Work Text:
❝Lirios❞
Título Alternativo: “Soñando el uno con el otro”
Robert comenzó su mañana como cualquier otra.
Fue hace meses que tuvo la última pesadilla, por lo que había establecido fácilmente una rutina para este nuevo estilo de vida.
Despertarse temprano, ordenar su habitación, darse una ducha rápida, vestirse con el uniforme del curro, desayunar ligero, pero saludable, y marcharse para arrancar con otra jornada laboral en el pintoresco y mágico municipio de Los Palacios y Villafranca.
Específicamente, en “El Paraje Dorado”.
Un pequeño hotel en vías de reconocimiento no solo en dicha comunidad, sino en sus alrededores, como la comarca de Bajo Guadalquivir por aportar una cálida y cómoda morada a aquellos forasteros provenientes de diversas regiones dentro y fuera del país que buscaran pasar un buen rato en el municipio sevillano. Además, la tarifa no era elevada a comparación de otros recintos y el servicio es muy bueno.
Robert se encargaba de que fuese así.
Su papel en el hotel era mucho más importante de lo que algunos creían, pues su ardua labor lo ascendió de manera inmediata al puesto de gerente del restaurante lindante a la posada.
Un muy buen restaurante para probar platillos oriundos de Sevilla y España. ¿Y lo mejor? Que el restaurante no era de uso exclusivo para los huéspedes del hotel, por lo que cualquier persona podía hacer uso de sus instalaciones. Fue así que, conviviendo con los lugareños y los comensales, se ganó el respeto y cariño de la gente, ayudándole en su meteórico ascenso en el alojamiento. Aunque, de igual manera, seguía ejerciendo su primer puesto en el restaurante con bastante frecuencia: ser mesero.
Los señores Páez Gavira estaban más que encantados con su desempeño y lo multitareas que podía llegar a ser.
Un hombre ejemplar, siempre puntual para marcar su entrada en el hotel, bastante respetuoso y muy consciente de sí mismo y de lo que le rodea. Entonces, ¿qué hacía perdido en un municipio remoto de Sevilla? Con toda sinceridad, nadie lo sabía.
Y nadie quería saberlo, pues Los Palacios y Villafranca no quería perder a su grandiosa figura polaca de sus tierras.
Él no quería perder a su intrigante empleado polaco.
Mientras Robert siguiera recibiendo su sueldo a tiempo y un poco más de piriñaca directo de la cocina, entonces él tampoco se iría de ese lugar.
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El día pintaba para ser tranquilo. La actividad a esa hora no era alta como en días anteriores, por lo que Robert se dedicaba a limpiar las mesas y revisar su agenda. Un cargamento de comida debería de arribar en las próximas horas, así eran las fechas de entrega para abastecimiento de stock, entre ellas los veintiocho de cada mes, por lo que decidió echarle un último vistazo al inventario correspondiente.
Todo parecía calmo y en armonía, hasta que su intrépido porte hizo acto de presencia.
—¡Lewan!— exclamó una voz enérgica que conocía como a la palma de su mano.
Ahí donde Robert era alguien que se la curraba dejando al resto admirados, ciertamente tenía un talón de Aquiles que lo hacía desmoronarse al más mínimo accionar.
O, mejor dicho, no un algo, sino un alguien.
—¡Buenas, tío! Que no te había visto entrar, eh.— le saludó el muchacho mientras tomaba asiento en frente suyo. Llevaba una mochila a cuestas, aunque parecía liviana.
—Buenos días, Gavi. Espero hayas amanecido bien.— respondió con amabilidad el polaco. Por mucho que quisiera jugar su cara de póker, no pudo. No cuando Pablo le veía como si él hubiera colgado el mismísimo sol esa mañana en el municipio español.
Lo intentó las primeras veces, marcar una línea entre empleado y… ¿Empleador? ¿Se le podría considerar a Gavi así? Lo dudaba. De cualquier manera, intentó quedarse al margen de la situación, mas no pudo.
Simplemente… No pudo.
—Pff, no pude pegar el ojo por estudiar para el parcial de finanzas. Detesto esa clase. ¡Pero lo que sí no detesto es enseñarte español! ¿Listo para tu nueva lección?— Gavi preguntó con entusiasmo, abriendo su mochila y sacando un cuaderno de espiral y un estuche con bolígrafos dentro.
Divisó un objeto enrollado en una hoja de papel periódico, pero cuando quiso inspeccionar mejor el objeto, por mera curiosidad, el menor cerró de modo rápido su maleta.
—Entonces, me comentaste que aún tenías problemas para dar direcciones. Iniciemos por ahí.
Pablo Martín Páez Gavira, diecinueve años recién cumplidos el mes pasado, hijo de los dueños, que son sus jefes, de “El Pasaje Dorado”. Actualmente, estudia administración de empresas en la universidad aledaña a su vivienda, aunque descubrió que prefería entrenar con el equipo de fútbol universitario local. Es un apasionado del fútbol y lo domina muy bien. También ayuda en el hotel en sus ratos libres, pero disfruta más de trabajar junto a Robert en el restaurante.
Fue por eso que, cuando sus padres le sugirieron ayudar a Lewandowski con su español, no dudó ni un segundo en aceptar.
Había algo del polaco que le atraía como palomilla a la lámpara. No sabía qué era exactamente, pero quería descubrirlo. A pesar de que corriera el riesgo de quemarse.
¿O era Robert quien se quemaría con la proximidad?
El único detalle es que, cuando pensaba que era discreto, la realidad era otra; Lewandowski estaba al tanto de la situación. Más o menos. Igual el mayor pensó que era él quien imaginaba cosas.
—Si alguien te pide indicaciones para llegar al Parque de las Marismas, ¿qué le dirías?
—Que debe irse recto por todo el bulevar Siglo XXI, eventualmente llegará a la avenida Miguel Ángel, que conecta con la avenida de las Marismas y solo debe de caminar en esa misma recta para llegar al parque.— deslizó el dedo sobre un pequeño mapa de la comunidad, trazando el camino para llegar al lugar que el menor le había indicado.
Hace tiempo que no tenía un mapa de cerca. Hace un año, mejor dicho. De igual manera, sus habilidades para ubicarse siguieron intactas como cuando tenía veinte.
—¡Exacto! De veras que aprendes rápido, Robert.— Pablo exclamó con emoción mientras levantaba el puño para chocarlo contra el del mayor a forma de celebración.
Robert correspondió el gesto con una sonrisa.
—Pues no se te da mal el enseñar, si somos honestos.— comentó con franqueza. Seguía observando de cerca el mapa. No parecía uno comprado en cualquier librería, sino uno hecho de forma casera.
¿Acaso Gavi se había tomado la molestia de preparar todo material didáctico para sus clases?
“Este chico…”, murmuró para sí mismo dentro de su cabeza. Vacilar en esa suposición y en lo que significa desató una emoción desconocida para él. No tenía un nombre para darle, era por completo nueva.
Y eso no le gustaba.
—Vale, te mereces un incentivo por finalizar con éxito tu lección.— levantó su mochila para rebuscar en ella. El objeto envuelto en papel periódico hizo acto de presencia finalmente, siendo depositado sobre la mesa.
Ahora que lo veía mejor, el bulto tenía forma de un…
—Un lirio amarillo para una mente con brillo. Escuché por ahí que a una persona que sea especial para ti se le debe de regalar flores amarillas. Así que ahí tienes.— Pablo le extendió la flor.
Robert la tomó con reticencia, aún procesando la acción como una persona pánfila, ignorante por un instante de la implicación.
Hasta que no pudo ignorar más las palabras dichas por Gavi. Parecía un suceso inverosímil, tan atípico en el libreto de la vida que se obligó a tener. Y podía dar fe de que sucesos de dicha naturaleza, o aún más singulares que éste se atravesaron en su camino a temprana edad.
¿Por qué a él? ¿Por qué cuando al fin había encontrado paz?
Sin embargo, hubo un detalle hilarante que no pudo dejar pasar y le sacó una pequeña risa obvia en medio de la tempestad que atravesaba su ser.
—Vale, entonces fingiremos que no tomaste uno de los lirios del jarrón que está al lado de la puerta del restaurante.— señaló con ironía el frasco detrás de Gavi. A pesar de que le faltaba un lirio lucía bastante normal.
El menor volteó con rapidez, comprobando las palabras de Robert y devolviéndole la mirada con algo parecido al bochorno. Sacudió la cabeza con empeño, pero fue en vano. Su travesura fue descubierta.
—Por supuesto que no, tío, ¿cómo crees?— se acomodó en su asiento tratando de tapar con su cuerpo el jarrón de fondo.
Robert sonrió ante los malabares del joven. Sin embargo, su sonrisa cayó al examinar una segunda vez el lirio.
Amarillo simboliza la felicidad. No obstante, también significa traición.
Para Robert es un color brillante que lo persiguió por mucho tiempo. Uno del que jamás pudo escapar.
Uno que grita por todas partes “Gavi”.
Dejó la flor encima de la mesa y suspiró: —Agradezco mucho el gesto, Pablo, pero… Creo que no deberías.
La expresión facial de Pablo se amargó.
—¿A qué te refieres?
—Supongo que tienes más de alguna persona favorita por ahí a la que le podría agradar esta flor. Tal vez alguna chica de tu facultad o alguien de tu equipo.
Gavi negó múltiples veces con ímpetu. Con desespero: —Pero te la quiero obsequiar a ti. Tú eres mi persona especial.
El tono agobiado del español salpicaba con culpa el pecho de Lewandowski, pero no iba a ceder. No ahora que aún tenía el control de la situación en sus manos.
“¿Era realmente así? No te mientas, Robert.”
—No es correcto. Tú eres el hijo de mis jefes, el futuro dueño de este hotel, y yo soy un empleado más.
—Eres Lewan, no eres cualquier persona.— volvió a insistir.
—Y, aun así… Existe un límite que ninguno de nosotros debe de pasar por nuestro bienestar. Lo más que puedo ofrecerte es mi amistad sincera, hasta ahí.
La traición se adueñó de esos ojos grandes de color miel, como el ámbar. Los irises que en un inicio habían destellado con emoción al encontrarlo hace una hora se vaciaron por completo hasta dejar una vasta extensión de decepción.
“Es necesario”, se repitió. “Es mejor cortar la conexión ahora que luego, cuando no tenga un inicio ni un final”, pretendió como una mentira bien practicada.
Pero, ¿le había funcionado en el pasado hacer eso?
—Amistad sincera, pf.— masculló con sorna el español. Una rotura en su personaje y una herida punzante en su corazón.
Guardó bruscamente sus materiales en su mochila. La cabeza gacha, las manos apretadas en puños.
—Entiendo. Lamento el haberte incomodado, Robert Lewandowski.
La manera en que pronunció su nombre completo se sintió tan mal, como si se le hubiera escapado el aire de los pulmones. No le gustó la sensación.
Como si llamarse de ese modo fuera un vilipendio con el cual vivir.
“Ya lo es…”
—Me retiro por ahora, mis clases están a punto de dar inicio.
Se puso la maleta al hombro y se paró con rigidez.
—Pablo…— razonó inútilmente.
—Nos vemos luego, amigo.
Gavi dio la media vuelta y me marchó con diligencia. Se esfumó de su vista.
Bueno, quizás cuando estuviera de regreso podría solucionar las cosas, aunque su rostro gritara un “no quiero verte por ahora”.
En ningún momento le regresó la mirada a Robert.
Una llamada interceptó el teléfono del polaco. Era la empresa encargada de surtirles de alimentos. Se levantó para proseguir con la llamada, agarrando con un descuidado movimiento su agenda. Casi resbaló de sus manos, mas consiguió asegurarla en su lugar. Sin embargo, el lirio cayó con donaire accidentado al suelo.
La forma poética en la que se estrelló, como el epítome de su malograda reunión, le hubiera hecho reír con ofuscación porque, ¿qué más le quedaba?
Pero ningún sonido salió de su garganta. Solo vio con tristeza como uno de los pétalos se desprendió de la flor por el impacto.
Fatigado, contestó. Ni siquiera eran las diez de la mañana: —Robert Lewandowski, ¿con quién tengo el gusto?
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Ese día las pesadillas volvieron a aparecer.
Un camino dorado, ojos como el ámbar que le veían con traición, gotas de noche, una flor deshecha dejando por su paso un rastro de pétalos marchitos, un dolor insoportable en su corazón.
Una estrella.
¿Fin?
