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El murmullo de los pasos sobre la alfombra del pasillo le inquietaba. Sentía pánico, una opresión enfermiza en la garganta que poco y nada tenía que ver con su salud mal balanceada; los murmullos, voces, pisadas estruendosas y delicadas, todo en conjunto le mareaba y le daba ganas de vomitar.
–Vamos Nico, no estés tan angustiado.
Volteo en dirección a la voz, que pronto fue reemplazada por el sonido del violín siendo afinado, en un volumen un tanto más alto de lo que debería.
–Ya te has presentado ante el público cientos, miles de veces – paso de la cuerda La a la Re, concentrado en su labor –, ¿en qué se diferencia este espectáculo de todos los que ya han pasado, de todos los que vendrán?
Nico arrugo el entrecejo, intentando ignorar al ente de traje rojo.
–¿Es por esa pieza Nico, la que te ayude a escribir? – el hombre sonrió, pasando de Sol a Mi, de grave a agudo, justo como sus palabras que daban directo en el blanco – ¿Por qué tan asustado? Es la mejor pieza que has compuesto en todos tus años, si me permites decirlo. No debería darte vergüenza a estas alturas, no cuando la practicabas con tanto orgullo, lucias muy feliz ejecutándola.
Camino lentamente por la habitación, sin dejar su sonrisa en ningún momento; el instrumento ya estaba bien afinado, pero en vez de dejarlo de lado, empezó a hacer arpegios, moviendo sus dedos con una rapidez nada propia de un mortal.
–¿Quizá estas nervioso por otra cosa? No por la pieza, sino por algo más, pero ¿qué otra cosa sería?
Acelero sus notas, al igual que sus pasos en dirección al músico, que se mantenía quieto y observador ante los movimientos del ente.
–Acaso te da miedo… – se inclinó hacia adelante, su cara muy cerca de la de Nico.
Con un último spiccato, desapareció por completo, quedando el instrumento en el aire, suspendido por unos instantes para sorpresa del músico que, perturbado por la desaparición, se apresuró a tomarlo antes que cayera al piso. Lo consiguió, pero un misterioso puntapié le hizo tropezar y caer de espaldas al suelo.
O así habría sido de no ser por el misterioso ente, que, apareciendo otra vez, sostuvo a Nico en sus brazos, quedando ambos en una íntima posición que le permitió al de rojo acercarse al músico, susurrando sobre sus labios.
–Te da miedo lo que va a pasar después ¿verdad? – su boca no dejaba escapar aliento de ningún tipo, como si la voz no proviniera de ese lugar – Sabes que las cosas serán distintas una vez la ejecutes frente a todos, nada volverá a lo que era antes.
Enderezo al violinista lentamente, permitiéndole estar en pie, pero sin soltarlo o alejarse.
–Esta pieza es el último cabo por atar en nuestro contrato, no habrá marcha atrás luego de eso. Lo que es ahora, será para siempre; cualquier llamado de redención o arrepentimiento no será escuchado, y la puerta de salida se cerrará con llave – el ente jugo con los botones del traje de Nico, paseando sus dedos por la superficie de tela –. No te devolveré nada luego de este concierto Nico, y tú no podrás renegar de lo que me pediste, tendrás que vivir con ese deseo hasta tu deceso, y luego de eso, las cosas se pondrán realmente divertidas para los dos. Eso no te asusta, ¿o sí? Nico.
Volvió a desvanecerse en el aire antes de ser atacado por el músico, que apretaba el arco con furia y terror en su mirada.
–Diávolo… – susurro, intentando recuperar el aliento.
La llama del candelabro que iluminaba el cuarto se agito con violencia, distorsionando la sombra a sus espaldas que se elevó y deformo hasta alcanzar el techo, cubriendo por completo la propia sombra de Nico, encerrándola con sus garras y fusionándose en una sola. Una amorfa entidad que alternaba expresiones de tormento y sádico regocijo, en un espectáculo mudo capaz de arrancarle el aliento al más valiente.
Jadeos de terror salían de los labios del violinista, retrocediendo en sus pasos como si tratara de escapar de semejante presagio.
Unos brazos lo envolvieron desde atrás antes que pudiera moverse más.
–Precisamente, Nico.
El ente sonrió altanero, complacido por la dramática reacción de su cliente. El terror en su piel tenía un sabor delicioso, una esencia que no se cansaba de ver en los mortales; debía contener el impulso de arrancar el instrumento de las manos del mortal y devorar cada pequeña pizca de miedo en su cuerpo, saborear sus lágrimas de agonía, deleitarse con sus gritos.
Pero el diablo era astuto, sabía guardarse sus propios impulsos para el momento apropiado. La fruta siempre sabia mejor luego de madurar, nunca antes de eso; era lo mismo con la carne, con las almas.
Esperaría todo el tiempo que fuera necesario, no tenía prisa. ¿Quién dice que el diablo no puede ser paciente de vez en cuando?
La llama se estabilizo, regresando todas las sombras a lo que debían ser. Diávolo dejo ir a Nico y camino hacia uno de los sillones del camerino, tomando asiento en tanto el mortal recuperaba el aliento.
–Tranquilo, no querrás romper una cuerda antes de entrar al escenario – cruzo las piernas, sonriendo divertido –. Es mejor cuando se rompen en plena presentación, al público le gusta más.
Dejo escapar una suave risa, que vibro en el pecho de Nico y le dio algo de calma para poder hablar.
–No… ¿No tienes otras cosas que hacer en lugar de atormentarme? – logro gesticular sin que le temblara mucho la voz, empezando a caminar de un lado a otro para recuperar su calma por completo.
–Aquí donde me ves, soy capaz de hacer muchas cosas sin necesidad de mover un dedo. No estoy atado a ningún lado, así que puedo estar donde yo quiera – Diávolo arreglo su cabello mientras hablaba, peinándolo hacia atrás –; justo ahora estoy en los sueños de alguien, cumpliendo un deseo muy parecido al que tú me pediste. También estoy peleando con un par de ancianos en un campo de trigo, y bailando junto al fuego mientras las brujas cantan. Puedo ir y venir a mi antojo, el tiempo no es un problema para mí.
La manera en la que el demonio hablaba confundía demasiado a Nico, que lo miraba con una peculiar mueca de curiosidad. Decidió tomar asiento también, a cierta distancia del ente mientras lo escuchaba hablar. Era un sujeto demasiado conversador.
–Y si tienes tantos lugares a donde ir, ¿para qué sigues aquí? Dijiste lo que debías, el trato se mantiene en pie, no necesitas vigilarme por eso – jugo un poco con las cuerdas de su instrumento, practicando distintas posiciones en silencio.
–¿Acaso está mal que me guste disfrutar de un buen espectáculo? Debes tener los pantalones bien puestos si te atreves a negarle un placer cualquiera a alguien como yo.
Alzo las cejas juguetonamente, logrando desestabilizar a Nico en sus prácticas, haciendo que una de las cuerdas rebotara con gracia. Diávolo volvió a reír, su grave voz rebotando en el pecho del violinista una vez más.
–Para ser el “Violinista del diablo” eres demasiado asustadizo, ¿qué dirá el público si empiezas a dar brincos así en el escenario? – imito su movimiento de hace un momento, riendo luego de forma burlesca – Debes tomarte las cosas con un poco más de calma, sino nunca llegaras a viejo.
Nico se sintió enrojecer de la ira. Pero antes de arremeter de forma violenta, prefirió desviar la mirada a su violín, como quitándole importancia al asunto.
–Claro, tú debes de saber bien sobre eso. Después de todo, el diablo sabe más por viejo que por…diablo– lo miro de arriba abajo, sonriendo burlón.
La sonrisa de Diávolo se esfumo en un segundo, girando la cabeza hacia la pared para no verle la cara. Su cabello tapaba casi toda su expresión, pero Nico sabía que había dado en el clavo, y se sentía orgulloso por eso. Estaba frente a un ser ancestral y poderoso, temido por muchos de los de su especie, y tan peligroso como en las leyendas que solía escuchar de niño, pero eso no le quitaba el gusto de tener pequeñas victorias como esa contra él.
El silencio duro por unos momentos más, donde aprovecho de repasar sus partituras y asegurarse de que todo estuviera en orden. El demonio se mantenía callado, no tenía nada más que agregar por el momento, eso hasta que tocaron la puerta del camerino.
–¿Maestro, está listo? – una voz masculina le llamo del otro lado de la puerta.
Nico se enderezo al escucharle, casi saltando de su silla con intención de contestar.
–¡Si, todo listo! Salgo en un momento.
Dejo el violín sobre la silla por un instante, acercándose al espejo para rectificar que todo su atuendo estuviera en orden. No había mucho que se pudiera hacer con su apariencia alargada y peculiar, pero al menos su traje estaba bien.
–Recuérdame cual era la pieza que ibas a tocar esta noche, Nico.
El músico necesito parpadear un par de veces antes de notar al demonio sobre su hombro, mirándolo directo en el espejo. Una de sus manos le sostenía la cintura, y la otra rodeaba su cuello con delicadeza.
–C-Caprice no.24… – susurro Nico, temblando al sentir como una uña filosa delineaba su nuez de adán.
–Caprice, un nombre apropiado, un muy buen nombre para una pieza…– acerco sus labios al cuello del mortal, rozándole con expectación – Un capricho…
La boca del demonio se deformo, mostrando una hilera de filosos colmillos de los que goteaba una sustancia que a Nico se le hizo parecida a brea, oscura y pegajosa, que bajaba lentamente de su mentón y estaba a menos de un movimiento de manchar su traje, y de paso arrancarle la carne de una mordida. Le mantenía sujeto con una mano, obligándole a mirar y sufrir con la idea de que bastaba un roce para acabar con su existencia, con su vida. Y todo por un simple capricho.
Estaba sujeto al capricho de un demonio.
Pero tocaron la puerta una vez más, y Diávolo ya no estaba sobre él, sino en el asiento que ocupaba momentos antes.
–¡Ya va a empezar el concierto Maestro, dese prisa!
Nico lucho por respirar y encontrar la fuerza para poder contestarle a quien sea que estuviera afuera.
-¡U-un momento!
Se alejó del espejo, caminando un par de veces por el cuarto hasta que logro recuperar el aliento. Sin mirar en dirección al sonriente demonio, tomo su instrumento y se acercó a la puerta, inhalando antes de girar el picaporte.
–Te veo en el escenario Nico.
Ya había abierto la puerta cuando escucho esa última frase, volteando hacia la habitación nada más para encontrarla vacía, sin un rastro del misterioso ente.
–Maestro Paganini, ¿seguro que se encuentra bien? – pregunto el asistente frente a él, tomando algo de distancia.
Nico sostuvo con fuerza su violín, el único testigo de todas sus penurias y tormentos, y también la causa de que todo esto haya comenzado en primer lugar.
Se enderezo ante el asistente, emprendiendo la marcha sin decirle una sola palabra.
–¡M-maestro espéreme!
El pobre hombre luchaba por seguirle el paso al artista, mientras de fondo se podía escuchar a la orquesta afinar sus instrumentos, preparándose para darle la bienvenida al virtuoso solista. Todos estaban listos para el concierto que marcaría un punto y aparte en la leyenda que era la vida de Niccolo Paganini, aquel que todos conocían como “El violinista del diablo”.
