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Benjamín no odiaba ser un alfa.
Claro, a veces la sensibilidad de su nariz a los aromas de otros hacía que le doliera la cabeza, pero no necesitar excusas para agarrarse a combos con otros alfas era divertido. Bastaba una mirada, un gesto, para que un alfa más hormonal de la cuenta perdiera los estribos y decidiera que era buena idea provocarlo. La gran mayoría de las veces Benjamín atacaba tras sentir la más mínima feromona de agresividad en el aire, porque no era una buena pelea si alguno no terminaba con la nariz sangrando y un ojo morado.
Debido a eso todos lo consideraban un alfa impulsivo, del tipo que es peligroso tener cerca porque nunca sabes como puede reaccionar. Manuel siempre lo regañaba por eso cuando regresaba con los rastros de la última pelea en el cuerpo, repitiéndole una y otra vez que no eran peleas amistosas si uno de los dos involucrados en realidad estaba golpeando con intenciones de lastimar.
Pero al final las intenciones no importaban, porque seguía siendo entretenido. Claro, no era el pasatiempo más normal del mundo, pero casi nunca era él quien comenzaba las peleas. ¿Qué sentido tenía reprimirse?
Sin importar cuántas veces se lo intentó explicar, el otro nunca entendía.
Benjamín odiaba que Manuel fuera un omega.
Cuando eran pequeños todos estaban convencidos de que Manuel se presentaría como un alfa igual que su madre. ¿Cómo podría no serlo con esa personalidad rebelde y contestadora? Obviamente iba a ser un alfa y Benjamín, mucho más obediente y silencioso, un beta o un omega.
Al final terminaron presentándose justo al revés, y Manuel fue quien más problemas tuvo para aceptarlo. Responsabilidades, expectativas, todas apilándose hasta colapsar como un castillo de naipes.
No tenía forma de saberlo realmente, pero en su ingenuidad Benjamín más que una vez había acabado pensando que quizás las cosas habrían sido diferentes si Manuel no se hubiese presentado como un omega. No habría discutido con su madre hasta acabar alejándose por años de ellos, no se habría vuelto así de huraño y evasivo con todos…
Sin embargo, siempre llega el momento en el que sale el sol después de la lluvia.
No hay nada que el tiempo no sane, y con el tiempo el aroma a té amargo de Manuel fue cambiando, volviéndose mucho más suave, en ocasiones incluso dulce, con tonos de moras y miel. Por el contrario, eran raras las veces en las que el aroma a petricor de Benjamín disminuía su intensidad para oler más como un día soleado en el bosque.
Benjamín odiaba a Martín.
O quizás lo correcto sería decir que le caía bien, pero había cosas que odiaba de él. Muchas cosas, como su personalidad egocéntrica, o su tendencia a presumir de hasta la más mínima tontería, o ese mal habito que tenía de hacer enfadar a Manuel como forma de llamar su atención.
A veces podían estar en la misma habitación sin problemas, otras veces bastaba una mirada para que el aroma a ceibo del argentino se volviera agrio. Que fuera la pareja de Manuel solo complicaba las cosas, porque estaban obligados a llevarse bien a menos que quisieran que el otro les cerrara la puerta en la cara.
Había que entender cuando podías insistir y cuando no quedaba más opción que ceder. Por ejemplo, Benjamín sabía que cuando la intensidad del aroma de Manuel comenzaba a aumentar era mejor irse. A ningún alfa le gustaba sentir a otro alfa cerca del nido de su omega, que fueran familia era irrelevante cuando eran las feromonas las que hablaban.
Benjamín odiaba los supresores.
El celo de un omega podía llegar a durar hasta una semana, pero el de los alfas por lo general no duraba más de un día. Si sabías anticiparlo entonces ni siquiera había necesidad de supresores, por lo que la mayoría de alfas tan solo se aislaba hasta que volvían a la normalidad como si se tratara de un simple resfrío.
Al principio él también había probado eso, pero por más que lo intentó fue imposible soportarlo. Era como volverse loco, perdiendo todo el control de su cuerpo para acabar disociando por horas hasta que el celo pasaba y lograba arrastrarse al baño para una ducha.
Los supresores para omegas tenían más del doble de páginas de efectos secundarios, pero eso no quería decir que los hechos para alfas fueran una panacea. Te dejaban sin energías, con todos los músculos del cuerpo doliendo como si acabase de chocarte una camioneta, y ni hablar de las náuseas, pero claro, no usarlos era mil veces peor.
Y había pensado que tendría que vivir soportando eso toda la vida, hasta que alguien le hizo cambiar de opinión.
Benjamín odiaba muchas cosas, pero amaba el aroma de Federico.
— Fedeee… —
— No te muevas tanto. —
La habitación del castaño siempre olía bien, pero abrazarlo estando en su cama era una experiencia a otro nivel. Con sus manos en la espalda ajena, por debajo de su ropa, y su rostro apoyado en uno de sus hombros, podía ahogarse por horas en su aroma a dulce de leche. No era empalagoso, al contrario, Benjamín pensaba que jamás podría cansarse de él.
Sin molestarse por tenerlo encima, Federico mataba el tiempo leyendo. A ratos alguna de sus manos se movía, dejando caricias sobre los tatuajes de su brazo o su cintura para cambiar la posición de ambos sobre la cama.
No se quejaba si lo abrazaba con demasiada fuerza o si aliviaba algo de la presión que sentía en su mandíbula mordisqueando su ropa. Era casi demasiado bueno para ser verdad, y las horas pasaban rápido en ese cómodo abrazo en donde Benjamín solo debía concentrarse en el calor y el aroma del otro para sentirse bien.
Aunque claro, era tan cómodo que no podía evitar gruñir cuando Federico intentaba separarse.
— Tenemos que comer. —
— No te vayas… —
— Volveré pronto, lo prometo. —
Verlo salir de la habitación le daban ganas de amarrarlo a la cama cuando regresara para que no volviera a pensar en alejarse de ahí, pero tras quedarse solo esos pensamientos no solían durar demasiado en su mente.
Por más que se retorciera entre las sábanas no había forma de encontrar el consuelo que la presencia del otro traía consigo, y la frustración que esto provocaba solo hacía que se desesperara más. Para cuando Federico regresaba con una bandeja de comida, la cama estaba completamente desordenada y Benjamín gruñía enterrando su rostro en la almohada que antes usaban.
Con un suspiro, el argentino dejaba la bandeja junto a la cama y volvía a sus brazos.
— Eres un desastre. —
Pero pese a sus palabras y su tono igual de seco que siempre, su aroma se sentía más dulce que nunca, como si estar lejos de Benjamín hubiese sido igual de doloroso para él.
— Pero soy tu desastre. —
Tras escuchar a Benjamín, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Federico. Sus ojos violetas buscaron el cuello ajeno, donde la marca de sus dientes finalmente había quedado grabada tras meses y meses de repetirla.
Sí, era suyo, así que era su responsabilidad cuidarlo.
Federico era feliz como un omega.
Durante muchos años se había cuestionado por qué se había presentado así, por qué olía tan horriblemente dulce, pero tras conocer al chileno todo había tenido sentido. De haber sido un alfa jamás habría podido estar con él de esta forma, de ser un beta no habría podido marcarlo ni sentir su aroma fresco como el rocío sobre las hojas al amanecer.
Ambos eran perfectos tal y como eran.
— Fede… —
— ¿Qué pasa? —
Y esa perfección incluía intercambiar besos de vez en cuando, unos que en vez de pasión estaban llenos de comodidad, consuelo y confianza.
Las manos del argentino encontraban con facilidad su camino por el cuerpo ajeno, mucho más delgado que el suyo, cálido al tacto.
Una vez que su celo terminara, se encontraría extrañando esta cercanía otra vez.
Sin saberlo, Benjamín estaba pensando algo similar en esos instantes.
Federico amaba el silencio de su hogar.
— … ¿Qué traes ahí? —
— Mis cosas. —
Pero también amaba a Benjamín, así que tuvo que aceptar que sus días tranquilos estaban por terminar cuando este apareció con una maleta en la puerta de su casa.
Después de todo, aunque había estado meses planeando cómo proponerle que se mudara a vivir con él, esta era la mejor sorpresa posible.
La sorpresa que Martín y Manuel les darían en un tiempo era otra historia.
