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Tenía muchísimo sueño. No había parte del cuerpo que no se quejara ante el movimiento o que no tuviera una contractura, y al llevarse la mano hacia el cuello, pudo notar la aspereza de su piel, similar a una lija, gracias al paso de los productos de limpieza en sus palmas.
- ¡Epaa! ¿Qué pasa, negrito?- exclamó la voz de Roberto Ayala, uno de sus mejores amigos- ¿Andás adolorido?
- Lo normal, Fabi, no te preocupes- replicó Lionel Scaloni, sonriendo con cansancio mientras le daba unos toques suaves al cigarrillo- ¿Ya terminaste?
- ¡Sí, gracias a Dios! Terribles estaban los baños del primer piso, yo realmente no sé qué comen estos tipos para cagar así.
El comentario lo hizo reír sonoramente, sacándolo de su letargo y haciéndolo alejar la vista de una ventana del edificio de enfrente, donde se recortaba la silueta de una pareja abrazada. Un ruido estrangulado brotó de su garganta, pero lo disimuló como un estornudo.
- No sé qué comerán, pero la mayoría son igual de mierda que lo que cagan- suspiró el pujatense con cierta bronca- Y mirá que laburé en lugares donde no entra ni Mandinga, pero en una semana nomás me basurearon como los mejores.
- Es el ambiente de este edificio de mierda, ya te vas a acostumbrar- lo consoló el entrerriano, triste, dándole una palmada en el hombro- Es más...
Hubo algo que interrumpió abruptamente la frase iniciada. Alrededor de la cabeza de Roberto, casi formando una corona, aparecieron pequeñas estrellas rosas, que flotaban en el aire mientras brillaban de forma intermitente. Era la señal que indicaba que su alma gemela estaba cerca, y una sonrisa feliz se dibujó en su rostro.
- Esa es la Lore así que me voy, ¡nos vemos mañana!- exclamó, alejándose al trote.
- Cuidate, Fabi, buenas noches.
Roberto se acercó hasta un Fitito rojo, detenido apenas a unos metros de ellos, donde lo esperaba su esposa Lorena, una bella mujer castaña rodeada por estrellas magentas, quien sonrió ampliamente cuando subió. El pequeño auto emitió un rugido y se perdió en el camino de adoquines, dejando a Lionel solo con su conciencia y con el humo de su cigarrillo, aún sentado en el alféizar de una de los ventanales de su reciente trabajo.
La noche estaba llena de estrellas, voces de extraños felices, y olor a comida. El clima era especialmente cálido, pero el pujatense sentía mucho frío, un frío que se metió por debajo de su piel al escuchar las risas de una pareja que pasaba junto a él, rodeada por estrellas verdes y amarillas. Apretando los labios con fuerza, Lionel arrojó la colilla bajo su planta para apagarla, la recogió del suelo y la tiró en el cesto de basura a su lado. Sus agotados pies iban lo más rápido que podían, como si quisiera escapar de los pensamientos que había dejado atrás.
Necesitaba evadir, una vez más, el hecho de que tenía cuarenta y cuatro años y no tenía un alma gemela.
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Desde que era muy pequeño, Lionel había convivido con el concepto de las almas gemelas consteladas. Él sabía de sobra lo que sucedía cuando quienes estaban destinados a estar juntos se encontraban: aparecían luces, se oía un tintineo similar al de campanitas, todo sumido en una vorágine esplendorosa al mirarse a los ojos... Y finalmente, casi cerrando el vínculo, alrededor de sus cabezas aparecían pequeñas estrellas del color favorito de la otra persona, las mismas que, ya establecida la relación, comunicaban la cercanía y el estado de ánimo.
La mayoría de sus amigas y amigos más cercanos habían encontrado a sus almas gemelas en la adolescencia, y otros pocos, ya rozando los treinta años. Pero él era el único en Pujato que seguía estando completamente solo.
No era como si le molestara estar solo, porque era un hombre muy autosuficiente y relajado, y disfrutaba pasar el tiempo en su propia compañía. Lo que le disgustaba a Lionel era la soledad, el sentirse solo, y más todavía, sentirse solo en un mundo donde todos ya tenían su constelación. En cada lugar a donde iba se encontraba de frente con la realidad: tenía más de cuarenta, trabajaba como empleado de limpieza desde su expulsión de la secundaria, y nadie jamás lo había mirado más que para menospreciarlo.
El pujatense no podía dejar de torturarse con preguntas. ¿Había nacido con una alteración genética? Quizás era por eso que jamás obtendría a su alma gemela, pero la teoría caía redonda cuando miraba a su familia: sus padres se encontraron a los dieciocho, su hermano Mauro y su esposa, a los veinte, y su hermana Corina y su novio, a los catorce. No podía ser el único en todo su árbol genealógico que quedara solo, ni siquiera tenía sentido a nivel biológico. ¿Sería su forma de ser? ¿Su posición social baja? ¿Su aspecto físico? ¿Su eterna cara de sueño, producto de tantas horas limpiando pisos?
No lo sabía, no lo sabía y no lo entendía. Nadie a su alrededor tampoco lo hacía, y su falta de pareja a esa edad solía causar gracia en los demás, haciéndolo blanco de maltratos de todo tipo. Había intentado, por todos los medios, de amigarse con la idea de que quizás él era su propia alma gemela (como tanto insistían su madre y su hermana para consolarlo), pero el estómago se le retorcía de angustia con cada día que pasaba, sin poder evitar pensar en que moriría sin nadie a su lado.
Por eso, cuando uno de sus mejores amigos, Roberto, le informó que en las oficinas donde trabajaba estaban buscando personal de limpieza nuevo, envió su currículum sin dudarlo. Necesitaba dinero, pero también, distraerse de su propia cabeza, aunque fuese repasando azulejos veinte veces.
Aunque fuese baldeando la misma vereda hasta desgastar las baldosas, hasta que le salieran ampollas, hasta olvidarse de quién era.
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- ¡Pero cómo anda mi desalmado favorito!
Lionel levantó la cabeza con hartazgo, clavando la mirada en la persona frente a él: Franco, un ex compañero de la secundaria que se había vuelto contador... y un insoportable grano en el culo. No había un solo día en que no se encargara de recordarle la realidad con toda la malicia del mundo, aprovechándose de que no podía contestarle de mala manera. A pesar de que se moría de ganas de estamparle el puño en toda la cara, el pujatense era consciente de que una acción así solo provocaría que lo echaran, por lo que respiró hondo y continuó repasando el suelo del pasillo.
- ¿No saludás a tus superiores?- insistió Franco, acercándose a él- Mirá que al jefe nuevo no le deben gustar los maleducados.
- ¿Qué jefe nuevo?- replicó Lionel, haciendo caso omiso a todo lo demás mientras se agachaba para enjuagar el trapo de piso- ¿No estaba Juárez?
- Estaba, el Viernes lo volaron del cargo porque se mandó unas cagadas con la guita y no sé qué. Así que hoy entra este flaco, me chusmearon que es cordobés y con buena biyuya... El apellido es algo como Aimar, creo.
"Seguro un pelotudo, como todos los demás en este lugar de mierda" pensó el pujatense con amargura, mientras volvía a extender el trapo sobre el escurridor. En tan solo una semana, la mayoría de las personas de la oficina le habían demostrado que no eran todos terribles seres humanos: era uno peor que el otro. Pasaban por encima de donde estaba limpiando sin fijarse, dejaban los baños en condiciones que no había visto en su vida, y si le pedían cosas, era de la manera más asquerosa posible. Lionel sabía que una buena parte de esas actitudes eran su forma de burlarse de él, pero eran así con absolutamente todos los empleados de limpieza, desde Roberto (que vivía sonriéndoles sin importar nada) hasta Rosita (que simplemente rodaba los ojos y seguía su tarea). Por la misma costumbre, no esperaba absolutamente nada diferente de parte del nuevo jefe.
- Fijate que te faltó limpiar ahí- comentó el contador, pateando el balde mientras se alejaba con una sonrisa burlona- Nos vemos.
El pujatense suspiró profundamente y comenzó a escurrir el desastre mientras contaba hasta diez, intentando no perder los estribos y explotar. La noche anterior había dormido increíblemente poco gracias a su insomnio, Roberto le avisó sobre la hora que estaba descompuesto desde la noche anterior y no podía ni levantarse de la cama, y la presencia de Franco y la sombra del nuevo jefe pesaban sobre su espalda, generándole un malestar tan grande que se sentía capaz de echarse a llorar. Cuando todo estuvo hecho, Lionel quiso tomar el balde para llevarlo a descargar el contenido, pero hubo algo que lo detuvo.
Una pequeña estela blanca y azul, parecida a la cola de un cometa, se había enroscado alrededor de su muñeca.
- ¿Y esto qu-?
Ni siquiera alcanzó a terminar la frase, porque aquella extraña luz comenzó a tirar de él con una fuerza increíble, arrastrándolo a través del pasillo como si estuviera hecho de plumas. Si no fuera porque estaba acostumbrado a ver estrellas flotantes, el pujatense hubiese caído al suelo por la sorpresa, pero en ese momento le importaba más descubrir a dónde lo llevaba. Los nervios subieron por su columna vertebral al darse cuenta de que probablemente sus ruegos se habían cumplido: ¿y si era su alma gemela llamándolo?
Lo hizo bajar la escalera a toda velocidad, pero cuando notó que su rumbo era el de la oficina principal de la planta baja, donde solían reunirse los ricachones más destacados, clavó los talones en el suelo.
- No- susurró Lionel, asustado, retrocediendo- No, no, no... No puede ser uno de esos, no...
Ya podía imaginarse sus caras cuando entrara, sin pedir permiso, por la puerta. Así, ojeroso, despeinado, con el uniforme azul desteñido por la lavandina, las rodillas mojadas y los guantes colgados de la cintura del pantalón, alegando que la pequeña luz lo había llevado hasta allí. Ya podía escuchar las risas, las burlas que circularían durante tiempo, las represalias contra él. Quizás su alma gemela ni siquiera estaba ahí, y toda la situación era solo un truco de su imaginación o un producto del sueño.
Aquello se vio negado por la estela, que volvió a tirar de su muñeca con fuerza, llevándolo hacia adelante hasta que chocó bruscamente contra alguien y cayó al suelo. El pujatense ni siquiera atinó a levantar la cabeza, muerto de miedo, dejando los ojos fijos en los zapatos de cuero que tenía enfrente. Parecían bastante caros, y eso lo hizo temer aún más.
- P-P-Perdón...- se disculpó al borde de las lágrimas- No te vi...
Una mano extendida apareció en su campo de visión, y fue entonces cuando notó que, enroscada alrededor de esa muñeca, había una estela igual a la suya. Tembloroso, Lionel elevó la cabeza y sintió que le cortaba la respiración, porque frente a él estaba el hombre más hermoso que había visto en su vida. Un espléndido traje negro, cabello castaño enrulado, ojos caramelo, una barba muy cuidada, un lunar y junto a él, una sonrisa amplia y cálida.
Tilín-tilín, tilín-tilín... El sonido de campanitas tintineando envolvió al pujatense, hipnotizado, mientras el hombre tomaba sus hombros con delicadeza para ponerlo de pie, observándolo como nadie jamás lo había hecho.
- Al fin te encontré- susurró, feliz- Hola, mi alma gemela.
Aquello fue suficiente para que Lionel explotara en un llanto descontrolado, dejándose abrazar por el desconocido. Tenía un perfume delicioso y su agarre era fuerte, sus brazos encajando perfectamente alrededor de su cintura, tal como estaba destinado desde el principio. Aquel pensamiento solo alimentó sus lágrimas felices: no estaba roto, había alguien que lo esperaba desde hace años, igual que él. Y ninguno de los dos volvería a estar solo jamás.
Muy lentamente, los cúmulos de estrellas aparecieron para coronar sus cabezas, brillando con intensidad: las de Lionel eran doradas, las de su alma gemela, plateadas. Una risita surgió de los labios del castaño al ver el color.
- ¿En serio tu color favorito es el plateado?- preguntó, sin poder dejar de sonreír.
- Ehh... Creo que sí, me gusta mucho- respondió el pujatense, tímido- Me llamo Lionel Scaloni.
- Soy Pablo Aimar.
"¿Aimar...?" Era el apellido que le había mencionado Franco, lo que significaba que su alma gemela era nada más y nada menos que el nuevo jefe del lugar. Un feroz sonrojo se apoderó de las mejillas de Lionel al darse cuenta de lo horrible y minúsculo que debía verse frente a él, pero todos esos pensamientos se desvanecieron cuando las manos de Pablo acunaron su rostro.
- No sabés cuánto te esperaba- confesó con ternura- Pensé que me iba a quedar solo.
- Yo también pensaba eso- respondió el pujatense, sintiendo que volvía a emocionarse- Perdón... que nos hayamos encontrado así, estoy hecho cualquier cosa.
- Estás hermoso.
Esas dos palabras lo atravesaron directo en el corazón, pronunciando el calor en sus mejillas. La seguridad y el brillo en la mirada del cordobés le dejaron en claro que lo que decía era sincero, y las estrellas doradas chispearon levemente, reflejando su emoción.
- Perdón- volvió a disculparse Lionel, avergonzado- No estoy acostumbrado a esto.
- ¿A qué te digan que sos hermoso? Yo te voy a hacer acostumbrar, no te preocupes- repuso Pablo, sonriente.
Interrumpiendo el momento casi de forma grosera, una comitiva de hombres trajeados, encabezada por Franco, se asomó desde el pasillo, y todos se detuvieron en seco y con los ojos muy abiertos al notar las estrellas de ambos. El pujatense los conocía muy bien a todos, ya fuese por ser ex compañeros o los que lo señalaban con burla en el del día a día, y su mano buscó la del cordobés para reafirmar su presencia. Ya nadie le podía hacer daño.
- F-Felicitaciones, Pablo- tartamudeó un castaño oscuro, tenso- Para los dos.
- Muchas gracias, Darío- replicó Pablo, entrelazando sus dedos a los de Lionel- Ni me imaginaba que iba a encontrar a mi constelación hoy, estoy muy contento.
Franco, por su parte, de repente era incapaz de sostenerle la mirada al pujatense, quien tuvo que hacer fuerza para reprimir una risa amarga. "Cagón de mierda."
- Bien, ¿vamos entrando?- indicó un rubio alto, tomando la delantera- Perdón que te corte el mambo, Pablo, pero la reunión no puede esperar más.
- No, no, por supuesto- restó el cordobés- Vayan yendo, enseguida los alcanzo.
En silencio competo, el grupo se alejó en dirección al salón principal, dejando a los dos hombres nuevamente solos. Lionel dejó salir un suspiro tembloroso que estaba conteniendo, alertando automáticamente a Pablo.
- ¿Estás bien?- inquirió, apretando la unión de sus dedos.
- Sí, es que...- dudó el pujatense- Es gente que conozco, y no son muy buenos, pero no pasa nada.
- Si te hicieron algo... Vos decime que vuelan al toque.
El gruñido amenazante del cordobés fue acompañado con la vibración de sus estrellas, molestas como él. Lionel sonrió y se acercó para dejarle un beso en la mejilla, que lo relajó casi de inmediato.
- No vale la pena- aseguró el pujatense- Ahora que saben que sos mi alma gemela, no van a decir más nada por cagones. Dejalos que se ahoguen en su propia mierda.
- ¿Seguro?- insistió Pablo, preocupado.
- Sí, de verdad. Vos nomás quedate conmigo, que así voy a estar bien.
El cordobés asintió fervientemente y volvió a abrazarlo con fuerza, demasiado feliz para ponerlo en palabras y queriendo avanzar un poco más, pero sabiendo que había unos cuantos pasos previos que no podía saltearse.
- ¿Querés...?- comenzó Pablo, elevando la mano hasta la mejilla del contrario- ¿Querés ir a comer algo después?
- Me encantaría- repuso Lionel, contento- Pero mirá que salgo tarde hoy, no sé si da hacerte esperar tanto...
- Me esperaste todos estos años, mirá si no voy a bancarme unas horitas más.
El pujatense suspiró, embelesado, y cerró los ojos para sentir con más intensidad las caricias en su rostro, el aroma dulce, el calor de sus cuerpos juntos, animándose muy lentamente a cruzar los brazos por detrás de su cuello y a peinar los rulos sobresalientes de su nuca. En su cabeza convivían mil necesidades distintas: llamar a su familia, hablar con Roberto, gritarle al aire, llorar un poco más y finalmente acurrucarse contra el hombro del cordobés mientras cenaban. Ya podía sentir que esa jornada laboral iba a sentirse más eterna que nunca.
- Vamos entonces- aceptó Lionel- Hay que festejar, ¿no?
- Más vale, hermoso- concedió Pablo- ¿Te parecen unas milanesas con puré, o soy muy básico?
Una sonrisa muy alegre, entusiasmada, iluminó los labios del pujatense.
- Para nada, es de mis comidas favoritas- reconoció.
Y fue esa misma sonrisa la que brilló en el rostro del cordobés, quien se estiró para besar su mejilla.
- Por algo sos mi alma gemela- susurró con dulzura.
