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En la tripulación, aún después de días, el tema seguía siendo: Stede Bonnet. El Caballero Pirata había sido encontrado trabajando en un barco bajo el mando de un capitán bastante idiota. Barbanegra saqueo dicho barco aquella fresca mañana y no solo robo cosas de valor, la antigua tripulación de Bonnet iba con el motín, incluido Stede. Cuando Barbanegra se dio cuenta de que entre la tripulación de aquel barco mercante estaba esa persona que lo había abandonado en aquella playa, dio la orden inmediata a Izzy de llevar también la tripulación; bajó del barco tan rápido como pudo odiando aquella presión que sintió en su pecho luego de ver a Stede después de mucho tiempo.
Bonnet, por supuesto que ya no sería capitán y mucho menos co-capitán del Revenge, ahora tenía el título de Prisionero de Teach -otorgado secretamente por la misma tripulación- ; fue puesto en una celda improvisada en las bodegas por el temido pirata y todos esos días se le trató casi como a un prisionero. Aunque tenía buenas amenidades, como comida, bebida, una cama casi cómoda; y de contrabando, Lucius se escapaba de sus tareas para contar alguna que otra cosa y darle aperitivos después de cada comida, Stede seguía siendo el prisionero de Barbanegra por tiempo indefinido.
—A decir verdad —comenzó diciendo Lucius, que había bajado para entregar la comida del día, mientras se sentaba en el suelo y recargaba su espalda contra un costal que estaba ahí.—, las cosas están un poco raras, capitán.
—Oh no, Lucius, yo ya no soy tu capitán. —dijo enseguida Stede con un poco de pesar.
—Pero Barbanegra, él… —dudo un poco antes de decir, y cuando eligió bien sus palabras, se acercó para susurrar.— … parece un loco, un capitán loco. Despechado diría yo.
Stede no hizo ningún comentario al respecto, solo supo alentarlo a serle fiel a su capitán, comer sus comidas, contribuir a la estabilidad de la tripulación e hibridarse lo más correctamente posible. Zanjo el tema de Barbanegra mientras picaba la comida con el tenedor.
[…]
—… pero, si al menos si me dejara explicarle. —finalizó Stede su corta historia mientras dejaba la cuchara a un lado, soltando un suspiro al final, Lucius había llevado algo de comer al medio día y se había quedado a charlar un poco; el hombre parecía que necesitaba desahogarse, así que se quedó un poco más.
—No creo que lo deje salir, capitán. Sigue en un estado al cual no puedo ponerle nombre, pero si buscara uno rápido sería el de una mujer despechada.
—Yo no quise abandonarlo. —recalcó levantando un poco su voz.
Lucius solo se encogió de hombros; tenía tiempo muerto justo ese momento, Barbanegra estaba en su camarote -el cual antes era de Stede- dormido a pierna suelta después de haber llorado -otra vez- luego de hacer que Lucius que escribiera unas cuantas palabras que no tenían conexión, demasiado lúgubres y tristes.
—Sigue desahogándose. ¿Quiere leer? —ofreció el chico la pequeña libreta negra que ahora siempre llevaba.
—Oh no, no, por supuesto que no. —Stede rechazo enseguida.
—Bueno, supongo que… —comenzó diciendo Lucius con una brillante idea apareciendo de repente en su mente, cuando de pronto, escuchó su nombre desde algún lugar. Era Izzy.— Oh mierda.
Lucius se levantó de donde estaba sentado casi de inmediato, rodó sus ojos cuando volvió a escuchar su nombre y se sacudió su ya sucia ropa, con gracia, movió su cabeza agitando sus crecidos mechones que habían caído en su frente; desde su lugar veía a su antiguo capitán en una condición no tan idónea. Stede Bonnet no estaba hecho para estar detrás de esas rejas improvisadas.
Quería de verdad ayudar.
Lo iba a hacer.
Le regaló una sonrisa y se dio media vuelta, la voz de Izzy se escuchaba ya más cerca.
—Estoy seguro de que ya despertó. Deséeme suerte. —gruño Lucius y desde la celda solo se escuchó un canturreo.
Tal vez Lucius estaba poniéndose él mismo la soga al cuello, pero debía de internar, volvió sobre sus pasos para susurrar, “Puede decirle todo lo que quiera, capitán. Puedo conseguirle tinta, una pluma y algo de papel. Él no se va a enterar."
Y aunque la oferta sonaba tentadora y verdaderamente esperanzadora, Stede solamente le supo sonreír.
[…]
Querido Ed.
¿Aún puedo dirigirme así? Bueno, deja que comience esto como se debe.
Querido Edward, espero que realmente te encuentres bien, en un buen estado de salud y que los vientos estén siempre a tu favor. Permíteme comenzar expresando mi admiración; creo que jamás llegue a decirlo como tal, siempre he admirado tu intrépida vida en alta mar y tu audacia al desafiar las convenciones de nuestra sociedad. No puedo evitar sentir cierta fascinación por tu forma de vida aventurera y libre. Aunque ahora no estoy en una buena posición, dame tu consentimiento para que lo exprese como se debe.
Al principio fue innegable que nuestras vidas estaban en las antípodas de la sociedad, pero tú me enseñaste muchas cosas. Mi vida de aristocracia era aburrida, y heredar una posición así, con tantos privilegios y responsabilidades, definitivamente no era lo mío. Y decidí hacerlo; decidí dejar todo atrás y comenzar desde cero, a pesar de nuestras diferencias claras y marcadas al inicio, creo fielmente que cada uno de nosotros encuentra su propia forma de expresión y libertad en este mundo.
Yo la probé contigo. Me diste la libertad que tantos años añoré; he aprendido a apreciar la estabilidad y la seguridad contigo, estando a tu lado, aunque en mi pobre corazón a veces siento esa falta de emoción ahora que estamos alejados.
Edward, ruego, por favor, me dejes explicarte cara a cara lo que sucedió aquel día. Concédeme unos minutos de tu día para decirte lo mucho que te aprecio y el porqué todo sucedió así.
Por ahora no me queda más que desearte en este momento que todo esté a tu favor, que brindo por tu salud y tu valentía.
Edward, que los mares siempre te traigan buena fortuna.
Con cariño,
Stede B.
Con algo de calma, Stede pasó el pedazo de pergamino hasta que tocó los dedos de Lucius. Había terminado de escribir la carta horas atrás y estaba indeciso si hacerla llegar a su destinatario.
—Espero no meterte en problemas. —expresó el mayor con una mueca de aflicción.
—Oh no, tranquilo. —dijo el chico mientras le restaba importancia.— No se dio cuenta de que Oluwande compro pergamino de más para mí cuando lo enviaron junto con Black Pete al puerto estos días. ¿Recuerda el salario que nos pagaba? —pregunto, y Stede asintió con una leve sonrisa que se dibujó en su rostro.— Bueno, creo que lo he empleado muy bien.
—Oh Lucius, cuanto te lo agradezco. —expreso, pero el chico solo hizo un ademán con su mano restándole importancia.— ¿Y como… como pretendes que llegue esto a manos de Edward?
—Yo me encargaré, capitán. —contesto seguro y con una mueca de valentía en todo su rostro.
Pasaron horas para que Barbanegra llamara a Lucius a su camarote; el chico con paso envalentonado llegó hasta la puerta por órdenes de Izzy y dio dos toques, esperó una respuesta que jamás llego y empujo la pesada madera haciendo rechinar las bisagras. Barbanegra estaba ahí, le daba la espalda, toda su cabellera estaba hecha marañas, descuidada, y su barba estaba comenzando a crecer; la pintura de color negro en su rostro se había corrido ya hacía mucho y no quedaban casi rastros, pero su mirada seguía siendo pesada y algo triste.
Todo el camarote estaba igual o peor que el quién lo habitaba. Había cosas regadas por el suelo, las pesadas cortinas estaban manchadas de negro, el lugar estaba prácticamente en ruinas y por algún lugar titilaba la leve la luz de una vela.
Barbanegra, al escuchar la puerta abrirse, se dio media vuelta, listo para dar sus órdenes, pero Lucius interrumpió, tenía el pedazo de papel en su mano, y en la otra apresaba la pequeña libreta gastada en donde posiblemente escribiría las dolidas palabras del pirata, de nuevo.
—B-Barbanegra, señor. —se adelantó a decir con un tartamudeo leve, estaba nervioso.— E-es para usted.
—Qué demonios es eso. —dijo en tono de pregunta, alargando la mano para tomar el papel con algo de brusquedad.
—Es una carta, señor. —soltó no muy convencido de como dirigirse a Barbanegra, después de tanto tiempo, todavía se sentía extraño.
—¿Una carta? ¿Dónde carajos la encontraste? ¿Dentro de una botella de nuevo?
Inquirió al mismo tiempo que le daba vueltas al papel, sin ponerle mucha atención al contenido, mientras tanto, Lucius se contuvo de contestar aquellas preguntas; el mayor, por fin, reparó en el contenido del papel. Los párrafos eran algo largos y su vista fue hasta el final.
Se quedó quieto por un momento, solo unos segundos viendo esas palabras al final, los cuales a Lucius le parecieron eternos; de pronto, Edward le regreso el papel.
Lucius quería darse de topes en la pared.
¿Acaso era lo que se imaginaba?
Edward tenía su mano extendida hacia el chico, pasó su vista del papel al rostro de Barbanegra que tenía una mueca de lo más seria, Lucius no sabía qué hacer, no sabía si decir en voz alta aquella pregunta tan estúpida o simplemente quitarle de la mano la carta y leerla para él.
—S-señor, cuanto lo siento. —expreso casi con miedo, y con presteza tomó el pedazo de papel, jalándolo con cuidado para no romperlo.— Yo no sabía… yo de verdad no sabía.
—¿No sabías qué? —Edward dio un paso hacia adelante de forma imponente.
—Q-qué usted no sabía leer. —respondió en voz baja.
Trascurrió casi alrededor de un minuto, esos tortuosos segundos en donde Lucius Spriggs temió un poco por su vida, la mirada penetrante de Barbanegra realmente le asustaba.
Ninguno dijo nada, nada hasta que Barbanegra se dio media vuelta y fue a pararse frente a la amplia mesa llena de cosas.
—Bueno, adelante, léela. —demandó mientras se servía algo de ron en su vaso.
—S-si señor. —jadeó para después aclarar su garganta y comenzar a leer.
La voz de Lucius llegó a los oídos del pirata, algo temblorosa, pero mientras más avanzaba su lectura, se estabilizaba. Hacía las pausas necesarias y leía correctamente cada palabra, Barbanegra simplemente se limitaba a ver el vaso sobre la mesa; necesitaría más ron.
Su vaso no alcanzó a tocar su boca, el poco líquido que había vertido, lo necesitaba en su sistema, pero, Lucius ya había leído el último párrafo y pronunció aquella corta frase junto con el nombre que provocaba todavía demasiadas cosas en él. El nombre resonó en su cabeza, todos los recuerdos lo golpearon al instante y todo el ruido a su alrededor, desapareció; Barbanegra no se movió de su lugar, no después de que el chico había terminado.
Después, todo fue demasiado rápido. Los pasos de Barbanegra resonaron contra la sucia madera, dirigiéndose casi a zancadas hacia Lucius que, para ese momento, ya había dado dos pasos hacia atrás, estaba asustado, no deseaba perder un dedo como Izzy; Barbanegra solo se acercó a él con la misma mueca seria impresa en su rostro, le arrebato la carta y lo saco del camarote.
[…]
—Estoy seguro de que está molesto. —comentó Stede mientras se recargaba en un costal que le servía de almohada improvisada algunas veces. Habían pasado días desde que se había atrevido a hacerle caso a Lucius sobre escribirle una carta a Edward, la cual terminó siendo una petición de que lo dejara salir de ahí.
—No, no —dijo Lucius, abriendo mucho sus ojos y viéndolo directamente.—, hasta ahora no ha lanzado a nadie por la borda. —agrego no muy convencido.
—Pero me has descrito su actuar ante la carta, estoy completamente seguro de que lo está.
—Sí, bueno, yo solo la entregué, pero jamás pensé que no supiera leer. —comentó bajando su voz al final.— ¿Usted sabía que no sabe leer?
—Jamás necesité mostrarle un papel o algo parecido, así que no tengo esa información conmigo.
—Pues creo que no sabe.
Se quedaron callados después de soltar, ambos, un largo y pesado suspiro casi al mismo tiempo.
En la cabeza de Lucius rodaban muchas ideas, mientras que en la de Stede, solo deseaba que no pasara nada malo y que lograra salir de ahí para por fin explicar todo.
—¿Considera que debería preguntarle si quiere dar una respuesta?
—Supongo que… bueno, siendo tú el único escribano en el barco, tal vez deberías.
—Bueno, solo arriesgo a que me corte un dedo o me apuñale con su espada. ¿Qué puede salir mal? —agrego sin que sonara tan asustado.
Aquella noche, Lucius se atrevió a caminar hasta el camarote de su capitán, estaba dispuesto a hacerlo y también debería de dar una disculpa apropiada; con una vela en mano, tinta y un pergamino doblado dentro de la libreta negra acercó su oreja a la puerta antes de tocar. Desde dentro podía escuchar un parloteo, bajo, las frases se mezclaban, era Izzy y Barbanegra, y aunque la puerta de madera era algo gruesa, podía escuchar bien; en la calma de esa noche, a Lucius lo recorrió un escalofrió, pues escuchó su nombre siendo dicho dentro del camarote de su capitán.
Con algo de prisa, pero sin hacer mucho ruido, salió del pasillo, con el estomago revuelto y asustado.
Cerró con calma la puerta detrás de él para salir a cubierta, la tripulación se preparaba ya para dormir; el cielo estaba estrellado y parecía que sería un buen día mañana.
—Estoy seguro de que van a matarme. Uno va a sostenerme mientras el otro me destripa, sí, estoy seguro. —Lucius se asiaba al brazo de Black Pete con miedo, le había puesto levemente al tanto de lo que había pasado; paseaba su mirada por toda la cubierta y algunas veces se detenía en aquella singular entrada esperando el momento en que Barbanegra saliera y lo necesitara. Habían pasado días.
—No lo creo cariño. Escucha. Si alguien llega hacerte algo, tendrá que pasar sobre mí. —Black Pete sobó la mano de Lucius dándole un poco de alivio.— Además, si has dicho que sabe de esa carta, ¿no crees que para ahora ya no estarías en este barco? Digo, es un poco temperamental a veces.
—Cierto, seguro ya no estaría en este barco. —rio nervioso por aquel pensamiento.
Esa misma noche fresca, Lucius logro dormir apenas unas cuantas horas; estaba asustado, porque los cambios repentinos de humor de Barbanegra eran extraños y realmente no sabía como acabaría todo aquello
¿Había hecho lo correcto al haber dado la idea de escribirle una carta?
¿Barbanegra estaba enojado y era por eso que no había requerido de su ayuda esos días?
Cuando el sol estaba apenas saliendo y las nubes eran bañadas por un color amarillo, Izzy se acercó sin mucho cuidado hasta el lugar donde estaba dormido Lucius, lo levantó sin mucho cuidado y lo llevo hasta el pasillo que daba al camarote; le mando callar para que no hiciera tanto alboroto mientras lo empujaba dentro del angosto pasillo.
—Sé que eres un hablador —comenzó diciendo una vez que cerro la puerta.— y si sale algo de tu boca sobre lo que verás enseguida, yo mismo te lanzaré por la borda.
—Buenos días para ti también. —exclamo con una mueca de molestia y todavía algo de sueño, se alisó su ropa y se paró erguido.
—El capitán quiere verte.
—Creo que hubiera sido mucho más fácil para ti, solo hubieras dicho eso. —Lucius tragó saliva pesadamente sin ser demasiado obvio que estaba asustado, comenzó a caminar dándole la espalda al primer oficial que lo veía con una mueca seria.
—¿No crees que te hace falta algo? —soltó Izzy viendo al chico caminar, y enseguida Lucius volteo por sobre su hombro.
Sin ningún cuidado, Hands le lanzó varios pedazos doblados de pergamino y agrego diciendo que había tinta y una pluma dispuesta dentro del camarote.
A pesar de que Lucius ya había visto varios escenarios de Barbanegra llorando a moco suelto, sacando sus penas y alguna que otra maldición, acompañado de escenarios que pintaban entre lo grotesco y lo teatral, aún le tenía miedo. Era bastante volátil e impredecible.
Spriggs no era muy bueno, a decir verdad, con las rupturas amorosas de otros, le ocasionaba pena ajena y deseaba con todas sus ganas de que todo finalizara sin que él se viera afectado o tuviera que intervenir; para su mala suerte, ahora era el escribano bajo el mando de Barbanegra y su confidente, ocasionalmente.
El olor fuerte a ron fue lo primero que llego a su nariz, después, su vista se paseo por casi todo el lugar; le recordó a la primera vez. Las cortinas estaban cerradas a cal y canto; la atmosfera se sentía pesada y era apenas iluminada por un montón de velas en el piso, olía a también a tabaco, y por supuesto, había botellas tiradas por casi todo el lugar. La cama estaba más desordenada de lo normal, la sabana estaba casi toda sobre el piso de madera y la almohada que a antes era de Stede, estaba al borde, amenazando con caer en cualquier momento; Lucius entro de puntillas, esperando no pisar algo, pues sus pies estaban desnudos.
—Escribirás cada una de las palabras que diga. No cambies nada o te cortaré la garganta. —pronunció Barbanegra desde donde estaba sentado, su voz se escuchó ronca y Lucius se crispó solo con escucharlo.— El papel está sobre la cama. —agrego mientras se levantaba y soltaba una corta maldición, pues su espalda dolía como el demonio; estaba sentado en el suelo, su espalda llevaba horas contra lo que antes era la biblioteca de Bonnet.
A pesar de que Lucius tenía un par de pergaminos con él, hizo caso, acercándose hasta la cama, se percató del montón de papeles arrugados y tirados por el suelo, vio algunos trazos de tinta desde arriba, pero mejor se quedó callado. Aquí, la curiosidad podía matarle.
Estaba listo para lo que fuera a pasar.
Stede, no tengo la intención de perdonarte.
Desde ahora, somos unos completos desconocidos.
Por mi, puedes morir en el infierno.
Mucho mejor, yo creare un infierno para ti en la tierra.
Lucius arrugo su frente al escucharlo, no planeaba decirle que cambiara sus palabras y él tampoco las modificaría, así que, solo siguió escribiendo.
Hubo una pausa, misma donde Barbanegra soltó un pesado suspiro y corrió su mano por su cara.
Seguro en cualquier momento iba a soltarse a llorar y a decir incoherencias.
No sabes lo que le has hecho a mi corazón, pero no te culpo a ti. Responderte, consume lo poco que tengo de cordura, aunque siento que necesito expresar lo que hay en el rincón más oscuro al cual me he abrazado y quedado por mucho tiempo, debo hacerlo.
Claro, no es tu culpa.
Me repito esa frase una y otra vez hasta tratar de creérmela.
Y aunque no necesito que brindes por mi maldita salud, estoy completamente bien sin ti.
Desde el momento que supe de tu existencia y cruzamos caminos, la mía tomó otro rumbo que jamás me hubiera imaginado. Me llevaste y me mostraste un mundo diferente, uno que siempre soñé; me enseñaste el amor que jamás había conocido de una forma tan sutil que me hizo sentir vulnerable de una manera malditamente extraordinaria.
Pero todo termino.
No sabes el daño que me has causado.
Y cuando escuché los rumores de tu muerte después, no supe qué hacer. Eres un maldito bastardo sin corazón, eres el que hizo añicos el mío sin remordimientos y crees que puedes redimirte con solo unas palabras y buenos deseos.
Aunque sé que nuestro tiempo juntos fue un buen sueño, un pequeño paréntesis en mi vida de peligros y desafíos, del cual me arrepiento haber tomado, lo disfruté, cada uno de esos momentos.
Algunas veces creí tenerlo todo, los tesoros del mar y el calor de tu compañía, pero al parecer me equivoqué.
¿Me pregunto que hice mal? Quizá no era yo la persona que esperabas o no es la vida a la cual estabas acostumbrado.
O, ¿tenías miedo?
No sé si algún día podré perdonarte, pero una cosa es segura, te amé y ahora solo debes pagar.
Lucius escuchaba cada una de las palabras y las escribía con una caligrafía perfecta; los silencios de Barbanegra le daban tiempo de escribir correcto y sus largos suspiros le hacían pesar que en cualquier momento se iba a soltar a llorar y que debía de hacerse de tripas y corazón para ir a confortarle como otras veces.
El rasgar de la pluma sobre el papel se detuvo, pues esperaba a que Barbanegra diera el final a su carta.
Lucius volteo a verlo, este estaba recargado cerca de la ventana, jugaba vagamente con algo en su mano, y hasta ese momento, se dio cuenta de que vestía aquella bata de color rojo que ya estaba sucia; Barbanegra caminó hasta donde estaba el chico, sus pasos fueron lentos y parecía, al menos por la poca luz que se colaba por la cortina mal acomodada, que había estado llorando con anterioridad.
—Entrégasela ahora. —proclamo y se dio media vuelta sin antes agregar.— Y no te olvides del desayuno.
—P-pero señor…
—¿Qué jodidos no escuchaste mi orden de…?
—Debe de darle un final. —interrumpió Lucius.
—¿Qué mierdas…?
—Debe de agregar su nombre al final. Y una despedida, tal vez.
—¿Por qué carajos debo agregar mi nombre al final de una jodida carta cuando el remitente sabe quién putas soy?
—Pura formalidad. —respondió encogiéndose un poco de hombros.
—Bueno —hizo un ademán con su mano.—, agrega 'te odio' y escribe mi maldito nombre al final. Malditas y jodidas formalidades. —gruño mientras ceñía bien la bata a su cuerpo y caminaba hasta su antiguo lugar.
—Claro, por supuesto.
Y Lucius hizo lo que le dijo, mojó la punta de la pluma para escribir:
Te odio.
Con amor,
Barbanegra.
Se contuvo de no poner un pequeño corazón como punto final.
[…]
Esa mañana era particularmente fría, pero era un buen día, uno peculiarmente raro. Barbanegra había abandonado sus aposentos y se le veía un poco más animado; se quedó en la popa por un rato, paseando su mirada por las tranquilas aguas del océano, soltando alguno que otro suspiro.
Para la tripulación era raro verle tan temprano, en ese aspecto casi recobrado y sin soltar maldiciones o amenazas a diestra y siniestra; Barbanegra estaba casi volviendo a ser un poquito el de antes, solo que la tripulación no mencionaba nada.
Es mañana, Lucius había bajado hasta las bodegas disculpándose por no regresar el día anterior, pues sus ocupaciones en el barco eran demasiadas porque Izzy siempre los mantenía ocupados; Stede tenía una respuesta ya, su idea es que debía de tener una continua conversación con Edward, así podría convencerlo poco a poco para que lo dejara libre.
Cuando el chico por fin lo encontró, tragó seco y se puso una mano en el pecho, casi había corrido hasta la cubierta, o mejor dicho, solo apuro sus pasos hasta ahí, pues había entrado al camarote de Barbanegra y no estaba; fue una sorpresa verlo afuera, con una pose imponente, su cabello estaba apenas recogido y vestía su atuendo de siempre.
Calmó su respiración y con presteza hizo su camino hasta la popa; un repentino viento desacomodo sus cabellos crecidos e hizo ondear violentamente el papel en su mano, mismo que se resbaló de entre sus dedos y fue a parar al cubo de agua sucia que utilizaba Oluwande para limpiar la cubierta. Sus ojos casi se salen de sus cuencas al ver que la carta había caído dentro, encajando perfectamente en aquel balde de madera; Oluwande trató de sacarla sin antes darle una mirada rápida a Lucius, pero este se adelantó, asustado de que las palabras comenzaran a estropearse o de que el otro pudiera leer algo, la sacó y reanudo su camino hasta su capitán.
Sacudió el agua del pergamino que comenzaba a impregnarse más, y ahora sí, temía realmente por su vida.
—S-Señor. —murmuró apenas, alejado unos cuantos palmos de Barbanegra, esté volteo a su izquierda con su ceño levemente fruncido.— T-tiene una respuesta. —susurro Lucius levantando el pedazo de papel ya completamente empapado.
El ceño de Barbanegra se frunció todavía más, siempre su mirada iba hasta el final de la carta, y aunque las palabras ya comenzaban a estropearse, aun así, soltó un leve bufido, mismo que asusto un poco a Spriggs, haciéndolo que diera un paso hacia atrás.
Lo que vino después fue todo un espectáculo mañanero, uno que no se veía desde que Stede había dejado de ser el capitán. Barbanegra era el que llevaba el mando, tomando la mano de Lucius y halándolo hasta llegar a aquella puerta; el pobre chico casi cae por las escaleras y trastabilló unas cuantas veces, afuera ya se escuchaba el leve barullo de la tripulación.
Los dos se quedaron en aquel pasillo, Edward por fin soltó a Lucius que se veía aterrado.
—¿Qué demonios pasó? —inquirió, pero sin levantar su voz, afuera el ambiente con la tripulación ya se había caldeado.
—Yo lo siento, pero se me cayó y…
Edward volteó a ver la mano donde Lucius sostenía la carta, este, enseguida, la levantó; todo era un desastre, la carta ya no se podía leer, pues la tinta se había corrido en algunas partes.
—¿Y ahora? —Edward tomó el pedazo de papel de una esquina, viendo las palabras iban siendo solo unas líneas negras corriendo hacia abajo del papel.
—Puedo… yo puedo…
—No, no puedes, no puedes simplemente leerme la carta. —Edward dijo burlándose, su paciencia se estaba acabando.
Lucius, la verdad es que esperaba una reacción diferente, Edward solo soltó el pedazo de papel arruinado y dejó escapar un suspiro resignado con una mezcla de frustración.
—P-puedo decirle al capitán que se la recite. —comenzó diciendo.
—¿Qué? Tu capitán soy yo. —dijo sin entender muy bien.
—Yo me refería a… —masculló Lucius viendo el ceño fruncido de Barbanegra, al mismo tiempo que apuntaba vagamente hacia donde daban las bodegas, mismo lugar en donde Stede estaba 'preso'.
—Te refieres a Stede. —dijo con un tono de pregunta.
—Sí, sí, él podría…
—De verdad que algunas veces me sorprendes. Creí que eras inteligente, hombre.
Lucius no entendió aquella frase y solo pudo seguir a su capitán hasta el camarote.
—Simplemente no puedes pedirle que repita palabra por palabra. Jodidamente idiota. —exclamo comenzando a sentirse más frustrado, de repente, detuvo su andar, volteo a ver a Lucius y dijo.— O podría bajar y esconderme. Sí, esconderme en ese barril que está en la esquina, así puedo escuchar mejor.
—¿Qué?
—Sí, en el barril, hombre, ese que está… —Soltó, parecía que un plan maestro se estaba elaborando en la cabeza del más temido capitán de los mares.
Lucius no daba crédito a lo que veía. Edward tenía en su mirada algo que le gritaba que su capitán estaba desesperado por saber que decía la carta y aceptaba que el cambio de humor y de todo, le daba miedo.
Mientras tanto, Edward planeaba el mejor plan de su vida para acercarse a la celda de su prisionero y escuchar las palabras. Era un Barbanegra completamente achispado, algo alegre y se podía decir que hasta entusiasta.
El hombre de cabellos largos mascullaba para él mismo, ensimismado en sus ideas, caminaba de un lado a otro por el lugar, pateo alguna que otra botella en el suelo que impedía sus pasos, hablaba gesticulando con sus manos, algo que Lucius había visto muchas veces, pero esa, esa vez era diferente. No había lágrimas rodando por sus ojos, no salían maldiciones de su boca y sobre todo, él, no escribía palabras dolidas y sin conexión en un papel.
—Todavía lo ama, ¿no es cierto? —preguntó Lucius alzando su voz, un deje de enojo en esta hizo que Barbanegra detuviera su andar y por supuesto, su monólogo.
—¿Qué? —ataco con una pregunta justo después de soltar un bufido.
—Sí, todavía lo ama. —Lucius, ya sin temor y dándose cuenta de todo, se acercó hasta Edward.— Deje de hacer las cosas más difíciles y solo baje a las bodegas para hablar con él. Deje de ser un idiota y permita que le explique.
—Escucha niño —y tan pronto como todo cambio para bien, volvió a cambiar todo para mal. Su voz estaba llena de amenaza, a Lucius no le dio tiempo al chico de retroceder.—, sé que fuiste tú el que le dio las herramientas a Stede para hacer todo esto. Así que tú deberías de solucionarlo.
—Pues eso no responde a mi pregunta.
—Fue implícita, así que no pienso hacerlo. Saca tus propias conclusiones.
Y diciendo aquello, fue hasta la silla desgastada y se sentó sin ninguna gracia.
Lucius esperaba otra cosa en realidad, esperaba más insultos y no que todo ese desastre se volviera patas para arriba en un circo donde él era el que, de alguna forma, tenía el mando.
Soltó un largo suspiro, de verdad se iba a arrepentir, pero necesitaba terminar con eso. Necesitaba darles a ambos un final.
—Hay un baúl descompuesto en las bodegas, no está en la esquina, así que ahí puede esconderse. —anunció Lucius comenzando ya a arrepentirse, mientras de la mirada de Edward, se iluminó.
¿De verdad estaba haciendo eso?
¿Por qué simplemente no le pedía a Stede que escribiera la carta de nuevo?
—No puedes pedirle a Stede que repita palabra por palabra. Qué idiota. —exclamó Edward mientras pasaba a su lado, burlándose por la idea que anteriormente había dado Lucius.
Spriggs no sabía si llorar o reír, iba a arrepentirse al final del día, estaba seguro.
Ambos bajaron hasta las bodegas, y en efecto, había un baúl descompuesto, una de las cadenas se había roto, pero el resto era servible; el espacio era amplio para Edward.
—¿En serio está considerando esto, capitán? —preguntó Lucius en voz baja mientras ambos se acercaban al objeto casi vacío.
—Por supuesto que sí, niño. Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo, en este caso, escóndete tú mismo, me refiero a mí, claro. Además, estoy en un estado de ánimo bastante inusual hoy. ¿Qué podría salir mal? —respondió Edward imitando el volumen de la voz del otro.
Era ahora o nunca, Lucius debía acabar con toda esa situación tan complicada que ni en sus peores pesadillas se había imaginado algo así. Sin embargo, al ver la determinación en los ojos de su capitán, no tuvo más opción que seguir con todo.
—Está bien. Entre y no haga ruido. Pero, por favor, prométame que no hará ninguna locura si escucha o pasa algo que no le agrade.
—No te preocupes Lucius. Soy un hombre de palabra. —dijo susurrando y metiendo un pie dentro del baúl, después se hizo ovillo dentro del reducido lugar.
[…]
A Lucius se le daba bien eso de actuar. Bastante bien a decir verdad. El chico pretendió ante un alarmado Stede que estaba detrás de la reja, de que habían saqueado esa mañana a un barco, del cual habían robado aquel mismo baúl que con mucho esfuerzo empujaba por el lugar.
—Fue un gran botín. —expuso Lucius mientras daba un último empujón al pesado objeto.
—Que bien. ¿Algo interesante? —Stede, dentro de la celda improvisada, llevo sus manos a las caderas y vio desde ahí como el chico se las apañaba solo. Seguro aquel momento de visita se convertiría en una charla larga y tendida sobre el atraco.
—Sí, cosas robadas. Joyas y oro —dejó de empujar y se irguió dejando escapar una corta maldición.—, y este viejo baúl.
—¿Y qué hay den…?
—Capitán…
—Oh no, Lucius, yo no…
—Paso algo bastante inusual esta mañana. —comenzó diciendo el chico, interrumpiéndolo para zanjar las preguntas y frases innecesarias. Rodeo el baúl y se sentó sobre la tapa al mismo tiempo que sobaba levemente su espalda baja. Convenientemente, el baúl quedo frente a la celda, un poco chueco, pero aquel era un buen lugar.— Su carta no llego a manos de Barbanegra.
—Oh, qué pena escu…
—Si sí, es una pena. —Volvió a interrumpir, enseguida hizo una seña a Stede de que se callara, llevando su dedo de madera a su labio.— Y realmente me preguntaba si usted puede recitar las mismas palabras de esa carta para yo poder decírselas a Barbanegra. —y cuando Lucius dijo el nombre, con su dedo apuntó hacia el baúl
Stede no entendió al momento, solo arrugo su entrecejo, pasando su mirada del baúl a Lucius varias veces.
¿Qué tramaba el chico?
—¿Pero qué sucedió, Lucius? —pregunto de forma tan obvia viendo la caja de madera desgastada.
—Larga historia. ¿Podría usted por favor…? —la voz del escribano se escuchó un poco temblorosa, pues debajo de él estaba realmente su capitán.
—Bueno, supongo —habló no muy convencido de lo que estaba haciendo el otro.—, espero que tengas buena memoria.
—Espléndida. —Respondió mientras se volvía a acomodar en el incómodo lugar.
Stede se aclaró la garganta y aliso su camisa sucia, luego volteo a ver a Lucius, este le animó a seguir, haciéndole señas cortas de que continuara hablando y apuntaba varias veces al baúl; Stede volvió a aclarar su garganta y comenzó.
Aunque él había escrito aquella carta, en realidad no recordaba siquiera la primera frase, así que se las tuvo que arreglar él solo, mientras Lucius estaba incómodamente sentado sobre el baúl con una gesto algo alarmado, pues sus pensamientos corrían a mil por hora; al fin de cuentas, iba a morir algún día.
—Bueno, en mi carta decía, recuérdalo bien Lucius —comenzó diciendo, un poco vacilante, pero aun así prosiguió.—, que le pedía de forma atenta a Edward de dejarme salir de aquí para explicarle lo que había sucedido, —Stede hablaba de forma sencilla y lenta, poniendo énfasis en algunas palabras, Lucius, se las ingeniaba para no hacer ningún ruido extraño, pues con gestos, le indicaba a su antiguo capitán de que dejara ese tema de lado.—, aunque también decía lo mucho que lo extraño y cuanto me gustaría pasar el tiempo con él. Estar de una forma más… bueno, de una forma mucho más formal con él. Cerca de él. Y que si el tiempo venidero es perfecto, me gustaría tomar su mano para decirle lo mucho que añoré un momento así, respirando el mismo aire.
Stede siguió hablando y hablando; extendió su extraño discurso con palabras simples pero cuidadosas, y hubo un punto en donde Lucius se levantó del baúl y con sumo cuidado levantó la tapa. La suerte estuvo con él, pues las bisagras hicieron tan bien su trabajo a pesar de estar oxidadas y no hubo ruido alguno que lo delatara; Lucius salió de las bodegas casi sin hacer ruido dejando, por fin, dejándolos solos.
Stede se estaba quedando sin ideas, así que se detuvo.
Lo único que se escuchaba era el sonido de las olas afuera, un ligero bullicio de la tripulación arriba, el crujir de la madera y posiblemente aquel estruendo, había sido un trueno a lo lejos; Stede, desde su lugar dentro de la celda veía perfectamente la espalda de Edward. Este cabía perfectamente dentro del baúl hecho un ovillo, su cabello con canas y la ancha espalda, fue la mejor vista que tuvo, misma que le hizo sonreír levemente.
Stede, antes de pronunciar su nombre, aclaró su garganta, pues no quedaba alternativa ya.
—¿Edward?
—Maldito bastardo. —masculló por lo bajo el otro al mismo tiempo que se erguía dentro del baúl.— Stede, hola. —y con cuidado, sacó un pie para luego hacer lo mismo con el otro, que por hacerlo de forma tan apresurada, trastabilló levemente.
—Lo siento.
—Mierda, no, no digas nada.
—Escuchaste lo que dije.
—Era algo difícil estando ahí adentro. —Edward movió su cabeza para despejar su vista de un mechón rebelde que había caído hacia el frente y pateo la madera del baúl.
—Bueno, puedo volver a decir todo, si quieres.
—No, no es necesario.
—Al menos deja que salga de aquí para que lo explique como se debe. —Stede se acercó hacia el frente, sus manos apretaron la reja que no tenía nada de seguridad, era una red de sogas bastante gruesas que solo caían desde el techo que era algo bajo.
—No tengo la llave conmigo, lo siento. —Edward toco en todas partes de él, sus bolsillos traseros, los delanteros y hasta en su pecho, aunque no había ningún bolsillo ahí.
—No necesitas llave, es solo una soga.
—Bueno, creo que pudiste haber escapado por tu cuenta desde hace mucho.
—Claro que no.
Los dos se quedaron callados sopesando el momento tan tonto.
—Soy un prisionero obediente.
—No, lo que eres es un completo idiota, y yo, yo voy a matar a ese pequeño bastardo.
—No, por favor. —y como pudo, alargo su mano para alcanzar el brazo del otro. — Yo le di la idea a Lucius sobre las cartas y de verdad lo siento si la de esta mañana no llego a tus manos para que él la leyera para ti.
—Yo puedo leer jodidamente bien. —y se movió un poco para deshacer el toque.
—¿Qué?
—Que yo puedo leer.
—¿Sabes leer? —pregunto extrañado Stede.
—Por supuesto que sé leer. No necesito de Lucius para que me lea las… —Edward se detuvo a media frase y volteo a ver a Stede.— ¿Acaso tú le dijiste que las leyera para mí?
—Ambos suponíamos que no sabías lee...
—Sé leer, joder, leo mejor que tú, supongo. —mascullo al final, no muy convencido.
Volvieron a quedarse callados. Aun cuando ambos tenían muchas cosas que decir, no sabían por donde comenzar.
—Bueno, ya eres libre. Has lo que quieras. —Edward se dio media vuelta y comenzó a caminar a la salida, por otro lado, Stede simplemente deshizo el nudo de la gruesa soga y salió tan rápido como pudo.
—Bien, si puedo hacer lo que quiera —declaró cuando lo alcanzó, lo tomó de brazo y le instó a detenerse.—, entonces te explicaré todo. Todo con lujo de detalle.
—¿Tengo otra jodida opción? —gruñó sin moverse un palmo.
—No.
—Bien. —y le dio una mirada seria moviendo su cabeza a la izquierda para decirle.— Pero consta de que tú me rompiste el corazón primero.
—Sí, lo admito, y de verdad, lo siento.
Edward sopesó la idea de ir a tomar una taza de té con la poca azúcar que quedaba en el barco o voltear completamente su postura, deshacer el agarre de Stede en su brazo y halar al otro hombre en un hambriento beso.
Estaba en juego su orgullo, pero prefirió mejor la taza de té, del beso se ocuparía después con más calma.
. . .
Recibir tus palabras es un golpe inesperado, pero comprendo tus sentimientos y la ira que albergas todavía en tu corazón. Reconozco que te he herido profundamente y por eso, merezco tus palabras llenas de odio y desprecio.
Nuestro tiempo juntos dejó, lo admito, una huella imborrable en mi vida, no puedo negar que lo que compartimos fue especial y significativo para mí. Sin embargo, también soy consciente de que cometí errores que han causado un daño irreparable. Tanto en mí como en ti.
Sé que no tengo excusas para mis acciones pasadas, ni tampoco puedo justificar el dolor que te causé, me arrepiento profundamente de haberte herido de la manera en que lo hice. Aunque, si solo dejarás que te explicara cada uno de los detalles, seguro me entenderías. No pido que vuelvas a depositar tu confianza en mí, solo necesito un poco de tu tiempo para que sepas lo que realmente sucedió.
Sé que no es fácil perdonar, y tal vez nunca vayas a hacerlo, pero quiero que sepas que también he pagado un precio alto por mis acciones. La culpa y el remordimiento me han perseguido desde aquel día, y continuarán haciéndolo mientras viva.
Si en algún momento decides perdonarme, estaré aquí para aceptar cualquier consecuencia que ello implique. Entiendo que el amor que sentiste se ha convertido en odio, y no puedo hacer más que aceptar las consecuencias de mis acciones.
Con profundo pesar,
Stede Bonnet.
La persona que aún te ama.
