Chapter Text
Miró hacia abajo. El ascensor subía, subía. Metatron le miraba con esos ojos llenos de cielo en los que se podía observar toda la creación.
Y toda la destrucción también, Ángel.
Aziraphale se habría tapado los oídos, pero el hecho de que el último apunte sonase en su mente con la voz de Crowley, no tenía nada que ver con sus funciones auditivas.
Intentó no pensar. Pero había mucho tiempo de subida. Se estaba yendo. ¿Realmente se estaba yendo? ¿Sin Crowley? Parpadeó repetidamente y atenuó en sus ojos la intensa luz de Metatrón, permitiéndose observar el mundo que se alejaba a sus pies.
Su mundo; el de los dos. Sus mejores años y recuerdos. Parpadeó. Sus mejores obras. Cerró los ojos y se abofeteó mentalmente a sí mismo. Lo estaba abandonado. ¿¡Realmente lo estaba abandonado!?
¡Por supuesto que no quería irse! ¡Cómo iba a querer abandonar la Tierra! ¡El lugar que le había convertido en mejor ángel de lo que ningún arcángel podría ser jamás! Oh, Dios. ¡Ni aunque fuese para ir al cielo!
Miró hacia abajo. Tenía muy buena vista y Crowley iba de negro. Era una diminuta mancha en la acera que se dirigía a su coche. No le miraba. Igual que no le había retenido. Pero no por falta de ganas, sino porque —hace mucho que lo sabía— Crowley solía hacer eso. Sacrificarse.
Mirando aquél punto negro que durante seis milenios había sido su guía y su vara de medir en un planeta extraño que había acabado por convertirse en su hogar, Aziraphale se dio cuenta de que estaba siendo un completo imbécil. ¿Cambiar las cosas? ¿¡Cómo demonios pensaba que podría él solo cambiar nada!? ¿Sin Crowley? Cerró los ojos y se llamó estúpido cincuenta veces. Sesenta. Y luego deseó intensamente que el ascensor se detuviese.
Y curiosamente se detuvo. Al fin y al cabo estaba conectado a su corazón.
—Creo que me bajo en esta planta —susurró.
Metatron le miró arqueando una ceja en su rostro humano. Estaban muy lejos tanto de la tierra como del cielo. Abrió la boca para hacer una pregunta. Y Aziraphale se adelantó con la respuesta. Si Metatron hablaba, probablemente él volvería a aceptar todo lo que propusiese. Sin poder pensar.
—No deseo subir al cielo. No deseo ser un arcángel —costaba admitirlo, ni siquiera él entendía sus palabras, pero hablaban sus entrañas y ellas sabían más del asunto. Les dejó hacer—. Deseo quedarme en La Tierra. —contuvo el aliento. Los humanos decían que el primer paso era admitirlo. Así que dio el primer paso—. Con Crowley.
Antes de escuchar la respuesta, dio también el segundo. Abriendo la puerta del ascensor infinito con una floritura de su mano, sin mirar atrás, sin dar pie a la voz de Dios ni a su poder de persuasión, el ángel se tiró al vacío.
