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Sentados uno frente al otro, dos hombres se miraban fijamente.
El primero, un joven de cabello plateado y una máscara que dejaba ver un único ojo curvándose, dando a entender una molesta sonrisa que pretendía ser educada.
El segundo, el dueño de aquella sala de visitas, un anciano que se preguntaba de qué servía exactamente aquel sombrero tan vistoso que llevaba puesto ahora mismo.
En la elegante mesa entre ellos, había dos tazas de té de jazmín. Hasta el momento, el jounin no había hecho siquiera un intento de tocar la suya: "no me voy a quedar mucho rato", parecía decir.
Hiruzen tomó un sorbo, preparándose mentalmente para sacar el tema. Ese día, nuevamente, se habían reunido para tener la misma conversación que ya los tenía cansados a ambos. El anciano abrió la boca, pero antes de sacar palabra alguna, el otro se le adelantó.
—Me niego.
Seguía con aquella expresión de falsa cortesía, pero para éste punto, ya no tenía reservas con ser directo.
—Con todo respeto, señor, no creo estar capacitado para ser maestro. No me gusta ser una niñera, y como sabrá, ya tengo las manos llenas.
Claro que lo sabía. ¿Cómo no saberlo, cuando era lo mismo que le decía todas las veces?
—Eres el único que puede ser maestro de ese equipo. Deberías saber por qué, Kakashi.
—Estoy seguro de que, con su sabiduría, podrá encontrar alguien más indicado para el trabajo. Alguien que no sea yo.
Sarutobi suspiró, dejando caer su peso contra su asiento, y colocó una mano sobre su frente, con pesadez. Viendo a Kakashi dejar de lado las formalidades, se permitió sacar una caja de cerillos, y usar uno de ellos para encender su pipa. Estaban solos en ese lugar, así que no tenía que mantener las apariencias: tomó una larga exhalación, humo blanco saliendo de su boca, pareciendo de pronto más un viejo cansado que el líder de la aldea.
—Traté —admitió—. Pero no pude. Todos los demás jounin están ocupados con otras misiones, no están capacitados para tratar con esos tres, o se rehusan a trabajar con Naruto. No puedo dejarlo con un maestro que lo trate con desprecio, ya tuvo suficiente de eso en la academia.
No era tonto. Sabía que aunque la situación del chico era alto secreto, y había establecido explícitamente que lo trataran con normalidad, era dificil cambiar los prejuicios de la gente; la existencia del niño era un recordatorio permanente del miedo, el dolor, la impotencia que sintieron en el pasado. Sarutobi siempre se sintió responsable por la soledad que tuvo que vivir, por eso, no podía dejar ésto al azar.
—Tampoco quiero obligarte, pero...dales una oportunidad, ¿está bien?
Parecía más una súplica que una petición a éste punto. Kakashi estaba sorprendido que fuera a tales extremos con tal de convencerlo, pero se quedó callado. El silencio se extendió por unos minutos. Al menos no estaba rechazándolo de primeras ésta vez, aunque todavía quedaba usar su as bajo la manga.
—Es su hijo. No sé si lo sabías.
Funcionó al instante. El otro desvió la mirada, la respuesta era evidente.
—Sabes el sacrificio que hizo tu maestro, y ahora éste niño hace, para mantener la aldea segura. Creo que puedes empatizar con la situación mejor que nadie —dijo Hiruzen—. Minato querría lo mismo.
—Es por eso mismo que no puedo —confesó el jounin—. Ya hay suficiente sangre en mis manos. Si como Obito, el hijo de Minato también...
No se atrevía a decirlo, si quiera. No podría perdonarse nunca si algo así pasara. Ni siquiera se había perdonado por lo que pasó cuando era joven.
—Y si tú, el más capacitado para cuidarlo, no lo cuida, ¿crees que estará seguro?
Tres huérfanos.
Uno, un niño problema temido e ignorado por todos, salvo contadas personas.
Otro, un prodigio que miraba con desdén a los demás, como lo fue él en su momento.
Y la última, que si bien parecía ser la más estable del conjunto, Kakashi sabía que eso no podía ser más que una fachada bien ensayada.
Este equipo prometía ser su infierno personal si aceptaba ser su mentor, pero Hiruzen tenía un punto. Aún si no lo hacía, se sentiría responsable si algo les pasara. Al menos si, como decía, era realmente el mejor para el trabajo.
—Dos meses. Seré su maestro, por dos meses —le dijo—. Veré qué tal funcionamos para entonces. Si decido que no sirve, tendrás que probar con la segunda mejor opción.
Salió de la habitación, dejando a Hiruzen completamente sólo otra vez. El anciano dejó escapar un suspiro de alivio, feliz de haberse encargado de otro problema más en su extensa lista de preocupaciones inmediatas.
A lo mejor Kakashi lograría ayudarlos...Y quizá, sólo quizá, ellos lo ayudarían a él también.
