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❝ Tulipanes ❞
Título Alternativo: “Jardín de Amor”
Se dice que para obtener un cortejo efectivo se debe de agasajar a nuestro interés amoroso con un tipo de regalo que consideremos sumamente valioso. Que sea de coste alto no es sinónimo de calidad y perfección; esto se trata de algo que va más allá del precio en la etiqueta. Era de cuánto podíamos decir acerca de nosotros y nuestras intenciones con un presente. Todo esto haciéndose durante un mes antes de que se nos pudiera dar el “sí” para una primera cita.
Claro, está de más decir que esto es parte de las reglas no dichas del cortejo que datan de hace varias décadas atrás donde todo debía estar planeado a la perfección y hecho al pie de la letra para conseguir una buena impresión no solo en la persona cortejada, sino en su familia. Vale aclarar que de este modo se maquillaban muchos matrimonios arreglados e infelices haciéndolos pasar por la pareja enamorada del año, pero esos ya son otros chismes de barrio.
Otra cosa que va muy de la mano con estas reglas autoimpuestas de la sociedad es que la pareja por excelencia es entre un alfa y un omega. No un alfa con un alfa, no un beta con un omega ni mucho menos un omega con un omega. Era algo parecido a un sacrilegio hacerlo. Nuevamente, estándares sociales que nadie sabe de dónde salieron y que por causa de ellos podrías ser condenado al rechazo por parte de tu comunidad si en algún momento de irracionalidad decidieras ir en contra de ellos.
Tampoco está de más recordar que son los alfas quienes tienen que pretender a los omegas. Sería considerado como una burla al orgullo si fuese al revés.
Entonces, ¿qué tienes si mezclas los pasos perfectos para un cortejo con una elección poco ortodoxa sobre a quién quieres agasajar, sabiendo que es todo lo contrario a lo que le gustaría a la sociedad? Además de la receta perfecta para el desastre, la actual interrogante que carcome todas las noches la cabeza de nuestro chico de tierras veracruzanas.
Verán, no es que le faltara el capital para mimar durante un mes completo al omega de sus sueños. La situación iba más allá de todo eso, para su pesar. Él podría hacer gala de lo que posee y asegurarle al omega que nada le faltaría de aquí hasta el último suspiro de su vida, lo cual es cierto.
Era el estatus con el que fue marcado por la naturaleza que hizo que cualquier sueño con dicho omega se truncara.
Porque Sebastián no era nada más ni nada menos que un beta.
Sí, un beta queriendo cortejar a un omega. Definitivamente esto ante los ojos del resto no iba a terminar muy bien. Y eso era justo lo que Sebastián temía: que terminara mucho peor de lo imaginado y perdiera incluso la amistad del chico de quien está enamorado.
De nuevo suspiró, tratando de apartar toda la nube brumosa de melancolía que le rodeaba, dando vueltas sobre su cama con intención de conciliar el sueño y olvidarse por una vez de todos esos disparates que no le dejaban dormir, pero cuando sus párpados se cerraban lo único que podía ver entre toda esa espesura negra era unos ojos verdes cual olivinos preciosos, devolviéndole la mirada con una ternura de la que no se creía merecedor.
Ay, ojalá esos ojos pudieran verle con amor.
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Todo comenzó un 28 de agosto del 2021. Se dirigía a su taquilla para cambiarse luego del entreno de ese día. No había nada fuera de lo común, salvo la ausencia del muchacho de rulos castaños a su alrededor. Normalmente compartían un tiempo juntos antes de que cada quien se dirigiera a su casa. Ya era una especie de costumbre para ellos.
Bueno, lo que no era costumbre fue que al observar su casillero se encontrara con un tulipán amarillo sembrado en una pequeña maceta a la par de su maletín, todo radiante, ofreciéndole una alegre bienvenida.
—No manches…— susurró Jurado mientras veía a detalle el pequeño presente ofrecido a su persona.
Lo tomó con cuidado, examinándolo detenidamente al mismo tiempo que lo giraba entre sus manos. Buscaba alguna señal de que se trataba de una broma pesada, que tal como en una cámara oculta saldría alguno de sus compañeros para burlarse de él por la forma tan fácil de dejarse pendejear por ellos.
Pero nada. Solo estaba él y ese pequeño tulipán como su compañía.
Resignado, solo suspiró. Ya perdió la cuenta de todas las veces que ha suspirado en estos días.
Terminó de cambiarse, ordenó su maleta y la agarró para llevársela, así como también se llevó la maceta con el tulipán amarillo dentro de ella. Al menos tenía un nuevo ornamento para su hogar y, ¿quién quita que tenga habilidades recién descubiertas para la jardinería? Prefirió ver esto como una invitación a una novedosa experiencia que desestimarlo y rechazarlo por miedo a las consecuencias que pudiera traer.
Así de ingenuo era. Sin embargo, en el fondo prefirió atesorar este fugaz momento de quien quiera le haya obsequiado la flor porque al final, ¿quién quería regalarle algo a un beta?
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Bien, resultó ser un desastre para el cuidado de las flores. Solo había tenido a su tulipán un mísero día y sentía que no duraría hasta el término de la semana para su gran aflicción. Pero no importaba, no al menos en cierto porcentaje, porque al siguiente día se encontró con otro tulipán amarillo en su maceta, colocado pulcramente en su taquilla listo para ser transportado a su nuevo hogar. Otra vez.
Volteó para ambos lados, esto debía de ser algún tipo de broma ridícula. Ridícula y de mal gusto.
Aunque ni un alma rondaba por el lugar. Solo él estaba ahí de pie enojándose con la nada y con un nuevo tulipán para llevar a casa.
Ya tenía suficiente con Santiago robándole el sueño por las noches, no necesitaba una nueva adición a la gran pila de problemas que se le iban acumulando día tras día.
De igual manera, no tuvo el corazón para rechazar la flor, por lo que la llevó consigo. Con suerte su primer tulipán sobreviviría y ahora tendría una nueva y fulgente hermana.
Cerró los ojos mientras masajeaba su entrecejo. ¿Debería comprar una maceta más grande?
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Los días siguieron pasando y los tulipanes en su taquilla de La Noria continuaron asomando.
Su casa de flores amarillas se iba llenando y al pretendiente misterioso seguía sin atraparlo.
Oh, qué tragicómica era la vida que le había tocado.
De algún modo, incluso cuando no iba a entrenar con el equipo porque era su día de descanso, las flores lograban llegar a la puerta de su casa. Sanas, salvas y, sobre todo, sin falta. Aun así, guardaba cada tulipán en su nuevo jardín que cada día se hacía más vasto y hermoso. Lamentablemente las flores no eran capaces de contagiarle un poco de su alegría y buen ánimo a su persona. Mas no iba a mentir, en los días malos le gustaba sentarse a contemplarlos. Había algo en su coloración luminosa que le encantaba entero.
Eran tan preciosos… Pero ciertamente no sabía qué significaban.
Fue alrededor del día veinticinco que se decidió por fin a buscar su significado. Entró a internet y luego de buscar durante unos minutos su única conclusión fue:
“¿Me los da porque me considera un buen amigo?”
Eso no tenía sentido para él si el acto de estarle entregando flores por veinticinco días era un sinónimo de cortejo. Las flores tienen muchos significados, ¿no? Puede que haya aislado alguno de los conceptos y solo se haya quedado con ese. O que su pretendiente no fuera habilidoso en el campo del lenguaje de las flores. Sea cual sea la respuesta, algo se agrió en su sistema.
Amigo. No le sentaba bien la palabra.
Y para terminar de atosigarlo, Santiago andaba más quisquilloso de lo normal. Es más, podía jurar que el menor se ponía incómodo cuando ambos se quedaban a solas. ¿Hizo algo malo?
“Existir.” Qué agradable respuesta.
Bien, ahora tenía que lidiar con un cortejo indeseado, el omega de sus sueños molesto con él por Dios sabe qué motivo y la presión típica del equipo en sus jugadores.
Qué buena es la vida. Definitivamente no podía continuar con esto.
¿Cómo le hacía saber a su pretendiente que agradecía el gesto, mas no se encontraba interesado? Su corazón ya pertenecía a cierto omega que jugaba en la delantera cruzazulina y dudaba que su opinión cambiara de un día para otro.
(No era duda, era una certeza. Llegaría al final de sus días y seguiría perdidamente enamorado de Santiago Giménez.)
Bajando a leer sobre los significados de los tulipanes de otros colores, se topó con el tulipán naranja y algo hizo clic en su cabeza.
Era mejor esto que darle esperanzas a la persona equivocada.
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28 de septiembre de 2021. Hoy se cumplía un mes desde que los tulipanes comenzaron a aparecer en su taquilla.
Habían abordado a Columbus, Ohio, el día anterior. Debían presentarse en la Campeones Cup al día siguiente para jugar contra el Columbus Crew SC. También es su cumpleaños y tuvo un pequeño festejo al respecto que no comprometió el físico de ningún jugador para el día de mañana.
Recostado en su dormitorio no pudo evitar detenerse a pensar en los sucesos ocurridos el día de ayer.
Terminó llegando temprano al entreno previo al viaje. Fue el primero en llegar, en realidad, y no había rastro de ningún tulipán amarillo. Entonces dejó en su propia taquilla el tulipán anaranjado y esperó a que el desconocido captara el mensaje.
Amor prohibido.
Se requirió su presencia con la directiva y luego de eso comenzó el entreno, por lo que no tuvo oportunidad de volver al vestidor hasta que concluyó la práctica. Con nerviosismo fue a traer sus cosas y vio que el tulipán anaranjado desapareció.
Sin embargo, la infaltable maceta estaba colocada de forma sencilla a un lado de su maletín. Su tulipán amarillo alegre como siempre.
¿Qué quería decir?
Ojalá haya captado el mensaje porque no tenía el valor de encararle y rechazarlo directamente.
“No podemos estar juntos… Porque no puedo corresponderte”
Ah, ¿por qué las cosas no eran más fáciles?
Toc, toc.
Con curiosidad, Sebastián se levantó de su cama y fue directo a ver quién llamaba a su puerta. No esperaba a nadie y por la hora imaginó que todos sus compañeros de equipo ya estaban descansado previo al partido de mañana.
Una cabellera de rizos color caramelo, una mirada verde oliva que le veía con algo parecido a la expectación y una pequeña sonrisa que quería transmitir confianza en sí mismo fue quien le saludó.
Ah, y una bolsa negra la cual apretaba intensamente con sus manos, como si no quisiera dejar al descubierto su contenido.
—¿Bebo?— la única pregunta que pudo formular el veracruzano salió de modo torpe de su boca.
—Hola, Sebas.— respondió mientras enfatizaba su sonrisa. A este punto parecía más una pequeña mueca que la sonrisa brillante que solía dirigirle.
—Este- ¿quieres pasar?... Obvio que sí, si viniste hasta acá es para hablar.— la última frase la murmuró para sí mismo mientras se regañaba mentalmente por su repentina ineptitud para hablar con el menor.
Santiago le tomó la palabra y cerró la puerta detrás de él. Sebastián le señaló la cama para que pudiera sentarse ahí mientras él agarraba una silla que servía como decoración de la habitación y tomaba asiento frente al chico de ojos claros. Santiago aún sostenía con fuerza la bolsa negra.
Francamente, ambos miraban para cualquier otro lugar que no fuera la mirada contraria. De un instante a otro el techo y el suelo se volvieron más interesantes que confrontar a su amigo.
Por la mente de Sebastián pasaban mil y un pensamientos con la velocidad de un tren bala. Su cabeza era un remolino a causa de las interrogantes que le bombardeaban sin tregua alguna. Había tanto que quería hablar con Giménez, pero también mucho que perder y por ello decidía callar de manera cobarde. Además, estaba el tema de los tulipanes anónimos y le inquietaba saber que consiguió lo que quería: espantar a su pretendiente. Porque hoy que se cumplió el mes de cortejo no recibió absolutamente nada a cambio y eso le hacía sentir una especie de vacío en el pecho, por más contradictorio que fuera para su persona.
No lo quería, pero se había acostumbrado tan mal a los regalos que, ahora sin ellos, no sabía qué hacer o cómo sentirse.
Un carraspeo llamó su atención. Centró su vista en Santiago, aunque este no le devolviera la mirada.
—Venía a darte tu regalo de cumpleaños. ¿Qué clase de amigo sería si lo olvidara?— Sebastián soltó una pequeña risa para ocultar la amargura que lo invadió el oír al omega pronunciar “amigo”.
—No tenías que molestarte, Santi.— respondió. Intentó darle una sonrisa sincera por el gesto, mas no pudo. Lo intentó y no pudo.
Todo se le estaba acumulando de la peor manera posible en el momento menos indicado.
—Es lo mínimo que puedo hacer para demostrarte mi aprecio.— una trepidación se adueñó de su corazón. “¿Por qué?”, solo pudo pensar eso. “¿Por qué?...”
Exhaló con un temblor de por medio. Se detestaba por desear más de lo que le ofrecía Santiago, pero despreciaba aún más el hecho de no hacer nada para luchar por el omega, ganar su corazón y en cambio ser un espectador más de su propia ruina.
Le hervía la sangre del coraje y solamente podía culparse a él mismo.
—¿Me prometes que no vas a huir después de esto?— la declaración de Giménez lo trajo de regreso a la realidad bruscamente. Un malestar se alojó en su sistema al oír eso, no tenía una buena sensación de lo que vendría a continuación.
Santiago seguía viendo al piso, pero el agarre en su bolsa se aflojó, casi como si se hubiera dado por vencido. Era un comportamiento anormal de su parte. Si hay algo que puede definir a Santiago es su decisión y valentía.
¿Qué estaba pasando?
—Jamás te haría algo así, Bebo.— decidió levantarse de la silla y sentarse junto al omega. Quizás la proximidad podría ayudarle. Lastimosamente, al ser beta no contaba con feromonas que pudieran tranquilizar a la gente. Solo era él y… Él.
Otra razón más para envidiar la condición alfa que poseía cierto porcentaje de la población.
—Recibí tu mensaje ayer. Sin embargo, no sería correcto de mi parte dejar mi cortejo inconcluso.— de repente, el espacio y tiempo de Sebastián se paralizó.
Todo parecía ir en cámara lenta, desde las palabras recitadas por Santiago hasta el movimiento de su mano adentrándose en la bolsa para sacar y revelar por fin lo que tanto había estado conteniendo. El sudor frío se deslizó por su piel, el vació en su estómago se hacía inconmensurable, las cosas se sentían tan mal.
Un destello amarilló asomó de la bolsa.
No, no, no, no. ¡No!
No podía…
—… ¿Santiago?— llamó débilmente al menor. Su boca se secó y su garganta dolía con cada ruido pronunciado.
Con discreción trató en vano de pellizcarse, pensando que así podría salir de su trance, de la pesadilla que advertía con tragarlo entero y destrozarlo bajo el peso abrumador de la verdad. Sin embargo, esta era la realidad. Su realidad.
Santiago le extendió una maceta con un bello y bien cuidado tulipán amarillo dentro de ella.
Oh, las sagradas peripecias de la vida. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—Supongo que hay alguien más que te gusta y por eso rechazaste mis avances, pero créeme que lo comprendo. Solo quería que tuvieras esta última maceta.— con manos torpes recibió la flor, haciendo uso de toda su fuerza para no dejarla caer al suelo por el impacto de la situación.
Si Giménez fuera más observador podría notar los leves temblores en los dedos del mayor.
Sebastián veía distraído el tulipán, sin embargo, no era capaz de enfocar el objeto entre sus manos. Estaba perdido en todos los sentidos de la expresión.
El joven omega seguía sin devolverle la mirada.
—Santiago…— intentó llamar otra vez.
—Y, tal vez, acabo de chingar bien feo nuestra amistad porque, ¿quién se enamora de su amigo que resulta ser su compañero de equipo? Jaja… Solo pendejos…— una risa fragmentada salió de los labios del delantero, las palabras desvaneciéndose en el viento hasta ser un susurro.— Como yo...
—Santiago.— llamó una última vez. La firmeza ausente en su tono.
—Aunque eso no cambia el hecho de mis sentimientos. Me gustas, Sebas, y no solo como cuate. Tampoco me importa el que “biológicamente” no seamos compatibles.— hizo comillas con sus falanges para enfatizar su punto.— Me enamoré de tu persona, no del subgénero que te representa. Y si pudiera elegir a mi destinado…
“ No lo digas. Por favor no lo digas. ”
—En definitiva te elegiría a ti sin pensarlo.
Silencio.
Un profundo y amargo silencio.
—No puede ser…
Sebastián dejó la maceta en su costado libre y tomó su cabeza entre sus palmas, enterrando sus largos dedos en su cabello. Suprimió un grito y, en cambio, pronunció con cadencia en su voz.
—Todo este tiempo pasé revolcándome en la autocompasión y cobardía por no ser capaz de luchar por el chavo de mis sueños. Porque creí no ser suficiente para ti. Porque pensé que ser beta era un error. Y aquí estás tú, demostrándome nuevamente que me volví a equivocar… Porque tú si tuviste valentía todo este tiempo, Santi…— cerró con fuerza sus ojos, incapaz de enfrentar al omega, a sus ojos verdes que ahora le han de ver con perplejidad.
Eso no le impidió a proseguir con su diatriba contra sí mismo.
—Y luego te rechacé indirectamente, pues volví a sentirme como un cobarde. Porque no tenía el valor de rechazar a mi pretendiente cara a cara. Porque no sabía cómo decirle que mi corazón está ocupado por otra persona, quien resultó ser tú ni más, ni menos.— dio una intensa exhalación. Necesitaba respirar, de un segundo a otro la habitación pareció encogerse sobre él y el aire escapar de ella.
O es que el nudo por fin halló su garganta y si no tenía cuidado lo siguiente a decir sería en medio de un mar de lágrimas.
—El que quedó como pendejo fui yo…
¿Así se sentía? ¿Acariciar la más grande de las maravillas universales, sabiendo que jamás podría pertenecerte? Quedarte nada más como un espectador a pesar de que volteó a verte directamente. ¿Por qué cuando tenía lo que siempre quiso, lo que estuvo anhelando estos años no era competente para tomarlo? ¿Le detenía algo de hacerlo o había algo más profundo entre los muros de completa y renuente cobardía que le rodeaban, escondiéndolo del “qué pasaría si…”?
Esto solo hizo recordarle cuánto detestaba ser un beta.
“No podría estar a su lado porque yo…”
—No eres un cobarde ni un pendejo, Sebas. Tú no sabías de mis propios sentimientos y ciertamente fue algo que jamás discutim-
Jurado lo interrumpió: —No soy un alfa, Santi.
Giménez resopló: —¿Y eso qué?
El beta alzó el rostro, sacudido en su totalidad por la pregunta del delantero cruzazulino.
“¿Y eso qué? ¿Acaso no lo puedes ver?”
—Que nunca voy a ser capaz de proveerte como un alfa. ¿Un beta y un omega juntos? Por favor, Santiago, suena como una completa locura. Además, el resto hablará tanto de ti como de mí y no quiero que hablen despectivo de ti. No quiero que seas señalado por mi culpa…
“No quiero que mi esmeralda sea pulverizada por consecuencia de otros.”
Santiago frunció el ceño. Su expresión tensándose tal cuerda.
—Ay, quién te entiende Sebastián. Dices no ser lo suficiente valiente para luchar por mí, pero luego tienes tu oportunidad servida en bandeja de plata y no la tomas por miedo a las repercusiones.— exclamó, la molestia deslizándose entre cada sílaba vocalizada.
Jurado se tensó ante eso. Lo último que quería era hacer enfadar a Giménez. Se escondió aún más en su lugar. Santiago se percató de ello y de manera inmediata dejó salir a flote sus propias feromonas buscando aplacar el desconsuelo de Sebastián. No fue su intención hablarle de manera arrebatada.
El rico aroma impregnó la habitación. El beta se dejó atrapar una vez más por el olor del omega al que tanto anhelaba. En serio cuánto deseaba apagar su cerebro junto a la horda de pensamientos negativos que le hacían creer que no era merecedor de esto, que Santiago no podría corresponderle porque lo hacía. Santiago le correspondía.
Pero aún no se sentía real a pesar de las pruebas.
No podía creer. Y se odiaba por eso.
El menor lo sujetó suavemente de las mejillas. Finalmente la mirada ocre oscuro y los irises olivinos pudieron encontrarse.— No quiero un alfa, Sebas. Tampoco un omega, ni cualquier beta. Te quiero a ti y solo a ti. No me importa que esto vaya en contra de todo lo que dicta la sociedad. Son mis deseos, no los del resto. Si yo te gusto y tú me gustas, ¿qué nos detiene de estar juntos? Si me das una razón real para que no lo estemos, entonces yo desistiré y haremos como que esto nunca pasó.
¿Tenía una razón de peso para rechazarlo?
En el fondo de su corazón sabía que no.
—Este…
—La biología no cuenta.
—Puedo sonar como un disco rayado, pero, ¿qué hay de lo que dirá la gente? Eres una estrella en ascenso, Bebo. Si se llegan a enterar-
El delantero cortó su tren de pensamientos, sabiendo que volvería a divagar como en un principio: —Que se enteren. Tampoco me importa. Agradezco el apoyo y cariño de la gente, sin embargo, ellos están para verme jugar, no para opinar de mi vida privada. ¿Alguna otra objeción?
Ahí, siendo sostenido por las manos de Santiago, siendo anclado a la superficie mientras el menor evitaba que se ahogara en el mar del repudio y aversión, lo pudo visualizar.
Su momento de revelación.
Si no fuera querido, ¿Santiago se habría tomado todas esas molestias?
¿Le hubiera regalado una flor durante un mes?
¿Habría ideado todo para que concluyera el día de su cumpleaños y hacerlo aún más simbólico?
¿Habría arriesgado mucho en vano si no fuera audaz para perseguir lo que quería?
¿Para perseguirlo a él?
“De veras, qué pendejo he sido.”
—¿Estás seguro?
—Por supuesto.
—… ¿Segurísimo?
—Que sí, Sebastián.
“Dios, que se cumpla lo que sea tu voluntad.”
—Te quiero mucho, Santiago. Esa es la verdad. Haces mis días más brillantes y mi estadía en el Cruz Azul mucho más llevadera a pesar de los malos ratos que tenemos como equipo. Eres de las personas más preciadas que poseo en mi vida y no quise que un mal movimiento de mi parte te alejara de ella, fue por eso que decidí callarme, aunque no quisiera nada más en el mundo que pedirte que fueras mi omega.
—Entonces pídemelo.— Sebastián se congeló ante su sinceridad. Sin embargo, la calidez que irradiaba la mirada de Santiago lo hizo derretirse por milésima vez en su vida.
—¿No se supone que tú me lo tienes que pedir? Tú empezaste el cortejo.— agregó con un toque risueño ahora que toda las escarchas de incertidumbre y miedo habían sido descongeladas y ahuyentadas de su corazón.
—Mmm… No, por haber dudado de mis sentimientos ahora te toca a ti.
Desprendió las palmas de Santiago de su rostro para tomarlas entre sus propias manos. Una pequeña caricia en el dorso contrario fue proporcionada con parte del amor que guarda por el omega.
Carraspeó. El nudo aún seguía presente.
—Santiago Giménez, mi gran compañero y figura de la nueva década del Cruz Azul. El único regalo que poseo conmigo en este momento que es de gran valor y digno de tu persona es mi propio corazón, así que te lo ofrezco para que hagas con él lo que se te plazca, a cambio de que puedas aceptarme como tu pretendiente y me puedas conceder una cita.
Los ojos de Giménez centellaron incluso en la escasa luz del dormitorio. No había duda del amor contenido por el portero en ellos.
El beta se prometió a sí mismo no volverlo a defraudar y cuidar de que esos ojos siguieran brillando al verle por mucho tiempo más.
—Claro que te acepto, Sebastián Jurado. No me encantaría nada más en el mundo que tú seas mi futura pareja.— respondió con una afable y amorosa sonrisa.
El portero no se pudo contener más y jaló de Giménez para encerrarlo en un necesitado abrazo.
Su cuerpo tiritaba por la vastedad de emociones y sentimientos que estaba sintiendo dentro de sí. Estaba abrumado, es cierto, pero lo único que hacía eco en su organismo es que Santiago le corresponde.
“Santiago me quiere… Me quiere mucho.”
—Lo lamento mucho por haber dudado de ti, Santi. También por haberte rechazado de forma indirecta. Nunca quise faltarte el respeto, ni parecer un mártir, uh. Me encerré en mis propias ideas que no pude ver más allá de ellas. Sin embargo, voy a demostrarte que voy muy en serio contigo y que ni el ser beta me va a detener de hacerte feliz. Te demostraré que soy digno de ti.— expresó con la cara enterrada entre la curva del cuello de Giménez y su hombro.
El dulce toque a melón verde y los mismos tulipanes llenó sus fosas nasales embriagándolo con su aroma y haciéndolo sentir seguro.
Haciéndolo sentir en casa.
—Ya eres digno de mí, Sebas. Aunque no desperdiciaré la oportunidad de cobrarte las citas y que me lleves a comer un buen aguachile.
—Lo que usted pida, mi rey.— Sebastián se alejó y volvió a agarrar la mano de Santiago para dejar un fino beso sobre ella. Giménez solo bufó por el sonrojo que le causó tal acción.
—Ah, por cierto. Feliz cumpleaños.
Sebastián sintió una tierna presión sobre su mejilla.
Santiago acababa de besarlo… En el cachete, pero era un beso, al fin y al cabo.
E imaginar que por un momento se pudo perder de esto. Qué tonto de su parte.
Como un bobo enamorado dejó salir un suspiró: —Gracias e igualmente.
Hubo silencio.
Ambos se vieron fijamente antes de estallar en carcajadas, matando cualquier rastro de ambiente romántico entre los dos.
—No mames, Sebas, ¿cómo respondes “igualmente”?— preguntó el delantero entre risas, divertido por la contestación del otro muchacho.
—Por fa no te burles, Bebo.— “es que tú me dejas pendejo”, quiso argumentar. Prefirió callar.
Jurado sostuvo otra vez la maceta con el tulipán amarillo en el centro. Pudo apreciarla aún mejor con la mente clara. Era tan bonita como el resto de sus flores.
Tan bonita como su Santi.
—Ay, ya quiero que lleguemos a casa para agregar a esta chulada a mi jardín de tulipanes y que puedas ver el gran trabajo que hice con él.
—No me encantaría nada más que eso, mi Sebas.
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28 de septiembre de 2023. De lo anteriormente contado ya han pasado dos años.
Es curiosa la forma en la que el tiempo vuela en un abrir y cerrar de ojos. Sebastián puede dar fe de ello, pues la forma en la que su vida fluía antes y después del giro radical que dio luego de descubrir a la persona anónima que lo cortejaba con tulipanes amarillos es bastante visible no solo para él, sino para el resto también.
Hoy es su cumpleaños. Lastimosamente Santiago no está ahí para celebrarlo, ya que se encuentra en Países Bajos. Sin embargo, no lo olvidó y se lo hizo saber por segundo año consecutivo no solo haciendo llamada para felicitarlo, sino haciéndole llegar un regalo especial desde tierras neerlandesas.
Más tulipanes de varios colores para que pudiera adornar aún más su jardín.
(Y un suéter cubierto por completo de sus feromonas, pero de esto nadie se tenía que enterar.)
Pronto arribaría a México para juntarse con su novio y aprovechar cada momento que tuvieran a solas al máximo. También para ver el colorido jardín que comenzó con una pequeña maceta.
El jardín de Sebastián y Santiago.
Fin.
