Work Text:
❝Girasoles❞
Título Alternativo: “Sol a domicilio”
La mañana comenzó con un sol aún cohibido en el horizonte. Tadej pensó que eso significaría que el resto del día sería un poco nublado, sin embargo, lo que no imaginaba es que haría un acto de presencia sorpresa conforme las horas pasaran.
Ese día no era como cualquier otro. Era un día muy especial para él y para todos los que le guardaban cariño al esloveno; era el día de su cumpleaños número veinticinco.
Veinticinco inviernos. Pero también veinticinco primaveras.
Hace un recuento de todas las hazañas que ha logrado llegado a esta edad. Tantas cosas inimaginables para muchos, mas una realidad para él. Y es el abrumo que deja a su paso el pensar en cada meta que ha cruzado y las que le faltan por cruzar más adelante que no puede evitar ponerse melancólico con el recuerdo y las ensoñaciones de un futuro prometedor. Ciertamente sigue siendo joven, por algo fue denominado el niño maravilla del pelotón en su momento, pero había una sensación diferente al llegar a la mitad de los veinte que lo dejó desconcertado en cuanto abrió los ojos ese día.
Sin embargo, no todo era una pesadumbre sin precedentes. A pesar de que el sol no saliera en su totalidad decidió empezar esa mañana con su tanque de energía a tope. Radiante, jubiloso, un poco vertiginoso, así es Tadej Pogačar. Iba a aprovechar su cumpleaños al máximo.
Las felicitaciones comenzaron desde temprano: sus amigos, el UAE y sus compañeros de equipo, familia y demás conocidos estuvieron contactándolo sin parar para desearle lo mejor en este nuevo año de vida y recordarle lo mucho que es apreciado. Las redes se inundaron de mensajes rebosantes de regocijo dedicados especialmente a él. Seguidores de su carrera y lo que representa como ciclista le hicieron saber lo bastante admirado que es por todo el mundo. Incluso un par de amigos le visitaron en su apacible casa monegasca.
El teléfono vibraba sin descaso, a un paso de estallar con todas las notificaciones que lo asaltaban. Pero en las horas que habían transcurrido desde que se despertó esa mañana, aún no había rastros de él.
No quería pensar que había olvidado su cumpleaños, sabía que el danés no olvidaría una fecha de ese calibre. Incluso si ese fuera el caso, un vistazo a internet le darían una pista de lo que estaba pasando ese veintiuno de septiembre. Y, sin embargo, aún nada. No quería sobre pensar las cosas, claro que no, mas se sentía tan fuera de un terreno conocido, tan incierto que no sabía cómo proceder.
Quería pensar que el éxito total de su día no dependía del resto, que tenía la suficiente fortaleza mental para no desmoronarse ante un suceso como el que acontecía actualmente. Había atravesado peores tormentas, muchas más adversidades, ¿por qué esto significaría un impacto infortunado a su persona?
Pero no era cualquier persona de la que hablaba. Se trataba de Jonas Vingegaard, su novio. Tendría el mismo efecto si alguien de su familia o mejores amigos lo hubiera olvidado ya que el vínculo era así de fuerte.
“No lo pudo haber olvidado, ¿verdad?”, pensó para sus adentros. Dudoso, desconcertado.
“Por supuesto que no, ten un poco de confianza en él”, se respondió, aún batallando con los pensamientos intrusivos que tomaban fechas importantes para él para azotar su mente con más fuerza.
Cuando estaba sobre una bicicleta, las llantas girando sin parar sobre el asfalto, las manos apretadas en el volante y las piernas trabajando más allá del límite, también había momentos donde los vítores de la gente, el ruido de las cadenas y los murmullos que emitía el intercomunicador se apagaban repentinamente. El sonido de su respiración era lo único que se oía a su alrededor hasta que la oleada de distintos pensamientos comenzaba a zumbar por medio de sus tímpanos, haciendo de su cabeza un festival de enredos mentales que podían tornarse oscuros. Para el resto de los espectadores podía parecerles que solo pasaban segundos, pero para él o cualquier otro ciclista parecía que transcurría una eternidad.
Teniendo una meta y una aspiración respaldándote era suficiente para atravesar dicha neblina estacionaria y engancharte de regreso a la realidad. Complicado, pero lograbas reunir las energías necesarias para salir de ese estado. Sin embargo, al no estar en su campo de trabajo, en el terreno que mejor conocía como a la palma de su mano por muy cambiante que pudiera ser, al estar con los pies de vuelta en la cotidianidad de lo que era un día “normal” en su vida, era más fácil caer en picada en el remolino de pensamientos nebulosos y sombríos, incomprensibles para su propia naturaleza. Ápices de ese tipo fueron los más difíciles de cortar.
“Ten confianza en él.”
Brrr, brrr.
Una canción que reconocería a la distancia llegó en su dirección. No solo por todas las veces que la había escuchado, sino por a quién se la configuró como tono de llamada.
—¿Jonas?— a paso raudo tomó el celular y contestó la llamada, mitad sorprendido, mitad extasiado.
—Min elskede.— respondió a través de la línea. Tadej hervía en pura emoción, la felicidad saliendo a borbotones de sus poros.
—¡Jonas!— el esloveno exclamó, yéndose a sentar en el sillón de dos plazas ubicado en su sala.
Ya era pasado el mediodía, el sol milagrosamente en su máximo punto. Por ahora tenía la certeza de que nadie vendría a visitarlo, así que podría tener la privacidad suficiente para hablar con su novio.
La conversación fluyó de manera habitual como era costumbre entre ambos. O al menos así parecía al principio. Tadej contándole sobre su día, Jonas asintiendo a todo lo que le decía, pero ni una sola mención de un “felicitaciones”. Es más, Jonas se hallaba aún más callado de lo normal. Si bien Tadej era quien lideraba las conversaciones la gran mayoría del tiempo, hablando hasta por los codos incluso, no era el único que armaba el intercambio de palabras. El danés daba la impresión de estar ajeno a lo que platicaban. Solo el sonido de una respiración agitada era lo que se oía en su ausencia.
Le dio mala espina.
—Entonces Felix me dijo que le avisaron que esa salsa era bastante picante, pero hizo caso omiso a la advertencia y luego acabó con un feo dolor de estómago.— comentó Pogačar entre pequeñas risas.
Jonas dejó escapar una risa sofocada: —No fue una jugada inteligente de su parte.
—Claramente no lo fue—un traqueteo interrumpió la línea, seguido de un par respiraciones ahogadas. El esloveno frunció el ceño ante esto.— ¿Te pasó algo? ¿Estás bien?
—Un pequeño bache que no vi.
—… ¿Un bache?— cuestionó incrédulo. ¿En qué se había metido su hombre ahora?
—Estoy en camino a hacer una entrega especial.— la respuesta escueta de Jonas no hizo más que generar numerosas dudas adicionales a la principal.
Acaso… ¿Acaso manejaba una bicicleta en este instante?
—Creo que ya voy a llegar.— fue lo último que añadió.
—Está bien… Yo— y el sonido del timbre lo interrumpió. “Qué raro”, pensó. “No espero a nadie por ahora.”
—Dame un momento, hay alguien tocando el timbre.
Al abrir esperó reunirse con cualquier otra persona, en serio, con cualquier otra. Incluso con el mismísimo Jasper Philipsen, quien andaba botado en algún país de Europa a cientos de kilómetros. O a Felix Großschartner, quien le llamó para felicitarlo ya que se encontraba en el Tour de Luxemburgo (y de paso le contó la anécdota de la salsa picante).
Esperó a cualquier persona.
Menos al mismísimo Jonas Vingegaard.
—Entrega especial para el cumpleañero del día.— susurró con una entrañable sonrisa al mismo tiempo que le extendía un ramo de flores.
Un ramo de girasoles.
¿Quién lo diría? Su sol regalándole un ramo de pequeños soles.
Si alguien decía que Jonas no correspondía los gestos de Tadej tendría mucha lástima de la pobre criatura que lo asegurara, pues con esto de nuevo demostraría que estaría totalmente equivocado.
—Moja ljubezen…— un pequeño quiebre en su voz se escuchaba mientras Pogačar clamaba, incapaz de hallar el resto de sus palabras, aún procesando la sorpresa. La bicicleta de la que sospechó abandonada en la acera.
Jonas lo tomó entre sus brazos, cuidando de no aplastar el ramo de flores, y le brindó el abrazo más cálido y amoroso de todos. Tadej se aferró a su espalda no queriendo desprenderse del mayor porque sentía que si se alejaba tan solo un milímetro, el danés desaparecería a través de sus manos dejando nada más que un día nublado en Mónaco.
Y no quería estar a la penumbra en su sofá de dos plazas cuando finalmente tuvo su día cálido y soleado después de un poco de nubes grises.
La realidad es que lo extrañaba muchísimo, a pesar de haberse visto no hace mucho en el término de la Vuelta a España cuando fue él quien quiso sorprender a su pareja.
A regañadientes se separó lo mínimo de Vingegaard. Tomó su rostro entre las palmas de sus manos frotando suavemente con sus pulgares los pómulos del danés, trazando con delicadeza los pequeños pliegues de piel que se le formaban al sonreír.
—¿Cómo?...— fue lo único que atinó a cuestionar.
—Tuve que preguntarles a tus amigos la dirección de tu casa. Quería que fuera una sorpresa. ¿No creíste que olvidé tu cumpleaños o sí?
—No…
Jonas le dirigió una mirada poco convencida.
—… ¿Tal vez?
El danés solo suspiró. Le vio con decisión: —Jamás lo olvidaría, Tadej. Nunca lo olvidé cuando éramos amigos, por supuesto que no lo olvidaré ahora que somos pareja.
El corazón de Pogačar retumbó con fuerza en su pecho. La sinceridad cruda del mayor cada que hablaba de forma abierta del estatus de su relación lo hacía flaquear, totalmente rendido ante las palabras de su novio. Un ligero sonrojo espolvoreó sus mejillas sin detener la gran sonrisa que florecía en sus labios.
Tan grande, tan brillante.
De nueva cuenta cerró el espacio entre ambos y atrajo al danés en un melifluo y cándido beso. No buscaba otra cosa que no fuera derramar hasta la última gota de su corazón en ese toque, impaciente por volver a probar los labios de su amado, pero también deseoso de obsequiarle cada uno de sus impolutos sentimientos.
Porque definitivamente Jonas lo hace sentir muy amado. A veces como si fuera el centro del sistema solar.
—Ya que tu bicicleta está estacionada, entra a la casa, de seguro tienes sed. Ven, te serviré un vaso de limonada.— luego de separase, Tadej agarró su ramo de girasoles y con su mano libre tomó la de Jonas para hacerlo pasar a su morada.
—Oh, espero que no hayas hecho tu almuerzo. Traje algo acá para compartir contigo.— señaló la mochila compacta que llevaba a cuestas.— No sería un cumpleaños especial sin un almuerzo especial.
Si Tadej no tuviera más autocontrol lo más probable es que estaría llorando a moco tendido porque su novio es demasiado bueno para este mundo. Demasiado bueno con él.
—Te amo mucho, ¿lo sabías?
—Claro que lo sé. De la misma manera en que te amo a ti.
A este punto han intercambiando numerosos “te amo” entre sí, pero no iba a negar que las mariposas metafóricas en su estómago volaban descontroladas por todo el lugar ante la mención de dicha frase. Seguía sintiéndose como la primera vez.
Era eso o porque el hambre repentinamente lo invadió.
Mientras Jonas cerraba la puerta de la casa y Tadej se dirigía a la cocina a servirle la bebida que le ofreció a su pareja, el mayor llamó su atención con un enunciado bastante peculiar y sorprendente.
—¿Sabías que en el otro lado del hemisferio comenzó la primavera en este momento?
Pogačar detuvo sus movimientos, analizando un par de segundos la pregunta.— No, sinceramente no lo sabía.
Jonas caminó desde la entrada principal hasta la cocina y se recostó sobre el marco de la puerta.
—Ahora ya sabes que naciste el día que florecieron todas las flores, mit forår.
Las palabras fueron arrebatadas de modo abrupto de su boca. Parpadeó una y otra vez, todavía procesando lo dicho por Vingegaard.
“Mi primavera”, concibió. “Yo soy su primavera…”
Giró para mirar al hombre de cabellos rubios y ojos azules como el cielo. Aquel que lo había enamorado profundamente hace algunos ayeres. Aquel que, a pesar de su naturaleza reservada, siempre hallaba la forma de sorprenderlo. Con gestos, con palabras, con su mera existencia.
Le dedicó una bella y entrañable sonrisa, de esas que sus ojos claros se cerraran hasta formar medias lunas. Porque no podía estar más lleno de amor por él.
—Y supongo que ese día el sol brilló más que nunca.
Jonas le devolvió la sonrisa: —Lo hizo. Y lo sigue haciendo.
Fin.
