo los Stones y no parás.
—Los Stones son los Stones, nene.
—Anda, vende patria.
Pablo le roba un pico y luego de decirle que iba a bañar a su yegua se fue del establo. Pese a no haber tenido aun un momento de intimidad entre ellos, estaban acostumbrados a realizar ese tipo de chistes y a ninguno le incomodaba.
La relación entre ambos se ha fortalecido, y aunque lo mantienen en secreto no tienen problema con esto, debido a que tienen sus momentos a solas.
Ese día habían acordado entre ambas familias reunirse en la casa de los Aimar para comer un asado. Por lo que al cabo de una horita Ángel y Lionel Scaloni ya se encontraban poniendo la carne al asador después de que Ricardo haya prendido el fuego.
Durante las horas que estuvieron preparando el almuerzo, Lionel fue el que más aportaba a la cocción, revisando y controlando el fuego constantemente. De vez en cuando Pablo se acercaba a los tres hombres para ofrecerles un mate o picada, arrojándole varias miradas de arriba hacia abajo a su amado, y de vez en cuando rozando sus cuerpos.
Y es que no era para menos, debido a que el cordobés había presenciado al santafesino hacer el asado en cuero y eso lo enloqueció.
Estando bajo el ardiente calor, la piel de Lionel parecía haberse convertido en un lienzo de ébano fundido por las brasas del fuego. Cada poro de su epidermis exhalaba un sutil resplandor perlado de sudor, que se mezclaba con las llamas que crepitaba en las brasas cercanas, trazando caminos invisibles por su dermis bronceados.
Su pecho se alzaba y descendía rítmicamente, marcando su respiración profunda y controlada.
Pero lo que más había llamado la atención de Pablo y que sentía que se le hacía agua la boca, eran los abdominales del santafesino, que parecían haber sido esculpidos con una perfección casi sobrenatural, formando una hilera de montañas y valles bajo la capa de sudor.
La visión de Scaloni, con su piel brillando como el oro en estado líquido y su torso esculpido por los dioses, parecía ser la manifestación del calor y pasión que sentía uno por el otro. Aimar tenía que controlar sus ojos que se desviaban hipnotizados por la belleza y la sensualidad que emanaba su amigo o iba a tener un problema.
Cuando el asado estaba casi listo, el azabache fue a pegarse un baño rápidamente para no estar con tanto olor a humo, y al poco tiempo ya se encontraban almorzando, felicitando a los cocineros y degustando de la carne que entre las dos familias habían criado.
Pablo y Lionel estaban sentados uno al lado del otro, durante toda la comida el riocuartense aprovechaba para acariciar los muslos de su pareja por debajo del mantel, provocando que el otro tuviera que disimular sus jadeos y el rojo que subía por su rostro.
Mientras, Aimar está deleitándose no solo con la comida, sino con lo que causa en Lionel, aguantándose las ganas de reírse, ganándose varias patadas y miradas fulminantes por parte del santafesino.
—Provecho, voy a dar una vuelta con Elena. —Informa el castaño, levantándose después de un rato cuando sus hermanos ya se habían ido a jugar.
Salió de la casa y desató a su yegua, subiéndose a esta, visualizando como Lionel también salía de la casa. No hace más dedicarle una sonrisa llena de picardía para seguidamente tirar de las riendas y salir cabalgando sabiendo que iba a seguirlo.
En un momento, gira su cabeza hacia atrás, y logra ver que Scaloni efectivamente lo está siguiendo con su caballo, por lo que hace que Elena vaya más rápido.
A los pocos minutos, llega a ese río que tan de memoria conoce, y se baja de la yegua dejándola atada a un pequeño árbol, y luego camina por la orilla de este, esperándolo.
Escucha los galopes y allí lo ve llegar. Lionel se baja y hace lo mismo con el Loco, atándolo y luego camina con rapidez hacia donde se encuentra Pablo.
—¿Te crees gracioso, nene? ¿Manoseándome debajo de la mesa?
—Un poquito, ¿No te gusta?
—Yo te voy a mostrar algo que te va a gustar y mucho.
No deja espacio para que el castaño hable y procede a atacar sus labios con brusquedad, mientras lo toma con fuerza de sus cachetes, con el contrario correspondiendo totalmente gustoso.
—Te hiciste el chistoso manoseándome y mira lo que pasó. —Espeta Lionel, llevando los dos la mirada a su entrepierna, notando la erección que se asomaba.
—¿Querés ayuda, Lío? —El tono que emplea Aimar es juguetón y eso enciende mucho más a su pareja.
—La respuesta es demasiado obvia me parece.
Una risita sale por parte del cordobés para seguidamente empujarlo, quedando sentado en el césped para luego subirse encima suyo y volver a fundirse en un beso cargado de intensidad.
No sabe si es por qué Lionel tiene experiencia besando o porque es él, pero le encanta cuando lo hace. Es tan bruto y único cuando le come la boca que podría pasar años haciéndolo y nunca se cansaría. Le transmite un fuego y pasión único del cual jamás se va a aburrir.
Es este fuego que sube por su cuerpo el que le hace desabrochar ligeramente la camisa de su novio, dejando varios besos en la zona del cuello.
—Te tengo para mí solo…
—Siempre va a ser así, Pablo. —Afirma Lionel, mirándolo con sus ojos que desprendían enamoramiento puro, fusionándose con los de Aimar que no estaban muy lejos de eso. —Sos rápido, eh… —Musita entre risas, cuando ve que el riocuartense ha realizado una marca en la zona de su clavícula.
—¿Te jode?
—Ni ahí. Seguí...
—Para que sepan todos a quien pertenecés.
“Para que sepan todos a quien tu perteneces.”
“Con sangre de mis venas te marcaré la frente.”
“Para que te respeten aun, con la mirada.”
“Y sepan que tú eres, mi propiedad privada.”
Una, dos, y tres fueron las marcas que dejaba Aimar sobre la piel del santafesino, maravillándose al ver cómo quedaban, sabiendo que iban a tardar días en irse.
“Que no se atreva nadie a mirarte con ansias.”
“Y que conserven todos respetable distancia.”
“Porque mi pobre alma se retuerce de celos.”
“Y no quiero que nadie respire de tu aliento.”
“Porque siendo tu dueño no me importa más nada, que verte solo mío, mi propiedad privada.”
Siente la dureza de su pareja debajo de sus glúteos, lo que le provoca un ligero escalofrío, para luego bajarse y desabrocharle el pantalón.
—Si no querés no pasa nada, Pablo, está bien. —Avisa Scaloni, lo que menos quería era forzarlo a algo que no deseaba.
—Pero si quiero. —Afirma, y luego de dejarle un pico en sus labios, se agacha ligeramente para sacar la erección del azabache.
No sabe realmente como empezar, jamás lo ha hecho, por lo que decide comenzar con unas caricias suaves, justo como él lo hace cuando se toca.
Está sorprendido con el tamaño, pero no detiene sus movimientos, escuchando los suspiros de su novio. Acerca su rostro, y escupe un poco, para luego esparcir la saliva por toda la extensión, pudiendo deslizar su mano con más facilidad ahora.
Utiliza ahora sus labios para dejar pequeños besos, y de a poco también hace uso de su lengua, sin detener los movimientos de su mano derecha. Nota que Lionel se estremece ligeramente cuando siente la humedad de su sinhueso, por lo que, animado por esto, decide llevárselo a la boca, ahuecando sus mejillas.
Los movimientos de su cabeza van de arriba hacia abajo, chupando y aguantándose las arcadas que llegaban en el momento que su amado empezó a mover inconscientemente sus caderas, buscando llegar más profundo en su cavidad bucal.
Los orbes avellanos de Aimar visualizan como el abdomen de Lionel se contrae, con su caja torácica subiendo y bajando ligeramente desenfrenada, acompañando los gemidos que escapaban y lograban aumentar la dureza que ya se estaba formando entre las piernas de Pablo.
—Amor… Para, estoy…
El cordobés no hace caso a la petición de su novio, y sigue su labor, dándose cuenta por los temblores en las piernas y la respiración entrecortada de Lionel que estaba cerca.
Al poco tiempo siente en su boca el líquido del más alto, quien retira su miembro, avergonzado por esto.
—Perdoname, me fui al choto. —Lionel se disculpa, limpiando la boca de su pareja.
—Lio, no me jode, tranqui. —La sonrisa le transmite seguridad y tranquilidad al azabache, quien recibe varios besitos en sus belfos.
—Sos un Sol, ¿Sabías? —Esas palabras enternecen por completo el corazón del cordobés,
—Que meloso que sos. —Ambos rien, para luego besarse, con tranquilidad.
Lentamente, Lionel va recostando al más bajo sobre el césped, dedicándose a apreciar por unos segundos la belleza tan adónica que portaba ese cordobés.
Los orbes azabaches de Lionel observaban con devoción a su amado, desde una posición ligeramente elevada, bebiendo de la hermosura que tenía frente a él. Siente que lo provoca, aunque no quiera hacerlo.
Aimar, con su melena de rulos castaños, poseía unos ojitos de color avellana profundo, que, junto con su forma, le recordaba a los de un bambi. Cada mirada que el oriundo de Río Cuarto le regalaba era un mundo emociones y secretos, en los que Scaloni lograba encontrar paz.
Su nariz era verdaderamente destacable, aportaba a su perfil, distintivamente, acompañando a esos belfos de un rosado suave y carnosos que parecían un regalo de la naturaleza invitando al santafesino a perderse en su suavidad en un dulce beso.
Y eso hizo, mientras se fundía en los labios de su novio, se dedicó a retirarle la camisa delicadamente, acariciando su piel, la cual le otorgaba una calidez acogedora que hacia resaltar aún más la elegancia de sus rasgos.
Llevó sus labios a su marcada mandíbula, que confería su rostro una mezcla de determinación y gracia. Se estaba dedicando a amarlo, como siempre lo hizo, pero esta vez quería hacerlo mucho más.
Y Pablo lo sabía, dejándose completamente.
Sin tener mucha experiencia Lionel logró prepararlo, después del consentimiento mutuo que se transmitieron. Y así, mientras iban uniéndose lentamente, las manos del mayor acariciaban la cintura del otro, besando el lunar que reposaba con gracia en su mejilla, el cual para el pujatense era un punto de belleza que solo realzaba su perfección natural.
Cada caricia o el más mínimo roce para ellos era un tributo al amor que sentían por el otro.
La timidez comenzó a desaparecer cuando ambos se acostumbraron a aquella unión, y por petición del castaño, las caderas de Lionel comenzaron a moverse con más certeza, sintiendo como las paredes de su amado lo apretaban, haciéndolos gemir al unísono.
Pablo podía oír perfectamente el desastre de gemidos y jadeos que era su novio al tenerlo inclinado con el rostro escondido en su cuello, proporcionándole una vista perfecta de sus caderas moviéndose de adelante hacia atrás, otorgándole el mayor de los placeres.
Una de las manos de Aimar se encontraba rasguñando ligeramente su espalda por debajo de la camisa, sintiendo el césped refregarse contra su cuerpo debajo suyo por las estocadas, teniendo los ojos clavados en el cielo y cerrándolos constantemente por las oleadas de placer que lo atacaban.
Luego esa mano viajó hasta las hebras azabaches, tironeando levemente de estas y acariciándolas a la vez, buscando sentirse más cerca de su novio si es que eso aún era posible.
—Lio, Lio… No pares, por favor…
—¿Sigo? Ah, la puta madre…
—Sí, seguí…
Ninguno de los dos podía articular correctamente las palabras, pero no era necesario, sus miradas cargadas de deseo lo expresaban absolutamente todo.
La otra mano de Aimar tanteaba el césped y arrancaba este cuando lo apretaba con fuerza, mientras sus gimoteos parecían mezclarse con el ruido del agua corriendo su cauce normalmente.
Con una mínima diferencia de tiempo ambos enamorados logran alcanzar el orgasmo, ese punto máximo del placer que es maravilloso y los hace degustar el sabor de la lujuria y de la pasión.
Se sonríen mutuamente, y luego se besan, compartiendo aquel momento tan íntimo con sus corazones latiendo acompasadamente. Lionel se dedica a besar todo el rostro de su novio, mientras que el otro peina sus hebras delicadamente, sintiendo que el azabache es su lugar seguro en ese mundo.
. . .
diciembre 1997
Las clases han finalizado, ambos terminaron el secundario con buenas notas y pasaron dos fines de semanas festejando con sus amigos aquel logro.
La relación que mantenían Lionel y Pablo la llevaban sin complicación alguna, volviéndose cada vez más unidos. Ahora mismo se encontraban arando la tierra, para que así sea más fácil que los cultivos tomen raíz, y favorezca el paso de las sustancias orgánicas.
—Gordo, ¿Y si nos vamos unos días a Córdoba o a La Costa después de año nuevo? Juntamos unos pesos y nos vamos a pasar un finde juntos, solos. —Propone Lionel cuando terminan, limpiándose con un pañuelo los restos de sudor que quedaban en su frente.
Los ojitos del cordobés parecieron brillar ante esa propuesta, pegando pequeños saltitos de la emoción. —Sí, Lio, estaría genial. —Ambos se besan, completamente entusiasmados por aquella idea.
Después de pasar unos minutos tomando mates, cada uno vuelve a su hogar, acordando verse mañana con sus amigos para ir a boludear un rato al río ahora que estaban de vacaciones.
Aimar llega a su casa. Son las siete de la tarde, su padre está sentado en el sillón, mientras su madre se encuentra cocinando, y escucha a sus hermanitos jugar en la piecita.
—Hola pá. Hola má. —Saluda sonriente, sirviéndose un vaso con agua. No recibe respuesta por ninguno de los dos, eso comienza a extrañarlo. —¿Pasó algo? —Vuelve a hablar, confundido.
—¿Me podés explicar que mierda haces a los besos con el hijo de Ángel?
Es una pregunta. Una pregunta que después de escucharla el mayor de los hermanos Aimar siente su sangre helarse, y quedarse totalmente estático. Le bastó solo escuchar esa pregunta para saber que todo se había arruinado.
—¿Quién te contó? —Es lo primero que atina a decir, a medida que los temblores comienzan a azotar su cuerpo.
—Un empleado. Ahora, ¿Me podés explicar pendejo malagradecido qué mierda se te pasó por la cabeza para andar besándote con Lionel?
—Ricardo, por favor, calmate. —Su madre, interrumpe lo que estaba haciéndose para acercarse al hombre, que ya se había levantado del sillón.
—Pa, pará un poco. Te puedo explicar, pero calmate por fa. —Los ojitos de Aimar, tan sensibles y receptivos a todo ya se encontraban cristalizados, reflejando los temores más profundos de su alma.
—¿Pero a vos no te entra en la cabeza lo que pasa? ¿No entendés que gracias a Ángel vos y tus hermanos pueden tener todos los lujos que quieren? ¿No entendés que gracias a ese hombre tenemos un techo, comida y una vida mucho mejor de la que teníamos en Río Cuarto? Yo estoy en deuda con él, ¿Y qué hacés vos? Vas y te andas besando con el hijo. —La voz de Ricardo se eleva cada vez más con cada pregunta que hace, asustando a su hijo y en paralelo a su mujer.
—Perdoname, en serio. Yo no quería que eso pase, yo sabía que era arriesgado y por eso lo mantuvimos en secreto durante estos meses y-
—Ah, encima no es de ahora, hace rato que vienen. Si Ángel se llega a enterar de esto a mí me rajan a la mierda, nos quedamos en la calle y chau casa, chau Lionel, chau todo.
—No va a pasar, pá. No tiene por qué enterarse, por favor, calmate.
—¡No me calmo un carajo, Pablo! Mañana mismo te vas para Buenos Aires a laburar y te inscribís en la facultad, no sé hace algo, pero acá no te quiero. Y mucho menos con ese pendejo cerca.
La decisión de su progenitor le cae como un balde de agua fría, a la par que las lágrimas comienzan a deslizarse por sus pómulos con rapidez, acelerándole la respiración.
—Ricardo, no podés hacer esto, podemos hablarlo con el chico, no sé. Pero no me lo mandes lejos, es un nene. —Mari insistía, sollozando con el dolor de tener que alejarse de su hijo.
—No, no ya está decidido. Ahora hablamos con tus hermanos que están allá y se va. —Establece.
Pablo intentó oponerse, con su llanto totalmente descontrolado y suplica, suplica por quedarse, que puede alejarse de Lionel, pero también sabe que si Ángel se entera lo más probable es que todo sea mucho peor.
Esa misma tarde Ricardo sacó el pasaje en la terminal de Pujato, hablando con los tíos maternos los cuales viven en la capital y estaban dispuestos a recibirlo con total gusto.
—Pá, ¿Puedo despedirme por lo menos de Lionel y de los chicos? —Pide. La mirada de Aimar es cansada, tiene sus ojos totalmente hinchados por el llanto. Quiere al menos despedirse de su amado, y no irse sin avisar.
—No, Pablo. No quiero que te acerques a ese pendejo de mierda, ni se te ocurra ir a verlo.
—Ese pendejo de mierda es el hijo del que te dio laburo, si no fuera por él vos hoy seguirías mendigando changas. —Espeta. Está dejándose ganar por la ira e impotencia que tiene.
—Sí, y por tu culpa casi perdemos todo. Yo no te crié así, para que seas un pendejo malagradecido.
—¿Malagradecido me decís a mi? ¿Por amar a alguien? Soy mayor, si yo quiero me quedo acá.
—Vivís bajo mi techo, y mientras estés acá haces lo que te digo. ¿Te pensás ahora que la familia del puto de tu novio va a recibirte? No seas boludo, nene.
—¿Tu techo? No seas boludo vos, que estás viviendo en el terreno de alguien más. Y no le digas así, tiene nombre y es Lionel.
—¿Cómo me dijiste? —Aimar no responde, lo mira con odio, pero también con miedo. —Te hice una pregunta pendejo desubicado, ¿Cómo me dijiste?
—Te dije que sos un boludo, ¡No te aguanto! ¡Sos un egoísta de mierda!
Las palabras de Pablo quedan suspendidas después de que la mano de su progenitor impacte con fuerza contra su mejilla, abofeteándolo. Todo queda en silencio.
—¿Egoísta yo por pensar en el bienestar de esta familia? Haceme el favor y andá a preparar tus cosas y después te vas a dormir. No te quiero ver.
—Sabes perfectamente a lo que me refiero, sos un egoísta.
—¡Te dije que te vayas a dormir, Pablo! ¡Andate si no querés que te cague a trompadas, pendejo malagradecido!
Dolió. Pablo pudo sentir como si su corazón se hubiera estrujado. Un dolor se instaló en su pecho. Además de la angustia, el miedo y el sentimiento de sentirse una decepción pidieron un lugarcito en su corazón, y él se los cedió.
No vuelve a hablar. No tiene fuerzas, solo puede darse la vuelta y cumplir la orden de su padre. No quiere causar más problemas, si va a irse es por amor a su familia, para que sigan teniendo la vida que merecen y tal vez en un futuro devolverles todo lo que le dieron.
Y también lo hace por amor a Lionel, para no arrastrarlo a su infierno.
Con los rayos del Sol ya iluminando todo el firmamento Pablo se va. Llevándose consigo no solo una maleta cargada de sus prendas. También con mil y un recuerdos que vivió esos meses que tuvo instalado en Pujato. Los mejores meses de su vida si le preguntaran.
Los mejores meses donde salió de la monotonía en la que vivía en Río Cuarto, conociendo a personas nuevas que lo recibieron con total amor y claro, conociendo este en su mayor esplendor gracias a cierto azabache.
Cuando está por subir al micro, sus ojitos se mueven de acá para allá, teniendo instalado en su corazón la esperanza de encontrarse con un Lionel que lo rescate y se lo lleve. Pero no ocurre.
Finalmente se va. Sentado en su asiento, la mañana parecía teñirse de melancolía y el aire se llena con su respiración entrecortado. Su corazón late con una mezcla de tristeza y ansiedad mientras está en aquel imponente transporte que lo llevara lejos de su hogar, lejos de todo lo que conoce y ama.
Las lágrimas caen sin cesar por sus mejillas, como pequeñas gotas de lluvia que anuncian una tormenta emocional. No quiere irse, pero el destino ha trazado un camino ineludible que lo separa de su amor, Lionel. La distancia que comienza a agrandarse le parece inmensa, una brecha que amenaza con romper el lazo que juntos han tejido con tanto cariño y dedicación.
En su pecho, un nudo apretado lo ahoga, y cada respiración es un lamento silencioso, un eco de su corazón partido.
El miedo logra envolverlo como una sombra oscura. Buenos Aires se presenta como un laberinto desconocido, lleno de promesas y amenazas que le hacen sentir que está en un barco a la deriva, en un mar de incertidumbre. No sabe qué le depara el futuro, pero, aunque le cueste está dispuesto a enfrentarlo con valentía. Aunque sus piernas tiemblen y su voz se quebrante.
En medio de todo eso, los recuerdos del pueblo que, aunque no sea natal ha tenido un gran impacto en su vida, se agolpan en su mente: las calles empedradas, el aroma a tierra mojada después de la lluvia, el establo, los animales, y las risas compartidas con sus amigos en el río.
Se preguntaba si algún día podría regresar, si algún día podrá volver a abrazar y besar a Lionel bajo el Sol y la Luna de Pujato que han sido testigo de su amor.
Era un joven de tan solo dieciocho años con sus ojitos llenos de sueños y un corazón rebosante de amor, enfrentándose al viaje de su vida.
Mientras el motor del micro ruge y las ruedas giran, sabe que esa partida no es un adiós, sino un capitulo nuevo en su historia, un desafío que lo llevará a descubrir nuevos horizontes.
. . .
En cuanto el azabache recibió la noticia que lo dejaría atónito su alma se quebró y sus orbes se llenaron de lágrimas. Su amado se había ido sin previo aviso. Y Lionel se sintió abrumado por la impotencia al darse cuenta de que no pudo detenerlo.
La razón detrás de esa partida era tan dolorosa como injusta. El progenitor del castaño, un hombre intolerante, había decidido separarlos. La rabia y la frustración se mezclaron en el pecho de Lionel mientras lloraba todas las noches en la oscuridad de su habitación, deseando que el amor que compartían fuera suficiente para desafiar cualquier adversidad.
Sentía un vacío en su corazón, como si una parte de su ser se hubiera desvanecido.
Sin importar las dificultades, emprendió el viaje a Buenos Aires después de unos meses en busca de Pablo. Y pese a que esa enorme ciudad lo asustaba, no había avenida tan larga ni obstáculos tan altos como para detenerlo. Pero los padres del cordobés se habían cerrado en un silencio obstinado y no le proporcionaron ninguna pista sobre el paradero de su hijo.
A pesar de las incansables búsquedas y las noches en vela, no logró encontrar rastro del ladrón de su corazón. Cada calle y esquina parecían ocultar un misterio sin resolver. La desesperanza amenazaba con vencerlo, pero su amor y esperanza seguían ardiendo con la intensidad de mil soles.
El tiempo pasó, pero Lionel nunca renuncio a su búsqueda. Durante doce largos años esperó en el pueblo que había visto a su amor partir. Las estaciones cambiaron, la terminal se llenaba de viajeros y las calles vibraban de vez en cuando con la vida urbana, pero el permaneció allí, con la esperanza inquebrantable de que, en algún momento, Pablo cruzaría la tranquera y aparecería en su establo para sorprenderlo.
Julio 2009
Lionel se encontraba bañando al Loco y también, a esa yegua que tanto le recordaban a cierto riocuartense, escuchando algunas canciones de la Sole en la radio, ahora estando en su propio terreno, que había conseguido comprar gracias a su laburo, construyendo una hermosa casa, la cual habitaba solo él.
Escucha unos golpes en la tranquera y solo dice “pase” estando de espalda a esta, seguro era su viejo.
—Hijo, mirá quién vino. —En efecto, era la voz de su padre.
Se seca las manos y deja la esponja en el balde, dándose la vuelta.
Casi siente que se va para atrás, casi siente que su alma salía despedida de su cuerpo. Pero pudo contenerla.
Es real, realmente lo es.
Ahí está, Pablo parado junto a su padre, sonriéndole con total sinceridad.
Inmediatamente la sonrisa se le contagia y sin pensarlo un segundo más, ambos corren hacia el otro.
Cuando la distancia se acorta, se funden en un fuerte abrazo, donde las lágrimas no tardan en salir de ambos pares de orbes.
Después de doce largos años de espera, el destino finalmente quiso unirlos una vez más. Bajo el Sol de Pujato, ambos hombres ahora con el peso de los años y la experiencia en sus rostros, se miraron el uno al otro con ojos llenos de emoción contenida.
El instante en que sus miradas se encontraron, el tiempo y todo alrededor se detuvo. Los corazones latían al unísono, y tal vez nunca habían dejado de hacerlo.
En ese abrazo apasionado, pudieron desahogar toda la tristeza, la añoranza y el dolor que habían acumulado durante años separados.
Sus cuerpos se apretaron con firmeza. deseando fundirse en uno solo. Recordándose a sí mismos lo que se sentía tener al ser amado cerca, el calor de sus cuerpos juntos, las risas compartidas y los susurros de amor.
Ángel rio felizmente, y decidió dejarlos solos, sabiendo que tenían mucho de qué hablar.
Cuando los dos se separaron, Lionel pudo apreciar de cerca a Pablo. Sus rulos estaban un poco más crecidos, una ligera barba adornaba su rostro, los treinta años se hacían presentes, pero eso solo lograba volverlo más atractivo. Ese lunar seguía allí, claramente que iba seguir, era uno de sus rasgos más característicos.
Pablo hizo lo mismo, observando al azabache totalmente cautivado. En su rostro se reflejaba el trabajo y madurez de una persona que compartía su misma edad, pero parecía que Scaloni no envejecía, y si lo hacía solo lograba ponerse más hermoso de lo que ya era.
—Viniste. —Es lo primero que dice Lionel, respirando agitadamente.
—¿Pensaste que te iba a dejar en paz? —Los dos ríen, y el santafesino se siente totalmente bendecido al volver a escuchar esa tonada cordobesa que tanto lo enloquece.
—Fui a buscarte a Buenos Aires, pero nunca te encontré. ¿Qué pasó?
—Me mandaron a estudiar, me recibí de contador y no podía volver a Pujato, no me dejaban. Tuve que esperar a que mi viejo se le pase toda la bronca y vergüenza que le duró años para verte. Tampoco me dejaban escribirte, no tenía ni un contacto tuyo. —Responde, totalmente sincero, sintiendo su garganta cerrarse al recordar aquellas épocas tan fuertes.
Lionel lo nota, y vuele a abrazarlo, dejando que apoye su cabeza en su pecho, brindándole caricias en la espalda que logren apaciguar esa tristeza.
—Perdoname si nunca te dije nada, no pude. Te extrañé tanto, Lionel, no sabés cuánta falta me hiciste. —Musita, jugando con la tela de su camisa.
—Yo también, no te das una idea cuánto. No me llores más, che. ¿Querés ir a dar una vuelta? Todavía te reconoce. —Señala con su cabeza a la yegua, que está moviéndose de un lado al otro.
—Mirá si me tira a la mierda.
—Dale, vení, no creo que hayas perdido la costumbre.
—Y, un poco sí. Ahora me la paso sentado en una oficina, pero vamo’ a probar.
Y como un deja vú, Pablo no puede subirse al lomo de su yegua, no sabe si es por vergüenza o inexperiencia. Sin embargo, Lionel no tiene ningún problema y lo ayuda a subirse, sintiendo después de tanto tiempo el tacto de sus manos al entrelazarse.
Ese contacto los hipnotiza, los lleva a la primera vez que se conocieron, y se sonríen mutuamente.
—Si me voy a la mierda es tu culpa. —Advierte entre risas el castaño.
—Tranqui, dale vamo’.
Lionel se sube a su caballo, y comienzan a galopar, saliendo del lugar para dirigirse a las vastas extensiones del campo. Cuando Pablo le agarra la mano, ambos comienzan a ir más rápido, atravesando las llanuras sin problema alguno, dejando que el viento danzara junto a ellos y sus emociones, volviendo a sentirse con diecisiete años otra vez.
Pablo está maravillado, extrañaba tanto esta vida y la está viviendo por unos instantes, deseando que sea eterno. Y también, aunque no lo admita, está maravillado con el porte de Scaloni que le sonríe con amor.
Llegaron a ese río donde compartieron tantos momentos juntos, y son estos los que se proyectan en la mente de ambos como una cinta cinematográfica, haciéndolos recordar lo felices que fueron con la compañía del otro.
Comparten esa tarde junto al río con anécdotas, y también contando cada uno que hizo de su vida en esta docena de años. El brillo en los ojos del otro sigue ahí, y solo aparece cuando están frente a frente. Es una conexión única.
—¿Querés que nos juntemos esta noche con los chicos? Cuando Román te vea se va a poner como loco.
—Me encantaría, andá avisándoles y hacemos algo a la parrilla. —Contesta, tirándose en el césped para observar el cielo despejado, extrañaba eso y el silencio de la naturaleza que el caos de la capital nunca iba a otorgarle.
Luego de unas horas, el reencuentro entre el cordobés y sus otros dos amigos se hizo presente. Entre abrazos, risas y anécdotas recibieron al riocuartense con total alegría, y como símbolo de esa unión hicieron uno de los mejores asados que alguna vez hayan probado, en casa de Lionel.
Con el reloj dando la medianoche, las zambas y chacareras que sonaban por el parlante seguían, hasta que una en específico empezó a sonar. Los acordes de “Zamba por vos” interpretada por la Sole llamó la atención de Lionel. Era una de sus favoritas.
Instantáneamente buscó la mirada del cordobés y cuando la encontró este también lo estaba observando con una sonrisa. Sin decirse nada, se levantaron, Lionel retiró el pañuelo que llevaba en su cuello y Pablo tomó el que Placente le prestó.
“Yo no canto por vos;
te canta la zamba.”
“Y dice al cantar:
no te puedo olvidar, no te puedo olvidar.”
Comenzaron a moverse, lejos, y agitando delicadamente sus pañuelos. Habían pasado varios años, pero Pablo no se olvidaba de cómo bailar la danza favorita de Lionel. Cuando tenía momentos a solas escuchaba las mejores zambas y las bailaba, aunque sea solo.
Anheló tanto volver a bailar junto a él que ahora su deseo estaba cumpliéndose. Y claro, Scaloni seguía moviéndose con total maestría, llevando la danza en su sangre y en cada parte de su cuerpo.
Se encontraban danzando en el quincho, iluminados por las luces de tonalidades ligeramente amarillas, dando una escena mucho más romántica y cautivadora.
“Yo no canto por vos;
te canta la zamba.”
“Y cantando así
canta para mí, canta para mí.”
Realmente ninguno de los dos podía olvidarse, aunque lo ocultaran con trabajo, años, estudios y demás, jamás iban a olvidarse de lo que fueron, lo que sintieron, y que, aún seguía preservado.
Era como si sus sentimientos y recuerdos se hubieran congelados, manteniéndolos vivos en el hielo, para luego ser descongelados en el momento exacto y así dejarlos florecer una vez más.
“Zambita cantá:
no la esperes más.”
“Tenés que saber que si no volvió,
es porque ya te olvidó.”
“Perfumá esa flor,
que se marchitó, que se marchitó.”
Acariciaban sus rostros delicadamente con el pañuelo, conectándose a través de este y luego volvían a separarse. Lionel se arrodilló, y uniendo ambos pañuelos el castaño dio vueltas alrededor suyo al ritmo de la zamba, y luego el azabache se reincorporó.
“Yo tuve un amor,
lo dejé esperando.”
“Y, cuando volví,
no lo conocí, no lo conocí.”
Parecía que esa canción había sido escrita para ellos, y ambos tenían ese pensamiento cuando se miraron a los ojos entre lágrimas.
“Dijo que tal vez,
me estuviera amando.”
“Me miró y se fue:
sin decir por qué; sin decir por qué.”
Lionel quiso omitir esa parte mientras bailaban. Él sabía que Pablo lo seguía amando, los dos eran conscientes de eso. No iban a volver a separarse, no después de todo lo que habían soportado para que este reencuentro se hiciera posible.
Cuando la canción finaliza, ambos están agarrando al otro con su pañuelo, sonriéndose, y admirando como el carmín en sus mejillas es visible.
De fondo, Román y Diego aplauden, que, como siempre ocurre cada vez que se juntan, son los primeros en ponerse en pedo. La música cambia a una más movida, motivando a los dos amigos a ponerse a bailar y a seguir tomando, mientras el santafesino y el riocuartense ríen por esto.
—¿Vamo’ a tomar aire? —Propone Lionel, que no puede tolerar más tener tan cerca a Pablo y no hacer algo al respecto.
—Vamo’.
La noche es estrellada, como siempre, y el viento es fresco por lo que no pueden desabrigarse o terminarían enfermándose.
Lionel lleva su campera, y se la coloca sobre los hombros al menor que no había traído nada para abrigarse, agradeciéndole este gesto.
—Te extrañé demasiado, no sabes cuánto. —Musita Scaloni, abrazándolo por detrás y apoyando el mentón en su hombro.
—Yo también, Lio. No había día que no piense en vos, y en lo feliz que me hiciste. —Responde el cordobés, acariciando las manos de su acompañante.
Siente la nariz del más alto esconderse en su cuello, respirando calmadamente, haciéndolo suspirar y acelerar ligeramente los latidos de su corazón.
Lionel se aleja un poco para así mirarse a los ojos, se siente un adolescente otra vez al no saber cómo encarar a una persona.
Lo único que puede hacer, es dejar un pico en los labios del más bajo.
Se quedan en silencio, mirándose y luego es Aimar el que rompe esto riéndose.
—Si me vas a besar hacelo como se debe, ¿No? —Lionel queda atónito ante esa respuesta, sin saber bien qué hacer. Estaba con timidez. —Bueno, parece que lo tengo que hacer yo.
Pablo se zafa del agarre del contrario, y dándose la vuelta, acuna su rostro entre sus manos, y le da a Lionel el tacto que ambos estuvieron esperando por doce largos años.
Y así es como debajo del manto de estrellas que parecían parpadear como cómplices de su secreto ancestral, volvieron a besarse, volvieron a sentirse vivos. Lionel extendió su mano temblorosa hacia la fría mejilla de Aimar, queriendo asegurarse que todo eso era real, mientras sus almas se conectaban como dos piezas de un rompecabezas que finalmente encajaban.
Formaron un ósculo lento, uno que saboreaban como si fuera el néctar más dulce, uno que reconstruía todas las memorias perdidas y reafirmaba el amor que nunca se había desvanecido.
Como si fueran dos planetas que finalmente encontraban su órbita se acercaban, sintiendo que cada vez que juntaban sus labios era una caricia del pasado y una promesa para el futuro.
No sabían qué iba a depararles el tiempo a partir de ahí. Pero de algo estaban seguros, y es que no querían dejarse ir nunca más.
Sus almas danzaban al ritmo del universo, disfrutando de lo que tanto habían anhelado. El Sol y la Luna de Pujato habían sido testigos de su amor todo el tiempo, de cada demostración de este. No importaba cuánto pase, siempre iban a encontrarse de nuevo.
