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Los nervios del partido se me han quedado atorados en el estómago. He gritado tanto, reído tanto y llorado tanto que creo que podría desmayarme de cansancio. Pero por encima de todo estoy eufórica, como flotando. Y mientras Shimizu y yo recogemos los balones junto al profesor, intento calmarme, pero sigo dando saltitos de emoción.
He abrazado tan fuerte a Hinata que tal vez le he hecho encoger un poco. Perdona, Hinata. Les quiero tanto a todos que soy muy, muy feliz de verles alcanzar sus metas.
—¡Hemos ganado! ¡Dios mío, hemos ganado! —lo digo en voz alta para ver si así me lo creo.
Y Shimizu se ríe, también eufórica, y asiente con la cabeza mientras los chicos siguen tirados por el suelo. Gritando, llorando, abrazándose.
—Ha sido un partidazo. Los chicos lo han dado todo. —Los ojos le brillan de emoción mientras les mira a todos sonriendo. Ella también es parte de esto, como yo. Juntos lo hemos logrado.
Y está tan guapa que podría chillar.
*-*-*-*
Llegamos al autobús en silencio y descargamos todo. Tenemos unos minutos antes de la comida y los entrenadores nos han dado tiempo libre. Recuerdo las palabras que le grité a mi madre, y me digo, «Venga, a luchar». Me lleno los pulmones y sugiero, antes de arrepentirme:
—¿Vamos a dar una vuelta? ¿O tomamos un té? ¡Para celebrarlo!
—Oh —Ella se me queda mirando—. ¡Es una gran idea! Al otro lado de la calle hay un sitio muy agradable.
Me estremezco de lo fácil que ha sido y antes de darme cuenta estamos sentadas en una terraza, un árbol enorme nos da sombra y hay pájaros volando por encima de nosotras. Vamos, Hitoka, tú puedes.
—Ayer me hiciste una confidencia, lo justo sería que te haga yo una ahora, ¿no?
Madre mía, madre mía. Que lo he dicho, ay, dios mío. Ya no puedo acobardarme. Bebo mi té mientras siento que estoy tan colorada que podría salir ardiendo. Me toco disimuladamente las mejillas para comprobar que siguen ahí.
—Yachi, no te lo conté por eso. Sólo porque quería. No quiero que te sientas obligada.
Me aclaro la garganta. Soy vagamente consciente de estar tomando un té con Kiyoko Shimizu, de estar hablando con Kiyoko Shimizu, la chica más guapa de tercero. ¡¿Qué digo?! La chica más guapa del instituto. Un completo bellezón, y está aquí, conmigo, a solas. Madre mía.
¡Madre mía! ¿Cómo se hacía para respirar? ¡Di algo, Hitoka! ¡Está esperando! ¡Te está mirando!
—No, no —niego categóricamente, no quiero que haya malentendidos—. Quiero hacerlo. Quiero contártelo. Es solo que… me da vergüenza.
Shimizu se ríe.
—Estamos solas —me asegura, como si eso debiera tranquilizarme—. Venga, cuéntamelo. No se lo contaré a nadie.
Ya… no hay nadie más que me preocupe. Salvo ella.
—Es que… —muevo mucho las manos, intentando que ellas se expliquen por mí. No funciona muy bien, pero ella se ríe. Ay Dios, definitivamente me voy a morir. Cojo carrerilla y lo suelto de un tirón—: Bueno yo… quería decir que… me gustas. Un poco. Es decir. Un mucho. Eres muy guapa. Dios, seguro que ya lo sabes, te lo habrán dicho mil veces. ¡Perdona! Soy una tonta. ¡Qué vergüenza! —me tapo el rostro con las manos y me digo a mí misma "cállate ya, no lo estropees más."
Hay un silencio. Se escucha el sonido de los coches a nuestra espalda y dos pájaros que pelean en el árbol. No hay conversaciones. La terraza está vacía. Sólo nosotras dos. Nada más. Abro los dedos, haciendo un hueco para mis ojos. La miro. Se ha puesto colorada. Pero no por el calor del té ni el esfuerzo. Tiene coloretes y está tan guapa que me va a dar un infarto.
—¿Vergüenza por qué? —me dice, y sonríe—. Tú también eres muy guapa. Y graciosa. Eres muy divertida, Yachi, no tienes que avergonzarte.
Me quito lentamente las manos de delante de los ojos. La miro. Parpadeo. Está sonriéndome. Está sonriéndome a mí. Continúa en un susurro apenas audible para añadir las palabras que me hacen levitar:
—Además…, bueno. Pues es que, la verdad, tú también me gustas —añade.
No esperaba este giro en los acontecimientos.
—¿En serio? —Se me escapa. Porque es increíble que esto esté sucediendo ¿Cómo puede gustarle una aldeana B de pacotilla? Es imposible.
—En serio —Me sonríe—. De hecho —duda—, bueno… es que llevaba tiempo queriendo preguntarte si te gustaría quedar un día las dos. Quiero decir además de los entrenamientos. Podemos hacer algo juntas. Como ahora. Pero más veces.
Me muerdo el labio mientras me siento flotar.
—Me gustaría —le digo, la euforia no me cabe en el pecho—. Me gustaría mucho.
FIN
