Chapter Text
Harry se encontraba en el baño que había en la habitación de los chicos, buscando poder liberar el estrés con el que estaba cargando. Estaba frustrado, cansado y molesto. Todos lo tachaban de loco y mentiroso, y para el colmo, la mujer que decía ser su maestra de DCAO (defensa contra las artes oscuras) lo había torturado con su maldita pluma solo por decir que Voldemort había regresado. ¿Cómo quieren que sobrevivan de la posible guerra, si no les enseñan a defenderse?
Harry durante el verano encontró una manera de deshacerse de sus males. Después de sus constantes pesadillas en las que se repetían la muerte de Cedric; descubrió que la sensación de la navaja atravesar su piel lo hacía sentir mejor.
Claro, él sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo, por lo que lo mantenía en secreto, él tampoco era tonto y no se iba a hacer los cortes en sus brazos o muñecas arriesgándose a que lo descubran. Por lo que decidió hacer los cortes en sus piernas, dónde sus pantalones cubrían aquellas marcas de frustración y desconsuelo, que prefería mantener en secreto.
Hacer cortes en su piel se había vuelto un hábito, al principio lo hacía una vez cada que sentía que se iba a romper, pero luego comenzó a hacer más de un solo corte, luego ya eran dos, o tres. Creyó que con el regreso a Hogwarts ya no tendría que hacerlo, no esperó que comenzaría a hacerlo con más frecuencia. Por supuesto, había días en que no lo hacía, pues su cabeza estaba en los trabajos de clase, pero luego había comentarios que hacían que, por la noche, volviera al baño y comenzará a trazar nuevas líneas rojas en su piel.
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—¡Harry! Deberías contarle a algún profesor o a al director, no está bien lo que Umbridge está haciendo —le insistió una castaña al de gafas.
—Ya te dije que no Hermione, no quiero darle la satisfacción a Umbridge yendo a quejarme con los profesores. Además, Dumbledore no tiene tiempo para este tipo de cosas.
Al ver qué su amiga iba a insistir el pelirrojo del trío decidió intervenir.
—Ya déjalo así Hermione, si él necesita ayuda la va a pedir, ¿no es así Harry? —El mencionado solo asintió dando por finalizada la conversación.
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Harry se encontraba de nuevo en el baño, pero en esta ocasión era el de Grimmauld Place. Era de noche, el frío hacía que Harry temblará un poco, pero aún seguía asqueado y no solamente eso, también estaba confuso y molesto. Necesitaba una explicación de lo que había sucedido, él temía por lo que esa extraña visión —o posesión, lo que sea— significara. Había escuchado un poco de la reunión de la orden dónde decían creer que Voldemort lo había poseído, el simple pensamiento lo hizo sentirse enfermo y el cual lo llevó a la situación en la que se encontraba. Llevaba consigo la navaja, subió la parte del pantalón de la pierna izquierda, con sus dedos acarició una cicatriz que, aunque no era muy reciente, tampoco era vieja, aún se notaba, ya no tanto como cuando recién la hizo, pero todavía quedaba el fantasma de que hubo una cicatriz.
Tomó la navaja y con la parte del filo comenzó a deslizarlo por su piel, dejando una marca bajo el rastro de sangre que se hizo. El corte no fue ni letal, ni profundo. Hizo tres líneas más, una seguida de la otra, dejando solo medio centímetro de distancia entre ellas, dejo que la sangre corriera por su pierna, mirando embelesado como aquel líquido rojo manchaba su piel. No era mucha la sangre que salía de las heridas, luego se quitó su ropa y se metió a bañar para quitar los rastros del líquido rojo y un poco de tensión que había en su cuerpo para luego ir a dormir.
Durante los siguientes días después de que llegaran a Grimmauld Place, Harry y los Weasley, el pelinegro salía muy poco del cuarto, en ocasiones salía y hablaba con Sirius, pero muy pocas veces hablaba con Ron o Hermione —que llegó después—, pues se sentía sin ánimos de hablar.
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—No crees que Harry ha estado un poco raro —empezó la castaña.
—No únicamente lo creo, ha estado raro desde que tuvo esa extraña visión y desde que escuchó lo que la orden decía —siguió el pelirrojo.
—Me preocupa, ¿Sabes?, No es normal que actúe así.
—Y tú piensas que a mí no, Hermione —espetó en voz baja el contrario— pero si él no nos dice nada, no podemos hacer nada, y si intentas presionarlo menos nos dirá algo.
A la chica no le quedó otra más que esperar que su amigo les dijera algo, sabían que entre más le preguntarán menos les diría algo, así que decidieron no preguntar.
Todos alrededor de Harry notaron que este se distanció más, notaron que comía poco, así como también notaron que se veía más cansado, pero nadie dijo nada. Sabían que el chico no les diría nada, así que intentaban pasar más tiempo con él para no dejarlo solo mucho tiempo.
Todos tenían diferentes preocupaciones, por lo que no le ponían mucha atención al chico que les estaba lanzando muchas alarmas de alerta, que únicamente muy pocos notaron y no sabían cómo ayudar o simplemente como decirle a alguien más.
Aquellos que habían notado el extraño comportamiento en Harry creyeron que ya se había mejorado, pues en navidad el muchacho estaba muy feliz, y comenzó a conversar más con todos. Así que, cuando se despidieron para regresar a la escuela, nadie notó que su despedida era diferente a la de los demás, y que en aquellas despedidas que el chico dio iban muchas palabras y sentimientos que simplemente él no pudo expresar.
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Habían terminado una de las clases del ED, todos habían progresado mucho. Harry despidió a todos felicitándolos por sus avances, nuevamente nadie notó el significado de esa despedida en especial, todos se fueron a sus salas comunes y Harry se fue directo a su habitación con la excusa de estar muy cansado.
Recientemente, había descubierto que el regalo que le dio Sirius antes de partir de regreso a Hogwarts, era un espejo de doble vía, según las instrucciones que venían junto al espejo, escritas por Sirius. Se lo había dado porque se enteraron de que Snape le daría clases de oclumancia y le dijo que hablara si lo necesitaba, bueno, Harry creía que este era el momento perfecto para hablarle. Recientemente había tenido su primera clase con Snape que resultó un desastre si le preguntaban a Harry, así que cerró las cortinas de su dormitorio y llamó a Sirius.
—¡Cachorro! —apareció el rostro de Sirius en el espejo con una sonrisa, pero luego desapareció— ¿Tengo que vengarme de Queji- digo Snape?
—No, nada de eso, solo quería hablar contigo ¿Es buen momento?
—Sabes que siempre es buen momento, ahora ¿Para qué soy bueno?
—Bueno, es que quería verte, y pensé que sería bueno para ti hablar con alguien más, me imagino que es aburrido estar encerrado, y quería agradecerte por el espejo, realmente es muy útil.
—Tienes razón, es muy aburrido aquí, y no tienes que agradecer nada, yo debería estar agradecido de que me llames, me hace falta compañía y hablar con alguien y quién mejor que mi ahijado.
Después de unos minutos más de charla, Harry tuvo que despedirse— Bueno, ya me tengo que ir, me alegró hablar contigo, eres un excelente padrino aunque no lo creas, te quiero, adiós —Harry se arrepintió de esa simple despedida.
Luego de hablar con Sirius, Harry guardó todo en su baúl, acomodo su cama y sacó un pergamino —en el cual estaba escrita una carta empezada—, pluma y tinta para terminar de escribir dicha carta, dirigida a todos en general, no podía marcharse sin despedirse, ¿están de acuerdo?, Aunque, indirectamente, ya lo había hecho. Antes de subir a su habitación le había dado un último abrazo a Hermione y a Ron quien lo recibió extrañado.
En esa carta se escribieron todos los sentimientos y emociones que se había guardado por tanto tiempo, luego la dobló y la puso encima de su almohada. Mientras hablaba con Sirius, por la ventana de la habitación, entró Hedwig, por lo que decidió que era buena idea hacer una carta tanto para Sirius como para Remus que en esos momentos estaba con su padrino para que esté no se sintiera tan solo. Tomó la carta que iba dirigida a ellos y le pidió a su lechuza que la entregará a su destinatario.
Hubo una tercera carta, que también le había pedido a Hedwig que entregara, pero esa la entregaría después de la de Sirius. En su baúl estaba el espejo que Sirius le dio junto a sus instrucciones y todas sus pertenencias, tomó la navaja que lo había acompañado por medio año, dejó las cortinas a medias sin cerrarlas por completo y luego se dirigió al baño para terminar con sus males y molestias.
